II
Pasaron los días y los
encuentros que tenía con Victoria eran muy frecuentes. Y en poco tiempo Victoria
y Mariana se volvieron amigas. Paseaba con ella por el colegio, pensó que no
tendría problemas pero...
—Señorita Guilloth,
¿qué significa esto? —le dijo Emilia, la coordinadora del Colegio. Mariana y Annie
no eran de su agrado, por la relación tan amistosa que tenían.
—Sólo... sólo —Mariana
no sabía que contestar, tenía que pensar en algo y rápido— ¡Le estoy enseñando el colegio! —terminó por decir.
—Para eso está el
comité, señorita Guilloth —remarcó Emilia.
—Viene de paso, va a
inscribir a su hijo aquí... y el comité me pidió que le diera el recorrido.
—De acuerdo, señorita Guilloth
—le dijo y se retiró.
Mariana suspiró
aliviada porque la coordinadora había creído sus palabras. Victoria se le paró
enfrente y la miró dudosa.
—Dígame, señorita Guilloth,
¿tan vieja me veo cómo para tener un hijo?
—¡No! —dijo apenada—
Sólo era para despistar... si te das cuenta aquí vienen personas de edades
distintas, desde niños de seis años, hasta personas como yo.
—Está bien, señorita Guilloth
—le dijo haciendo burla a la coordinadora que era una vieja estirada—. Recuerda
que sólo soy cuatro años mayor que tú.
“¿Cuatro años? ¿Cómo lo
sabe si nunca le he dicho mi edad?” se preguntaba Mariana. Después de un rato
ya no le dio importancia a ese comentario.
—Ven, te enseñaré un
lugar donde nadie podrá molestarnos —dijo Mariana entusiasmada.
Llegaron a "el
vuelo", Victoria quedó impresionada por tan peculiar lugar, Mariana la
llevaba entre tantas cosa viejas hasta que llegaron a la barda. Mariana se
sentía extraña, ya que no había estado con nadie más que no fuera Annie.
—Bueno, Victoria, este
es "el vuelo" —dijo y extendió sus manos respirando con fuerza el
aire.
—¿El vuelo? Interesante
nombre.
—Sí, todo mundo cuenta su
historia —dijo con tristeza.
—Me gustaría
escucharla.
—No sé muy bien...
además es una larga historia —dijo Mariana sin ganas.
—No importa tengo toda
la tarde.
Mariana empezó a
caminar hasta llegar al abandonado invernadero, recordó la vez que vio la margarita
en el suelo y decidió no acercarse.
—Es una historia de
amor… imposible, imposible para los demás… Mariana, así se llamaba la chica,
igual que yo, ella gustaba de las flores y la jardinería. Era una niña rica,
sus padres daban fuertes donativos al colegio. Ella se enamoró de su compañera,
era un amor puro y sincero, porque las dos lo sentían. Ocupaban el mismo
dormitorio, por mucho tiempo nadie se dio cuenta de su amor...
Mariana se dirigió a la
jaula, Victoria la seguía con la mirada envuelta por la historia que le estaba
contando.
—Y la otra chica…
—continuó Mariana mientras sus manos se posaban en las barras viejas y oxidadas
de aquella jaula— nadie sabe su nombre o nadie quiere recordarlo, mientras
Mariana cuidaba de las flores, ella jugaba con las palomas que había en esta
jaula. Su amor era grande y profundo… pero imposible.
Mariana miró a Victoria
y volvió a donde ella estaba, miró hacia abajo de la barda.
—Cuando la otra chica
se enteró de que su amor ya no podría ser... se suicidó, se lanzó desde aquí y
dejó salir a las palomas de la jaula. Todos voltearon hacia arriba por el ruido
que las palomas hacían y la vieron a ella parada sobre la barda con los brazos
extendidos y se lanzó al vacío. Por esa razón lo llamaron "el
vuelo"... las palomas jamás regresaron y es todo lo que sé.
—Qué tristeza.
—Sí, desde entonces el
Colegio no es el mismo, no dejan subir a nadie aquí, y se prohibieron los
dormitorios.
—Mariana —dijo Victoria
en un suspiro mirando aquel viejo invernadero.
Mariana recordó las palabras
de la madre Clara “Que su amor no termine así... Mariana Durkheim”, recordó el
nombre de la chica.
—¡Mariana Durkheim!
—dijo Mariana exaltada.
Tomó la mano de Victoria
sin querer, pero la soltó rápido al darse cuenta de lo que había hecho.
—No te preocupes, no
por tomar mi mano te comprometes conmigo o signifique que quieres algo… —le
dijo sonriendo.
—Debemos bajar —dijo
Mariana avergonzada.
Bajaron las escaleras,
recorrieron algunos pasillos de ese mismo edificio hasta llegar a un lugar
donde había cajas sobre las mesas, parecían archivos viejos y abandonados.
Mariana empezó a buscar entre los papeles de las cajas.
—¿Puedo saber que
buscas? —preguntó a Mariana al verla tan impaciente buscando.
—Sí, a Mariana
Durkheim, ¿puedes buscarla por favor? —dijo.
Victoria al igual que
Mariana, pasaba papeles por papeles de aquellas cajas.
—¡Lo tengo! —dijo
Mariana y sacó un fólder azul lleno de polvo.
—¿Qué es lo que quieres
de ella? —preguntó Victoria.
—Saber cómo se llamaba
su compañera de cuarto... pero, pero aquí no, ¡¡No hay nada!! —dijo al examinar
el fólder— ¡No menciona a nadie!
—Tal vez nunca existió
—dijo Victoria llevando otro fólder—. Porque aquí hay datos de dos chicas y
ocupaban el mismo dormitorio, tal vez Mariana nunca tuvo una compañera sino…
—¡No!, sí la tuvo...
estas marcas son señales que había otro nombre aquí —le acercó el fólder a Victoria
para que lo viera— Sólo… lo borraron... ¿Qué tanto pudo haber perjudicado a
este colegio para que hicieran algo así?
—Es por eso que nadie
sabe el nombre de la otra chica...
—Sí. Alguien lo sabe
—dijo Mariana y pensó—, la madre Clara, ella trabajaba aquí antes.
—¿Quién? —preguntó Victoria
al no escuchar bien el nombre.
—Esta parte del Colegio
no está dentro del recorrido señorita Guilloth —entró Emilia provocando un
susto enorme en las dos—. Y mucho menos los archivos de este Colegio —dijo y le
arrebató el fólder de las manos.
Mariana no tuvo nada
que decir y sólo salieron avergonzadas del lugar. Emilia ya no puso el fólder
en el lugar que estaba, era un archivo, que consideraba, tenía que desaparecer.
***
Hace un mes que Annie se
fue a Londres, no le hablaba muy seguido a Mariana, no sabía cómo estaba ella,
no sabía nada y eso le dolía.
Un día, después de que
recibió la llamada de Annie diciéndole que tardaría más de lo esperado, Mariana
se sintió abandonada y cada vez más sola. De vez en cuando se veía con Victoria
en el bar, por ahora era la única compañía que tenía. Saúl observaba a Mariana
desde una mesa en la esquina, veía como Victoria jugaba con su cabello y eso le
molestó. Se levantó de su mesa y a pasos rápidos se dirigió a Mariana. Sin
saludarla a ella ni a Victoria, la tomó del brazo, se la llevó a la barra del
bar y la sentó a la fuerza.
—¿Por qué eres tan
agresivo? —se quejó Mariana, ya estaba un poco tomada.
—¿Mariana, qué estás
haciendo? ¿Engañando a Annie?
—¡¡No!! —gritó.
—¿Entonces qué
significa eso? —preguntó y señaló a Victoria.
—Saúl —decía Mariana
mirándolo a los ojos—, ¿cuándo supiste que mis ojos eran verdes?
—¿Qué tiene que ver el
color de tus ojos con esto? —dijo molesto.
—Sólo contesta,
¿cuándo?
Saúl no quería
contestarle, sabía que Mariana ya estaba demasiado tomada, pero ella insistía
en que le contestara la pregunta.
—Me cautiva el azul de
tus ojos… —decía apenado después de un tiempo— Así empezaba el poema que me
aventaste a la cara gritándome que tus ojos son verdes.
—Sí, es cierto —Mariana
no pudo evitar reírse al recordar eso.
—Es difícil saber de
qué color son, no cualquiera puede saber a la primera —aseguró Saúl.
”Pero la persona que
más te amara, sabrá que son verdes, con sólo mirarte una vez”. Recordó las
palabras de su padre.
—No cualquiera —y miró
a Victoria—, no cualquiera —se levantó y dejó a Saúl más molesto que antes.
Mariana se sentía
envuelta en un sueño, no se daba cuenta que lo único que quería hacer era
librarse de la soledad que Annie le había dejado. Victoria jugaba con su
cabello, se acercó a su oído y deposito un pequeño beso. Mariana se estremeció,
no por el contacto de los labios de Victoria, recordó las palabras de Annie "Si
alguien besa cualquiera de tus oídos, no le importas sólo juega" lo
escuchó sólo una vez dentro de su cabeza y se apartó de Victoria un poco
alterada.
—¿Hice algo malo?
—preguntó.
—No, nada —tomó su bebida
y se la llevó a la boca.
Victoria parecía
satisfecha con todo lo que Mariana estaba bebiendo, y alegre porque sabía que
pronto Mariana estaría inconsciente.
—¿Mariana nos vamos?
—preguntó Saúl.
—No, Annie me llevará a
casa, como siempre —dijo Mariana y volvió a tomar su bebida.
—Mariana, Annie no está
aquí —le aseguró Saúl.
—¡¡Cierto!! Lo
olvidé, Annie no está, que lastima, ¿y
por qué no está? ¡Ya sé! Fue a cuidar a su Mamá a Londres. ¿Saben?, su madre es
muy linda, nunca la he visto, pero si es como Annie debe ser muy hermosa,
¿verdad?
—Sí, sí lo es —contestó
Victoria.
Saúl y Mariana quedaron
extrañados con la respuesta de Victoria, ya que Mariana jamás le había hablado
de ella.
—Vamos Mariana, yo te
llevaré a casa, ya tomaste demasiado y no sabes lo que dices —insistió Saúl.
—¡¡No quiero!! —gritó
con toda la fuerza que aún podía salir de su boca— Y aun estando ebria sé lo
que digo y lo que hago. Así que déjame tranquila, quiero quedarme más tiempo.
—No te preocupes Saúl,
yo la llevo a su casa —decía Victoria—, Mariana estará bien.
—Es por eso que me
preocupo —dijo murmurando.
—Perdón.
—Que estoy de acuerdo,
sólo cuídala bien —dijo Saúl y se alejó de su mesa un poco preocupado por haber
dejado a Mariana.
Después de un largo
rato Mariana ya está un poco inconsciente.
—Creo que es hora de
irnos —dijo Victoria.
—Sí, tenemos que irnos
—Mariana miró a todo lados y empezó a llorar—. Annie no está, no puede llevarme
a casa.
—Yo te llevaré Mariana.
Tomó a Mariana del
brazo y la sacó del lugar. Todo el camino decía incoherencias y sólo hablaba de
lo mucho que extrañaba a Annie. Había algo extraño en Victoria, no se notaba
que fuera la misma persona que Mariana había conocido.
—¿Dónde estamos?
—preguntó Mariana confundida al ver un lugar confortable pero extraño para
ella.
—Estamos en mi casa…
ven debes dormir un rato.
—No, quiero volver a mi
casa —dijo, y tambaleándose se dirigía a la puerta.
—No te preocupes, aquí
estás bien —la tomó del brazo y la llevó a su habitación.
Mariana se recostó en
la cama, Victoria se sentó junto a ella y empezó a desvestirla.
—¿Qué haces? —reaccionó
confundida.
—Sólo es para que
duermas cómoda… eres hermosa —le dijo acariciando su piel suave y tersa.
Victoria se acercó lentamente
al rostro de Mariana, y empezó a recorrerlo con sus labios.
—Es la única manera en
la que puedes librarte de la soledad —Victoria miró a Mariana con cierto fuego
de ira—. Esta es una dulce venganza.
Mariana despertó con un
fuerte dolor de cabeza, miró a todos lados, se percató de que estaba desnuda y
tapó rápido su cuerpo con la sábana. Victoria estaba sentada en la esquina de
la cama vistiéndose.
—¿Qué pasó? —preguntó
Mariana sin intención de preguntar.
—Nada, nada que tú no
hubieses querido.
Victoria terminó de
vestirse y salió de su habitación. Mariana se levantó y empezó a vestirse.
—Claro, nada de lo que
yo no hubiera querido —dijo Mariana y sonrió con un poco de remordimiento.
Mariana subió a
"el vuelo", se sentía aliviada recordando todas aquellas cosas que
pasaba junto a Annie, era un buen lugar para escribir sobre lo que estaba
sintiendo en su interior. Tomó su cuaderno y opacó sus dulces ojos verdes con
los cristales de unos lentes, no le gustaban pero tenía que usarlos para no
lastimar sus ojos. Abrió su cuaderno y empezó a leer suavemente.
Nunca había pensado en
ti,
Nunca había imaginado
como eras;
Tan llena de verdad y
luz,
Tan llena de ternura y
pureza.
A veces ya no puedo
decirlo,
Es cuando cierro mis
ojos y te encuentro...
Eres un mar de
esperanzas,
Un ángel sin alas.
La luz que me hace
brillar,
El sueño escondido,
Eres el secreto no
compartido,
Eres la fuerza que he
encontrado,
Para que mis pies no
toquen el suelo...
Terminó de leer y su
mirada se perdió a lo lejos, sus labios empezaron a moverse y su voz se oía
entrecortada por el llanto que intentaba que no se apoderara de ella.
Sin embargo...
Siento que el tiempo se
ha perdido,
Pues nunca quise ver lo
que tu amor pudo hacer,
Es cuando siento que
mis sueños ya no podrán volar.
Quisiera que en este
momento detuvieras mi corazón,
Como lo hiciste aquella
vez en la que intente no llorar,
En la que mis emociones
se desbordaron...
Y mi cuerpo se quedó
sin fuerzas,
Y mi corazón sin
ninguna defensa...
Ante esa mirada azul...
Detuvo sus palabras
para que en su cabeza se pudiera visualizar con exactitud la hermosura de los
ojos azules de Annie, cerró los ojos y sonrió dulcemente para ese bello
recuerdo.
Ante esa mirada azul
llena de verdad,
Sólo me queda esperar
y...
Guardó silencio al sentir
a alguien detrás de ella...
—De Mariana… para Annie
—dijo Victoria sonriendo.
—¿Annie? —dijo Mariana
sorprendida ya que nunca le había hablado claramente de sus sentimientos por
ella.
—Sí, Mariana y Annie —dijo
y señaló el corazón en la barda—. ¿Es ella por quién lloras?
Mariana miró el corazón
detrás de ella, se le había olvidado ese pequeño detalle, sonrió y se llevó la
mano al rostro para poder quitarse los lentes.
—No —dijo Victoria deteniendo
la mano de Mariana—. Te ves muy linda con ellos… y quiero que me leas algo de
lo que escribes, de lo que escribes para Annie.
Victoria miró otra vez
el corazón en la barda y se agachó un poco sorprendida. Lo examinó por un largo
tiempo mientras Mariana la veía extrañada por su comportamiento.
—¿Por qué tu nombre y
el corazón son menos visibles que el nombre de Annie? —preguntó impaciente.
—Porque ese nombre y el
corazón llevan mucho tiempo allí.
Victoria se levantó y
la miró más confundida que antes. No tenía intensión de preguntarle, pero tenía
una gran curiosidad de saber el porqué.
—¿Recuerdas a Mariana
Durkheim?
—Sí —contestó Victoria sin
entender.
—Bien, pues ese corazón
es de ella, lo encontramos por casualidad, sólo se veía el nombre de Mariana… y
Annie sólo grabó el suyo.
—Ah, ya entiendo.
Mariana le sonreía
nerviosa al saber que Victoria ya sabía quién era la persona por la que sufría
y cual era esa manera en la que sufría.
—¿Me leerás algo? —preguntó
Victoria después de un rato.
—Yo… yo —titubeó
Mariana poniéndose roja.
—Sólo algo pequeñito
—dijo dulcemente para que Mariana se tranquilizara.
Tomó su cuaderno y
pensó en el poema que había escrito ayer después de la llamada que recibió de Annie
diciendo que tardaría mucho más tiempo en regresar. Tomó aire y empezó a leer…
En este tiempo…
Tu amor detuvo mi
corazón
Sin esperarte llegaste,
Sin esperarte hiciste
todo cambiante.
Ahora no estás para
responderme
Ahora que los vientos
se hacen más fuertes
Ahora que infinitas
miradas me aguardan
Y entre ellas no brilla
la tuya...
Intento comprender el
momento y hacerlo mío,
Pero quiero compartirlo
contigo.
Ya no hay palabras,
esta vez permaneceré callada,
Esta vez...
Mariana paró de leer al
ver los dedos de Victoria sobre el cuaderno, decidió no mirarla y sólo veía
como lentamente el cuaderno se alejaba de sus manos. Su corazón empezó a
temblar con una fuerza demasiado grande para ella, alzó la vista y vio el
rostro de Victoria acercándose a ella para besarla. Mariana cerró los ojos y
antes de que tocara sus labios le preguntó:
—¿Has estado enamorada?
Mariana abrió los ojos
y se separó de ella, aunque no fue mucha la distancia.
—Sí —contestó Victoria.
—¿Te imaginas estando
con alguien más, amando a otra persona? Eso no se puede hacer.
—No, pero te imaginas
que aquella persona que amas está con alguien más.
—Sí, puedo imaginarlo…
y no, no quiero hacerlo.
—Es difícil saber que a
la persona que amas, no le interesas más… ¿Crees que vale la pena esperar?
—Sí, porque la amo y
ella a mí… nuestro amor es eterno.
Victoria le dio una
sonrisa tierna y se volvió a acercar, Mariana sentía que no podía moverse.
—El amor es eterno
mientras dura —le dijo y le dio una palmadita más tierna y dulce que jamás
había sentido.
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