V
Apartó su mirada y se alejó sin decirle
nada, sin entender por qué estaba sintiendo el amor tan fuerte en su corazón. Caminaron
por mucho rato sin decir palabra alguna, parecía que el silencio era la mejor
explicación que le podía dar a sus sentimientos. Faillié la seguía pasos atrás,
no sabía de qué manera hablarle, cómo hacerle entender que en verdad no estaba
enamorada de ella. La sensación de su estómago ya había desaparecido sin que se
diera cuenta de cuándo se fue. Se dio cuenta que había sensaciones que no eran
tan importantes como para enfocarse en ellos tanto tiempo. Dejó de presentarle
atención al calor que se acumulaba en su cuerpo, al viento fresco que
despeinaba su cabello, dejó de sentir la fricción de la tela de su ropa sobre
su piel, ya no le importaba sentir lo duro del asfalto bajo sus pies. Metió las
manos en los bolsillos de su chaqueta. La cámara la tenía a su espalda, sólo
sentía como iba chocando contra ella en cada paso que daba. No le molestaba,
después de unos minutos ya no lo percibía como algo importante. No entendía que
las sensaciones, para ser reales, para originar algo real y verdadero,
necesitaba de las emociones y de los sentimientos. No podía causarle molestia
el golpeteo de la cámara en su espalda, era una emoción que nunca iba a
percibir.
Llegaron a un parque donde varias veces
iban en sus citas como pareja. Habían caminado por mucho tiempo. Alice pensó
que en algún momento, al voltear, ya no la iba a encontrar. Esperaba a que
sucediera. Esperaba, casi lo deseaba, que de la forma en que apareció en su
vida así se fuera de ella. No quiso voltear mientras caminaba.
Recordó todo el tiempo que estuvo con Faillié.
Los sentimientos eran tan bellos y mágicos, que siempre consideró que serían
eternos. Ni siquiera recordaba el punto en que decidieron terminar su relación.
Solo había pasado como si fuera parte de todo lo que debía ser. No recordaba nada
o el porqué, pero un día solo despertó y se dio cuenta que sus sentimientos
hacia Faillié jamás se habían ido y estaba segura que nunca podrían irse. Se
sentó en una de las bancas bajo el árbol más grande y frondoso del parque. Faillié
se alejó un poco de ella, pensaba que tal vez necesitaba espacio para que
pudiera entender las cosas.
Miró a Faillié, que estaba de espaldas
mirando al cielo. Cómo podía explicarle lo que sentía por ella, pensaba que no
había nada en su interior que sentir, solo de una cosa estaba segura que era
verdad… no sabía cómo, no sabía por qué… pero ahí estaba, ahí lo sentía.
―Te amo ―dijo, sin sentir otra cosa más
que su amor por Faillié.
Faith-el volteó a verla, caminó hacia
ella y se sentó a un lado para explicarle lo que en verdad debía hacer.
―No es a mí a quien debes amar ―dijo
Faith-el mirando a las personas que había en el parque. Algunas parejas
enamoradas estaban cerca de ellas. Regresó su vista para seguirle explicando y
que entendiera cuál era su camino ahora―: En alguna parte está la persona que
amarás siempre y esa persona te amará a ti. Ahora debes esperar a que llegue,
porque llegará el verdadero amor a ti, estás destinada a eso.
―No lo creo ―dijo.
Miró a una pareja de novios y se quedó
pensando si lo que le contaba Faillié era cierto o solo quería alejarla de su
vida sin causarle más sufrimiento ante su ausencia.
―¿Conociste a cada uno de ellos? ―preguntó,
para saber si fue responsable de cada una de esas uniones.
―No ―respondió segura―. No muchos nacen
con la virtud de escucharme y poder conservar el murmullo de mi resplandor por
siempre… y sólo sienten, pero sin sentir lo verdadero de mí, lo que es mi
essentia y mi resplandor ―aseguró Faith-el.
―No entiendo.
Se preguntaba qué era entonces lo que
sentían. Ella misma no podía explicárselo, había tenido la virtud de conocer el
amor, de escuchar su murmullo y era lo único que sentía en su interior. Así que
no podía entender por qué las persona seguían juntas si en verdad no sentían el
amor verdadero. No sabía qué sentimientos albergaban entonces en su corazón.
―He enseñado el amor a varios de ellos
―continuó Faith-el mirando a algunas parejas que habían conocido a las personas
con virtud. Podía sentirlo en sus corazones, como si fuera un pequeño resplandor
dentro de tanta confusión que significaba ser un mortal. Recordó tiempo atrás
de su misión, donde les había enseñado el amor a otras personas para que
compartieran el sentimiento, no necesariamente siendo solo amor.
Continuó:
―Pero no en realidad a ellos, sino a las
primeras personas quienes les enseñaron a amar de verdad, a uno de sus padres,
a uno de sus abuelos… y ellos, enseñaron a sus hijos el amor. El verdadero,
siempre el verdadero amor y eso les ayuda a sentirlo, aunque no me hayan
conocido directamente a mí ―intentó explicarle, pero era complicado expresar el
amor. Ni siquiera Faith-el como esencia, como ella misma, podía explicarse.
―¿Me quedaré con la siguiente persona
que conozca? ―preguntó, sin siquiera sentir la emoción de poder enamorarse otra
vez como creía estarlo de Faillié. Sabía que no podría hacerlo, no podría
trasladar el sentimiento de amor que había en ella a otra persona.
―A veces no siempre funciona así, no
siempre ―siguió intentando explicar―. Hay algunos Mortales que me sirven como
comúnmente lo llaman ustedes: Cupido… mensajeros nada más.
Alice volteó a verla extrañada y
preguntó:
―¿Cupido no existe?
―¡Claro que existe! ―expresó sorprendida,
al ver que sí creía en él y no como muchos humanos no lo hacen―. Cupido es un
mensajero a órdenes del arcángel Aniel. A veces es travieso entre ustedes y les
da un mensaje desatinado del amor, mucho más a los Mortales no nacidos con
virtud. Cupido en verdad es un niño alado, no puedo esperar más de él, aun así,
es un mensajero. Yo soy el mensaje y tú eres mi mensajero desde que te conocí,
para eso te conocí, para prepararte y enseñarte el amor.
Suspiró aún más confundida por lo que
acababa de escuchar. Cómo podía transmitir el mensaje de un sentimiento que se
le estaba negando.
―Si eso es verdad, si tú existes, si
Cupido existe y todos hacemos una cadena para enseñar el verdadero amor, ¿por
qué aún hay tanto dolor por desamor?
Faith-el tenía que contarle las dos
caras de la moneda, la dualidad que ha existido desde siempre.
―Porque al igual que yo, también hay
essentias oscuras y ambiguas en el mundo, sentimientos, como ustedes les llaman:
rancor-ellu, invidia-ellu, supervia-ellu, monotony-ellu, dubio-ellu y muchos
más un poco menos poderosos, cada uno de ellos en essentia, pero en diferentes resplandores.
Diferentes murmullos…
No entendía en que idioma estaba
hablando, distinguía que era latín pero no estaba segura de ello.
―¿De qué hablas? ―preguntó―. No entiendo
las palabras que dijiste
―Son resplandores, somos essentias de
luz o de oscuridad ―decía―. Lo que para ustedes los Mortales son sentimientos:
rencor, envidia, soberbia, orgullo, deseo, miedo; emociones como la monotonía, la
frustración, apatía, despecho, costumbre, duda y muchas más. Ustedes nos
escuchan, es nuestro murmullo como esencias ―guardó silencio y después continuó,
esperando que pudiera entender de lo que le estaba hablando―: No son tan
fuertes por separado, hay ángeles guardianes que ayudan a los humanos a superar
a cualquiera de ellos, incluso a veces los Mortales por sí solos pueden
superarlo. Pero aún no existe ese único ser poderoso que pueda terminar con el
amor, aún nadie ha muerto con tanta rabia por amor… porque eso simplemente no
podría suceder nunca, porque vives o mueres por amor. Es por eso que el amor,
yo, aún puedo sobrevivir en el mundo, aunque la mayoría de ellos no pueda
conservar el murmullo de mi voz.
―No estoy entendiendo, en realidad no
entiendo nada ―sonrió más tranquila―. ¿Eres un ángel?
―No.
―¿No eres un ángel?
―No soy un ángel. Soy el principio, mi
vibración está más allá que la de un ángel ―Faith-el trataba de explicarle de
una forma que incluso ella misma entendiera―. Antes de crearse todo sobre la
Tierra y el Cielo, primero fuimos las essentias, los resplandores, los
murmullos… las estrellas.
―¿No tienes alas entonces? ―preguntó, intentando
imaginar cómo sería una esencia.
―No. No tengo alas, soy un resplandor… una
luz eterna.
―Una luz eterna…
―Terminando mi misión en la Tierra se me
otorgara mis alas para cuidar lo que enseñé, como si fuera un ángel guardián
para ellos y para ti. Pero mi vibración sigue más allá de ángeles y arcángeles,
como tú los conoces.
―¿Te irás?
―Sí.
―¿Al Cielo?
―En el Cielo yo seré un guardián…, tu
guardián.
―¿Eres? ―intentó preguntar sin saber qué
palabras usar.
Faith-el se levantó con gracia y fuerza,
como si su esencia se hubiera extendido para darle ese halo luminoso de su
gracia divina y su principio.
La miró y le dijo:
―Soy el resplandor eterno del amor. Soy
el conjunto de las essentias, de lo que ustedes, los Mortales, llaman emociones
y sentimientos. Essentias como la dulzura, la ternura, la bondad, el alivio, la
paz, el valor… todo lo que te hace sentir con fuerza el verdadero amor.
―¿Eres la esencia?
―Yo soy el amor. Soy el principio sin final.
Yo soy la verdad ―dijo Faith-el―. Soy la essentia pura de cada uno de esos
sentimientos. Yo soy el principio de todo lo existente.
―La gracia divina… ―dijo, sin explicarse
sus propias palabras, pero entendiéndolo todo y complicándolo todo aún más.
―Sí ―contestó Faith.
Parecía que el tiempo se estaba haciendo
más lento a sus ojos. Las personas pasaban, deambulaban en un ir y venir sin
darse cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor. Se sentía extraña
escuchando una historia poco creíble para su entendimiento. Los momentos que
había pasado a su lado eran tan extraños como lo que le estaba contando. Habían
sido rápidos a su memoria, pero en cada uno de ellos, en el cada día a día,
parecía que todo se quedaría ahí, todo consumido en la eternidad. ¿Dónde estaba
todo lo que había vivido con ella? ¿Adónde se había ido ese tiempo vivido a su
lado? Se preguntaba por qué no podía regresar al primer día y hacer que su
mundo no pudiera seguir su marcha, que se hubiera congelado para siempre ahí.
Deseaba que su vida entera terminara en todo lo que estaba sintiendo justo en
su mirada, en su primer mirada. No le importaba que no existieran recuerdos.
Solo quería tener uno, uno donde nunca pudiera dejarla.
―El amor ―dijo en un suspiro de fastidio.
Por un momento se sintió harta de
haberse perdido completamente en un sentimiento que pensó no había disfrutado
como debía hacerlo. Sentía que le había faltado dar más, que no era justo que
ya todo hubiera terminado cuando su corazón se sentía tan lleno para darle más
de lo que debía dar. Se sintió impotente al dejar pasar tantos minutos y tantos
días sin poder darle todo de ella.
Regresó su vista a Faillié y pudo entender
por qué su corazón hizo que todo su mundo siguiera su marcha sin detenerse, a
pesar de que muchas veces sintió que se detuvo. Quería su mirada todos los días
transcurridos, quería sentir sus brazos en las noches de frío. Todo en ella la
buscaba; su sonrisa que le contagiaba a sentirse feliz y segura. Tenía sus
palabras que le daban paz a su corazón y a su alma. Quería saber que aun con el
pasar del tiempo, Faillié siempre estaría a su lado, por eso dejó que todo
continuara, porque sabía que no existiría un final entre las dos. Su mundo
había continuado, pero siempre lo hizo en torno a ella. Sus recuerdos estaban
depositados en todo el amor que sintió. Faillié se había robado su tiempo, pero
siempre lo había hecho de una manera que parecía jamás iba a importarle. Sabía
que se lo volvería a dar, todo el tiempo que ella quisiera, siempre le daría su
eternidad en pequeños instantes.
Faith-el volvió a sentarse a su lado. No
era una esencia ahora y no podía hacerle saber cuál era el resplandor de su
murmullo. Podía decirle muchas cosas para que entendiera el origen de su
misión. Sabía que lo entendería, porque estaba destinada a ello.
Suspiró un sinfín de veces, quería
despertar del sueño tan extraño en el que estaba. Deseaba abrir los ojos y
encontrarse con Faillié a su lado, o salir corriendo a buscarla, para abrazarla
y decirle que había tenido el sueño más extraño del mundo. Pero sabía que no
podía haber dormido ya por mucho tiempo, ni siquiera podía continuar con el
mismo sueño; ya se hubiera despertado porque no le gustaba, por muy hermoso que
fuera, no le estaba gustando el desenlace que le estaba dando. Lo que tenía a su
alrededor era todo lo que estaba viviendo en su realidad.
―¿También eres responsable del amor a
nuestros padres, hermanos o amigos? ―preguntó, intentando desahogar el nudo que
sentía en la garganta. Quería olvidarse de todo lo que estaba sintiendo en su
corazón. Perseguía encontrar un refugio en sus palabras, un atisbo de creer, de
imaginarse, que todo lo que estaba sintiendo por Faillié era una confusión, o un
error que podría remediar. Deseaba tanto que fuera así, pero entre más lo
quería, su corazón se negaba aún más―. ¿Eres responsable de un amor así?
―preguntó intentando traer a ella una esperanza.
―No ―respondió Faith-el―. Yo soy el
amor, el que sientes por la persona que siempre amarás, ajena a ti, ajena a tu
sangre y atada a tu destino, a tu eternidad.
Su respuesta hizo que su esperanza ni
siquiera llegara a proyectarse con la fuerza que ella necesitaba. Sabía que la
amaba.
―¿No es amor entonces lo que sentimos
por ellos?
―No ―aseguró―. Ustedes los Mortales
escuchan a muchas essentias de luz. Tus padres te dan armonía, seguridad,
ternura y un sinfín de emociones y sentimientos. Al igual que tus hermanos o
amigos. Puedes escuchar a las essentias ambiguas y oscuras también. Puedes
sentir enojo, envidia, resentimiento y otros sentimientos negativos hacia ellos
en algunas ocasiones; puedes perdonar sus ofensas o no. Mi murmullo solo trae a
ti amor hacia una única persona en todo el Universo. En ese instante el amor
está ahí y podrá estarlo para siempre. Y cuando me escuchas, también escuchas
los murmullos de essentias como la ternura, la bondad, la paz y muchas más
essentias, solo de luz. Es la diferencia en mí, cuando escuchas mi voz las
essentias ambiguas y oscuras dejan de murmurarte su resplandor. Ya no las
escuchas…
―No es amor ―murmuró.
Asimilaba poco a poco todo lo que Faillié
le estaba diciendo. Estaba confundida con tantas cosas, pero de una cosa ya
estaba más que segura, mucho más que de la primera vez que miró sus ojos: la
amaba.
Faith-el se levantó y le dijo:
―Yo soy el amor.
Alzó su mirada para verla. Si la miraba,
lo que decía tenía tanto sentido. Pensaba en el cariño que sentía por otras
personas y nada se comparaba con lo que estaba sintiendo por Faillié. Había una
línea muy gruesa para diferenciar cada sentir, mas nunca la había visto tan
clara ante sus ojos.
Se levantó y miró al cielo. El sol
estaba a la mitad del firmamento anunciando el medio día ya. Se dio cuenta que
el día era diferente, más claro, el cielo más azul, las hojas de los árboles
más verdes, el semblante de las personas más pacíficas y amorosas. Todo era
perfecto a su alrededor. La presencia de Faillié siempre le hacía ver todo
hermoso y lleno de luz desde que la conoció. No estaba segura de todo lo que
sentía ahora, debía estar triste, desesperada. Lo podía sentir y a la vez no lo
sentía. Había algo en su interior que no la dejaba sentir todo el vacío que
estaba segura debía sentir al saber que Faillié no volvería a corresponder sus
amor.
―¿Tú provocas esto? ―preguntó, cuando
sintió una paz enorme con todo su entorno.
―Sí.
Alice suspiró ante una respuesta tan
simple, que tal vez no necesitaba una explicación más compleja. Lo entendía,
pero quería entender más. Aceptar lo que estaba viviendo.
―¿Cómo lo provocas?
―Yo soy parte de tus emociones y
sentimientos ―explicaba Faith-el―. Si ustedes amaran de verdad, el mundo sería
diferente y mejor. Todo sería perfecto para vivir en la Tierra y para estar nosotros
entre ustedes.
―¿Y por qué no conocer a todos? A cada uno
de nosotros ―preguntó, sabiendo que en verdad no todos amaban con pureza y eso
hacía todo doloroso a veces.
Faith-el esbozó un suspiró ligero, poco
perceptible, recordó que en algún momento sí intentó conocer a cada una de las
personas sobre la Tierra, en otra de sus vidas. Por un momento intentó cambiar
el sentido de su misión. Pero se dio cuenta que no todos regresaban con la
esencia aprendida y los que regresaban con ella, poco a poco iban perdiendo la
inocencia de amor puro por los actos crueles de los humanos, y al final tenían
que ser como todos para sobrevivir en un mundo que muchas veces era injusto con
las personas buenas. Por eso transformaban su verdadera esencia y se volvían Mortales
simples y comunes. Faith-el quiso luchar contra eso, no quería creer que no
todos podían conservar el murmullo de su esencia, pero se dio cuenta que sí se
necesitaba mucho más que solo ser un mortal. Nadie podía escapar a su destino. Desde
entonces, Faith-el solo buscaba la verdadera luz en las personas, a las que
nacían con la virtud de un alma inmortal pura y a ellas les enseñaba el amor,
porque sabía que su resplandor no se apagaría tan fácil en la Tierra. Su
resplandor no se apagaría nunca y traerían por siempre el mensaje del verdadero
amor vida tras vida.
―No es fácil ―explicaba Faith-el―, son
muchas vidas, por eso enseño el verdadero amor a varias personas y ellas tienen
que transmitir el mensaje que les di. Después podría ser como una burbuja. Si
amas de verdad a una persona, harás todo lo posible porque todo a su alrededor
sea bello y perfecto. Un mejor entorno y mejores personas a su alrededor. Y si
otra persona ama a otra, hará lo mismo y se formarían burbujas, que juntándose
todas, haría una más grande. Protegerías a la persona que amas haciendo que los
demás sean buenos ―terminó de decir, para hacerle entender la misión que ahora
tenía.
―Y todo en verdad… en verdad sería bello
en el mundo ―suspiró.
―Sí ―contestó Faith-el—. Cuando te
enamoras de verdad y conservas el murmullo de mi resplandor, eso hace que
siempre escuches con más fuerza el murmullo de las essentias de luz.
—Por eso todo es más lindo —suspiró,
recordando los primeros días de cuando la conoció. Todo, desde entonces, era
hermoso a su lado, a pesar de las cosas malas que ocurrían en su entorno, y que
oscurecían su vida, siempre había algo que le hacía ver la luz a lado de Faillié.
La consideraba más que una esperanza para cambiar todo lo que le hacía daño.
Cuando los Mortales escuchaban el
murmullo de Faith-el, las esencias de luz se presentaban con más fuerza en los
humanos, por eso ellos podían perdonar más fácil. Encontraban la paz en su
corazón y muy difícilmente se dejaban llevar por el rencor. El amor era la
estabilidad de todos sus sentidos, de sus emociones y de sus sentimientos.
Recordó las veces que Faillié la
resguardaba de todo. Le explicaba por qué algunas cosas podrían funcionar mejor
con un poco de amor, generosidad y humildad. Hacía que todo en su entorno fuera
algo que cambiara para bien, no solo de ella, sino de todas las personas. Pensó
más a fondo en su relación y recordó que Faillié no arrojaba hacia a ella
sentimientos de amor, no de un amor como lo da cualquier persona enamorada, era
un amor más simple y profundo. Faillié la cuidaba y hacía de su entorno algo
seguro. Le mostraba algo más que amor, algo más allá de todo lo que cualquier
persona daba por amor. Siempre la recordaba así, algo lleno de luz y paz, pero
no tanto como amor, no como ella lo conocía antes de encontrarse a Faillié. Su
amor era tan diferente y totalmente extraño. Nunca se dio cuenta de lo más
grande que había encontrado. Desde que la miró la primera vez, sus sentimientos
se quedaron ahí: justo en la cumbre del verdadero amor. Creía no necesitar de
algo más, sentía que lo tenía o podía tener todo. Solo vivió el amor a lado de Faillié,
sin pensar que en algún punto de su historia tendrían que separarse para
siempre.
―Yo soy el amor ―dijo Faith-el, sin
entender por qué no podía aceptarlo.
―Pero, tú… yo…
Intentó decirle lo que sentía, pero cómo
hacerlo si no podía siquiera coordinar palabra alguna. No encontraba las
palabras perfectas para hacerlo y lo único que quedaba era el sentimiento. Suspiró
y le dijo, entendiendo lo que Faillié era, lo que nadie podía explicar:
―Tú eres el amor, las palabras
innecesarias e insuficientes. Eres las palabras inexistentes con las cuales solo
se podría explicar el amor, con las que podría explicarte a ti.
Miró al suelo con tristeza, sabiendo que
como mortal no poseía la virtud de amar a Faillié, de sentir amor por una
esencia, por alguien que aún no entendía quién era.
―Y tú serás las palabras necesarias,
suficientes y existentes en el mundo para poder interpretarme a mí ―le dijo
sabiamente, recordándole su mortalidad y que debía transmitir el mensaje.
Regresó su vista al rostro de Faillié,
seguía irradiando la paz y seguridad, la bondad y pureza, que siempre sentía a
su lado. Aun así, haciendo a un lado todas las emociones, sintió el amor más
profundo por ella, sabía que era amor porque no podía explicarlo. Era Faillié,
simplemente era ella la que le provocaba todo en su interior. La recordaba frágil,
que incluso la sobreprotegía y la cuidaba como si fuera algo que se rompería
con cualquier cosa. No se daba cuenta que era un reflejo de lo que le estaba
enseñando y que era parte de lo que debía darle a la persona que amaría después
de Faith-el: su protección, la forma pura y verdadera de su amor.
―Si es así… si todo acabo. Si nuestro
tiempo se terminó y debo buscar a alguien más que a ti ―miró otra vez todo lo
que había a su alrededor y volvió a ver todo perfecto dentro del caos que era
el mundo. Volteó a verla con una tierna sonrisa dibujada en su rostro y sin
pensarlo le preguntó―: ¿Por qué me sigues provocando lo mismo?
―Yo soy el amor ―sugirió Faith-el.
―Ahora no lo eres. Eres mortal como yo y
así te amo.
Faith-el no dijo nada, en realidad no se
explicaba cómo podía decirle esas palabras. No podía en realidad amarla a ella,
era más que imposible que un mortal pudiera sentir amor por una esencia. Su
mensaje había sido claro durante mucho tiempo. Las personas habían entendido
que debía terminar, que debían continuar sin ella. Era parte de su mensaje,
entregarles el valor de seguir en un mundo tan complejo.
Sus palabras eran reales en su lenguaje
mortal. Podría decirlas a otra persona, a la persona que amaría después de
Faith-el, sus palabras estaban destinadas a su amor. Era imposible que la amara
a ella. No debía. No podía. No era permitido. Jamás podría ser un sentimiento
entendible o explicable, ni para Mortales, ni para los seres divinos.
―Escucha, por favor, hay cosas
―intentaba decir Faith-el―, muchas cosas inexplicables que debes…
―¿A qué hora te irás? ―preguntó, como si
le hubiera dicho que se iría de vacaciones por unos días.
―Al atardecer, cuando el sol deba
ocultarse.
―Creí que te darían hasta la media noche
como a la cenicienta ―dijo sonriendo, pero Faith-el no entendió el mensaje de
sus palabras, mucho menos la gracia de ellas.
―Escucha… ―intentó decir otra vez.
Las palabras adecuadas no las hallaba
para que ella entendiera cuál era su misión.
―¿Qué quieres hacer hoy? ¡Tengo ganas de
comer helado y de ir a bailar! ¡Vamos a nuestro lugar favorito! ―decía, con las
ganas de no pensar en que ella se iría para siempre. No tenía ganas de pensar
que lo que estaba sintiendo no era cierto y mucho menos quería creer en todo lo
que Faillié le había dicho. No quería que fuera verdad y saber que su amor no
era para ella―. Solo quédate conmigo ―terminó por decir un poco triste.
―Escúchame…
―Hasta que tengas que irte ―interrumpió,
suplicando con desesperación―, déjame estar contigo.
Faith-el aceptó el trato, esperando que entendiera
que tenía que dejarla ir porque era su destino. No comprendía mucho sus
sentimientos mortales. Y ella no entendía lo que Faillié representaba como
esencia.
La llevó a los muchos lugares donde
estuvieron juntas, pensado que de esa manera no se atrevería a dejarla. Pensaba
que Faillié posiblemente le estaba jugando una broma muy cruel. No quería creer
lo que representaba para ella y para el Cielo. No cabía en su cabeza nada de lo
que estaba viviendo.
Le enseñó la sensación del sol por la
tarde, que no era tan cálido como en la mañana, sino más intenso y fuerte como
lo era su resplandor. El sofoco que le causaba llegó a percibirlo como
insoportable. Sintió como su piel se quemaba y se ponía roja en sus brazos
cuando estaba más tiempo bajo los rayos directos del sol. Llegó a apreciar el
paso de las nubes en el cielo, podía sentirse fresco en ocasiones. Conoció el
frío en todo su cuerpo cuando la llevó a patinar sobre hielo y resbaló varias
veces, ya que nunca, en todos sus años en la Tierra, pudo aprender a hacerlo.
También sintió la misma sensación en su boca cuando comía su, supuestamente,
helado favorito, que en realidad jamás lo había probado, solo fingía que le
gustaba el sabor a vainilla.
―Es… ―intentó decir Faillié, pero el
nombre de las sensaciones se agolpaban sin entenderlas tanto.
―Frío ―le dijo con tristeza.
Era frío, pegajoso, dulce, mojaba y
adormecía un poco su lengua. Su aroma le llegaba a la nariz, le invadía su olor
un tanto empalagoso de lo dulce de la vainilla. Su color amarillo era claro, un
poco menos intenso que el jugo de una naranja. Sus sabores eran totalmente
diferentes, como sus aromas y también la intensidad de sus colores. Su
consistencia era diferente; el jugo de la naranja le pareció más fácil de
ingerir. Por un momento llegó a creer que su sabor sería el mismo, o por lo
menos algo parecido. Todo era diferente y extraordinario. Era distinto a lo que
se imaginaba. El color trigueño del cabello de Alice le pareció hermoso, con
los mechones dorados que les daba el reflejo de los rayos del sol. Podía
percibir su aroma, distinto, indescifrable, único. Sentía el calor que emanaba
su cuerpo, lo suave que era su piel. Su voz la notaba diferente ahora que tenía
sensaciones, las vibraciones que llegaban a sus oídos eran distintas. Pero
lejos de maravillarse con los aromas, las texturas, los sonidos, con los
sabores y con los colores, no le provocaban nada más que sensaciones.
Alice no comprendía cómo podía actuar
así, como si fuera la primera vez que estuviera experimentando todo. Quería
pensar que era mentira lo que le había contado sobre su esencia, pero le
causaba más pesar creer que todo lo había inventado para alejarse de ella para
siempre. Quería que todo fuera una mentira y la vez no lo quería así. Muy
dentro sabía que nada de lo que estaba pensando era cierto. Faillié nunca
actuaría de esa manera con ella, jamás sería capaz de decirle una mentira y
mucho menos lastimaría su corazón. Se preguntaba la razón del porqué tenía que
dejarla. ¿Por qué su amor no podía ser válido si ella lo sentía tan fuerte en
todo su ser?
Miró a Faillié atenta a sus sensaciones
mortales.
―No me dejes.
La bella durmiente, eso pensé cuando levantaron a la princesa con un beso...mismo cuento de hadas...:)....Me gustó, fue gracioso.
ResponderEliminarNo recordaba haber leído esto antes. Esta es la historia de "el vuelo", verdad?...solo que le has cambiado de nombre.