VII
Un día, cuando íbamos
caminando a las afueras de la escuela, todavía no me sentía mejor que antes… a
veces quería saber si en verdad seguía existiendo en este mundo tan cruel. Por
qué algo me dolía tanto para estar así, quería que me doliera más de lo que ya
lo hacía, que doliera más para que pudiera reaccionar, para encontrar una
salida a todo lo que estaba sintiendo. Quería odiarla para al menos tener en
claro lo que sentía por ella. Quería amarla demás para siquiera poder intentar
luchar por ella, querer luchar por ella… pero en realidad no sabía lo que
quería, y eso es peor que cualquier otro sentimiento… el desapego dolía más que
el amor no correspondido. Mariana iba hablando como siempre. Las únicas
palabras que salían de su boca eran de desagrado ante mi desagrado por el
mundo. Me regañaba una y otra vez. Estaba cansada de mi actitud, pero no tanto
como lo estaba yo… me fastidiaba sentir lo que sentía.
―¡Alma! ―escuché
la voz de una chica gritándome por detrás.
Volteé y la miré
venir a toda prisa hacia a mí. Me abrazó con fuerza y no paraba de decir
palabras que no entendía porque salían muy rápido de toda la emoción que sentía
al verme. Mariana me miró con cara interrogante, ¿quién era esa chica?… yo
también me lo preguntaba. Dejó de abrazarme, me miró y otra vez no pudo evitar
abrazarme de la emoción.
―¿Quién eres tú?
―preguntó Mariana un poco molesta.
―Te acuerdas de
mí, ¿cierto? ―me preguntó la chica sonriendo.
Me hice un poco
hacia atrás para tratar de recordar dónde la había visto.
―No ―respondí
titubeando.
―¡Lo sabía!
―dijo la chica con un poco de desagrado― Sabía que me olvidarías. Todas esas
promesas de amor eran demasiado buenas para ser verdad. ¡Dijiste que volverías
por mí! ¡¡Te casaste conmigo!! ―me gritó.
Mariana
palideció tanto como yo cuando dijo eso. Cuándo me casé, por qué con ella,
quién era ella, ¡ni siquiera tenía la mayoría de edad para casarme! La chica se
volteó para no darme la cara y solo se escuchaban sus sollozos.
―Lo siento ―dije
asustada.
Volteó con la
cara hacia el piso. No sabía qué hacer, no la recordaba y por supuesto no
recordaba el haberme casado con ella.
―¡Te engañé! Es
broma, ¡no te casaste conmigo! ―me gritó con una sonrisa más grande y volvió a
abrazarme.
―Oye, suficiente
―decía Mariana apartándola de mí―, ¿quién eres?
La chica parecía
tener unos catorce o quince años, se veía muy chica. Tenía un aspecto medio
rebelde, el cabello como de tres colores diferentes y perforaciones en la nariz
y en el labio inferior. Su aspecto se veía todo lo contrario a su forma de ser
tan cariñosa y emotiva.
―¿Quién eres tú?
―preguntó la chica a Mariana.
Mariana no
contestó al ver que ella la miró de una forma muy molesta, tanto que parecía
que en cuanto le dijera su nombre iba a golpearla.
―¡¿Es ella?! ―me
preguntó casi gritándome.
―¿Quién? ―dije.
―La chica por la
que llorabas ―dijo con enojo y miró a Mariana con más rencor.
―No, no es ella
―respondí.
Quién era ella. Por
qué sabía que sufría por una mujer. Por qué estaba tan molesta por esa razón.
Qué estaba pasando.
―Soy Mariana…
Mariana San Román ―contestó.
―¡Mariana!
―gritó su nombre con tanta felicidad que parecía la conocía desde hace mucho
tiempo y la abrazó con euforia. Se apartó de ella y me miró sonriente.
―¿Quién eres?
―le pregunté al no recordar ni un mínimo de ella.
―Vaya ―decía con
desanimo―, entonces si era verdad, me olvidaste.
―Perdón ―dije
avergonzada.
―Esto es tuyo
―dijo dándome mi credencial de la escuela―. Así te pude encontrar.
―¿Dónde te
conocí? ―pregunté.
―Hace muchos
días ―me decía―, estabas mal, no sabías ni de dónde venías y sólo hablabas
incoherencias.
―Ya ―dijo
Mariana mirándome―. Fue cuando estuviste de ebria vagando por el mundo.
―¡Ah! ―no sé por
qué salió como un alivio al saber cómo la había conocido.
Catalina, el
cual resultó ser su nombre, me contó todo lo que hice en esos días donde no
tuve plena consciencia de mis actos. Nos contó que me dio asilo en su casa,
pero que varias veces me escapé para seguir con lo mío. Hasta que un día no se
dio cuenta que me salí y fue cuando regresé a casa de Mariana. Me encontró
gracias a la credencial de la escuela que dejé tirada en su habitación.
―¿Por qué sufres
teniendo lo que tienes enfrente? ―me preguntó mirando de arriba abajo a
Mariana.
Yo la miré de la
misma forma que Catalina y Mariana me miró con cara de: Por qué me estás
mirando así. Seguí mirando a Mariana tan cautelosamente, no dejaba pasar ningún
detalle, en realidad era muy hermosa… ya lo sabía, siempre tuve consciencia de
que ella era una mujer muy bella, pero no me inspiraba ese amor… ese amor
diferente.
―No, no
―contesté rápido al entender de qué forma Catalina me lo estaba diciendo―. No
es lo que imaginas, Mariana es mi mejor amiga.
―Pues para ser
solo tu mejor amiga, hablas mucho de ella ―pensó Catalina.
―Sí, pero
apuesto a que no dije nada inapropiado ―dije mirando a Mariana con una sonrisa
nerviosa al pensar que tal vez lo dije, pero estaba segura de que no fue así.
―La verdad ―se
quedó pensando Catalina, como recordando algo. Yo esperaba que no dijera algo
que pudiera comprometer nada―, la verdad, no.
Suspiré con
alivio y Mariana también lo hizo con disimulo. Estaba segura que no sentía nada
por Mariana, nada que fuera amor. Tal vez la amaba demasiado, pero ese amor
nunca fue un sentimiento más allá que de una amistad y la más grande que pudo
haber existido sobre la tierra… tan así fue de grande, que nunca pudo alejarse
de mí, ni yo de ella.
―Pero es linda
―dijo Catalina acercándose mucho a Mariana.
―Sí, lo sé
―decía interponiéndome entre ellas―. Tanto que tiene novio desde hace tres años
y están felizmente comprometidos.
Mariana volteó a
verme con una sonrisa que no se creía, nunca antes había hablado de su relación
con Carlos con tanta felicidad y seguridad. Parecía que la estaba defendiendo
de Catalina, pero no tanto para asegurarla para Carlos… sino, ¿para mí? Pero
claro que eso no era cierto, sé que no es cierto.
―Bueno ―decía Catalina
con desanimo―, ni modo. Aquí no tengo nada qué hacer ―volteó a verme y me
dijo―: tú eres muy linda y adorable, pero tu corazón está demasiado roto y no
creo que yo pueda arreglarlo.
―¡Gracias! ―dije
con sarcasmo.
―Tal vez ella
pueda ―dijo mirando a Mariana.
―Sí ―respondió
Mariana―, yo le voy a curar su corazón, porque yo soy su corazón y ella es mía.
Mariana me
agarró del brazo como protegiéndome de todo lo que viniera después.
―¡Lo sabía! Ustedes
se aman ―aclaró Catalina.
―¡No! ―gritamos
las dos.
―Que complicadas
son ―dijo y se alejó de nosotras sin ninguna otra oportunidad de seguir
hablando con ella.
―Que amiguitas
te consigues ―se quejó Mariana.
―Sí, ¿verdad?
―le dije mirando en la dirección en la que se había marchado.
―¿Te acóstate
con ella? ―preguntó Mariana dando la vuelta.
―¡No! ―respondí
rápido.
Seguí a Mariana
intentando recordar el tiempo que pasé a lado de esa chica. Sé que no pasó nada
con ella, por qué lo sé… no lo sé, solo sé que lo sé. Qué bueno que Mariana no
puede leer mis pensamiento sino estaría molestándome con querer saber la verdad
y haría regresar mi memoria a como dé lugar para tener una respuesta coherente.
Caminamos a casa. Mariana en todo el camino estuvo molestándome con la chica.
Hasta eso, ese pequeño momento me hizo olvidar un rato todo mi sufrimiento, y
apuesto que Catalina me hizo olvidar más de una vez a Lucia los días que estuve
con ella en su casa.
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