I
Es muy triste llegar a casa, donde quien te esperaba ya no puede ser la
misma persona que había estado siempre a tu lado. Donde antes era lo único que
deseabas en todo el día después de una jornada de trabajo muy pesada y difícil:
verla mirándote cruzar la puerta, para esperarte con un abrazo, un beso y para
decirte las palabras más dulces que podrías escuchar. Todo es distinto cuando
sabes que hay un lugar al que perteneces, uno donde puedes encontrar la paz y
la tranquilidad que tanto necesitas. Un lugar al que no le pertenece a nadie
más, sólo a ti y a quien te hace sentir la inmensa felicidad. Todo se termina y
no lo puedes evitar. A veces no entiendes cómo puedes evitarlo. No entiendes
por qué las cosas sólo se dejan pasar. Una sola decisión lo cambia todo… lo
arruina todo. ¿Cómo terminas con ese sueño que siempre esperabas cumplir? ¿Cómo
puedes terminarlo de la manera más vil y miserable? ¿Cuándo cambias el verdadero
amor por una ilusión que sabes siempre será efímera y vacía? ¿Cómo puedes
lastimar el amor? ¿Cómo puedes hacerle daño a la persona que más amas en la
vida?
Yo te diré cómo puedes hacerlo.
Hace algunos meses que me sentía la persona más vacía del mundo. Que no
merecía lo que tenía. Ya no podía respirar su mismo aire. No podía mencionar su
simple nombre, no lo merecía. Me sentía miserable, sucia, la peor cosa que
estaba pisando la tierra. Me costaba dormir, mis pensamientos y mis culpas no me
dejaban conciliar el más mínimo sueño. Ni siquiera podía mirarla. No me sentía
en paz a su lado. No merecía que ella estuviera conmigo. Me arrepentía de todo
lo que había hecho, pero te das cuenta que no hay marcha atrás, que cuando
abres una herida, la cicatriz siempre quedará marcada.
Apenas el cielo se aclaraba, tenía que salir de nuestra habitación;
evitaba su abrazo, su primera caricia del día… su primer beso. No merecía más
de ella, todo lo que su amor me daba ya no lo merecía. Me senté en el sofá que
daba frente a la ventana. Hasta el aire en todas partes era asfixiante, no me
dejaba respirar, ¡me sofocaba el pecho! Esperaba que el sol saliera por
completo y poder huir. Quería sentirme más miserable de lo que ya me sentía,
eso sí lo merecía: sentirme peor de lo que ya estaba. Apreté mis puños con
rabia y frustración. Quería que todo se fuera, que se olvidara, que nunca
hubiera pasado. ¿En qué punto me perdí? ¿Cómo dejé perderme?
―¿Tienes hambre? ―dijo abrazándome por la espalda.
Sentí sus brazos cálidos y confortantes. Su aroma suave llegó sin espera
a inundar todos mis sentidos. Sus palabras eran dulces como desde la primera
vez que la conocí: cuando me regaló su sonrisa y desde ahí todo mi universo cambio.
Volvió a preguntarme si tenía hambre, el tono de su voz no cambio y sus brazos
me sujetaron con más fuera. Y el vacío que sentía aumento más de lo que ya era.
¿Por qué lo hice?
―No ―respondí.
Me levanté sin ni siquiera mirarla, sin decirle nada. Caminé de la sala
hacía una habitación donde tenía todos mis papeles de la universidad. Pasé por
la habitación de nuestra pequeña, que sólo tenía dos años y aún dormía. No
soporté ver todo eso. Recogí los papeles sin saber si eran los que necesitaría
para dar mi clase en la universidad. Volví a pasar por la sala, donde ella
estaba sentada esperando que yo la mirara, pero no tuve el valor de hacerlo,
porque sabía que encontraría en su mirada un amor que ya no merecía más. Salí
sin mirar sus ojos dulces. Hasta para hacer eso se necesita de la más vil
cobardía: huir de su mirada y de su amor. Tomé el coche y me fui directo a la
universidad donde impartía clases de Economía desde hace unos años. Recorría
los pasillos saludando a algunos alumnos de otras generaciones, a los cuales
les di clases tiempo atrás. Llegué a mi oficina y no hice otra cosa que
sentarme a mirar su fotografía, recordar el día cuando huimos de su casa para
vivir juntas.
―¿Estás segura de lo que quieres
hacer? ―pregunté con miedo. Tal vez yo no estaba tan segura en mi interior. Siempre
hay miedo en lo que podemos encontrar en el mundo y siempre está de una u otra
forma atormentándonos.
―Sí ―me dijo sin pensarlo. Se sentó en su cama como reflexionando mejor
las cosas―. No, la verdad no lo sé.
Me senté a su lado tomando su mano.
Era de madrugada, hacía calor porque era la temporada de verano, había un
intenso verano. Nuestros padres se habían dado cuenta de la relación que
teníamos, a ella no la dejaban salir y a mí ni siquiera me permitían existir.
―Pero quiero estar contigo ―me dijo
mirándome a los ojos, con esa mirada… esa mirada que disipa todo miedo
existente en el mundo―. Sólo quiero estar contigo. Es de lo único que estoy
segura, quiero estar contigo.
Besé sus labios tan cortamente,
pues en ese momento el tiempo no estaba mucho a nuestro favor. Ella se levantó
y siguió recogiendo sus cosas, que no debían ser muchas. Estábamos huyendo, sin
ningún lugar a donde ir y sin saber lo que vendría después. Queríamos estar
juntas y todo lo que viniera lo enfrentaríamos por nuestro amor.
―¿Interrumpo los recuerdos más lindos de tu vida? ―preguntó desde la
puerta con suma soberbia y determinación.
Oculté su fotografía en uno de los cajones de mi escritorio. Ella se
acercó de la misma manera de siempre: seduciendo hasta al mismo viento que
podía rozar su piel. Cómo pude caer tan bajo y dejarme llevar por la ilusión
más estúpida que pude ver en mi vida. Pero ella era algo imposible de no ver,
de no querer sentir y ella lo sabía muy bien, por eso nadie se le escapaba de
las manos.
―Voy a presentar mi renuncia mañana ―le dije sin hacer caso a ninguna de
sus caricias.
―¿Tu renuncia? ―preguntó acercando su rostro al mío, como intentando que
su presencia me hiciera cambiar de opinión.
―Sí ―le dije levantándome rápido, antes de que sus labios tocaran los
míos.
―Ah ―se sentó sobre el escritorio cruzando la pierna. Era una escena que
antes me podía dejar sin respiración, pero ahora, lo único que lograba en mí
era repulsión y asco, no para ella, sino para mí―, ¿y a ella? ¿Qué le dirás,
también renunciarás?
―¡Ella es cosa que no te importa a ti!
Me acerqué rápido a mi escritorio y estiré el brazo para alcanzar unos
papeles. Tomó mi mano y me jaló hacia su cuerpo. Sentí su perfume casi
hipnótico, sus ojos marrones y brillantes se fijaron con fuerza a los míos. Sus
labios tersos color carmesí se entreabrieron. Ella no tenía la culpa de todo lo
que dejé que provocara en mí. Situó su mano cerca de mi cintura y me acercó más
a su cuerpo. No tenía la culpa de que mi corazón latiera más rápido. Dejó de
sujetar mi mano y posó su mano en una de mis mejillas para acercar mi rostro al
suyo. No tenía la culpa de que mi sangre hirviera cada vez que la sentía tan
cerca. Miré sus labios sonrientes cuando uno de sus dedos acariciaba la
comisura de mis labios cerrados. Ella no tenía la culpa de que mis ojos sólo
pudieran ver su cuerpo perfecto y deseable. Sentí asco por la persona que era
desde que apareció en mi vida. Sentí odio por la persona que fui cuando estuve
con ella. Sentí rabia por mirar y sentir algo que nunca sería amor. ¿Cuándo
dejé de ver que tenía lo que más quería en la vida a mi lado? ¿Cuándo fue que
dejé engañar a mis sentimientos? ¿Por qué buscaba la oscuridad cuando mi vida
estaba llena de tanta luz? Yo sólo estaba jugando, ¡era un estúpido juego! Ella
no provocaba en mí amor, sólo era pasión y deseo, pero jamás sentí amor. No
pude moverme y no porque ella lograra paralizarme, no pude moverme de la
impotencia que sentía, con las ganas de regresar el tiempo a la primera vez que
pasó justo lo que estaba pasando ahora, y decirle:
―Estoy enamorada y siento el amor más profundo por ella… yo la amo.
Me soltó de la cintura y bajó lentamente su mano de mi mejilla. Estiré el
brazo otra vez y tomé mis papeles. Sin mirarla di la vuelta y caminé a la
salida.
―Pues no se notaba tanto ―dijo respondiendo mis palabras.
Me detuve sintiendo como cada parte de mi culpa se apoderaba de mi
cuerpo. Merecía lo que estaba sintiendo, lo merecía justamente. Me paralicé
otra vez. Pero aunque lo desees con todo el corazón, no puedes retroceder el
tiempo. No puedes. Escuché su andar acercándose de nuevo a mí. Volví a sentir
su calor junto a mi cuerpo. Quería que no fuera ella quien se acercara. Quería
tanto que fuera cualquier persona esperando clavarme una daga por la espalda,
era lo que merecía mi traición. Si daba la vuelta y me rendía otra vez a ella,
dejaría que todo se acabara. Era justo lo que obtendría: un vacío que sabía
jamás se llenaría de amor. Era justo lo que merecía por lastimar mi propio
amor. Si daba la vuelta, me resignaba a perderlo todo. Y era justo: perderlo
todo. Quedarme con ella sin sentir amor… ¡era lo justo!, lo que merecía por ser
lo que fui. ¡Era lo justo!, que nadie volviera a amarme, y sólo quedarme con el
recuerdo del amor, con el que nunca debí jugar, ¡quedarme con él!, y jamás
poder dárselo otra vez a quien le pertenecía, no volver a darle el amor que me
hacía sentir. ¡Merecía todo lo que estaba sintiendo! Quedarme con ella y seguir
el juego envenenado que empecé a jugar. Quedarme con ella y morirme poco a
poco. Seguir bebiendo de ella lo que nunca sería amor. Que mi corazón se
endureciera para que mi alma se secara por mi traición. ¡Lo merecía!, todo lo
que estaba sintiendo era justo para mí. Sentí su mano en mi hombro. Quise dar
la vuelta y aceptar el trato justo que merecía. Pero no, no di la vuelta, porque
sé que merezco algo peor: perder a la persona que siempre he amado.
Salí del salón sin decirle nada. Tomé mi coche rumbo a casa. Iba
recordando el día cuando salimos por la ventana, sólo llevábamos ropa y un poco
de dinero, ni siquiera lo suficiente para sobrevivir una semana. Tenía tanto
miedo por ella, por no darle lo necesario y por no saber si algún día se lo
daría. Tomamos un autobús con rumbo al norte del país, no era muy barato, pero
era lo más lejos que podíamos huir en ese momento. Llegamos por la mañana y
buscamos un lugar donde vivir. No pensamos en un hotel, ya que estaríamos ahí
mucho tiempo. Para la tarde conseguimos unos cuartos que estaban en renta, lo
más barato y el lugar más…
Limpié mis lágrimas al recordar cómo fue todo en ese entonces. Es como si
todos se pusieran en tu contra para no cumplir tus sueños, para no darle la
mejor vida a la persona que tanto amas. Detuve el coche a un lado de la
carretera, porque las lágrimas de mis ojos ya no me permitían ver por donde
conducía. Seguí recordando, mientras las lágrimas ardían con fuerza en mis
ojos.
―Ya no tenemos dinero para comida
―me dijo con tristeza.
No podía soportar ver sus ojos con
esa tristeza, no podía, no cuando siempre la había visto sonriente y feliz. La
abracé con fuerza y le dije con mucha dificultad a su oído:
―Te voy a regresar a tu casa.
―No puedes ―me miró a los ojos―, no
puedes, porque ya estoy en ella.
Mi familia y mi hogar eran ella. No
había marcha atrás. No había regreso. No había más padres. No había dinero
seguro. Ni siquiera teníamos un lugar seguro donde dormir. Nada era nuestro,
pero teníamos lo más importante: nos teníamos una a la otra, sintiendo un amor
inmenso que nos hacía mantenernos fuertes. Ese día nos fuimos a dormir sin
comer nada, ella parecía tener el sueño más profundo y sereno. Desde que huimos
yo no podía hacer otra cosa más que mirarla dormir y prometerle una y otra vez
que le daría la mejor vida posible, no sé si me escuchaba, pero siempre me
sonreía.
Tomé de nuevo la carretera y conduje despacio. Recordaba y pensaba si era
necesario hacerla sufrir con la verdad. Han sido tantos años juntas, tantos
momentos malos que superamos, tantos…
Ese día pasé a comprar un ramo de
violetas, sus flores favoritas. Ya iba camino a casa apenas siendo medio día.
Tenía algo importante que compartir con ella, bueno, con quién más podía
hacerlo. Abrí la puerta, no pensé que ella estuviera en casa, ambas salíamos a
buscar trabajo temprano y nos veíamos entrada la noche para comer, si es que
había algo que comer.
―¿Por qué llegas tan temprano? ―preguntó
con la sonrisa más amplia que hace mucho no veía. Su rostro estaba tan
iluminado que la hacía verse más hermosa de lo que ya era.
―¿Y por qué estás tú tan temprano?
―oculté las flores detrás de mí.
―Porque te amo ―me abrazó del
cuello y me besó―. Y tú, ¿por qué tan temprano?
Todo se veía extraño en el lugar, a
pesar de ser el mismo, se veía diferente, como con un nuevo color… con vida.
Miré hacia todos lados buscando algo nuevo y la miré a ella. Tanta
desesperación que sentía en esos días, que había olvidado el motivo por estar
ahí, por seguir ahí, ese motivo que me hacía levantarme todos los días en busca
de algo mejor: Ella, para darle lo mejor.
―Ya tengo trabajo ―le dije
sonriendo dándole las flores.
Volvió a abrazarme y me susurro al
odio:
―Yo también ―dijo con dulzura.
―Yo también ―respondí sin dejar de
mirar sus ojos.
―Sí, lo sé, acabas de decirlo.
―No, yo también, te amo.
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