"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

9 de enero de 2012


II

Llegué al departamento y me detuve al otro lado de la calle. No quería bajar del coche y subir. Debía decirle la verdad, las cosas que pasaron y tratar de entender por qué dejé que pasaran. Bajé del coche sin intención de cruzar la calle. Miré a todos lados, esperando, pero no sabía en verdad lo que esperaba. Crucé la calle a nuestro edificio. Me sentí un poco mareada por tanta culpa. Subí por las escaleras porque no quería utilizar el elevador. Quería tanto poder retroceder el tiempo, llegar a ese día… ese día, cuando estúpidamente dejé que todo empezara a cambiar para arruinarlo todo. Quería olvidar el primer momento en que lo permití.

―Hola ―escuché su voz tan suave y tersa―. Así que tú eres la nueva maestra de economía que dará clases a los de primer año.

―S- sí… yo, yo soy ―sólo pude responderle titubeando. Su forma de caminar podía hacerle perder el sentido a cualquiera.

―Interesante, muy interesante ―se acercó demasiado a mí, provocando mil sensaciones en mi cuerpo. Su imagen era totalmente irresistible.

Sujeté mi cabeza con fuerza para evitarme seguir recordando algo que me lastimaba tanto. Abrí la puerta del departamento sin hacer tanto ruido. No quería que ella se diera cuenta de mi llegada. Dejé las llaves sobre la mesita en la entrada y fui a sentarme a la sala. Sentía la presión en el pecho de preguntarme: ¿Por qué? Teniendo lo mejor de la vida, teniendo a la persona que tanto amas... ¿por qué puedes ser infiel? Sentía tanto asco por mí. Por qué no tuve la fuerza suficiente para detener eso a pesar de que sabía que no estaba bien.

La miré salir de la habitación. Sus ojos parecían presentir lo que estaba por pasar en nuestras vidas. No sé si quería huir tanto como yo, pero sabía que tampoco volvería a ser la persona más feliz del mundo. Se sentó a mi lado y quiso tomar mi mano, pero la quité casi por un instinto. Ya no merecía su calor. Ya no merecía sus palabras. No merecía sus miradas llenas de amor. No merecía nada de ella.

―¿Por qué estás así? ―me decía angustiada.

No entendía mi comportamiento tan distante y frío. Mi postura era la equivocada, pero no podía manejarlo de otra manera. ¿Por qué lo había hecho?, me preguntaba con insistencia a mí misma, por qué, por qué lo hice cuando tengo a la mujer que más he amado en mi vida, a la persona que más amo, ¿por qué lo hice?

―Te traicioné. Te mentí, ¡te engañé! ―le dije sin poder ocultarlo más.

―No, no digas eso ―me abrazó con sus ojos inundados de lágrimas―, no me lo digas. No lo digas, por favor.

La miré y en sus ojos se notaba la desesperación. Ella sabía de lo que estaba hablando.

―¿Lo sabes? ―pregunté.

―Sí, lo supe desde siempre.

―Pero, ¿por qué nunca me dijiste nada?

―Pensé que era algo pasajero, que te darías cuanta de que estabas cometiendo un error y volverías conmigo, como siempre.

―Perdóname ―no supe qué más decirle.

―Sabes que eres lo que más amo en el mundo.

Se alejó de mí sin decirme otra cosa. ¿Qué podía hacer ante sus palabras? No las entendía. ¿Lo sabía y me perdonaba? ¿Lo sabía y no sabía si perdonarme? Esa noche no dormimos juntas. Ella se quedó en la habitación de nuestra hija y yo no pude moverme de la sala. Seguía esperando un milagro, algo que hiciera que el tiempo regresara. Pero algo así no se merece una persona como yo. Empecé a llorar con tanta amargura y desesperación. Limpié mis lágrimas, tampoco merecía sentir pena por mí misma. Merecía que el dolor me matara poco a poco por dentro, con esa fuerza desgarradora que esperas nunca se vaya, porque sabes que lo mereces.

Al día siguiente fui a presentar mi renuncia… no permanecí ni un momento más dentro de la escuela, no quería encontrármela otra vez. Algunos alumnos se despedían de mí con fuertes abrazos. Hubo varias chicas que me miraban y sonreían con tristeza. Algunas de ellas sabían el motivo de mi renuncia. Siempre me advirtieron de no acercarme demasiado a ella. Mi sonrisa triste les hizo saber que estaba apenada con ellas, por no tomar en cuenta sus consejos. Tomé el coche y conduje sin detenerme en ningún lugar. Por dentro presentía que algo malo iba a pasar con mi vida ahora, con nuestras vidas juntas.

Llegué a casa y encontré una maleta junto a la puerta.

Ella salió de la habitación con Luisa en brazos.

―Me regreso a México, con mis padres.

No supe qué decirle. No estaba en derecho de pedirle nada ni exigirle nada. Tomó la maleta y pasó a un lado de mí. Se detuvo. Sentí su calor, el calor tan diferente, tan pacifico y lleno de amor, el calor que sólo le pertenecía a ella. El calor que me esperaba cada noche y cada día, el que recibía con un beso, un abrazo o palabras dulces. Esperaba escuchar su voz. Esperaba sentir su abrazo. Tenía tantas ganas de un beso, aunque fuera el último. Quería que todo fuera un mal sueño, una prueba de las parcas del destino. Que no fuera real. Que me hubieran hecho ver el futuro para no cometer ningún error. Pero a quién le puedes pedir un milagro, cuando tú misma fuiste quien hizo perder la fe, de que lo hermoso del amor nunca debe terminar. Escuché un suspiro ahogado de ella. Seguí esperando sus palabras. Apreté mis puños con fuerza, pidiéndole a Dios que me perdonara. Que tuviera un poco de piedad de mí. Sólo pude sentir la mano cálida de Luisa acariciando mi cabello. Ni siquiera tuve el valor de voltear a mirarlas. Mi vida por completo estaba a punto de irse por la puerta. Poco a poco sentí como el calor tan hermoso de su cuerpo se apartaba de mí. Sin palabras, sin gestos y, sin ya más nada, escuché como la puerta se cerró. Había perdido todo esta vez, y sólo la dejé marcharse. No pude hacer otra cosa que dejarla ir. Me quedé ahí recordando tantas cosas, pensando desde cuándo, ¿por qué lo permití?

Cuando pude reaccionar, tomé el coche y conduje lo más rápido que me permitía el tráfico. Me pasé todas las luces rojas que pude. Esquivé varios coches que me impedían ir aún más rápido. Quería terminar con todo, con lo poco que quedaba de mí. Regresar con ella y que se acabara cada fragmento de un amor que yo misma rompí. Dejarme rendir en sus brazos como la primera vez que lo hice. Sentir el entusiasmo de lo prohibido, ¡de lo vil!, ¡de lo bajo! Ir a buscarla y decirle que ella ganó, que puede hacer conmigo lo que quiera. Decirle que puede seguir arruinando una vida que dejé se fuera. Ya no me importaba nada. Dejé de apretar el acelerador y la rabia que sentía por mí, se convirtió en la pena más grande. Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos sin contemplación alguna. El coche siguió avanzando con velocidad. Agaché la cabeza sobre el volante. Quería morir. Ya no importaba más nada. Si chocaba y moría, era porque Dios se apiadaba de mí. Mi llanto se volvió en gritos desesperados, repitiendo una sola palabra: “Perdóname”. Era todo lo que podía escuchar, mi propio dolor convertido en una sola palabra que no merecía. Ni siquiera sentí cuando el coche se detuvo, se detuvo justo en el cruce de una avenida peligrosa, donde el semáforo pintaba el rojo, donde los coches que pasaban de frente iban a toda velocidad. Se detuvo justo ahí, todo porque Dios no quiso apiadarse de mí.

Limpié mis lágrimas, esperando que el verde apareciera en lo alto. Volvía a prender el coche y tomé la dirección contraria a donde iba. Conduje sin tanta prisa, pero cuando miré el reloj, volví a acelerar con desesperación. Tenía que llegar. No podía dejar que mi vida se fuera. No podía, porque si lo hacía…

Llegué a la central de autobuses sin saber si aún la encontraría. La busqué entre las personas que estaban esperando a salir. No la encontré, ¿ya se había ido? Busqué en otra sala más al fondo, la encontré. Estaba esperando a que el autobús saliera. Me senté en la fila de atrás. Sólo la miraba a ella y a nuestra hija que jugaba a sus pies. Me seguía preguntado cómo fui capaz de traicionarla, de qué manera, cuándo fue que caí, ella es lo más perfecto de mi vida… ¿por qué caí tan bajo? Luisa empezó a desesperarse, Mariana la cargó y sus ojitos pequeños me miraban del otro lado.

―Mami ―decía y estiraba su mano.

―No, mami no vendrá ―le decía Mariana―, ella tiene que estar sola y pensar las cosas.

La escuché sollozando, miré como Luisa limpiaba con sus pequeñitas manos sus lágrimas y besaba sus ojos. Volvió a mirarme y sonreía. Me levanté y me paré justo detrás de ellas.

―No te vayas. No podría vivir sin ti ―le dije sin poder contener tanto dolor.

Mariana se levantó y me miró. Sus ojos no habían perdido el amor que siempre vi en ellos. Su amor no se había ido, podía verlo en su mirada. Sus ojos nunca me mentirían. ¿Podría conseguir que me perdonara? Sólo fue un error, un error que nunca debí cometer, ¿podrá perdonarme? En nuestro silencio se escuchó el llamado para los que tomaban el autobús a la ciudad de México. Mariana, sin decirme nada, se agachó a recoger la maleta. Se iría, ella se iría.

―Perdóname.

Me miró, el color de su mirada seguía sin cambiar, como la primera vez… estaba justo como la primera vez. Sentí un atisbo de esperanza de que ella pudiera perdonarme. Su mirada seguía sin cambiar, su amor estaba presente. Tenía que regresar conmigo. Debíamos empezar otra vez. No fallaría esta vez, no volvería a fallarle. Luisa, como presintiendo el desenlace de nuestra historia, me sonrió y recostó su cabecita sobre su hombro con tristeza. Los labios de Mariana se abrieron para decirme una sola palabra:

―Adiós.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.