V
El invierno
estaba cada vez más próximo, el frío dejaba de ser impredecible por las noches
y se quedaba estancado a todas horas. El viento guardaba el aroma de nostalgia
por terminar el año, la brisa de la madrugada dejaba el aroma fresco entre la
tierra húmeda y en el rocío de las hojas. El sol apenas si se asomaba en
ocasiones, entre un cielo empañado de neblina. Andrea no se emocionaba por los
cambios de estación, mucho menos pasar de un año a otro, vivía siempre
aprovechando cada circunstancia para aprender, aunque fuera una situación
adversa. Las cosas estaban por cambiar de manera predecible y, a la vez, de
forma tan abrupta que no sabía cómo tomarlo. Sacó unas postales de un baúl pequeño,
donde guardaba sus cartas o sus recuerdos más preciados. Tenía más de
cincuenta, con paisajes diferentes de Nueva York y de otros estados de
Norteamérica. Nunca le llamó la atención ir al
otro lado de su país. Las guardaba porque su abuelo se las enviaba en
cartas o las traía en Navidad junto con un montón de juguetes. Hasta el fondo
se encontró con la última carta que había recibido. Fue hacia su cama para leerla
por tercera o cuarta vez, había perdido la cuenta. Siempre empezaba
escribiéndole en español, después en inglés, después en español y así se iba
hasta despedirse, anunciándole que le enviaba una nueva postal. Andrea nunca
supo qué le decía en inglés, esta vez no tuvo la oportunidad de aguardar a que
su abuelo viniera de vacaciones y le tradujera lo escrito. Tampoco tenía el
interés de aprender un idioma que no le gustaba. Miró la puerta de su
habitación, a dos más estaba la de su abuela, podría ir y decirle que leyera su
carta, o pedírselo a Patricia; un favor poco imposible de requerir a cualquiera
de las dos. No sabía por qué odiaba tanto el inglés. Su madre y su abuela
tenían un acento extraño a la hora de hablar en español, el mismo acento
extraño que su abuelo y su padre tenían cuando hablaban inglés. Pudo aprenderlo
en cualquier momento, incluso recordaba que sus primeras palabras habían sido
en el idioma que tanto detestaba ahora.
Empezó a
recitar lo que las cartas decían en inglés, su pronunciación podría entrar casi
en lo perfecto, lo había escuchado muchas veces de la voz de sus abuelos y de
su madre. Podía leerlo a la perfección, de una manera fluida, pero no entendía
más de la mitad de lo que las palabras decían. Suspiró, de cierta manera no
quería saber, no quería conectar todas las palabras. Miró las postales, una a
una. Cómo acostumbrarse a un lugar tan frío y material; caminar por las calles
más duras de asfalto y olvidarse de las colinas verdes que aún rodeaban su
comunidad. No soportaría estar en otro país, con un idioma distinto y que,
además, odiaba.
Las cartas y
postales terminaron sobre el piso, a lado de su cama. Las cuatro paredes de su
habitación la confinaban como en un castillo. Todos los días llegaba de la escuela
y subía de inmediato, era su prisión, pero a la vez era su guarida. A pesar de
toda la libertad con la que contaba y la que su actitud le daba, se sentía
prisionera dentro de su casa. No había muchas posibilidades de hacer aliados,
ni fuera ni dentro. El secreto les pertenecía a ellas y a la madre de Andrea, y
con eso todo era complicado en su vida. Lo único que conseguía darle paz a su
mente, eran los recuerdos de un inocente rostro de una chica trigueña, sus
bellos ojos verde olivo, la sonrisa dulce dibujada cada día en su rostro, la
calidez que encontraba en sus labios y la magia obtenida en sus palabras. Sonreía
como una tonta mientras sus pensamientos distaban mucho de su realidad. Soñaba
con un mundo donde el amor fuera eso: amor. Algunas lágrimas escaparon sin
querer. Nada podía ser así de fácil. Lejos de tan bellos pensamientos y de
sueños tan difíciles de cumplir, tenía que volver a su realidad, afrontar su
realidad.
Necesitaba
salir de su casa, sentirse libre y encontrar un poco de paz. Sin querer pisó
las cartas y las postales que había dejado caer al piso, eran muchas las que
tapizaban su territorio, que parecía estaba del otro lado del país. Nueva York para nada sería el lugar para hallar
la paz que necesitaba; Patricia había tomado la peor decisión. Tuvo que
recogerlas con urgencia, con desesperación, para que nada se hiciera realidad.
No quería proyectarse una vida en Nueva York, su vida estaba en México. No eran
sus decisiones. Nadie tenía derecho de cambiar su vida. Volvió a guardarlas en
el baúl y lo escondió hasta el fondo de su closet. No quería ni imaginarse el
viaje que haría después de terminar el invierno, no podía ser su último
invierno en Chiapas. Incluso estaba segura de que Helena no lo sabía, no lo
había mencionado, y esperaba a que se opusiera cuando se enterara, podría ser
su única salvación.
Salió de su
habitación para hallar la libertad que necesitaba su alma y su corazón. Pasó
junto a la de su abuela, la puerta estaba a medio abrir y se dio cuenta que
estaba vacía, hasta ella necesitaba no estar en su casa. Las maletas de Helena
las encontró a media habitación sin desempacar. Esta vez su abuela no le había
llevado ningún obsequio, no lo hacía desde un par de años acá, su relación
también se había fracturado desde la muerte de su abuelo. Su último regalo
había sido una bufanda que prácticamente nunca utilizó; no sentía el frío del
invierno. Tal vez no se quedaría mucho tiempo, por eso había llegado antes y su
maleta seguía sin ser desempacada. Quizá sólo había ido por ella y estaba
esperando a que terminaran las clases. Cerró la puerta de la habitación con
temor. Quería desaparecer su angustia de sentirse alejada de su país y, sobre
todo, de Natalia. Iba a medio pasillo hacia la escalera, su corazón se
atemorizó más que hace unos segundos y el aire dejó de entrar a sus pulmones.
Escuchó a su madre hablando por teléfono y parecía no estar de buen humor. Sus
palabras se escuchaban muy agresivas.
—¿Ni siquiera
tienes un poco de vergüenza para llamar a mi casa? —decía furiosa—. ¡Deja en
paz a mi hija! ¡¿No entienden que lo de ustedes no puede ser?! ¿Por qué no lo
entiendes, Natalia?
Colgó el teléfono
sin dar oportunidad de alguna defensa a quien llamaba, su solo nombre le
causaba molestia. Pero había una parte que quería admirar: su valor; y como no
se permitía hacerlo, tenía que demeritarlo a un comportamiento cínico. Sus
palabras se habían escapado sin remordimiento, con el mayor reproche. Tenía que
hacerles entender a como dé lugar el error que estaban cometiendo, aunque su
forma no era la más sutil de todas. Escuchó a lo lejos un paso, sin darse la
molestia de ser cauto, mucho menos discreto. Su rostro enfurecido palideció de
miedo en un segundo, la sangre le dejó de fluir a la cabeza y un escalofrío le
recorrió el cuerpo. Se dio cuenta que en el rellano de la escalera la observaba
su hija, con los ojos inyectados de resentimiento.
Andrea quiso
regresar a su habitación, volver a sentirse prisionera entre sus paredes, con
su imaginación en su mundo soñado y, sobre todo, no haber escuchado las palabras
de su madre. La miró sin creer el sentimiento que se alojaba en su corazón, que
lo sentía fuerte, como un estallido involuntario de rabia y rencor. Las
palabras las tenía, las justas, las exactas, para defenderse. Pero se había
cansado de decirlas por tanto tiempo. Patricia no necesitaba entender palabras,
necesitaba entender de sentimientos. Bajó con lentitud las pocas escaleras que
la separaban del piso. Dejó de sentirse una niña indefensa, como si la parte más
inocente y dulce de ella hubiera desaparecido por completo en cada escalón
dejado atrás, en cada paso firme que había dado; incluso hasta se sintió más
grande. Caminó hacia Patricia con tanta tranquilidad que no se lo creía. La
observó con detenimiento. Sintió un escalofrío al darse cuenta que sus ojos se
parecían mucho a los suyos, como si el azul cristalino de los mares se fundiera
con el azul claro del cielo. Se parecía tanto a su madre que le causó una
extraña repulsión, que tantas veces atrás, cuando pequeña, le daba una inmensa
alegría el tener sus ojos azules y su gran belleza; ahora era todo lo
contrario. Pensaba guardarse todas sus palabras en su interior, como a veces lo
acostumbraba, pero esta vez sentía que Patricia había llegado demasiado lejos
con su actitud. Andrea no podía soportar que sólo por el hecho de estar
enamorada tuviera que aguantar toda esa agresión y menos soportaba que tratara
así a Natalia. No era justo para ninguna de las dos.
—¿Tú por qué
no lo entiendes? —Preguntó con sutil calma. No articularía más frases para su
defensa, eran en vano y desperdiciadas. Estaba segura que su madre no iba a
cambiar jamás su postura. Le sonrió con cinismo y dejó escapar su único sentimiento
en palabras—: Te odio.
Siguió de
largo su camino, con la misma calma en que había bajado las escaleras. Había
tenido la última palabra. Esta vez la discusión fue extraña, no hubo gritos ni
reclamos y parecía que no habrían más. Patricia quedó helada con sus palabras;
no pudo decirle nada, ni siquiera para defenderse o decirle lo mismo de
siempre. Sus lágrimas cayeron al piso, llenas de una desesperación que solo se
guardaba para sí. Le dolió en el alma que su hija sintiera tanto rencor por
ella. No quería aceptar los sentimientos de Andrea, no podía hacerlo.
Miró el
teléfono. Por un momento deseó que volviera a sonar, que fuera la misma persona
de hace un rato y que surgiera su voluntad de contestar de manera diferente,
ser amable y tener un poco de comprensión, pero esos sentimientos estaban
demasiado ocultos en sus prejuicios, no podía siquiera mencionar su nombre. Qué
tan diferente sería si sólo lo aceptara, podría verlas creer juntas, afrontando
con mayor valor su amor ante el mundo. La diferencia sería enorme, lo sabía,
pero más grande era su cobardía.
Andrea salió
de casa sin saber que su madre empezaba a tener una batalla en su interior, una
batalla que podía tener como resultado una postura enteramente a su favor o
absolutamente, para siempre, en su contra.
—Hija, ¿adónde
vas? —preguntó Helena, que, como bien había dicho Andrea, se pasaba las tardes
contemplando el cielo, con nubes o sin ellas.
—¡Qué te…!
—iba a reaccionar agresiva, pero recordó la noche anterior y se acercó a ella.
Miró sus ojos gastados por el tiempo, su sonrisa tranquila y llena de paz,
parecía no había desaparecido desde ayer. Vio en su rostro la comprensión y
amabilidad que necesitaba de su familia—. ¿En verdad entiendes lo que siento?
Dudaba que su
abuela pudiera entender lo que sentía. Después de la muerte de su padre, se
cobijó en los brazos de Helena y la esperaba con ansias cada inicio de año. A
pesar de que la miraba por pocas semanas en invierno, y sin ninguna otra intención
que contemplar el cielo todas las tardes, quería que estuviera ahí con ella.
Disfrutaba de su presencia mientras jugaba con las lombrices del jardín o
cuando intentaba regresar las hojas a los árboles cuando caían. Se sentía
protegida y segura teniéndola a su lado. Tiempo después dejó de tomarle interés
a su abuela, y no le agradaba que llegara en invierno.
—¿En verdad lo
entiendes? —preguntó, sintiendo un frágil hilo de comprensión.
Helena le
sonrió y miró al cielo. Andrea, a pesar de tantos años verle hacer lo mismo, no
entendía qué de especial tenía el cielo de invierno. Muchas veces, estando en
sus brazos, dejaba su mirada fija al cielo cuando su abuela lo hacía; pudo
quedarse ahí por horas y jamás, en ningún momento, logró entender lo que miraba.
—Las nubes de
invierno —susurró Helena.
—¡Claro! Sólo
piensas en eso —dijo furiosa.
Sabía que no
podía esperar más de ella. Dio la vuelta y empezó a marcharse.
—La conocí en
invierno…
Se detuvo,
sintiendo un ligero sobresalto en el corazón. Escuchó claramente sus palabras,
pero no el sentido de ellas, y deseaba que fueran como creía las había escuchado.
Miró a Helena y le sonrió con dulzura. Empezaba a creer que encontraría la
comprensión y el apoyo que no consiguió de su madre. Tenía esperanza de que su
abuela entendiera lo que en verdad es el amor.
—Así era mi
sonreír antes de arruinar mi vida. Yo sí estaba enamorada, pero lo arruiné sin
querer. Me engañé por mucho tiempo, pensando que era verdad lo que sentía por
mí.
Andrea se
desvaneció por completo con sus palabras, al igual que todas sus esperanzas.
Una mueca irónica se dibujó en su rostro, simulando quizá una sonrisa sin importancia.
Helena volvió a sonreír con nostalgia, asegurándose que había conseguido la
reacción que esperaba.
—No me di
cuenta que el amor no era para mí… y terminé por arruinar mi vida —añadió, sin
quitar el tono dulce de su voz—. Pero me gustaba sonreír… como lo haces ahora.
—¡Si piensas
que estoy equivocada con lo que siento, pierdes el poco tiempo que te queda
para intentarlo! —gritó con enojo.
Dio la vuelta
y esta vez no regresó. Se sintió estúpida al pensar siquiera por un momento en
que su abuela sí podía entender lo que sentía por una mujer. Tonto creer que le
daría la comprensión que necesitaba para seguir en pie. Debía formularse un
plan, no podía irse con Helena a Nueva York, no quería. Escaparse de casa era,
quizá, la mejor de sus opciones, pero no tenía un lugar al que huir. Toda su
familia vivía en el extranjero y la familia, por parte de su padre, no la
conocía bien. Su única opción estaba atestada de imposibilidades, no tenía un
lugar y no contaba con el mínimo de dinero requerido. Las cosas no estaban
saliendo bien y le temía a lo que vendría después.
Caminó hasta
llegar al parque donde se vería con Natalia como todas las tardes, en realidad
a todas horas. Intentaban estar todo el tiempo posible juntas, pensando que de
esa manera el mundo se acostumbraría a verlas juntas. Querían la seguridad de
no importarles nada, como los reclamos en las miradas de las personas.
—Andrea,
¿dónde estás? —preguntó Natalia, en susurros muy suaves.
Sus
pensamientos estaban muy lejos y no le prestaba la atención que su presencia
requería. Pensaba en qué parte del sentimiento se había perdido y no caminaba
por el sendero donde la mayoría deambulaba; en un sentimiento que estaba
demasiado atado a la costumbre, al «así debe ser y siempre será así», de una
dualidad que nadie, que no entendía quién había dicho que debía ser justamente
eso y sólo así. Sí pensaba en lo que sentía, si trataba de entender lo que
sentía, no había más camino que uno…, un único amor: el verdadero.
Veía el cielo
azul, de un azul intenso marcando la llegada de la tarde. Las nubes a lo lejos
se veían difusas, el viento no permitía su unión y las difuminaba como en una
pintura. El sol, a punto de ocultarse, les daba unos toques dorados y rojizos.
No le impresionaba tanto verlo, era el mismo panorama de todos los años, pero
faltaba muy poco para que se diera cuenta de la belleza que siempre han
guardado las nubes de invierno.
—Si el cielo
se te hace más interesante que verme a mí —se levantó Natalia, fingiendo
enfado—, de acuerdo, me voy… Te dejo contemplar el cielo.
—¡Oye! —se
levantó Andrea, sacudiendo el pasto seco de sus ropas. La tomó de la cintura
impidiendo cualquier otro paso de su huida—. Ningún cielo se me hace más bello
y hermoso que tú. Ni siquiera el azul intenso del cielo se puede comparar con
la intensidad de mi amor por ti, Natalia. De la fuerza de mi amor por ti.
Sonrió. Le
gustaban sus palabras dulces cuando salían sin pensar, las miradas tiernas
cuando sus ojos brillaban y el sonrojo de sus mejillas cuando se intimidaba,
justo como las tenía ahora. Amaba las sonrisas discretas de sus labios y los
besos cálidos, fugaces y robados que obtenía de ellos. Apreciaba su belleza,
amaba su inocencia y su ternura. Pero no había nada con qué comparar la belleza
de su amor, que siempre lo miraba reflejado en sus ojos.
—¡Haré de
nuestro amor una historia! —Decía Natalia emocionada, mirando el cielo—. ¡Haré
que el mundo sepa lo mucho que te amo, Andrea! Así todos entenderán el amor…,
lo que es nuestro amor, como es en verdad —terminó por decir un poco triste.
Su inocencia
y, quizá, un poco de ingenuidad, le hacía creer que las personas sólo
necesitaban que alguien les hablara sobre el amor verdadero, el amor que
siempre trasciende cualquier límite, simplemente siendo amor. Para Natalia las
palabras y el sentimiento era lo que el mundo necesitaba comprender.
—¿Y crees que
ellos lo entiendan? —preguntó Andrea, sabiendo que era imposible.
Natalia giró
su cabeza para mirar el brillo de sus ojos azules. Su semblante era más que
hermoso, su rostro firme marcaba una gran madurez, escondido en sus varios
gestos de niña. El brillo de sus ojos podía hacer que cualquier persona caminara
por brasas ardiendo con tal de no perder su mirada, al menos eso pensaba
Natalia. Regresó su vista al cielo para poder coordinar sus palabras.
—Todos tenemos
un concepto diferente sobre lo que es el amor —murmuraba, pensando en lo que
había en el corazón de cada persona enamorada—, pero si se ama de verdad, nos
daremos cuenta que en esencia todos sentimos lo mismo…, ni más ni menos, sólo
amor. Porque el amor es así.
Andrea dejó de
abrazarla y se plantó frente a ella. Sus ojos se reflejaron y un brillo incomparable
se miraba en ellos.
—¡He aquí a
Natalia, la mejor novelista de la historia! —aseguró, haciendo una reverencia.
—No exageres
tanto —dijo, dándole un leve golpe en la cabeza.
—¡Serás la
mejor novelista de México, no hay que negarlo! ¡La mejor de todos los tiempos!
—Decía Andrea—. Nadie sabrá escribir palabras tan hermosas como tú. Nadie podrá
darles el valor y la fuerza como tú lo haces, Natalia.
—La mejor…
Natalia caminó
aceptando el cumplido. Se preguntaba cómo podría ser una novelista, y la mejor,
si lo único que había en sus libretas eran palabras y poemas donde expresaba el
sentimiento que Andrea le hacía sentir. Sonrió con ternura y agachó su mirada
con vergüenza, sus mejillas adquirieron un color rosado. Todo lo que escribía
en su libreta eran frases sueltas, escritas en un momento de fascinación, de
inspiración, cuando Andrea se colaba por sus pensamientos, y eran más fuertes
que el tema en clase o más fuertes que la tarea importante o el examen difícil
para el que tenía que estudiar; había también poemas inconclusos, incapaz de
terminarlos al darse cuenta que las palabras que podían definir con exactitud
su amor no existían realmente; tenía poemas sin título alguno, en hojas que
lograba desprender de su libreta, no sabía por qué lo hacía, nunca se los
entregaba a Andrea. No le parecían perfectos, ni siquiera lo más cercano para
definir su amor. Los poemas sin título, en hojas desprendidas de la libreta,
volvían a ser guardados en el mismo lugar de donde surgieron, quedándose
ocultos, solo para Natalia. ¿Cómo podía ser capaz de ser una novelista? ¿Cómo
dar sentido, en palabras, a un amor que le hacía perderse en la irrealidad?
Imposible creer que podría escribir una novela si no conocía más amor que el
que sentía por Andrea, aunque sabía que no necesitaba nada más. Cada palabra
que había escrito, desde que la conoció, era diferente y más profunda. Sus
palabras habían adquirido un nuevo significado y cada vez era uno distinto.
—Sí, serás la
mejor novelista y le contarás al mundo lo que siento por ti. Harás de nuestro
amor una historia… La mejor que se pueda escribir —insistió Andrea, con un poco
de nostalgia en su voz.
—La escribirás
conmigo…, hasta el final.
Esperaba que
el mundo comprendiera que eran tan iguales sus sentimientos como cualquier persona
que estuviera enamorada de verdad. Suspiró, miró a las pocas personas que
transitaban por las calles. Se preguntaban cuándo podían decirle al mundo que
se amaban. Cuánto tiempo más tendrían que callar sus sentimientos y caminar por
las calles intentando no evitar tener tantas miradas sobre ellas. Querían que
todo pudiera ser más fácil con sus sentimientos, no hacían nada malo como para
ocultarlos.
—Así ellos
sabrán lo que es el amor verdadero —decía Andrea—. No podrán reclamarnos nada
nunca más, porque al fin entenderán… y sentirán el amor tal y como es.
—Y podré
contarles sobre la belleza de tus ojos.
Su libreta
estaba llena de poemas, de palabras varías, intentando explicar tanta belleza
que había en sus ojos. Poemas inconclusos con palabras insuficientes. Cómo contar
en una historia lo que su mirada le provocaba, lo que sintió en ella la primera
vez que la miró. Si estaba dispuesta a contarle al mundo su amor por Andrea, se
preguntaba cómo le haría para describir lo que más le gustaba de ella.
—Tu mirada.
Andrea se
sonrojó. No entendía por qué Natalia se maravillaba tanto cuando la miraba. No
había otra expresión en sus ojos, salvo su amor por ella. Se le hacían normales
como los de su madre, tal vez acostumbrada de verlos a diario. El color de sus
ojos no era muy común en el estado, pero no esperaban otra cosa viniendo de una
familia de descendencia americana. Había heredado el color de ojos de Helena,
el mismo color que ella había heredado de su padre. Sus ojos eran muy
expresivos, pero no los creía a tal grado de considerarlos de gran belleza.
—Me gustas
—finalizó en un susurro, tan suave que el viento se lo llevó.
Era tarde, el
viento empezaba a soplar frío y muy intenso. Los árboles se mecían de un lado
para otro, dejando caer algunas frescas hojas que aún conservaban, pero que el
viento podía arrancar con su fuerza. Natalia se encogió de hombros y metió las
manos en su chaqueta al sentir una ráfaga de viento muy helada.
—¿Adónde irán?
—preguntó Natalia, mirando con curiosidad el cielo.
Las nubes eran
arrastradas por el viento de una forma delicada. Algunas se hacían tan
transparentes que dejaban ver el azul intenso del cielo. Andrea se acercó
abrazándola por la espalda, metió las manos en la chaqueta de Natalia y
entrelazó sus dedos con los suyos para darle calor a sus manos frías. Recostó
su mentón sobre su hombro y miró hacia la misma dirección, sin entender de qué
le estaba hablando.
—¿Quiénes? —le
susurró al oído.
—Las nubes,
marcan un camino…
Andrea miró el
cielo sin prestarle la atención que debía. Observó las nubes por un instante y
siguió sin importarle lo hermosas que se veían. Las había visto por tanto
tiempo junto a su abuela, que dejó de tomarle importancia. Se paró frente a
Natalia, acaparando su mirada verde y extrañada.
—Adonde sea que
fuesen, te llevaría con gusto a ellas —la besó con dulzura. Era realmente amor
lo que tenía dentro y lo que le hacía sentir le daba la fuerza para luchar
contra todo—. Ojalá pudiera congelar este momento y estar contigo así…,
siempre, por siempre.
Natalia
recibió una sonrisa que le robaba la poca razón que la belleza y la ternura de
Andrea le permitía tener.
—Me gusta el
brillo de tus ojos cuando sonríes —decía, embriagada por el sentimiento tan
grande que le invadía el corazón—. Me gusta la luz de tus ojos…
Caminaron casi
toda la noche entre las calles cercanas a la casa de Natalia, a veces recorrían
la misma vía más de cinco veces o por un par de horas. Era una de las más
solitarias de toda la colonia. La tenue luz de la lámpara, que sobre salía de
una casa vacía, alumbraba hasta la mitad de la calle, todo lo demás permanecía
en las sombras. Todo era discreto para ellas, para lo que necesitaban. La
oscuridad era como un cómplice, y el silencio su más fiel aliado. El perro
pequeño del enrejado blanco, que les ladraba cada vez que escuchaba sus pasos,
era todo lo que podía acompañarlas. Las hojas de los árboles caían cuando
dejaban de mecerse entre sus ramas. El frío no podían sentirlo a pesar de que
el viento soplaba fuerte. Ninguna de las dos quería separarse. No querían dejar
su mundo y regresar al mundo de los demás. Era algo que cada vez lo sentían más
imposible, tenían que dejar sus sueños y vivir en su pesadilla. Natalia, a
pesar de ser la menor de cuatro hermanos y ser la hija consentida, perecía tener
más coherencia que ellos; una niña inteligente, tierna y sensible. Era noble y
generosa. La mejor alumna de la escuela, y de las muchas generaciones que
había. Se encargaba de manejar el periódico escolar que se publicaba cada
inicio de semana en su escuela y en algunas otras de varias regiones. Natalia
quería hablarle al mundo con palabras nacidas desde su corazón. Sentía que era
su propósito en la vida, que para eso se le había otorgado el talento de
encontrar las palabras necesarias para transmitir sentimientos y la verdad de
ellos, lo sabía desde pequeña. Sus cuadernos estaban llenos de palabras, a
veces confusas de tan rápido que escribía, sólo ella podía entenderlas. Era
algo mágico el poder y el efecto que tenían las palabras cuando se armonizaban
por completo, era como leer la música en un lenguaje más simple. Los maestros
le otorgaban toda la confianza para que pudiera conseguir alguna beca en la
ciudad de México y lograr el sueño que tanto anhelaba: ser una de las mejores
novelistas. Pero por ahora sus palabras sólo le pertenecían a Andrea, no eran
escritas para nadie más.
Andrea dejó a
Natalia a unas cuantas calles lejos de su casa para que nadie la viera, como si
acercarse a ella fuera una sentencia de muerte, que todo mundo se iba a dar
cuenta de lo que estaba pasando entre las dos y las iban a alejar para siempre.
Una paranoia un tanto irracional. Nunca intentó acercarse lo suficiente como
para tocar el timbre y esperar una respuesta. Se quedaba parada al otro lado de
la calle mirando hacia la ventana de Natalia. Uno. Dos minutos. Era suficiente.
Se marchaba como si no significara nada. Tenía que aparentar que era una casa
desconocida, que no le importaba ni una sola persona que habitaba allí. Que
sólo la miraba tanto porque le gustaba el color rosa de la fachada y los dos
enormes pinos que llegaban a ocultar los ventanales. Podía gustarle tal vez el
acabado de la chimenea que estaba a un costado. Podrían pensar que le gustaba
cualquier cosa del exterior, sin pensar que amaba tanto algo que estaba en el
interior; la más grande verdad que había en su corazón era un secreto. A unas
cuantas calles debía dejarla y a unas cuantas calles lejos de su casa debía
esperarla. Así era todo entre ellas: tan clandestino.
Se metió por
la callejuela vacía, la que habrán caminado unas diez veces en esa noche. La
lámpara tintineaba como si estuviera a punto de apagarse. Algunas casas habían
encendido sus luces. Podía escuchar el ruido de algún televisor encendido o las
risas de los niños, que llegaban hasta la calle. No estaba tranquilo como hace
un rato, no era tan solitaria. Se encontró con el ladrido fuerte del perro
pequeño una vez más. Se inclinó a acariciarlo, y el pequeño no se negó al
contacto dulce de Andrea.
—No es tan
malo —murmuró—. Tú sabes que no es malo, ¿verdad?
Un ladrido
amigable fue su respuesta. Desde entonces Andrea dejó de ser una desconocida
para el perro. Se levantó y siguió su camino. Se sentía extraña y confundida,
no le parecía estar viviendo una vida justa. Le invadían miles de cosas en su cabeza.
No dejaba de pensar en ningún segundo. No entendía por qué su madre se negaba a
aceptarla. ¿Cómo no podía consentir algo tan bello como el sentimiento del
amor? Un sentimiento tan hermosamente simple y tan forzosamente complicado.
Caminó por mucho tiempo preguntándose tantas cosas, tratando de entender por
qué la forma en la que amaba, la manera en que expresaba su amor, era
considerado algo equivocado y malo. Tan absurdas tantas contradicciones.
Era un poco
más de media noche cuando por fin decidió regresar a su hogar. No quería
caminar más, no sin poder encontrar una respuesta a sus preguntas. Llegó a su
casa y no le quedaba más opción que entrar. Buscaba las llaves entre sus
bolsas, pensando que tal vez debía tocar a la puerta, pero no lo creyó prudente
siendo tan tarde. Sin tener éxito, se cansó de tanto buscar y se quedó allí,
parada frente a la puerta; sin ganas de entrar, con unas ganas irresistibles de
correr y no volver nunca. Sabía que no debía hacerlo. No podía arruinar el poco
futuro académico que le ofrecía Patricia. No podía hacerlo si sabía que no se
marcharía sin Natalia. Dejarla nunca estaría en sus planes, y a pesar de ello
no podía robarle el sueño de convertirse en la mejor novelista de México, tenía
que dejar que consiguiera su sueño. No debía marcharse. No así. La manera correcta
no era precisamente así. Se sentiría cobarde el resto de su vida por huir y
jamás sería libre, no tendría derecho a nada. Suspiró hondo, intentando
controlar su necesidad de sentirse completamente libre. Se sintió tan impotente
con toda la rabia que tenía, de ver su mundo tan volcado y tan limitado, a
pesar de que muy dentro sentía una gran felicidad por sentir el amor de
Natalia.
¿Qué podía
hacer?
Miró
nuevamente la puerta y dio la vuelta. La calle estaba vacía y oscura. El viento
arrastraba las hojas y movía los árboles. Se preguntaba por qué le costaba al
mundo dejarse llevar por un sentimiento tan fuerte como el amor. Por qué
negarse un sentimiento tan bello y por qué no simplemente enamorarse sin
importar lo que se ve por fuera.
El viento
empezó a mover suavemente la mecedora de su abuela. Parecía que la estaba
llamando hacia ella, como si le fuera a dar las respuestas que tanto necesitaba
saber. Recordó la última vez que se había subido sola a ella, quizá era el
único recuerdo que tenía de bebé, cuando sus pequeños pies le imposibilitaron
subirse por completo y con el impulso que hizo la mecedora, terminó de espaldas
al piso, dándose un fuerte golpe en la cabeza; recordaba toda la potencia de su
garganta en su llanto, la forma en que sus pulmones pedían aire. Jamás volvió a
subirse sola, le causaba pánico, tampoco se volvió a ver llorar de esa manera
tan angustiante.
Se acercó a la
mecedera y recordó todo el tiempo que su abuela permanecía ahí. Podía sentir
toda su presencia, incluso hasta llegó a percibir su aroma. Se sentó sin pensarlo,
un tanto dubitativa, pero ahora sus pies alcanzaban perfectamente el piso y se
sentía segura.
El cielo no
estaba con nubes, se veía el brillo de la media luna y algunas estrellas.
—Las nubes de
invierno —dijo, aparentando una felicidad por ver las nubes, intentando
entender lo que sentía su abuela cada vez que las miraba.
Se quedó un
buen rato mirando el cielo y aun así no entendía lo que miraba. Pasaron muchos
recuerdos que vivió junto a sus abuelos y a sus padres: las tardes en el jardín,
cuando llegaba la cena de Navidad; los primeros días en que la llevaron al
colegio; las tantas miradas que recordaba de ellos, sus manos entrelazadas
cuando caminaban por las calles y las palabras dulces que se decían en
ocasiones. Momentos llenos de dicha y felicidad, donde lo único que miraba en
ellos era el mismo amor que estaba sintiendo ahora por Natalia. Su corazón
estaba enamorado, embriagado totalmente. No había diferencia en nada. Amaba a
Natalia con el mismo respeto y honestidad, con la misma devoción y pureza. Era
feliz con ella y sabía que lo sería el resto de su vida. ¿Por qué los
consideraban equivocados? No lo entendía.
Dejó sus
pensamientos y sus recuerdos a un lado, porque entre más analizaba las cosas,
menos entendía el comportamiento de Patricia. Se levantó con pesar y las llaves
cayeron sorpresivamente a sus pies. Entró hacia la oscuridad de su casa, y no
sabía bien qué era más oscuro, si afuera o adentro; y dónde hacía más frío, eso
lo sabía claramente: siempre adentro. Subió la escalera hacia su habitación,
con las ganas de dejar todo lo que le inquietaba en cada escalón que pisaba. Se
dirigía lentamente por los pasillos, pensando, preguntándose cuándo podría
volver a casa sin pensar que el enemigo más grande estaba en ella. Era una
profunda tristeza la que sentía al saber que la aceptación de Patricia sería el
arma más poderosa para protegerse a ella y proteger a Natalia contra todos los
demás, y no la tenía. Tanta contrariedad, porque al mismo tiempo, la indiferencia
que sentía de ella, la hacía más fuerte para enfrentarse al mundo. Pero mil
veces hubiese preferido lo primero. Sería feliz, completamente feliz. Nada más
le importaría. Como le gustaría llegar un día a casa de la mano de Natalia y
presentarla como lo que era: su novia. Que Patricia la recibiera con un saludo
amigable, un abrazo, y tal vez con unas galletas; y que si alguien llegaba a
criticar su relación, ella estaría ahí siempre para defenderla.
¿Por qué no
todo podía ser así de fácil?
Encontró la
puerta entreabierta de su abuela y se quedó por un momento ahí parada,
dejándose ver su sombra dentro de la habitación. Dio un paso atrás, pero no
quiso dar otro más en la misma dirección. Entró despacio, vio su rostro frágil
y acabado. ¿Por qué había llegado antes a Chiapas? ¿Cuál era su verdadero
propósito? El invierno se vendría diferente, presagiando su inevitable
tragedia. Recordó las veces que la vio junto a su abuelo, el amor que sentía y
toda la devoción que tenía por él. En verdad Helena no podía entender sus
sentimientos o el hecho de estar enamorada de una mujer. Sintió todo perdido.
Dónde había alguien que la pudiera entender y ayudar. Empezó a alejarse con un
gran suspiro y dolor en su corazón. Dónde estaba toda la ilusión de las
personas de encontrar el verdadero amor y aceptarlo como tal, ¿y había ilusión
acaso?
—Andrea —dijo
Helena, en voz baja para no asustarla—. Ven, hija, siéntate. No te haré daño.
La miró
dudosa, pero estaba lista para luchar contra todo y todos los que querían
hacerle ver su supuesto error. Se sentó justo en la orilla de la cama, lejos de
su abuela. Tenía que crear todo el espacio posible, para que su defensa, su
muralla, fuera indestructible o le diera tiempo de salir corriendo y guardarse
su coraje para no lastimar a su abuela con cualquier palabra. Helena le sonrió
con la misma desconfianza de su actitud, casi desconocida. Le dio unas
palmaditas a la cama, justo a su lado, para que se acercara más, pero se negó.
Volvió a sonreírle y poco a poco se acercó. Andrea parecía estar siempre a la
defensiva siendo tan pequeña, incluso seguía conservando la inocencia en su
semblante, no parecía ser la persona fuerte que quería mostrarse ante todos.
Helena acarició su rostro infantil y limpió unas lágrimas que aún se escondían
en sus bellos ojos. La tapó con una sábana porque su cuerpo temblaba de enojo,
de rabia y frustración. Tanta amabilidad le hizo débil el corazón. Todos sus
sentimientos se volcaron, no podía sentir enojo. La gentileza que no recibía de
su madre la estaba encontrando en su abuela y eso la estaba confundiendo, se
sintió débil una vez más. No pudo evitar que las lágrimas escurrieran por su
rostro.
—Pero, hija,
¿por qué lloras? —Preguntó, tomando su rostro—. ¿Acaso no estás enamorada?
—Sí —respondió
sin ninguna duda.
—¿Entonces?
Eso debe darte felicidad y valor para luchar contra todo.
—¿Y tú no me
odias? —Preguntó con inocencia, con la inocencia de pequeña cuando hacía
travesuras y decía que no lo haría otra vez—. Mamá me odia —murmuró.
—No te odio.
No tendría por qué hacerlo, te dije: entiendo lo que sientes.
—¡Pero tú
amabas al abuelo!
—Sí, pero
antes de conocer a tu abuelo, también amé y amé con mucha intensidad. Con toda
la fuerza que puedes obtener del amor —se recostó sobre el respaldo de madera
de la cama. Recordó el momento en el que su vida dio un giro que nunca imaginó,
un giro que no esperaba. Miró a Andrea y le dijo sonriendo—: Jamás olvidaré el
día que la conocí, cuando el destino me llevó a ella —cerró los ojos y suspiró.
La noche era fría. El viento golpeaba con fuerza los
cristales de una gran ventana. Miraba la forma tan triste y apagada de su vida.
La forma tan cruel y miserable que era su vida. Sobre la mesa se encontraban
unas velas a medio derretir y una cena que supuestamente tuvo que ser
romántica. Miraba. Nada de eso fue tocado. Nunca llegó…
—¿Por qué siempre es lo mismo? —se preguntó con
tristeza.
Derramó las últimas lágrimas de sus ojos y apagó la
luz. Caminó lentamente con temor a derrumbarse en cualquier momento por la gran
rabia y tristeza que sentía. Se tiró de boca sobre su cama y se quedó
profundamente dormida. Era la única manera en que podía olvidar tanto dolor: el
sueño era su alivio para tanto sufrimiento.
Al siguiente día se levantó muy temprano y sin
ganas. Recorrió con la mirada la habitación para darse cuenta que no sólo
esperaría toda la noche a que llegara, se dio cuenta que seguiría esperando
toda su vida. La sala estaba intacta como la había dejado la noche anterior:
con una cena que nunca llegó a ser romántica. Salió del departamento, no
soportaría más lo que estaba pasando en su corazón.
—Buenos días… —saludó Mónica.
Helena había llegado puntual al trabajo.
—No hay nada de bueno —contestó con la voz apagada.
—No, no puede ser posible —decía Mónica, cuando la
vio con la cara demacrada y los ojos rojos—. Helena, esto ya es suficiente… No
llegó, ¿verdad?
Sus únicas respuestas: una sonrisa y meterse a su
oficina. No había palabras para explicar su agonía.
—¡Helena! Vamos, necesitas hablar con alguien, no
puedes estar así —dijo pegada a la puerta, para que le diera la oportunidad de
conversar y poder ayudarla.
Mónica era su amiga desde que llegó a Nueva York a
trabajar en la empresa. Desde un principio su amistad fue fuerte, pero Helena
había cambiado un poco desde que se enamoró. Los días cada vez eran más escasos
para sus amigos, para las reuniones de cada fin de semana o incluso los
cumpleaños que no celebraba en su compañía. El amor la había cegado por
completo. Su amor era fuerte y totalmente correspondido, ahora ese amor la
traía devastada.
—¡No está! —gritó detrás de la puerta.
—Helena, siempre lo has sabido —insistía con pesar—.
Tienes que aceptarlo.
Helena abrió la puerta enfurecida. Tenía los ojos
rojos por las lágrimas, con toda la rabia atorada en el pecho que no podía
contener más.
—¡Entonces! ¿Por qué sigo así? ¿Por qué? ¡¿Por qué
si sabe que la amo me hace esto?!
Mónica la abrazó y le dijo lo que todo mundo sabía:
—Amiga, ella no te ama…
Helena miró hacia la nada, recordando los días que
pasó a su lado: los primeros días cuando era feliz; cuando podía llegar con la
sonrisa más grande a la oficina. Cuando podía llegar a casa, sabiendo que tarde
o temprano entraría por la puerta y le regalaría su amor. Fijó su vista a la
puerta de enfrente, esa oficina la ocupaba la persona que más la hacía sufrir y
a la que tanto amaba.
—Puedes irte a casa si quieres —decía Mónica ante la
tristeza de su amiga—. Sabes que como gerente no es tu obligación estar aquí
todos los días. Puedes irte…
—No soy la gerente, lo sabes, Mónica. Soy subgerente
—recalcó—, subgerente.
Se acercó a la puerta y la acarició con sus manos.
Miró el nombre de la persona que tanto añoraba, grabado en una placa de bronce.
Adentro no había nadie, nadie quien pudiera sentir lo que Helena estaba
sintiendo y borrara toda su amargura. No había quien pudiera salir y aliviar su
dolor.
—¡Por Dios, Helena! El puesto que tiene de gerente
esa… esa… —sabía que aunque lo deseaba con fuerza, no podía insultar a la
persona que Helena amaba— ¡¡Ella no lo merece!! ¡No merece lo que sientes!
—Te veo mañana.
—Lo siento mucho… —suspiró, sabiendo que no era
justo lo que estaba sufriendo.
Tomó su coche y condujo sin importarle nada. No
sabía cómo podía continuar con su vida. Cómo quitarse todo lo que traía dentro
de su corazón. Las calles se le hacían infinitas, pero demasiado estrechas como
para dejar en ellas toda la rabia y tristeza que sentía. Quería seguir
conduciendo hasta que la gasolina se terminara. Sin saber hasta dónde podría
llegar, sin tener siquiera la noción del tiempo, pero había algo que la ataba a
seguir el mismo camino…, siempre el mismo camino.
Llegó a casa. La pesadez de sus sentimientos era
enorme y cada vez más aplastante, su alma se sofocaba. No quiso dar un paso más
después de entrar, se quedó mirando todo como la noche anterior. Se había
esforzado para darle un buen día, que se convertirían en recuerdos hermosos.
Ahora sólo sería un amargo recuerdo para ella, unido a unos más que tenía.
¿Cuánto tendría que darle y ofrecerle para que se diera cuenta que su amor
seguía vivo? Había hecho de todo y soportado cualquier cosa. Su voluntad se
estaba quebrando por cada golpe de indiferencia que recibía. No podía hacer
más, lo había hecho todo dentro de sus posibilidades. Se sentía cansada, fuera
de toda fe y esperanza. Ahora no dependía de ella, nada dependía de sus
sentimientos. No bastaba con sentir y tener claro lo que sentía. No bastaba, su
amor debía ser reciproco para bastar. La claridad se sus sentimientos
contrastaban con los de Jessica, que los tenía entre tinieblas y nada podía
darles luz. Helena se sentía indefensa e impotente por no poder ayudarla como
quería. Cada vez que intentaba acercarse ella la alejaba más. Era tan dura su
indiferencia, que pensó podía ser menos cruel su abandono, pero no lo quería
así. Estaba segura que la quería a ella, que en algún punto todo retornaría a
su amor. Lo sabía absurdo, pero lo deseaba. ¿Qué tenía que hacerle o decirle
para que se diera cuenta que su amor no era correspondido? Lo sabía, sabía que no
lo era. ¿Entonces qué era lo que esperaba? ¿Hasta qué punto estaba dispuesta a
soportar? Ya no, no estaba dispuesta a tener otro recuerdo más. Sería el
último, hoy sería el último. Se acercó lentamente, tomó las copas y una a una
empezó a arrojarlas por toda la habitación. Destrozó todo lo que encontró.
Quería aliviar todo lo que sentía, toda la rabia y tristeza que había acumulado
desde hacía mucho tiempo.
—¿Qué haces?
Con suerte pudo detenerla cuando intentaba arrojar
contra la puerta la última botella de vino. Se la quitó de las manos, pero no
tardó mucho en encontrar algo más. Su desesperación era incontrolable. No tenía
consciencia de ella misma. Tuvo que abrazarla para que dejara de comportarse
tan agresiva. Helena se dio cuenta que Jessica tenía impregnado el olor de otra
piel sobre su cuerpo.
—¿Qué sucede, Helena? —preguntó, sin mostrar tanta
importancia.
—¡¿Por qué?! —gritó Helena con una rabia no
contenida—. ¡¿Por qué no llegaste?!
—¿Por qué tendría que hacerlo?
El tiempo que pasaban viviendo juntas sólo era de
Helena. Desde hacía mucho tiempo que su vida y su entorno giraban en intentar
hacerla feliz, hacer que regresara todo lo que habían sido antes. Aún pensaba
en una vida junto a Jessica, tan llena de amor y felicidad. Pero Helena no
sabía qué sentir y qué pensar en ese momento, todo era vacío en su corazón.
—Nuestro aniversario, ¿lo recuerdas? —preguntó,
esperando tener un poco de compasión de la persona que tenía enfrente.
—Helena, eso es algo estúpido.
«¿Desde cuándo es algo estúpido celebrar el inicio
de nuestra relación?», se preguntó con el corazón en pedazos. Jessica no era la
misma persona que conoció en el pasado. Toda su alegría se había transformado
en poder a su beneficio y no se daba cuenta de lo mucho que lastimaba a Helena.
Se cubría con una coraza de acero, era fría y distante. Ni siquiera ella
entendía su propio comportamiento, pero no tenía regreso. Helena no sabía por
qué su amor había cambiado tanto, nunca le había fallado en nada, siempre le
había sido leal a su amor. Estaba tan herida, tan destrozada por dentro, que
cada parte de ella necesitaba respuestas para poder continuar.
—Nunca creí que lo nuestro era algo estúpido.
—Debo regresar a la oficina —dijo, dando la vuelta
para no seguirle hablando.
Dónde estaba todo el amor que Jessica le juraba
tener. Ni siquiera recordaba con exactitud el momento en que todo había
cambiado. Sólo tenía en su memoria una ráfaga de recuerdos amargos y dolorosos,
pero, aun así, no recordaba si el primer momento de indiferencia le había
dolido tanto como lo sentía ahora.
No soportaba más la situación.
—No me amas, ¿verdad? —preguntó.
No quería saber la realidad, pero la necesitaba.
—Tú conoces la respuesta.
Jessica ni siquiera tuvo el valor de mirarla a los
ojos.
—Yo, aún te amo… —murmuró Helena.
Andrea se
levantó sorprendida por lo que Helena le acababa de contar. Estaba confundida,
no por el hecho de que la historia se tratase de una mujer, sino porque no era
precisamente la gran historia de amor que esperaba escuchar.
—¡Abuela, ella
te hizo sufrir mucho! —reclamó confundida.
—No, Jessica
me enseñó a amar. Pero no entendí, en ese entonces, que ella no era la persona
a la que debía amar… Jessica me preparaba para el amor.
—No te
entiendo, abuela.
—¿No
entiendes, hija? —Preguntó Helena con una sonrisa—. Es que esta parte no debes
entenderla.
Andrea miró
sus manos estrechadas por las de su abuela. Volvió asentirse una niña de cuatro
años, escuchando una extraña historia; le faltaba tener puesta su pijama de
estrellas rosas y un vaso de leche en la mesita de noche, junto a un plato de
galletas. Se sintió tranquila y protegida. Su carácter curioso volvió a surgir
y sus ojos se mostraron llenos de fascinación una vez más.
—Es el inicio
de lo que fue un verdadero amor.
—Pues, no
entiendo nada —contestó dudosa.
—¡Tú nunca
entiendes nada, Andrea! —decía Patricia, asomándose por la puerta. Había
amanecido y el cielo, por la ventana, se asomaba claro. El tiempo pasó muy rápido
para lo poco que sentía que le había contado—. ¿No entiendes que nada de lo que
sientes está bien? —terminó por gritar Patricia.
—¡Déjame en
paz!
Se levantó
furiosa y salió de la habitación de su abuela sin decirle nada.
—¡¿No te
importa lo que digan los demás?! —gritó Patricia, siguiéndola.
No respondió,
no tenía sentido. Lo único que tenía sentido era encontrar la protección y el
respeto de su madre. ¿Por qué preocuparse de personas que eran ajenas a ella?
—¡Todos
hablaran de ti! —insistió.
Andrea le dio
la cara y la miró fijamente a los ojos, como lo hacía cada vez que discutían.
Tenía que entenderla, comprender por qué se negaba tanto. Quería encontrar un
resquicio de verdad en sus palabras, algo donde pudiera aceptar que estaba
haciendo mal y que sus sentimientos fueran equivocados. Quería encontrarlo,
aceptarlo y desvanecer todo el valor que sentía para defender un sentimiento
así. Pero no la encontró en su mirada y mucho menos en sus palabras, nunca en
ellas. Lo que sentía por Natalia era verdadero y mucho más fuerte que todo. No
tenía dudas. No tenía miedo.
—¡Nadie lo
aceptará nunca!
«Solo me
importa que lo aceptes tú», pensó Andrea. Apretó sus puños con fuerza,
intentando doblegar su carácter agresivo. Era su madre y la quería para siempre
en su vida. Quería que compartiera su felicidad y no que fuera un obstáculo más.
—¡Todos te
juzgaran!
Por un momento
la mirada de su madre fue de sufrimiento. No le importaba por ella, le
importaba por su hija, aún era una niña, tenía que protegerla. Las personas de
allá fuera, de otros lugares, de diferentes partes del mundo, eran crueles y
mezquinas con sentimientos que no entendían, y hacían lo posible para
demeritarlos. Patricia pretendía que no sufriera, pero Andrea no podía mirarlo
así. Tenía que defender lo que sentía, incluso de su madre.
—¡No me
importa! —gritó. No volvió a encontrar la aprobación y la protección de su
madre—. ¡Lo que digan ellos no me importa!
—A mí sí,
Andrea.
—¡Pues tendrás
que aprender a vivir con ello! —le sugirió—. Si es lo único que te importa,
tendrás que aprender a vivir así, madre.
Dio la vuelta
y siguió caminando por un pasillo que se le hacía eterno. Escuchaba las
palabras de su madre confundidas entre toda su rabia. No respondió a ni una más
de las preguntas que salían de su boca. No le importaba lo que dijeran de ella.
No le importaba si nunca lo aceptaban. Sabía que no necesitaba la aprobación de
personas de las cuales no dependía. Le daba igual lo que pensaran. Siguió
escuchando sus palabras de reproche. Para su madre todo el mundo se opondría
ante sus sentimientos y quería que Andrea lo entendiera, que declinara su
decisión. Caminó más rápido, quería que el pasillo interminable por fin se
acabara y que todas las palabras de su madre se quedaran ahí. Llegó a la puerta
de su habitación, era como un suspiro, siempre siendo el final de todas las discusiones.
Andrea no encontraba más salidas dentro de su hogar. Su único refugio era
ponerle seguro a su habitación para que nadie la siguiera. Dormía sola desde
pequeña. Su habitación parecía la de una niña de doce años. Nunca se dio cuenta
que había dejado su infancia a un lado del camino para conocer el amor y luchar
por sus sentimientos. Esta vez sentía un gran alivio, había alguien cercano a
ella que podía ayudarla y tomarla de la mano para enfrentarse al mundo.
Después de
cambiarse la ropa y tomar sus cosas de la escuela, salió de casa sin que nadie
se diera cuenta. No se despidió de su abuela porque no la encontró en ninguna
habitación. Había llegado a un punto donde no le importaba si su madre se daba
cuenta si asistía o no a la escuela.
Caminó por las
calles, pisando las hojas, era algo que no podía evitar hacer, le divertía y el
sonido de su crujir le causaba una extraña felicidad, sentía que le daba un
poco de paz a sus pensamientos. Llegó a la escuela y sintió unas ganas enormes
de no entrar. El lugar donde vivía era cercano a la sierra, así que no había
gran tecnología a su alcance. Una sola escuela que le daba enseñanza a todo
quien vivía en el lugar. Para Andrea era lo peor, no le gustaba, decía que todo
era decadente y se quejaba de que los profesores no eran tan buenos enseñando.
Sabía que no tenía más opciones siendo la única escuela de la región, así que
se resignaba y aprendía de los libros interesantes que a veces encontraba en la
biblioteca, libros que Natalia le obligaba a leer.
Cuando entró a
la escuela se dio cuenta de los ojos acusadores de sus compañeros, la miraban
pasar y murmuraban. Sus gestos eran de desconcierto, incrédulos por todos los
rumores que se habían escuchado recién entrando a la escuela. Todo se sabía en
un segundo, hasta lo más insignificante. Andrea no tenía una buena fama entre
sus compañeros. De sus maestros nada más obtenía su rechazo por la inteligencia
que guardaba y que utilizaba para humillarlos cuando era necesario. Era una
persona escurridiza, capaz de alcanzar sus metas de estudio en un menor tiempo
que los demás y esa habilidad causaba la envidia de sus compañeros. No sólo eso
causaba el rechazo de algunos. Andrea tenía descendencia norteamericana por
parte de sus abuelos maternos, era diferente a la mayoría. Siempre fue una niña
muy hermosa. Sus ojos azules y su piel blanca la delataban entre los niños de
la región, pero había nacido en Chiapas, en México. No conocía otro país que no
fuera el suyo; su padre era mexicano y estaba orgullosa de ello. Ni siquiera
percibía que por su sangre extranjera fuera tratada de manera desigual, no lo
tomaba en cuenta, no se sentía diferente a los demás. Pero esta vez sus miradas
decían algo más, sentía que en cualquier momento iban a insultarla o romperían
en carcajadas hirientes.
Siguió
caminando, le daba poca importancia a las miradas de los demás.
—¡Andrea!
—gritó Tania asustada, cuando la vio caminando por el pasillo. La metió en un
salón como si intentara esconderla de algo, pero en realidad la escondía de
todos—. ¿Por qué viniste?
—¿Ahora no
puedo venir a la escuela? —preguntó, mientras intentaba salir del salón. No
tenía nada que ocultar y mucho menos que temer.
—¿Acaso estás
loca? —Tania la detuvo del brazo—. ¡Con todo lo que dicen de ti por todos
lados!
Sus manos se movían
inquietas en el aire, como intentando encontrar una solución a lo que estaba
pasando. Tania era su amiga desde preescolar, era dos años más grande que ella,
una chica superficial y algo fría. No le gustaba la actitud que a veces tomaba
Andrea, mucho menos cuando parecía que le ocultaba algo y no le confiaba las
cosas. No pasaba muy a menudo, pero cuando tenía un secreto, lo guardaba hasta
para ella. No podía creer lo que decían, podía esperar todo de Andrea, menos
algo así. Suplicaba porque todo fuera un mal rumor por el bien de su amiga.
Sabía que los directivos del comité la estaban buscando, no dejarían que algo
así se quedara sin tomar las medidas necesarias. Agradecía la oportuna junta
que tenía el director de la escuela lejos del estado, podrían ganar tiempo y
desmentir los rumores.
Andrea miraba
con inquietud hacia afuera, otra vez un mundo distinto se miraba. Sintió miedo,
como si de repente se hubiera tornado desconocido y aterrador. Tania no dejaba
de moverse con tanta preocupación.
—Debe…, tiene
que ser una mala broma —balbuceaba. Sus pasos se habían convertido tan cortos y
rápidos. Necesitaba una solución. Una explicación para los directivos. Debía
encontrarla—. Las de tercer grado hacen muy malas bromas. A ninguna de ellas le
agradas… Sí, debe ser eso. Quieren molestarte y por eso han corrido el rumor…
Debe ser, debe ser. ¡Tiene que ser, tiene que ser!
—Tania, ¿qué
te pasa?
—Tienes que
decir que todo es mentira, que fueron las de tercero —insistía, como si fueran
a mandar a su amiga a la horca—. ¡Las de tercer grado!
—¡¿Qué dicen
de mí?! ¡Dímelo porque no lo entiendo! —reclamó Andrea, en un tono asustado.
Tania
reaccionó, pero la expresión de susto jamás se retiró de su rostro. Se calmó
por un momento, mínimo, sin ser notado ni por ella. Andrea no podía defenderse
si no sabía de qué se le estaba acusando. Tenía que ponerla al tanto de la
situación.
—¿Qué se
supone que dicen las de tercer grado de mí?
—No lo dicen
nada más las de tercero —decía angustiada—, lo dice toda la escuela.
Andrea empezó
a sentirse mal. Tania podía ser la persona más exagerada del mundo, gritaba si
se sentía triste, se enojaba cuando no soportaba tanta felicidad. Podía irse a
los extremos cuando tenía sentimientos distintos, pero jamás su rostro se había
tornado tan triste como lo estaba ahora.
—¿Qué dicen?
—Casi nada,
sólo que estás loca… y enamorada de… ¡¿Natalia?! —gritó conmocionada. No quería
creer los rumores que escuchó al llegar a la escuela—. Andrea, ¿es verdad?
—¿Toda… toda
la escuela lo sabe?
—Sí.
Andrea salió
del salón sin decirle nada. Caminó por los pasillos sin importarle en absoluto
la mirada de los demás. Quería saber una cosa. Una cosa le era importante. Esta
vez sintió el miedo más grande del mundo. Ocultaban su amor en la escuela para
intentar seguir los sueños de cada una y no tener una vida tan complicada.
Sabían que tenía que pasar un tiempo más en lo que ellas aseguraban un futuro
académico. En realidad a Andrea y a Natalia no les importaba si se enteraban.
Deseaban no ocultarse de nadie ni temerle a lo que fueran a decir. Era lo único
que importaba para ellas: decirle al mundo cómo era en realidad su amor.
Siguió
caminando sin mirar a nadie, evitaba escuchar los murmullos y las risas
burlonas de todos. Nunca creyó que la ignorancia de los demás fuera tan grande.
Entró al salón donde se organizaban los académicos del periódico escolar. Se
encontró a Natalia desconsolada por las lágrimas. Andrea hubiera sido capaz de
golpear a cualquiera que la hiciera llorar, incluso a ella misma. Se acercó y
lo único que hizo fue abrazarla. Todo lo que había dicho su madre en la mañana
empezaba a doler. Había tenido tantas miradas sobre ella en un instante, tantas
palabras inconcebibles a sus oídos. Estaba doliendo lo que decía que no le
importaba. Se sentía tan indefensa y sola. Cómo podía sacar adelante un
sentimiento tan grande como el amor, si parecía que todo se ponía en su contra.
No quería que Natalia siguiera llorando. Se preguntaba cuántas lágrimas tendrían
que derramar para al final ser completamente felices. No quería una vida así
para la persona que amaba.
—Natalia, lo
siento mucho, lo siento —decía Andrea desesperada—. Perdóname por todo esto.
Natalia la
miró con los ojos llenos de lágrimas. Abrazó con más fuerza a Andrea y su
llanto se incrementó más. Se veían tan inofensivas y pequeñas, que parecía que
Natalia lloraba por haberse caído mientras jugaba e iba a refugiarse en los
brazos de su mejor amiga. Siguió llorando con tanta amargura y frustración.
Andrea sintió como las palmas de sus manos se arremolinaban en puños tras su
espalda, y se estremecían con fuerza. Era tan absurdo lo que estaban pasando.
Allá afuera se encontraba un mundo tan distinto a lo que necesitaban, no quería
creer que las palabras de Patricia fueran ciertas. Nadie lo iba a aceptar nunca.
—Podemos
dejarlo, Natalia… Si tú quieres, podemos dejarlo —sugirió, intentando no
llorar.
Natalia se
apartó de sus brazos y limpió sus lágrimas sin creer lo que estaba escuchando.
En todo este tiempo nunca pensó que Andrea pudiera decirle algo así. Sus palabras
podían lastimarla más que todo.
—¿En verdad
quieres dejarlo?
—Sí, podría…
Si tú quieres —dijo.
Agachó la
cabeza sin decirle nada más.
—¡Mírame!
—Natalia alzó su mentón para que la mirara, y le preguntó con un tono algo
frío—: ¿En verdad quieres dejarme? ¿De verdad podrías dejarme?
La respuesta
la tenía: no quería dejarla; pero no era lo que quería para Natalia. Le dolía
que el mundo aún no estuviera preparado para un sentimiento así. Tenía que esperar
a que cumpliera su sueño y le pudiera contar al mundo lo que era el verdadero
amor. No faltaba mucho tiempo, sabía que esperaría.
—Tienes que
seguir tu sueño, Natalia. Ser novelista es lo que más quieres, no puedo
interponerme. Es tu camino y puedes seguirlo sin mí.
—Óyeme bien,
Andrea. Tú eres lo que más quiero en la vida —dijo sonriendo.
Andrea se
preocupaba por una cosa que importaba menos de lo que ellas dos sentían, menos
de lo que pensaran los demás. Natalia podía seguir sus sueños, tenía el coraje
y la fuerza para hacerlo.
—Contigo puedo
lograrlo, si estás conmigo yo puedo hacerlo. Tú eres mi fuerza contra todo,
Andrea. Siempre serás parte de mis sueños, sin ti ellos no existen. Mis sueños
no serían igual de hermosos como los imagino contigo. Si te quedas conmigo
puedo lograr todo —terminó por decir.
—Natalia, no
quiero verte llorar y sufrir por lo que sentimos. No tiene sentido…
—No estoy
llorando por eso, lloro por la ignorancia de los demás, sólo eso… Sabes que
digan lo que digan, nada me separará de ti.
Andrea talló
sus ojos, removiendo las lágrimas que no pudo derramar, dejando rojo el
contorno de sus ojos.
—Perdóname por
lo que dije, sabes que en realidad nunca sería mi intensión.
—Lo sé, Andrea
—decía—. Nunca dudaría de lo que sientes por mí.
Estaba tan
asustada por verla llorar, que no se daba cuenta de lo que decía. Le dolían sus
propias palabras y no sabía cómo controlarlas. Pensaba en la felicidad de Natalia,
del deseo de lograr su sueño y la promesa de contarle al mundo su amor. Estaba
segura de lo que sentía, no podría vivir sin ella, ni siquiera imaginarlo. Pero
no quería que la vida de Natalia se detuviera por un sentimiento que los demás
creían equivocado.
—No me dejes,
sabes que a tu lado las cosas son más fáciles y el sentimiento mucho más fuerte
—murmuró Natalia con ternura.
Sus miradas se
encontraron. Todo lo demás se desvanecía en un segundo. Lo de afuera carecía de
importancia. Los rumores se sosegaban ahí, en lo hermoso que estaban sintiendo.
Si su mundo se pudiera trasladar a solo eso, todo sería feliz y comprensible.
No habría comportamientos errados ni palabras equivocadas hacia ellas. Todo
sería tan fácil si pudieran transponer su amor a cada sentimiento que
encontraban opuesto a lo suyo.
Andrea estaba
por besarla cuando entró Tania.
—Lo siento, no
quise… interrumpir… Yo…, creo que te hablan a ti —señaló a Natalia—. Te habla
el profesor de ciencias.
Se miraron
asustadas. No sólo era el profesor de ciencias, el profesor Padilla Garza
estaba a cargo de la dirección y podía tomar grandes decisiones. De cierta
forma sabían lo que les esperaba en la escuela. Ninguna de las dos tenía la
intención de negar lo que estaba pasando. Los rumores seguirían y ellas no los
iban a desmentir. Sintieron miedo de todo lo que empezarían a enfrentarse, pero
tendrían que hacerlo. Natalia tomó la mano de Andrea para sentir su calor.
Sabía que debía ser fuerte, tomar la fortaleza de la persona que la hacía
sentirse invencible. La batalla la empezarían a ganar. Estaba convencida de
ello, la guerra iniciaría hoy. Pero Andrea sintió miedo, no podía arrebatarle
su gran sueño.
—Natalia…
—intentaba decir—, si quieres tú, puedes…
—¿Negarlo?
—Sí.
—¿Tú lo
harías?
Andrea desvió
su mirada, aceptando que no lo haría, pero si fuera necesario, si ella se lo
pidiera, estaba segura que lo haría sin pensarlo.
—¿Lo harías?
—insistió.
—Si tú
quieres.
—Yo no quiero
y nunca lo voy a querer. No lo negaré y tampoco quiero que tú lo hagas.
Limpió las
lágrimas de sus ojos y salió.
Tania entró al
salón después de la salida de Natalia. Se quedó parada ahí, incrédula por lo que
había visto, por lo que había escuchado. No podía creerlo. Andrea era su amiga
casi desde la infancia, no podía creer que estuviera con Natalia y mucho menos
que fuera con ella. Eran personas muy distintas. Pensamientos contrarios.
Formas diferentes de vivir la vida. Entornos desiguales. No tenían similitud en
nada. Natalia parecía una persona madura y Andrea daba la pinta de que jamás
llegaría a serlo. Pero si se detenía a pensarlo bien, las dos eran un hermoso
contraste, porque dentro de sus diferencias creaban una sublime armonía. Y
tanta diferencia se disipaba al contacto de sus miradas, como la que presenció
hace un momento. Todos sus contrastes se tornaban matices distintos, casi
imperceptibles, pero perfectos en armonía.
Andrea se
sintió un poco incomoda por la mirada de su amiga. Era una persona tierna,
aunque siempre le gustaba actuar como la chica mala del cuento, en el fondo era
dulce y atenta, pero si se trataba de defender lo que sentía, su actitud
cambiaba completamente.
—¿Qué?
—preguntó fríamente.
—¡Sí estás
loca! ¡En extremo loca, una inconsciente, fuera de lugar! ¡Por Dios, Andrea!
¡¿No pudiste escoger a alguien peor?! —preguntó desesperada.
Andrea la miró
enojada.
—¿Peor?
Tania suspiró
y le aclaró:
—Me refiero a
que no pudiste escoger a alguien mejor y peor que ella. ¡Andrea, despierta!
Natalia es de una familia acomodada, la mejor alumna de la escuela y de toda la
región ¡y regiones cercanas! —Exageró para poner las cosas más claras—. ¡Los profesores
la adoran! Y tú…, y tú…, bueno, ya sabes, no eres precisamente un angelito.
—¿Te importa?
—¡No! ¡Puedes
enamorarte de una piedra si quieres, no me importa! Eres mi amiga, y pues,
Natalia…, bueno, nunca pensé que ella…, que ella…, es… Natalia es… y luego
contigo…, es… ¡y de ti!
—¿Puedes
terminar una frase sin balbucear? —preguntó un poco fastidiada.
—Bueno, ella
es demasiado perfecta.
—Y yo soy lo
que todos piensan: como una pequeña basura por el mundo.
—No me refiero
a eso, Andrea —decía—. Nunca pensé que Natalia sería tu tipo. Es todo lo contrario
a lo que eres tú, ¡no tienen nada en común! Es tan diferente a ti, un contraste
definitivo. Además siempre imaginé que de mayor serías un espíritu libre en
busca de aventuras y eso de enamorarte jamás. ¡Y menos de una persona como
Natalia! —Dijo con sorpresa—. ¡Son tan diferentes! —volvió a resaltar la parte
que creía la más inverosímil.
—¿Te molesta?
—No. Eres mi
amiga.
—¿Y Natalia?
—Si te hace
feliz…, es mi mejor amiga.
Miraron hacia
afuera. Andrea pensó que la escuela sería un nuevo mundo, con más enemigos y,
quizá, con suerte, algunos amigos.
—Y yo que
pensaba golpear a las de tercero, no me agradan —murmuró Tania.
—Tengo que
salir de aquí, ¿verdad?
—Es mejor,
antes de que te llamen a ti también. Igual Natalia podría estarlo negando todo
ahora —Andrea volteó a verla, negando su posibilidad—. Tendría que hacerlo, por
el bien de la dos. Es la única salida que podrían tomar por ahora.
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