Chiapas nunca
se le hizo interesante, no más allá de las cosas naturales que le gustaba
mirar. Su región era un lugar un tanto aburrida para la mayoría de los
visitantes; cerca de la sierra, pero lejos de las bellezas naturales con las
que contaba Chiapas. No había otra cosa mejor en la región que la inmensidad de
los árboles por las calles. Para Andrea, que entre más crecía, perdía el
interés por el lugar, ya no gustaba tanto de subirse a los árboles y quedarse
ahí hasta que anochecía o le daba hambre. Por un tiempo llegó a pensar que
lejos de ahí había algo mejor y más hermoso que ver; hasta que una mañana,
algunos otoños atrás, se topó con una dulce sonrisa. La sonrisa más cálida que
hubo recibido. Su vida empezó a conocer un único camino real: el del amor.
Desde entonces nunca por su mente pasaba la idea de irse de Chiapas, aunque su
corazón siempre iría a donde estuviera Natalia, no había más razón. Imaginaba
su futuro lejos, donde todos los prejuicios no las alcanzaran. Estaba segura
que pronto encontrarían un lugar, uno que se forjaría accesible para sus
sentimientos; no sabía si lo encontrarían o ellas mismas tenían que empezar a
forjarlo, pero estaba segura que existía, que no era imposible.
Llegó hasta la
calle donde vivía Natalia, lo había hecho sin querer. La colonia era tranquila
hacia el atardecer, las personas se paseaban por la calle principal, hasta los
automóviles eran escasos, lo mejor es que podía caminar por la mitad del
sendero sin temor a que la atropellaran. La casa de Natalia estaba a cinco
casas hacia adentro. Sus pasos habían sido furtivos, lentos y sin aviso. No le
importó quedarse a mitad de calle, debía ocultarse, pero no quería, le gustaba
ver la casa en todo su esplendor. Se quedó un buen rato mirando hacia su
ventana. Se preguntaba por qué si su amor era tan inmenso y tan fuerte, nadie
podía entenderlo. Los reflejos de una pequeña silueta se delineaban en la
ventana en ocasiones, era cuando en su rostro se dibujaba una sonrisa, fugaz
como lo era el reflejo de las sombras en la cortina. Sabía que Natalia estaría
haciendo su tarea o estudiando, cosas que a ella no le agradaba hacer. No creía
que le hicieran falta, las tareas de la escuela eran sencillas, aunque a veces
tuviera notas muy bajas, tenía mucha confianza en su inteligencia oculta.
Volvió a mirar su reflejo pasar tras las cortinas aperladas. Su sonrisa pícara
y juguetona, cambiaba a un modo de completa felicidad y fascinación. La
expresión en su rostro se transformaba totalmente cuando la miraba, cuando
sabía que era ella y nadie más. Pensó por un momento en llegar a su puerta y
tocar, y cuando Natalia saliera, simplemente besarla sin importarle lo que
pudiera pasar. Sonrió por su locura, sabía que aunque lo deseaba y tenía el
valor para hacerlo, no lo haría. Ambas tenían sueños que cumplir antes de que
pudieran develar el secreto de su amor. Agachó la mirada, dejando escapar un
suspiro por tantas locuras sin cumplir. Siguió su camino de largo, se alejó de
la casa para que no hiciera una tontería o que los padres de Natalia pudieran
verla. No conocía bien a su familia, los conocía de vista y le parecían
personas amables, pero no creía que más allá de aceptar su relación.
Salió muy
despacio hacia la calle principal, donde vio a las personas continuar con sus
vidas casi perfectas. Esta vez tuvo que subirse a la acera, los automóviles
transitaban con velocidad. Su cabeza estaba llena de interrogantes, más de las
que podía tener. Lo que estaba sintiendo por Natalia no era premeditado; lo
sentía fuerte, pero no podía dar una explicación clara de lo que sentía. No era
una afrenta o una oposición a su madre, ni siquiera a la idea equivocada del
mundo o un mero acto de rebeldía. Simplemente estaba en ella. ¿Cambiarlo? No
estaba en sus pensamientos, ni como una opción. Oponerse a ello; tampoco. Se
dejó llevar por sus sentimientos porque nunca pensó que los considerarían como
equivocados o malos. No lo sabía. Estaba segura que si las personas pudieran
ver a través de sus ojos la forma en que miraba a Natalia, se darían cuenta que
sentía por ella un amor genuino y puro.
Pasó por la
calle donde vivía Natalia, otra vez sin querer. La miró salir con uno de sus
hermanos. Apenas si pudo ocultarse en la esquina antes de que se dieran cuenta
que estaba ahí. Esta vez sus pasos no fueron lentos ni mucho menos furtivos,
necesitaba escapar. Cruzó la calle hacia el parque, para que pudiera ocultarse
entre los árboles o en el quiosco de la plaza; pero, ¿de qué tenía que esconderse?
Podía caminar por donde quisiera, era un estado libre. Se detuvo, no tenía
motivos para ocultarse. Se sentó en la orilla de una jardinera, para mirar a
Natalia doblar la esquina. Sus ojos la miraron como si no importara, como si
fuera una persona más. ¿Cuánto tiempo le duró su reacción indiferente? Nada. La
sonrisa en su rostro podría iluminar todo el parque y entorpecer el tránsito de
las personas y los autos. Su reacción fue involuntaria. Hasta parecía que la
amaba en secreto, como si Natalia no lo supiera, convirtiéndose en un amor
platónico. La miró alejarse sin que la sonrisa de su rostro se desvaneciera
hasta que no pudo verla más. No sabía a dónde se dirigían o cuánto iban a
tardar o si regresarían. Esperó, aun así esperó, y esperaría lo necesario, lo
suficiente. Las personas pasaban frente a ella con ligereza, quienes la
conocían la saludaban y le preguntaban por su madre. No faltaban los consejos
de que usara un abrigo o que regresara a casa antes de que la brisa se hiciera
más fuerte, sugerencias que no le importaban.
Esperó por
unos minutos más y cuando estuvo en disposición de marcharse, la volvió a
mirar. La sonrisa inevitable apareció en su rostro y sus ojos se fijaron a
ella. Era cuando lo que no podía explicar se tornaba más confuso, inefable. Su
corazón se aceleraba y su respiración se hacía entrecortada, muy lejos de ser
un suspiro. Natalia sintió su presencia; las personas pasaban ante sus ojos,
pudo encontrarse con cualquier mirada, con cualquier semblante que iba de paso,
pero sus ojos fueron directamente hacia Andrea. Su alma sabía dónde estaba;
como una necesidad involuntaria. Natalia le devolvió la mirada, sin tanta
sorpresa de su parte, pero con la misma fascinación en sus ojos, como si la
estuviera esperando. Sólo el amor tenía la virtud de lograr una conexión así:
una vibración cósmica, sus almas en armonía con sus sentimientos. Agachó su rostro
por un segundo, ocultando su sonrojo y una ligera sonrisa en sus labios. Siguió
caminando para que Héctor no se diera cuenta; un saludo discreto con la mano
fue toda la recompensa de Andrea. Después los vio perderse entre su calle; no
había que esconderse, o intentarlo. Dio un saltó al frente; había valido la
pena la tarde, como si hubiera obtenido un beso de Natalia, o su primer beso.
Todos sus sentidos volvieron a despertar para sentir el aire fresco y escuchar
el canto de los pájaros sobre las ramas de los árboles. El cielo estaba lleno
de nubes espesas, apunto de desatar una brisa más fuerte o sólo anunciaban la
llegada de la noche. El clima era agradable, parecía entrar en armonía con lo
que estaba sintiendo. No podía ocultar la sonrisa tonta de su rostro, la forma
en que sentía sus ojos iluminados. Intentó borrar la sonrisa de sus labios,
pero fue en vano; era feliz.
Siguió su
camino. Todo lo hermoso que había sentido hace un rato, se disipaba al pensar
en su madre y en no encontrar las soluciones que necesitaba. Llegó a casa y
todo parecía tranquilo desde afuera, pero apenas abrió la puerta, empezó a
escuchar las voces casi en susurros, como si no quisieran que nadie más las
escuchara. ¿Sería tan malo que salieran de las paredes hacia la calle? Dio más
pasos hacia el interior, no lentos, ni furtivos, los dio pesados y cansados.
Antes de subir por la escalera echó un vistazo a la sala. El cansancio se
acumuló con más inquietud en su cuerpo. Las palabras no las entendía muy bien,
tenían una charla en inglés, un idioma que no le gustaba, que nunca quiso
aprender. Su madre lloraba desconsolada, se escuchaba tan herida, como la vez
que la vio llorar por la muerte de su padre. ¿Tan malo era lo que sentía por
Natalia? Sus ojos se humedecieron de decepción y de una completa amargura,
incluso sintió tristeza por la forma tan herida en que lloraba su madre. ¿Tan
malo era su amor? Muy pronto tendría que enfrentar retos aún más grandes para
defender el amor que sentía por Natalia.
Subió a su
habitación y se ocultó detrás de la puerta.
—Ahora dos en
mi contra —susurró triste.
No podía hacer
nada más que sentirse fuerte para que nadie pudiera alejarla de sus
sentimientos. Alguien más ya lo sabía y dentro de poco lo sabrían más y más
personas. Tenía que sopórtalo porque estaba segura de que no viviría
ocultándolo para siempre. Era ella, y quería ser feliz para ella y para
Natalia. Su habitación se encontraba a media luz, por la lámpara que alumbraba
la calle, y la dejó así. Ordenó las cosas de su escritorio y volvió a doblar la
ropa de su armario, no se ocupó de su cama porque pronto dormiría. Todo estaba
bien otra vez. Se dejó caer, aplastando las almohadas con su espalda. Un
suspiró hondo se escuchó en el silencio y después el viento hizo vibrar la
ventana. Las sombras del árbol jugueteaban por las paredes de su habitación. No
pasaba nada malo, era una buena hija y una persona amable. Sus sentimientos no
deberían cambiar su perspectiva de ella. Nada era justo si lo hacían así.
Estaba por quedarse dormida cuando sintió que alguien se sentaba sobre su cama.
Abrió los ojos y encontró una sonrisa tierna en un rostro acabado, una sonrisa
que hace mucho extrañaba.
—¡No, espera!
—se levantó—. ¡Lo sé! ¡Lo que sientes es una equivocación! ¡No puedes amar así,
estás confundida! ¡Es inaceptable lo que sientes! —decía Andrea, cuando
caminaba hacia la puerta y la abría—. ¡Ya me sé todo, abuela, puedes largarte!
¡No necesito escuchar nada de ti y no me importa lo que pienses!
—¿En verdad
crees saberlo todo?
Esa misma
pregunta escuchaba siempre cuando era pequeña. La curiosidad que tenía le
generaba muchas preguntas y buscaba sin descansar todas las respuestas, fue la
mejor etapa de su niñez, llena de aventuras y conocimiento adquirido de todas
partes. Una etapa feliz, una que no volvería, no de la misma manera. Miró al
piso esperando a que su abuela decidiera salir. No quería escuchar nada de
nadie, no quería que le dijeran que estaba cometiendo un error. Estaba cansada
de las palabras de reproche y de los consejos equivocados de Patricia, no los
quería de su abuela. Helena no tardó mucho en darse cuenta de lo que su nieta
sentía: la rabia y el resentimiento que tenía en su pequeño corazón.
Andrea miró
unos pies descalzos y se dio cuenta que Helena estaba a un lado. Percibió el
olor a rosas que su abuela desprendía; el aroma que gustaba apreciar siempre
que se quedaba dormida en sus brazos.
—Entiendo tu
forma de amar —dijo Helena, besó su frente y salió.
Cerró la
puerta, esta vez sin fuerza y sin enojo. Regresó a su cama. La frustración
volvió a invadir sus pensamientos. ¿Cómo podía salir de la situación? ¿Cómo
hacerles entender que sólo sentía amor? A pesar de su actitud, aún era una
niña, una niña que intentaba luchar contra todas las ideas equivocadas, de los
prejuicios mal adquiridos. Le dolía más que ahora, siendo tan pequeña e
indefensa, tuviera que lidiar con su familia. Se preguntaba qué haría para
enfrentarse al mundo, que no temía hacer, pero de cierta forma le aterraba el
no saber cómo hacerlo, y si llegaría a soportarlo.
—Natalia
—decía con tristeza, pensando que tal vez no podría soportarlo más—. ¿Por qué
no pueden entenderlo?
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