El cielo se
aclaraba con lentitud, la aurora se disipaba hacia el horizonte. La mañana se
encontraba fría, el viento silbaba apresurado y la bruma estancada anunciaba la
llegada de tan advertido invierno, uno de los más fríos que podían esperar. Los
árboles en su mayoría habían perdido casi todas sus hojas y cubrían las calles
con un manto que era suave pisar. El cielo se empezaba a notar entre una ligera
escarcha de neblina. Se podía oír al viento mecerse de un lado para otro, a
veces suave y en ocasiones muy intenso. Poco a poco la neblina de la mañana se
alzaba entre los árboles. El aire pegaba como una brisa helada cualquier
rostro, tanto que hasta podía llegar a entumir todos los huesos del cuerpo en
unos minutos. En los días de entrada al invierno, la mayoría de las personas
permanecían dentro de sus casas para soportar el frío del amanecer, más aquellas
que no tenían obligaciones que cumplir por fuera. La jornada de trabajo
empezaba desde temprano, casi la madrugada, por eso era escasa la gente que
transitaba por la mañana entre las calles. Los niños también corrían hacia las
escuelas; gorros, bufandas, abrigos y narices rojas se dibujaban en el panorama
de Chiapas al llegar el invierno. Las vacaciones de fin de año estaban pronto a
llegar, las esperaban con ansias.
—¿Me amas?
—Eres una tonta.
Agachó la mira por la respuesta inesperada que
obtuvo. Quizá era demasiado pronto preguntar algo así, pero ella tenía muy
claro que le amaba, y no desde hace días o meses, podía amarla desde siempre y,
estaba segura, que lo haría por siempre. Cómo creer que era una pregunta
prematura después de tanto tiempo o, tal vez, en verdad no era el suficiente.
Palabras importantes y simples, no las necesitaba para saber que la amaba, pero
quería oírlas, saber cómo se escuchaban en su voz.
—Sí. Tal vez un poco —respondió, dejando su mirada
clavada en el piso.
En verdad se sintió tonta. No necesitaba
escucharlas.
—Sí. Tal vez un poco —decía Natalia—. También es mi
respuesta a tu pregunta.
Andrea dejó
escapar una ligera sonrisa al recordar el día de ayer. No escuchó las palabras
que deseaba oír hasta que se despidieron por la tarde, cuando Natalia se acercó
a su oído y le susurró un Te amo.
Volvió a sentirse tonta, pero inmensamente feliz, las palabras se escucharon
hermosas en su voz, tal como lo imaginó. Estaba junto a Natalia, sentada sobre
el pasto marchito que había quedado después de una noche helada, todo estaba
frío y húmedo. Gustaban de estar juntas por la mañana en el parque y mirar cómo
el enorme sol intentaba escapar de la inmensidad de las ramas de los árboles
para regalarles la tibieza de sus rayos. El alba protegía con entera
complicidad su secreto. Las calles alcanzaban a iluminarse de un color pardo por
las lámparas públicas que no tardarían mucho en apagarse. A lo lejos apenas
empezaba el barullo de lo cotidiano: las puertas se abrían, los automóviles se
encendían y las personas vivían sus vidas con normalidad. Algunas madres
pasaban con sus hijos más pequeños de la mano para llevarlos a la escuela; era
cuando su secreto se tornaba más oculto, más imposible. Sus dedos, entrelazados
sobre el pasto, se separaron con lentitud, y con prisa las manos se alejaron.
El brillo de sus ojos dejó a un lado lo que se vería obvio en sus miradas. La
acera estaba lejos, no se alcanzaba a ver el lugar donde estaban, pero tenían
miedo de que las juzgaran equivocadamente, como lo hacía su madre. La mañana
había llegado, el alba las protegió hasta donde pudo. El viento sopló frío una
vez más y las lámparas públicas se apagaron como si fueran velas; el cielo
había aclarado y el sol lo iluminó todo. Desde la mañana de otoño, cuando se
conocieron, el sol las vio crecer lentamente, contemplando su infancia y sus
juegos inocentes. Ahora las veía vivir tan rápido, esperando el momento para
enfrentarse al mundo por defender su amor y sus sueños. No tenían miedo de sus
sentimientos y esperaban jamás sentirlo, porque su amor era la base más
importante de su fortaleza; su temor venía de fuera, de las opiniones erróneas
de las personas.
Andrea no
sabía cómo decirle las cosas a Natalia, pero tenía que decirlas y debían
entender que todo podría venir peor para las dos. Sentía tristeza por no
entender qué era lo malo para los demás. Era amor, simplemente era amor lo que
sentía en su corazón. No estaba confundida como Patricia lo decía siempre.
Tenía claro que no podía tener un punto de comparación para sus sentimientos en
ella misma, era la primera vez que se enamoraba y no sabía con seguridad si así
se sentía o podía sentir más, pero estaba segura que no podría sentir menos: le
amaba. Había visto a su madre con su padre y a sus abuelos; miraba en ellos la
dicha de estar juntos. Tenía recuerdos agradables: sus miradas, sus palabras y
las acciones de cada uno. Andrea estaba dispuesta a hacer mucho más por
Natalia, mucho más de lo que había visto en los demás, sería capaz de hacerlo
sin importar lo que fuese. Su amor era diferente, no por ser distinto, era
diferente porque era más fuerte y arriesgado. No sabía cómo explicarlo, salvo
con la intensidad de sus sentimientos y, en lo que no podía explicar, ahí se
encontraban las palabras precisas para defender lo que sentía. Pero siempre le
ganaba el impulso de la ira y el orgullo. No tenía por qué dar excusas a algo
que no lo necesitaba, nunca hizo nada malo. ¿Qué pasaría cuando todos se
enteraran? ¿Soportaría ver la reacción de las personas cuando las miraran
juntas y rehuyeran de ellas como si tuvieran tifus? ¿Tendría el valor para soportarlo?
¿Qué haría si Patricia nunca aceptaba su relación? ¿Cómo podría estar con Natalia
sin lastimar más la relación con su madre? Tantas preguntas que no hallaban una
respuesta más sencilla que sólo aceptar su amor.
Recargó sus
manos en el pasto frío, dejando caer su cabeza un poco hacia atrás y miró
fijamente el cielo. Ahí estaba el cielo infinito, cubierto por nubes que iban
de paso, por aves que iban de paso. El viento sopló más frío. Sus pensamientos
se estremecieron, no de frío, se estremecieron de miedo.
—Quiere que me
vaya a Nueva York, con Helena, mi abuela —por fin se atrevió a decirle.
Miró a Natalia
con tristeza. Se sentía impotente, incapaz de tomar decisiones propias. Tenía
un poco de enojo con ella misma, porque a pesar de su actitud y coraje, parecía
una niña ante las decisiones de su madre. No podía oponerse, no tenía la edad
suficiente como para hacerlo, mucho menos los recursos necesarios para
contradecirlas. En verdad, desde tal punto, sus sentimientos parecían una
afrenta a las ideas de su madre, un arrebato de rebeldía para causarle
molestia, algo pasajero y sin trascendencia. Por un segundo, mucho menos que
eso, llegó a comprender la actitud de Patricia para con ella. Pero sus
sentimientos no eran un acto de rebeldía, mucho menos para molestarla, quería a
su madre y la respetaba; así lo fue hasta el día que no aprobó sus
sentimientos. Si aceptaba las decisiones de Patricia, cuánto tiempo podría
alejarla de Natalia, tres años, dos; quizá mucho más, pero no los suficientes
como para hacer que la olvidara. De eso sí estaba segura.
—¿A Nueva
York? —preguntó un poco confundida.
Andrea rehuyó
de su mirada por la pregunta. Cómo contestarle, de qué manera hablarle de un
lugar que sólo conocía por los regalos y postales que le traían sus abuelos y
de las fotografías que tenía su madre en un álbum olvidado sobre el librero. Ni
siquiera ella sabía cómo iba a sobrevivir a un país tan distinto, con un idioma
que nunca quiso aprender. Sacudió el pasto y la tierra que se le había quedado
pegada en las palmas de sus manos. Sujetó sus rodillas con ambos brazos y
descansó su mentón sobre ellas. Casi se notaba ausente, como en un sueño o en
la parte imaginativa de su pensamiento, preparando cualquier escena y cualquier
dialogo, para estar lista en cualquier circunstancia, ideando cualquier punto
de quiebre para su relación. Palabras; ahora las necesitaba, nunca era buena
para ellas, no sabía cómo expresarlas. ¿Por qué su interior se encontraba en un
nítido contraste con su exterior? ¿Por qué su mundo tenía que ser tan diferente
con lo que ella soñaba? No podía tomar sus propias decisiones, era muy pequeña
para hacerlo. Pero sabía que nadie más tenía derecho sobre ella y sus
sentimientos; los mantendría firmes, porque le pertenecían a Natalia.
—Después de
que Helena pase el invierno con nosotras, mi madre quiere que me vaya con ella
—dijo.
No aguantaba
su pesar y desesperación, su vida estaba por cambiar y no sabía cómo detenerlo.
No quería que sus sentimientos hacia su madre se perdieran más, tenerla en su
vida era su mayor deseo. Se levantó y caminó unos pasos hacia enfrente. Miraba
los rayos luminosos que se escapaban entre las ramas de los árboles, era un
juego hermoso de luces y contrastes. Sus ojos azules resplandecieron con la luz
del sol. Su piel blanca hacía resaltar más su cabello castaño oscuro, y unas
cejas delineadas perfectamente del mismo color. Ese mismo aspecto pálido no
hacía otra cosa que ver sus ojos más hermosos y profundos, con un ligero tono
de ternura en ellos. Había un poco de enojo y desesperación en el brillo de su
mirada. ¿Qué podía hacer para que todo fuera mejor?
Natalia se
levantó y se paró a su costado; el calor que desprendía su cuerpo invadió de
inmediato el suyo. Andrea era un poco más alta que ella, pero tenían una complexión
similar, muy propia de su edad: a un paso de dejar la adolescencia. Miró el perfil
de su rostro, delineado en un color cobrizo que le reflejaba el sol; realmente
era hermosa, parecía que la luz nacía de la tersura de su piel. El viento
despeinaba con suma sutiliza su cabello oscuro, dejándolo quieto otra vez en un
segundo. No podía adivinar sus pensamientos, porque ni ella tenía claro los
suyos cada vez que la mira con gran detenimiento. Trató de no perderse en su
mirada azul, tan hermosa como el brillo de las estrellas en una noche sin luna.
Pero perderse, extraviar todos sus pensamientos en su rostro, era todo lo que
podía hacer. Los ojos de Andrea eran lo más bello de su vida, casi una ilusión
dentro del sueño más profundo e irreal. Su mirada era parte de la fortaleza que
le trasmitía su amor cada vez que se miraban. ¿Dónde encontraría ojos más
hermosos como los de Andrea?
—Nunca me
hablaste sobre Helena… —murmuró, pensando que tal vez no había prestado
atención en esa parte de su vida.
—¿Para qué
debía hablarte de mi abuela? Sólo viene en invierno, se sienta en su mecedora y
mira el cielo todas las tardes. ¡No hace nada importante! —dijo con enfado.
—¿Y… te irías?
No podía
imaginar su vida sin Andrea.
—¡Oye! Irme
jamás sería mi decisión. No me iría, no podría dejarte —decía tomando las manos
de Natalia, e intentando deshacer el nudo que se formaba en su garganta—. Yo…
nunca podría hacerlo, no te dejaría.
Natalia se
acercó y la abrazó con fuerza, refugiando su rostro sobre sus hombros. Le
gustaba percibir el olor a rosas dulces que desprendía su cuerpo y sentir la
calidez que le regalaba todos los días. La más dulce razón por la cual Andrea
no percibía el invierno: el amor de Natalia le regalaba el suficiente calor a
su corazón, haciendo que su cuerpo siempre estuviera tibio. Todo lo que sentía
no podía expresarlo, era un extraño sentimiento que se apoderaba cada vez más
fuerte de su alma y no podía cambiarlo aunque su madre le dijera que era
equivocado.
—No te vayas
—decía—. No podría vivir sin ti.
—Y yo no
sabría estar sin ti.
Le dio un beso
en la frente y la abrazó con fuerza, esperando no alejarse de ella nunca, pero
presintiendo que eso pasaría muy pronto.
—No me dejes
—murmuró a su oído.
—Nunca lo
haré, Natalia.
No querían
alejarse y pensar que en cualquier momento las podrían separar. Natalia pensaba
cómo le haría para irse con Andrea si fuera necesario, para escaparse y no
estuvieran tan lejos. Sabía que era difícil, sabía que aunque lo quisieran no
lo lograrían, aún eran muy pequeñas y el mundo era demasiado grande para las
dos; así que debía aceptar las decisiones que Patricia tuviera para con Andrea.
Le quedaba esperar a que llegara el momento: que creciera para poder permanecer
a su lado sin importar lo que dijeran los demás. Era más consciente de hacer
bien las cosas, no tenía un carácter tan impulsivo como Andrea. Creía que las
palabras y los sentimientos eran las mejores armas para ganar su batalla. Pero
sabía que si eso no funcionaba, haría cualquier cosa para quedarse con Andrea,
porque primero estaba lo que sentía su corazón y su alma, que lo que había en
la cabeza de los demás.
—Nueva York no
es tu lugar —dijo Natalia.
—Nada lejos de
Chiapas —respondió. Una sonrisa se dibujó en su rostro, tampoco lo creía. No
era su sueño permanecer en el mismo sitio que la vio nacer, sabía que tenía que
traspasar las fronteras para que Natalia pudiera conseguir lo que tanto
deseaba, pero de una cosa sí estaba segura. Su mirada se enfocó en lo que más
quería—. Ningún lugar lejos de ti.
Un mundo
totalmente diferente se veía afuera, las personas se paseaban pacientes por las
calles, nada malo podía estar pasando. El cielo seguía viajando entre el
amanecer hasta llegar a su punto culminante de la noche, para ir una vez más a
su inicio; un ciclo interminable e inamovible. El frío por la tarde se hacía más
fuerte y en ocasiones se desataba una brisa, humedeciendo ligeramente el
pavimento. Llegaba el invierno y el viento soplaba helado. Andrea miraba desde
la ventana de su habitación, veía las últimas hojas caer del árbol que creció
junto con ella y que tantas veces en otoño lo observaba perdiendo sus hojas.
Sus pensamientos nunca eran claros o precisos, siempre tenía una revolución en
contrastes con todos sus sentimientos. Sonreía y no sabía bien por qué lo
hacía, tal vez era una sonrisa sarcástica, esbozada sin querer, pensando en las
ideas equivocadas de su madre. Las circunstancias eran cada vez más
insoportables. Escuchar las mismas palabras de Patricia, diciéndole que todo en
su cabeza era un gran vacío sin razón, que la vida estaba empleada de tal manera
que su forma de amar no era la correcta, no era tan soportable. Cada día eran
más gritos, insultos y heridas. Intentó razonar con ella sin discordia, lo hubo
hecho muchas veces al principio, con palabras amables y razones suficientes. No
consiguió nada. El tono de las palabras fueron cambiando, las razones dejaron
de tener importancia; protegerse se convirtió en su único propósito.
—Es amor —dijo
suspirando.
Cerró los ojos
y volvió a repetir las mismas palabras con fuerza desde su corazón, esperando
que su madre y el mundo pudieran entenderlo en algún momento. Posó la palma de
su mano sobre el frío cristal de la ventana; que mundo tan distinto se miraba
desde su lado, pero cuando salía, no había un cristal que le mostrara o le
diera fe, de encontrar algo diferente, más accesible para ella. Dio la vuelta,
miró su cama tendida, su escritorio limpio, su armario inmaculado; era una
buena hija, su inquietud y curiosidad estaban en armonía con todo lo demás. No
era descuidada con sus obligaciones dentro de casa; la escuela y su interior
eran cosas diferentes, era cuando venía el contraste. Patricia no recibía
quejas de ella por parte de la escuela, sus notas no eran altas, pero sí las
suficientes para llevar un promedio regular. No había nada malo en su actitud o
en su carácter.
Un suspiro se
estancó en su pecho, le dolió tan hondo, que tuvo que respirar un poco más
rápido para liberar la tensión en sus pulmones. Fue a su cama y la desordenó un
poco, lo mismo hizo con su escritorio y su ropa la sacó de sus cajones. Miró
todo una vez más, tan diferente de hace unos segundos. Ni siquiera eso la hacía
una mala hija, quizá sólo la hacía descuidada. Salió de su habitación, en busca
de las razones para entender a Patricia. Quería alejarse de su casa para
siempre, del lugar que le hacía sentir un gran vacío, donde encontraba más
barreras y obstáculos que en cualquier otra parte. Necesitaba huir de tantos
prejuicios y equivocaciones de una sola persona.
El frío podía
sentirse insoportable en su región y a pesar de ello nunca abrigaba tanto su
cuerpo; su corazón estaba lleno de calidez suficiente como para reconfortarla
hasta en el más crudo invierno. Era una persona inquieta desde pequeña, le
gustaba explorar todo lo que podía ser un misterio o un secreto que descubrir,
investigaba hasta el último rincón de un lugar extraño y se maravillaba con las
cosas más simples de la vida. Tenía un carácter humilde, noble y una sencillez
humana que había heredado de su padre. Todo su buen carácter quedó enterrado
junto al respeto hacia su madre, desde el día que le dijo que jamás aceptaría
su relación con Natalia y que nunca lo iba a entender porque no era normal que
amara a otra mujer. Patricia le hacía la vida imposible con sus comentarios y
no perdía ninguna oportunidad de decirle que todo era equivocado en sus
sentimientos, un error que podía remediarse si dejaba a Natalia. Desde entonces
no había confianza y cariño entre ellas. Su entereza le permitía sobrevivir
dentro de su casa, nunca la dejó doblegarse ante nadie y nunca iba a permitir
que decidieran en su vida.
Bajó muy
rápido las escaleras hacia la puerta.
—¿Adónde vas,
Andrea? —preguntó Patricia.
—¡Es algo que
no te importa!
Tomó las
llaves y salió al portal.
—¡Andrea!
Sabía lo que
le diría y aun así detuvo su caminar para escucharla. Podía defenderse, las
palabras no la abandonaban en momentos así, fluían como en un río sin cause
final.
—¡Jamás lo
permitiré y tú lo sabes!
Dio la vuelta
para encararla de frente, sentía como la rabia se acumulaba en su cuerpo. Su
mirada se alzó con lentitud hacia ella, había rencor, incapaz de ocultarlo. La
dulzura que tenía en sus ojos, cuando corría a sus brazos, era algo que
Patricia había perdido por no entender que lo único que le confesó era su amor
por otra persona, y que sólo esperaba tener su comprensión y su apoyo.
—¿Y crees que
me importa lo que pienses?
—¡Eres mi
hija!
—¡Por
desgracia lo soy! ¡Pero eso no te da derecho a mandar en mi vida! —gritaba. A
pesar de su corta edad tenía más voluntad y valor que cualquier otra persona—.
¡No puedes decidir de quién puedo o no enamorarme! ¡Si estoy enamorada de una
mujer es algo que a ti te importa un carajo!
Andrea se
quedó asustada, habían discutido tantas veces, pero sus palabras nunca habían
llegado hasta tal punto. En ese momento entendió que si quedaba un poco de
respeto y cariño hacia su madre, ahora se había ido por completo. Patricia no
sabía cómo reaccionar, era su única hija y la desconocía como tal. Cualquiera
de las dos quiso desaparecer en ese momento, quizá retroceder un poco el tiempo,
ignorarse mutuamente. Patricia quería verla pasar y dejarla ir; Andrea hubiera
preferido no salir de su habitación, quedarse prisionera con sus buenos sentimientos.
Pero las palabras se habían dicho, las cosas habían pasado; debían seguir su
curso.
—¡No te
importa! —gritó con fuerza.
Patricia ni
siquiera notó la tristeza en los ojos de Andrea por haberle perdido el respeto,
sólo miró lo rojo y brilloso de ellos, su ira acumulada en su mirada. Veía su
rostro endurecido de rabia, su mandíbula apretando con fuerza para no soltar
todas sus malas palabras, notaba el ligero estremecimiento de su cuerpo, estaba
realmente enfurecida. Mientras que ella no sabía de qué manera responder a su
ofensa, sus reclamos habían terminado en el desconocimiento de su afecto hacia
su hija, de su pequeña hija.
—No debes
hablar así, Andrea. No debes gritarle a tu madre, aún eres una niña —se escuchó
una voz acabada provenir de un costado.
Era tanto su
enojo que no se habían dado cuenta hasta dónde estaban discutiendo. Fue como si
en un segundo las dos hubieran despertado. Las palabras hirientes también se
borraron, pero las miradas hostiles seguían.
—¿Abuela?
Andrea miró a
un costado y en un segundo el lugar se invadió de un aroma a rosas, tan
conocido por ella. Tenía en su armario toda una dotación que bien le podría durar
toda una vida y la siguiente, o bien le donaría a sus nietos. Una fragancia que
sólo usaba ella y su abuela.
Un olor
peculiar…, y único.
Helena la miró
y sus labios dibujaron una ligera sonrisa; después cambió su rostro y se
transformó en seriedad y respeto, como la recordaba Andrea desde que era pequeña.
Helena movía la mecedora con tanta tranquilidad, que parecía ser un fantasma,
una ilusión del viento. Sus maletas estaban en el piso junto a ella. No traía
nada más que lo necesario para pasar el invierno en Chiapas y después volver a
desaparecer. Habían transcurrido muchos años en que hacía lo mismo cada
invierno y parecía que lo haría hasta el último día de su vida. Volvió a
sonreírle a Andrea y después dirigió su mirada al cielo, y sin preocupación
alguna, suspiró. Había llegado con muchos días de anticipación a lo que
acostumbraba, siempre llegaba a mitad del invierno y esta vez apenas empezaba.
—Mamá —Salió
Patricia de la distancia que la separaba del portal—. ¿Por qué llegas antes?
Andrea estaba
totalmente acabada, había gritado sus sentimientos: de los cuales Patricia se
avergonzaba e intentaba ocultar con su familia; una familia distinguida por
parte de su madre. Consideraban a Andrea como una hija modelo, educada e
incapaz de hacer lo incorrecto. Algo que ni siquiera aparentaba ser, era muy
inquieta desde niña y ser una hija modelo no era su meta principal. Cuando
Patricia era joven había decidido quedarse en Chiapas después de vivir toda su
infancia y adolescencia en Nueva York. A pesar de todo el tiempo vivido en el
extranjero, su padre le enseñó a amar la tierra de donde él provenía, y siempre
le sembró la curiosidad de saber cómo era México. En su primera visita a
Chiapas, donde Helena por fin aceptó que la acompañara en el viaje que hacía
todos los años en invierno y que siempre quería viajar sola, Patricia quedó
enamorada de todo lo que veía. Así que decidió formar su vida en México y no
volver a Nueva York. Después de haber conocido al padre de Andrea, mucho menos
por su cabeza pasó la idea de volver al extranjero.
—Parece que
llegué en el momento justo.
Se meció una
vez más, manifestando toda su tranquilidad. Lo único que se escuchaba era el
viento y el rechinido de la mecedora; que siempre estaba afuera en el portal,
estaba muy vieja y era una pieza que no podía faltar en la casa. La caoba se
había desgastado con el tiempo, nunca permitió que se le diera el mantenimiento
adecuado a la madera para el clima caluroso que reinaba en gran parte del año.
Helena la había traído desde Nueva York en su tercera visita, cuando Patricia se
había establecido en Chiapas. Cuando nació Andrea, fue el tiempo que más duró
su estancia en el estado, casi hasta que cumplió un año de edad. Todas las
tardes la mecía para tranquilizarla, convirtiéndola en uno de sus lugares
favoritos para dormir y, a veces, en su juguete predilecto. Las mejores tardes
de su infancia las pasó junto a su abuela, meciéndose y escuchando historias de
la gran ciudad.
—Ve adentro,
Andrea —ordenó Patricia, su voz no podía escucharse más avergonzada de lo que
mostraba su rostro.
—¡No lo haré!
—respondió antes de marcharse.
Patricia
intentó seguirla para que se quedara, no quería estar sola ante un momento que
creía vergonzoso. Llegó hasta los escalones que conducían hacia la calle, sólo
para verla alejarse más rápido. Intentó calmar la angustia que sentía, también
sufría, posiblemente más que Andrea. El dorso tembloroso de sus manos secó sus
lágrimas. Le costaba aceptar la situación, se negaba a hacerlo. Helena se
acercó a su hija para que le diera una explicación del porqué discutían y de lo
que Andrea había dicho, además de que se había marchado sin mostrar ningún
respeto hacia ella.
—¿Qué pasa con
mi nieta?
Patricia la
miró sin saber cómo explicarle.
—Andrea, está…
—empezó a decir.
Las palabras
se atoraban en su garganta, entre un montón de frases de vergüenza e
indignación por lo que su hija estaba sintiendo. De inmediato sus lágrimas
invadieron su rostro, como si Andrea estuviera cometiendo el peor error de su
vida. Helena la escuchaba sin creer lo que le contaba. El corazón de Patricia
se rompía cada vez más, no quería ni imaginar lo que los demás pudieran pensar
de los sentimientos de su hija. Tenía miedo de que no la dejaran vivir en paz.
—Hablaré con
ella —dijo Helena.
Miró al cielo
y suspiró con un poco de pesar.
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