III
Las cosas volvieron a
ser como antes, la única diferencia era que Mariana le ponía más atención a Annie
desde que salió del hospital, sentía la necesidad de estar con ella, de
sentirla sólo para ella.
La sala del auditorio
estaba llena, a lo mucho cabían como cincuenta personas, incluyendo a los
maestros. Mariana por ser una de las mejores alumnas de literatura del colegio,
había sido invitada para abrir la presentación de los nuevos alumnos que
gustaban de la poesía. Hacía varios años que Mariana dejó de escribir por un problema
en los ojos, se sentía incomoda intentar escribir lo que no veía con claridad,
para ella era una oportunidad de volver a hacer lo que más le gustaba. Mariana
dirigió a Annie a uno de los lugares vacíos que había al frente, después llegó
Saúl y se sentó a su lado. Annie lo miraba avergonzada, pero Saúl actuaba
diferente, era amable con ella, y se sintió incomoda por su comportamiento tan
gentil. Ella pensaba que Saúl tenía que odiarla por lo que le había hecho.
Annie miraba a Mariana
en el pequeño escenario, siempre la veía tan elegante y hermosa con el uniforme
azul. Mariana hablaba con los maestros que preparaban todo, acomodaron los
micrófonos y despejaron el escenario hasta que Mariana se encontró sola frente
al micrófono. Miró a Annie y sonrió dulcemente, sacó sus lentes, se los puso y
volvió a ver a Annie. Sabía que a ella le causaba risa verla con lentes y esta
vez no fue la excepción, Annie estaba sonriendo, pero no con burla sino con
ternura. Mariana sacó de su bolsa un papel arrugado, lo deslizó hasta hacerlo
visible, el silencio se escuchó y la dulce voz de Mariana empezó a resonar.
Evitando…
Evitando tus ojos
Para que no atormentes
mi alma,
Con una mirada azul que
pueda robarla.
Evitando tu voz
Que pronuncian palabras
tan profundas,
Que puedan perturbar mi
alma.
Evitando un abrazo
Del cual no pueda
escapar
Y quedar atrapada por
la eternidad.
Evitando tus manos
Que sin saberlo me han
hecho temblar
Y estremecer en cada
contacto.
Evitando tu sonrisa
clara
Que parte mi corazón
En cada resonancia.
Evitando tus silencios
Que puedan desnudar mi
alma
Y encontrar la verdad
de los sueños y esperanzas…
Cada palabra que decía
ponía a murmurar a todos, Annie sentía las miradas sobre ella, su cuerpo
empezaba a temblar y no despegaba la vista de Mariana, pensaba que el poema
podía ser para ella, pero no estaba segura, porque Saúl estaba a su lado y
podía ser para él.
Evitando el sentir de
tus labios
Como aquella primera y
única vez que me besaron,
Y sentir nuevamente el
fuego que despertaron…
Esas palabras la
hicieron estremecer, porque en verdad estaba hablando de ella, y esa mirada de
Mariana al decirlas, sus ojos la veían a ella y no a Saúl.
Evitando el dolor de
morir
Al creer perderte,
evitando tan sólo…
La verdad del amor y el
alma.
Terminó con una pequeña
sonrisa, todos aplaudieron un poco tarde, estaban desconcertados y confundidos
por ese poema. Mariana bajó del escenario, Saúl se dirigió hacia ella y la
abrazó, la esperanza de Annie se desvaneció tan rápido como llegó la ilusión en
ese abrazo.
—¡Bien hecho! —dijo
Saúl.
—Gracias.
Mariana llegó al lugar
donde estaba Annie, aún las miradas se sentían sobre ellas y las palabras se
dejaban escuchar. Annie todavía no podía moverse muy bien por lo del accidente.
—¿Te gusto? —preguntó
Mariana.
—Sí, es muy bonito —le
contestó triste.
Mariana no comprendió,
pensó que Annie había entendido el mensaje, pero tal vez ya era demasiado tarde
y Annie ya no sentía nada por ella. Lo demás sólo fue silencio, escuchaban las
poesías de los demás alumnos. Mariana miraba a Annie que estaba muy atenta
escuchando a los demás, sólo pensaba que ya era demasiado tarde para que lo de
ellas funcionara. Annie sintió la mirada y volteó rápido, Mariana sólo
reaccionó con una sonrisa al ser atrapada de esa manera.
Salieron las dos del
auditorio, Mariana ayudaba a Annie a caminar, pero ella se soltó de su brazo
con fuerza y un poco molesta.
—¡Mariana ya no tienes que
hacer esto, ya estoy mejor!
Los ojos verdes se
encontraron con los azules, todavía un poco cansados y la cara con algunos
raspones.
—No discutas conmigo,
voy a cuidarte, además… quiero estar contigo —dijo apenada.
—¿De verdad?… Claro
eres mi amiga y tienes que cuidarme —contestó Annie tratando de borrar sus
propias ilusiones.
—Si soy tu amiga… —decía
resignada— pero hay algo que…
Annie no escuchó el
final de esa frase cuando se dio cuenta que el color verde de los ojos de
Mariana cambiaron, se veían inyectados de ira.
—¿Qué pasa? —preguntó Annie.
Las palabras de Annie se
esfumaron en su boca, Mariana se dirigía a pasos rápidos a una silueta que
estaba detrás de Annie, no a una gran distancia. Annie tuvo que hacer mucho
esfuerzo para llegar al lugar donde Mariana se encaraba con una persona de su
misma estatura, Annie se dio cuenta que esa silueta era la de Diana.
—¿Cómo te atreves a
estar aquí? —preguntó Mariana con rabia.
—No me gusta escapar de
mis problemas.
—En verdad…
Mariana estaba tan
enfurecida que no media cada palabra que le estaba diciendo a Diana, con un
lenguaje nada amable. Annie se reía con todo lo que Mariana decía, hacía mucho
tiempo que no la escuchaba expresarse así. Todos veían asombrados la discusión
que tenían, no pensaban que en una persona como Mariana existiera un lenguaje
así.
—Es lo que me encanta
de ella... —le dijo Annie divertida al tipo que estaba a su lado— ¡Peor que un
camionero!
Pero la diversión de Annie
y las malas palabras de Mariana fueron cortadas por Diana.
—¡¡Al menos no niego mis
sentimientos!! —gritó Diana.
—¡¡Estás loca!!
—¡¡No tanto como tú lo
estás por ella!! —dijo señalando a Annie.
Mariana miró a Annie con
angustia y desesperación.
—¿Por qué no tienes el
valor de decírselo? ¡Anda, dile que la amas!
—No tengo nada que
decirle —Mariana agachó la cabeza—, porque yo no la amo.
Mariana salió corriendo
del lugar con unas lágrimas entre sus ojos.
Mariana estaba en “el
vuelo”, ese lugar le traía un poco de paz y buscaba el valor para decir sus
sentimientos. Necesitaba un poco de fuerza para que su amor terminara bien. Annie
observaba desde lejos a Mariana, sabía que sus sentimientos por ella no se
habían ido, la amaba como la primera vez desde que dejó de considerarla su
amiga, tenía que resignarse a que ella no la quisiera de la misma manera.
—Hola —Annie se acercó—
¿Sabes?, empiezo a odiar este lugar.
—¿Por qué? Tiene una
vista hermosa —le dijo mirando la capilla y el bosque de árboles colosales que rodeaban
el colegio.
—Sí —dijo mirando a
Mariana—, muy hermosa.
—¿Qué es lo que no te
gusta? —preguntó.
—Por ahora… el trabajo que
me costó subir hasta aquí… aún me duelen las costillas y las piernas.
—Lo siento, no debí
dejarte abajo —le dijo trayéndola con cuidado a la barda.
—¡Oh, no te preocupes!…
Tenías que salir corriendo —dijo Annie riendo.
—Perdón por todo lo que
le dije a Diana.
—No importa, sé que no
lo merece… pero ya lo dijiste.
—¿Todavía la quieres?
—preguntó Mariana inconscientemente.
—¿Eso te importaría?
—respondió Annie con otra pregunta.
—No lo sé.
Dejaron de mirarse,
callaron por largo tiempo. La tarde empezaba a caer, los ojos de cada una se
iluminaba con la luz del sol que se ocultaba, parecía no haber viento pero las
hojas caían de algunos árboles. Annie miraba de reojo a Mariana, adoraba como
se veía su cabello con los últimos rayos del sol, sus ojos verdes iluminados y
entristecidos.
—Lo que dijo Diana…
—dijo Mariana interrumpiendo la exploración que Annie le hacía.
—No, no tienes que
decir nada, sé que no sientes nada por mí.
—Por favor déjame
terminar.
—Está bien.
—Lo que dijo… —tomó
aire— es verdad.
—Pero… pero… bien, bien
sigue hablando.
—No sé cuándo pasó… no,
no tengo idea de cuando mis sentimientos cambiaron… No sé lo que siento… estoy
confundida… no sé qué me pasa, cuando me pidieron que escribiera el poema, lo
hice pensando en ti… iba entregártelo en el hospital, pero no querías estar
conmigo… ¡No sé qué pasa! —dijo Mariana angustiada.
—No digas nada… no
pienses demasiado, los sentimientos son extraños —Annie se acercó a ella.
—Y cuando no estoy
contigo, siento que el aire le falta a mis pulmones, ya no puedo vivir si no es
estás junto a mí… ya no quiero estar sin ti… te necesito.
—¿Y Saúl? —Annie rompió
la magia del momento. Mariana sonrió y volvió a mirar la capilla.
—Nuestra relación… ya
terminó.
—¿Qué? —dijo Annie entre
alegría y curiosidad.
—Días después de tu
accidente, habló conmigo… dijo que mis sentimientos estaban cambiando y que no
era él la persona que deseaba a mi lado.
Annie quedó perpleja
con la noticia.
—Ahora entiendo porque
Saúl nunca fue a visitarme, sé que no le agrado pero…
—No, él me llevaba al
hospital a verte… dijo que eso era lo mejor.
—Y para ti, ¿es lo
mejor? —preguntó Annie.
—Sí —Mariana se acercó
a ella—, porque más que en él, pensaba en ti… todo el tiempo —tomó la mejilla
de Annie—, sólo pensaba en ti.
El acercamiento de Mariana
fue una invitación para que la besara y Annie no podía dejar pasar esta
oportunidad, volvió a acercarse como antes, pero ahora estaba segura que iba a
encontrar una respuesta. Mariana antes de cerrar los ojos le sonrió a esa dulce
mirada azul. Sus labios se unieron tiernamente porque ahora las dos deseaban
ese encuentro. Algunas hojas caían sobre ellas mientras se fundían en un abrazo
que acompañó ese beso hasta el final.
—¿Sabes? —decía Mariana
quitando algunas hojas del oscuro cabello de Annie— Este beso me gusto más que
el primero… más que el segundo… y mucho más que el tercero.
—¿Eh?… Si sólo te bese
una vez.
—No, en realidad tus
labios han tocado tres veces los míos —le dijo tocando los labios de Annie con
sus dedos.
—Pues no recuerdo las
otras dos —dijo pensando.
—El segundo fue aquí,
estabas inconsciente por tanto que habías tomado.
—¡Ah! Por eso no lo
recuerdo, te prometo que no lo volveré a hacer… —Annie alzó la mano en un gesto
de promesa— ¿Y el tercero?
Mariana se volteó y sus
mejillas cambiaron de color y sonreía avergonzada.
—Bueno, en realidad yo…
yo te besé.
—¡¿Cómo?! —preguntó con
alegría.
—Sí, en el hospital… te
desperté del coma, con un dulce beso de amor.
—¿Amor?
—Sí… amor —dijo
Mariana.
Sus cuerpos volvieron a
encontrarse con un abrazo y Annie le reclamó al oído en un tono pícaro y dulce:
—Tú eres la culpable.
—¿Culpable? ¿De qué?
—preguntó Mariana.
Annie le seguía
hablando dulcemente al oído.
—De que la enfermera
siempre entraba diciéndome “¿Cómo está la bella durmiente?” —dijo— pensé que
quería algo conmigo.
—Es mucho mayor que tú
—le aseguró Mariana.
—Bueno, ya sabes lo que
dicen, para el amor no hay edad… supongo que te vio.
—Sí, casi me da un
infarto cuando salió detrás de mí… me daba pena verla.
Las dos reían, pero no
dejaban de abrazarse, sus corazones ya se habían fundido. Una linda tarde
acompañó ese encuentro y la primera estrella fue testigo de un sueño que
renace.
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