I
El invierno soplaba muy
fuerte en esa parte de Londres. Annie llevaba dos semanas sin salir de la
oficina de su padre. Sebastián y Matilde se encontraban angustiados. Las
señales de vida que daba era el golpeo de la puerta con los cristales de las
botellas de vino y a veces la escuchaban llorar con tanta desesperación...
Sabían que estaba enferma y tenía mucha fiebre.
"Annie, por favor,
quédate conmigo" Annie miraba por la ventana en la noche, miró su copa
vacía y volvió a llenarla. Cuando regresó su mirada hacia el árbol, se dibujaba
una silueta parada junto a él, con los ojos llorosos; la fiebre y la mala
visión que provocaba el alcohol, pudo salir por la ventana corrediza... se
tambaleó hasta llegar a el árbol... temblaba de frío, se sentía tan cansada,
cómo si su mente ya no perteneciera a su cuerpo.
—¿Mariana? —decía con
los ojos entre cerrados.
Sintió los brazos de
Sebastián rodear su cintura y cada vez que la alejaba esa silueta se veía más
borrosa...
—¡¡Déjame!!... ¡¡Suéltame!!
—se quejaba Annie como una niña— ¿¡Por qué no me dejan tranquila!?
La llevaron a la
habitación. Annie apenas si podía mantener los ojos abiertos, todo el esfuerzo
que hizo para que la soltaran le causó un gran cansancio...
—Quédate conmigo...
Escuchó aquel susurro y
la calidez de unos labios posarse en su frente. Cuando despertó, miró que nadie
se encontraba a su lado y bajó las escaleras.
—¡No es posible! —decía
Sebastián en un mar de llanto.
—¿Por qué tenía que
pasar esto? —decía Matilde.
—Ahora ella estará
bien… —Sebastián consolaba a Matilde. Miró un cuadro enorme; una foto familiar
donde se veía a Annie sonriendo con ternura, junto a su Padre y Madre— Ella
estará bien.
Annie escuchó eso, paso
a un lado, sonrió y siguió su camino hasta llegar a la oficina de su padre. La
consideraba como un refugio ante el mundo, un lugar donde pasó momentos tan
felices al lado de su padre.
—Quiero estar junto a
ti —decía y temblaba de frío o de la debilidad que ya guardaba su cuerpo.
—¿Arándano? —decía Victoria
extrañada al oír la explicación de Annie sobre cómo veía el color de los ojos
de Mariana.
—Sí… verdes, como el
arándano —Annie tomaba las hojas de aquel árbol con ternura.
Un fuerte dolor de
cabeza hacía que la invadieran miles de recuerdos.
—¡Crees que no lo sé!,
Tú también eres mi mejor amiga... sólo que yo te amo de otra manera.
—¡¡Somos amigas!!
"Quédate
conmigo" escuchaba una suave voz resonar en su cabeza mientras los
recuerdos la seguían invadiendo.
—¡¡Cómo querías que me
diera cuenta de algo que prometiste no pasaría... traicionaste mi confianza...
y nuestra amistad!!
—¡¡Lo que hice no fue
por ese sentimiento, no fue por amistad... fue por amor!!
—¡¡Fue por amor
Mariana!! —gritó y aventó el vaso a la puerta de madera al recordar esa parte
de su vida. "Annie, quédate conmigo" escuchaba con insistencia esa
voz que la llamaba— ¡¡Fue por amor!!
—Volveré… te lo prometo
—le dijo tomando su mano.
—Lo sé, no tienes que
prometerlo.
—¡No quiero perderte!
—Nunca me perderás…
nuestro amor no terminará aquí, ni hoy, ni nunca… aquí estaré pase lo que pase.
Los recuerdos no la
dejaban de invadir, miraba a todas partes y en cada movimiento escuchaba
pasajes de su vida, se sentía tan cansada, tan inconsciente... tan sin vida.
—¿Qué le hiciste?
—Nada... no le hice nada,
me gustaría decirte que fue mía, pero no es así, no dejaba de buscarte, de
decir que te amaba y que te esperaría siempre, lo dijo una y otra vez hasta que
se quedó dormida... ¿Sabes?... es hermosa cuando duerme.
—¡Pero en verdad logré
algo! —le gritó Victoria— ¡Sabe que no confías plenamente en ella... la heriste
con tu comportamiento y no creo que te perdone!
Tomó nuevamente la
botella y miró a la ventana. Los rayos de sol que empezaban a salir provocaron
un dolor en sus ojos. En lo poco que podía llegar a mirar, se dio cuenta que
una persona estaba parada junto al árbol de arándano, ese árbol que Matilde no
se atrevió a quitar. Cubriéndose un poco los ojos con las manos y con cuidado
de no tropezarse llegó hasta el árbol...
—¿Victoria?... ¿Qué
haces aquí?
—Lo siento mucho, nunca
fue mi intención hacerte tanto daño...
—¿Entonces qué haces
aquí? —preguntó dando la vuelta cómo si no le tomara mucha importancia a la
respuesta que pudiera darle.
—Mariana... —Victoria guardó
un silencio sepulcral. Annie la miró sintiendo un escalofrío.
—Mariana, ¿qué? —dijo
desesperada.
—Lo siento.
—Deja de decir eso... Mariana,
¿qué?
—Cuando venía para
Londres, ella... tuvo un accidente... y no sobrevivió.
—No es verdad —dijo Annie
y daba pasos hacia atrás— ¡No es verdad!
—Annie... —Victoria
trató de tomarla de las manos pero Annie la rechazó con rabia.
—¡¡¡Sebastián!!!...
¡¡Matilde!! —gritaba desesperada.
Los dos acudieron
deprisa.
—No es verdad —decía Annie
mirándolos con tristeza.
Los dos miraron a Victoria
y agacharon la cabeza haciéndole saber que lo que decía era verdad. Annie corrió
hasta la oficina de su padre y marcó el teléfono a la empresa de Florencia para
hablar con Cristin. Y la única respuesta que tuvo; fue que ya nunca volvió a
ver a Mariana después de aquel día.
Todo fue tan rápido, la
vida de Annie se fue en un instante, se desvaneció en el viento...
—¿Cómo pretenden que
pueda vivir sin ella?... —le decía a la foto de su padre— Tú que la tienes
pregúntale porqué me dejó... ¿Cómo quiere que viva sin ella?... ¿Cómo?
Rompió en llanto, y se
arrepintió tanto de su cobardía, de aquel orgullo que no le permitió ser feliz.
Ya no sabía cómo aguantar cada día sin ella. Se paró junto a la ventana, los
rayos del sol aún le molestaban, miró una silueta parada junto al árbol de
arándano. "¿Aún sigue aquí?" pensó Annie en Victoria.
Corrió la ventana,
salió con un poco de dolor de cabeza y con los ojos llorosos. Estaba tan
aturdida sentimentalmente que ya nada le importaba, incluso rogaba por su
muerte, rogaba porque todo ese dolor se fuera de su alma.
—¡¡Vete!!... ¡¡Ya no me
hagas más daño!! —gritó Annie a lo lejos.
Vio que no le hizo el
menor caso, caminó hasta llegar a ella y la jaló del brazo...
—¡¡Que te largues!!...
—Cómo el arándano —dijo
con ternura y la miró fijamente a los ojos.
—¿Mariana? —decía
llorando Annie y la abrazó con todas sus fuerzas.
Mariana la apartó de
sus brazos haciendo un gesto de desagrado por lo mal que olía
—¿Te quedas conmigo?
—dijo sonriendo con ternura.
Annie iba a responderle
con un beso, pero Mariana no la dejó acercarse y tomó su rostro entre sus manos
para que sus ojos la miraran.
—¿Te quedas conmigo?
—volvió a preguntar.
—Sí, siempre estaré
contigo.
Mariana la besó
dulcemente. Annie se estaba recuperando de la fiebre que tenía, todo lo que había
pasado en esos días era parte de su delirio, un delirio que no la dejó darse
cuenta que Mariana estaba a su lado. Ella era esa voz que escuchaba y le decía
“quédate conmigo”. Mariana la ayudó a no irse, a luchar con la esperanza de
volverse a encontrar. Annie necesitaba ahogar todo eso dolor, todo ese miedo de
perder a la persona que amaba, necesitaba sentir esa sensación de tenerla por
siempre perdida para darse cuenta que nunca debió anteponer su orgullo ante el
amor. Su felicidad ya estaba hecha con ese encuentro, ya nunca más se
separarían, ya no dejarían que sus miedos y prejuicios se interpusieran entre
ellas.
—Para siempre —dijo
Mariana.
Así es el amor… y aun
así, con todos sus sueños y pesadillas, es un sentimiento que cuando se
encuentra no se cambiaría por nada del mundo.
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