VIII
Mariana ya no
tenía que rogarme tanto para ir a la escuela, ya había faltado mucho y mis
calificaciones habían bajado demasiado. No tenía consecuencias graves, siempre
he mantenido calificaciones regulares, no muy altas, pero me mantengo en el
promedio para pasar. Faltaba menos de un mes para que llegaran las vacaciones
de verano y las clases ya no eran tan constantes. No sé por qué siempre trataba
de no llegar a las clases donde estaba Lucia o Ruth. Siempre entregaba los
trabajos con mis compañeros para que se los dieran al profesor. Había algunos
maestros que platicaban conmigo y me regañaban. Eran aquellos que sabían lo que
tenía con Lucia, siempre me llevé bien casi con todos los maestros de la
escuela. Hasta ellos me decían que lo de Lucia y Ruth no iba a durar nada, que pensara
mejor las cosas y el rumbo que le estaba dando a mi vida. Pero Lucia aún dolía
y mucho, tal vez no me dolía el corazón… le dolía el orgullo a mi amor. Por qué
ella, por qué por ella… por qué, por sobre todas las personas que pudo haberme
cambiado, por qué por una basura como Ruth. Tal vez todas esas, o única
pregunta en diferentes sentidos, era la que no me dejaba vivir en paz. Pudo
haberme dejado por otra persona, una persona diferente a mí, más alegre, más
bonita… más de todo lo que soy yo. Todo estaría bien así, si lo hubiera hecho
de esa forma por mí estaría bien, porque así sabría que se había ido con alguien
mejor y aceptaría haber perdido de la mejor manera…
―Señorita Vidal,
entre por favor ―me dijo Karla, la maestra de sociología.
Entré un poco
apenada porque se supone que debí haber entrado a su clase y no quedarme
sentada en la jardinera viendo cómo crece el pasto. La maestra Karla era mi
favorita, siempre muy propia conmigo y con todos nuestros compañeros. Nunca
pude tener una conversación con ella como si fuera una amiga más o un profesor
más. Ella era como una madre preocupada por todos sus hijos. Cuando mis
calificaciones bajaban hacía que me quedará horas extra después de clases, así
que muchas veces optaba por estudiar y mantenerme al margen con los trabajos
para no tener que quedarme después. Me senté frente a su escritorio, parecía
una niña castigada frente al profesor, me sentí como cuando tenía once años y
muchas veces tuve que pasar por eso.
―Tienes que
volver ―dijo después de un rato de silencio.
Agaché mi mirada
y sonreí con ternura. Ya sabía de qué forma me decía que tenía que volver.
Hasta yo extrañaba a la persona que era antes de Lucia. Dónde estaba ahora, no
lo sabía y no sabía si esa persona que era antes quería volver. Karla empezó a
hablarme del amor y de lo que yo sentía. Sus palabras entraban a mis oídos,
pero no tardaban mucho tiempo en mi consciencia. Estaba tan confundida con mis sentimientos,
tan confundida que a veces no sabía qué estaba sintiendo, no solo por Lucia,
sino con todos los que estaban a mi alrededor… el único sentimiento seguro que
estaba sintiendo era por Mariana, ella era la única que le daba paz a todo mi
corazón. Tanto que a veces no quería que existiera nada más que ella, que lo
que sentía por Mariana fuera lo único que tuviera sentido para mí, que fuera lo
único que me hiciera seguir avanzando sin importarme nada de lo que hubiera al
rededor… mucho menos el sentimiento del amor. Quería que Mariana se convirtiera
en todo… todo lo que necesitaba para vivir.
―Piénsalo bien
―decía Karla terminando casi media hora de platica―, nadie te devolverá el
tiempo que estás perdiendo ahora. La vida es muy corta como para que sufras de
esta manera por alguien que no lo vale ―me miró con ojos tiernos ante mis ojos
vacios y terminó diciéndome―: quién te ama de verdad no te hace sufrir y cuando
amas de verdad, no te permites sufrir.
Salí del salón y
decidí buscar a Mariana para decirle que regresaría a casa, ya no quería estar
en la escuela. Iba caminando por entre las jardineras del patio central. Mi
mirada siempre iba al piso, como que no quería ver al mundo, mucho menos a
ellas dos. Pero sigo diciendo que la vida es injusta e intenta golpearte cada
vez que puede para saber qué tan débil o que tan fuerte puedes ser. Antes de
subir por las escaleras hacia el salón de Mariana, vi a Lucia y Ruth cerca de
ahí. Me detuve detrás de un árbol y en realidad no me dio tiempo de sentir
nada, solo un fuerte dolor en el corazón que me dejó inconsciente.
―¿Cómo te
sientes? ―preguntó a penas abrí los ojos.
Estaba en la
enfermería de la escuela. Nunca la había pisado en todo el tiempo que estaba
ahí. Me medio levanté de la cama, pero un mareo fuerte hizo que volviera a
recostarme.
―¿Qué te pasó?
―preguntó la enfermera.
No le respondí
nada, sentía que la cabeza me daba vueltas. Cuando intenté levantarme el doctor
entró angustiado y volvió a recostarme en la cama. Empezó a revisarme los ojos,
las manos, mi respiración… No me había dado cuenta que Mariana ya estaba ahí
parada a un lado de la enfermera y junto a la puerta estaba Javier. La imagen
de Lucia con Ruth se volvió clara en mi cabeza y no creo que eso haya hecho que
mi corazón se colapsara. Ya las había visto muchas veces juntas y dolía, pero
no tanto como para hacer que mi corazón se rindiera.
―¿Cómo te
sientes? ―preguntó el doctor.
―Bien ―respondí
un poco incomoda.
No sé que sentí
cuando acercó el estetoscopio a mi pecho, me levanté tan rápido como pude y
llegué a la puerta. Me asusté tanto como si estuviera a punto de encañonarme
con una pistola. No quería que me dijera algo que de cierta forma sabía, pero
no sabía y no quería saberlo nunca.
―Estoy bien
―dije casi detrás de Mariana―, no he comido bien. Sólo perdí el conocimiento
porque no he comido.
No le dije otra
cosa y salí de la enfermería. Mariana me siguió después sin decir nada, era
obvio que estaba pensando en lo que dije. Era una mentira, Mariana lo sabía
porque ella me llevaba la comida y esperaba a que terminara con todo. Así que
sabía que ese desmayo no era producto de no estar comiendo bien.
―¡Alma, espera!
―gritó Javi.
Seguí caminando,
pero esta vez sin tanta prisa, ya estaba lo suficientemente lejos de la
enfermería como para que me hicieran regresar. Mis pasos se volvieron tan
lentos que en menos de unos segundos los dos me alcanzaron. Volteé a ver a
Mariana y sus ojos me miraron confundidos. Ella no sabía lo que pasaba conmigo,
pero sabía que no estaba nada bien.
―Pesas mucho ―dijo
Javier.
Él fue quien me
llevó a la enfermería, porque cuando Mariana no podía estar detrás de mí,
Javier lo hacía. Así que cuando caí al piso fue el primero en recogerme y me
dijo que nadie más se dio cuenta, solo los que iban pasando. Sutilmente me dijo
que ellas dos no vieron nada de mi gran espectáculo de un corazón tan roto.
―Sí, para no
haber comido bien ―contestó Mariana acusándome con la mirada por la mentira que
le había dicho al doctor.
―Estás muy
delgada, pero pesas mucho… tendré que hacer más ejercicio ―dijo Javi tomando
sus brazos.
No me había dado
cuenta que Javier se había convertido en mi fiel amigo y protector. Fuimos
amigos desde que entramos a la escuela, pero siempre nuestra amistad estaba
limitada a un saludo, a despedirnos después de clases y eso era todo. Aunque
cuando alguno de los dos estaba en problemas, éramos los mejores amigos y nos
apoyábamos en todo, aparte porque siempre nos metíamos en los mismos problemas.
Juntos castigados, juntos en la dirección y juntos en los exámenes
extraordinarios que, por suerte, solo habíamos presentado dos. Javier nos dejó
rato después porque Mariana iba muy callada, no decía palabra alguna y solo se
limitaba a sonreír de vez en cuando. Así que Javier adivinó que estaba de sobra
y se fue.
―El doctor dijo
que te tomaras unos días de descanso, él hablará con los profesores ―me decía
Mariana después de un rato―, te quedarás en casa.
―De acuerdo ―le
dije con la mano sujetando mi pecho, porque me sentía cansada de tanto caminar
y de tanto sentir.
Mariana se paró
frente a mí y me preguntó con una cara tan seria como nunca jamás la volví a
ver:
―¿Qué te pasa?
―Duele el amor
―le respondí con un una sonrisa.
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