I
Los rayos de sol
que se filtraban por la ventana los sentía sobre mi cuerpo cada vez más cálidos
cuando ya amanecía, pero aun así, apenas si alcanzaban a cubrirme un poco del
frío tan insoportable que sentía en todo el cuerpo. Mi corazón latía tan fuerte
que no parecía el mío. Podía escuchar mi respiración con fuerza, mi cuerpo se
estremecía más y más por la calidez del sol... pero por dentro, muy dentro…
todo seguía tan frío y todo dolía como nunca antes había dolido. Estaba
cubierta por todas las sábanas que Mariana podía tener en su habitación, y aun
así… sentía morirme. Temblaba tan fuerte porque tenía un inmenso dolor en el
pecho, el cual intentaba detenerlo con mis manos, pensaba que si apretaba con fuerza
el dolor se iría, y de hecho sí, se podía calmar un poco. De repente sentí un
fuerte almohadazo en el rostro que liberó mi cabeza de todo pensamiento. Después
escuché una voz firme y enojada que obligó a despertarme... aunque no me
despertó del todo.
―¡Levántate
ebria!
Escuché como de
un salto desde el piso llegó sobre mi cuerpo sacando el poco aire que tenía en
los pulmones. Entreabrí los ojos sin reconocer por mucho el lugar donde estaba.
―¿Dónde estoy? ―miré
su rostro tan cerca del mío y unos ojos incomparables, tan extraños y
misteriosos, con ese color fosforescente entre el azul y el verde― ¿Quién eres
tú?
―¡Sí, claro!
Ahora no recuerdas quién soy yo... ―se levantó y se quedó parada cruzando los
brazos con enfado― ¡¿Tampoco recuerdas que estás desnuda supongo?!
Miré sus ojos
tornarse en un azul cielo, muy intenso y claro; siempre se ponían azules cuando
estaba muy molesta. Cerré los ojos intentando recordar lo que hice la noche
anterior, pero al no recordar nada me tapé hasta la cabeza con las sábanas
intentando ver si era verdad que estaba desnuda.
―¡Vamos! ―dijo
quitando las sábanas de mi cuerpo, que estaba totalmente cubierto por la ropa
que recuerdo traía desde hace más de cuatro días; sus condiciones eran
deplorables, tenía tanta mugre pegada a ella, pero no tenía ni idea de dónde me
había metido, parecía que había dormido en un basurero― ¡Levántate que apestas
y apestas mi cama! ―me gritó con fuerza.
Mariana arrojó
las sábanas lo más lejos de la cama haciendo un gesto de desagrado después de
darse cuenta que olían a alcohol y a mugre.
―¿Qué hago aquí?
―le pregunté encogiéndome por el frío que estaba sintiendo.
―¡¿No recuerdas?!
―Mariana me gritó tan cerca del oído provocándome un fuerte dolor de cabeza.
―¡¡No!! ―le dije
con ganas de asesinarla.
―Llegaste por la
madruga... ¡¡Ebria… alcoholizada!! ¡Por suerte no hay nadie sino mamá me echaba
de la casa contigo! ―Mariana alzó la voz como intentado hacer que entendiera
las cosas de una buena vez― ¡Te estuve buscando todos los días!
Recordé por qué
estaba ebria, del por qué mi intento de no recordar y olvidar todo. Sonreí por la
tontería que estaba haciendo y también porque los regaños de Mariana eran bien
atinados. Sentía que mi cabeza estallaría en cualquier momento. Jamás había
consumido tanto alcohol en mi vida, antes solo había tomado unas cuantas
cervezas con algunos amigos en reuniones, pero no más de dos, eso era lo más
que Mariana me permitía tomar, así evitábamos que su mamá se diera cuenta,
aparte el alcohol era algo que Mariana no disfrutaba mucho, ni a mí me agradaba
tanto.
―Vamos, ya es
suficiente... no merece que estés así.
―Déjame
tranquila ―le dije con agonía, sentía morir por todo ese dolor y frío.
―Jamás pensé
verte en este estado, pensé que morirías de una sobredosis, en una carrera de
autos, saltando del edificio más alto... o ¡No sé! Enfrentándote a un ebrio que
intente quitarle el bolso a una viejita. ¡Pero tú! ¡¿Tú morir por amor?!... ¡No
seas ridícula!
―Me duele todo
―dije en un suspiro.
―Lo sé ―se sentó
a un lado mío―, pero tienes que aprender a superarlo.
Se levantó y la
vi moverse angustiada, como la vez que estuve en el hospital cuando solo tenía
doce años por intentar saltar del segundo piso de su casa pensando que no me
pasaría nada, que caería parada como los gatos. Su misma manera de caminar
preparando un gran discurso para que dejara de hacer locuras. Somos amigas
desde preescolar, es como si ella fuera esa razón que me faltó, esa cordura la
cual yo no tenía. Siempre me ha hecho ver las cosas que están bien y las que
están mal, aunque muchas veces no le hago ni el menor caso, siempre está
conmigo.
―Ven... tienes
que levantarte ―me decía jalándome de la mano para hacer que despegara mi
cuerpo de su cama―. Te bañas, te pones bonita, dejas que esa sonrisa hermosa
que tienes combine con esos ojos verde ajenjo que tanto envidio, peinas ese
cabello rizado crespo color arena ―miró mi cabello con risa y desagrado―, que
por nada del mundo envidio, y nos vamos a ese lugar donde hay miles de chicas
como a ti te gustan... y conquistas unas cuantas.
―Sí, claro, contigo
―le dije con el cansancio más grande del mundo. Me quedé sentada mirando el
piso y tomando mi cabeza con fuerza, ese dolor intenso que tenía en ella era la
única forma que podía hacer a un lado el dolor que tenía en el corazón.
―Bueno, yo me
quedo.
―Sí, y entonces
voy sola como una perdedora ―contesté.
―¡Ya sé!... Hago
como que termino contigo y así te consuelan un par de chicas ―me dijo guiñando
el ojo.
―Aja... entonces
quedo como una doble perdedora.
―¡Bueno,
entonces llego contigo te doy un par de besos eres mi novia y ya! ―dijo
desesperada al ver que mi actitud no iba a cambiar.
―¿Tú, mi
novia?... Sería una perdedora a la máxima potencia por estar con alguien que
presume de ser cien por ciento heterosexual ―tumbé mi cuerpo de nuevo sobre su
cama intentando soportar tanto dolor en el cuerpo.
―¡Por Dios!
Sabes que no me gusta verte así.
―Nunca antes me
has visto así ―le dije señalando el techo con el dedo, y la miré triste―. Así
que disfrútalo.
―¡Lo sé! Solo no
quiero verte así... ¡Anda! ―volvió a sentarse a mi lado― Además eres mi
chica... y nadie tiene derecho a ponerte así, solo yo puedo hacerlo.
Me senté un poco
confundida y mareada. Muchas veces llegaba a pensar que nuestra amistad había
sido condicionada, solo puesta y que no nos habían dado alguna otra alternativa.
Como si nuestros destinos solo hubieran sido fijados por una promesa que
teníamos que cumplir y sin poder escoger algún otro camino. Éramos tan
diferentes que costaba creer que nos soportábamos, incluso a muchas personas
les costaba creer que nos queríamos. Pero Mariana era parte de mi vida, por muy
diferentes que fuésemos, era lo que más quería en la vida y sé que ella sentía
por mí lo mismo.
―¿Tu chica? ―le
pregunté.
―Sí… ¡Mía! ―se
levantó― Eres mía por… porque yo he sido la primera que te he visto llorar ―la
miré un poco confundida― ¡Sí!, En preescolar ”¡¡Mami, mami!!”... ¡Dios! Como
llorabas.
―¡Ya, no me
hagas recordar eso!
―No entiendo cómo
pudiste pasar preescolar ―decía pensando―, si lo único que hacías era llorar y
dormir, llorabas y volvías a dormir.
―¡Cállate! ―grité
casi sin fuerza alguna y le arrojé una almohada que encontré en el piso.
Después de
esquivar la almohada se acercó a mí con ternura y sus ojos se tornaron a un
verde tan hermoso, tan cálido y confortante. Sus ojos eran como el arándano,
entre el verde y el azul, eran realmente hermosos, siempre había ternura e
inocencia en ellos. Cuando éramos pequeñas la miraba a los ojos intentando
saber de qué color eran y ella solo jugaba conmigo, me decía que eran azules y
después que eran verdes. Hasta ahora me he dado por vencida, no me interesa en
realidad saber de qué color son, pero me gustaba más verlos en ese tono verde.
―Yo fui la primera
que te vio sonreír ―limpió algunas lágrimas de mis ojos―, ella no tiene nada de
eso... no tiene nada comparado con lo que tú y yo hemos vivido, con todo lo que
he pasado a tu lado... por esa y muchas razones… eres mía.
No me dejó
siquiera contestarle, se levantó y salió del cuarto. Volví a tumbarme sobre la
cama mirando el techo, pensaba en tantas cosas y al mismo tiempo en nada. Es
como si tanto dolor no te dejara siquiera coordinar tus pensamientos...
intentas separar tus emociones que están entre dolor, ira y confusión.
Suspiré... no sé cuántas veces, creo que han sido infinidades, las lágrimas
volvían a escurrir sobre mi cara y seguía sin soportar tanto dolor. Desde que
la vi cruzar el pasillo de la escuela, en aquel día soleado, tuve miedo de
perderla, que todo saliera mal y que al final me dejara botada como cualquier
cosa… y eso fue lo que hizo, pero de una manera cruel y dolorosa. Es difícil
saber cómo el amor a esta edad tiene que doler tanto. Si terminar con el primer
amor es complicado y doloroso, el segundo no se le queda tanto atrás. Mientras
más creces, más entiendes, más sientes y más te duele…y el mal amor sigue
doliendo igual.
―¡No quiero encontrarte
sobre mi cama! ―escuché la voz de Mariana desde lejos y más cerca.
No sé cómo, pero
pude levantarme y correr hacia su baño. Me miré en el espejo y sonreí al
entender porque mi cabello era una de las cosas que no envidiaría de mí, intenté
peinarlo con mis dedos pero era imposible. Recargué mis manos en el lavabo y
volví con ese dolor inexplicable en el corazón, era algo más que un dolor
emocional... era, físico. Me miré en el espejo y lloré de rabia al verme así,
no podía creer que yo estuviera de esa manera.
―No estás
vomitando, ¿verdad? ―escuche su voz cerca de la puerta― ¡Oye!... ¡No vomites en
mi baño!
No contuve mis
lágrimas. Nunca te imaginas que tanto puedes llorar hasta que lo haces, algo
que he hecho pocas veces en mi vida desde la muerte de mis padres. Sentí una
fuerte presión en el pecho, entre dolor y tristeza. Mis piernas no aguantaron y
caí de rodillas. Fue tan fuerte el impacto, a pesar de que mis manos intentaban
sostenerme con fuerza del lava manos, no logré contenerme.
―No, no puedes ―sentí
sus brazos rodear mi cuerpo, me apretaba con fuerza y empezó a llorar conmigo―
¡No puedes hacerte esto!
Verla llorar era
algo raro, siempre una persona que analizaba todo, que para todo encontraba una
solución antes de dejarse llevar por los sentimientos, no era una persona fría,
no… Era muy dulce y tierna. Pero a Mariana le era más fácil, que a mí, no
dejarse llevar por lo que sentía en su corazón, usar su razón siempre fue su
mejor arma, aunque muy pocas veces la usaba para mí. En el funeral de nuestros padres,
tenía seis años, yo salí corriendo a mitad de la ceremonia persiguiendo un gato
pequeño entre los árboles, me sentí tan indefensa y sola cuando lo vi trepando
a un árbol. Ya no había nadie quien fuera por mí y me dijera que dejara de
hacerlo. Me senté al pie del árbol y empecé a llorar al darme cuenta que mis
padres jamás regresarían. En ese momento vi a Mariana acercándose a mí, miró
hacia arriba donde el pobre gato maullaba, se agachó y me dijo: Ahora yo voy a
cuidarte.
―¿Por qué lo
hizo? ¡¿Por qué de esa manera?! ―le pregunté desesperada.
―Esas son
preguntas que no tienes por qué hacerte, ella misma las encontrará y cuando se
dé cuenta que la respuesta no era la solución que tomó... se arrepentirá, tenlo
por seguro.
―Quiero irme...
lejos de aquí.
Mariana me
levantó del piso, me sacó del baño con la poca fuerza que siempre la
caracterizó y me sentó sobre la cama.
―Ahora no estás
bien, debes comer primero ―me acercó un plato con comida y un poco de jugo de
naranja―, después te bañas y ya veremos qué tan lejos podemos llegar.
Miré el plato y
la miré a ella, no entendía por qué razón nunca pude enamorarme de una persona
así, aunque todo mundo pensaba lo contrario, ya que siempre estábamos juntas y
la defendía de cualquier persona. Es gracioso que diga eso, ella terminaba
siempre defendiéndome porque las cosas me salían al revés; abogaba por mí en la
oficina del director, en ocasiones se culpaba por cosas malas que yo hacía, me
defendía cuando su madre intentaba castigarme por tonterías, incluso en una
ocasión evitó que me llevara la policía por secuestrar al gato de la vecina. ¿Por
qué no enamórame de ella? Una difícil pregunta, pero con una respuesta tan simple.
―Si me sigues
mirando así, pensaré lo peor de ti ―me dijo un tanto molesta.
¿Esa era la
respuesta?... No, esa no es la respuesta, mas se acerca a la realidad, una de
las cosas que ella estaba cien por ciento segura que yo no haría, es enamorarme
de ella. ¿Por qué lo sabía? No sé, tal vez porque yo lo sabía con seguridad. Era
la mujer perfecta, una con la que cualquier chica o chico esperaría y desearía
tener por siempre a su lado, pero hay cosas que simplemente no puedes sentir.
Terminé de comer
con mucho esfuerzo, tenía el estómago revuelto y su “arte” en la cocina no era
el mejor.
―¿Te sientes
mejor?
―Aja ―solo me
limité a responder.
―¿Y... dónde
dormías? ―me preguntó sin muchas ganas de hacerlo.
La miré con un
gesto de confusión y burla.
―Donde me
agarraba la noche ―le dije al no recordar algún lugar en específico donde haya
pasado una noche, ni siquiera recordaba cómo había llegado a su casa, mucho
menos iba a recordar lo que hice hace cuatro días. Pero si recordé lo que hice
el primer día, salí de casa temprano, no quería estar ahí y caminé por toda la
ciudad. Sólo caminando por todos lados, sin rumbo, sin un lugar específico a donde
llegar, mirando a todos y haciéndome miles de preguntas en mi cabeza. Todas
esas preguntas que te haces cuando no le encuentras sentido a la existencia ni
a los sentimientos.
―Espero que la
noche sea lo único que te haya agarrado ―quitó los platos y los puso en una
mesa.
―Estás diciendo
que... que...
―¡¿Pues qué
crees?! ―me dijo molesta― ¡Ni siquiera recuerdas dónde dormiste! ¿Qué te
esperabas? ¡Tienes dieciséis años y te vas como si nada!... ¡¡Cómo si no te
importara como me sentí por no saber dónde estabas!!
―No lo sé, creo
que recordaría si lo hice o si pasó... así que no lo hice ―le dije para que
olvidara todo ese regaño que me dolía, no por sus palabras, sino por sus sentimientos.
―¡¿Ah sí?! ¿Entonces por qué dudaste cuando te dije que
estabas desnuda? ―me miró con enojo.
―Bueno...
pues... ―le dije levantándome lentamente de su cama para correr lo más rápido
que me permitiera el mareo― pensé... que... bueno... tal vez... tú... ya... ya
te... te habías decidido.
Intenté correr
después de que dije eso, pero por alguna razón mi corazón empezó a doler con
mucha fuerza, no podía enfocar muy bien las cosas con la vista y solo puede
sostenerme de la puerta. Mariana me sostuvo antes de caer al piso y me llevó de
nuevo a la cama.
―¡Ves! Si tienes
resaca, no puedes correr, ¡ni huir!...
No le dije nada
sobre el dolor que sentía en el corazón, pensé que era algo pasajero, lo había
sentido desde hace algunos meses, pero como no eran frecuentes ni tan intensos,
no me dio mucha importancia.
―¿Decidirme a qué?
―me preguntó un poco molesta.
―Nada... sólo
jugaba.
Mariana siempre
tenía una actitud extraña conmigo, era como si supiera todas las cosas de mí
antes que yo. Cuando murieron mis padres, el padre de Mariana estaba con ellos
por asuntos de negocios, iban a abrir un negocio que les aseguraría nuestro
futuro económico. Recuerdo que esa noche, cuando partieron hacia una ciudad
lejana, mi madre se acercó a Mariana y le dijo que cuidara de mí. Tenía seis
años y lo recuerdo como si hubiera sido ayer, Mariana esa vez solo me sonrío y
yo sabía que todo iba a estar bien con ella, a pesar de que teníamos una semana
de conocernos. Pero al ver a mi madre dirigiéndose a mí, sentí que no iba a
estar nada bien con ellos. Por mucho tiempo me culpé de su muerte, tenía
vergüenza al ver a Mariana, porque sentía que por mi culpa su papá había
muerto. Desde entonces su mamá me trató como una hija e intentó que viviera con
ellas, pero no podía quedarme mucho tiempo porque siempre a mitad de la noche
salía de su casa para irme a la mía, así que decidieron dejarme vivir en ella y
durante la mayor parte del día me quedaba en casa de Mariana.
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