"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011




I
Estaba segura que jamás lo lograría; el consejo no era verdad: Haz lo imposible. Nadie puede fragmentar las palabras y quedarse con lo posible, no al menos para lo que se estaba enfrentando.
Necesitaba tiempo; que todo en un segundo se congelara como las gotas de rocío que nunca cayeron de las hojas de los encinos en invierno. Poner su fe de nuevo en la eternidad, un poco de ilusión fraguada de esperanza; que todo regresara y permaneciera, tan sólo se quedara; que su amor retornara a la eternidad, donde siempre pensó estaría, donde creyó se había forjado su destino. Estaba a un paso de convertirse en un delirio: el cielo tardío que se asemejaba tanto a un lejano amanecer, con la noche negándose a oscurecerlo todo; el arrebato del viento haciendo una pausa eterna a su alrededor, como si quisiera detener al tiempo en un intento forzado, incapaz de lograr lo imposible, pero intentándolo con el mismo ímpetu con el que soplaba; el día incierto que estaba viviendo, porque los números habían dejado de tener importancia hacía mucho; y entre sus brazos la persona que le daba el sentido real a su existencia, entregándole la más cruel agonía. Tenía que ser parte de un delirio lo que sus ojos miraban, lo que su cuerpo sentía y el egoísmo con que sus palabras se guardaban llenas de amargura en su pecho.
La bruma descendía con lentitud sobre la sierra, ocultando todo lo que se encontraba a su paso, cubriéndolo en un silencio etéreo; como lo hacía con sus palabras, negándose a ser pronunciadas. Transcurrían los últimos días de invierno, del más frío y cruel que había sentido en su corta vida. El viento se escarchaba finamente sobre su rostro a cada segundo, la brisa helada se cristalizaba en su piel lívida. Las nubes empezaban a estacionarse con ligereza, para después desvanecerse entre la brisa más fuerte que se desataba. Todo parecía inmutable ante sus ojos y furtivo para el tiempo. ¿Por qué no podía quedarse en su mirada como lo había hecho en el pasado cuando la realidad no le gustaba? Era su refugio perfecto, simplemente perfecto. Cómo haría que todo fuera diferente, que sus labios pudieran esbozar una sonrisa acompañada de lágrimas que manifestaran únicamente su absoluta felicidad, como habían sido la primera vez que lloró frente a ella. ¿Cómo podía sonreírle ahora? No quería. Alzó su rostro, mirando las hojas de los encinos mecerse con indiferencia; sus hojas reverdecidas se movían dejando escapar un suave murmullo con el viento y las hojas cobrizas, que había dejado el pasado otoño, terminaban por caer con suma lentitud. ¿Qué podía importarle a los árboles lo que estaba pasando bajo sus ramas?
Escuchó la vieja madera crujir, como si la cabaña en cualquier momento pudiera venirse abajo, mas sabía que podía aguantar el impulso del viento, mucho más que una inquebrantable voluntad. Los maderos bajo su cuerpo estaban tan fríos que punzaban hasta quemar. Se preguntó por qué no habían encendido la chimenea, ¿estarían ahí hasta el amanecer del siguiente día? Quizá no sobreviviría, y sería lo mejor para ella. El viento desde el sur volvió a soplar, esta vez no lo hizo tan quieto y suave, llevando un aroma fresco de nostalgia. Debía llevarse lo que le pertenecía y dejar avanzar al tiempo, que no podía detener. La neblina era cada vez más densa y fría. Se escuchaba el viento, acrecentándose con fuerza, pero la niebla se quedaba estancada, protegiendo su alma.
Tenía que ser un delirio.
Se sentía indefensa, tan niña, incapaz de cambiar nada de lo que estaba pasando. No tenía ni la oportunidad de escapar de su propia realidad. El tiempo avanzaba, el tiempo tenía que continuar. Sintió un cuerpo sacudirse entre sus brazos, no era la única que podía sentir el frenesí del viento; era frío y cada vez más estacionado entre la neblina. Regresó su mirada a los ojos verdes, que no perdían ningún detalle de su rostro casi escarchado por la bruma. Los dedos de sus manos apenas si podían moverse, se asían con fuerza a la sábana que la cubría. Acercó más su cuerpo para protegerla, la sintió débil, casi ausente y alejada de todo sentido. Sus brazos dolieron por el simple movimiento de acercarla, estaban entumidos de tanto frío. La sintió estremecerse una vez más, a su ritmo, un mismo compás y con el mismo deseo de frenar tanto dolor. Se aferró con más fuerza a su cuerpo para provocarle calor, calmando cada escalofrío involuntario. Su mirada volvió a buscar una escapatoria a la realidad, pero el escenario no cambiaba, todo era igual. Desde el balcón de la cabaña no se miraba nada hacia abajo, veía como las ramas de los árboles más altos eran consumidos poco a poco por la neblina y un cielo que empezaba a oscurecerse, era todo lo que podían enfocar sus ojos llorosos. Quería un escenario distinto; deseaba tanto no ser ella.
La atrajo un poco más hacia su pecho, por instinto, en su afán de darle calor, fue cuando se dio cuenta que era su propio cuerpo el que le hacía estremecerse. Intentó apartarla de inmediato, mas no obtuvo respuesta, sus brazos no querían abrirse para dejarla ir. No debía dejarla ir. Sus ojos pestañaban en busca de otro escenario, uno más dulce y favorable, pero cada vez que su mirada visualizaba lo inevitable, su alma se desquebrajaba. No había marcha atrás, no había magia ni destino o eternidad, quizá su amor no lo merecía. No lo consiguió. Cerró los ojos con fuerza, su mandíbula se contrajo en un grito ahogado y, con toda la fuerza de su golpeada voluntad, no aprisionó más el cuerpo que estaba entre sus brazos. No podía aferrarse a lo que no le pertenecía, a lo que era del tiempo y la vida. Pero su amor valía más de lo que estaba viviendo ahora. Merecía que todo fuera una pesadilla, un mal sueño, y que el frío que estaba sintiendo simplemente fuera porque sus sábanas habían terminado sobre el piso de su habitación. Abrió los ojos, despertando en la misma pesadilla, pero mirando lo único que valía la pena en cualquier circunstancia, buena o mala: sus ojos fijos en los suyos. Cuánto deseaba que sus lágrimas salieran, que aliviaran todos sus sentimientos, que fueran un bálsamo cálido sobre su rostro frío. El viento seguía cristalizándose en su piel. La neblina a lo lejos lo había difuminado todo. Extrañaba la primavera y el sol cálido del pasado otoño. Quería sentir el calor, el que nunca percibió conscientemente, de sus brazos.
Frío; nunca lo había sentido así.
―Quédate conmigo.
Las palabras se le escaparon por fin. Dos. No pudo decir más que dos, a pesar de todas las palabras que le quemaban la garganta. No fue capaz de decir más. Sus ojos se nublaron por las lágrimas que no quería derramar. ¿A quién podía pedirle más tiempo? ¿De qué manera hacer que todo se quedara así para siempre? No le importaba que no hubiese otro amanecer, que el futuro no existiera nunca más. No le importaría vivir siempre el mismo día, había sido muy hermoso para ella. Tiempo; lo necesitaba…, lo quería. No iba a bastar una noche cuando quería más que una vida a su lado. Sabía que no le podía pedir más, por mucho que quisiera y deseara, no lo iba a conseguir. Se sintió defraudada de todos sus sentimientos, ya que eran incapaces de lograr lo imposible; no podían retener lo que era terminable; no podían quitarle lo efímero a lo que ella creía era eterno. Se sintió traicionada de todas sus creencias, de toda la magia que había sentido en tantos años. Nadie le advirtió que todo se le sería arrebatado, quizá de forma injusta y a destiempo; así lo creía.
—Quédate… —apenas susurró.
Las palabras salían con dificultad de su boca; tropezaban en sus labios, se negaban a salir, dolían aturdidas en su pecho. Eran profusas y escasas a la vez, tan insuficientes para todo lo que estaba sintiendo. Sus pensamientos se negaban a ser parte de la realidad con ella, se negaban a enfocarse en uno solo. Los sentimientos parecían huir de su alma, deseaban escapar de lo que no querían aceptar. Por eso dolía más de lo que imaginaba: estaba abandonada de toda consciencia que pudiera darle la fortaleza para afrontarlo todo. Se sentía incapaz de soportarlo un poco más, no tenía ni la protección de ella misma. También quería huir. Las lágrimas ardían escondidas en sus ojos, era una tortura obligarse a contenerlas entre sus pupilas. No debía llorar aunque sintiera que le quemaban cada vez más. Creyó que su vida terminaría justo ahí. Así lo deseaba tanto: que todo terminara sin dar paso a nada más. Estaba doliendo demasiado. No soportaba tanto dolor en el alma y en su corazón, era injusto para ella. Volvió a sentir el frío acumulándose en cada parte de su cuerpo. Su pecho apenas si podía soportar el aire frío que entraba a sus pulmones. El viento gélido despeinó su cabello, como una suave caricia que deseaba consolarle el alma. Intentó mover los labios y fue inútil, no podía siquiera sonreír. Sentía demasiado frío en el cuerpo que parecía estar roto en fragmentos pequeños, y cada uno de ellos dolía diferente y más intenso a la vez. Sus sentimientos se contrastaban, jugando inconscientemente en su interior. ¿Cuáles debían dominar para que pudiera continuar con su vida? No lo sabía, pero debía estar bien ahora, sentirse feliz a pesar de lo que vendría después. No quería que lo último que viese de ella fuera su tristeza. Lo intentó una vez más, sus labios ligeramente se curvearon y pudo bosquejar una sonrisa apenas perceptible. Por lo menos tenía que sonreír, mas sus palabras seguían negándose a salir. Se sentía incapaz de expresarlas con toda la fuerza que debía. ¿Cómo hacer que fluyeran de sus labios tan rápido como se plasmaban en su cabeza? Nunca logró hacer de sus sentimientos palabras, todo lo convertía en acciones, arrebatos de sorpresas y locuras; pero ahora no había tiempo para demostrar sus sentimientos como mejor lo sabía hacer. Palabras; era todo lo que necesitaba y no sabía cómo decirlas. Su mandíbula se contrajo cada vez más, como si las frases quisieran guardarse para siempre, como si tuviera la oportunidad de decirlas después. Tal vez tendría otro momento; negándose lo que estaba pasando, ganándole más tiempo al destino, para siempre, quizás un milagro. No podía perder la esperanza, incluso cuando sabía que estaba por demás creer en algo así. Tenía que decirle todo lo que debía ahora. No tendría otra oportunidad. Sabía que las palabras no podía quedárselas. No podía guardarlas para sus recuerdos, unos recuerdos que no serían compartidos.
Tenía que decirlo. Sólo decirlo.
Todo estaba quieto, estancándose en el tiempo, sin que nada tuviera esperanza de avanzar. El viento se percibía como un murmullo nada más. Soplaba por segundos y después volvía a quedarse quieto; quizá dándole el tiempo necesario, esperando que sus palabras se acomodaran en su pecho para que pudieran salir libres, con toda la franqueza y todo el amor. El viento dejaba de soplar cada vez que sus labios lo intentaban, para que sus palabras no se confundieran entre su helado silbido, para que no pudiera llevárselas tras su paso. La naturaleza confabulaba a su favor, dándole unos segundos más de tiempo; pero el destino lo tenía en su contra.
Abrazó con fuerza el cuerpo que tenía entre sus brazos. Miró sus ojos y volvió a pedirle con una desesperación ahogada en su pecho:
Te lo suplico, quédate conmigo esta noche.
Unos ojos verdes, de un hilo inocente y apagado, la miraban con desesperación. No sabía si podría cumplir lo que le pedía, no estaba en sus manos poder hacerlo. Deseaba darle más que una noche para que olvidara todo lo que había pasado en los últimos días. Quería sanar su corazón y no dejar en pedazos su alma. ¿Cómo podría lograrlo en unas horas? Sus brazos se pegaron más al calor de su cuerpo para hacerle entender que no quería marcharse nunca y lo único que deseaba era el tiempo eterno junto a ella. Así lo había apostado desde el día cuando se conocieron, porque sus destinos se habían unido a pesar de todas las malas circunstancias encontradas en su camino. Miraba sus ojos, la súplica callada y escondida en ellos. ¿Por qué tenía que irse y dejarla? No era justo marcharse de su vida. Sus sentidos poco a poco perdían el conocimiento de la realidad. No podía enfocar muy bien lo acontecido a su alrededor. No sabía si era la neblina, que empezaba a cubrir los árboles, o simplemente sus ojos no querían ver nada más. Todo lo que aún podía sentir, lo enfocaría en la persona que la estaba abrazando y en el inmenso amor que sentía. Ni siquiera podía temblar de frío, el cuerpo que estaba a su lado estaba tan cálido, como el tibio sol de un día de primavera.
Exploró su rostro, sería una última vez. Miró el azul de sus ojos desconcertado, había un brillo en ellos por sus lágrimas deteniéndose en sus pupilas. Sus ojos; eran hermosos. Conoció en ellos todas las expresiones posibles: enamorados, sonrientes, enojados, asustados, sorprendidos, tristes, confundidos; eran hermosos en todas sus manifestaciones. Siguió examinando su aspecto dulce. Esbozó una sonrisa al mirar su nariz roja, conteniendo todo el aire frío inhalado. Era la primera vez que la veía sufrir por el frío del invierno; antes ni siquiera sabía cómo demostrarlo para disimular por lo menos un escalofrío. Sintió miedo por todo lo que iba a perder de ella cuando se marchase. Nada le iba a pertenecer. No la obligaría a usar su chaqueta por las tardes cuando hacía más frío, no la vería despojarse de ella a los cinco minutos porque tenía calor. ¿Dónde quedarían todos sus recuerdos a la hora de marcharse? Deseaba que al menos se quedara con el consuelo de ellos al lugar que fuese.
Siguió explorando su semblante. Contempló sus labios, que intentaban en vano sonreír, aún le resultaba imposible hacerlo. Cómo se dibujaba en ellos la más tierna sonrisa y la risa más indiscreta. Cuántas veces probó en sus labios la dulzura y su devoción; la pasión y su locura. Cuántas veces de su boca salieron palabras tímidamente torpes, intentando acomodarse en poesía, tratando de formular una frase sin trastabillar o sonrojarse cada vez que le decía algo dulce. Volvió a sentir miedo, un miedo casi aterrador. Nada de Andrea volvería a ser suyo. No quería una última vez, no la quería para alguien más. Deseaba seguir provocando en ella su lado más tierno, y que solo su amor tuviera la potestad para hacerlo. Se guardó un suspiro, tan egoísta como lo fueron sus deseos. La siguió mirando: no había visión más hermosa y triste a la vez. Siempre era un contraste difuso entre su semblante y sus sentimientos; podía tener el rostro más dulce mientras hacía rabietas por cualquier cosa que le molestaba; podía estar triste ahora y causar la más inmensa felicidad con tan sólo mirarla. Quería quedarse ahí: en el contraste de su semblante con sus sentimientos; para que nunca, nada, nadie, pudiera definir cuán grande había sido su encuentro y qué tan grande había sido su amor.
La miró en su intento de sonreír una vez más, una ligera sonrisa le bastaba. ¿Qué podía hacer por ella? Nada. Nada estaba en el poder de sus deseos. Suspiró profundamente, esperando que el tiempo pudiera ir un poco más lento y cada segundo pudiera ir de retroceso, empezar de nuevo…, desde la primera vez que sus miradas tropezaron en otoño, para quedarse en un sentimiento eterno.
De sus labios, agrietados por el frío, se dibujó una tierna sonrisa. Esperaba cumplirle aunque sea su último deseo. No sabía cómo lo haría, pero lo intentaría todo. Tomó sus manos y le dijo, con cansancio:
—Me quedaré contigo…, hasta el amanecer.
Escuchó sus palabras como si fuera el sutil viento intentando congelar todo a su paso. Pretendió muchas veces rehuir de su mirada, esperando encontrar otros ojos que no fueran los suyos. Quería que todo fuera un mal sueño. Todo parecía un mal sueño. Estaba confundida, no podía estar ahí. Despierta, se decía interiormente. Miraba sus ojos verdes, dulces, tiernos y cada vez más hermosos. Intentó sonreírle otra vez, no lo consiguió. Deseaba que todo terminara, que la pesadilla por fin llegara a su final. Quería que todo cambiara y se convirtiera en el sueño más hermoso. Creía que no merecía estar ahí. No lo merecían. Unas manos pálidas y frías, aferrándose a sus brazos, le hicieron saber que no se trataba de un sueño. No tenía que despertar, debía vivirlo como estaba pasando. Nada volvería a ser igual para ninguna de las dos. Miró sus ojos y vio en ellos la ferviente intención de poder cumplir algo que no estaba en sus manos, pero que haría todo por lograrlo.
Besó su frente y la abrazó con más fuerza. Enfocó su mirada hacia el cielo y sus lágrimas salieron para entibiar lo frío de su rostro; por fin sus ojos encontraron un descanso. Sintió lo cálido surcando sus mejillas, abriéndose paso entre lo que parecía una fina escarcha sobre su rostro. Esperaba un milagro, algo que sabía su amor no podía cumplir; aunque fuera más fuerte que todo lo existente en el mundo y en su corazón, nada podía cambiarlo. No podía ser ella ahí. Suplicaba que todo fuera diferente, que se detuviera. Empezó a sentir culpa por jugar con un destino que no le correspondía; se preguntaba si estaba pagando por su ofensa, por abrir una historia que había terminado hace mucho tiempo. Quizás el destino le estaba devolviendo con la misma moneda. Si era así, lo sentía; lo sentía con toda el alma. Pedía perdón por su ofensa, por intentar darle un buen final a un gran sentimiento.
Sus ojos volvieron a arder, contuvo una vez más las lágrimas y abrazó con más fuerza su cuerpo. No había sido su intención ofender al destino. No era enteramente su culpa, cualquiera lo hubiera hecho, lo hubiera considerado un destino inconcluso que se debía terminar de la mejor manera posible. Sus intenciones fueron buenas, quería sanar dos almas heridas que había dejado el tiempo, dos corazones que necesitaban un descanso con la verdad. No hubo hecho nada malo, no merecía un castigo así. Lo sentía; no había sido si intención ofender al destino.
Sintió el cuerpo tibio que estaba en sus brazos. No quería soltarlo. No quería dejarlo. No quería perderlo y saber que no volvería a tenerlo entre sus brazos. Volvió su mirada a los ojos verdes que tanto amaba y le sonrió con dulzura. Lo siento mucho, dijo en silencio. No debió jugar con su tiempo, creyendo que siempre estaría a su lado, que sus vidas jamás iban a perderse por el camino. Perdón, pidió al destino. No podía llevarse lo que era suyo, lo que le había dado hace mucho tiempo. Creí en la magia, en la eternidad y en el destino del amor. Sus sentimientos no podían ser una ilusión efímera de la casualidad. No.
El destino no podía llevarse lo que más quería.
—Quédate conmigo, Natalia, tienes que quedarte conmigo —suplicó una vez más.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.