"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011



III

El cielo se aclaraba con lentitud, la aurora se disipaba hacia el horizonte. La mañana se encontraba fría, el viento silbaba apresurado y la bruma estancada anunciaba la llegada de tan advertido invierno, uno de los más fríos que podían esperar. Los árboles en su mayoría habían perdido casi todas sus hojas y cubrían las calles con un manto que era suave pisar. El cielo se empezaba a notar entre una ligera escarcha de neblina. Se podía oír al viento mecerse de un lado para otro, a veces suave y en ocasiones muy intenso. Poco a poco la neblina de la mañana se alzaba entre los árboles. El aire pegaba como una brisa helada cualquier rostro, tanto que hasta podía llegar a entumir todos los huesos del cuerpo en unos minutos. En los días de entrada al invierno, la mayoría de las personas permanecían dentro de sus casas para soportar el frío del amanecer, más aquellas que no tenían obligaciones que cumplir por fuera. La jornada de trabajo empezaba desde temprano, casi la madrugada, por eso era escasa la gente que transitaba por la mañana entre las calles. Los niños también corrían hacia las escuelas; gorros, bufandas, abrigos y narices rojas se dibujaban en el panorama de Chiapas al llegar el invierno. Las vacaciones de fin de año estaban pronto a llegar, las esperaban con ansias.

—¿Me amas?
—Eres una tonta.
Agachó la mira por la respuesta inesperada que obtuvo. Quizá era demasiado pronto preguntar algo así, pero ella tenía muy claro que le amaba, y no desde hace días o meses, podía amarla desde siempre y, estaba segura, que lo haría por siempre. Cómo creer que era una pregunta prematura después de tanto tiempo o, tal vez, en verdad no era el suficiente. Palabras importantes y simples, no las necesitaba para saber que la amaba, pero quería oírlas, saber cómo se escuchaban en su voz.
—Sí. Tal vez un poco —respondió, dejando su mirada clavada en el piso.
En verdad se sintió tonta. No necesitaba escucharlas.
—Sí. Tal vez un poco —decía Natalia—. También es mi respuesta a tu pregunta.

Andrea dejó escapar una ligera sonrisa al recordar el día de ayer. No escuchó las palabras que deseaba oír hasta que se despidieron por la tarde, cuando Natalia se acercó a su oído y le susurró un Te amo. Volvió a sentirse tonta, pero inmensamente feliz, las palabras se escucharon hermosas en su voz, tal como lo imaginó. Estaba junto a Natalia, sentada sobre el pasto marchito que había quedado después de una noche helada, todo estaba frío y húmedo. Gustaban de estar juntas por la mañana en el parque y mirar cómo el enorme sol intentaba escapar de la inmensidad de las ramas de los árboles para regalarles la tibieza de sus rayos. El alba protegía con entera complicidad su secreto. Las calles alcanzaban a iluminarse de un color pardo por las lámparas públicas que no tardarían mucho en apagarse. A lo lejos apenas empezaba el barullo de lo cotidiano: las puertas se abrían, los automóviles se encendían y las personas vivían sus vidas con normalidad. Algunas madres pasaban con sus hijos más pequeños de la mano para llevarlos a la escuela; era cuando su secreto se tornaba más oculto, más imposible. Sus dedos, entrelazados sobre el pasto, se separaron con lentitud, y con prisa las manos se alejaron. El brillo de sus ojos dejó a un lado lo que se vería obvio en sus miradas. La acera estaba lejos, no se alcanzaba a ver el lugar donde estaban, pero tenían miedo de que las juzgaran equivocadamente, como lo hacía su madre. La mañana había llegado, el alba las protegió hasta donde pudo. El viento sopló frío una vez más y las lámparas públicas se apagaron como si fueran velas; el cielo había aclarado y el sol lo iluminó todo. Desde la mañana de otoño, cuando se conocieron, el sol las vio crecer lentamente, contemplando su infancia y sus juegos inocentes. Ahora las veía vivir tan rápido, esperando el momento para enfrentarse al mundo por defender su amor y sus sueños. No tenían miedo de sus sentimientos y esperaban jamás sentirlo, porque su amor era la base más importante de su fortaleza; su temor venía de fuera, de las opiniones erróneas de las personas.
Andrea no sabía cómo decirle las cosas a Natalia, pero tenía que decirlas y debían entender que todo podría venir peor para las dos. Sentía tristeza por no entender qué era lo malo para los demás. Era amor, simplemente era amor lo que sentía en su corazón. No estaba confundida como Patricia lo decía siempre. Tenía claro que no podía tener un punto de comparación para sus sentimientos en ella misma, era la primera vez que se enamoraba y no sabía con seguridad si así se sentía o podía sentir más, pero estaba segura que no podría sentir menos: le amaba. Había visto a su madre con su padre y a sus abuelos; miraba en ellos la dicha de estar juntos. Tenía recuerdos agradables: sus miradas, sus palabras y las acciones de cada uno. Andrea estaba dispuesta a hacer mucho más por Natalia, mucho más de lo que había visto en los demás, sería capaz de hacerlo sin importar lo que fuese. Su amor era diferente, no por ser distinto, era diferente porque era más fuerte y arriesgado. No sabía cómo explicarlo, salvo con la intensidad de sus sentimientos y, en lo que no podía explicar, ahí se encontraban las palabras precisas para defender lo que sentía. Pero siempre le ganaba el impulso de la ira y el orgullo. No tenía por qué dar excusas a algo que no lo necesitaba, nunca hizo nada malo. ¿Qué pasaría cuando todos se enteraran? ¿Soportaría ver la reacción de las personas cuando las miraran juntas y rehuyeran de ellas como si tuvieran tifus? ¿Tendría el valor para soportarlo? ¿Qué haría si Patricia nunca aceptaba su relación? ¿Cómo podría estar con Natalia sin lastimar más la relación con su madre? Tantas preguntas que no hallaban una respuesta más sencilla que sólo aceptar su amor.
Recargó sus manos en el pasto frío, dejando caer su cabeza un poco hacia atrás y miró fijamente el cielo. Ahí estaba el cielo infinito, cubierto por nubes que iban de paso, por aves que iban de paso. El viento sopló más frío. Sus pensamientos se estremecieron, no de frío, se estremecieron de miedo.
—Quiere que me vaya a Nueva York, con Helena, mi abuela —por fin se atrevió a decirle.
Miró a Natalia con tristeza. Se sentía impotente, incapaz de tomar decisiones propias. Tenía un poco de enojo con ella misma, porque a pesar de su actitud y coraje, parecía una niña ante las decisiones de su madre. No podía oponerse, no tenía la edad suficiente como para hacerlo, mucho menos los recursos necesarios para contradecirlas. En verdad, desde tal punto, sus sentimientos parecían una afrenta a las ideas de su madre, un arrebato de rebeldía para causarle molestia, algo pasajero y sin trascendencia. Por un segundo, mucho menos que eso, llegó a comprender la actitud de Patricia para con ella. Pero sus sentimientos no eran un acto de rebeldía, mucho menos para molestarla, quería a su madre y la respetaba; así lo fue hasta el día que no aprobó sus sentimientos. Si aceptaba las decisiones de Patricia, cuánto tiempo podría alejarla de Natalia, tres años, dos; quizá mucho más, pero no los suficientes como para hacer que la olvidara. De eso sí estaba segura.
—¿A Nueva York? —preguntó un poco confundida.
Andrea rehuyó de su mirada por la pregunta. Cómo contestarle, de qué manera hablarle de un lugar que sólo conocía por los regalos y postales que le traían sus abuelos y de las fotografías que tenía su madre en un álbum olvidado sobre el librero. Ni siquiera ella sabía cómo iba a sobrevivir a un país tan distinto, con un idioma que nunca quiso aprender. Sacudió el pasto y la tierra que se le había quedado pegada en las palmas de sus manos. Sujetó sus rodillas con ambos brazos y descansó su mentón sobre ellas. Casi se notaba ausente, como en un sueño o en la parte imaginativa de su pensamiento, preparando cualquier escena y cualquier dialogo, para estar lista en cualquier circunstancia, ideando cualquier punto de quiebre para su relación. Palabras; ahora las necesitaba, nunca era buena para ellas, no sabía cómo expresarlas. ¿Por qué su interior se encontraba en un nítido contraste con su exterior? ¿Por qué su mundo tenía que ser tan diferente con lo que ella soñaba? No podía tomar sus propias decisiones, era muy pequeña para hacerlo. Pero sabía que nadie más tenía derecho sobre ella y sus sentimientos; los mantendría firmes, porque le pertenecían a Natalia.
—Después de que Helena pase el invierno con nosotras, mi madre quiere que me vaya con ella —dijo.
No aguantaba su pesar y desesperación, su vida estaba por cambiar y no sabía cómo detenerlo. No quería que sus sentimientos hacia su madre se perdieran más, tenerla en su vida era su mayor deseo. Se levantó y caminó unos pasos hacia enfrente. Miraba los rayos luminosos que se escapaban entre las ramas de los árboles, era un juego hermoso de luces y contrastes. Sus ojos azules resplandecieron con la luz del sol. Su piel blanca hacía resaltar más su cabello castaño oscuro, y unas cejas delineadas perfectamente del mismo color. Ese mismo aspecto pálido no hacía otra cosa que ver sus ojos más hermosos y profundos, con un ligero tono de ternura en ellos. Había un poco de enojo y desesperación en el brillo de su mirada. ¿Qué podía hacer para que todo fuera mejor?
Natalia se levantó y se paró a su costado; el calor que desprendía su cuerpo invadió de inmediato el suyo. Andrea era un poco más alta que ella, pero tenían una complexión similar, muy propia de su edad: a un paso de dejar la adolescencia. Miró el perfil de su rostro, delineado en un color cobrizo que le reflejaba el sol; realmente era hermosa, parecía que la luz nacía de la tersura de su piel. El viento despeinaba con suma sutiliza su cabello oscuro, dejándolo quieto otra vez en un segundo. No podía adivinar sus pensamientos, porque ni ella tenía claro los suyos cada vez que la mira con gran detenimiento. Trató de no perderse en su mirada azul, tan hermosa como el brillo de las estrellas en una noche sin luna. Pero perderse, extraviar todos sus pensamientos en su rostro, era todo lo que podía hacer. Los ojos de Andrea eran lo más bello de su vida, casi una ilusión dentro del sueño más profundo e irreal. Su mirada era parte de la fortaleza que le trasmitía su amor cada vez que se miraban. ¿Dónde encontraría ojos más hermosos como los de Andrea?
—Nunca me hablaste sobre Helena… —murmuró, pensando que tal vez no había prestado atención en esa parte de su vida.
—¿Para qué debía hablarte de mi abuela? Sólo viene en invierno, se sienta en su mecedora y mira el cielo todas las tardes. ¡No hace nada importante! —dijo con enfado.
—¿Y… te irías?
No podía imaginar su vida sin Andrea.
—¡Oye! Irme jamás sería mi decisión. No me iría, no podría dejarte —decía tomando las manos de Natalia, e intentando deshacer el nudo que se formaba en su garganta—. Yo… nunca podría hacerlo, no te dejaría.
Natalia se acercó y la abrazó con fuerza, refugiando su rostro sobre sus hombros. Le gustaba percibir el olor a rosas dulces que desprendía su cuerpo y sentir la calidez que le regalaba todos los días. La más dulce razón por la cual Andrea no percibía el invierno: el amor de Natalia le regalaba el suficiente calor a su corazón, haciendo que su cuerpo siempre estuviera tibio. Todo lo que sentía no podía expresarlo, era un extraño sentimiento que se apoderaba cada vez más fuerte de su alma y no podía cambiarlo aunque su madre le dijera que era equivocado.
—No te vayas —decía—. No podría vivir sin ti.
—Y yo no sabría estar sin ti.
Le dio un beso en la frente y la abrazó con fuerza, esperando no alejarse de ella nunca, pero presintiendo que eso pasaría muy pronto.
—No me dejes —murmuró a su oído.
—Nunca lo haré, Natalia.
No querían alejarse y pensar que en cualquier momento las podrían separar. Natalia pensaba cómo le haría para irse con Andrea si fuera necesario, para escaparse y no estuvieran tan lejos. Sabía que era difícil, sabía que aunque lo quisieran no lo lograrían, aún eran muy pequeñas y el mundo era demasiado grande para las dos; así que debía aceptar las decisiones que Patricia tuviera para con Andrea. Le quedaba esperar a que llegara el momento: que creciera para poder permanecer a su lado sin importar lo que dijeran los demás. Era más consciente de hacer bien las cosas, no tenía un carácter tan impulsivo como Andrea. Creía que las palabras y los sentimientos eran las mejores armas para ganar su batalla. Pero sabía que si eso no funcionaba, haría cualquier cosa para quedarse con Andrea, porque primero estaba lo que sentía su corazón y su alma, que lo que había en la cabeza de los demás.
—Nueva York no es tu lugar —dijo Natalia.
—Nada lejos de Chiapas —respondió. Una sonrisa se dibujó en su rostro, tampoco lo creía. No era su sueño permanecer en el mismo sitio que la vio nacer, sabía que tenía que traspasar las fronteras para que Natalia pudiera conseguir lo que tanto deseaba, pero de una cosa sí estaba segura. Su mirada se enfocó en lo que más quería—. Ningún lugar lejos de ti.
Un mundo totalmente diferente se veía afuera, las personas se paseaban pacientes por las calles, nada malo podía estar pasando. El cielo seguía viajando entre el amanecer hasta llegar a su punto culminante de la noche, para ir una vez más a su inicio; un ciclo interminable e inamovible. El frío por la tarde se hacía más fuerte y en ocasiones se desataba una brisa, humedeciendo ligeramente el pavimento. Llegaba el invierno y el viento soplaba helado. Andrea miraba desde la ventana de su habitación, veía las últimas hojas caer del árbol que creció junto con ella y que tantas veces en otoño lo observaba perdiendo sus hojas. Sus pensamientos nunca eran claros o precisos, siempre tenía una revolución en contrastes con todos sus sentimientos. Sonreía y no sabía bien por qué lo hacía, tal vez era una sonrisa sarcástica, esbozada sin querer, pensando en las ideas equivocadas de su madre. Las circunstancias eran cada vez más insoportables. Escuchar las mismas palabras de Patricia, diciéndole que todo en su cabeza era un gran vacío sin razón, que la vida estaba empleada de tal manera que su forma de amar no era la correcta, no era tan soportable. Cada día eran más gritos, insultos y heridas. Intentó razonar con ella sin discordia, lo hubo hecho muchas veces al principio, con palabras amables y razones suficientes. No consiguió nada. El tono de las palabras fueron cambiando, las razones dejaron de tener importancia; protegerse se convirtió en su único propósito.
—Es amor —dijo suspirando.
Cerró los ojos y volvió a repetir las mismas palabras con fuerza desde su corazón, esperando que su madre y el mundo pudieran entenderlo en algún momento. Posó la palma de su mano sobre el frío cristal de la ventana; que mundo tan distinto se miraba desde su lado, pero cuando salía, no había un cristal que le mostrara o le diera fe, de encontrar algo diferente, más accesible para ella. Dio la vuelta, miró su cama tendida, su escritorio limpio, su armario inmaculado; era una buena hija, su inquietud y curiosidad estaban en armonía con todo lo demás. No era descuidada con sus obligaciones dentro de casa; la escuela y su interior eran cosas diferentes, era cuando venía el contraste. Patricia no recibía quejas de ella por parte de la escuela, sus notas no eran altas, pero sí las suficientes para llevar un promedio regular. No había nada malo en su actitud o en su carácter.
Un suspiro se estancó en su pecho, le dolió tan hondo, que tuvo que respirar un poco más rápido para liberar la tensión en sus pulmones. Fue a su cama y la desordenó un poco, lo mismo hizo con su escritorio y su ropa la sacó de sus cajones. Miró todo una vez más, tan diferente de hace unos segundos. Ni siquiera eso la hacía una mala hija, quizá sólo la hacía descuidada. Salió de su habitación, en busca de las razones para entender a Patricia. Quería alejarse de su casa para siempre, del lugar que le hacía sentir un gran vacío, donde encontraba más barreras y obstáculos que en cualquier otra parte. Necesitaba huir de tantos prejuicios y equivocaciones de una sola persona.
El frío podía sentirse insoportable en su región y a pesar de ello nunca abrigaba tanto su cuerpo; su corazón estaba lleno de calidez suficiente como para reconfortarla hasta en el más crudo invierno. Era una persona inquieta desde pequeña, le gustaba explorar todo lo que podía ser un misterio o un secreto que descubrir, investigaba hasta el último rincón de un lugar extraño y se maravillaba con las cosas más simples de la vida. Tenía un carácter humilde, noble y una sencillez humana que había heredado de su padre. Todo su buen carácter quedó enterrado junto al respeto hacia su madre, desde el día que le dijo que jamás aceptaría su relación con Natalia y que nunca lo iba a entender porque no era normal que amara a otra mujer. Patricia le hacía la vida imposible con sus comentarios y no perdía ninguna oportunidad de decirle que todo era equivocado en sus sentimientos, un error que podía remediarse si dejaba a Natalia. Desde entonces no había confianza y cariño entre ellas. Su entereza le permitía sobrevivir dentro de su casa, nunca la dejó doblegarse ante nadie y nunca iba a permitir que decidieran en su vida.
Bajó muy rápido las escaleras hacia la puerta.
—¿Adónde vas, Andrea? —preguntó Patricia.
—¡Es algo que no te importa!
Tomó las llaves y salió al portal.
—¡Andrea!
Sabía lo que le diría y aun así detuvo su caminar para escucharla. Podía defenderse, las palabras no la abandonaban en momentos así, fluían como en un río sin cause final.
—¡Jamás lo permitiré y tú lo sabes!
Dio la vuelta para encararla de frente, sentía como la rabia se acumulaba en su cuerpo. Su mirada se alzó con lentitud hacia ella, había rencor, incapaz de ocultarlo. La dulzura que tenía en sus ojos, cuando corría a sus brazos, era algo que Patricia había perdido por no entender que lo único que le confesó era su amor por otra persona, y que sólo esperaba tener su comprensión y su apoyo.
—¿Y crees que me importa lo que pienses?
—¡Eres mi hija!
—¡Por desgracia lo soy! ¡Pero eso no te da derecho a mandar en mi vida! —gritaba. A pesar de su corta edad tenía más voluntad y valor que cualquier otra persona—. ¡No puedes decidir de quién puedo o no enamorarme! ¡Si estoy enamorada de una mujer es algo que a ti te importa un carajo!
Andrea se quedó asustada, habían discutido tantas veces, pero sus palabras nunca habían llegado hasta tal punto. En ese momento entendió que si quedaba un poco de respeto y cariño hacia su madre, ahora se había ido por completo. Patricia no sabía cómo reaccionar, era su única hija y la desconocía como tal. Cualquiera de las dos quiso desaparecer en ese momento, quizá retroceder un poco el tiempo, ignorarse mutuamente. Patricia quería verla pasar y dejarla ir; Andrea hubiera preferido no salir de su habitación, quedarse prisionera con sus buenos sentimientos. Pero las palabras se habían dicho, las cosas habían pasado; debían seguir su curso.
—¡No te importa! —gritó con fuerza.
Patricia ni siquiera notó la tristeza en los ojos de Andrea por haberle perdido el respeto, sólo miró lo rojo y brilloso de ellos, su ira acumulada en su mirada. Veía su rostro endurecido de rabia, su mandíbula apretando con fuerza para no soltar todas sus malas palabras, notaba el ligero estremecimiento de su cuerpo, estaba realmente enfurecida. Mientras que ella no sabía de qué manera responder a su ofensa, sus reclamos habían terminado en el desconocimiento de su afecto hacia su hija, de su pequeña hija.
—No debes hablar así, Andrea. No debes gritarle a tu madre, aún eres una niña —se escuchó una voz acabada provenir de un costado.
Era tanto su enojo que no se habían dado cuenta hasta dónde estaban discutiendo. Fue como si en un segundo las dos hubieran despertado. Las palabras hirientes también se borraron, pero las miradas hostiles seguían.
—¿Abuela?
Andrea miró a un costado y en un segundo el lugar se invadió de un aroma a rosas, tan conocido por ella. Tenía en su armario toda una dotación que bien le podría durar toda una vida y la siguiente, o bien le donaría a sus nietos. Una fragancia que sólo usaba ella y su abuela.
Un olor peculiar…, y único.
Helena la miró y sus labios dibujaron una ligera sonrisa; después cambió su rostro y se transformó en seriedad y respeto, como la recordaba Andrea desde que era pequeña. Helena movía la mecedora con tanta tranquilidad, que parecía ser un fantasma, una ilusión del viento. Sus maletas estaban en el piso junto a ella. No traía nada más que lo necesario para pasar el invierno en Chiapas y después volver a desaparecer. Habían transcurrido muchos años en que hacía lo mismo cada invierno y parecía que lo haría hasta el último día de su vida. Volvió a sonreírle a Andrea y después dirigió su mirada al cielo, y sin preocupación alguna, suspiró. Había llegado con muchos días de anticipación a lo que acostumbraba, siempre llegaba a mitad del invierno y esta vez apenas empezaba.
—Mamá —Salió Patricia de la distancia que la separaba del portal—. ¿Por qué llegas antes?
Andrea estaba totalmente acabada, había gritado sus sentimientos: de los cuales Patricia se avergonzaba e intentaba ocultar con su familia; una familia distinguida por parte de su madre. Consideraban a Andrea como una hija modelo, educada e incapaz de hacer lo incorrecto. Algo que ni siquiera aparentaba ser, era muy inquieta desde niña y ser una hija modelo no era su meta principal. Cuando Patricia era joven había decidido quedarse en Chiapas después de vivir toda su infancia y adolescencia en Nueva York. A pesar de todo el tiempo vivido en el extranjero, su padre le enseñó a amar la tierra de donde él provenía, y siempre le sembró la curiosidad de saber cómo era México. En su primera visita a Chiapas, donde Helena por fin aceptó que la acompañara en el viaje que hacía todos los años en invierno y que siempre quería viajar sola, Patricia quedó enamorada de todo lo que veía. Así que decidió formar su vida en México y no volver a Nueva York. Después de haber conocido al padre de Andrea, mucho menos por su cabeza pasó la idea de volver al extranjero.
—Parece que llegué en el momento justo.
Se meció una vez más, manifestando toda su tranquilidad. Lo único que se escuchaba era el viento y el rechinido de la mecedora; que siempre estaba afuera en el portal, estaba muy vieja y era una pieza que no podía faltar en la casa. La caoba se había desgastado con el tiempo, nunca permitió que se le diera el mantenimiento adecuado a la madera para el clima caluroso que reinaba en gran parte del año. Helena la había traído desde Nueva York en su tercera visita, cuando Patricia se había establecido en Chiapas. Cuando nació Andrea, fue el tiempo que más duró su estancia en el estado, casi hasta que cumplió un año de edad. Todas las tardes la mecía para tranquilizarla, convirtiéndola en uno de sus lugares favoritos para dormir y, a veces, en su juguete predilecto. Las mejores tardes de su infancia las pasó junto a su abuela, meciéndose y escuchando historias de la gran ciudad.
—Ve adentro, Andrea —ordenó Patricia, su voz no podía escucharse más avergonzada de lo que mostraba su rostro.
—¡No lo haré! —respondió antes de marcharse.
Patricia intentó seguirla para que se quedara, no quería estar sola ante un momento que creía vergonzoso. Llegó hasta los escalones que conducían hacia la calle, sólo para verla alejarse más rápido. Intentó calmar la angustia que sentía, también sufría, posiblemente más que Andrea. El dorso tembloroso de sus manos secó sus lágrimas. Le costaba aceptar la situación, se negaba a hacerlo. Helena se acercó a su hija para que le diera una explicación del porqué discutían y de lo que Andrea había dicho, además de que se había marchado sin mostrar ningún respeto hacia ella.
—¿Qué pasa con mi nieta?
Patricia la miró sin saber cómo explicarle.
—Andrea, está… —empezó a decir.
Las palabras se atoraban en su garganta, entre un montón de frases de vergüenza e indignación por lo que su hija estaba sintiendo. De inmediato sus lágrimas invadieron su rostro, como si Andrea estuviera cometiendo el peor error de su vida. Helena la escuchaba sin creer lo que le contaba. El corazón de Patricia se rompía cada vez más, no quería ni imaginar lo que los demás pudieran pensar de los sentimientos de su hija. Tenía miedo de que no la dejaran vivir en paz.
—Hablaré con ella —dijo Helena.
Miró al cielo y suspiró con un poco de pesar.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.