Necesitaba tiempo; que todo en un segundo se congelara
como las gotas de rocío que nunca cayeron de las hojas de los encinos en
invierno. Poner su fe de nuevo en la eternidad, un poco de ilusión fraguada de
esperanza; que todo regresara y permaneciera, tan sólo se quedara; que su amor
retornara a la eternidad, donde siempre pensó estaría, donde creyó se había
forjado su destino. Estaba a un paso de convertirse en un delirio: el cielo
tardío que se asemejaba tanto a un lejano amanecer, con la noche negándose a
oscurecerlo todo; el arrebato del viento haciendo una pausa eterna a su
alrededor, como si quisiera detener al tiempo en un intento forzado, incapaz de
lograr lo imposible, pero intentándolo con el mismo ímpetu con el que soplaba;
el día incierto que estaba viviendo, porque los números habían dejado de tener
importancia hacía mucho; y entre sus brazos la persona que le daba el sentido
real a su existencia, entregándole la más cruel agonía. Tenía que ser parte de
un delirio lo que sus ojos miraban, lo que su cuerpo sentía y el egoísmo con
que sus palabras se guardaban llenas de amargura en su pecho.
La bruma descendía con lentitud sobre la sierra,
ocultando todo lo que se encontraba a su paso, cubriéndolo en un silencio
etéreo; como lo hacía con sus palabras, negándose a ser pronunciadas.
Transcurrían los últimos días de invierno, del más frío y cruel que había
sentido en su corta vida. El viento se escarchaba finamente sobre su rostro a
cada segundo, la brisa helada se cristalizaba en su piel lívida. Las nubes empezaban
a estacionarse con ligereza, para después desvanecerse entre la brisa más
fuerte que se desataba. Todo parecía inmutable ante sus ojos y furtivo para el
tiempo. ¿Por qué no podía quedarse en su mirada como lo había hecho en el
pasado cuando la realidad no le gustaba? Era su refugio perfecto, simplemente
perfecto. Cómo haría que todo fuera diferente, que sus labios pudieran esbozar
una sonrisa acompañada de lágrimas que manifestaran únicamente su absoluta
felicidad, como habían sido la primera vez que lloró frente a ella. ¿Cómo podía
sonreírle ahora? No quería. Alzó su rostro, mirando las hojas de los encinos
mecerse con indiferencia; sus hojas reverdecidas se movían dejando escapar un
suave murmullo con el viento y las hojas cobrizas, que había dejado el pasado
otoño, terminaban por caer con suma lentitud. ¿Qué podía importarle a los
árboles lo que estaba pasando bajo sus ramas?
Escuchó la vieja madera crujir, como si la cabaña en
cualquier momento pudiera venirse abajo, mas sabía que podía aguantar el
impulso del viento, mucho más que una inquebrantable voluntad. Los maderos bajo
su cuerpo estaban tan fríos que punzaban hasta quemar. Se preguntó por qué no
habían encendido la chimenea, ¿estarían ahí hasta el amanecer del siguiente
día? Quizá no sobreviviría, y sería lo mejor para ella. El viento desde el sur
volvió a soplar, esta vez no lo hizo tan quieto y suave, llevando un aroma
fresco de nostalgia. Debía llevarse lo que le pertenecía y dejar avanzar al
tiempo, que no podía detener. La neblina era cada vez más densa y fría. Se
escuchaba el viento, acrecentándose con fuerza, pero la niebla se quedaba
estancada, protegiendo su alma.
Tenía que ser un delirio.
Se sentía indefensa, tan niña, incapaz de cambiar
nada de lo que estaba pasando. No tenía ni la oportunidad de escapar de su
propia realidad. El tiempo avanzaba, el tiempo tenía que continuar. Sintió un
cuerpo sacudirse entre sus brazos, no era la única que podía sentir el frenesí
del viento; era frío y cada vez más estacionado entre la neblina. Regresó su
mirada a los ojos verdes, que no perdían ningún detalle de su rostro casi
escarchado por la bruma. Los dedos de sus manos apenas si podían moverse, se
asían con fuerza a la sábana que la cubría. Acercó más su cuerpo para
protegerla, la sintió débil, casi ausente y alejada de todo sentido. Sus brazos
dolieron por el simple movimiento de acercarla, estaban entumidos de tanto
frío. La sintió estremecerse una vez más, a su ritmo, un mismo compás y con el
mismo deseo de frenar tanto dolor. Se aferró con más fuerza a su cuerpo para
provocarle calor, calmando cada escalofrío involuntario. Su mirada volvió a
buscar una escapatoria a la realidad, pero el escenario no cambiaba, todo era
igual. Desde el balcón de la cabaña no se miraba nada hacia abajo, veía como
las ramas de los árboles más altos eran consumidos poco a poco por la neblina y
un cielo que empezaba a oscurecerse, era todo lo que podían enfocar sus ojos
llorosos. Quería un escenario distinto; deseaba tanto no ser ella.
La atrajo un poco más hacia su pecho, por instinto,
en su afán de darle calor, fue cuando se dio cuenta que era su propio cuerpo el
que le hacía estremecerse. Intentó apartarla de inmediato, mas no obtuvo
respuesta, sus brazos no querían abrirse para dejarla ir. No debía dejarla ir.
Sus ojos pestañaban en busca de otro escenario, uno más dulce y favorable, pero
cada vez que su mirada visualizaba lo inevitable, su alma se desquebrajaba. No
había marcha atrás, no había magia ni destino o eternidad, quizá su amor no lo
merecía. No lo consiguió. Cerró los ojos con fuerza, su mandíbula se contrajo
en un grito ahogado y, con toda la fuerza de su golpeada voluntad, no aprisionó
más el cuerpo que estaba entre sus brazos. No podía aferrarse a lo que no le
pertenecía, a lo que era del tiempo y la vida. Pero su amor valía más de lo que
estaba viviendo ahora. Merecía que todo fuera una pesadilla, un mal sueño, y
que el frío que estaba sintiendo simplemente fuera porque sus sábanas habían
terminado sobre el piso de su habitación. Abrió los ojos, despertando en la
misma pesadilla, pero mirando lo único que valía la pena en cualquier
circunstancia, buena o mala: sus ojos fijos en los suyos. Cuánto deseaba que
sus lágrimas salieran, que aliviaran todos sus sentimientos, que fueran un
bálsamo cálido sobre su rostro frío. El viento seguía cristalizándose en su
piel. La neblina a lo lejos lo había difuminado todo. Extrañaba la primavera y
el sol cálido del pasado otoño. Quería sentir el calor, el que nunca percibió
conscientemente, de sus brazos.
Frío; nunca lo había sentido así.
―Quédate conmigo.
Las palabras se le escaparon por fin. Dos. No pudo
decir más que dos, a pesar de todas las palabras que le quemaban la garganta.
No fue capaz de decir más. Sus ojos se nublaron por las lágrimas que no quería
derramar. ¿A quién podía pedirle más tiempo? ¿De qué manera hacer que todo se
quedara así para siempre? No le importaba que no hubiese otro amanecer, que el
futuro no existiera nunca más. No le importaría vivir siempre el mismo día,
había sido muy hermoso para ella. Tiempo; lo necesitaba…, lo quería. No iba a
bastar una noche cuando quería más que una vida a su lado. Sabía que no le
podía pedir más, por mucho que quisiera y deseara, no lo iba a conseguir. Se
sintió defraudada de todos sus sentimientos, ya que eran incapaces de lograr lo
imposible; no podían retener lo que era terminable; no podían quitarle lo
efímero a lo que ella creía era eterno. Se sintió traicionada de todas sus
creencias, de toda la magia que había sentido en tantos años. Nadie le advirtió
que todo se le sería arrebatado, quizá de forma injusta y a destiempo; así lo
creía.
—Quédate…
—apenas susurró.
Las palabras salían con dificultad de su boca;
tropezaban en sus labios, se negaban a salir, dolían aturdidas en su pecho.
Eran profusas y escasas a la vez, tan insuficientes para todo lo que estaba
sintiendo. Sus pensamientos se negaban a ser parte de la realidad con ella, se
negaban a enfocarse en uno solo. Los sentimientos parecían huir de su alma,
deseaban escapar de lo que no querían aceptar. Por eso dolía más de lo que
imaginaba: estaba abandonada de toda consciencia que pudiera darle la fortaleza
para afrontarlo todo. Se sentía incapaz de soportarlo un poco más, no tenía ni
la protección de ella misma. También quería huir. Las lágrimas ardían
escondidas en sus ojos, era una tortura obligarse a contenerlas entre sus
pupilas. No debía llorar aunque sintiera que le quemaban cada vez más. Creyó
que su vida terminaría justo ahí. Así lo deseaba tanto: que todo terminara sin
dar paso a nada más. Estaba doliendo demasiado. No soportaba tanto dolor en el
alma y en su corazón, era injusto para ella. Volvió a sentir el frío
acumulándose en cada parte de su cuerpo. Su pecho apenas si podía soportar el
aire frío que entraba a sus pulmones. El viento gélido despeinó su cabello,
como una suave caricia que deseaba consolarle el alma. Intentó mover los labios
y fue inútil, no podía siquiera sonreír. Sentía demasiado frío en el cuerpo que
parecía estar roto en fragmentos pequeños, y cada uno de ellos dolía diferente
y más intenso a la vez. Sus sentimientos se contrastaban, jugando
inconscientemente en su interior. ¿Cuáles debían dominar para que pudiera
continuar con su vida? No lo sabía, pero debía estar bien ahora, sentirse feliz
a pesar de lo que vendría después. No quería que lo último que viese de ella
fuera su tristeza. Lo intentó una vez más, sus labios ligeramente se curvearon
y pudo bosquejar una sonrisa apenas perceptible. Por lo menos tenía que
sonreír, mas sus palabras seguían negándose a salir. Se sentía incapaz de
expresarlas con toda la fuerza que debía. ¿Cómo hacer que fluyeran de sus
labios tan rápido como se plasmaban en su cabeza? Nunca logró hacer de sus
sentimientos palabras, todo lo convertía en acciones, arrebatos de sorpresas y
locuras; pero ahora no había tiempo para demostrar sus sentimientos como mejor
lo sabía hacer. Palabras; era todo lo que necesitaba y no sabía cómo decirlas.
Su mandíbula se contrajo cada vez más, como si las frases quisieran guardarse
para siempre, como si tuviera la oportunidad de decirlas después. Tal vez
tendría otro momento; negándose lo que estaba pasando, ganándole más tiempo al
destino, para siempre, quizás un milagro. No podía perder la esperanza, incluso
cuando sabía que estaba por demás creer en algo así. Tenía que decirle todo lo
que debía ahora. No tendría otra oportunidad. Sabía que las palabras no podía
quedárselas. No podía guardarlas para sus recuerdos, unos recuerdos que no
serían compartidos.
Tenía que decirlo. Sólo decirlo.
Todo estaba quieto, estancándose en el tiempo, sin
que nada tuviera esperanza de avanzar. El viento se percibía como un murmullo
nada más. Soplaba por segundos y después volvía a quedarse quieto; quizá
dándole el tiempo necesario, esperando que sus palabras se acomodaran en su
pecho para que pudieran salir libres, con toda la franqueza y todo el amor. El
viento dejaba de soplar cada vez que sus labios lo intentaban, para que sus
palabras no se confundieran entre su helado silbido, para que no pudiera llevárselas
tras su paso. La naturaleza confabulaba a su favor, dándole unos segundos más
de tiempo; pero el destino lo tenía en su contra.
Abrazó con fuerza el cuerpo que tenía entre sus
brazos. Miró sus ojos y volvió a pedirle con una desesperación ahogada en su
pecho:
—Te
lo suplico, quédate conmigo esta noche.
Unos ojos verdes, de un hilo inocente y apagado, la
miraban con desesperación. No sabía si podría cumplir lo que le pedía, no
estaba en sus manos poder hacerlo. Deseaba darle más que una noche para que
olvidara todo lo que había pasado en los últimos días. Quería sanar su corazón
y no dejar en pedazos su alma. ¿Cómo podría lograrlo en unas horas? Sus brazos
se pegaron más al calor de su cuerpo para hacerle entender que no quería
marcharse nunca y lo único que deseaba era el tiempo eterno junto a ella. Así
lo había apostado desde el día cuando se conocieron, porque sus destinos se
habían unido a pesar de todas las malas circunstancias encontradas en su
camino. Miraba sus ojos, la súplica callada y escondida en ellos. ¿Por qué
tenía que irse y dejarla? No era justo marcharse de su vida. Sus sentidos poco
a poco perdían el conocimiento de la realidad. No podía enfocar muy bien lo
acontecido a su alrededor. No sabía si era la neblina, que empezaba a cubrir
los árboles, o simplemente sus ojos no querían ver nada más. Todo lo que aún
podía sentir, lo enfocaría en la persona que la estaba abrazando y en el
inmenso amor que sentía. Ni siquiera podía temblar de frío, el cuerpo que
estaba a su lado estaba tan cálido, como el tibio sol de un día de primavera.
Exploró su rostro, sería una última vez. Miró el
azul de sus ojos desconcertado, había un brillo en ellos por sus lágrimas
deteniéndose en sus pupilas. Sus ojos; eran hermosos. Conoció en ellos todas
las expresiones posibles: enamorados, sonrientes, enojados, asustados, sorprendidos,
tristes, confundidos; eran hermosos en todas sus manifestaciones. Siguió
examinando su aspecto dulce. Esbozó una sonrisa al mirar su nariz roja,
conteniendo todo el aire frío inhalado. Era la primera vez que la veía sufrir
por el frío del invierno; antes ni siquiera sabía cómo demostrarlo para
disimular por lo menos un escalofrío. Sintió miedo por todo lo que iba a perder
de ella cuando se marchase. Nada le iba a pertenecer. No la obligaría a usar su
chaqueta por las tardes cuando hacía más frío, no la vería despojarse de ella a
los cinco minutos porque tenía calor. ¿Dónde quedarían todos sus recuerdos a la
hora de marcharse? Deseaba que al menos se quedara con el consuelo de ellos al
lugar que fuese.
Siguió explorando su semblante. Contempló sus labios,
que intentaban en vano sonreír, aún le resultaba imposible hacerlo. Cómo se
dibujaba en ellos la más tierna sonrisa y la risa más indiscreta. Cuántas veces
probó en sus labios la dulzura y su devoción; la pasión y su locura. Cuántas
veces de su boca salieron palabras tímidamente torpes, intentando acomodarse en
poesía, tratando de formular una frase sin trastabillar o sonrojarse cada vez
que le decía algo dulce. Volvió a sentir miedo, un miedo casi aterrador. Nada
de Andrea volvería a ser suyo. No quería una última vez, no la quería para
alguien más. Deseaba seguir provocando en ella su lado más tierno, y que solo
su amor tuviera la potestad para hacerlo. Se guardó un suspiro, tan egoísta
como lo fueron sus deseos. La siguió mirando: no había visión más hermosa y
triste a la vez. Siempre era un contraste difuso entre su semblante y sus
sentimientos; podía tener el rostro más dulce mientras hacía rabietas por
cualquier cosa que le molestaba; podía estar triste ahora y causar la más
inmensa felicidad con tan sólo mirarla. Quería quedarse ahí: en el contraste de
su semblante con sus sentimientos; para que nunca, nada, nadie, pudiera definir
cuán grande había sido su encuentro y qué tan grande había sido su amor.
La miró en su intento de sonreír una vez más, una
ligera sonrisa le bastaba. ¿Qué podía hacer por ella? Nada. Nada estaba en el
poder de sus deseos. Suspiró profundamente, esperando que el tiempo pudiera ir
un poco más lento y cada segundo pudiera ir de retroceso, empezar de nuevo…,
desde la primera vez que sus miradas tropezaron en otoño, para quedarse en un
sentimiento eterno.
De sus labios, agrietados por el frío, se dibujó una
tierna sonrisa. Esperaba cumplirle aunque sea su último deseo. No sabía cómo lo
haría, pero lo intentaría todo. Tomó sus manos y le dijo, con cansancio:
—Me quedaré
contigo…, hasta el amanecer.
Escuchó sus
palabras como si fuera el sutil viento intentando congelar todo a su paso.
Pretendió muchas veces rehuir de su mirada, esperando encontrar otros ojos que
no fueran los suyos. Quería que todo fuera un mal sueño. Todo parecía un mal
sueño. Estaba confundida, no podía estar ahí. Despierta, se decía interiormente. Miraba sus ojos verdes, dulces,
tiernos y cada vez más hermosos. Intentó sonreírle otra vez, no lo consiguió.
Deseaba que todo terminara, que la pesadilla por fin llegara a su final. Quería
que todo cambiara y se convirtiera en el sueño más hermoso. Creía que no
merecía estar ahí. No lo merecían. Unas manos pálidas y frías, aferrándose a
sus brazos, le hicieron saber que no se trataba de un sueño. No tenía que
despertar, debía vivirlo como estaba pasando. Nada volvería a ser igual para
ninguna de las dos. Miró sus ojos y vio en ellos la ferviente intención de
poder cumplir algo que no estaba en sus manos, pero que haría todo por
lograrlo.
Besó su frente
y la abrazó con más fuerza. Enfocó su mirada hacia el cielo y sus lágrimas
salieron para entibiar lo frío de su rostro; por fin sus ojos encontraron un descanso.
Sintió lo cálido surcando sus mejillas, abriéndose paso entre lo que parecía
una fina escarcha sobre su rostro. Esperaba un milagro, algo que sabía su amor
no podía cumplir; aunque fuera más fuerte que todo lo existente en el mundo y
en su corazón, nada podía cambiarlo. No podía ser ella ahí. Suplicaba que todo
fuera diferente, que se detuviera. Empezó a sentir culpa por jugar con un
destino que no le correspondía; se preguntaba si estaba pagando por su ofensa,
por abrir una historia que había terminado hace mucho tiempo. Quizás el destino
le estaba devolviendo con la misma moneda. Si era así, lo sentía; lo sentía con
toda el alma. Pedía perdón por su ofensa, por intentar darle un buen final a un
gran sentimiento.
Sus ojos
volvieron a arder, contuvo una vez más las lágrimas y abrazó con más fuerza su
cuerpo. No había sido su intención ofender al destino. No era enteramente su
culpa, cualquiera lo hubiera hecho, lo hubiera considerado un destino
inconcluso que se debía terminar de la mejor manera posible. Sus intenciones
fueron buenas, quería sanar dos almas heridas que había dejado el tiempo, dos
corazones que necesitaban un descanso con la verdad. No hubo hecho nada malo,
no merecía un castigo así. Lo sentía; no había sido si intención ofender al
destino.
Sintió el
cuerpo tibio que estaba en sus brazos. No quería soltarlo. No quería dejarlo.
No quería perderlo y saber que no volvería a tenerlo entre sus brazos. Volvió
su mirada a los ojos verdes que tanto amaba y le sonrió con dulzura. Lo siento mucho, dijo en silencio. No
debió jugar con su tiempo, creyendo que siempre estaría a su lado, que sus
vidas jamás iban a perderse por el camino. Perdón,
pidió al destino. No podía llevarse lo que era suyo, lo que le había dado hace
mucho tiempo. Creí en la magia, en la eternidad y en el destino del amor. Sus
sentimientos no podían ser una ilusión efímera de la casualidad. No.
El destino no
podía llevarse lo que más quería.
—Quédate
conmigo, Natalia, tienes que quedarte conmigo —suplicó una vez más.
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