"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011




II

La brisa otoñal había menguado por la noche; la hojarasca y la tierra se humedecieron, haciendo que el viento se alzara mucho más frío y estacionado. Estaba por llegar el invierno en el estado de Chipas y en una de las comunidades más cercanas al centro, no tan alejada de una de las sierras más hermosas del país, se preparaban para sobrevivir a su arrebato poco inesperado. La neblina cubría las calles en su totalidad por la madrugada, las gotas del rocío parecían congelarse en las hojas casi caídas de los árboles y cuando estaba por salir el sol, el viento se dejaba escuchar en un dócil y delicado murmullo. Podía sentirse la llegada prematura del invierno en todas las regiones, los días parecían confusos, dejándose llevar por la inclemencia de las extrañas estaciones. El viento empapaba de frescor cada vez que soplaba con intensidad, incapaz de quitarse del cuerpo la gélida sensación que se impregnaba en cada poro de la piel. El invierno no se sentía como en el resto del país, el frío húmedo de la región del sur resultaba menos soportable a pesar de todo el abrigo que se podía tener. Después de las lluvias intensas que hubo en varios meses a lo largo del año, no se esperaba otra cosa en Chiapas que pasar el más frío de los inviernos; sería uno de los más crudos que podría registrarse en muchos años en el estado, que normalmente era caluroso. El otoño había dejado estragos en su camino, no tan notorio como en años atrás, no al menos en el tiempo que le correspondía. Las estaciones habían estado confundidas e intensas, casi a destiempo. El sol a veces quemaba con rigor, como si quisiera derretir todo a su paso, calcinando las calles de adobe, y durante toda su magnificencia, evaporaba el agua estancada sobre la tierra, dejada por la lluvia que se había desatado a media noche. El calor sofocaba al atardecer, respirar el aire caliente resultaba casi imposible e insoportable. Había días en que esperaban un cielo despejado, el azul celeste había dominado por la mañana, y, en un segundo inesperado, las nubes se atiborraban espesas, convirtiendo el azul celeste en un gris azulado, arrastrando la añoranza de aquel sol quemante. Cuando no debía llover; llovía torrencialmente, sin aviso, y los arroyos arrastraban la hojarasca del otoño. Las flores estaban en todo su esplendor cuando no era primavera. La fuerza del viento arrancaba las hojas de los árboles sin ser otoño, caían frescas, terminando de morir de a poco sobre el asfalto. El invierno sería uno de los más fríos e intensos jamás vividos en Chiapas. Todo parecía extraño, como si presintiera que algo no volvería a ser igual y esperaba que todos recordaran lo misterioso que había sido; como lo recordarían así en muchos años.
Andrea no percibía el tibio sol ni el dulce olor de las flores en primavera, las estaciones pasaban sin darse mucho a notar entre sus sentidos. No sentía la lluvia ligera del verano aunque rozara su piel. Sabía que llegaba el otoño porque le gustaba jugar con las hojas secas que caían de los árboles desde que era pequeña y más del árbol que estaba en el jardín de su patio trasero. Le gustaba mucho el otoño, el escenario que le daba a las calles, el colorido ocre y cobrizo de las hojas muertas sobre el pavimento, le fascinaba; y el olor a viejo que desprendían las ramas, que se le parecía tanto a las manzanas dulces casi fermentadas que a su abuela se le olvidaba comer; le evocaba los más cálidos recuerdos. Del invierno no se daba cuenta porque nunca sentía frío, no un frío tan intenso como para saber que era invierno. Su armario tenía lo disponible y necesario: ropa ligera para el verano o la primavera; sus abrigos estaban hasta el fondo, olvidados desde que no la obligaban a ponérselos. No existía el más mínimo indicio de frío ante sus sentidos. Pero el invierno es diferente entre todas las estaciones, desde siempre lleva guardando una mágica belleza en su cielo misterioso, en las noches largas y frías, en el viento soplando más intenso, en el sol intentando dar calor, y en las nubes arreboladas, que el viento casi nunca dejaba estacionar en el cielo, dándole así el más hermoso escenario.
Andrea no conseguía percibir su belleza instalada en cada una de sus manifestaciones; y que a pesar del frío intenso, que consigue congelar hasta los huesos, y de su inevitable sentir, hay algo que le da calor al alma y la reconforta, y hace creer que todo en verdad puede existir y ser posible. No faltaba mucho para que lo sintiera, lo entendiera y se maravillara con la belleza del cielo de invierno.
—Deberías abrigarte —sugirió.
Andrea alzó su rostro, la miró por un momento sin hacer caso a su comentario. Sabía que buscaba cualquier pretexto para iniciar una conversación y sabía que no terminaría bien. Hasta responder un simple Buenos días resultaba contradictorio. Agachó la mirada con frustración. Chocó la cuchara de su sopa con el plato a modo de respuesta, a una manera de decirle que se escuchaba muy falsa su preocupación por ella y que en verdad no le interesaba lo que estaba sintiendo.
—Empieza a hacer frío —insistió Patricia.
Sus ojos pequeños miraron hacia un costado para evitar encontrarse con los ojos de su madre. Las ramas de los árboles chocaban en las ventanas, era evidente que el viento estaba soplando fuerte. Quizá hacía frío afuera y tal vez no lo sentiría si salía, pero sabía que adentro se sentía peor. Antes no necesita la sugerencia de su madre para protegerse del frío, antes sólo podía sentir el abrigo sobre sus hombros y un beso en la cabeza. No había crecido lo suficiente como para que no lo hiciera, su rechazo se debía a otra cosa. Se había perdido mucho entre ellas a lo largo de un camino sinuoso y lleno de reproches; no porque lo hubiese puesto así, sino que Patricia había elegido esa opción, la peor opción.
Regresó su vista hacia su madre, sus facciones eran dulces como las de ella, manteniendo la firmeza de un rostro comprensivo y tierno; demasiado contrariado con sus acciones. Tenían el mismo color de ojos, el de su cabello y su piel. Siempre decían que su madre había vuelto a nacer en ella, era seguro que cuando creciera tendría el mismo semblante, sin la menor duda. Cuando lo escuchó la primera vez, se sonrojó y se ocultó detrás de las piernas de Patricia, tenía cuatro años, pero lo entendió perfectamente, su sonrojó había sido por el reconocimiento de su belleza; su padre más que nadie lo reconocía. La miró con los ojos fijos en su sopa, que mecía con la cuchara para enfriarla. Ahí estaba, frente a ella, su mayor obstáculo, y el que más dolía.
El comedor estaba lo bastante iluminado y, aun así, lo creyó oscuro. Agachó la mirada, sintiendo como la tristeza se estancaba en el ambiente. Quiso decirle algo, pero se contuvo. Por dentro guardaba una felicidad que no podía compartir con su madre, ni con nadie más. Cómo contarle que por la mañana había salido temprano hacia el parque porque era un día especial, porque necesitaba obtener una respuesta que anhelaba. Cómo decirle que le habían dicho tonta por preguntar algo tan obvio. Sus ojos se humedecieron; quizá si le contaba a su madre, quizá si ella no estuviera en su contra, también le diría tonta por preguntar algo tan obvio. Todo sería más fácil si la persona que tenía enfrente simplemente lo aceptara, no existiría el silencio a la hora de la cena o la indiferencia a la hora del desayuno o la soledad en las comidas, donde nunca se veían. Las miradas hostiles serían iluminadas por ligeras sonrisas de complicidad. Tal vez no todo sería más fácil, pero sería mejor con su aceptación.
Se oía el silbido del viento entre el silencio que las acompañaba cada día. Sus ojos se fijaron en la puerta, se había escuchado un toque suave, quizás el de una rama arrastrada por el viento. Imágenes de su padre entrando le vinieron a la cabeza. Todo el silencio se hubiera acabado con su presencia. Correr a sus brazos siempre hubo sido su mejor reacción, esperando que del bolsillo de su pantalón extrajera algún pequeño obsequio, incluso se fascinaba con una piedra tomada del camino, con alguna forma extraña o de colores vivos; pero también se sentía feliz si se trataba de un caramelo. Se volvió a escuchar el mismo toque suave, quizás alguna piedra chocando, podría ser, el viento estaba soplando fuerte. Por un momento quiso que fueran sus abuelos, trayéndole un montón de obsequios poco útiles, haciéndole sus días más felices. Quería a su abuelo insistente en enseñarle a hablar inglés, para llevarla de vacaciones en verano y conocer Nueva York. Quería sus palabras convincentes, susurrándole al oído, para que su abuela no las escuchara, diciéndole que México era el lugar más hermoso de la tierra, sobre todo Chiapas. Eran recuerdos y por más que quisiera, no podía quedarse y encontrar un resguardo en ellos. Había una realidad amarga a la que tenía que enfrentarse todos los días y en silencio, y muchas veces con gritos desesperados que no podía escuchar nadie más que ella.
Despertó de sus recuerdos, la puerta nunca se abrió; fue el viento quien había llamado. Suspiró y volvió a enfocarse en sus alimentos, la sopa aún seguía caliente. Tenía enfrente a su madre, a una persona que empezaba a desconocer cada día. Sus palabras tenían que ser las menos posibles, las menos insinuantes. No quería caer en el juego de siempre, en las provocaciones sutiles. Quería evitar a toda costa lo que pasaba, evitar todos los caminos que las llevaban a lo mismo.
—Andrea…
—No tengo frío —respondió.
Sentía que su mirada no se desprendería de ella hasta obtener por lo menos una palabra. El momento que estaba viviendo lo sentía tenso como todos los días desde hace mucho tiempo. A veces no entendía el porqué de las cosas, de dónde venía toda la fuerza en ella para soportar todo y seguir en pie. Tenía la fuerza necesaria para seguir a pesar de tantas veces sentirse derrumbar y no querer dar un paso más. Debía continuar para probarles a todos, cuando llegara el día, que su camino no era equivocado, que no estaba confundida y que sus decisiones estaban basadas siempre en la verdad que sentía su corazón. No iba a sentir temor jamás aunque el mundo la hiciera a un lado. Era lo que sentía, la parte que la hacía sentir viva y en paz con ella misma; porque a pesar de todas las dificultades no negaba lo que sentía su corazón y su alma.
Se arrepintió después de su simple respuesta. Sólo fueron tres palabras, insignificantes y vacías, pero las suficientes para desatar una guerra. Su madre había iniciado con su inquisición apenas unos minutos después. Casi no recordaba cómo iniciaban sus primeras palabras erradas, pero siempre eran muy hirientes. Lo único latente en su memoria era la forma en que intentaba defenderse.
—¡¿No puedes entenderlo?! —Gritó Andrea con fuerza—. ¡Es lo que quiero!
Su madre no perdió la oportunidad para decirle que sus sentimientos estaban mal, que eran equivocados y que estaba confundida. Era lo mismo que le decía siempre, nunca cambiaba sus palabras ni la forma brusca en que lo decía. Andrea ni siquiera había terminado la sopa de su cena. Las palabras de preocupación de hace unos momentos se habían convertido en reproches.
No debió haber respondido a su sugerencia.
Patricia no entendía las cosas, actuaba como si lo que dijera pudiera cambiar sus sentimientos o su forma de pensar. Cada noche y cada día las cosas se ponían peor. Andrea tenía un carácter muy firme, si quería hacer las cosas las hacía y no daba marcha atrás con lo que decidía. No podía ponerse límites, no cuando su padre no le enseñó a hacerlo. Siempre cuando pequeña la sentaba en sus piernas y la abrazaba con fuerza mientras le decía: «Si lo quieres, hazlo… Confía en tu corazón y nunca te rindas. Porque la fuerza de tu corazón siempre cumplirá tus deseos y tus sueños». Su recuerdo le hacía mantenerse firme en sus decisiones y convicciones. Las palabras de su padre secaban sus lágrimas cuando se sentía indefensa ante cualquier cosa. Nunca le enseñó a ponerse límites y siempre alimentó sus sueños con palabras que le hacían cada vez más fuerte. Su padre murió cuando tenía escasos seis años, pero parecía que la preparaba para circunstancias difíciles de la vida, para que labrara su propio futuro. Sus acciones de fortaleza y sus buenas palabras siempre fueron su mejor recuerdo. Sabía que su padre comprendería sus sentimientos y la apoyaría hasta el final, sobre todas las cosas. No sabía cómo, pero estaba segura de ello. Las cosas serían distintas si estuviera a su lado, no existirían las discusiones sin sentido con Patricia y no tendrían nada de malo sus sentimientos.
—¡Déjame tranquila! No tienes derecho —gritaba, mientras recorría el pasillo hacia su habitación. Quería evitar otra discusión más con su madre, sabiendo que terminarían siempre en lo mismo: incomprensión—. ¡No puedes decirme nada! ¡No cuando ni siquiera intentas entenderlo… ni siquiera por mí!
Habían dejado la cena a un lado para la discusión de todos los días. Hacía mucho tiempo que no había sentimientos de cariño y confianza entre ellas. Patricia no podía entender los sentimientos de su hija, más que no entenderlos, no quería aceptarlos y comprender que Andrea estaba enamorada. Todas las discusiones las alejaban cada día más y hacía que todo fuera insoportable. No había sonrisas, escasamente un saludo al despertar con las miradas, y ni siquiera pensar en un beso de buenas noches antes de dormir. Se había terminado el cariño. La confianza se había desligado de la lealtad y el respeto muy pronto se vendría abajo. Andrea necesitaba tantas cosas de su madre, no había otra persona que pudiera dárselas, con nadie más se sentiría segura. La necesitaba porque no había un cariño más fuerte como el de una madre para enfrentarse al mundo y para soportar lo que viniera de todas las personas ajenas. Si tuviera su protección las cosas serían más fáciles; lo demás no importaría si tuviera una aceptación de su parte, era todo lo que quería.
Andrea no sabía de qué manera hablarle, cómo hacerle saber que sus sentimientos eran verdaderos y puros, como cualquier manifestación de amor.
—¡Te estoy hablando, Andrea! —Gritaba, detrás de ella—. ¡Tienes que entenderlo! ¡No puedes! ¡Simplemente no puedes, así no funcionan las cosas! ¡Así no es la vida!
—¡No merezco lo que me estás diciendo!
—Andrea…
—¡No puedes decirme que no puedo! —interrumpió.
Llegó hasta su habitación y se detuvo mirando la puerta, contemplando una estrella azul adherida a la madera, tenía en el centro la inicial de su nombre, en un azul más intenso, rodeada con estrellas pequeñas. La había hecho a la edad de cuatro años, cuando su madre, con tanto orgullo y felicidad, la hubo sostenido entre sus brazos para que ella misma la colocara, marcando su habitación como su espacio personal. Ahora la estrella de madera se encontraba pegada por la mitad con cinta adhesiva, marcando el primer recuerdo cuando le había cerrado la puerta en la cara a su madre, con la primera discusión fuerte que habían tenido. Todo se fracturó desde entonces. ¿Había valido la pena perder toda la confianza? Dejar tantas ilusiones y sonrisas, dejar todo atrás y cambiarlo por reclamos y gritos. ¿Tenía sentido para Patricia? Porque para Andrea no lo tenía, no había la razón suficiente para cambiarlo, aún quería a su madre.
El recuerdo de su primera discusión seguía presente, con su mirada llena de ansiedad, fija en la estrella de madera, de la vez que salió de su habitación para pedirle una disculpa, cuando se encontró con la estrella en el piso, partida por la mitad. Fue cuando todo empezó a terminar, no era más una niña. Su madre se había ido a su habitación, azotando la puerta con fuerza. Recogió la estrella, tan rota como su alma. No iría con Patricia a pedirle una disculpa, no tenía por qué hacerlo, estaba segura de que no hacía nada malo. Con un poco de cinta adhesiva la estrella se arreglaría, pero qué haría con lo que estaba tan roto por dentro.
Andrea no tenía ninguna intención de entrar  a su habitación y terminar con la discusión, aunque sabía que sería lo mejor para las dos. Empezó a recordar muchas cosas de su niñez. Recordaba tantas palabras bellas, miradas dulces y gestos bondadosos que había entre sus padres por amor. Fueron tantos buenos sentimientos que le enseñaron, que no entendía por qué no podía amar de la manera en que lo hacía. Qué diferencia podía tener el sentimiento entre una persona y otra, si el amor es uno mismo. Para ella no existía diferencia alguna. Lo sentía del mismo modo: sincero y leal.
Dio la vuelta para mirar a su madre, para entender en sus ojos su comportamiento tan frío y cruel. Pensaba en los momentos felices y en el mucho cariño que sus padres le demostraban sentir el uno por el otro. Tenía el mismo amor. Lo sentía con la misma calidad. Miró a su madre frente a ella y se dio cuenta que no se sentía una niña a su lado. A veces se concebía como una persona desconocida, diferente a sí misma y la única misión que tenía para continuar, era defender a una niña inocente y enamorada: defenderse a ella misma. Se preguntaba si alguna vez podrían regresar los momentos felices junto a su madre. Si en algún momento podría volver a abrazarla y encontrar en ella un refugio a todos sus miedos. Quería entender las cosas, saber si por un momento Patricia tenía razón. Muy dentro sabía que no estaba equivocada en lo que sentía, su amor era sincero. Estaba enamorada y era lo único que importaba. No había otra cosa más real y cierta que el amor que estaba sintiendo. Nada podía hacerle entender por qué su madre no lo aceptaba.
Siguió mirando sus ojos fríos, llenos de desasosiego. Había un atisbo de confusión y melancolía en su mirada, pero su postura era hostil.
—¿Quisiste a mi padre? —preguntó, mirando sus ojos, esperando encontrar la verdadera razón de prohibirle un sentimiento así.
—¡Sí… y lo amé mucho! —contestó con enojo.
Era una pregunta que no le encontraba sentido y razón. Le habían mostrado el amor y el respeto que sentían uno por el otro. No habían cometido algún error de educación para que Andrea estuviera actuando como si no lo entendiera. Le habían dado un buen ejemplo para creer en el amor, pero en uno que Patricia conocía desde siempre; el amor común que podía ver por las calles: monótono, dependiente, acostumbrado; y que nadie le pedía ocultarse, que no era criticado, equivocado o mal juzgado. Era un sentimiento sin trascendencia, incapaz de sentirse o verse de otra manera: la dualidad de siempre. Patricia no dejaba de preguntarse en qué pudo haber fallado si Andrea conocía bien el amor.
—¿Por qué no entiendes lo que siento? —preguntó con tristeza. No entendía la postura que tenía su madre. ¿Por qué era tan malo amar de la manera en que ella lo hacía? No tenían nada de malo sus sentimientos, era amor—. ¿Por qué no lo entiendes?
—¡Porque lo que sientes no es igual! ¡Nunca lo será, Andrea! —Insistía Patricia, con desespero—. ¡Lo que sientes no puede ser amor! 
—¡Claro que sí! ¡El amor es el mismo en todas partes!
—¡Lo que sientes no lo es!
No había diferencia en lo que veía de cualquier persona enamorada y de lo que ella sentía en su corazón. Creía en el amor que conoció de sus padres y en el amor que vio entre sus abuelos. Sabía que no había diferencia alguna entre lo que sentía ahora.
—No es amor.
Lo que escuchaba de su madre no podía creerlo. Cómo se sentía con derecho a decirle que lo que estaba sintiendo no podía ser amor. Patricia parecía no entender el verdadero significado, la verdadera esencia de lo que se puede sentir. Era la misma discusión todos los días, el mismo tema de siempre y siempre llegaba a la misma conclusión: su madre no comprendía mucho del sentimiento.
—No sabes entonces lo que en verdad es el amor —dijo con tristeza.
—¡Y tú eres una niña para saber lo que es! ¡No tienes idea sobre el amor! —gritó Patricia con enfado.
—¡Déjame tranquila!
Apretó sus puños, llenos de rabia y de impotencia. ¿Cómo podía defenderse? ¿Cómo dar explicaciones de algo que no necesitaba explicarse?
—¡Lo que sientes no es amor! —insistió.
—¿Por qué es tan fuerte entonces?
Si lo que sentía no era real, necesitaba saber por qué era tan fuerte, por qué no lo podía detener.
—¿No lo entiendes? —Respondió Patricia, aún más enojada—. ¡Estás confundida!
—¡¿Confundida?! —gritó sin querer, ante una explicación tan absurda para sus sentimientos.
No quiso seguir la discusión. Las palabras de su madre no tenían sentido. Dio la vuelta, miró la estrella, rota por la mitad; la madera, y mucho menos su alma, jamás volverían a estar unidas, como si nunca se hubieran fracturado. Cerró con fuerza la puerta de su habitación y se tiró sobre su cama. Se sentía tan llena de rabia y frustración. Su habitación era su único escondite dentro de su casa. Era un lugar donde podía demostrar su impotencia sin que nadie la viera y se aprovechara de ella. Lloraba de coraje y tristeza. Sin entender y sin comprender por qué le impedían amar de la forma en que lo hacía. Su corazón no entendía por qué todo tenía que ser tan complicado. Por qué, si todo era cuestión de amor, tenía que llevar una batalla que no era justa para ella ni para nadie quien amara de verdad.
—¿Por qué no lo entiendes? ¿Por qué es tan difícil que lo entiendas? —decía, ahogándose de dolor sobre la almohada. No entendía por qué su corazón se contradecía tanto con el razonamiento de su madre—. Sólo tienes que aceptarlo, aceptar que estoy enamorada. ¿Qué tiene eso de malo?
Se sentó sobre la cama. No tenía más que preguntas en su cabeza, a las que no les hallaba sentido alguno, no para creer que estuviera equivocada o confundida. Sus manos se cerraron, apretando con fuerza las sábanas. No sabía cómo sentirse, la decepción no cabía más en su interior. Miró, por el refilo de la puerta, que no había luz en el pasillo. La discusión con Patricia en verdad había llegado a su fin. Suspiró, y volvió a suspirar una vez más, con descanso, sintiéndose segura por un momento. La habitación estaba a oscuras, la lámpara que alumbraba la calle filtraba muy poca luz a través de la ventana, entre las cortinas blancas. No quería discutir con nadie, mucho menos con su madre. Se preguntaba por qué era tan difícil que entendiera y aceptara sus sentimientos.
 —¿Natalia, por qué amarte tiene que ser tan difícil?
Las discusiones con Patricia eran cada vez más fuertes desde hace dos años, desde el día que inocentemente le confesó que estaba enamorada y que la persona que ocupaba su corazón era una mujer. En ese entonces todavía era muy pequeña y no sabía que experimentar lo que estaba sintiendo era visto como algo malo dentro de la sociedad. Esa tarde, cuando se lo contó a Patricia, se dio cuenta de lo que había en el mundo y que era muy diferente de lo que pensaba. Aun así estaba muy enamorada, lo que sentía era demasiado fuerte y no podía dejarlo. Durante todo este tiempo hubo batallado con el rencor y la indiferencia de Patricia. Toda la frialdad que recibía de su madre la había hecho una persona dura y con mucho coraje siendo tan pequeña. Sabía que sus sentimientos no eran equivocados y que no estaba confundida como lo decía, pero las personas no entendían todo lo que guardaba en su corazón. No sabían el significado esencial del amor, todo lo dejaban en la costumbre, a lo más conveniente y habitual que les era ver y sentir el amor.
—Natalia…

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.