III
No sé qué pasó
en mí esa noche, no me sentía mejor, ni más libre… solo recuerdos físicos se
habían ido, ¿pero qué hay de aquellos que están en el alma, los que están en el
corazón, esos cómo se borran, cómo pueden olvidarse? Me levanté, lavé mi cara y
sujeté mi cabello; ahí me di cuenta que las heridas de mis dedos dolían y
algunas eran profundas. Pasé a la habitación de mis padres, donde mi madre
siempre guardaba banditas en un cajón, las usaba cada vez que regresaba con
rasguños en las manos, cosa que pasaba todos los días; ya estaban viejas, hace
mucho que no se utilizaban. Solo las tomé y salí, no me gustaba permanecer ahí,
porque me daba cuenta que los recuerdos del corazón y los del alma, no se
borraban nunca. Fui hacia la casa de Mariana poniéndome las banditas en los
dedos, no me había dado cuenta que me corté varias veces.
―¡Mariana! ―grité
varias veces desde afuera de su casa a la ventana que daba a su habitación
mientras miraba mis dedos, era gracioso volverlos a ver de esa manera.
Su mamá salió un
poco dormida, era muy temprano como para que estuviera gritando afuera de su
casa…
―¿Alma, hija, cuántas
veces tengo que decirte que uses las llaves para que entres?
―Lo siento segunda
mamá ―le dije apenada, tantos años diciendo lo mismo y parecía que no entendía
ni una sola palabra, pero tenía un gran motivo para hacerlo y lo seguiría
haciendo―, es para despertar a Mariana.
―Es una buena
solución ―me dijo pensando.
Miré desde el
exterior de la casa a Mariana bajar las escaleras con un poco de prisa y con
miedo en su rostro. Se acercó, me miró por unos segundos y me dio una bofetada,
no entendí por qué lo hizo, me ardía la cara por el golpe que me había dado. No
lo entendía, miré a su mamá y también estaba sorprendida por lo que Mariana
había hecho.
―¡¿Lo sentiste?!
―me dijo gritando y con lágrimas en los ojos― ¡¿Dime, lo sentiste?!
―¡Claro que lo
sentí!... ¡¿Crees que soy de piedra o qué?!
No dejaba de
verme, miraba a un lado y a otro, tallaba sus ojos. Volteó a ver a su mamá y le
dijo:
―¿Tú la ves?
Su mamá me miró
como acusándome de algo…
―¡Esta vez no le
di nada! ―le dije rápido.
La última vez
que Mariana se puso así fue cuando le di aprobar marihuana cuando teníamos
catorce años, su mamá dejó de hablarme por varios meses porque arriesgue mi vida
y la vida de ella sabiendo que incluso un poco de café la ponía así. Mariana
volteó a verme no creyendo que estuviera frente a ella.
―No es un sueño,
¿verdad?
―¡Claro que no! ―le
dije molesta.
Limpió sus ojos
y me abrazó con fuerza.
―¡Suéltame! ―me
aparté de sus brazos― Primero me golpeas y después me abrazas… ¡Qué linda, no!
Entré a su casa
y escuchaba como Mariana discutía con su madre por haberme pegado.
―¡Ah! ¿Entonces
por eso me pegaste? ―le dije cuando después nos contó sobre el sueño que había
tenido esa noche. Entendí que esa fue la razón por la que llegó en la noche sin
preguntar nada y golpeándome creyendo que me había suicidado.
―Sí, por esa
razón.
―¡¿Y no pudiste
pegarte o pellizcarte?! ―me levanté de la mesa y golpeé con mis manos el
cristal― ¡¿Por qué tuviste que pegarme a mí?!
―Bueno… yo… ―intentó
decir Mariana.
―Alma… ―decía su
madre.
―De Mariana…
digo, si segunda mamá.
―¿Por qué tienes
los dedos así? ―preguntó, tenía la mirada fija en mis dedos que estaban
cubiertos por las banditas.
Tomé mis manos
intentando ocultarlas, no sabía que responderle sobre eso, sería demasiado
vergonzoso contarle ese pequeño incidente.
―¿No me digas
que sigues molestando a los gatos?
Empezaron a
reír, Mariana también lo hizo para que su mamá no pensara otra cosa. Muchas
veces a ella le tocó curar mis heridas por esa obsesión que tenía por los
gatos, así que no importaba, era mejor que pensara eso a que supiera la verdad.
―¡Ven! ―dijo
Mariana sujetándome con cuidado de la mano para no lastimarme más y subimos a
su habitación.
Me tiré sobre su
cama y tomé el control. Estuve un buen rato sin pensar en nada, no quería que
mis pensamientos se coordinaran en un pensamiento específico, ni siquiera en un
sentimiento real, solo miraba los diferentes escenarios que me mostraba esa
pantalla.
―¡Ya dame ese control! ―me lo arrebató de las
manos y apagó la televisión― Pareces hombre, solo le cambias y le cambias.
Miré la pantalla
oscura y crucé mis dedos adoloridos sobre mi estómago, hacía mucho que no tenía
los dedos así, pero era peor cuando tenían que curarme las heridas de la cara,
solo eran pequeños rasguños, pero dolía mucho. Aún tengo cicatrices de aquellos
días en que perseguir gatos era mi mayor pasión, muy pocas veces logré alcanzar
uno. Volví a mirar la pantalla y se notaba un poco nuestros reflejos.
―Es extraño ―le
dije enfocando mi mirada en mis dedos y dejando que ahora lo que no quería que
se coordinara, lo hizo.
―¿Qué es
extraño?
―Es como caer en
un pozo que no tiene fondo ―miré el techo―. Cuando vas cayendo no sientes nada,
incluso no te importa lo que pase, y lo peor es que dentro del pozo ―le di la
espalda quedando sobre mi hombro―, hay piedras salientes que te golpean, pero
ya no sientes dolor... no sabes cuándo llegaras al fondo... y solo esperas
llegar algún día.
―Sí, pero yo
estaré ahí para sujetar tu mano y ponerte en pie otra vez ―me dijo y me abrazó
por la espalda.
―Lo sé ―le dije.
―Alma…
―De Mariana
―murmuré.
―Y mi corazón
tuyo… ―me dijo. Era gracioso contestar de esa manera, así suavizaba cualquier
cosa que pudiera decirme, era como un chantaje para que sus regaños no fueran
tan duros. Cumplíamos años el mismo día, pero era exactamente un año más grande
que Mariana y digo exactamente, porque Mariana nació a la misma hora un año
después. Así que siempre decíamos que primero se creó su alma en mí y después
mi corazón en ella― Alma… con lo que viste, dijiste e hiciste ayer... ¿No crees
que es momento de dejar todo atrás?
Me levanté y me
paré frente a la ventana. La abrí mirando hacia a todos lados... y recordé a la
persona que estaba con Lucia la noche anterior. Es demasiado estúpido pensar
que era ella o no era tan estúpido pensarlo, mejor dicho, soy una estúpida por
no pensarlo antes.
―Era ella ―le
dije a Mariana.
―¿Quién?
―La chica que
muchas veces intentó separarnos.
―Pero sino la
conocías bien.
De todas las
veces que supe de ella era por conducto de amigos de Lucia, no sabían lo
nuestro, pero lo sospechaban, ellos hacían comentarios sobre las orientaciones
de Lucia, sobre las mías, hacían bromas sobre el tema, nunca con intención de
ofender, pero esas bromas eran muy malas cuando se hablaba de Lucia y su amiga,
la persona más “fácil” de la escuela.
―Solo la vi un
par de veces... ―le decía a Mariana con
tristeza y enojo― recuerdo su mirada fría y altanera, esa forma tan soberbia
que tenía en los ojos…
Decidí callar y
no seguir pensando en ella en voz alta, Mariana no aceptaría que me expresara
incorrectamente de una persona, aunque la razón de mis palabras las tuviera
bien acertadas. Tenía esa misma forma altanera de tratarme como una niña cuando
le hablaba a Lucia de mí, siempre diciéndole que era una persona muy infantil
como para estar con ella. Tenía la misma edad que nosotras, sus padres
divorciados y su madre alcohólica, a su corta edad ya había tenido un aborto,
nadie hablaba de ello, pero todo mundo lo sabía. Su forma de ser, su forma de
tratar a las personas y meterse con cualquiera que se le cruzara en su camino
la hacía ver como una…
―Ya no pienses
tanto que me da miedo ―se acercó Mariana acariciando mi rostro. Sus manos
siempre eran suaves y tibias, aun cuando hacía frío, sus manos siempre eran cálidas
y mantenían un color rosado.
―¿Qué, te da
miedo que de tanto pensar sea más inteligente que tú? ―le dije de broma.
―Eres más
inteligente que yo y lo sabes ―tomó mis manos, miró mis ojos y me sonrió con
ternura―. Solo que tú te dejas llevar ante todo por el corazón y no por la
razón.
Miré por la
ventana, el cielo era azul, un azul muy claro, tan claro que costaba creer que
estábamos en la ciudad más grande y contaminada del mundo.
―Si no te dejas
llevar por el corazón ahora ―la miré con un poco de tristeza― ¿…Cuándo?
Sólo sonrío y me
abrazó, nunca supe si le costaba encontrar una respuesta a todas mis preguntas
o buscaba las palabras más fáciles para que yo las entendiera o para que ella
misma se entendiera. Pero siempre tardaba en darme una respuesta, pero al
final, siempre me daba la que me hacía sentir mejor.
―Si todos se
dejaran llevar por el corazón, no serías la persona más linda y buena que haya
en mi vida… y me tendrías ahí queriendo a todo el mundo.
―Muy
desagradable ―le dije con un gesto de fastidio al imaginarla abrazando a todos.
―Sí. Oye, Alma…
tú, bueno… ―decía en un tono de duda, intriga y sin intención de decirlo― tú,
alguna vez.
―¿Yo qué?
―¿Me… me has
visto desnuda?
―¡¿Qué?! ―le
grité impresionada, jamás pensé que pudiera preguntarme algo así― ¡¿De dónde
sacas eso?!
Mariana se
sonrojó como nunca antes la había visto. Se alejó un poco de mí y empezó a
contarme la parte de su sueño que no contó a su madre. Creo que nunca hubiese
querido ver a Mariana desnuda en mi vida. Ella era hermosa, una de las mujeres
más bellas que había visto en mi vida, pero de ahí a convertirla en una
fantasía, era demasiado.
―Y eso fue lo
que me dijiste en mi sueño ―terminó de contarme. El color en su rostro ya había
disminuido, aunque el mirar de sus ojos seguía inquieta.
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