I
Algunos árboles
empezaban a perder sus hojas, algunos conservaban unas cuantas amarillas y cada
vez más secas. Los últimos rayos del atardecer hacían ver como si el fuego
saliera de los árboles al reflejarse en sus hojas muertas.
Mariana gustaba de
caminar sobre las hojas, adoraba el sonido que éstas hacían al pisarlas.
Llevaba algunos libros entre sus brazos, se sentía algo sola de que Annie no
caminara a su lado, pero sabía que en alguna parte de Londres había un gran
amor que pensaba en ella. Disfrutaba de ese momento de paz y tranquilidad. Con
elegancia y majestuosidad llevaba el uniforme azul del Colegio. Sus ojos verdes
brillaban con aquel radiante sol que estaba a punto de ocultarse y respiraba el
aire fresco de aquella tarde.
Perdida en sus
pensamientos frente a ella se acercaba una silueta no más alta que ella, no la
tomó en cuenta hasta que estuvieron a una distancia menor, porque había una
tierna sonrisa que acompañaban a unos dulces ojos claros. Mariana no se
explicaba porque esa persona le sonreía, pero por cortesía también le sonrió un
poco apenada, y extrañada apresuró el paso. No pudo evitar ver a aquella mujer
de rasgos finos, de un hermoso rostro, pero no más que sus ojos color miel.
Mariana trató de esquivar a la mujer, pero ella se ponía en su camino jugando
en cada movimiento que daba para intentar pasar. Mariana alzó la mirada, estaba
sonrojada y sólo pudo sonreírle, la mujer se le acercó tanto que pudo sentir la
tibieza de su cuerpo.
—Tu mirada verde es
mucho más hermosa cuando sonríes —le dijo casi al oído y se alejó de ella.
Mariana giró para verla
y reconoció aquella silueta "La nostalgia no va en tu mirada verde"
recordó esas palabras que le había dicho esa mujer en el aeropuerto el día que Annie
se marchó a Londres. La vio alejarse, se sentía envuelta en una extraña magia.
El caminar de aquella mujer era seguro, su oscuro y rizado cabello se movía tan
ligeramente como si burlara a las ráfagas del viento, que a comparación del
suyo tenía que apartarlo de su rostro para seguirla viendo, hasta que se perdió
al doblar la esquina.
***
Ya habían pasado más de
dos semanas desde que Annie se fue a Londres, Mariana se sentía cada vez más
sola, jamás había sentido el vacío que la acompañaba ahora, ni aun cuando eran
amigas habían estado lejos una de la otra por más de dos días. Una tarde cuando
Mariana salía del colegio.
—¡Señorita, Guilloth!
Se acercó a ella una
hermana, que traía consigo a la madre superiora, que apenas podía estar de pie
por la edad. Años antes era la orden religiosa que se encargaba de cuidar a los
alumnos del colegio, pero aún acudían al Merceus como consejeras de los
alumnos.
—¡Hermana Carmen!...
¡Madre Clara! —dijo entusiasmada y se acercó a ellas para saludarlas.
Annie y Mariana
llevaban una relación muy amistosa con ellas, Annie tenía que llevar muchos
regaños de la madre Clara por su comportamiento tan desastroso que llevaba
dentro del colegio, y también gustaban de las galletas que llevaban con
frecuencia.
—Nos enteramos que la
señorita Villier, de que Annie regresó a Londres —dijo la hermana Carmen.
—Sí, tiene unas semanas
que se fue —contestó con tristeza.
—¿Pero regresara? —preguntó
la madre con angustia.
—Sí —Mariana miró a lo
lejos entristecida y suspiró—. Eso espero.
La madre se apartó del
brazo que la ayudaba a estar de pie para llegar a Mariana, tomó su rostro con
su mano, que temblaba por la edad, e hizo que Mariana se agachara para escuchar
las palabras que intentaba decirle.
—Mariana Durkheim —le
susurró al oído.
Mariana se apartó
extrañada y apenada le dijo:
—Me llamo Mariana Guilloth.
La madre volvió a
tomarla con su mano, y con algunas lágrimas en los ojos le murmuró:
—Que su amor no termine
así —le dio unas palmaditas en la mejilla de Mariana con ternura.
Mariana se quedó parada
sin entender lo que le había dicho, o si lo entendió, pero no se explicaba cómo
lo sabía, y se preguntaba quién era Mariana Durkheim. Ya era una rutina el
caminar sola de regreso a casa, pensaba en Annie, miraba el suelo y como pisaba
las hojas secas sobre el pavimento. Caminaba sin nada más hasta que recordó a
la mujer del otro día. Mariana se paró de golpe y alzó la mirada lentamente con
un poco de miedo por si se la encontraba, pero frente a ella sólo había hojas
secas y las que caían de los árboles. Al darse cuenta que no había nadie dio un
suspiro de alivio.
—Qué hermoso suspiro,
¿puedo saber para quién es?
La voz sonó detrás de
ella. Mariana volteó rápido, ya sabía quién era. Esa misma voz de aquella
mujer. Mariana no pudo evitar poner su cara de asombro al estar frente a ella.
—Lo siento, no fue mi
intención asustarte —dijo la mujer apenada—. ¿Estás bien?
Mariana no contestaba,
sentía sus piernas temblar, había algo en esa mujer que no dejaba que su cabeza
articulara palabra alguna. Se dejó envolver por esos ojos claros y una
misteriosa sonrisa, que por alguna razón le recordaba a Annie. "Annie"
pensó rápidamente.
—¿Estás bien? —volvió a
preguntar acercándose más. Mariana dio un paso atrás como si quisiera huir— No
te haré daño —dijo aquella mujer sonriendo.
—Perdón, sólo que...
que...
—¿Qué, te extraña
volver a verme? —preguntó.
—Sí.
—¿Crees qué te estoy
siguiendo? —sonrió dulcemente.
—¡No! —dijo nerviosa.
—Pues... deberías
pensar lo contrario, porque podría estar haciéndolo —le sonrió—. ¿Puedo caminar
contigo?
Esa dulzura en cada
palabra que decía, Mariana no sentía miedo al estar con ella, le proporcionaba
cierta ternura y confianza. Las dos caminaban, Mariana sentía sus piernas
temblar y sus manos apretaban con fuerza el libro que sostenía.
—Por cierto, mi nombre
es Victoria Kovich —la miró, parecía que la sonrisa de sus labios nunca se
borraba.
—Ma... Mariana... mi
nombre es Mariana Guilloth—dijo nerviosa.
—¡Mariana! Hermoso nombre...
para tan bella mujer.
—Gracias —le dijo sonrojada.
Los ojos de Mariana se iluminaron, no tanto como el rubor de sus mejillas.
—¿No te da miedo
caminar con una extraña?
—No. ¡No soy una niña!
—contestó un poco molesta.
—Sí, de eso me doy
cuenta perfectamente... —la miró de arriba abajo— no eres una niña.
"Niña" esa
palabra hizo que recordara a Annie, "Parecías una niña tonta", las
palabras le taladraron los pensamientos y reaccionó. Volvió a pararse de golpe,
Victoria tuvo que mirar atrás a donde Mariana se había quedado.
—¿Pasa algo?
—Sí, tengo que irme.
—No te preocupes, sé
dónde vives... te dije que pensaras lo contrario sobre mí —dijo sonriendo al
ver la cara de Mariana.
Esta vez sí se asustó
un poco, pero esa dulce sonrisa volvió aparecer en Victoria, y era como un
dispositivo que la inyectaba de seguridad.
—No te asustes... en
realidad no te estoy siguiendo —le dijo poniendo su mano en el hombro de
Mariana— sólo que vivo en tu calle... por ahora, una mujer como yo sin nada que
hacer en sus ratos libres salgo a caminar y te vi de casualidad salir de tu
casa, después te encontré en la calle de regreso a casa... y ahora... créeme
sólo es casualidad... sólo una hermosa casualidad.
Caminaron otro gran
trayecto, Mariana por primera vez sentía que no había palabras en su boca, sólo
se miraban y sonreían, faltaba poco para llegar a casa de Mariana.
—Y, la persona por la
que llorabas, ¿ya regresó, o nunca lo hará? —preguntó impaciente.
La mirada de Mariana se
puso más verde de lo acostumbrado entre miedo y tristeza.
—No, no ha regresado
—le dijo triste y advirtiendo que regresara.
—¡Ah qué pena!, así que
esos dulces ojos verdes seguirán tristes por mucho tiempo.
—¿Verdes?
—Sí, verdes —le dijo
sin dudar—. Como el arándano.
Mariana frunció el
ceño, no entendía lo que Victoria estaba diciendo.
—¿Cómo el arándano?
—preguntó.
Victoria entre una
pequeña sonrisa le dijo:
—Tú debes ser la
hermosa flor del arándano, y tus ojos... del color del fruto... verde azulada
—paró y la miró fijamente—. Pero definitivamente tu mirada verde es más hermosa
cuando sonríes.
Victoria se alejó a
pasos lentos, Mariana estaba extrañada, nunca nadie había hecho una comparación
así de sus ojos. Empezó a caminar más
confundida que antes, se paró y miró a un costado, sin darse cuenta ya estaba
frente a su casa.
Antes de acostarse recordaba
las palabras de Victoria "Tu mirada verde es más hermosa cuando
sonríes".
—Verde —decía Mariana
mirándose al espejo. Sonreía consigo misma y en su mente se repetían las
palabras que le dijo sobre el arándano y recordó las palabras que le dijo su padre
cuando ella tenía seis años.
—¿Papi, por qué todos
dicen que mis ojos son azules si son verdes? —le decía con ternura y tristeza.
—Porque sólo las
personas que te aman sabrán que tu mirada es verde —le decía mientras la traía
a sus brazos—, pero la persona que más te amará sabrá que son verdes, con sólo
mirarte una vez.
—¿Por qué? —decía
Mariana con los ojos llorosos y cada vez más desesperados.
—Porque así es el amor
—y suspiró—. No importa el corto tiempo que te vea, siempre estarás en su
mente... siempre tu mirada será lo único que desee ver.
Mariana recordó que
sólo una persona pudo decir que sus ojos eran verdes con sólo verla por corto
tiempo, y esa persona fue Annie. Muy pocos sabían el color de sus ojos, pero
ahora Victoria lo supo, se dio cuenta a pesar de que Mariana lloraba en ese
momento. Se recostó en su cama, su cabeza estaba llena de pensamientos, no
sabía si en ellos estaba Annie o Victoria, suspiró y en ese suspiro se quedó
dormida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario