III
Después de varios días
Mariana no tuvo otra opción que quedarse en Florencia y continuar con su vida,
si a lo que tenía podía llamarle vida. Cristin se ocupaba de asistir a la
oficina, eso era algo que Mariana quería evitar a toda costa. Cada instante a
cada segundo la recordaba, aquellos ojos azules que tantas veces miró, que
tantas veces ocultaron una verdad, una verdad que tal vez era mejor callar.
Quería olvidar cada recuerdo que de nada le valía recordar si nada la
consolaba. Caminaba un poco triste entre las calles italianas, hoy no había
hojas que pisar, no había un suspiro de amor, sólo nostalgia y no sabía ni lo
que extrañaba de su vida. Sólo tenía recuerdos en su mente de sueños que
esperaba compartir con Annie.
Intentaba entretenerse
en las tiendas que veían sus bellos ojos verdes. Nunca se preocupó por algo tan
superficial como la ropa, pero esta vez era lo único que podía distraerla.
Entre sus manos tenía un abrigo blanco y uno azul, no se decidía por ningún
color.
—Creo que ningún color
va conmigo —se dijo ella misma.
—El blanco, hace
resaltar más tus ojos verdes —dijo una voz conocida. Mariana miró y volvió a
perderse con el brillo de esos ojos azules que no veía desde hace mucho tiempo
y sintió como su cuerpo se estremeció.
—Hola... hace tiempo
sin verte.
—Hola —contestó Annie con
una sonrisa tierna.
Las dos se trataban
como si nada de lo que pasó entre ellas les hubiera causado dolor, cómo si la
separación de cinco años hubiera dejado indiferencia en sus corazones. Se veía
tan fácil ocultar lo que sentía cada una.
Platicaron de todo. Annie
le contó lo que había hecho en estos cinco años; la muerte de su madre, los
países que había visitado y todo lo que había aprendido. Veía a Mariana con la
mirada perdida, como si no estuviera escuchando nada de lo que le decía, había
algo que no le gustaba, se molestó un poco y se paró del lugar donde estaban
sentadas.
—Tengo que irme. Me
agradó volver a verte —dijo Annie.
Mariana la miró,
recordó todas esas veces que en sus sueños le pedía que se quedara, quería
gritarle esas palabras pero no podía, no estaba segura si Annie aún la amaba.
"¿Te quedas conmigo?" pensó Mariana al sujetar el brazo de Annie.
—¿Te... te puedes
quedar un rato más?... ¡¡Podemos tomar un café!! —decía Mariana emocionada como
una niña para que Annie aceptara— ¡¡En mi casa!!
—¿Un café?... Está
bien, sólo espero no derramarlo sobre ti —y sonrió divertida.
—No, ya sabes lo que te
espera si lo haces —le dijo señalándola con el dedo.
—Sí. Escuchar tu lindo
lenguaje.
Salieron de aquel
lugar. Caminaron hasta la casa de Mariana, ninguna de las dos dijo palabra
alguna en el trayecto.
Mariana estaba nerviosa
de estar nuevamente con Annie, con la persona que jamás debió separarse.
Tomaban café en la sala de su casa. Mariana se dio cuenta de la madurez de Annie,
no sólo en su forma física, también su alma había crecido. Mientras Mariana aún
conservaba su inocencia, su inseguridad y un gran amor que no pudo demostrarle.
Annie miraba a Mariana
del otro extremo, sin querer de sus labios se dibujó una sonrisa tierna y burlona.
—¿Por qué te ríes?
—dijo Mariana sonrojada.
—Creí que morirías de
vieja dentro del colegio... —Annie dejó su taza de café en la pequeña mesa de
centro, tomó aire y continuó con una voz altanera— Señorita Guilloth, nunca la
imaginé fuera de él...
Mariana se levantó,
hizo a un lado la taza de Annie y quedaron frente a frente. Esta vez la que
estaba nerviosa era Annie. No quería volver a sentir lo mismo. No quería
aferrarse a Mariana, deseaba pero no quería besar esos labios, ni tenerla
cerca.
—¿Tú crees que después
de que grité que te amaba iban a permitirme que permaneciera en ese lugar?
Mariana se acercó
sutilmente al rostro de Annie, nuevamente después de tanto tiempo volvió a
sentir su respiración y escuchar su corazón latir tan fuerte. Quería sentir
nuevamente esos labios que besó muy pocas veces, necesitaba ahogar esa
necesidad de sentirla suya. Pero Annie tuvo otra reacción, se levantó rápido
del lugar y no dejó que Mariana tocara sus labios.
Mariana agachó la
cabeza y suspiró. No sabía si seguir intentando probar si ese amor aún existía
en el corazón de Annie.
—Tarde o temprano tenía
que salir de aquel lugar, sino iba a volverme loca con tantos fantasmas, o
recuerdos o lo que sea —continuó Mariana.
—¿Fantasmas? —Annie la
miró sorprendida.
—Era eso o mi
imaginación... "el vuelo", el invernadero, mi nombre, una margarita y
una rosa que no sé de donde salieron, esas dos pequeñas… —decía un tanto
desesperada— y lo último, esa música de violín en el último día que pise ese
colegio.
—Vaya y yo creí que estaba
loca y tú lo estás más —Annie sonrió, pero ese comentario no le hizo la menor
gracia a Mariana—. A mí no me pasaron cosas tan grandes.
—¿También a ti?
—Sí, después que
regrese de Londres, que también fue el último día en el colegio, en "el
vuelo", una chica de ojos azules —Annie pensaba en todas las cosas
extrañas que le pasaron—. En la jaula, junto al invernadero, palomas...
¡Escuchaba palomas y no había nada! —dijo incrédula.
—Entonces la historia
si era real.
—¿Qué historia?
—De Mariana, Mariana
Durkeim y la chica que era su compañera de cuarto —pensó Mariana—. Todo empezó
cuando grabaste tu nombre en aquel corazón, un amor prohibido, para el mundo…
—Mariana se acercó a Annie, muy cerca de ella— menos para ellas.
El corazón de Annie volvió
a latir con intensidad al sentir el tibio cuerpo de Mariana.
—¡Tienes una linda
casa! —dijo Annie dando media vuelta y mirando a todos lados.
—No es mía, es tuya...
¿Lo recuerdas? —contestó triste por la reacción de Annie.
Annie recorrió el lugar
mientras Mariana la seguía con la mirada. Era obvio que Annie ya no la quería.
Los ojos azules de Annie ensombrecieron de tristeza cuando vio un cuadro
colgado en la pared, era una fotografía de Mariana, detrás de ella había una
chica rubia que la abrazaba. Mariana se dio cuenta que la vista de Annie se
enfocaba en esa fotografía, volvió a acercarse y se paró justo detrás de Annie.
—Se llama Cristin...
vivo con ella desde hace cuatro años.
—¿¡Cuatro años!?...
¿Sólo un año te bastó para olvidarme?, Gracias —le dijo abatida, pero guardando
esa indiferencia.
Annie vio que al lado
de la fotografía estaba un poema que Mariana escribió para Cristin y el
estómago se le revolvió de coraje. Annie dio la vuelta para encarar a Mariana.
—¿Ahora escribes para
ella? —le dijo fríamente y disimulando una sonrisa.
Mariana la vio enojada,
salió de la sala y subió las escaleras hacia su habitación. Annie la siguió
para reclamarle. Entró a la habitación, Mariana buscaba con desesperación algo
entre sus cosas.
—¡¿Por qué huyes de
todo?!... ¿No te gusta decir la verdad?... ¿Por qué no aceptas que fui nada
para ti? —gritaba con desesperación.
Mariana seguía
buscando. Annie empezó a llorar por su reacción.
—¿Sabes? —decía Annie con
suma melancolía— Nunca fuiste mía...
Esas palabras hicieron
que Mariana parara de golpe en su búsqueda y la miraba fijamente.
—Fuiste de Saúl... de Victoria...
nunca fuiste mía —dijo Annie resignada.
—¡¡Jamás fui de Victoria
y tú lo sabes!! —le dijo enojada y siguió buscando.
—No me refiero a eso...
como amigas estuvimos mucho tiempo juntas... como amantes, nuestro amor fue
nada... siempre te amé Mariana, no he podido olvidarte y sin embargo tú...
Mariana encontró lo que
tanto estaba buscando y se lo arrojó.
—¡Nunca pude olvidarte!
—dijo Mariana— mucho menos engañarte... esa es la prueba.
Las manos de Annie temblaban
al sostener el cuaderno que Mariana no dejaba que nadie leyera. Eran poemas y
todos llevaban el nombre de Annie al final.
—¡¡Te esperé!!...
¡¡Espere a que volvieras!! —decía Mariana ahogándose en sus lágrimas— Todos los
días rogaba porque algún día regresaras a mi lado y permanecieras ahí... ¡¡Mi
vida se escapaba cada día esperando a que volvieras!!
Annie la miró, sus ojos
no dejaban de llorar, ver a Mariana de esa manera le rompía el corazón, ambas
sabían que perdieron mucho tiempo para estar juntas. Annie se acercó a Mariana
intentando abrazarla, ahora fue Mariana quien la rechazó.
—Me acostumbraste tanto
a ti, que no sabía si te esperaba porque te amo o porque solías llegar... ¿Lo
recuerdas? —intentó mirar los ojos azules llenos de lágrimas mientras secaba
los suyos— ¿Recuerdas aquella vez que te busqué desesperadamente?... Esa vez en
la que mi alma se ahogaba al imaginar mi vida sin ti... creí que al embriagarme
me olvidaba de mi cobardía y entender ese nuevo sentimiento por ti y la única
forma en la que pude ahogarlo fue abrazarte... ¡No debimos separarnos!
—¿¡Por qué no me
perdonaste!? —dijo Annie desesperada.
—Por...
Escucharon ruidos en la
sala. Mariana secó sus lágrimas y salió, cerró la puerta de la habitación. Annie
se acercó para escuchar lo que pasaba, después de unos minutos escuchó a
Mariana un poco exaltada y Annie abrió la puerta para saber lo que pasaba...
—¡¡No te voy a
dejar!!... Prometí estar contigo hasta el final... y voy a cumplirlo —le
gritaba Mariana a Cristin.
Annie cerró la puerta y
esperó a Mariana, que llegó minutos después. Se levantó de la cama y se dirigió
a la puerta que estaba por cerrar.
—Hasta el final —dijo Annie
y tomó la perilla de la puerta para salir, pero no tenía el valor de abrir.
—Conocí a Cristin meses
después de que tú te fuiste, ella estaba igual que yo, acabada, con el alma
destrozada...
—¿Y qué le ofreciste…
—se volvió Annie hacia Mariana— tu amistad?
Mariana la miró molesta
por el sarcasmo que utilizó Annie en sus palabras.
—Sí, le ofrecí mi
amistad...
Annie volvió a tomar la
perilla de la puerta abriéndola lentamente sin dejar de ver a Mariana.
—Ella me ofreció lo
mismo... sólo amistad... ¡¡Estaba enamorada!! De un amor que no le correspondió
en los momentos difíciles y eso le destrozó el alma —Mariana la miró con los
ojos angustiados— ¡¡La persona de la cual estaba enamorada le falló!!
Annie no creyó mucho
esas palabras, sólo movió la cabeza con enfado y dio la vuelta.
—¡¡No vivirá mucho
tiempo!! —gritó Mariana con rabia y enojo— ¿Eso es lo que quieres saber?...
¿Eso es lo que te tendría feliz?... ¿¿Saber que va a morir??...
—¡No! —se quejó Annie.
—Es mi amiga, ella sabe
de ti, de lo nuestro...
Mariana cerró la puerta
sin siquiera dejar que Annie pudiera hacer ningún movimiento. La miró a los
ojos y por fin después de guardarlo tanto tiempo en su alma, dejó salir esas
palabras que ya no podía callar.
—Te amo...
Era lo único que Annie necesitaba
escuchar para que su alma volviera a arder de esa manera, sintió lo que hace
tiempo dejo de sentir. La abrazó y empezó a besar su rostro suavemente, sus
manos empezaron a jugar con las suyas. Mariana la abrazó con fuerza mientras
lentamente la recostaba sobre la cama. La miró con una gran ternura...
—Hoy sólo quiero
vivirte sin ayer, sin mañana, sin las pesadas cadenas que muchas veces nos atan
inexorablemente a las palabras… —Annie no quedó sorprendida ante esas palabras.
Continuó Mariana, acariciando ese cabello oscuro con ternura— Hoy pretendo
amarte con la fuerza brutal de la pasión desbocada de nuestros cuerpos
temblando, de la carne que se busca y se humedece al contacto con la primera
mirada… —Mariana sintió un leve calor llegando a sus mejillas por aquellas
palabras y ante una tímida sonrisa de Annie en señal de aprobación— Hoy me
entrego completa... sin esperar trascender, sin pretender retenerte, sin
aspirar a una vida, más allá de este placer...
Annie cerró la boca de
Mariana con un beso y sus manos recorrían su tersa piel, la besó una vez más,
después cerró la boca de Mariana con su dedo...
—Ámame hoy que puedes
ceñir mi cuerpo y tus dedos pueden recorrer mi piel... Ámame hoy que soy tu
presente porque ya mañana que vea una quimera tu fuego en mi hoguera no podrá
ya arder… —Mariana sonrió extrañada, pero gustosa al escuchar eso. Extraño que Annie
intentara alguna poesía— Ámame hoy que la vida es nuestra y el tiempo es aliado
de este nuestro amor que quizás mañana ya te hayas marchado y otro ser amado
beba mi pasión… —le dijo muy cerca al oído esas palabras, que Mariana no hizo
más que tomar su rostro entre sus manos y mirarla con una expresión de
confusión en su rostro al entender que se estaba despidiendo— No pienses en
nada al besar mi regazo piérdete en mi fuego y dame tu calor que nada es eterno
bajo este cielo y quizás mañana ya no oigas mi voz.
Bastó eso para entender
la necesidad de sentirse una de la otra, una noche intensa, donde se jugaba
algo más que un sentimiento.
El amanecer fue testigo
de aquella entrega, esos primeros rayos de sol no se comparaban con el brillo
de los ojos de cada una, ni la tibieza que pasaba por la ventana podía competir
con la calidez de sus cuerpos y el cansancio les impediría huir de cualquier cosa.
Mariana estaba recostada sobre el brazo de Annie, cerró los ojos con
tranquilidad y suavemente susurraba cuando empezaba a quedarse dormida:
—¿Te quedas conmigo?
Annie besó su frente
sin decir palabra alguna, Mariana ante ese contacto terminó por quedarse
dormida. Annie se levantó y empezó a vestirse sin dejar de observar aquel
cuerpo perfecto. La miró durante mucho tiempo y una lágrima resbalaba por su
mejilla. Tomó el cuaderno y salió de la habitación; al pasar por la sala miró
el cuadro de Mariana con Cristin "Hasta el final" pensó Annie.
—¿Te vas? —decía
Cristin cuando se la encontró afuera en el pasillo con una sábana cubriendo su
cuerpo porque había decidido no entrar a la casa—. ¿Vas a dejarla sola?
—Sí, ella tiene que...
que.
—¿Cuidarme?
Annie sólo pudo asentir
con la cabeza, le dolía que eso fuera verdad.
—¿Es así?... ¿Es lo que
te impide quedarte? —dijo Cristin acercándosele— Eres tan celosa... ¿Cómo
puedes sentir celos de algo que no quieres que te pertenezca?... Si te
quedas... me haré a un lado... sólo quiero dejarla contigo.
Annie entre una sonrisa
tierna y mal disimulada.
—Conozco a Mariana y sé
que ella te buscaría donde sea —agachó la cabeza y suspiró—. Si cumple sus
promesas.
Cristin se dio cuenta
que Annie entre sus manos llevaba aquel cuaderno que Mariana jamás dejó que
tocara.
—Todo lo que escribía
era para ti, ¿Verdad?
Annie lo examinó por
mucho tiempo, lo veía con tristeza, con lágrimas en los ojos se lo entregó a
Cristin.
—Mariana está enamorada
de otra persona... y no soy yo.
Cristin con extrañeza
de lo que Annie acababa de decir, quería saber si era cierto que Mariana estaba
enamorada de alguien más. Abrió el cuaderno y leía entre párrafos.
—Sientes celos hasta de
ti misma... ¿Por qué? —dijo molesta.
—¿Has estado enamorada?
—Annie reaccionó demasiado tarde, recordó lo que Mariana le había contado sobre
la vida de Cristin— Lo siento, no, no quise...
—Sí, sé lo que es
sentir celos... pero lo tuyo es egoísmo... le haces daño a Mariana y a ti.
Cuando conocí a Mariana era una chica temerosa, insegura... le temía a la
soledad... no encontraba consuelo en nada.
—Pues tú la consuelas
muy bien —Annie dio la vuelta y se alejó.
—¡¡Annie!! —gritó
Cristin sin encontrar respuesta.
Cristin entró a la
habitación. Mariana aun dormía, la observó por largo tiempo, no entendía como Annie
podía dejar a una persona como ella.
—Hola... bueno días
—Dijo Cristin al notar que Mariana despertaba.
—¿Y Annie?
—Lo siento Mariana.
Envolvió su desnudo
cuerpo con la manta y se levantó rápido.
—Se fue ¿Verdad?... ¿Se
fue?
Mariana fue hacia la
ventana que había junto a la calle.
—¿Por qué?... ¿Por qué?
—su voz se confundía con los sollozos y las lágrimas.
Annie dejó la empresa
en manos de Carlos y regresó a Londres. Mariana jamás volvió y Cristin nunca
supo más de ella. Ninguna de las dos hizo intento de encontrarse de nuevo, su
amor era tan grande que parecía que le temían al hecho de estar por siempre
juntas.
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