II
Ya había pasado
un mes después de que regresé de mi gran fiesta de “olvido”, la resaca me tardó
más de tres días, al menos no más de lo que fue la fiesta, eso es un gran
consuelo, pero todavía me sentía ausente y perdida. Es extraño perder tantos
días de tu vida sin recuerdos no muy claros y solo dejarlos como un mal sueño.
Esta vez me había decidido a dejar todo atrás, intentar jugar de nuevo con mis
sentimientos, tenía dieciséis años, faltaba mucho por conocer, por mucho que
eso doliera saberlo, dicen que la vida duele, solo si tú quieres que duela.
Piensas que la persona que más quieres ya no puede hacerte más daño del que ya
te ha hecho... pero no, aún puede hacerlo y mucho.
―¿Bien, cuál de
ellas te gusta? ―me preguntó Mariana con una sonrisa amplia y señalando el
lugar donde había varias personas bailando.
La miré molesta,
en ese lugar fue la primera vez que me atreví a hablarle a ella y en ese mismo
lugar entre tanta gente y con tanta música escuché el “Ya no quiero nada de
ti”. No contesté su pregunta y me fui a la barra a pedir una bebida. Era un
lugar concurrido por muchos jóvenes que aún no teníamos la mayoría de edad, no
servían bebidas alcohólicas, pero nos hacían sentir como personas mayores, el
ambiente tenía eso. Además de que jamás en la vida volvería a ingerir alguna
bebida alcohólica después de aquellos días. Mariana se sentó a lado mío y solo
me observaba esperando que contestara la pregunta.
―¡Bien! ―dije
girando la silla hacia las personas y buscando algún rostro bonito― Me gusta...
Sentí como mi
corazón terminó por hacerse cachitos, no podía creer lo que estaba mirando,
simplemente era imposible... me levanté, me abrí paso entre las personas y
llegué hasta ella, su mirada era diferente, se veía tan feliz, y por qué no
debía estarlo... ya no estaba conmigo.
―¿Cómo estás? ―me
preguntó fríamente cuando me vio parada frente a ellas.
Mariana llegó hasta
donde estaba, me tomó del brazo para que nos alejáramos del lugar y no le
dijera nada.
―Sabía que
terminarías con ella ―dijo señalando a Mariana con la mirada.
―Púdrete ―le
dijo Mariana con enojo.
No sabía por qué
no había palabras en mi cabeza, había dolor pero aun así me sentía impotente
ante tanta rabia. Volteé a ver a la chica que estaba con ella, y me sonrió con
tanta maldad que creí iba a soltar una carcajada para burlarse de mí. Miré otra
vez a Lucia y parecía que no le importaba ya nada de lo que yo sintiera. Di
paso para alejarme y no decir nada, pero no pude, hubo algo en mi interior que
estalló, me solté del brazo de Mariana y regresé adonde estaba Lucia...
―¿Sabes? ―le
dije mirándola con rabia y desahogando tanta impotencia― Quisiera decirte...
que... ―sentía que todo debía salir en ese momento, aunque todo saliera sin
sentido― ¡¡Que maldigo el día que te conocí!!... ¡¡Maldigo cada día que pasé
contigo!!...¡¡Abarrorezco cada beso y cada abrazo que me diste!!... ¡¡Odio tus
palabras!!... ¡¡Odio todo de ti!!... ¡¡¡Quisiera tanto decirte que te odio!!! ―grité
esas últimas palabras con fuerza, no me di cuenta que todos estaban mirando, ni
siquiera me importaba. Dejé de mirarla y miré el piso y continué―: Pero
primero... quisiera sentirlo, sin embargo... parece que te amo cada día más.
Di la vuelta y
me alejé de ella, me di cuenta que todos me miraban con tristeza. Mariana me
abrazó y me sacó del lugar...
―¿Qué fue eso?
¡Ibas bien! Y sales con la tontería... ”Sin embargo... parece que te amo cada día
más”... ¡¿Cada días más?! ¿Estás mal de la cabeza o qué? ―me reclamó Mariana.
―Vamos a casa ―le
dije sin sentir nada, creo que ya había sacado todo lo que tenía, si Mariana no
se dio cuenta que mencioné que “parece” que la amo cada día más, Lucia tampoco
se dio cuenta que no estaba segura de eso.
Mariana me dejó
en la puerta de mi casa, por alguna razón desde todo este tiempo que nos
conocemos no le ha gustado mucho el lugar donde vivo, muy pocas veces pasa las noches
o varios días en casa. Yo sólo me sostenía con una pensión que cada fin de
semana recibía de una tía cercana, no podía recibir la herencia de mis padres
hasta que cumpliera la mayoría de edad, algo que no me entusiasmaba tener. Casi
siempre me pasaba todo el día en casa de Mariana, así que solo tenía lo
indispensable para dormir en mi casa.
―Prométeme que
estarás bien ―me sugirió Mariana.
―Sí, te lo
prometo.
Cerré la puerta
y lo único que hice fue subir las escaleras hacia mi habitación, que no veía en
mucho tiempo. Es tan oscura, nunca dejaba que entrara más luz, solo la
necesaria y eso le daba un ambiente un poco tétrico. Recorrí cada lugar con la
vista hasta que encontré su fotografía donde me abrazaba, era el recuerdo de
nuestra primera cita en una relación formal, donde habíamos dejado atrás tantos
prejuicios y solo disfrutábamos del sentimiento. Quité la fotografía que estaba
pegada al espejo, la puse sobre la cama... y busqué entre todas mis cosas cada
una de las de ella, una a una las fui dejando en la cama.
―Todo terminara
ahora ―me dije mirándome al espejo, aún me sentía lejos de mí, estaba mareada,
dolida... el corazón aún me seguía doliendo, cada vez los dolores eran más
fuertes y más frecuentes.
Mi mirada se
enfocó en una navaja que estaba sobre mi mesa. Tenía un brillo a pesar de que
nada podía reflejarle luz. Me levanté por ella y volví a sentarme, la miré, no
recuerdo por cuánto tiempo...
―Todo termina
hoy ―tomé entre mis manos con fuerza aquella navaja y comprobé que es verdad
todo lo que dicen, si es más frío el acero cuando corta tu piel, pero la propia
sangre cálida lo recompensa todo.
Esa noche hacía
mucho frío y el viento soplaba con intensidad, como cuando presiente que las
cosas malas flotan en el aire y lo lleva por todas partes sin que ninguno pueda
escapar de la tragedia.
―¡Mariana!
Se escuchó la
voz de Alma por toda la calle más de tres veces. Se abrió la puerta y salió la
mamá de Mariana.
―Alma por qué
tienes que estar gritando, sabes que tienes llaves y sólo puedes entrar.
―Lo siento
segunda mamá, es para despertar a Mariana.
―Es una buena
solución ―dijo pensando.
Alma subió muy
rápido las escaleras a la habitación de Mariana, abrió la puerta con fuerza y
se lanzó hacia su cama.
―¡¡Mariana...
mírame!! ―le quitó las sábanas del rostro― Mira... ya estoy mejor, mi cabello
ya está mucho mejor... es hora de pensar en una nueva vida. ¡Y disfrutar de
todo!
―¿No puedes
hacer eso más tarde? Son las ocho de la mañana. ¿Tu vida no puede mejorar un
poquito más tarde? ―dijo Mariana con sueño.
―Es el tiempo
justo y necesario. ¡¡Iré a conquistar chicas!! Y no te llevare conmigo.
―¡Estás loca!
―se quejó.
―Pero ya sabes
que no por ti.
Alma estaba tan
feliz que no lo creía, llegó a la puerta y estaba por cerrarla.
―Oye, Mariana.
―¿Qué quieres?
Déjame dormir.
―Siempre seré tu
chica, ¿verdad?
―Sí, siempre lo
serás.
Alma salió de la
habitación pero no pasó mucho tiempo y volvió a abrir la puerta...
―Sabes, cuando
te vi desnuda se despejaron todas mis dudas de que me gustaban las chicas.
―¡Alma! ¿Qué
dijiste? ―gritó Mariana.
Alma cerró la
puerta lo más rápido que pudo para no contestar la pregunta. Mariana se tumbó
en su cama, se tapó completamente hasta la cabeza impidiendo que la luz
entrara... “¡Mariana!” escuchó gritar a Alma con fuerza.
―¿Ahora qué se
le olvido? ―dijo un poco molesta.
Destapó su
rostro, se asustó mucho cuando se dio cuenta que aún era de noche, aquello solo
fue un sueño... miró hacia la ventana que daba a la calle. Tuvo un
presentimiento de que nada estaba bien. Se levantó rápido y bajó las escaleras
hasta la puerta que daba a la calle, con sorpresa se encontró a su mamá mirando
hacia la calle.
―¿Qué haces
aquí? ―le preguntó. Su mamá la miró un poco confundida y asustada.
―Escuche a Alma
gritándote.
Mariana salió de
la casa.
―¿Adónde vas?
―Alma no está
bien.
La casa de Alma
no estaba tan lejos, ni siquiera cambio su ropa, hacía frío pero no le importó
en ese momento. Llegó a la casa de Alma y entró sin más ya que no existía nadie
a quien pedirle permiso para entrar. La encontró tirada sobre su cama y se dio
cuenta que sus manos tenían mucha
sangre.
―¿Por qué lo
hiciste?, ¿por qué lo hiciste? ―dijo llorando y golpeando mi pecho.
―¡Eso me duele! ―le
dije quejándome.
Me miró y miró
mis manos.
―¿Qué te pasa? ―le
pregunté con dolor.
Mariana me miró
con enojo como queriendo pegarme de nuevo sin saber por qué lo hacía, pero con
ganas de hacerlo... con muchas ganas de hacerlo.
―Tus dedos.
―No es nada
grave ―me senté sobre la cama.
Encendió la luz
y me miró enojada, lo único que había sobre mi cama eran fotografías que me
recordaban el sufrimiento que sentía en ese instante, todo lo corté con aquella
navaja.
―¡Estás loca! ―me
gritó.
La miré
confundida, no sabía exactamente por qué me gritaba de esa manera y por qué se
veía tan asustada.
―¡Tú eres la
loca! Vienes aquí y empiezas a golpearme.
―¿Qué hiciste? ―dijo
tomando todos los trozos de recuerdos bañados con un poco de mi sangre.
―Tenía que
desquitarme con algo, ¿no? ―le dije triste― Me dejas sola.
―Sabes que puedo
dejarte sola
Se sentó a un
lado de mí…”Estar sola” eran palabras que no existían en nuestra amistad,
“Estar sola” era una manera de estar una con la otra sin decir palabra alguna,
esa era nuestra manera de estar solas.
―Esta vez quiero
estar en realidad, sola.
Me miró y tomó
mis manos, limpió un poco de la sangre que aún estaba fresca.
―Para la otra no
seas tan bruta y usa tijeras o algo que no haga que corte tus manos.
Miré a un lado y
vi que todo en realidad estaba mal, que no había más cosas que cortar, la miré
una vez más y le dije:
―No creo que
haya otra más.
Salió de mi
habitación y me recosté sobre mi cama.
―¿Por qué duele
tanto? ―me pregunté sujetando mi pecho con insistencia.
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