IV
La dulzura de tanto
amor tenía que esconderse, no iba a ser permitido que el prestigio de tan
reconocido colegio fuera manchado otra vez por un amor así. Ya todos
sospechaban de su relación y eso era muy peligroso porque podían ser expulsadas
del colegio, así que mantenían su relación a los ojos de los demás muy al margen
de una amistad. Pero eso no funcionó por mucho tiempo, los rumores llegaron
hasta los directivos y eran más vigiladas que cuando Annie se metía en problemas
y hacía de las suyas.
Todas las tarde subían
a “el vuelo” ahí nadie podía arriesgarse a buscarlas, pero ya no podían estar
tan libres como antes viendo a todos desde arriba, así que se ocultaban
sentándose bajo la pequeña barda. Esa tarde hubo algo más, algo de lo que nunca
se habían dado cuenta. Se sentaron a conversar, Mariana miró que en la barda donde
estaban recargadas había un corazón con su nombre, no muy visible por el
tiempo. Annie se dio cuenta que examinaba la barda, se levantó y miró la
inscripción.
—¿Crees qué se ella?
—preguntó Annie intrigada.
—Tal vez… y el otro
nombre que no se ve debe ser de ella… su compañera —tocó la pared y examinó
cada línea que alcanzaba a apreciarse debajo del otro nombre.
—¡Eso es fácil! —dijo Annie.
Tomó un clavo oxidado y empezó a grabar su nombre debajo del de Mariana.
—¡No, no lo hagas!
—dijo asustada.
—Tranquila, no creerás
esa historia… además lo nuestro no terminará así. Ningún superior del colegio
lo sabe y nadie lo sabrá. Al menos el tiempo que sigamos aquí.
Annie siguió grabando
su nombre en la barda, Mariana la miraba temerosa y con cierta preocupación de
que esa historia fuera real.
—Ves, así se ve mejor…
ahora si es un corazón completo —dijo Annie mirando el corazón y su nombre
junto al de Mariana.
Mariana no dejaba de
preocuparse, Annie la atrajo a sus brazos y le murmuró al oído:
—No pasará nada —acarició
su cabello—. Todo estará bien para nosotras. Prepararé la cena para ti.
—Aún no quiero morir
—le dijo asustada.
—Ja, muy graciosa… no
cocino tan mal.
Mariana se apartó de
sus brazos y la miró pícaramente.
—Espero que no sea lo
único que hagas… mal —le dijo sonriendo.
Esa noche Annie estaba
en vuelta en una magia especial, sabía que cocinaría por primera vez para el
amor de su vida y ya no más para su mejor amiga. Como vivía sola, el arte en la
cocina se le daba bien y sabía preparar platillos de muchas partes del mundo.
Arreglaba todo tranquilamente, eran las nueve de la noche cuando escuchó que
llamaban a la puerta. Su corazón empezó a agitarse, estaba nerviosa, abrió la
puerta y vio a Mariana tan hermosa que la dejó sin habla.
—¿Me dejarás aquí toda
la noche? —dijo Mariana al ver que Annie no reaccionaba.
—Te ves hermosa.
—Igual tú.
Sólo un abrazo dio
comienzo a ese encuentro, y a una noche que estaría llena de amor y pasión. Annie
la llevó adentro, a pesar de que Mariana la visitaba casi siempre, nunca había
sentido tanta calidez en esa enorme casa como ahora. La esperaba una mesa con
velas al centro, junto a una chimenea y una luz tenue. Mariana miró la foto
familiar, era una de cuando Annie tenía como seis años, de una mirada dulce que
había heredado de su padre y los rasgos finos de ambos.
Annie se esforzó para
darle a Mariana la mejor noche de su vida. Trajo en elegantes charolas lo que
sería su cena.
—Comida italiana —dijo
Mariana emocionada.
—Crees que después de
conocerte siete años, no sepa lo que te gusta. Sé muy bien todo lo que te gusta
y no —le decía dulcemente—. Eres lo que más me importa Mariana.
Una música romántica
las acompañó durante la cena y una luz tenue que ayudó a dar luz a las velas.
Las dos se miraban y se sonreían tiernamente.
—¿Estás lista para el
postre? ¬—preguntó. Annie se acercó tanto a Mariana que hizo que se pusiera
roja y nerviosa— ¡Tranquila, es muy pronto para eso! —dijo y salió.
Mariana esperaba
impaciente, Annie regresó con un plato lleno de fresas con miel, era el postre
favorito de Mariana. Annie tomó una fresa y se la acercó, Mariana aceptó
comerla de su mano, sus labios quedaron cubiertos de miel. Annie la besó y
disfrutó el dulce sabor. La miró fijamente, amaba el color de sus ojos verdes.
—¿Bailamos? —preguntó Annie.
Tomó la mano de
Mariana, la levantó de la mesa y la atrajo a su cuerpo. Mariana estaba muy
nerviosa, sólo seguía el ritmo suave de la música aferrada al cuerpo de Annie.
Se perdía en el brillo de sus ojos azules que no dejaban de verla y una sonrisa
tierna que la hacía sentir segura es sus brazos. Seguían bailando sin decir
nada, Mariana recargó la cabeza en el pecho de Annie, la música no dejaba ese
ritmo suave que esperaba cualquier pareja de enamorados. Mariana pensaba en lo
que estaba sintiendo, preguntándose cómo había pasado todo, cómo sus
sentimientos habían cambiado de tal manera que su mejor amiga le hacía sentir
el amor más tierno y dulce que no había conocido jamás.
—Te amo Mariana —Annie rompió
ese silencio.
Mariana la miró con
ternura, sus ojos no disimulaban la felicidad que estaba experimentando.
—Y yo a ti.
Mariana la besó
dulcemente, un poco inexperta para besar a una mujer, Annie se dio cuenta de
eso, sonrió y le dijo:
—¿Sabes lo que dicen
que significa cada beso?
—Si es algo cursi no
creo que tú lo sepas —decía Mariana sonriendo, ya que Annie sólo gustaba de la
poesía que escribía Mariana y nadie más, porque no la entendía—, o al menos que
sí, y quieras decirme.
Annie no contestó nada.
Seguían bailando suavemente. Mariana seguía mirándola esperando que le dijera
algo, se acercó más a ella para sentir el calor de su cuerpo.
—Si alguien besa
cualquiera de tus oídos, no le importas sólo juega contigo… en la mejilla… sólo
le interesa tu amistad —y besó su mejilla— …eso también quiero de ti toda la
vida. Si besa tu cabello —Annie depositó un pequeño beso en el cabello rubio—,
no puede vivir sin ti. En la mano —tomó su mano y la besó dulcemente—, te
adora. Con las manos en la cintura —abrazó la delgada cintura y volvió a
besarla—, te ama demasiado para dejarte ir. Viéndote a los ojos —miró aquellos
ojos verdes, Mariana entendió el mensaje y fue ahora ella quien la besó—,
necesita que la beses. En el cuello —besó el cuello de Mariana—, te quiero para
mí.
Ese beso fue
recorriendo todo el cuello de Mariana, recorrió cada parte de ella. Estaban
envueltas en una pasión desbordante. Sin darse cuenta dejaron de bailar y sólo
se fundían en cada beso. Annie empezó a despojarla de sus ropas, Mariana
reaccionó asustada con lo que estaba haciendo.
—Si no quieres no lo
haremos —le dijo dulcemente para tranquilizarla.
—Si quiero, pero… pero…
—No importa… lo
entiendo, lo que importa es que estás conmigo ahora.
—Lo siento —dijo apenada
Mariana y agachó la cabeza.
—No te disculpes, todo
llegará a su tiempo…
—No quiero
decepcionarte.
—¿Tú? —tomó su rostro
entre sus manos y le dijo—: Nunca lo harás.
Esa noche no hubo más
que comprensión y ternura, platicaron de todo como si acabaran de conocerse.
***
En la clase de economía
no tenían que ocultarse tanto, sus compañeros las aceptaban y comprendían su
amor. Ellas aprovechaban esos momentos para demostrar la felicidad que sentían.
Mariana jugaba con las manos de Annie, las dos estaban felices por su amor.
—¿Qué? —preguntó
Mariana al ver que Annie no dejaba de verla.
—Cuando sonríes… me
cuesta creer que estás para mí.
Mariana sonrió al escuchar
esas palabras tan dulces.
—Cada vez que me
reflejo en tus ojos —le decía Mariana—, eres un sentimiento que mi corazón no
puede negar, me haces feliz cuando estás cerca.
—Hola —interrumpió un
chico apenado.
—¡Luís! —dijo
emocionada Annie— Ya te me habías perdido.
—Hola Mariana, ¿cómo
estás?
—Bien gracias
—respondió.
—Se ven bien juntas…
como siempre —dijo Luís.
—¿Esto? —señaló Mariana
a Annie como si fuera un premio— Debo agradecértelo.
Mariana se levantó y le
dio un dulce beso en la mejilla.
—¡Oye!, me voy a poner
celosa —se quejó Annie.
—No, no te preocupes,
ya me voy —la expresión de Luís era de tristeza— ¡Sólo sean felices!
—¿Qué le pasa?
—preguntó Mariana confundida.
—Sabes… él está
enamorado de ti.
—¡Sí claro!, de hecho
todo el colegio —dijo con sarcasmo.
—Es verdad, por eso me ayudó
con lo del video.
—Es muy lindo… y un
buen amigo —suspiró Mariana.
—Sí, es cierto.
Mariana miró el reloj,
sabía que debían separase por un tiempo, pero no lo deseaba, sólo quería estar
con la persona que amaba, pero tenía que resignarse…
—¿Nos veremos en el
almuerzo? —le dijo a Annie para que se diera cuenta que tenía que marcharse a
su otra clase.
—No, sabes que ya no
podemos estar tan libres, todo mundo nos vigila como si fuéramos delincuentes…
sabes que el prestigio de este colegio no puede mancharse otra vez —dijo Annie sonriendo—.
Mejor me esperas en “el vuelo”.
—Sí —dijo Mariana, le
dio un beso en la frente y Annie se marchó.
Ya en “el vuelo”.
Mariana esperaba impaciente, miró la barda y el corazón donde estaba su nombre,
se agachó y recorrió con sus dedos el nombre de ella y el de Annie. Un
escalofrió recorrió su cuerpo, “Lo nuestro no terminará así” recordó las
palabras de Annie.
—Mariana —se escuchó
una voz dulce pero sin vida.
Mariana se levantó
rápido y miró atrás, pero no había nadie. Vio que la puerta del invernadero, ya
a punto de caerse, se azotaba con el aire y volvió a escuchar su nombre
proviniendo de aquel lugar. Mariana se acercó lentamente, a pasos de llegar a
la puerta, terminó por derrumbarse a sus pies. Se metió con mucho cuidado, y en
el suelo encontró una margarita blanca en una pequeña maceta. Cuando estaba a
punto de agacharse a recogerla, sintió una mano en su espalda y volteó
asustada.
—¿Qué haces? —preguntó Annie.
—¡Me asustaste!, Sólo
vine por… —Mariana miró al suelo y se dio cuenta que sólo había tierra y
macetas rotas y viejas. Se preguntó si lo de la margarita había sido una
alucinación.
—¿Sólo viniste por…?
—volvió a preguntar.
—Nada… nada.
Salieron del
invernadero, llegaron a la barda y se sentaron. Annie le platicaba del trabajo
que le costó subir, tuvo que evadir a las personas que la estaban vigilando,
pero Mariana no dejaba de ver el invernadero con temor.
—¿Hay algo de especial
en esa cosa? —preguntó al ver que Mariana no le prestaba atención.
Mariana suspiró y contestó:
—Nada… sólo que es muy
extraño… el ambiente se siente muy pesado. Hace un rato escuche que alguien me
hab…
Annie apagó las
palabras de Mariana con un beso dulce y muy profundo.
—Sólo quería esto, en
toda la tarde es lo único que quería, el sabor que me dan tus labios —dijo Annie—
y si ya no quieres estar aquí, ya podemos marcharnos… además tampoco quiero estar
aquí este día. Es peligroso…
—¿Por qué no? —la miró
extrañada.
—¿No has escuchado los
rumores que circulan por todo el colegio…? —le preguntó Annie.
—¿Los que dicen que tú
y yo somos amantes? —Mariana sonrió divertida.
—Muy aparte de esos…
hoy es otro aniversario más del accidente.
—¿El accidente de la
chica que se…? —Mariana la miró asustada.
—Sí, así que mejor nos
vamos.
Se levantó y tomó la
mano de Mariana para ayudarla a ponerse de pie, ambas sonreían, aunque Mariana
lo hacía con cierto miedo. Antes de perderse entre tantas cosas, Mariana miró
hacia el invernadero y otro escalofrío volvió a recorrer su piel.
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