I
Mariana se acercó a
ella y la abrazó, Annie no sabía qué hacer. Mariana le había mostrado muchas
veces cariño pero nunca lo había sentido de esa manera, se sentía cálida y
segura dentro de esos brazos. Sólo quería estar ahí y nunca separase de ella,
"Intentaré soportar todo lo que pueda" pensaba Annie. Ese abrazo fue
el más largo que se habían dado desde que eran amigas.
—¿Sabes que eres lo más
importante en mi vida? —Mariana dejó de abrazarla y la miró a los ojos— Y
siempre quiero que seas lo más importante en mi vida.
—Sí.
—¿Te quedas conmigo?
—dijo con una sonrisa dulce...
***
Han pasado cinco años
desde que se separaron. Annie regresó a Londres ese mismo día que habló con
Mariana y nunca más volvieron a tener comunicación. Dos años después su Madre
murió y heredó una gran fortuna. Como ya nada la ataba a una vida moderada,
viajaba constantemente, ya no le importaba su vida, todo lo disfrutaba sin
medida. Desde su casa en Londres se ocupaba de los asuntos financieros de las
varías empresas que tenía en muchos países. Tenía una pequeña oficina en su
casa la cual siempre ocupaba para alejarse del mundo más que para trabajar.
—¿Y ahora a dónde
Sebastián?... ¿Australia?... ¡Ya tengo los boletos de avión! —dijo, cuando por
sus ojos le pasaba los boletos.
—Me temo que no
señorita.
—¿Por qué Sebastián? —Annie
se sentó sin muchas ganas.
Sebastián tomó los
papeles del escritorio donde se encontraba Annie y los leía angustiado.
—¡Debe ir a Florencia
tiene que...!
—¿Florencia? —dijo
interrumpiendo.
—Sí, Florencia, la
empresa que...
—¿En Italia?
—Sí —decía Sebastián
extrañado— tiene que...
—¿Dónde sirven comida
italiana?
—¡Sí! —contestó aún más
extrañado a una pregunta tan obvia.
—Su comida favorita —se
levantó y miraba tras la ventana aquel pequeño y único árbol en su inmenso
jardín.
—La empresa tiene
algunos fallos y si no va de inmediato puede perder una gran fortuna.
Annie sonrió triste sin
dejar de mirar por la ventana, después lo miró con los ojos abatidos.
—Sabes que no me
importa el dinero Sebastián, y nada en esta vida… ya nada importa.
—Pero...
—Pero nada Sebastián, ya
todo terminó...
—Si es por la señorita
Mariana le aseguro que si usted yo podría... —decía Sebastian. No tenían
noticias de Mariana desde hace mucho tiempo, pero él sabía que si Annie se lo
pedía la encontraría a como dé lugar.
—¡¡Si vuelves a
mencionar su nombre te mato...!! —reaccionó un poco exaltada.
—Está bien, está bien,
y que hay de... —pensó durante un tiempo mencionar o no ese nombre— ¿Victoria?
—¡Ya estarías
muerto!... ¡¡Jamás vuelvas a mencionar ese nombre!!
—Su padre estaba muy
interesado en esa empresa —dijo cambiando de tema, y la táctica que siempre
usaba para manipularla, su padre, sabía que no podía negarse.
Annie miró nuevamente
ese árbol, el simple hecho de pensar en Italia, le traía muchos recuerdos que
no eran formulados en su memoria, porque no había tales recuerdos en ese lugar,
sólo un pudo haber sido, que no lo fue y nunca lo será.
—El avión sale mañana,
tengo las reservaciones —dejó los boletos sobre el escritorio.
—Claro.
—Mañana paso por usted
—dijo y se retiró.
Annie se quedó ahí
mirando, sólo mirando aquel árbol.
—Mariana —las lágrimas
rodaban por sus mejillas.
A la mañana siguiente,
como si el tiempo no hubiera pasado, Annie estaba en ese mismo lugar
contemplando aquel mismo árbol, con aquella misma nostalgia en su mirada que ya
guardaba desde hace años.
—Niña —entró una mujer
mayor despertando a Annie de su profunda melancolía.
—¿Nana, crees que ya es
momento de quitar ese árbol?
—¿Tú lo crees, niña?
—Tal vez, sí —Annie sonrió
tan triste que su Nana pensó que en cualquier momento lloraría.
—¿Ahora a dónde irás
niña? —le preguntó, porque sabía que cada fin de semana se iba a algún lugar
extraño con Sebastián.
Annie volvió su vista
aquel árbol y pensó por largo tiempo.
—Sebastián no irá
conmigo ahora Nana... esta vez iré sola.
—¿Sebastián no irá?
—No —Annie miró el
reloj que se encontraba junto a una fotografía de su padre, agachó la cabeza
como si le pidiera perdón a aquel retrato—. Se me hace tarde, debo irme.
Annie decidió salir de
la oficina, dio la vuelta y miró ese árbol tras el cristal de la venta.
—Nana, cuando
regrese... ese árbol, ya no quiero que este ahí.
Annie besó la frente de
su Nana, de su amiga y su segunda madre. Aquella mujer la había cuidado desde
bebé, compartía sus alegrías y sus tristezas.
—¿Dónde está aquella
sonrisa que vi aquella vez? —decía mirando ese mismo árbol que Annie observa
con gran insistencia.
Annie desde la muerte
de su padre dejó de sonreír, era una persona fría, no confiaba en nadie. Su
Nana empezó a recordar un momento de la vida de Annie que jamás olvidara...
—¡¡Nana!!
Decía Annie entrando
por la puerta trasera de la cocina y discutiendo con su chofer y amigo,
Sebastián.
—¡Nana! —dijo una vez
más— ¡¡Vi los ojos más bellos y verdes del mundo!!
—¡No eran verdes! —dijo
Sebastián— ¡¡Son azules!!... tan azules como los míos— en un tono de altanería.
—Sebastián, son verdes
y si fueran azules, aun así seguirían siendo hermosos y no como los tuyos —Annie
se quedó pensando por un rato—… y tiene una voz linda.
—¿Linda?... ¿¡Acaso no
escuchaste todo lo que te dijo!?
Su nana sólo veía la
discusión, tenía una extraña sensación al ver a Annie tan entusiasmada como ya
nunca la veía.
—¡¡Nana!! —se dirigió a
ella, y de su cara se asomaba una sonrisa que iluminaba su rostro— ¡Su lenguaje
es..., es como la de un camionero!
Annie y Sebastián reían
sin parar y su Nana lo hacía también sin entender muy bien por qué sólo era
feliz viendo sonreír a Annie otra vez.
—¡Pero, Nana! —dejó de
reír Annie— ¡¡Tiene unos ojos verdes bellos!!
—¡No son verdes! —decía
Sebastián.
—¡¡Sí, Sebastián, son
verdes!!
Tomaron esa discusión
por minutos sin dejar de gritarse y reír a momentos recordando las palabras de
aquella chica de ojos verdes.
—¡Está bien Sebastián!
—dijo Annie con la voz ya cansada de tanto discutir— Si son verdes, tú plantarás
un árbol de arándano, ahí —dijo señalando el patio trasero.
—Pero señorita, a su
madre no le gustan los árboles, ella adora su jardín así como está.
—¡De eso se trata la
apuesta Sebastián! —Annie extendió la mano— ¿Aceptas?
—¡De acuerdo! —dijo Sebastián
y tomó su mano.
Era el segundo fin de
semana que Annie regresaba a su casa en Londres y esta vez llegaba más feliz
que la semana anterior.
—¿Sebastián, de qué
color son sus ojos? —decía Annie con una sonrisa maliciosa.
—Verdes, señorita —dijo
apenado y sacando un pequeño árbol de la parte trasera del auto.
—Hora de cumplir tu
paga... —Annie se alejó con una sonrisa en sus labios.
—¿Puedo saber qué
significa eso, señorita? —dijo su madre cortando su paso.
—¡Verdes! —volvió a
dibujarse otra sonrisa aún más grande— ¡¡Cómo el arándano!!
Una pequeña ráfaga de
viento movía las hojas de aquel pequeño árbol.
—¿Dónde quedó aquella
niña alegre? —decía su Nana al volver a la cruda realidad— ¿Dónde está esa niña
maravillada con esos ojos verdes? Esos ojos verdes que ahora le traen
amargura...
—¡Matilde! —entró
Sebastián— ¿Dónde está la señorita?
—Se fue hace un rato.
—¿Se fue?... ¿A dónde?
—No lo sé.
—¿Qué?
Sebastián fue al
escritorio donde Annie guardó los boletos de avión junto con los de Australia,
pero en ese cajón sólo estaban los boletos a Italia.
***
—¿No sabes cuánto
tiempo estaremos allá? —preguntó Mariana.
—No estoy segura de cuánto
tiempo nos llevemos, sabes que confían en nosotras, sino ni siquiera pisaríamos
ese lugar, ninguna buena empresa nos ofrece casa amueblada y una vida cómoda
—Cristin se puso triste suspiró y continuó—. Si te gusta, estarás hasta hacerte
viejita... ¿Segura que deseas ir?
—Sí, por mí está bien.
—¿Aunque no tengamos
tiempo de casi nada?
—No importa.
—¡Es mejor la oficina
en Florencia, es un caso muy extraño, sólo así de momento nos llamaron, si nos
mandaban a otro lado hubiera sido el infierno, y claro como a ti te gusta
Italia, será mucho mejor!
—No me gusta Italia
—dijo Mariana con una pequeña sonrisa—. Me gusta su comida.
—Como sea, arregla tus
maletas y paso por ti.
—¿¡Pero a dónde vas!?
—preguntó angustiada.
—Sólo iré por los
papeles a la oficina... no podemos irnos sin saber a quién nos enfrentaremos...
¿Por qué te preocupas tanto?... Reaccionas como si nunca fuera a volver.
—Lo siento.
—Te preparas y paso por
ti.
Cristin salió del
departamento, Mariana se quedó sólo mirando la puerta, tenía un miedo horrible
a la soledad. Siempre imaginaba que Cristin nunca volvería, esa fue la
consecuencia que dejó la partida de Annie.
Mariana se sentó en el
pequeño sillón que daba a la ventana. Se alojaban en un pequeño departamento,
su vida había sido complicada después de que dejó a su familia. Miraba las
luces que iluminaban la gran ciudad. Pensaba en todo lo que había pasado en
estos cinco años y cuando dejó su casa para vivir con Cristin, aún estaba
confundida.
—Cada vez me alejo más
de ti... —se decía— ¿Lo nuestro nunca volverá a ser?
Se quedó dormida, desde
hacía tiempo tenía sueños con Annie, siempre le pedía que se quedara con ella.
—Mariana —decía una voz
que la sacudía para despertarla— Mariana.
—¿Te quedas conmigo?
—decía dormida y sollozando.
—Sí, lo estaré —dijo
Cristin.
Mariana despertó, ni
siquiera pudo sonreírle porque no era la persona de la cual le gustaría
escuchar esas palabras. Sentía un vacío tan grande al saber que su amor estaba
perdido en algún lugar del mundo.
—Pero si no te apuras
nos dejará el avión —dijo Cristin con una sonrisa tierna y ayudándola a
levantarse. Tenían escasos minutos para salir, preparaban su equipaje. Cristin
sin querer tomó un cuaderno y trató de leer su contenido. Mariana se dio cuenta
y se lo arrebató de las manos.
—¿Algún día me
enseñarás lo que escribes ahí? —preguntó Cristin. Mariana la miró apenada—.
Bien, no exigiré nada... son tus cosas y las respeto.
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