III
Luisa caminó a la ventana para mirar el atardecer,
el sol estaba a medio ocultarse entre las montañas que se miraban a lo lejos;
era tal y cual lo había pintado. Ya llegaría la noche y Luisa sabía que Renata
estaba por casarse. Caminó hacia donde había dejado el cuadro y lo miró una vez
más esperando encontrar lo imperfecto de aquel sentimiento. Se sentó en la
silla de una mesa donde el cuadro le podía quedar de frente, volvió a mirarlo y
sonrió. Su mirada se desvió a mirar el último rayo de sol y las lágrimas
salieron de sus ojos. Aquel amor imposible que sentía, estaba por ser imposible
por siempre y Luisa tenía que llegar al punto de la resignación. Tomó una hoja
y una pluma que llenó de tinta y empezó a escribir.
Renata se casó sin ningún contratiempo, sabía que
aunque tenía poco tiempo de conocer al duque Lázaro Mallorca, estaba haciendo
lo correcto para su familia y para lo que ella representaba ante la sociedad.
No sentía felicidad, pero si sentía plenitud al hacer lo que sus padres le
pedían. Al siguiente día ambos partieron a Inglaterra donde estaban los mayores
bienes del duque Lázaro Mallorca y donde tendrían que compartir el resto de sus
vidas.
Pasaron ocho años, Renata tenía una vida como toda
una dama de sociedad, entre charlas y café con las señoras de su misma
posición, mientras que sus esposos atendían negocios de estado. Tuvo un hijo
dos años después de que se había casado, al cual hizo llamar Luís, el duque
Luís Mallorca, ahora el pequeño tenía casi seis años. La vida de Renata era
sencilla y dada a la monotonía. No esperaba más ya que para eso había sido
educada. Hubo un tiempo donde Renata recordó a Luisa Valladolid, donde se dio
cuenta que nunca se había ido de sus pensamientos y de la forma de sentir en su
corazón. Fue cuando se dio cuenta que la vida que tenía no la quería, que su
resignación no la hizo olvidar un sentimiento que había ocultado. Desde ese
momento su vida le empezó a ser difícil y quería sentir la felicidad que le
hubiera dado el verdadero amor.
–¿Por qué no me obsequias algo más hermoso? –le
reclamaba Renata a su esposo.
Renata se había cansado de las joyas y costosos
regalos que siempre le traía de sus viajes. Quería que le representara con otra
cosa el amor que le decía tener, aunque Renata se preguntaba si en algún
momento llegó a quererla, si en verdad Lázaro Mallorca estaba enamorado de ella
o solo había cumplido un contrato con su matrimonio, así como ella lo había
hecho. Sin embargo el duque sí estaba enamorado de Renata, no podía evitar
ignorar su belleza y su sencillez, no solo por compromiso se había casado.
Lázaro Mallorca se desvivía por Renata, le compraba cuanto a él le gustaba y
fuera costoso, pensando que de esa manera la podría hacer feliz. Pero ahora lo
ponía en una situación difícil, ya que Renata le pedía algo más bello que el
simple brillo de unas joyas. Pasaba las noches mirándola dormir, preguntándose
cómo podía hacer que sus ojos lo miraran con amor.
En unos de sus viajes por París, el duque caminaba
con algunos señores que le mostraban la ciudad y en una de las plazuelas le
llamó la atención el vivo colorido de unos cuadros. El duque se movió con gran
elegancia para observar el arte, que consideraba burdo, de una joven artista.
Le llamó la atención un cuadro sencillo, sabía que podía gustarle a Renata por
los colores que tenía y por el paisaje del atardecer que podría recordarle
aquel mismo atardecer del día que se casaron, el mismo que Renata veía con sus
ojos inyectados de nostalgia. Esa imagen permanecía en la memoria de Lázaro
Mallorca, porque al momento de ir por ella para la ceremonia, Renata le sonrió
como ya nunca volvió a hacerlo, como si le hubiera sonreído a la persona que amaría
toda su vida. El duque se acercó con sutileza a la joven artista que se
dedicaba a pintar un retrato. Regresó por el cuadro para llevárselo no
importando el precio que tuviera. Lázaro Mallorca esperaba pagar cualquier
precio.
–¿Cuánto por la pintura? –dijo el duque antes de que
él mismo le pusiera un precio.
–No está en venta –decía la joven sin despegar los
ojos de quien retrataba.
Lázaro Mallorca ya sabía que cuando un artista amaba
su arte no podía ofrecer un precio por algo que hacía por amor. El duque pensó
en Renata y sabía que si viera la pintura desearía tenerla a cualquier costo.
–La cantidad que le puedo ofrecer por el cuadro es
mucho, lo sé… –decía Lázaro– pero también sé que no lo aceptaría. Pero a la
mujer que pienso regalárselo… el amor que siento vale más de lo que me puedas
pedir por él.
Luisa volteó a ver el cuadro y recordó el día que lo
había pintado, esperando que alguna circunstancia del destino impidiera ese
matrimonio si es que Renata sentía lo mismo por ella. Ya habían pasado casi nueve
años, Luisa se había alejado por completo de la sociedad que le podía hablar
sin querer de la duquesa Renata. No supo nada de ella desde aquel día que
celebraron su matrimonio. Sabía que lo que sentía no podía ser, no solo porque
la sociedad no lo permitiría, sino porque el destino no había ayudado en mucho
o solo había hecho lo que le correspondía hacer, separarlas.
–¿Amor? –pregunto Luisa al hombre que le intentaba
comprar el cuadro.
–Sí
–Es de usted, se lo obsequio –dijo Luisa y siguió
pintando el retrato.
El duque se alejaba observando el cuadro y las
pinceladas; algunas suaves, otras agresivas que algún crítico de arte hubiera
clasificado como una obra sublime para la vida del autor. El cuadro había sido
enmarcado con madera fina, tallada en algún taller de una provincia de España,
le daba al cuadro un aspecto fino y delicado. Lázaro Mallorca se detuvo al
mirar que el cuadro no guardaba la firma del artista y pensó que si no le había
cobrado nada, al menos merecía el crédito por su talento. Regresó hasta donde
estaba ella, miró que ninguno de sus cuadros tenía su firma y volvió a
interrumpirla en su trabajo preguntándole:
–¿Cuál es su nombre?
Luisa no había pensado que desde que pintó ese
cuadro olvidó ponerle su firma a todo lo que pintaba, como si quisiera
desaparecer y que nadie supiera de ella. Era una artista de la calle y quería
permanecer como tal.
–Eso no importa señor –respondió Luisa Valladolid.
Llegaba el atardecer en Inglaterra cuando el duque
llegó a su casa, encontró a Renata sentada en la mecedora observando a su
pequeño hijo jugar. El duque se sentó a su lado sin decir más, solo observaba a
su hijo jugar al igual que lo hacía Renata. Lázaro volteó a mirarla, Renata se
veía serena y tranquila, la sentía incapaz de sentir cualquier cosa en ese
momento. Se levantó y se marchó hacia adentro porque nunca obtuvo ni una mirada
de Renata, ni siquiera alguna palabra de bienvenida. El cuadro fue entregado a
Renata por la noche, el duque lo creyó un momento oportuno, ya que deseaba
recibir una sonrisa de ella antes de dormir. Renata se maravilló, no porque
haya sido un regalo de su esposo, sino porque era una obra artística y le
recordaba en cierto sentido a Luisa. Lo colgó en una parte central de la
biblioteca, donde se la pasaba la mayoría de sus tardes y algunas noches. Lo
miró por largo tiempo y recordó ese atardecer, del día que se casó, cuando
Luisa estaba más fuerte en sus pensamientos.
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