I
Se cuenta que hace mucho tiempo, muchos años atrás.
Cuando aún las personas se conducían en lujosos carruajes hechos de acero,
madera fuerte y tirados con potentes caballos. En ellos solo podía viajar la
clase noble y algunos privilegiados. Los menos afortunados, hacían sus andanzas
a pie o a caballo y cuando la distancia era mucha, a todas las clases les
correspondía viajar en tren, pero igualmente, las clases eran divididas. En ese
tiempo donde los hombres, dependiendo su posición económica, se dedicaban a los
negocios que heredaban de sus familias con cuantiosas fortunas, los de clase
media en las granjas a la crianza de caballos y los que no tenían más, se iban
a la guerra como soldados; siendo así que cada uno contaba con un lugar en la
sociedad y no se podía hacer más al respecto. Las mujeres, que eran las menos
afortunadas en ese tiempo, solo podían dedicarse al hogar, los hijos y a su
esposo. Donde no tenían más derecho que hacer felices a otros, sin conocer
incluso lo que era la felicidad para ellas mismas. Se cuenta la historia de dos
mujeres jóvenes que vivieron una historia irreal a su corazón, irreal a su
tiempo e irreal a su entorno.
Esta historia se quedó por mucho tiempo oculta en la
memoria de quien la vivió y de quienes fueron participe de ella, pero que
ignoraban completamente la realidad y el sentido de tal historia. Renata de
Córdoba era su nombre, se recuerda así, colocada como una dama ante la alta
sociedad, que apenas había nacido ya estaba comprometida con un duque, que en
ese entonces él tenía diez años, y debían casarse apenas Renata cumpliera los
dieciocho años de edad. Renata de Córdoba había sido educada, como a la mayoría
de las mujeres de ese tiempo, solo a servir a su esposo e hijos cuando llegara
a tenerlos. Sin embargo, Renata tenía una educación de libros, profesores y
experiencias, mas nunca su opinión era considerada en conversaciones
importantes. Su familia era reconocida por todo el continente Europeo y más
allá de sus fronteras conocidas. Carlos de Córdoba, su padre, gran hombre de
negocios y dueño de la mayoría de los bancos Europeos. Era respetado por su
rectitud y buen juicio. Estefanía Vicario, una gran dama de sociedad y buena
esposa, era el mayor ejemplo que Renata tenía para la vida que había sido
educada, ser una buena esposa para su prometido.
En ese tiempo, a sus quince años, su única
distracción eran sus clases de piano, que tenía tres veces a la semana, y las
clases que llevaba de teoría del arte, pero su gran pasión, una pasión que
debía ocultar, eran los caballos y esos paseos que disfrutaba al atardecer.
Pero como toda una dama no podía tenerlos con toda la aprobación. Se cuenta que
por varios años, mas nunca se comprobó por completo la historia, Renata tuvo
una amistad oculta con una joven de clase desconocida, probablemente de la
clase donde las mujeres no eran comprometidas apenas habían nacido, como en el
caso de Renata, sino que esperaban a encontrar lo que llamaban el amor
verdadero. Luisa Valladolid, una chica muy adelantada a su tiempo, tenía un
carácter explosivo, aventurero y artístico. Tenía el don de la pintura desde
los cuatro años, su inteligencia la hacía una persona alejada de los demás,
porque decía que la sociedad estaba estancada en ideologías erróneas y
sentimientos mal utilizados. Luisa Valladolid se escondía entre sus pinceles,
lienzos y paisajes que disfrutaba pintar. Se conocieron una tarde cuando Renata
salió a pasear a las orillas de un lago a las afueras de la ciudad. Le pareció
interesante ver a una chica de su misma edad, vestida con ropas que parecían de
granjero, sin esos vestidos estorbosos y pesados que ella debía usar. Frente a
ella se encontraba un caballete viejo y pesado sosteniendo el lienzo a pintar.
Luisa estaba sentada en un pequeño banco de madera de un tono oscuro y viejo.
Renata de Córdoba la observó por largo tiempo desde lejos, la miraba tan
concentrada en la pintura que estaba retratando del lago que no quiso
interrumpirla. Bajó del caballo y se acercó a ella intentando hacer el menor
ruido posible. Se quedó detrás de su espalda y solo miraba como sus manos
creaban magia sobre el lienzo para darle color. Luisa estaba tan concentrada
que no le prestó atención a pesar de que se había dado cuenta que ella estaba
ahí.
–El lago no es tan azul –dijo Renata haciéndole ver
su imperfecta observación con toda la confianza que le hubieran dado los tantos
años de conocerla, mas sin embargo era la primera vez que la veía y las
primeras palabras que le decía.
Luisa detuvo el trayecto del pincel, que marcaba el
límite de un lago azul cristalino que chocaba con el verde de un pastizal sobre
su lienzo, descansó su mano y suspiró.
–Pinto su esencia, no su realidad –le dijo Luisa sin
retirar sus ojos del lienzo, en un tono que le hizo sentir que no era posible
que no viera algo tan lógico y simple.
Renata no dijo más y solo se dedicó a observar como
las manos de Luisa seguían creando magia. Estuvieron así por tres horas, sin
decirse palabra alguna, sin mirar sus rostros y sin conocerse más que su olor.
Luisa percibía el sutil y costoso perfume de Renata que la distraía en
ocasiones. Mientras que Renata percibía el olor del cian de la pasta que usaba
Luisa para pintar el azul del cielo. Pero los ojos de Renata no dejaban de
maravillarse al ver como cada pincelada tomaba su forma. Renata de Córdoba
había estudiado arte y a los mejores artistas, incluso conocía a muchos
artistas de su tiempo, pero nunca había visto como ese arte era creado que le
asombraba tanto verlo. Pasó media hora más cuando Luisa dio las últimas
pinceladas y puso su firma en la esquina de la parte inferior derecha del
cuadro.
–¡Le ofrezco 1000 libras por el
cuadro! –dijo Renata con euforia desde la posición en la que estaba, aún detrás
de Luisa, porque sabía que nadie podría despreciar dicha cantidad de dinero.
Luisa Valladolid sonrió sin mirarla ya que
contemplaba su obra, siempre sentía que le faltaba algo más que expresar.
–¡Mil libras! –dijo una vez más colocándose a un
costado de Luisa. Al no tener respuesta, Renata se dio cuenta que ella no
pintaba por negocio y que solo lo hacía por arte. Sabía que tenía que ofrecerle
algo más, mucho más de lo que había dicho, y Renata sabía que podía tener el
dinero que le pidiera– ¡Pídeme lo que quieras!
–¿Y si te pido tu corazón? –dijo Luisa Valladolid
levantándose y dándole por primera vez la cara a Renata.
En ese instante sus mundos se transformaron, todo se
detuvo de golpe y en ese mismo segundo todo se movió. Renata la miró a los ojos
y sintió por primera vez ese nerviosismo que debió haber sentido desde que se
acercó a ella, porque era una desconocida, porque nunca antes la había visto,
porque su timidez innata hubiera reaccionado de esa manera ante algo que
consideraba hermoso. Luisa sin embargo le asombró el inmenso vestido que
llevaba, las joyas relucientes que llevaba sobre su cuello y se preguntaba por
qué una dama de su linaje paseaba por esos lugares solitarios. Pero más que
eso, le asombraba su belleza y esa ternura que reflejaba en toda su esencia.
–El dinero… le vendría bien… ¿No le parece? –le dijo
Renata mirándola, pero sin hacerlo con insulto, de arriba hacia abajo.
–No lo hago por dinero –le contestó Luisa dando
vuelta para guardar sus cosas.
–No, no se ofenda… no lo digo por eso –decía Renata
avergonzada–. Ya me agradaría vestirme así y dejar estos vestidos que no me
dejan mover para nada.
–No creo que pueda usar esto, es un pantalón de
granjero al igual que la camisa y las botas… Si el clero la viese vestida así
le retiraría nuestro buen nombre… –Luisa movía las manos para que le dijera el
nombre del cual la iglesia se avergonzaría si la viera vestida como ella lo
estaba– ¿Que… es?
–Ah, nombre, sí –decía regresando su coordinación a
su cabeza y retirando la imagen de ella vestida como una campesina– Renata…
Renata de Córdoba.
–¡Córdoba! –decía asombrada Luisa y emitiendo una
sonrisa burlona. Luisa empezó a guardar sus cosas y murmuraba palabras que no
tenían sentido– Renata de Córdoba –decía y sonreía incrédula.
–¿Algún problema con… mi nombre?
–No, ninguno… Acepto las mil libras –contestó Luisa.
–Pensaba darle mi corazón –decía Renata sonriendo.
–Lo siento, no acepto nada que ya esté dado… y
nuestro corazón ya no le pertenece.
De esa manera empezó una amistad que se fue
transformando en un amor oculto, incluso para ellas mismas, que no se daban
cuenta de la magnitud de sus sentimientos. Renata conoció más a fondo a Luisa
Valladolid, que para sorpresa suya no era lo que aparentaba, ya que la familia
Valladolid era reconocida por la gran fortuna y familia de gran linaje que la
precedía por mucho tiempo. Sin embargo Luisa había dejado en claro a su familia
que a ella no le importaba la clase social en que la encasillaran. Así que
había buscado la independencia apenas tuvo la facilidad de comunicarse, viajó
por mucho tiempo por casi toda Europa, siempre viviendo nada más de lo poco que
le daba su arte y de algunos trabajos que conseguía por temporadas.
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