"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

16 de enero de 2012

I

Los rayos de sol que se filtraban por la ventana los sentía sobre mi cuerpo cada vez más cálidos cuando ya amanecía, pero aun así, apenas si alcanzaban a cubrirme un poco del frío tan insoportable que sentía en todo el cuerpo. Mi corazón latía tan fuerte que no parecía el mío. Podía escuchar mi respiración con fuerza, mi cuerpo se estremecía más y más por la calidez del sol... pero por dentro, muy dentro… todo seguía tan frío y todo dolía como nunca antes había dolido. Estaba cubierta por todas las sábanas que Mariana podía tener en su habitación, y aun así… sentía morirme. Temblaba tan fuerte porque tenía un inmenso dolor en el pecho, el cual intentaba detenerlo con mis manos, pensaba que si apretaba con fuerza el dolor se iría, y de hecho sí, se podía calmar un poco. De repente sentí un fuerte almohadazo en el rostro que liberó mi cabeza de todo pensamiento. Después escuché una voz firme y enojada que obligó a despertarme... aunque no me despertó del todo.

―¡Levántate ebria!

Escuché como de un salto desde el piso llegó sobre mi cuerpo sacando el poco aire que tenía en los pulmones. Entreabrí los ojos sin reconocer por mucho el lugar donde estaba.

―¿Dónde estoy? ―miré su rostro tan cerca del mío y unos ojos incomparables, tan extraños y misteriosos, con ese color fosforescente entre el azul y el verde― ¿Quién eres tú?

―¡Sí, claro! Ahora no recuerdas quién soy yo... ―se levantó y se quedó parada cruzando los brazos con enfado― ¡¿Tampoco recuerdas que estás desnuda supongo?!

Miré sus ojos tornarse en un azul cielo, muy intenso y claro; siempre se ponían azules cuando estaba muy molesta. Cerré los ojos intentando recordar lo que hice la noche anterior, pero al no recordar nada me tapé hasta la cabeza con las sábanas intentando ver si era verdad que estaba desnuda.

―¡Vamos! ―dijo quitando las sábanas de mi cuerpo, que estaba totalmente cubierto por la ropa que recuerdo traía desde hace más de cuatro días; sus condiciones eran deplorables, tenía tanta mugre pegada a ella, pero no tenía ni idea de dónde me había metido, parecía que había dormido en un basurero― ¡Levántate que apestas y apestas mi cama! ―me gritó con fuerza.

Mariana arrojó las sábanas lo más lejos de la cama haciendo un gesto de desagrado después de darse cuenta que olían a alcohol y a mugre.

―¿Qué hago aquí? ―le pregunté encogiéndome por el frío que estaba sintiendo.

―¡¿No recuerdas?! ―Mariana me gritó tan cerca del oído provocándome un fuerte dolor de cabeza.

―¡¡No!! ―le dije con ganas de asesinarla.

―Llegaste por la madruga... ¡¡Ebria… alcoholizada!! ¡Por suerte no hay nadie sino mamá me echaba de la casa contigo! ―Mariana alzó la voz como intentado hacer que entendiera las cosas de una buena vez― ¡Te estuve buscando todos los días!

Recordé por qué estaba ebria, del por qué mi intento de no recordar y olvidar todo. Sonreí por la tontería que estaba haciendo y también porque los regaños de Mariana eran bien atinados. Sentía que mi cabeza estallaría en cualquier momento. Jamás había consumido tanto alcohol en mi vida, antes solo había tomado unas cuantas cervezas con algunos amigos en reuniones, pero no más de dos, eso era lo más que Mariana me permitía tomar, así evitábamos que su mamá se diera cuenta, aparte el alcohol era algo que Mariana no disfrutaba mucho, ni a mí me agradaba tanto.

―Vamos, ya es suficiente... no merece que estés así.

―Déjame tranquila ―le dije con agonía, sentía morir por todo ese dolor y frío.

―Jamás pensé verte en este estado, pensé que morirías de una sobredosis, en una carrera de autos, saltando del edificio más alto... o ¡No sé! Enfrentándote a un ebrio que intente quitarle el bolso a una viejita. ¡Pero tú! ¡¿Tú morir por amor?!... ¡No seas ridícula!

―Me duele todo ―dije en un suspiro.

―Lo sé ―se sentó a un lado mío―, pero tienes que aprender a superarlo.

Se levantó y la vi moverse angustiada, como la vez que estuve en el hospital cuando solo tenía doce años por intentar saltar del segundo piso de su casa pensando que no me pasaría nada, que caería parada como los gatos. Su misma manera de caminar preparando un gran discurso para que dejara de hacer locuras. Somos amigas desde preescolar, es como si ella fuera esa razón que me faltó, esa cordura la cual yo no tenía. Siempre me ha hecho ver las cosas que están bien y las que están mal, aunque muchas veces no le hago ni el menor caso, siempre está conmigo.

―Ven... tienes que levantarte ―me decía jalándome de la mano para hacer que despegara mi cuerpo de su cama―. Te bañas, te pones bonita, dejas que esa sonrisa hermosa que tienes combine con esos ojos verde ajenjo que tanto envidio, peinas ese cabello rizado crespo color arena ―miró mi cabello con risa y desagrado―, que por nada del mundo envidio, y nos vamos a ese lugar donde hay miles de chicas como a ti te gustan... y conquistas unas cuantas.

―Sí, claro, contigo ―le dije con el cansancio más grande del mundo. Me quedé sentada mirando el piso y tomando mi cabeza con fuerza, ese dolor intenso que tenía en ella era la única forma que podía hacer a un lado el dolor que tenía en el corazón.

―Bueno, yo me quedo.

―Sí, y entonces voy sola como una perdedora ―contesté.

―¡Ya sé!... Hago como que termino contigo y así te consuelan un par de chicas ―me dijo guiñando el ojo.

―Aja... entonces quedo como una doble perdedora.

―¡Bueno, entonces llego contigo te doy un par de besos eres mi novia y ya! ―dijo desesperada al ver que mi actitud no iba a cambiar.

―¿Tú, mi novia?... Sería una perdedora a la máxima potencia por estar con alguien que presume de ser cien por ciento heterosexual ―tumbé mi cuerpo de nuevo sobre su cama intentando soportar tanto dolor en el cuerpo.

―¡Por Dios! Sabes que no me gusta verte así.

―Nunca antes me has visto así ―le dije señalando el techo con el dedo, y la miré triste―. Así que disfrútalo.

―¡Lo sé! Solo no quiero verte así... ¡Anda! ―volvió a sentarse a mi lado― Además eres mi chica... y nadie tiene derecho a ponerte así, solo yo puedo hacerlo.

Me senté un poco confundida y mareada. Muchas veces llegaba a pensar que nuestra amistad había sido condicionada, solo puesta y que no nos habían dado alguna otra alternativa. Como si nuestros destinos solo hubieran sido fijados por una promesa que teníamos que cumplir y sin poder escoger algún otro camino. Éramos tan diferentes que costaba creer que nos soportábamos, incluso a muchas personas les costaba creer que nos queríamos. Pero Mariana era parte de mi vida, por muy diferentes que fuésemos, era lo que más quería en la vida y sé que ella sentía por mí lo mismo.

―¿Tu chica? ―le pregunté.

―Sí… ¡Mía! ―se levantó― Eres mía por… porque yo he sido la primera que te he visto llorar ―la miré un poco confundida― ¡Sí!, En preescolar ”¡¡Mami, mami!!”... ¡Dios! Como llorabas.

―¡Ya, no me hagas recordar eso!

―No entiendo cómo pudiste pasar preescolar ―decía pensando―, si lo único que hacías era llorar y dormir, llorabas y volvías a dormir.

―¡Cállate! ―grité casi sin fuerza alguna y le arrojé una almohada que encontré en el piso.

Después de esquivar la almohada se acercó a mí con ternura y sus ojos se tornaron a un verde tan hermoso, tan cálido y confortante. Sus ojos eran como el arándano, entre el verde y el azul, eran realmente hermosos, siempre había ternura e inocencia en ellos. Cuando éramos pequeñas la miraba a los ojos intentando saber de qué color eran y ella solo jugaba conmigo, me decía que eran azules y después que eran verdes. Hasta ahora me he dado por vencida, no me interesa en realidad saber de qué color son, pero me gustaba más verlos en ese tono verde.

―Yo fui la primera que te vio sonreír ―limpió algunas lágrimas de mis ojos―, ella no tiene nada de eso... no tiene nada comparado con lo que tú y yo hemos vivido, con todo lo que he pasado a tu lado... por esa y muchas razones… eres mía.

No me dejó siquiera contestarle, se levantó y salió del cuarto. Volví a tumbarme sobre la cama mirando el techo, pensaba en tantas cosas y al mismo tiempo en nada. Es como si tanto dolor no te dejara siquiera coordinar tus pensamientos... intentas separar tus emociones que están entre dolor, ira y confusión. Suspiré... no sé cuántas veces, creo que han sido infinidades, las lágrimas volvían a escurrir sobre mi cara y seguía sin soportar tanto dolor. Desde que la vi cruzar el pasillo de la escuela, en aquel día soleado, tuve miedo de perderla, que todo saliera mal y que al final me dejara botada como cualquier cosa… y eso fue lo que hizo, pero de una manera cruel y dolorosa. Es difícil saber cómo el amor a esta edad tiene que doler tanto. Si terminar con el primer amor es complicado y doloroso, el segundo no se le queda tanto atrás. Mientras más creces, más entiendes, más sientes y más te duele…y el mal amor sigue doliendo igual.

―¡No quiero encontrarte sobre mi cama! ―escuché la voz de Mariana desde lejos y más cerca.

No sé cómo, pero pude levantarme y correr hacia su baño. Me miré en el espejo y sonreí al entender porque mi cabello era una de las cosas que no envidiaría de mí, intenté peinarlo con mis dedos pero era imposible. Recargué mis manos en el lavabo y volví con ese dolor inexplicable en el corazón, era algo más que un dolor emocional... era, físico. Me miré en el espejo y lloré de rabia al verme así, no podía creer que yo estuviera de esa manera.

―No estás vomitando, ¿verdad? ―escuche su voz cerca de la puerta― ¡Oye!... ¡No vomites en mi baño!

No contuve mis lágrimas. Nunca te imaginas que tanto puedes llorar hasta que lo haces, algo que he hecho pocas veces en mi vida desde la muerte de mis padres. Sentí una fuerte presión en el pecho, entre dolor y tristeza. Mis piernas no aguantaron y caí de rodillas. Fue tan fuerte el impacto, a pesar de que mis manos intentaban sostenerme con fuerza del lava manos, no logré contenerme.

―No, no puedes ―sentí sus brazos rodear mi cuerpo, me apretaba con fuerza y empezó a llorar conmigo― ¡No puedes hacerte esto!

Verla llorar era algo raro, siempre una persona que analizaba todo, que para todo encontraba una solución antes de dejarse llevar por los sentimientos, no era una persona fría, no… Era muy dulce y tierna. Pero a Mariana le era más fácil, que a mí, no dejarse llevar por lo que sentía en su corazón, usar su razón siempre fue su mejor arma, aunque muy pocas veces la usaba para mí. En el funeral de nuestros padres, tenía seis años, yo salí corriendo a mitad de la ceremonia persiguiendo un gato pequeño entre los árboles, me sentí tan indefensa y sola cuando lo vi trepando a un árbol. Ya no había nadie quien fuera por mí y me dijera que dejara de hacerlo. Me senté al pie del árbol y empecé a llorar al darme cuenta que mis padres jamás regresarían. En ese momento vi a Mariana acercándose a mí, miró hacia arriba donde el pobre gato maullaba, se agachó y me dijo: Ahora yo voy a cuidarte.

―¿Por qué lo hizo? ¡¿Por qué de esa manera?! ―le pregunté desesperada.

―Esas son preguntas que no tienes por qué hacerte, ella misma las encontrará y cuando se dé cuenta que la respuesta no era la solución que tomó... se arrepentirá, tenlo por seguro.

―Quiero irme... lejos de aquí.

Mariana me levantó del piso, me sacó del baño con la poca fuerza que siempre la caracterizó y me sentó sobre la cama.

―Ahora no estás bien, debes comer primero ―me acercó un plato con comida y un poco de jugo de naranja―, después te bañas y ya veremos qué tan lejos podemos llegar.

Miré el plato y la miré a ella, no entendía por qué razón nunca pude enamorarme de una persona así, aunque todo mundo pensaba lo contrario, ya que siempre estábamos juntas y la defendía de cualquier persona. Es gracioso que diga eso, ella terminaba siempre defendiéndome porque las cosas me salían al revés; abogaba por mí en la oficina del director, en ocasiones se culpaba por cosas malas que yo hacía, me defendía cuando su madre intentaba castigarme por tonterías, incluso en una ocasión evitó que me llevara la policía por secuestrar al gato de la vecina. ¿Por qué no enamórame de ella? Una difícil pregunta, pero con una  respuesta tan simple.

―Si me sigues mirando así, pensaré lo peor de ti ―me dijo un tanto molesta.

¿Esa era la respuesta?... No, esa no es la respuesta, mas se acerca a la realidad, una de las cosas que ella estaba cien por ciento segura que yo no haría, es enamorarme de ella. ¿Por qué lo sabía? No sé, tal vez porque yo lo sabía con seguridad. Era la mujer perfecta, una con la que cualquier chica o chico esperaría y desearía tener por siempre a su lado, pero hay cosas que simplemente no puedes sentir.
Terminé de comer con mucho esfuerzo, tenía el estómago revuelto y su “arte” en la cocina no era el mejor.

―¿Te sientes mejor?

―Aja ―solo me limité a responder.

―¿Y... dónde dormías? ―me preguntó sin muchas ganas de hacerlo.

La miré con un gesto de confusión y burla.

―Donde me agarraba la noche ―le dije al no recordar algún lugar en específico donde haya pasado una noche, ni siquiera recordaba cómo había llegado a su casa, mucho menos iba a recordar lo que hice hace cuatro días. Pero si recordé lo que hice el primer día, salí de casa temprano, no quería estar ahí y caminé por toda la ciudad. Sólo caminando por todos lados, sin rumbo, sin un lugar específico a donde llegar, mirando a todos y haciéndome miles de preguntas en mi cabeza. Todas esas preguntas que te haces cuando no le encuentras sentido a la existencia ni a los sentimientos.

―Espero que la noche sea lo único que te haya agarrado ―quitó los platos y los puso en una mesa.

―Estás diciendo que... que...

―¡¿Pues qué crees?! ―me dijo molesta― ¡Ni siquiera recuerdas dónde dormiste! ¿Qué te esperabas? ¡Tienes dieciséis años y te vas como si nada!... ¡¡Cómo si no te importara como me sentí por no saber dónde estabas!!

―No lo sé, creo que recordaría si lo hice o si pasó... así que no lo hice ―le dije para que olvidara todo ese regaño que me dolía, no por sus palabras, sino por sus sentimientos.

―¡¿Ah sí?!  ¿Entonces por qué dudaste cuando te dije que estabas desnuda? ―me miró con enojo.

―Bueno... pues... ―le dije levantándome lentamente de su cama para correr lo más rápido que me permitiera el mareo― pensé... que... bueno... tal vez... tú... ya... ya te... te habías decidido.

Intenté correr después de que dije eso, pero por alguna razón mi corazón empezó a doler con mucha fuerza, no podía enfocar muy bien las cosas con la vista y solo puede sostenerme de la puerta. Mariana me sostuvo antes de caer al piso y me llevó de nuevo a la cama.

―¡Ves! Si tienes resaca, no puedes correr, ¡ni huir!...

No le dije nada sobre el dolor que sentía en el corazón, pensé que era algo pasajero, lo había sentido desde hace algunos meses, pero como no eran frecuentes ni tan intensos, no me dio mucha importancia.

―¿Decidirme a qué? ―me preguntó un poco molesta.

―Nada... sólo jugaba.

Mariana siempre tenía una actitud extraña conmigo, era como si supiera todas las cosas de mí antes que yo. Cuando murieron mis padres, el padre de Mariana estaba con ellos por asuntos de negocios, iban a abrir un negocio que les aseguraría nuestro futuro económico. Recuerdo que esa noche, cuando partieron hacia una ciudad lejana, mi madre se acercó a Mariana y le dijo que cuidara de mí. Tenía seis años y lo recuerdo como si hubiera sido ayer, Mariana esa vez solo me sonrío y yo sabía que todo iba a estar bien con ella, a pesar de que teníamos una semana de conocernos. Pero al ver a mi madre dirigiéndose a mí, sentí que no iba a estar nada bien con ellos. Por mucho tiempo me culpé de su muerte, tenía vergüenza al ver a Mariana, porque sentía que por mi culpa su papá había muerto. Desde entonces su mamá me trató como una hija e intentó que viviera con ellas, pero no podía quedarme mucho tiempo porque siempre a mitad de la noche salía de su casa para irme a la mía, así que decidieron dejarme vivir en ella y durante la mayor parte del día me quedaba en casa de Mariana.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.