II
Llegué al departamento y me detuve al otro lado de la calle. No quería
bajar del coche y subir. Debía decirle la verdad, las cosas que pasaron y
tratar de entender por qué dejé que pasaran. Bajé del coche sin intención de
cruzar la calle. Miré a todos lados, esperando, pero no sabía en verdad lo que
esperaba. Crucé la calle a nuestro edificio. Me sentí un poco mareada por tanta
culpa. Subí por las escaleras porque no quería utilizar el elevador. Quería
tanto poder retroceder el tiempo, llegar a ese día… ese día, cuando estúpidamente
dejé que todo empezara a cambiar para arruinarlo todo. Quería olvidar el primer
momento en que lo permití.
―Hola ―escuché su voz tan suave y
tersa―. Así que tú eres la nueva maestra de economía que dará clases a los de
primer año.
―S- sí… yo, yo soy ―sólo pude
responderle titubeando. Su forma de caminar podía hacerle perder el sentido a
cualquiera.
―Interesante, muy interesante ―se
acercó demasiado a mí, provocando mil sensaciones en mi cuerpo. Su imagen era
totalmente irresistible.
Sujeté mi cabeza con fuerza para evitarme seguir recordando algo que me
lastimaba tanto. Abrí la puerta del departamento sin hacer tanto ruido. No
quería que ella se diera cuenta de mi llegada. Dejé las llaves sobre la mesita
en la entrada y fui a sentarme a la sala. Sentía la presión en el pecho de
preguntarme: ¿Por qué? Teniendo lo mejor de la vida, teniendo a la persona que
tanto amas... ¿por qué puedes ser infiel? Sentía tanto asco por mí. Por qué no
tuve la fuerza suficiente para detener eso a pesar de que sabía que no estaba
bien.
La miré salir de la habitación. Sus ojos parecían presentir lo que estaba
por pasar en nuestras vidas. No sé si quería huir tanto como yo, pero sabía que
tampoco volvería a ser la persona más feliz del mundo. Se sentó a mi lado y
quiso tomar mi mano, pero la quité casi por un instinto. Ya no merecía su
calor. Ya no merecía sus palabras. No merecía sus miradas llenas de amor. No
merecía nada de ella.
―¿Por qué estás así? ―me decía angustiada.
No entendía mi comportamiento tan distante y frío. Mi postura era la
equivocada, pero no podía manejarlo de otra manera. ¿Por qué lo había hecho?,
me preguntaba con insistencia a mí misma, por qué, por qué lo hice cuando tengo
a la mujer que más he amado en mi vida, a la persona que más amo, ¿por qué lo
hice?
―Te traicioné. Te mentí, ¡te engañé! ―le dije sin poder ocultarlo más.
―No, no digas eso ―me abrazó con sus ojos inundados de lágrimas―, no me
lo digas. No lo digas, por favor.
La miré y en sus ojos se notaba la desesperación. Ella sabía de lo que
estaba hablando.
―¿Lo sabes? ―pregunté.
―Sí, lo supe desde siempre.
―Pero, ¿por qué nunca me dijiste nada?
―Pensé que era algo pasajero, que te darías cuanta de que estabas
cometiendo un error y volverías conmigo, como siempre.
―Perdóname ―no supe qué más decirle.
―Sabes que eres lo que más amo en el mundo.
Se alejó de mí sin decirme otra cosa. ¿Qué podía hacer ante sus palabras?
No las entendía. ¿Lo sabía y me perdonaba? ¿Lo sabía y no sabía si perdonarme? Esa
noche no dormimos juntas. Ella se quedó en la habitación de nuestra hija y yo
no pude moverme de la sala. Seguía esperando un milagro, algo que hiciera que
el tiempo regresara. Pero algo así no se merece una persona como yo. Empecé a
llorar con tanta amargura y desesperación. Limpié mis lágrimas, tampoco merecía
sentir pena por mí misma. Merecía que el dolor me matara poco a poco por
dentro, con esa fuerza desgarradora que esperas nunca se vaya, porque sabes que
lo mereces.
Al día siguiente fui a presentar mi renuncia… no permanecí ni un momento
más dentro de la escuela, no quería encontrármela otra vez. Algunos alumnos se
despedían de mí con fuertes abrazos. Hubo varias chicas que me miraban y
sonreían con tristeza. Algunas de ellas sabían el motivo de mi renuncia.
Siempre me advirtieron de no acercarme demasiado a ella. Mi sonrisa triste les
hizo saber que estaba apenada con ellas, por no tomar en cuenta sus consejos. Tomé
el coche y conduje sin detenerme en ningún lugar. Por dentro presentía que algo
malo iba a pasar con mi vida ahora, con nuestras vidas juntas.
Llegué a casa y encontré una maleta junto a la puerta.
Ella salió de la habitación con Luisa en brazos.
―Me regreso a México, con mis padres.
No supe qué decirle. No estaba en derecho de pedirle nada ni exigirle
nada. Tomó la maleta y pasó a un lado de mí. Se detuvo. Sentí su calor, el
calor tan diferente, tan pacifico y lleno de amor, el calor que sólo le pertenecía
a ella. El calor que me esperaba cada noche y cada día, el que recibía con un
beso, un abrazo o palabras dulces. Esperaba escuchar su voz. Esperaba sentir su
abrazo. Tenía tantas ganas de un beso, aunque fuera el último. Quería que todo
fuera un mal sueño, una prueba de las parcas del destino. Que no fuera real. Que
me hubieran hecho ver el futuro para no cometer ningún error. Pero a quién le
puedes pedir un milagro, cuando tú misma fuiste quien hizo perder la fe, de que
lo hermoso del amor nunca debe terminar. Escuché un suspiro ahogado de ella.
Seguí esperando sus palabras. Apreté mis puños con fuerza, pidiéndole a Dios
que me perdonara. Que tuviera un poco de piedad de mí. Sólo pude sentir la mano
cálida de Luisa acariciando mi cabello. Ni siquiera tuve el valor de voltear a
mirarlas. Mi vida por completo estaba a punto de irse por la puerta. Poco a
poco sentí como el calor tan hermoso de su cuerpo se apartaba de mí. Sin
palabras, sin gestos y, sin ya más nada, escuché como la puerta se cerró. Había
perdido todo esta vez, y sólo la dejé marcharse. No pude hacer otra cosa que
dejarla ir. Me quedé ahí recordando tantas cosas, pensando desde cuándo, ¿por
qué lo permití?
Cuando pude reaccionar, tomé el coche y conduje lo más rápido que me
permitía el tráfico. Me pasé todas las luces rojas que pude. Esquivé varios
coches que me impedían ir aún más rápido. Quería terminar con todo, con lo poco
que quedaba de mí. Regresar con ella y que se acabara cada fragmento de un amor
que yo misma rompí. Dejarme rendir en sus brazos como la primera vez que lo
hice. Sentir el entusiasmo de lo prohibido, ¡de lo vil!, ¡de lo bajo! Ir a
buscarla y decirle que ella ganó, que puede hacer conmigo lo que quiera.
Decirle que puede seguir arruinando una vida que dejé se fuera. Ya no me
importaba nada. Dejé de apretar el acelerador y la rabia que sentía por mí, se
convirtió en la pena más grande. Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos
sin contemplación alguna. El coche siguió avanzando con velocidad. Agaché la
cabeza sobre el volante. Quería morir. Ya no importaba más nada. Si chocaba y
moría, era porque Dios se apiadaba de mí. Mi llanto se volvió en gritos
desesperados, repitiendo una sola palabra: “Perdóname”.
Era todo lo que podía escuchar, mi propio dolor convertido en una sola palabra
que no merecía. Ni siquiera sentí cuando el coche se detuvo, se detuvo justo en
el cruce de una avenida peligrosa, donde el semáforo pintaba el rojo, donde los
coches que pasaban de frente iban a toda velocidad. Se detuvo justo ahí, todo
porque Dios no quiso apiadarse de mí.
Limpié mis lágrimas, esperando que el verde apareciera en lo alto. Volvía
a prender el coche y tomé la dirección contraria a donde iba. Conduje sin tanta
prisa, pero cuando miré el reloj, volví a acelerar con desesperación. Tenía que
llegar. No podía dejar que mi vida se fuera. No podía, porque si lo hacía…
Llegué a la central de autobuses sin saber si aún la encontraría. La
busqué entre las personas que estaban esperando a salir. No la encontré, ¿ya se
había ido? Busqué en otra sala más al fondo, la encontré. Estaba esperando a que
el autobús saliera. Me senté en la fila de atrás. Sólo la miraba a ella y a
nuestra hija que jugaba a sus pies. Me seguía preguntado cómo fui capaz de
traicionarla, de qué manera, cuándo fue que caí, ella es lo más perfecto de mi
vida… ¿por qué caí tan bajo? Luisa empezó a desesperarse, Mariana la cargó y
sus ojitos pequeños me miraban del otro lado.
―Mami ―decía y estiraba su mano.
―No, mami no vendrá ―le decía Mariana―, ella tiene que estar sola y
pensar las cosas.
La escuché sollozando, miré como Luisa limpiaba con sus pequeñitas manos
sus lágrimas y besaba sus ojos. Volvió a mirarme y sonreía. Me levanté y me
paré justo detrás de ellas.
―No te vayas. No podría vivir sin ti ―le dije sin poder contener tanto
dolor.
Mariana se levantó y me miró. Sus ojos no habían perdido el amor que
siempre vi en ellos. Su amor no se había ido, podía verlo en su mirada. Sus
ojos nunca me mentirían. ¿Podría conseguir que me perdonara? Sólo fue un error,
un error que nunca debí cometer, ¿podrá perdonarme? En nuestro silencio se
escuchó el llamado para los que tomaban el autobús a la ciudad de México.
Mariana, sin decirme nada, se agachó a recoger la maleta. Se iría, ella se
iría.
―Perdóname.
Me miró, el color de su mirada seguía sin cambiar, como la primera vez…
estaba justo como la primera vez. Sentí un atisbo de esperanza de que ella
pudiera perdonarme. Su mirada seguía sin cambiar, su amor estaba presente.
Tenía que regresar conmigo. Debíamos empezar otra vez. No fallaría esta vez, no
volvería a fallarle. Luisa, como presintiendo el desenlace de nuestra historia,
me sonrió y recostó su cabecita sobre su hombro con tristeza. Los labios de
Mariana se abrieron para decirme una sola palabra:
―Adiós.
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