VI
Más tarde se encontraban en el patio de
la cafetería que visitaban cada día catorce de cada mes. Donde elegían la mesa
de siempre y el mismo dulce café de cada mes. Era su lugar favorito, ahí
recordaba la primera vez que su corazón se sintió capaz de hacer y dar todo lo
que había en ella por amor. Un recuerdo que jamás olvidaría.
Pidió para las dos el café de siempre,
pero ya no con el mismo entusiasmo que sentía de estar ahí para agregar un mes
más a su relación. Miraba a Faillié con la vista mirando al infinito, como si
no hubiera nada impresionante ante sus ojos, como si ya no sintiera nada de
todo lo que le podía rodear; ya no había nada que pudiera impresionarle. Sus
ojos parecían vacíos, como si su mirada fuera parte de otro mundo y ya no
encontraba en ellos la luz que siempre la enamoró.
La miró guiar su mirada hacia arriba,
hacia la fachada de la cafetería, como intentando recordar algo y esperando que
el recuerdo la hiciera sentir algo más. Miró hacia la misma dirección. Centró
su mirada a la parte donde el nombre de la cafetería relucía grabado en una
lámina de cobre. El sol le daba unos reflejos dorados en las esquinas. Las
letras no eran muy grandes ni pequeñas, se podían distinguir a una distancia de
varios metros. Nunca le había prestado atención al nombre, mucho menos al
lugar. Le gustaba porque ahí miró por primera vez a Faillié, ahí sus ojos se
encontraron por primera vez.
―¿Tienes recuerdos? ―preguntó.
Quería entender un poco más la situación
en la que estaba.
―De todos los siglos ―decía, su mirada
no se desprendía del nombre de la cafetería, le causaba contrariedad a todo lo
que había pasado ahí. “Un hallazgo afortunado, inesperado tal vez”, pensó. Su mirada
se enfocó en la de Alice y continuó―: Tengo recuerdos de todos los tiempos
desde siempre… de toda mi existencia, no puedo olvidar nada ni a nadie.
Su mirada volvió a enfocarse en la
lámina de cobre. Los resplandores de luz tintineaban como los recuerdos que no
quieren desaparecer por completo del alma, pero ella no tenía alma. Los
recuerdos solo eran imágenes en su cabeza, no le evocaban sensaciones,
emociones o sentimiento alguno. No supo cuántas veces releyó el nombre de la
cafetería. Ahora le pareció absurdo haber encontrado a Alice justo ahí, ahí
donde parecía una mala broma para el destino.
―¿Solo de mí…? ―preguntó, sacándola de
su hermetismo por un segundo.
Regresó su vista a Alice.
―Por supuesto, tengo todos tus
recuerdos, aquí te conocí y aquí tu destino se unió a mi essentia.
Sintió un alivio enorme al escuchar sus
palabras. Pensaba que si Faillié había existido desde siempre, no le importaba
perder los recuerdos de ella, como si no hubieran importado. Aunque al saber
que recordaba todo se sintió sin importancia. Estaba en un sinfín de recuerdos,
de un sinfín de personas. ¿De cuántas personas?
―¿Soy parte de… de alguna lista divina?
Quería saber por qué le tocó un destino
tan divino y tan cruel al mismo tiempo.
―No, no funciona así.
―¿Entonces cómo? ―preguntó con
curiosidad.
Faith-el no conocía a los Mortales que
nacían con la virtud de escucharla, no tenía una lista o una visión de ellos.
Solo había una forma de conocer a los elegidos, a los que tenían el alma pura,
los que podían conservar el murmullo de su resplandor por siempre y regresar
con lo aprendido vida tras vida. Siempre en ellos había la luz más pura y el
resplandor más fuerte en su alma.
Agachó su mirada para ver sus ojos
dulces, los cuales estaban nostálgicos y cabizbajos.
―En la luz de tus ojos está la bondad y
la paz que yo necesito ―contestó Faith-el―. La virtud que le da el reflejo a tu
mirada fue lo que me llamó a ti, por la luz que hay en tus ojos te elegí para
conocerte. El mensaje que yo trasmito está en ti…, en el color de tu mirada.
―¿Mis ojos?
―Es la luz de tus ojos lo que llama a mi
resplandor.
Miró los ojos de Faillié. Seguían
oscuros, profundos y misteriosos. Cuando la vio la primera vez, su mirada tenía
una luz y un brillo especial, algo que no tenía ahora. No sabía que esa luz y
ese brillo era el simple reflejo de su mirada en los ojos de Faillié, era su
amor lo que se reflejaba en ellos. Faillié ahora no tenía esa luz, no había un
amor que reflejar porque era un mortal, pero aun así era incapaz de sentir amor
como lo hace un mortal común, porque no tenía un principio como tal, seguía
siendo una esencia y nada podía cambiar su principio. Como esencia no tenía luz
alguna en su mirada, porque era el resplandor del amor puro, sin ninguna
interpretación humana.
―En el color de tu mirada, ahí es donde
estoy ―dijo―. Ahí vas a encontrarme siempre, en la luz de tus ojos.
Alice agachó la mirada. No quería creer
que fue una elección de algo que no entendía. Hubiera preferido ser parte de
una lista, lo entendería mejor. Se sentiría inevitable.
―¿Entonces nunca hubo amor? ¿No te
enamoraste de mí? Tú nunca lo hiciste ―aseguró con tristeza.
―Yo soy el amor ―dijo Faith-el.
―Solo a alguien que elegiste como si
fuera cualquier cosa… cualquier cosa ―murmuró con más tristeza.
Nunca hubo amor y mucho menos un amor a
primera vista como siempre lo había creído, como siempre lo había sentido desde
que miró sus ojos en ese mismo lugar. No esperaba nada aquel día. Se le había
hecho tarde. No le dio tiempo desayunar en su casa. Se había fastidiado de todo
días antes. Se preguntaba la razón de su existencia. Pero cuando se tropezó con
la mirada de Faillié, todo lo malo había desaparecido en un segundo. Su mundo
se volcó en su mirada, todo se perdió para centrarse en sus ojos.
―No te enamoraste de mí.
―No es así ―contestó Faith-el.
―¡¿Entonces cómo?! ―preguntó
desesperada, pensando que no era justo lo que estaba sintiendo por ella.
―Soy el reflejo de lo que tú eres.
Siempre fui el reflejo de ti. El amor que obtuviste de mí… eres tú. Es lo que
darás al amor de tu vida y lo que enseñarás a las personas que conocerás a lo
largo de tu camino. Tu amor es el mensaje y la interpretación mortal de mí,
eres parte de mi essentia.
Era su reflejo lo que había en la esencia
de su resplandor. Era la luz en los ojos de Faillié: su ternura, la protección
y sus buenas palabras, habían sido su amor. No entendía que era ella misma, su
amor era el mensaje y Faith-el solo le enseñó a conocerlo.
―No entiendo nada ―dijo desconcertada.
Miraba a Faillié sin esa luz en los
ojos, sin nada de la luz que la enamoró y, aun así, sentía que la amaba por
sobre todas las cosas.
―Yo soy el amor ―decía Faith-el―. El
amor puro, sin palabras mortales, sin ninguna expresión humana, soy la essentia
del sentimiento. Soy invisible a los ojos de ustedes, lo inmaterial, lo bello,
lo divino y lo inmortal. Soy un resplandor.
―Nunca te enamoraste de mí ―dijo, aún
sin creerlo.
Se sentía traicionada.
―Eres el amor más fuerte, la última, si
es que hubiera una lista. Eres lo más fuerte que se ha creado desde el
principio. El amor más puro e inexplicable. Por eso, gracias a ti, mi misión en
la Tierra ha terminado. Sabes que por ti… ―guardó silencio, pensando en todo el
amor que ella tenía dentro y no podía explicárselo.
―Por mí, ¿qué? ―preguntó ante el
silencio de Faith-el.
―Por ti se podría llegar a explicar el
amor entre ustedes, los Mortales, o jamás llegar a entenderlo, hacerlo aún más
inexplicable.
―Es triste.
Entendía el amor que Faillié le enseñó y
lo sentía con fuerza pura, el problema era que lo sentía por ella. Podía
desbordarlo en palabras, en gestos, en acciones, en todo. Lo sentía tan dentro
que parecía quemarle.
―¿Es triste para ti sentir el amor?
―preguntó Faith-el sin entender.
―No, es triste que no seas mortal y
poder explicar el amor en ti. Explicártelo a ti, sentirlo por ti… hablarlo para
ti.
Faith-el se sintió relajada y confusa
con su respuesta.
―Te encontré para enseñarte el amor ―dijo―.
Mi mensaje quedó en ti.
Su misión con ella había terminado hace
algunos días, desde entonces dejaron de verse. Faith-el experimentaba sus
últimos días en la Tierra para regresar al Cielo y ser un guardián para las
personas que había conocido. Su tiempo había terminado desde que ella conoció
cuán grande era su amor por Faillié y ese amor debía transformarse en un amor
inmortal para la persona que conocería después.
―Un mensaje… ―musitó con decepción.
Parecía increíble todo lo que estaba
escuchando de Faillié. Seguía mirándola sin entender gran parte de lo que
estaba pensando. No podía creer que lo que tenía enfrente no era real, ni
siquiera podía imaginar a Faillié como un simple resplandor sin tener un cuerpo.
―¿Por qué te amo así? ―preguntó mirando
a Faillié, pensando que no sería posible que pudiera amar a otra persona como
la amaba a ella―. ¿Por qué tienes que irte?
―Yo soy el amor ―dijo Faith-el, para que
entendiera por qué sentía el amor cuando estaba junto a ella. Si sentía amor
era porque su resplandor estaba cerca, aunque ahora no fuera completamente una
esencia o un mortal, podía sentir el murmullo de su resplandor.
―Pero yo soy tu amor… ―susurró con
tristeza, sin que Faillié la escuchara.
Agachó su mirada. No soportaba el hecho
de saber que su amor no podía ser correspondido por la persona que le hacía
sentir lo inexplicable de su corazón. Miró su taza de café y volvió a su cabeza
el recuerdo de cuando la vio la primera vez. Regresó su vista a Faillié y
sintió unas enormes ganas de llorar al saber que la perdería para siempre, pero
su corazón, a pesar de sentirse angustiado, no tenía tanta tristeza como para
llorar. La miró acercar la mano a la taza de café. Sintió el calor intenso
concentrarse en las yemas de sus dedos y como un impulso alejó rápido su mano. Alice
se dio cuenta de su extraña reacción. No podía creer que todas esas veces que Faillié
tomaba café, no sentía nada y no percibía el olor dulce que a ella tanto le
gustaba.
Faith-el acercó su mano otra vez y empezó
a sentir como su piel se acostumbraba al calor. Sus sensaciones empezaban a
experimentar lo contrario al frío. Lo contrario al calor intenso que desprendía
las llamas de un fuego vivo o lo caliente de las gotas del aceite quemando su
piel. Sensaciones diferentes y tan iguales. Todo era caliente, templado o frío;
liso, rugoso o suave. Sensaciones en su piel, en su cuerpo. Sintió la porcelana
de la taza, tibia, lisa como el cristal y resbaladiza, también se sentía suave.
Acercó la taza de café a su nariz y percibió con más fuerza el olor dulce, más
que el de la vainilla, y aun así no causó en ella sentimiento alguno. Todo el
lugar estaba impregnado de cafeína. Un olor suave, delicado, dulce, atrayente.
Sabía que tenía que provocarle algo más que una sensación. Había sentido lo
caliente del líquido, lo dulce de su aroma, había visto su consistencia
liviana, su color oscuro antes de verterle el polvo en crema; después su aroma
se volvió más dulce, de consistencia más pesada, dejó de ser tan caliente, dejó
de ser tan oscuro. ¿Qué pasaría si lo probaba? Su lengua percibiría lo tibio,
lo dulce y lo cremoso. ¿Lograría obtener algo más que simples sensaciones?
Había algo que Alice no entendía y se
preguntaba el porqué era así. La expresión en el rostro de Faillié era la misma
siempre, sus ojos parecían no asombrarse con nada, como si no hubiera sentimiento
ni felicidad alguna. Su semblante parecía vacío, como si su cuerpo estuviera
hueco, incluso no podía sentir el calor tibio que siempre desprendía de él.
―No es suficiente lo que estoy haciendo,
¿verdad? ―preguntó.
―Lo siento ―dijo Faith-el.
―Sientes, ¿qué?
―No puedo ser como eres tú. No soy un
mortal, tienes que entenderlo… debes entenderlo.
―Tal vez, si me explicas mejor ―suplicó
con tristeza.
No quería admitir nada de lo que le
había dicho. Seguía esperando que en algún momento le dijera que todo era
mentira. Esta vez dejaría que le explicara todo para que no se sintiera
insuficiente con lo que estaba haciendo: tratando de darle momentos agradables
a sus últimas horas en la Tierra como mortal.
Faith-el dejó la taza de café sobre la
mesa y le dijo:
―No puedo tener una emoción o
sentimiento alguno. Sólo puedo conocer las sensaciones de ustedes ―decía con
voz serena y apagada―. No puedo ser un verdadero mortal como tú. No tengo una
vida. No tengo alma. Sólo tengo un cuerpo aparente. Soy una essentia, un
resplandor eterno creado desde el principio.
Intentó imaginar todo lo que le estaba
diciendo. Por un momento podía entender e imaginarlo, pero era demasiado para
su cabeza. Había oído de otros seres mágicos que podían existir en diferentes
planos en la Tierra. En algún tiempo había creído en la existencia de los
ángeles, sobre todo cuando Faillié se cruzó por su camino, pero no en la idea
de creer en seres como las esencias… ni siquiera sabía lo que en verdad eran,
no podía imaginárselo del todo.
―No entiendo, ¿por qué sólo puedes
conocer las sensaciones? ―preguntó.
No podía entender por qué no podía tener
emociones y sentimientos, ni siquiera en ese momento que era un mortal como
ella.
―Porque al igual que tú, ahora tengo un
cuerpo para eso ―decía―. No tengo una mente como la tuya para crear un estímulo
de emociones y no tengo un alma para los sentimientos. Yo soy una luz, soy una
essentia. Yo soy el resplandor del amor y es lo único que hay en mí: amor. No
puedo conocer o sentir más.
―Así que sólo tienes sensaciones, sin
emociones ni sentimientos ―dijo pensando que en verdad, por más que ella
hiciera, Faillié nunca iba a sentir amor, ella era el amor.
Faith-el era la esencia que no podía
sentir amor por un único ser, que no podía enamorarse y centrar el sentimiento
en una sola persona.
―Soy la essentia. Ustedes los Mortales
tienen la Cualidad de las sensaciones
en su cuerpo, el Don de sentir
emociones en su alma y la Virtud de
los sentimientos, es ahí donde estoy yo, donde surge mi Esencia… de tu virtud.
Estaba cada vez más confundida. Creía
que solo eran seres humanos, sin ningún otro propósito que existir. Nunca había
creído que existiera algo más en el universo. Todo lo que estaba escuchando se
le hacía irreal y mágico. Si todo se tratara de una broma, consideraba que era
la mejor del mundo, que en lugar de reírse, la dejaría pensando en ello toda su
existencia. Pero sabía que Faillié nunca se prestaría para algo así.
―No tengo un corazón como el tuyo para recrear
la revolución de sensaciones que origina el verdadero amor ―terminó por decir Faith-el.
Sabía que no le bastaba todo lo que
estaba percibiendo, podían gustarle las texturas de todo lo que tocaba, el
aroma de todo lo que olía, los matices de todos los colores que existían. Podía
preguntarse cómo se sentía las cosas que no podía tocar: las nubes blancas, las
grises cargadas de lluvia, cómo se sentía el azul celeste del cielo; cómo
explicar lo que no podía ser visible, como el viento, que lo podía sentir, pero
no lo podía mirar. Podía sentirlo todo en la piel, pero no le recreaba una emoción
como para sentirse feliz en un día soleado, sentirse nostálgica en un día
lluvioso. No podía expresar una sonrisa en su rostro por el cosquilleo de lo
agridulce del jugo de naranja o el adormecimiento de su lengua por lo frío de
un helado de vainilla. No podía sentirse satisfecha por todo lo que comía. No
podía esbozar un suspiro de paz por el aroma y lo dulce del café. No tenía
emociones ni sentimientos. Las sensaciones eran insignificantes si no había una
conexión de ellos con la mente y con el alma. Solo los mortales tenían la
capacidad de hacerlo.
―¿No tienes un corazón? ―preguntó un
poco asustada.
Recordó las veces en que dormía sobre su
pecho y escuchaba su corazón tranquilo, tal vez un poco callado. Lo escuchaba
agitado cuando sus sentimientos se desbordaban por amor. Sabía que escuchaba el
corazón de Faillié. Sentía el ir y venir de su respiración.
―Era el reflejo del tuyo ―respondió.
Podía adivinar los pensamientos que le
originaban sus recuerdos. Faith-el, como Faillié, solo poseía un cuerpo mortal
aparente, solo era un vehículo, tal vez hueco por dentro. No cumplía con las
mismas funciones de un mortal: no tenía hambre o sueño; no tenía sensaciones
sobre su piel.
―¿Escuchaba a mi propio corazón?
―preguntó.
―Sí ―contestó Faith-el.
Ya no sabía qué pensar con todo lo que
estaba escuchando. Todo parecía tan diferente a todo lo que había conocido
antes de que su vida se uniera a la de Faillié. Había una parte de ella que
creía en todo lo que estaba escuchando, pero había otra parte aún más grande que
rogaba porque todo fuera una mentira.
―¿No sientes amor por mí? ―insistió.
―No ―respondió tajante sin contemplación
alguna.
―¿Por qué?
―Yo soy lo que hace conectar las tres
fuerzas que ustedes deben poseer. Lograr la armonía de las tres virtudes que ustedes
los Mortales poseen para el amor, conectar sus sensaciones con las emociones y
convertirlas en sentimientos. Yo soy la fuerza superior a sus sentidos, soy el
principio del verdadero amor.
―No entiendo.
Faith-el no sabía cómo explicarle que su
esencia hacía que los Mortales con virtud pudieran amar conectando todos sus
sentidos en una primera vez. Hacía que escucharan su murmullo para volverlo
eterno desde que sus ojos se reflejaban con tanta luz.
―La primera vez que me viste, la primera
vez que miraste mis ojos ―dijo Faith-el.
Agachó su mirada trasladando sus
recuerdos al día que se encontró a Faillié. Cuando miró sus ojos, todos sus
sentidos parecía que habían despertado de un sueño profundo. El aroma que
recordaba era el mismo que ahora invadía su sentido del olfato: el dulce olor
del café. Cuando escuchó su voz, parecía la melodía suave que siempre resonaba tan
callada en sus oídos. Al momento de sentir sus manos, sintió la calidez reconfortante,
y cuando besó por primera vez sus labios, degustó el sabor inexplicable y puro
del resplandor de su esencia. Fue cuando entendió a qué se refería con lograr
la armonía y la conexión de los sentidos entre los mortales cuando lo hacían por
amor.
―Es mi misión como essentia, hacer que
tú me interpretaras como un mortal, con los sentimientos que los define a
ustedes como seres humanos, pero conociendo la parte inexplicable de mí ―decía
Faith-el―. Armonizando tus sentidos con el verdadero amor.
Acercó su mano a la de Faillié, pensando
que no podía sentir nada por ella… ni un sentimiento mortal. Miró sus ojos y
parecía que estaba viendo a una persona que apenas había conocido. Su mirada no
mostraba nada, seguía con esa profundidad sombría y misteriosa, sin la luz que
muchas veces vio en sus ojos. Retiró su mano sin tener el valor de saber qué
sentiría con su contacto. Sin imaginar que Faillié no sentía nada cuando la
abrazaba, cuando la acariciaba o cuando sus labios tocaban los suyos. Ahora le
parecía falso todo el amor que pudo sentir en sus palabras, pero al mismo
tiempo le parecía lo más extraordinario que le había pasado. Un amor tan misterioso.
Sublime.
―¿No eres mortal?
―No.
―¿No eres como yo?
―Soy la mejor parte de ti ―respondió.
Le parecía tan fantástico todo, que
pensaba no lo merecía. Dirigió sus dedos a la mejilla de Faillié. En un segundo
se armó de valor. Recordó cuantas veces le demostró su amor con caricias y con
miradas. No quería rendirse y creer que lo que sentía no era real.
―¿Lo sientes? ―preguntó, mirando su mano
en la mejilla de Faillié.
―Sí, lo siento.
―¿Lo sientes? ―volvió a preguntar mirando
sus ojos, para que le dijera que lo sentía como un sentimiento y no como una
sensación. Quería saber que lo sentía en su corazón y no solo en la piel de su
cuerpo.
―Es suave ―dijo.
Quitó su mano al saber que Faillié solo percibía
la sensación. Miró su taza de café y, por primera vez, ninguna de las dos le había
dado ni siquiera un sorbo.
―¿Eres inmortal?
―Sí.
―¿Entonces sería tonto preguntar cuántos
años tienes? ―dijo, y disimuló una sonrisa.
No era tonto, se creía tonta por
siquiera pensarlo. Quería eliminar la tensión que sentía. Qué más podía
preguntarle si ya le había quedado claro por qué no podía sentir amor por ella.
Aceptar la respuesta era todo lo que importaba. Entender quién era Faillié era
lo que necesitaba.
―Sería ―respondió―. He existido desde
siempre.
―¿No tienes edad?
―No. Soy una essentia. Creada desde el
principio de toda la existencia.
―Y eso es mucho tiempo ―dijo en un
suspiro ahogado.
―Sí.
―¿Siempre has estado así? ―preguntó, por
un momento sus ojos se detuvieron es su aspecto físico.
―Sí.
Esbozó una sonrisa ligera. No sabía si
no le daba explicaciones más profundas porque creía que no iba a entender o
simplemente no necesitaba algo tan obvio. Recordó al señor al que fueron a
visitar. Cuando le enseñó la fotografía no hubo sorpresa en su rostro, se había
dibujado en él la felicidad más extraña, la más pura. Incluso sintió que todo
alrededor había cambiado, se había llenado de luz con el simple hecho de estar
hablando de ella. El hombre la recordaba como la conoció hace tantos años, pero
fue como si los recuerdos hubieran surgido de golpe, por primera vez.
―Como el amor… ―murmuró.
Miró una vez más su taza con café, había
dejado de desprender el humo, estaba frío. No creía en las vidas pasadas ni que
todo estuviera marcado por un destino. ¿Cómo podía creer lo que estaba
escuchando ahora?
―¡¿Conoces la lluvia?! ―preguntó
emocionada. Recordó las muchas veces que ella miraba atenta la lluvia, como si
fuera algo sorprendente―. No te puedes ir sin conocerla.
―Hoy no lloverá ―aseguró mirando el
cielo.
Alice sacó unas cuantas monedas de su
bolsillo y las dejó sobre la mesa. Las tazas de café quedaron llenas, frías y
dulces. La tomó de la mano y la llevó lejos de la cafetería. Ya era muy tarde y
sabía que pronto tendrían que despedirse. Tendría el valor de dejarla ir.
En un suspiro le dijo:
―Por ti haré llover.
No he leído las partes anteriores. Creo que iré de retroceso. Aún así, con lo poco, me llevó a recuerdos lejanos que no pensaba, volverían.
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