I
Escucha mi voz, escúchala tan en
silencio y conserva el murmullo de mi resplandor por siempre. Siente lo
inexplicable de mí aunque no lo puedas entender. Si me escuchas lo sentirás tan
fuerte dentro de ti que jamás podrás olvidarlo. Porque cuando amas de verdad percibes
los murmullos de las esencias de luz, de lo que ustedes, los Mortales, llaman:
Sentimientos.
Escucha el murmullo del resplandor de mi
essentia…
Escucha mi voz.
***
02.00.12
El cielo estaba colmado de un manto gris
azulado, la densidad de las nubes parecía caer sobre la tierra. Soplaba el
viento, anunciando quizás una brisa ligera al llegar la tarde. Era una batalla
entre la naturaleza: dejar que el sol continuara dando luz o permitir que las
nubes lo eclipsaran por completo. Se veía el azul celeste entre los huecos de
las nubes, pronto descargarían una inclemente lluvia. El sonido se acumulaba en
todas partes, por cada rincón del mundo: el tráfico que provocaban los
automóviles sobre las aceras, las voces de las personas por la calle y la
armonía de la naturaleza de todo lo que existía. Todo parecía normal. Se
fundían un millar de olores, fragancias y aromas, haciendo un festín por toda
la brisa del viento. Había miradas que colindaban en la eternidad; miradas
furtivas; miradas indiferentes y errantes. Se mezclaban las voces perceptibles,
algunas en armonía y otras rayaban en el ruido molesto y tedioso, mezclado con
la ciudad, sin importancia, sin transcendencia. Había conexiones, roces fugaces
e insensibles, todo era parte de lo cotidiano. Había sabores inconfundibles, agradables
y desconocidos. Cada uno de los sentidos se admiraba, se distraía o ignoraba
todo lo que podían percibir. El olfato, la vista, el oído, el tacto y el gusto;
cada uno de ellos buscando una sola conexión: el amor.
Descendía hacia la Tierra un inmenso
resplandor, como una estrella lejana que escapaba sin prisa del cielo, esperando
hacer de la Tierra un hogar placentero para ella misma. Era imperceptible al
ojo humano, imperceptible a la mirada de aquellos que no merecían conocer su
resplandor ni su esencia. El tiempo parecía detenerse cada vez que sus alas se
batían con suavidad entre el viento. La luz del sol que se filtraba entre las
nubes se veía velada ante su resplandor, pero era su camino, su guía, como si
siguiera el trayecto de un arco iris. La Tierra, por ahora, sería su destino. Parte
de los Mortales fue su misión: debía protegerlos de la fuerza más grande que se
apoderaba de sus decisiones. Era una lucha entre Luz y Oscuridad, donde el Bien
y el Mal empezaban a tomar partido. Y si alguno de los dos tomaba ventaja en su
lucha, el Universo se vería volcado a un caos incontenible. La destrucción de
todo lo que existía sería el destino, tan inevitable como lo fue su encuentro;
un encuentro que logró cambiar el orden del Universo y el curso de lo escrito
por el Destino. Lo ocurrido tuvo tal potestad sobre lo creado que consiguió
cambiar la Eternidad, el Destino, en conjunto con el balance cósmico.
Sus alas se agitaron cada vez más
suaves, dejando que el viento siguiera su marcha sin interponerse en su
trayectoria. Tenía que ser cuidadosa con lo que pretendía, cualquier movimiento
mal calculado podría ser su destrucción. Las plumas de sus alas parecían vibrar
de miedo, presentían el peligro.
Se reclinó con suavidad y sutileza a su
cuerpo. Su resplandor se disipó para que no sintiera su presencia y el calor de
su esencia. Sus alas blancas, con matices dorados a la luz del sol, se
extendían con gracia para poder mantenerla a flote. Se acercó tanto a su rostro
que pudo sentir su vibración ―inhalar algo parecido a un aroma, como la de un
mortal―, una vibración que a su esencia no le agradaba percibir; era el aroma
del odio, del rencor, de la monotonía y de cualquier emoción que los humanos
podían sentir para terminar con el sentimiento del amor.
Hate-ellu descansaba en un mundo que ya
casi le pertenecía por completo, sentía que no había nadie quien pudiera
detener toda su gloria y poder. Su sola presencia podía sofocar a un corazón
enamorado cuando sus palabras lo quisieran; así era ahora: la parte contraria
de lo que alguna vez llegó a sentir con toda la fuerza de su ser. Su esencia
era tan gélida que sus manos frías podrían apagar la existencia de Faith-el con
rozarla un poco. Lo sabía, por eso no podía tocarla aunque quisiera y fuera lo
único que hubiera en su necesidad como esencia. Incluso, con el simple hecho de
mirar sus ojos, podría terminar con su existencia, porque al reflejarse en
ellos se perdería en un vacío de melancolía y desesperanza. Faith-el era
incapaz de soportar sentimientos oscuros debido a su vibración y a su esencia
de luz. Su principio se había forjado para percibir buenos sentimientos y para
transmitir a los mortales con virtud, en su murmullo, una sola esencia: amor.
A Hate-ellu le era difícil verla, su
vibración era menor y estaba en la oscuridad completa de su esencia. No tenía
la oportunidad de ver el resplandor de cualquier esencia de luz. Se le impedía
ver más allá de su vibración menor, pero sus planes eran para la tercera vibración,
el tercer Cielo: el lugar donde estaban los Mortales, a los que tanto aborrecía
y los quería destruir poco a poco con el sentimiento del odio.
Las alas de Faith-el siguieron
manteniéndola a flote. Su cabello caía con ligereza hacia el espacio que la
separaba de la tierra. No podía sentir nada más que su propia esencia. No podía
sentir el viento o lo tibio del sol sobre su piel. Pero había algo que podía
sentir más fuerte que su propio resplandor.
―Regresa a mí ―murmuró levemente, como
si quisiera que sus palabras surcaran la distancia que se debía para llegar a
ella. La tenía enfrente, a centímetros de su rostro, pero la distancia de su
vibración a la suya era infinita, incalculable, inexistente quizá y, por ello,
imposible que sus palabras llegaran.
No podía escuchar el murmulló de su voz,
no lo merecía.
Lo único que dominaba a Hate-ellu era la
certeza de que nadie podría vencer el poder que estaba ejerciendo en los
Mortales.
Faith-el acercó su mano a su rostro, sus
dedos quisieron tanto tocarla para que se diera cuenta que estaba cerca de ella
y que lo único que quería era poder mirarse en sus ojos. Sabía que no podía
hacerlo aunque lo deseara; su mirar estaba llena de oscuridad y vacía de
cualquier sentimiento de luz; si miraba sus ojos significaría el final de su
resplandor y de su esencia. Todo caería en caos y la humanidad se perdería para
siempre. No quería resignarse a que todo, de la esencia de Hate-ellu, podía
lastimarla. No quería dejar que el amor se terminara en la Tierra gracias al
más fuerte amor que alguna vez creó en un Mortal.
―Regresa a mí…
El simple sentimiento de querer salvarla
de la oscuridad hizo que su resplandor volviera a tener tanta luz y fuerza. Las
plumas de sus alas empezaron a vibrar en armonía con su propia esencia. Incluso
los rayos del sol parecieron dar más calor. La luminosidad fue inmensa. Las
nubes empezaron a dispersarse. Las gotas de lluvia que empezaban a caer parecían
pequeños diamantes que caían del cielo. Las personas, que hace un momento se
notaban cansadas, experimentaron un sentimiento de alivio y paz. El tibio sol
las reconfortaba hasta lo más hondo, donde se creía se guardaban los mejores
sentimientos, en el alma. Todo cambió en su entorno. Todo fue un poco más
dulce.
Faith-el no podía controlar el propio
resplandor de su esencia cuando la tenía tan cerca, cuando recordaba todo lo
que le había enseñado y todo el amor que no quería que se perdiera en la
oscuridad.
La esencia de Hate-ellu estaba cambiando
ante el sentimiento contrario que se estaba proyectando frente a ella. Faith-el
se alzó en un vuelo alto y rápido al sentir la energía a tope de Hate-ellu,
energía que podía desaparecerla en un instante si alcanzaba siquiera a rozarla
un poco. Era su parte opuesta: una esencia poderosa llena de maldad.
El rostro que se mostraba sereno cambió
a un gesto de frustración y desagrado. Un hedor molesto le hizo abrir los ojos.
La vibración quemaba todas sus entrañas y le revolvía todo su interior en un
fuego de odio y de cólera.
―¡Amor! ―gruñó con toda la rabia que
podía sentir ante un sentimiento tan banal propio de los humanos.
Se levantó de un solo impacto, sus
hermosas alas negras se desplegaron mostrando, junto con cada parte de su
cuerpo, la ira que le provocaba el olor tan dulce y pacifico del amor.
Faith-el se quedó sorprendida por la luminosidad
oscura que la rodeaba. La proyección de luz que el sol le daba sobre su
vestimenta de color vino la hacía verse incontrolable, con un poder total. Se
parecía tanto a la que usaba, pero al igual que todo en ella, era lo contrario.
Su vestimenta, de un rojo oscuro, se deslizaba un poco más arriba de sus
rodillas. Había pliegues que se notaban más oscuros, de un color más vivo e
intenso. El cordón que la ceñía por en medio de su cintura era de un negro peor
que la mayor oscuridad existente. El listón que sujetaban sus sandalias también
era de un rojo oscuro. Faith-el parecía estarse viendo en un espejo, donde le
podía mostrar la peor parte de ella, si tan sólo existiera una parte contraria
al amor.
Hate-ellu vestía el atuendo de una
esencia oscura, pero manteniendo la luz que se les otorgaba a los de su nobleza,
a fin de cuentas, era el resplandor de una esencia… era su principio.
―¡Amor! ¡Amor! ―repetía con ira, como si
cada segundo transcurrido le rasgara por dentro.
Hate-ellu buscó por todos lados el aroma
tan penetrante y desagradable. No podía permitir que existiera un mínimo
vestigio del amor, viniese de donde viniese, tenía que aniquilarlo. A lo lejos,
una pareja enamorada se acercaba hacia su entorno. Era una pareja que se quería,
sin nada más que existiera a su alrededor que el sentimiento mutuo y su aparente
felicidad.
Descendió con lentitud a ellos. No
soportaba cada centímetro que se iba acercando, pero sabía que muy pronto todo
el amor que decían sentir se iría cuando ella lo dijera.
―Nihil est qui nihil amat ―dijo
fríamente, como dando una orden.
Faith-el miraba como el resplandor de
algunas esencias ambiguas y oscuras se acercaban a Hate-ellu. Las esencias no
tenían un cuerpo aparente, eran resplandores, estrellas con un brillo infinito.
Empezaron a rodear a Hate-ellu,
manifestándole que estaban a su servicio.
―Amor… ―murmuró con maldad.
Las esencias rodearon a las dos personas
en un segundo, como si fueran a aniquilarlas. Faith-el no podía hacer nada para
protegerlas ante el poder de las esencias, y menos sabiendo que se trataban de
personas sin la virtud de conservar el murmullo de su resplandor por siempre. Su
amor no sería tan fuerte cuando escucharan el murmullo de la esencia oscura de
Hate-ellu.
―¿Amor? Humanos, no saben lo que en
verdad es ―decía Hate-ellu, con una sonrisa irónica―. Ustedes ni siquiera lo
sienten, las dudas que hay en tu corazón no deberían existir si en verdad la
amaras. Si de verdad supieras cómo es el amor…
Murmuraba las palabras al oído del chico.
Así lo hacen todas las esencias: las de luz, las ambiguas y las oscuras. El
resplandor de cada una de las esencias son las palabras que se escuchan como
murmullos suaves a los oídos de los Mortales, y que muchas veces los llevan a
tomar las decisiones más importantes, para bien o para mal. Hate-ellu utilizaba
a una de las esencias ambiguas, la duda,
no quería que su juego terminara tan pronto. Quería disfrutar de cada palabra
que decía para terminar con el amor que había en ellos.
―Así es el amor realmente ―decía con una
risa burlona―. Todo lo que estás sintiendo es el verdadero amor.
El corazón del chico empezó a latir con
una angustia irremediable, miró a lo lejos y se imaginó toda su vida a lado de
la persona que no estaba seguro si en verdad amaba. Movió su cabeza intentando
borrar el sentimiento que tenía, no sabía si era verdad… nunca lo había sentido
así tan fuerte. Sintió que su mundo se cerró sin tener una escapatoria. Se
sintió indefenso, inseguro. Su respiración empezó a agitarse. Su pecho lo
sintió estrecho, sin capacidad a un latido más de su corazón enamorado. El clima,
que hace unos minutos le parecía refrescante, empezó a molestarle, a llenarlo
de agobio, de frustración y enojo. Él no sabía que Hate-ellu, la esencia del
odio, el ángel del desamor, lo estaba orillando a tener la emoción de duda en su corazón. Para las otras
esencias fue mucho más fácil llegar a su alma, empezaron a desajustar su mundo
y su entorno.
Hate-ellu estaba satisfecha con la
prontitud del resplandor del murmullo de una esencia ambigua. Le fascinaba
cuando el supuesto amor en los Mortales no era tan fuerte como ellos presumían
sentirlo. Se acercó a la chica y se dio cuenta que su corazón era un poco más
fuerte que el de él. Era un reto más grande, pero no imposible cuando se dio
cuenta a quién utilizaría para terminar el trabajo.
―¿Por qué pasar toda la vida a lado de
una persona que puede no amarte tanto como lo amas tú? ―murmuró al oído de la
chica.
Hate-ellu utilizaba con ella el miedo, sabía que sus sentimientos, por
ser más fuertes, eran los más frágiles para una esencia oscura. Los recuerdos
de ella se centraron en todo el pasado que había vivido junto a él. Sabía que
su amor no había sido correspondido de la misma manera ni con la misma
magnitud. Todo en su corazón se estaba apagando cuando supo que su amor no era
de la misma calidad. No era amor lo que realmente sentía.
Hate-ellu era una esencia muy fuerte, sus
palabras podían entrar en el corazón de cualquier persona, así como podía
hacerlo Faith-el, pero en sentimientos contrarios. El aroma tan molesto que le
enfadó al principio estaba desapareciendo. Hate-ellu estaba destruyendo el amor
que había antes en aquella pareja enamorada. Cada una de las palabras que les
murmuraba a ambos al oído los llenaba de duda, miedo, ira y, por último, de
odio. A Hate-ellu le gustaba que esas emociones y esos sentimientos estuvieran
en el corazón de los Mortales, así como lo estaban en su esencia.
―¡Amor! ―gruñó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario