IX
―Hoy cumplo
dieciocho años Mariana y tú deberías cumplir diecisiete ―le decía a una lápida
donde podía ver su nombre grabado. No sé por qué estaba ahí, yo podía a hablar
con Mariana donde sea, pero creo que buscaba despedirme de sus restos físicos― Te
acuerdas que hace un año me dijiste que no te hiciera pasar nunca un cumpleaños
tan triste como ese día… ¿Tú por qué lo haces? Al menos yo desperté… tú cuándo
lo harás.
Sé que no eran
justas mis palabras y sé que quemaban cada parte de mí con tanta amargura, pero
era lo que sentía, amargura y resentimiento. Ella jamás volvería, no iba a
estar conmigo nunca más… Mariana siempre al final de mis sueños haciéndome
entender que estaría conmigo siempre, ¿y ahora?… ese siempre nunca existió, la
respuesta no es ella.
―Te escribí una
carta, por si en el camino no voy al lugar donde tú estás.
Saqué la carta
de mi mochila y la puse muy escondida entre la lápida y un montón de tierra.
Inconscientemente lo hacía para que la madre de Mariana la viera cuando viniera
a visitarla y así supiera a donde fui y no intentara buscarme después.
―Vendí la casa
de mis padres, junté todo el dinero que tenía y todo lo doné a beneficencia
para los niños. Ya me despedí de mamá y de Alejandra. Tenías razón Mariana,
cuando el corazón es cobarde, el alma desaparece porque se muere en soledad.
Tomé mi mochila
y la puse en hombros. No tenía nada en ella, sólo la llené de recuerdos
imaginarios, de recuerdos en mi mente, de aquellos que pronto tendrían que
irse.
―Yo también soy
cobarde…
Caminé por mucho
tiempo, si pensaba hacer lo que pensaba, debía ser un lugar lejano, donde nadie
que me conociera pudiera saberlo. Llegué a un puente que jamás había visto,
haber caminado por cuatro días fue bueno. Me quedé parada a la orilla mirando
la autopista de abajo, donde no pasaba ni un solo automóvil. Miré hacia el
cielo y las gotas de lluvia eran tan suaves que parecían acariciar mi tristeza.
Puse uno de mis pies sobre el muro de contención, si tenía que hacerlo no debía
pensarlo tanto. Me detuve porque sentí un coche cerca. Lo vi venir en una curva
a toda velocidad y al verme a la distancia disminuyó su ritmo. El pavimento
estaba mojado y la curva era peligrosa como para conducir a exceso de
velocidad. Cuando pasó a un lado de mí, el conductor sólo me miró y ese momento
se hizo eterno por un segundo y en el otro, ya estaba a varios metros lejos de
mí. Regresé la vista a mi objetivo, volví a subir un pie al muro, estaba vez si
lo haría.
―Si no voy
contigo, Mariana, al menos ya no sabré que estoy sin ti.
Sentí el viento
moverse con fuerza hacía a mí y sentí tanto frío que parecía sacudir mi alma.
La lluvia chocó con fuerza sobre mi rostro, como si el viento lo hubiese
arrastrado con fuerza. Había mucho ruido y después un golpe intenso se escuchó
muy fuerte. Cuando volteé todo se volvió silencio a mi alrededor. El humo salía
del autobús que se había impactado contra el cerro en la curva peligrosa.
Caminé hacía el autobús y escuché mucho ruido de las personas que gritaban de
dolor. Había dado tantas vueltas antes de impactarse contra el cerro, que el
autobús estaba aboyado por todas partes y había quedado de costado. Cuando me
acerqué mucho, un hombre mayor salió por la puerta gritando de dolor porque
tenía una herida en la pierna. Como pude lo ayudé a salir y lo llevé
arrastrando lejos. Quedó inconsciente cuando lo recosté en el pavimento. Corrí
hacia el autobús y escalé por entre los fierros y las llantas. Entré por la
puerta y era desastroso todo lo que vi. Empecé a buscar a las personas con
vida. Encontré a una mujer casi hasta el fondo, tenía sangrando la cabeza, pero
aún respiraba, no podía sacarla por la puerta porque estaba muy lejos. Tiré los
restos de la ventana que estaba cerca e intenté sacarla por ahí, pero era
imposible, su peso era mayor a mi fuerza. Intenté una vez más hasta que sentí
que el peso era menos. Cuando me di cuenta ella estaba afuera y por la ventana
se asomó el tipo al que había ayudado antes. Empezamos a sacar una a una a las
personas con vida.
―¡Salte! ―me
gritaba― ¡El autobús va a explotar!
Estaba por
salirme cuando escuché que alguien se quejaba casi hasta la entrada del
autobús.
―¡Salte! ―me
extendía la mano para que yo saliera.
―¡Hay alguien
más! ―le grité y caminé hasta donde se escuchaba.
La miré bajo el
cuerpo de un hombre que había caído encima de ella.
―Ayúdame ―decía
casi en murmullos―, ayúdame por favor.
Le quité al
hombre de encima y empecé a revisarla para ver si no tenía algún hueso roto o
algún fierro enterrado en el cuerpo. De repente sentí sus manos sujetando mi
rostro y me dijo:
―Mira mis ojos,
sólo por esta vez mira mis ojos.
Los miré y por
ese sólo instante, sentí lo que no había sentido desde hace mucho tiempo. Esa
parte incompleta que no sabía que existía dentro de mí y que debía llenarla con
algo. Pude reaccionar cuando ella cerró los ojos al quedarse inconsciente. La coloqué
en mi espalda y con mucho escuerzo la llevé hasta la ventana porque de la puerta entraba
el fuego y ya no podíamos salir de ahí. En el trayecto rogaba porque el tipo
aún siguiera ahí para ayudarme.
―¡Apresúrate, el
autobús va a explotar!
Sacamos a la
chica y salí lo más rápido posible porque el humo y el calor que se sentían
eran insoportables. Llegamos hasta donde estaban todos los sobrevivientes. ¡Sólo
eran diecisiete! diecisiete de los veinticuatro pasajeros. A lo lejos empezamos
a escuchar las sirenas de las ambulancias. Me recosté en el pavimento mojado a
un lado de la chica, la lluvia seguía siendo ligera y aliviaba todo el calor
que sentía. No me di cuenta cuando ella despertó, sentí como apretaba mi mano
con la suya. Abrí los ojos y giré hacia su rostro, la lluvia me impedía verla
con claridad. Ella apenas si podía mantener los ojos mirándome, con mucho esfuerzo
llevó su mano a su pecho y me dijo:
―Mi collar, se
quedó adentro.
Lo dijo con
tanta tristeza que supuse que tenía un valor sentimental demasiado grande, me
senté y miré hacia el autobús. La mayor parte ya estaba en llamas.
―No vayas ―me
decía jalándome del brazo aquel tipo porque mi intención era ir por el collar―.
El autobús va a explotar.
Volví a mirar a
la chica y nuevamente tenía los ojos cerrados, pero aún así sus ojos lloraban.
Volví a mirar el autobús y pensé en Mariana, en el valor sentimental de cada
una de sus cosas. Ni siquiera traje conmigo ningún recuerdo de ella, cómo iba a
llevarlo, si mi único propósito era estar a su lado.
Me levanté y
corrí hacia el autobús.
―¡Te vas a
morir! ―me gritó el sujeto.
No me importaba,
eso era lo que pensaba a hacer hace un rato… morir.
Entré con mucha
dificultad, el humo me impedía ver con claridad, todo adentro estaba caliente.
Llegué hasta donde la encontré a ella y busqué entre todas las cosas que había
tiradas. El autobús por dentro estaba destrozado, no sabía dónde buscarlo con exactitud.
Pero hubo en mí una reacción de voltear hacia mi única salida y en esa mirada
encontré el brillo plateado de un dije en forma de corazón. Estaba colgando de
un fierro de la silla del autobús. Lo tomé con la mano sin darme cuenta que
estaba colgando sobre el fuego, reaccioné hasta que me provocó dolor por la
quemadura que dejó en mi mano. Lo solté y busqué trapos para poder quitarlo de
donde estaba. Cuando lo tuve lo guardé en la bolsa trasera de mi pantalón corrí
hacía la ventana. Si salía con vida de ese lugar, esta vez iba a vivir por
completo, sin cobardía. Bajé del autobús y a lo lejos vi al mismo sujeto
haciéndome señas con la mano para que corriera lo más pronto posible.
Empecé a
escuchar pequeños estruendos dentro del autobús, no sé por qué volteé a mirar
el autobús. En ese instante se mi hizo enorme como si no tuviera salida y mi
camino se iba a terminar ahí. Una explosión muy cerca me hizo reaccionar.
―¡Corre! ―escuché
a lo lejos.
Empecé a correr,
pero no fue lo suficientemente rápido. Sentí el fuego arder en mi espalda antes
de arrojarme varios metros lejos de ahí. No sentía todo el cuerpo, sólo
escuchaba a lo lejos como el fuego ardía sin piedad. Alcé mi mano a la altura
de mi rostro para ver si aún tenía el collar y cuando abrí mi puño, vi las
líneas rojas ardiendo sobre mi piel, dibujando un corazón.
Cerré los ojos y
esta vez no creí volver a abrirlos.
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