II
2.0.07
“La química del amor”
“Se
refiere a un conjunto de reacciones emocionales en donde hay descargas
neuronales y hormonales, además de ácidos, gases y olores.
Todos
ellos se mezclan creando una revolución interna que convierte lo racional en
irracional, la prudencia en torpeza y la serenidad en nerviosismo. Son
reacciones que explican buena parte de los signos del enamoramiento. El cerebro
responde a tal compuesto con la secreción de dopamina (inhibe el apetito),
norepinefrina y oxitocina. Estos compuestos ayudan a forjar lazos permanentes
entre la pareja tras la primera oleada de emoción y por si fuera poco hasta
fortalecen el sistema inmunológico. El período de enamoramiento no es eterno y
al final la atracción bioquímica decae. Con el tiempo el organismo se va
haciendo resistente a los efectos de estas sustancias.
Científicamente
entonces, existe una química interna que se relaciona con nuestras emociones,
sentimientos y conductas; ya que hasta el más sencillo de ellos, está conectado
a la producción de alguna hormona”
―El amor es un proceso químico de
nuestro cuerpo. Neuronas y hormonas reaccionando sin parar. Así es el amor, sin
dificultad alguna ―dijo el conductor del noticiero de la noche al terminar la
nota periodística de la semana.
Detrás de él aparecía la diapositiva de
un corazón, el cual tenía en el centro un cerebro, dejando al corazón, que
representaba al amor desde hace miles de años, en segundo lugar e incluso sin
importancia alguna. La diapositiva se iluminaba en ciertos sectores del
cerebro, donde se supone funcionaban las descargas neuronales. Se repetían
constantemente el nombre de las hormonas que se producían por el enamoramiento.
Todo estaba claro: el amor era un proceso químico del cuerpo humano. Los
científicos comentaban que en un tiempo más el enamoramiento podría ser
controlado o no se necesitaría de otra persona para poder sentir el efecto del
amor y, sobre todo, obtener los beneficios que fortalecen al sistema
inmunológico. El amor platónico dejaría de existir, ya nadie pensaría en un
amor a primera vista o un amor imposible. Ya nadie podría correr el riesgo de
tener un corazón roto. Algunos científicos podrían asegurar que en un futuro no
muy lejano las opciones de enamorarse se reducirían a una sola posibilidad,
dando por hecho que se podría controlar a las personas para saber de quién van
a enamorarse, incluso del tiempo que duraría. Daban la posibilidad de un único
amor y, sobre todo, eterno. Se tendrían un destino forzado para el amor. Las
funciones del enamoramiento podrían ser controladas. El amor ya sólo era
cuestión de reacciones químicas y físicas del cuerpo. Todo era ciencia.
―¿Puedes creerlo, Iván? Y nosotros atormentándonos
con algo tan fácil de manejar ―dijo su compañera con una risa tonta.
Miró la diapositiva con el corazón y
suspiró con alivio, como si hubiera encontrado la clave de la vida.
―¡Claro! Así es el amor, sin dificultad
alguna… algo fácil de manejar, ¿y dónde quedo yo entonces? ―preguntó Faith-el a
Hope, que la miraba desde el otro extremo de la habitación―. ¿Qué hay del
resplandor de mi existencia?
Hope caminó con paso lento hacia ella.
Miraba la misma imagen que aún estaba en el televisor. Tanto tiempo viviendo
entre ellos y nunca se imaginó que los humanos tuvieran la necesidad de
encontrar una respuesta científica a un sentimiento. ¿Por qué tratar de entender
e intentar erradicar el sentimiento del amor? ¿Por qué no eliminar sentimientos
tan negativos como el odio? Hope se preguntaba por qué su razonamiento no los
llevó a buscar primero una respuesta que tal vez les entregaría la paz… si, por
lo menos, fuera verdad que se tratara de procesos químicos de su cuerpo.
―¿Qué hay de mi existencia, Hope? ―preguntó
con un poco de frustración.
―¿Qué esperabas? Son humanos, siempre
buscan una explicación a los milagros de la vida ―explicaba Hope, con toda la
sabiduría de su existencia―. Tienen que ser objetivos, separar lo divino de lo
real. Esperando desaparecer lo inexplicable para no sentirse vulnerables y
creer que la vida les pertenece. Que el Universo les pertenece.
Hope era el consejero espiritual de
Faith-el en la Tierra, era como su propio ángel guardián. La propia Fe
necesitaba de la fuerza de la Esperanza, necesitaba de ella inevitablemente y
más para los Mortales que eran más vulnerables a encontrar la desdicha de la
oscuridad en sus corazones. Hope era como un padre cuidando de su hija o, por
su aspecto tan mayor, parecía un anciano cuidando de su nieta. No había sido
creado por alguna fuerza divina o por el principio. Hope había sido colocado
como guardián de Faith-el cuándo decidió bajar a la Tierra. Había sido impuesto
por la propia voluntad de su resplandor: Faith-el era artífice de la Esperanza
para ella misma. Hope era su propia voz interna, nacida de la luz que se
ocultaba en la Tierra y en cada uno de los Mortales que la llamaba, pero que
olvidaban el resplandor de su murmullo.
Faith-el siguió escuchando a los
conductores de las noticias. Dialogaban acerca de sus recuerdos, de aquellos
que los llevaban al primer amor de su vida. Reían por las tonterías que el amor
los había hecho hacer. La nota no terminaba ahí. Seguían las entrevistas a las
personas, preguntándoles acerca del amor y de lo más grande o absurdo que
habían hecho por alguien. Algunas personas sonreían, otras suspiraban y sus
ojos se inundaban de lágrimas al recordar y otras simplemente decían que nada
había valido la pena, pero lo volverían a hacer si se enamoraban una vez más.
―En un momento pueden llegar a sentirme
con toda la fuerza de su ser, pero como no pueden verme, me consideran un
simple proceso químico de su cuerpo. Sin magia alguna, sin la parte divina de
mi existencia ―dijo Faith-el apagando el televisor.
―Sabes que no todos nacen con la virtud
de sentirte y conservar el murmullo de tu resplandor por siempre. Son humanos
―decía, pensando en los que no nacían con la virtud―, no pueden vivir sin ti,
pero tampoco saben cómo vivir contigo.
Faith-el lo miró con algo de nostalgia.
Sus palabras eran muy ciertas, por mucho que no le gustaran, eran muy ciertas.
―Y así es el amor ―contestó con
serenidad.
―No ―decía Hope―. Así no eres tú. Eres
una de las mejores gracias divinas que han pisado el Cielo, Faith-el. La
creación perfecta de todas las essentias existentes de luz. Eres el misterio
del amor, la parte que lo hace por siempre inexplicable… la parte que no todos
tienen la gracia de conocer.
―La creación perfecta ―murmuró Faith-el.
―Siempre buscaste la virtud en la luz de
sus miradas, en los ojos de las personas que podrán conservar el murmullo de tu
resplandor por siempre ―dijo Hope.
Faith-el se acercó a la ventana y
recordó como era el propio resplandor de su estrella. Su resplandor podía darle
luz a toda oscuridad; disipar los miedos y temores en el corazón de los Mortales
con virtud o sin virtud de conservar el murmullo de su esencia. Su resplandor
era inmenso, cálido y el más fuerte de todas las esencias de luz que existían
en el Universo. Así había sido creada desde el origen de todo lo existente.
―Son tus últimos días en la Tierra,
¿cuál es tu deseo? ―preguntó Hope.
―No sabía que podía pedir un deseo ―dijo.
―Es una condición para poder regresar al
Cielo.
Faith-el debía regresar, había cumplido
con su última misión hace unos días. Ya había enseñado el amor a la última
persona que nació con la virtud de conocerla y conservar su murmullo por
siempre. Su mensaje fue recibido por el corazón más puro. Ya había encontrado
la luz más poderosa que podía cambiar el amor entre los Mortales con virtud o
sin virtud. Había encontrado y creado el más grande amor. Sabía que su misión
había terminado y debía regresar a casa.
―¿Cualquier deseo? ―preguntó.
―Lo que pidas, te será otorgado.
Hope estaba seguro de que su deseo no
iba a ser de lo más complicado o extraño. Qué podía esperar de un ser que
conocía todo de los Mortales, de un ser que había visto el ir de los tiempos y
que sus ojos habían sido testigos de lo que ningún otro ser hubiese tenido la
oportunidad.
¿Qué podía pedir?
―Será difícil ―dijo Faith-el.
―Nada es imposible para ti…
Faith-el recorrió la habitación con la
mirada y se enfocó en todo lo que dejaría. Todo lo que no extrañaría porque
nunca lo sintió, nunca percibió olor o sabor alguno. Nunca tuvo siquiera un
sentimiento mínimo por todo lo que había logrado existir sobre la Tierra.
Siempre hubo vivido de la manera más simple y sencilla, no porque así debía ser,
sabía que las cosas más importantes no eran cosas materiales o llenas de lujos.
Las personas más felices eran aquellas alejadas de las vanidades y de la
codicia. Como esencia no podía hacer otra cosa que sobrevivir con su propio
resplandor. No había otro camino, no tenía otro principio. Observaba cada
escenario que el trascurso del tiempo le pintaba. Vivió el cambio de ideologías
y de costumbres. Casi hubo pisado todos los países del mundo. Sabía todas las
lenguas existentes y aquellas que se habían perdido con el tiempo. Vio el
inicio y el final de muchas guerras. Fue un ser inmortal. Existió durante miles
de años en la Tierra, conocía todo de los Mortales, pero una cosa le daba
curiosidad de ellos.
―Quiero sentir, quiero ser un… mortal.
Uno más de ellos, sentir como lo hacen ellos ―dijo Faith-el, después de un
tiempo.
Hope se había equivocado con sus
expectativas. No creía que un ser como Faith-el tuviera curiosidad por las
cosas más sencillas de los Mortales.
―¿Estás segura, Faith-el? ―preguntó
Hope, esperando que de algún modo lo que pedía lo descartara de inmediato―. Será
un día. Después de ello volverás como ahora, sin tener algún recuerdo que te
defina como mortal, porque es lo que no eres y no lo serás nunca. No es parte
de tu origen ni de tu principio.
―Quiero sentir como ellos, quiero
entender y saber lo que es ser un humano ―decía, sin saber lo que estaba
pidiendo en realidad―. Después de tantos años en la Tierra, quiero sentir como
lo hacen ellos.
―Sabes que eres una essentia de luz
―pensó Hope. De todos modos ella no iba a sentir emoción o sentimiento alguno,
no importando que fuera un humano―. Sentirás las sensaciones como un mortal:
frío, calor, hambre, sed… cansancio, sueño, dolor…
―¿Y el amor? ―preguntó Faith-el.
―No. No puedes sentirte a ti misma. Eres
el misterio, eres la parte que nunca nadie podrá comprender, eres la parte
inexplicable de la vida… de toda la creación.
―Es extraño hasta para mí ―dijo, sin
tener más palabras.
―Lo sé, ni siquiera siendo tú puedes
expresarte a ti misma. Como mortal buscas la interpretación. Por eso los
humanos se pierden en palabras bellas, gestos bondadosos y miradas hermosas. No
saben cómo expresarte puramente, no existen palabras para ello, solo hay un
único sentimiento: tú; el verdadero amor.
―Está bien, entonces quiero sentir…
sentir lo comprensible de la vida ―dijo pensando cómo sería tener sensaciones.
―¿Estás segura, Faith-el? ―preguntó de
nuevo Hope.
Sabía que para ella no sería fácil tener
sensaciones humanas porque nunca las había tenido.
―Sí, lo estoy.
―Está bien ―dijo Hope―. Te recuerdo que cuando
se oculte el sol mañana, tu resplandor debe cambiar y regresaremos al Cielo.
―Regresar a casa ―murmuró.
―Al Cielo ―aclaró―. No al tuyo, Faith-el.
Estar cerca de los Mortales ya es parte de tu misión. Tu Cielo, por ahora, es
imposible hasta para ti. Tu vibración ha cambiado en este tiempo.
Hope desapareció en un halo de luz
intensa sin dejar rastro alguno de nada.
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