II
Mariana estaba
inquieta, caminaba de un lado para otro, Saúl sólo la observaba preocupado. Ni
siquiera tuvieron tiempo de llegar a su casa. Las malas noticias llegaron
pronto a los oídos de Mariana.
—Debes calmarte, ella
estará bien —le dijo sujetándola del brazo.
—No debí dejarla sola.
—No estaba sola, la
dejamos con Diana.
—¡Pues da lo mismo!
—dijo Mariana y se soltó del brazo de Saúl con fuerza.
Seguían esperando
afuera de la habitación donde Annie y el doctor se encontraban, su situación
era grave.
—¿Doctor cómo está? ¿Se
pondrá bien? —preguntó Mariana al doctor que salía de la habitación.
Su silencio dijo más
que mil palabras, Mariana lo entendió y entró a la habitación, ni siquiera le
dio tiempo al doctor de detenerla. Mariana quedó perpleja al ver a su amiga
hundida en esa cama con aparatos en todo el cuerpo, nunca imaginó que sería tan
grave, tenía raspones y fracturas, pero eso era lo de menos.
—No me dejes sola —tomó
su mano—, no seré quien soy si te vas.
Afuera el doctor y Saúl
conversaban sobre la salud de Annie.
—Su situación es grave,
el estado en el que venía complicó más las cosas… si no despierta del coma, no
pasará de esta noche.
—Lo entiendo —dijo Saúl
preocupado.
—¿Es familiar?
—preguntó el doctor señalando la puerta.
—No, solo son amigas
—decía Saúl y miraba la puerta—. Creo que soy la razón por la que aún siguen
siendo amigas.
—Deberían llamar a sus
padres —sugirió el doctor manteniendo la serenidad que siempre tienen los
médicos—, no tiene muchas posibilidades de sobrevivir.
—Ella vive sola, su
madre vive en Londres desde hace tiempo.
—Entiendo —dijo el
doctor.
Mariana no paraba de
llorar, sabía que si Annie se iba se sentiría culpable por haberla dejado y por
haberse molestando con ella cuando no entendía bien sus propios sentimientos.
—Annie debes aguantar,
¡hazlo por mí! —Mariana apretó más la mano de Annie— No te rindas, por favor…
¡No me dejes! —acarició sus ojos con sus dedos— ¿Dime cómo puedo entender la
mirada de tus ojos cerrados? Yo te amo.
Ya antes le había dicho
que la amaba, pero esas palabras no eran escuchadas por Annie. Hasta ahora
Mariana no había comprendido que ese amor era de la misma calidad que el suyo.
Mariana la miraba fijamente, le causaba miedo verla tan débil e inofensiva,
pero en parte una gran ternura, sentía la necesidad de protegerla. Se inclinó
para besar su frente mientras secaba sus lágrimas, pero el beso no llegó a su
destino, le dio un dulce beso en los labios y sintió lo que no había sentido
antes, una calidez que recorrió su cuerpo. Se dio cuenta que Annie abría los
ojos y se separó de ella.
—¡Vaya! ¡Cómo la bella
durmiente! —dijo Mariana y acarició dulcemente su cara.
—Sí, tienes razón… como
la bella durmiente —dijo la enfermera que estaba detrás de Mariana.
—¿Está bien? —preguntó
avergonzada.
—¡Cómo no va a estarlo!
—miró a Mariana de una forma que hizo que se sonrojara—La despertaste del coma.
—¡¿Coma?!
—Hace un momento estaba
en coma, ¿me permites revisarla? —le dijo para que se marchara.
—Por favor no se lo
diga —decía cuando salía de la habitación¬—, ella no lo entendería.
Mariana salió de la
habitación diciéndose que la que no entendía era ella. Besó a Annie y no se
explicaba por qué lo hizo. El doctor aún hablaba con Saúl. Mariana los vio y
despertó del trance en que sus sentimientos estaban.
—¡¡Despertó!! —dijo
Mariana.
—¡No es posible!
—reaccionó el doctor incrédulo y se metió a la habitación de Annie.
Mariana y Saúl lo
siguieron. La enfermera aún la estaba revisando, Annie se veía un poco
confundida y cansada, no podía hablar ni moverse.
—¿Cómo paso esto? —le
preguntó a la enfermera.
—No lo sé doctor —miró
a Mariana asegurándole que guardaría su secreto.
—¿Va a estar bien
doctor? —preguntó Mariana.
—Lo estará, si la
dejamos descansar —dijo el doctor mientras los dirigía a la puerta.
—Salgamos, como dice el
doctor, hay que dejarla descansar, después vendrás a visitarla —dijo Saúl y la
sacó de la habitación—. Por lo que veo Diana corrió con más suerte.
—¿Por qué? —preguntó
Mariana molesta.
—El doctor dice que
solo tiene leves fracturas y raspones.
—¿Ah, sí?… Pues me encargare
de que no sean leves.
—¿Mariana qué estás diciendo?
¿No crees que estás exagerando con tu comportamiento?
—¡¿Exagerando?!…
¡¿Viste cómo está Annie por su culpa?!
—¡No me refiero a eso!
—dijo Saúl alejándose de Mariana para que se diera cuenta de sus palabras y de
sus sentimientos.
Mariana dudó en seguirlo,
tenía que aclarar sus pensamientos. En realidad estaba enojada con Diana por el
accidente, o porque sentía algo más, una deuda más grande… ¿Acaso cobrar el
amor que le había robado?
***
Pasaron algunas semanas
Annie había mejorado.
—Hola, ¿cómo estás?
—preguntaba Mariana entrando a la habitación
Encontró a Annie sentada
en la cama, aún sus gestos eran de dolor por el accidente.
—Mucho mejor, gracias.
—¿Ya puedes hacer eso?
—dijo preocupada.
—No sé, puedo
intentarlo —y miró a Mariana pícaramente.
—¡No estés jugando! —se
quejó.
Mariana estaba
sonrojada por lo que Annie le había dicho y por esa mirada que le gustó.
—Está bien, ¿hacer qué
entonces? —preguntó Annie.
—Pues… sentarte.
—No sé cuánto tiempo
llevo acostada, además ya no siento la espalda.
—Ah, bueno —le dijo
resignada.
Annie se dio cuenta que
llevaba algo en las manos, la miró extrañada, no podía creer lo que era.
—¿Y esas flores?
—preguntó
—Son para ti.
—¿Flores?
—No te gustan, ¿verdad?
—Sabes que no —le dijo
al mismo tiempo que lo negaba con la cabeza.
—Bueno, que lastima
—dijo tirando las flores al otro lado de la cama.
Se sentó a su lado,
quería sentirla cerca, pero su cuerpo se estremeció con el simple contacto de
su piel y aun así no quiso alejarse.
—¡Eso no era necesario!
—le dijo Annie al ver el desperdicio de las flores.
—¿Por qué, si no te
gustan?
—Sí, pero pueden darle
alegría a este cuarto —Annie suspiró al ver lo frío y apagado de su habitación—
y a mi vida.
—Si es para eso… aquí
estoy —Mariana sonrió dulcemente.
—No gracias, prefiero
las flores —dijo Annie—. Son menos peligrosas.
—Está bien —le contestó
un poco triste.
—¡Cálmate! Solo estaba
bromeando —dijo—, como siempre tan sensible.
—¿Interrumpo algo?
—entró la enfermera.
Mariana no pudo evitar
sonrojarse y rápidamente se alejó de Annie. Intentaba calmar su nerviosismo
mirando hacia a todos lados.
—No, no… estábamos…
nada —dijo Mariana tartamudeando.
—Sólo vine a ver si estabas
bien —se dirigió a Annie.
—Sí, estoy bien —dijo. Annie
miraba a Mariana extrañada porque no despegaba la mirada del suelo, estaba
inquieta y el rubor de sus mejillas aumentaba.
—Sí… creo que estás muy
bien. Te veré más tarde entonces —la enfermera miró a Mariana, sonrió divertida
y salió.
—¿Te pasa algo?
—preguntó Annie y llegó con mucha dificultad hasta donde estaba Mariana para
escuchar su respuesta.
—No, no es nada.
—¿Entonces por qué
cuando entra la enfermera te pones inquieta? Ni siquiera puedes verla, —Annie la
miró asustada— ¿pasó algo?
—Nada… solo no me
gustan estos lugares —respondió Mariana.
Nunca se había detenido
a mirar el cuarto y sintió el vació que tiene cualquier hospital, ese olor a
medicina por todas partes y el frío que no lo había sentido antes, o eso nunca
le había importado.
—Pues para no gustarte
vienes muy seguido, ¿en verdad es solo eso?
—Sí, es verdad.
Annie esperaba otra
respuesta, una respuesta que hiciera ver que Mariana empezaba a quererla de
otra manera. Un silencio se escuchó por la habitación. A veces el silencio
entre ellas decía más que cualquier palabra, pero ahora ese silencio Mariana no
podía interpretarlo, necesitaba saber si lo que pasaba por su mente era solo
amor. Annie decidió regresar a la cama, aun estando parada por corto tiempo le
causaba fatiga. El cuerpo de Mariana temblaba y su corazón se aceleraba, apretaba
con fuerza un trozo de papel que guardaba en la bolsa de su abrigo, miraba a Annie
y lo apretaba con más fuerza.
—¿Mariana, puedo
hacerte una pregunta?
—Ya lo hiciste —le dijo
sonriendo.
—¡Es en serio!
—Bien… dime.
—¿Cómo… está Diana?
—sus ojos se humedecieron— Es que no la he visto.
—No lo sé —dijo sin
mucha importancia—, y si aparece por aquí son capaz de golpearla.
—¿Tú?
—Sí, yo… por haberte
hecho esto.
—Mariana ella no tuvo
la culpa… las dos bebimos demasiado, las cosas se salieron de control sin
querer y…
Mariana solo veía el
mover de los labios de Annie tratando de explicarle lo que pasó esa noche, pero
no le importaba eso, solo temía la preocupación y el interés que Annie reflejaba
hacia Diana y eso le molestaba.
—¿Por qué hasta ahora
me preguntas por ella? —preguntó Mariana con recelo.
—No sé… tenía miedo.
—Miedo, ¿de qué?
—De que me dijeras que
ella… ella…
—¿De que estuviera
muerta?
—Sí, eso —respondió Annie
con tristeza.
—No, no lo está, pero
cuando la vea lo estará —reclamó Mariana.
—¡Mariana! —dijo en
tono de reproche.
—Sí, sí, ella no tuvo
la culpa. ¿Tanto te importa?
—Sí, ella es mi…
—Tal vez no te quiera
tanto —dijo Mariana interrumpiendo sus palabras.
—Sí, tal vez… me dejas
sola.
Mariana se dio cuenta
de la tristeza que inundaban los ojos azules de su amiga.
—¿Estás segura…?
—Sí, estaré bien.
—¿No quieres estar
conmigo? —preguntó Mariana.
—No por ahora.
Mariana se dirigió a la
puerta, volvió la mirada a su amiga. Vio como Annie llevaba sus manos a su
rostro y empezaba a llorar, Mariana sacó el papel de su abrigo, lo miró y
estuvo a punto de hacerlo pedazos, pero dirigió su vista a Annie, lo apretó con
fuerza, volvió a guardarlo y salió de la habitación.
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