Andrea no
percibía el tibio sol ni el dulce olor de las flores en primavera, las estaciones
pasaban sin darse mucho a notar entre sus sentidos. No sentía la lluvia ligera
del verano aunque rozara su piel. Sabía que llegaba el otoño porque le gustaba
jugar con las hojas secas que caían de los árboles desde que era pequeña y más
del árbol que estaba en el jardín de su patio trasero. Le gustaba mucho el
otoño, el escenario que le daba a las calles, el colorido ocre y cobrizo de las
hojas muertas sobre el pavimento, le fascinaba; y el olor a viejo que
desprendían las ramas, que se le parecía tanto a las manzanas dulces casi
fermentadas que a su abuela se le olvidaba comer; le evocaba los más cálidos
recuerdos. Del invierno no se daba cuenta porque nunca sentía frío, no un frío
tan intenso como para saber que era invierno. Su armario tenía lo disponible y
necesario: ropa ligera para el verano o la primavera; sus abrigos estaban hasta
el fondo, olvidados desde que no la obligaban a ponérselos. No existía el más
mínimo indicio de frío ante sus sentidos. Pero el invierno es diferente entre
todas las estaciones, desde siempre lleva guardando una mágica belleza en su
cielo misterioso, en las noches largas y frías, en el viento soplando más
intenso, en el sol intentando dar calor, y en las nubes arreboladas, que el
viento casi nunca dejaba estacionar en el cielo, dándole así el más hermoso escenario.
Andrea no
conseguía percibir su belleza instalada en cada una de sus manifestaciones; y
que a pesar del frío intenso, que consigue congelar hasta los huesos, y de su
inevitable sentir, hay algo que le da calor al alma y la reconforta, y hace
creer que todo en verdad puede existir y ser posible. No faltaba mucho para que
lo sintiera, lo entendiera y se maravillara con la belleza del cielo de
invierno.
—Deberías
abrigarte —sugirió.
Andrea alzó su
rostro, la miró por un momento sin hacer caso a su comentario. Sabía que
buscaba cualquier pretexto para iniciar una conversación y sabía que no terminaría
bien. Hasta responder un simple Buenos
días resultaba contradictorio. Agachó la mirada con frustración. Chocó la
cuchara de su sopa con el plato a modo de respuesta, a una manera de decirle
que se escuchaba muy falsa su preocupación por ella y que en verdad no le
interesaba lo que estaba sintiendo.
—Empieza a
hacer frío —insistió Patricia.
Sus ojos
pequeños miraron hacia un costado para evitar encontrarse con los ojos de su
madre. Las ramas de los árboles chocaban en las ventanas, era evidente que el
viento estaba soplando fuerte. Quizá hacía frío afuera y tal vez no lo sentiría
si salía, pero sabía que adentro se sentía peor. Antes no necesita la
sugerencia de su madre para protegerse del frío, antes sólo podía sentir el
abrigo sobre sus hombros y un beso en la cabeza. No había crecido lo suficiente
como para que no lo hiciera, su rechazo se debía a otra cosa. Se había perdido
mucho entre ellas a lo largo de un camino sinuoso y lleno de reproches; no
porque lo hubiese puesto así, sino que Patricia había elegido esa opción, la
peor opción.
Regresó su
vista hacia su madre, sus facciones eran dulces como las de ella, manteniendo
la firmeza de un rostro comprensivo y tierno; demasiado contrariado con sus
acciones. Tenían el mismo color de ojos, el de su cabello y su piel. Siempre
decían que su madre había vuelto a nacer en ella, era seguro que cuando
creciera tendría el mismo semblante, sin la menor duda. Cuando lo escuchó la
primera vez, se sonrojó y se ocultó detrás de las piernas de Patricia, tenía
cuatro años, pero lo entendió perfectamente, su sonrojó había sido por el
reconocimiento de su belleza; su padre más que nadie lo reconocía. La miró con
los ojos fijos en su sopa, que mecía con la cuchara para enfriarla. Ahí estaba,
frente a ella, su mayor obstáculo, y el que más dolía.
El comedor
estaba lo bastante iluminado y, aun así, lo creyó oscuro. Agachó la mirada,
sintiendo como la tristeza se estancaba en el ambiente. Quiso decirle algo,
pero se contuvo. Por dentro guardaba una felicidad que no podía compartir con
su madre, ni con nadie más. Cómo contarle que por la mañana había salido
temprano hacia el parque porque era un día especial, porque necesitaba obtener
una respuesta que anhelaba. Cómo decirle que le habían dicho tonta por preguntar algo tan obvio. Sus
ojos se humedecieron; quizá si le contaba a su madre, quizá si ella no
estuviera en su contra, también le diría tonta
por preguntar algo tan obvio. Todo sería más fácil si la persona que tenía
enfrente simplemente lo aceptara, no existiría el silencio a la hora de la cena
o la indiferencia a la hora del desayuno o la soledad en las comidas, donde
nunca se veían. Las miradas hostiles serían iluminadas por ligeras sonrisas de
complicidad. Tal vez no todo sería más fácil, pero sería mejor con su
aceptación.
Se oía el
silbido del viento entre el silencio que las acompañaba cada día. Sus ojos se
fijaron en la puerta, se había escuchado un toque suave, quizás el de una rama
arrastrada por el viento. Imágenes de su padre entrando le vinieron a la
cabeza. Todo el silencio se hubiera acabado con su presencia. Correr a sus
brazos siempre hubo sido su mejor reacción, esperando que del bolsillo de su
pantalón extrajera algún pequeño obsequio, incluso se fascinaba con una piedra
tomada del camino, con alguna forma extraña o de colores vivos; pero también se
sentía feliz si se trataba de un caramelo. Se volvió a escuchar el mismo toque
suave, quizás alguna piedra chocando, podría ser, el viento estaba soplando
fuerte. Por un momento quiso que fueran sus abuelos, trayéndole un montón de
obsequios poco útiles, haciéndole sus días más felices. Quería a su abuelo
insistente en enseñarle a hablar inglés, para llevarla de vacaciones en verano
y conocer Nueva York. Quería sus palabras convincentes, susurrándole al oído,
para que su abuela no las escuchara, diciéndole que México era el lugar más
hermoso de la tierra, sobre todo Chiapas. Eran recuerdos y por más que
quisiera, no podía quedarse y encontrar un resguardo en ellos. Había una
realidad amarga a la que tenía que enfrentarse todos los días y en silencio, y
muchas veces con gritos desesperados que no podía escuchar nadie más que ella.
Despertó de
sus recuerdos, la puerta nunca se abrió; fue el viento quien había llamado.
Suspiró y volvió a enfocarse en sus alimentos, la sopa aún seguía caliente.
Tenía enfrente a su madre, a una persona que empezaba a desconocer cada día.
Sus palabras tenían que ser las menos posibles, las menos insinuantes. No
quería caer en el juego de siempre, en las provocaciones sutiles. Quería evitar
a toda costa lo que pasaba, evitar todos los caminos que las llevaban a lo
mismo.
—Andrea…
—No tengo frío
—respondió.
Sentía que su
mirada no se desprendería de ella hasta obtener por lo menos una palabra. El momento
que estaba viviendo lo sentía tenso como todos los días desde hace mucho
tiempo. A veces no entendía el porqué de las cosas, de dónde venía toda la fuerza
en ella para soportar todo y seguir en pie. Tenía la fuerza necesaria para
seguir a pesar de tantas veces sentirse derrumbar y no querer dar un paso más.
Debía continuar para probarles a todos, cuando llegara el día, que su camino no
era equivocado, que no estaba confundida y que sus decisiones estaban basadas
siempre en la verdad que sentía su corazón. No iba a sentir temor jamás aunque
el mundo la hiciera a un lado. Era lo que sentía, la parte que la hacía sentir
viva y en paz con ella misma; porque a pesar de todas las dificultades no
negaba lo que sentía su corazón y su alma.
Se arrepintió
después de su simple respuesta. Sólo fueron tres palabras, insignificantes y
vacías, pero las suficientes para desatar una guerra. Su madre había iniciado
con su inquisición apenas unos minutos después. Casi no recordaba cómo
iniciaban sus primeras palabras erradas, pero siempre eran muy hirientes. Lo
único latente en su memoria era la forma en que intentaba defenderse.
—¡¿No puedes
entenderlo?! —Gritó Andrea con fuerza—. ¡Es lo que quiero!
Su madre no
perdió la oportunidad para decirle que sus sentimientos estaban mal, que eran
equivocados y que estaba confundida. Era lo mismo que le decía siempre, nunca
cambiaba sus palabras ni la forma brusca en que lo decía. Andrea ni siquiera
había terminado la sopa de su cena. Las palabras de preocupación de hace unos momentos
se habían convertido en reproches.
No debió haber
respondido a su sugerencia.
Patricia no
entendía las cosas, actuaba como si lo que dijera pudiera cambiar sus
sentimientos o su forma de pensar. Cada noche y cada día las cosas se ponían
peor. Andrea tenía un carácter muy firme, si quería hacer las cosas las hacía y
no daba marcha atrás con lo que decidía. No podía ponerse límites, no cuando su
padre no le enseñó a hacerlo. Siempre cuando pequeña la sentaba en sus piernas
y la abrazaba con fuerza mientras le decía: «Si lo quieres, hazlo… Confía en tu
corazón y nunca te rindas. Porque la fuerza de tu corazón siempre cumplirá tus
deseos y tus sueños». Su recuerdo le hacía mantenerse firme en sus decisiones y
convicciones. Las palabras de su padre secaban sus lágrimas cuando se sentía
indefensa ante cualquier cosa. Nunca le enseñó a ponerse límites y siempre
alimentó sus sueños con palabras que le hacían cada vez más fuerte. Su padre
murió cuando tenía escasos seis años, pero parecía que la preparaba para
circunstancias difíciles de la vida, para que labrara su propio futuro. Sus
acciones de fortaleza y sus buenas palabras siempre fueron su mejor recuerdo.
Sabía que su padre comprendería sus sentimientos y la apoyaría hasta el final,
sobre todas las cosas. No sabía cómo, pero estaba segura de ello. Las cosas
serían distintas si estuviera a su lado, no existirían las discusiones sin
sentido con Patricia y no tendrían nada de malo sus sentimientos.
—¡Déjame
tranquila! No tienes derecho —gritaba, mientras recorría el pasillo hacia su
habitación. Quería evitar otra discusión más con su madre, sabiendo que terminarían
siempre en lo mismo: incomprensión—. ¡No puedes decirme nada! ¡No cuando ni
siquiera intentas entenderlo… ni siquiera por mí!
Habían dejado
la cena a un lado para la discusión de todos los días. Hacía mucho tiempo que
no había sentimientos de cariño y confianza entre ellas. Patricia no podía
entender los sentimientos de su hija, más que no entenderlos, no quería
aceptarlos y comprender que Andrea estaba enamorada. Todas las discusiones las
alejaban cada día más y hacía que todo fuera insoportable. No había sonrisas,
escasamente un saludo al despertar con las miradas, y ni siquiera pensar en un
beso de buenas noches antes de dormir. Se había terminado el cariño. La
confianza se había desligado de la lealtad y el respeto muy pronto se vendría
abajo. Andrea necesitaba tantas cosas de su madre, no había otra persona que
pudiera dárselas, con nadie más se sentiría segura. La necesitaba porque no
había un cariño más fuerte como el de una madre para enfrentarse al mundo y
para soportar lo que viniera de todas las personas ajenas. Si tuviera su
protección las cosas serían más fáciles; lo demás no importaría si tuviera una
aceptación de su parte, era todo lo que quería.
Andrea no
sabía de qué manera hablarle, cómo hacerle saber que sus sentimientos eran
verdaderos y puros, como cualquier manifestación de amor.
—¡Te estoy
hablando, Andrea! —Gritaba, detrás de ella—. ¡Tienes que entenderlo! ¡No
puedes! ¡Simplemente no puedes, así no funcionan las cosas! ¡Así no es la vida!
—¡No merezco
lo que me estás diciendo!
—Andrea…
—¡No puedes
decirme que no puedo! —interrumpió.
Llegó hasta su
habitación y se detuvo mirando la puerta, contemplando una estrella azul
adherida a la madera, tenía en el centro la inicial de su nombre, en un azul
más intenso, rodeada con estrellas pequeñas. La había hecho a la edad de cuatro
años, cuando su madre, con tanto orgullo y felicidad, la hubo sostenido entre
sus brazos para que ella misma la colocara, marcando su habitación como su
espacio personal. Ahora la estrella de madera se encontraba pegada por la mitad
con cinta adhesiva, marcando el primer recuerdo cuando le había cerrado la
puerta en la cara a su madre, con la primera discusión fuerte que habían
tenido. Todo se fracturó desde entonces. ¿Había valido la pena perder toda la
confianza? Dejar tantas ilusiones y sonrisas, dejar todo atrás y cambiarlo por
reclamos y gritos. ¿Tenía sentido para Patricia? Porque para Andrea no lo
tenía, no había la razón suficiente para cambiarlo, aún quería a su madre.
El recuerdo de
su primera discusión seguía presente, con su mirada llena de ansiedad, fija en
la estrella de madera, de la vez que salió de su habitación para pedirle una
disculpa, cuando se encontró con la estrella en el piso, partida por la mitad.
Fue cuando todo empezó a terminar, no era más una niña. Su madre se había ido a
su habitación, azotando la puerta con fuerza. Recogió la estrella, tan rota
como su alma. No iría con Patricia a pedirle una disculpa, no tenía por qué
hacerlo, estaba segura de que no hacía nada malo. Con un poco de cinta adhesiva
la estrella se arreglaría, pero qué haría con lo que estaba tan roto por
dentro.
Andrea no
tenía ninguna intención de entrar a su
habitación y terminar con la discusión, aunque sabía que sería lo mejor para
las dos. Empezó a recordar muchas cosas de su niñez. Recordaba tantas palabras
bellas, miradas dulces y gestos bondadosos que había entre sus padres por amor.
Fueron tantos buenos sentimientos que le enseñaron, que no entendía por qué no
podía amar de la manera en que lo hacía. Qué diferencia podía tener el
sentimiento entre una persona y otra, si el amor es uno mismo. Para ella no
existía diferencia alguna. Lo sentía del mismo modo: sincero y leal.
Dio la vuelta
para mirar a su madre, para entender en sus ojos su comportamiento tan frío y
cruel. Pensaba en los momentos felices y en el mucho cariño que sus padres le
demostraban sentir el uno por el otro. Tenía el mismo amor. Lo sentía con la
misma calidad. Miró a su madre frente a ella y se dio cuenta que no se sentía
una niña a su lado. A veces se concebía como una persona desconocida, diferente
a sí misma y la única misión que tenía para continuar, era defender a una niña
inocente y enamorada: defenderse a ella misma. Se preguntaba si alguna vez
podrían regresar los momentos felices junto a su madre. Si en algún momento
podría volver a abrazarla y encontrar en ella un refugio a todos sus miedos.
Quería entender las cosas, saber si por un momento Patricia tenía razón. Muy
dentro sabía que no estaba equivocada en lo que sentía, su amor era sincero.
Estaba enamorada y era lo único que importaba. No había otra cosa más real y
cierta que el amor que estaba sintiendo. Nada podía hacerle entender por qué su
madre no lo aceptaba.
Siguió mirando
sus ojos fríos, llenos de desasosiego. Había un atisbo de confusión y
melancolía en su mirada, pero su postura era hostil.
—¿Quisiste a
mi padre? —preguntó, mirando sus ojos, esperando encontrar la verdadera razón
de prohibirle un sentimiento así.
—¡Sí… y lo amé
mucho! —contestó con enojo.
Era una
pregunta que no le encontraba sentido y razón. Le habían mostrado el amor y el
respeto que sentían uno por el otro. No habían cometido algún error de educación
para que Andrea estuviera actuando como si no lo entendiera. Le habían dado un
buen ejemplo para creer en el amor, pero en uno que Patricia conocía desde
siempre; el amor común que podía ver por las calles: monótono, dependiente,
acostumbrado; y que nadie le pedía ocultarse, que no era criticado, equivocado
o mal juzgado. Era un sentimiento sin trascendencia, incapaz de sentirse o
verse de otra manera: la dualidad de siempre. Patricia no dejaba de preguntarse
en qué pudo haber fallado si Andrea conocía bien el amor.
—¿Por qué no
entiendes lo que siento? —preguntó con tristeza. No entendía la postura que
tenía su madre. ¿Por qué era tan malo amar de la manera en que ella lo hacía?
No tenían nada de malo sus sentimientos, era amor—. ¿Por qué no lo entiendes?
—¡Porque lo
que sientes no es igual! ¡Nunca lo será, Andrea! —Insistía Patricia, con
desespero—. ¡Lo que sientes no puede ser amor!
—¡Claro que
sí! ¡El amor es el mismo en todas partes!
—¡Lo que
sientes no lo es!
No había
diferencia en lo que veía de cualquier persona enamorada y de lo que ella
sentía en su corazón. Creía en el amor que conoció de sus padres y en el amor
que vio entre sus abuelos. Sabía que no había diferencia alguna entre lo que
sentía ahora.
—No es amor.
Lo que
escuchaba de su madre no podía creerlo. Cómo se sentía con derecho a decirle
que lo que estaba sintiendo no podía ser amor. Patricia parecía no entender el
verdadero significado, la verdadera esencia de lo que se puede sentir. Era la
misma discusión todos los días, el mismo tema de siempre y siempre llegaba a la
misma conclusión: su madre no comprendía mucho del sentimiento.
—No sabes
entonces lo que en verdad es el amor —dijo con tristeza.
—¡Y tú eres
una niña para saber lo que es! ¡No tienes idea sobre el amor! —gritó Patricia
con enfado.
—¡Déjame
tranquila!
Apretó sus
puños, llenos de rabia y de impotencia. ¿Cómo podía defenderse? ¿Cómo dar
explicaciones de algo que no necesitaba explicarse?
—¡Lo que
sientes no es amor! —insistió.
—¿Por qué es
tan fuerte entonces?
Si lo que
sentía no era real, necesitaba saber por qué era tan fuerte, por qué no lo
podía detener.
—¿No lo
entiendes? —Respondió Patricia, aún más enojada—. ¡Estás confundida!
—¡¿Confundida?!
—gritó sin querer, ante una explicación tan absurda para sus sentimientos.
No quiso
seguir la discusión. Las palabras de su madre no tenían sentido. Dio la vuelta,
miró la estrella, rota por la mitad; la madera, y mucho menos su alma, jamás
volverían a estar unidas, como si nunca se hubieran fracturado. Cerró con
fuerza la puerta de su habitación y se tiró sobre su cama. Se sentía tan llena
de rabia y frustración. Su habitación era su único escondite dentro de su casa.
Era un lugar donde podía demostrar su impotencia sin que nadie la viera y se
aprovechara de ella. Lloraba de coraje y tristeza. Sin entender y sin
comprender por qué le impedían amar de la forma en que lo hacía. Su corazón no
entendía por qué todo tenía que ser tan complicado. Por qué, si todo era
cuestión de amor, tenía que llevar una batalla que no era justa para ella ni
para nadie quien amara de verdad.
—¿Por qué no
lo entiendes? ¿Por qué es tan difícil que lo entiendas? —decía, ahogándose de
dolor sobre la almohada. No entendía por qué su corazón se contradecía tanto
con el razonamiento de su madre—. Sólo tienes que aceptarlo, aceptar que estoy
enamorada. ¿Qué tiene eso de malo?
Se sentó sobre
la cama. No tenía más que preguntas en su cabeza, a las que no les hallaba
sentido alguno, no para creer que estuviera equivocada o confundida. Sus manos
se cerraron, apretando con fuerza las sábanas. No sabía cómo sentirse, la
decepción no cabía más en su interior. Miró, por el refilo de la puerta, que no
había luz en el pasillo. La discusión con Patricia en verdad había llegado a su
fin. Suspiró, y volvió a suspirar una vez más, con descanso, sintiéndose segura
por un momento. La habitación estaba a oscuras, la lámpara que alumbraba la
calle filtraba muy poca luz a través de la ventana, entre las cortinas blancas.
No quería discutir con nadie, mucho menos con su madre. Se preguntaba por qué
era tan difícil que entendiera y aceptara sus sentimientos.
—¿Natalia, por qué amarte tiene que ser tan
difícil?
Las
discusiones con Patricia eran cada vez más fuertes desde hace dos años, desde
el día que inocentemente le confesó que estaba enamorada y que la persona que
ocupaba su corazón era una mujer. En ese entonces todavía era muy pequeña y no
sabía que experimentar lo que estaba sintiendo era visto como algo malo dentro
de la sociedad. Esa tarde, cuando se lo contó a Patricia, se dio cuenta de lo
que había en el mundo y que era muy diferente de lo que pensaba. Aun así estaba
muy enamorada, lo que sentía era demasiado fuerte y no podía dejarlo. Durante
todo este tiempo hubo batallado con el rencor y la indiferencia de Patricia.
Toda la frialdad que recibía de su madre la había hecho una persona dura y con
mucho coraje siendo tan pequeña. Sabía que sus sentimientos no eran equivocados
y que no estaba confundida como lo decía, pero las personas no entendían todo
lo que guardaba en su corazón. No sabían el significado esencial del amor, todo
lo dejaban en la costumbre, a lo más conveniente y habitual que les era ver y
sentir el amor.
—Natalia…
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