"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011


V

El invierno estaba cada vez más próximo, el frío dejaba de ser impredecible por las noches y se quedaba estancado a todas horas. El viento guardaba el aroma de nostalgia por terminar el año, la brisa de la madrugada dejaba el aroma fresco entre la tierra húmeda y en el rocío de las hojas. El sol apenas si se asomaba en ocasiones, entre un cielo empañado de neblina. Andrea no se emocionaba por los cambios de estación, mucho menos pasar de un año a otro, vivía siempre aprovechando cada circunstancia para aprender, aunque fuera una situación adversa. Las cosas estaban por cambiar de manera predecible y, a la vez, de forma tan abrupta que no sabía cómo tomarlo. Sacó unas postales de un baúl pequeño, donde guardaba sus cartas o sus recuerdos más preciados. Tenía más de cincuenta, con paisajes diferentes de Nueva York y de otros estados de Norteamérica. Nunca le llamó la atención ir al otro lado de su país. Las guardaba porque su abuelo se las enviaba en cartas o las traía en Navidad junto con un montón de juguetes. Hasta el fondo se encontró con la última carta que había recibido. Fue hacia su cama para leerla por tercera o cuarta vez, había perdido la cuenta. Siempre empezaba escribiéndole en español, después en inglés, después en español y así se iba hasta despedirse, anunciándole que le enviaba una nueva postal. Andrea nunca supo qué le decía en inglés, esta vez no tuvo la oportunidad de aguardar a que su abuelo viniera de vacaciones y le tradujera lo escrito. Tampoco tenía el interés de aprender un idioma que no le gustaba. Miró la puerta de su habitación, a dos más estaba la de su abuela, podría ir y decirle que leyera su carta, o pedírselo a Patricia; un favor poco imposible de requerir a cualquiera de las dos. No sabía por qué odiaba tanto el inglés. Su madre y su abuela tenían un acento extraño a la hora de hablar en español, el mismo acento extraño que su abuelo y su padre tenían cuando hablaban inglés. Pudo aprenderlo en cualquier momento, incluso recordaba que sus primeras palabras habían sido en el idioma que tanto detestaba ahora.
Empezó a recitar lo que las cartas decían en inglés, su pronunciación podría entrar casi en lo perfecto, lo había escuchado muchas veces de la voz de sus abuelos y de su madre. Podía leerlo a la perfección, de una manera fluida, pero no entendía más de la mitad de lo que las palabras decían. Suspiró, de cierta manera no quería saber, no quería conectar todas las palabras. Miró las postales, una a una. Cómo acostumbrarse a un lugar tan frío y material; caminar por las calles más duras de asfalto y olvidarse de las colinas verdes que aún rodeaban su comunidad. No soportaría estar en otro país, con un idioma distinto y que, además, odiaba.
Las cartas y postales terminaron sobre el piso, a lado de su cama. Las cuatro paredes de su habitación la confinaban como en un castillo. Todos los días llegaba de la escuela y subía de inmediato, era su prisión, pero a la vez era su guarida. A pesar de toda la libertad con la que contaba y la que su actitud le daba, se sentía prisionera dentro de su casa. No había muchas posibilidades de hacer aliados, ni fuera ni dentro. El secreto les pertenecía a ellas y a la madre de Andrea, y con eso todo era complicado en su vida. Lo único que conseguía darle paz a su mente, eran los recuerdos de un inocente rostro de una chica trigueña, sus bellos ojos verde olivo, la sonrisa dulce dibujada cada día en su rostro, la calidez que encontraba en sus labios y la magia obtenida en sus palabras. Sonreía como una tonta mientras sus pensamientos distaban mucho de su realidad. Soñaba con un mundo donde el amor fuera eso: amor. Algunas lágrimas escaparon sin querer. Nada podía ser así de fácil. Lejos de tan bellos pensamientos y de sueños tan difíciles de cumplir, tenía que volver a su realidad, afrontar su realidad.
Necesitaba salir de su casa, sentirse libre y encontrar un poco de paz. Sin querer pisó las cartas y las postales que había dejado caer al piso, eran muchas las que tapizaban su territorio, que parecía estaba del otro lado del país. Nueva York para nada sería el lugar para hallar la paz que necesitaba; Patricia había tomado la peor decisión. Tuvo que recogerlas con urgencia, con desesperación, para que nada se hiciera realidad. No quería proyectarse una vida en Nueva York, su vida estaba en México. No eran sus decisiones. Nadie tenía derecho de cambiar su vida. Volvió a guardarlas en el baúl y lo escondió hasta el fondo de su closet. No quería ni imaginarse el viaje que haría después de terminar el invierno, no podía ser su último invierno en Chiapas. Incluso estaba segura de que Helena no lo sabía, no lo había mencionado, y esperaba a que se opusiera cuando se enterara, podría ser su única salvación.
Salió de su habitación para hallar la libertad que necesitaba su alma y su corazón. Pasó junto a la de su abuela, la puerta estaba a medio abrir y se dio cuenta que estaba vacía, hasta ella necesitaba no estar en su casa. Las maletas de Helena las encontró a media habitación sin desempacar. Esta vez su abuela no le había llevado ningún obsequio, no lo hacía desde un par de años acá, su relación también se había fracturado desde la muerte de su abuelo. Su último regalo había sido una bufanda que prácticamente nunca utilizó; no sentía el frío del invierno. Tal vez no se quedaría mucho tiempo, por eso había llegado antes y su maleta seguía sin ser desempacada. Quizá sólo había ido por ella y estaba esperando a que terminaran las clases. Cerró la puerta de la habitación con temor. Quería desaparecer su angustia de sentirse alejada de su país y, sobre todo, de Natalia. Iba a medio pasillo hacia la escalera, su corazón se atemorizó más que hace unos segundos y el aire dejó de entrar a sus pulmones. Escuchó a su madre hablando por teléfono y parecía no estar de buen humor. Sus palabras se escuchaban muy agresivas.
—¿Ni siquiera tienes un poco de vergüenza para llamar a mi casa? —decía furiosa—. ¡Deja en paz a mi hija! ¡¿No entienden que lo de ustedes no puede ser?! ¿Por qué no lo entiendes, Natalia?
Colgó el teléfono sin dar oportunidad de alguna defensa a quien llamaba, su solo nombre le causaba molestia. Pero había una parte que quería admirar: su valor; y como no se permitía hacerlo, tenía que demeritarlo a un comportamiento cínico. Sus palabras se habían escapado sin remordimiento, con el mayor reproche. Tenía que hacerles entender a como dé lugar el error que estaban cometiendo, aunque su forma no era la más sutil de todas. Escuchó a lo lejos un paso, sin darse la molestia de ser cauto, mucho menos discreto. Su rostro enfurecido palideció de miedo en un segundo, la sangre le dejó de fluir a la cabeza y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se dio cuenta que en el rellano de la escalera la observaba su hija, con los ojos inyectados de resentimiento.
Andrea quiso regresar a su habitación, volver a sentirse prisionera entre sus paredes, con su imaginación en su mundo soñado y, sobre todo, no haber escuchado las palabras de su madre. La miró sin creer el sentimiento que se alojaba en su corazón, que lo sentía fuerte, como un estallido involuntario de rabia y rencor. Las palabras las tenía, las justas, las exactas, para defenderse. Pero se había cansado de decirlas por tanto tiempo. Patricia no necesitaba entender palabras, necesitaba entender de sentimientos. Bajó con lentitud las pocas escaleras que la separaban del piso. Dejó de sentirse una niña indefensa, como si la parte más inocente y dulce de ella hubiera desaparecido por completo en cada escalón dejado atrás, en cada paso firme que había dado; incluso hasta se sintió más grande. Caminó hacia Patricia con tanta tranquilidad que no se lo creía. La observó con detenimiento. Sintió un escalofrío al darse cuenta que sus ojos se parecían mucho a los suyos, como si el azul cristalino de los mares se fundiera con el azul claro del cielo. Se parecía tanto a su madre que le causó una extraña repulsión, que tantas veces atrás, cuando pequeña, le daba una inmensa alegría el tener sus ojos azules y su gran belleza; ahora era todo lo contrario. Pensaba guardarse todas sus palabras en su interior, como a veces lo acostumbraba, pero esta vez sentía que Patricia había llegado demasiado lejos con su actitud. Andrea no podía soportar que sólo por el hecho de estar enamorada tuviera que aguantar toda esa agresión y menos soportaba que tratara así a Natalia. No era justo para ninguna de las dos.
—¿Tú por qué no lo entiendes? —Preguntó con sutil calma. No articularía más frases para su defensa, eran en vano y desperdiciadas. Estaba segura que su madre no iba a cambiar jamás su postura. Le sonrió con cinismo y dejó escapar su único sentimiento en palabras—: Te odio.
Siguió de largo su camino, con la misma calma en que había bajado las escaleras. Había tenido la última palabra. Esta vez la discusión fue extraña, no hubo gritos ni reclamos y parecía que no habrían más. Patricia quedó helada con sus palabras; no pudo decirle nada, ni siquiera para defenderse o decirle lo mismo de siempre. Sus lágrimas cayeron al piso, llenas de una desesperación que solo se guardaba para sí. Le dolió en el alma que su hija sintiera tanto rencor por ella. No quería aceptar los sentimientos de Andrea, no podía hacerlo.
Miró el teléfono. Por un momento deseó que volviera a sonar, que fuera la misma persona de hace un rato y que surgiera su voluntad de contestar de manera diferente, ser amable y tener un poco de comprensión, pero esos sentimientos estaban demasiado ocultos en sus prejuicios, no podía siquiera mencionar su nombre. Qué tan diferente sería si sólo lo aceptara, podría verlas creer juntas, afrontando con mayor valor su amor ante el mundo. La diferencia sería enorme, lo sabía, pero más grande era su cobardía.
Andrea salió de casa sin saber que su madre empezaba a tener una batalla en su interior, una batalla que podía tener como resultado una postura enteramente a su favor o absolutamente, para siempre, en su contra.
—Hija, ¿adónde vas? —preguntó Helena, que, como bien había dicho Andrea, se pasaba las tardes contemplando el cielo, con nubes o sin ellas.
—¡Qué te…! —iba a reaccionar agresiva, pero recordó la noche anterior y se acercó a ella. Miró sus ojos gastados por el tiempo, su sonrisa tranquila y llena de paz, parecía no había desaparecido desde ayer. Vio en su rostro la comprensión y amabilidad que necesitaba de su familia—. ¿En verdad entiendes lo que siento?
Dudaba que su abuela pudiera entender lo que sentía. Después de la muerte de su padre, se cobijó en los brazos de Helena y la esperaba con ansias cada inicio de año. A pesar de que la miraba por pocas semanas en invierno, y sin ninguna otra intención que contemplar el cielo todas las tardes, quería que estuviera ahí con ella. Disfrutaba de su presencia mientras jugaba con las lombrices del jardín o cuando intentaba regresar las hojas a los árboles cuando caían. Se sentía protegida y segura teniéndola a su lado. Tiempo después dejó de tomarle interés a su abuela, y no le agradaba que llegara en invierno.
—¿En verdad lo entiendes? —preguntó, sintiendo un frágil hilo de comprensión.
Helena le sonrió y miró al cielo. Andrea, a pesar de tantos años verle hacer lo mismo, no entendía qué de especial tenía el cielo de invierno. Muchas veces, estando en sus brazos, dejaba su mirada fija al cielo cuando su abuela lo hacía; pudo quedarse ahí por horas y jamás, en ningún momento, logró entender lo que miraba.
—Las nubes de invierno —susurró Helena.
—¡Claro! Sólo piensas en eso —dijo furiosa.
Sabía que no podía esperar más de ella. Dio la vuelta y empezó a marcharse.
—La conocí en invierno…
Se detuvo, sintiendo un ligero sobresalto en el corazón. Escuchó claramente sus palabras, pero no el sentido de ellas, y deseaba que fueran como creía las había escuchado. Miró a Helena y le sonrió con dulzura. Empezaba a creer que encontraría la comprensión y el apoyo que no consiguió de su madre. Tenía esperanza de que su abuela entendiera lo que en verdad es el amor.
—Así era mi sonreír antes de arruinar mi vida. Yo sí estaba enamorada, pero lo arruiné sin querer. Me engañé por mucho tiempo, pensando que era verdad lo que sentía por mí.
Andrea se desvaneció por completo con sus palabras, al igual que todas sus esperanzas. Una mueca irónica se dibujó en su rostro, simulando quizá una sonrisa sin importancia. Helena volvió a sonreír con nostalgia, asegurándose que había conseguido la reacción que esperaba.
—No me di cuenta que el amor no era para mí… y terminé por arruinar mi vida —añadió, sin quitar el tono dulce de su voz—. Pero me gustaba sonreír… como lo haces ahora.
—¡Si piensas que estoy equivocada con lo que siento, pierdes el poco tiempo que te queda para intentarlo! —gritó con enojo.
Dio la vuelta y esta vez no regresó. Se sintió estúpida al pensar siquiera por un momento en que su abuela sí podía entender lo que sentía por una mujer. Tonto creer que le daría la comprensión que necesitaba para seguir en pie. Debía formularse un plan, no podía irse con Helena a Nueva York, no quería. Escaparse de casa era, quizá, la mejor de sus opciones, pero no tenía un lugar al que huir. Toda su familia vivía en el extranjero y la familia, por parte de su padre, no la conocía bien. Su única opción estaba atestada de imposibilidades, no tenía un lugar y no contaba con el mínimo de dinero requerido. Las cosas no estaban saliendo bien y le temía a lo que vendría después.
Caminó hasta llegar al parque donde se vería con Natalia como todas las tardes, en realidad a todas horas. Intentaban estar todo el tiempo posible juntas, pensando que de esa manera el mundo se acostumbraría a verlas juntas. Querían la seguridad de no importarles nada, como los reclamos en las miradas de las personas.
—Andrea, ¿dónde estás? —preguntó Natalia, en susurros muy suaves.
Sus pensamientos estaban muy lejos y no le prestaba la atención que su presencia requería. Pensaba en qué parte del sentimiento se había perdido y no caminaba por el sendero donde la mayoría deambulaba; en un sentimiento que estaba demasiado atado a la costumbre, al «así debe ser y siempre será así», de una dualidad que nadie, que no entendía quién había dicho que debía ser justamente eso y sólo así. Sí pensaba en lo que sentía, si trataba de entender lo que sentía, no había más camino que uno…, un único amor: el verdadero.
Veía el cielo azul, de un azul intenso marcando la llegada de la tarde. Las nubes a lo lejos se veían difusas, el viento no permitía su unión y las difuminaba como en una pintura. El sol, a punto de ocultarse, les daba unos toques dorados y rojizos. No le impresionaba tanto verlo, era el mismo panorama de todos los años, pero faltaba muy poco para que se diera cuenta de la belleza que siempre han guardado las nubes de invierno.
—Si el cielo se te hace más interesante que verme a mí —se levantó Natalia, fingiendo enfado—, de acuerdo, me voy… Te dejo contemplar el cielo.
—¡Oye! —se levantó Andrea, sacudiendo el pasto seco de sus ropas. La tomó de la cintura impidiendo cualquier otro paso de su huida—. Ningún cielo se me hace más bello y hermoso que tú. Ni siquiera el azul intenso del cielo se puede comparar con la intensidad de mi amor por ti, Natalia. De la fuerza de mi amor por ti.
Sonrió. Le gustaban sus palabras dulces cuando salían sin pensar, las miradas tiernas cuando sus ojos brillaban y el sonrojo de sus mejillas cuando se intimidaba, justo como las tenía ahora. Amaba las sonrisas discretas de sus labios y los besos cálidos, fugaces y robados que obtenía de ellos. Apreciaba su belleza, amaba su inocencia y su ternura. Pero no había nada con qué comparar la belleza de su amor, que siempre lo miraba reflejado en sus ojos.
—¡Haré de nuestro amor una historia! —Decía Natalia emocionada, mirando el cielo—. ¡Haré que el mundo sepa lo mucho que te amo, Andrea! Así todos entenderán el amor…, lo que es nuestro amor, como es en verdad —terminó por decir un poco triste.
Su inocencia y, quizá, un poco de ingenuidad, le hacía creer que las personas sólo necesitaban que alguien les hablara sobre el amor verdadero, el amor que siempre trasciende cualquier límite, simplemente siendo amor. Para Natalia las palabras y el sentimiento era lo que el mundo necesitaba comprender.
—¿Y crees que ellos lo entiendan? —preguntó Andrea, sabiendo que era imposible.
Natalia giró su cabeza para mirar el brillo de sus ojos azules. Su semblante era más que hermoso, su rostro firme marcaba una gran madurez, escondido en sus varios gestos de niña. El brillo de sus ojos podía hacer que cualquier persona caminara por brasas ardiendo con tal de no perder su mirada, al menos eso pensaba Natalia. Regresó su vista al cielo para poder coordinar sus palabras.
—Todos tenemos un concepto diferente sobre lo que es el amor —murmuraba, pensando en lo que había en el corazón de cada persona enamorada—, pero si se ama de verdad, nos daremos cuenta que en esencia todos sentimos lo mismo…, ni más ni menos, sólo amor. Porque el amor es así.
Andrea dejó de abrazarla y se plantó frente a ella. Sus ojos se reflejaron y un brillo incomparable se miraba en ellos.
—¡He aquí a Natalia, la mejor novelista de la historia! —aseguró, haciendo una reverencia.
—No exageres tanto —dijo, dándole un leve golpe en la cabeza.
—¡Serás la mejor novelista de México, no hay que negarlo! ¡La mejor de todos los tiempos! —Decía Andrea—. Nadie sabrá escribir palabras tan hermosas como tú. Nadie podrá darles el valor y la fuerza como tú lo haces, Natalia.
—La mejor…
Natalia caminó aceptando el cumplido. Se preguntaba cómo podría ser una novelista, y la mejor, si lo único que había en sus libretas eran palabras y poemas donde expresaba el sentimiento que Andrea le hacía sentir. Sonrió con ternura y agachó su mirada con vergüenza, sus mejillas adquirieron un color rosado. Todo lo que escribía en su libreta eran frases sueltas, escritas en un momento de fascinación, de inspiración, cuando Andrea se colaba por sus pensamientos, y eran más fuertes que el tema en clase o más fuertes que la tarea importante o el examen difícil para el que tenía que estudiar; había también poemas inconclusos, incapaz de terminarlos al darse cuenta que las palabras que podían definir con exactitud su amor no existían realmente; tenía poemas sin título alguno, en hojas que lograba desprender de su libreta, no sabía por qué lo hacía, nunca se los entregaba a Andrea. No le parecían perfectos, ni siquiera lo más cercano para definir su amor. Los poemas sin título, en hojas desprendidas de la libreta, volvían a ser guardados en el mismo lugar de donde surgieron, quedándose ocultos, solo para Natalia. ¿Cómo podía ser capaz de ser una novelista? ¿Cómo dar sentido, en palabras, a un amor que le hacía perderse en la irrealidad? Imposible creer que podría escribir una novela si no conocía más amor que el que sentía por Andrea, aunque sabía que no necesitaba nada más. Cada palabra que había escrito, desde que la conoció, era diferente y más profunda. Sus palabras habían adquirido un nuevo significado y cada vez era uno distinto.
—Sí, serás la mejor novelista y le contarás al mundo lo que siento por ti. Harás de nuestro amor una historia… La mejor que se pueda escribir —insistió Andrea, con un poco de nostalgia en su voz.
—La escribirás conmigo…, hasta el final.
Esperaba que el mundo comprendiera que eran tan iguales sus sentimientos como cualquier persona que estuviera enamorada de verdad. Suspiró, miró a las pocas personas que transitaban por las calles. Se preguntaban cuándo podían decirle al mundo que se amaban. Cuánto tiempo más tendrían que callar sus sentimientos y caminar por las calles intentando no evitar tener tantas miradas sobre ellas. Querían que todo pudiera ser más fácil con sus sentimientos, no hacían nada malo como para ocultarlos.
—Así ellos sabrán lo que es el amor verdadero —decía Andrea—. No podrán reclamarnos nada nunca más, porque al fin entenderán… y sentirán el amor tal y como es.
—Y podré contarles sobre la belleza de tus ojos.
Su libreta estaba llena de poemas, de palabras varías, intentando explicar tanta belleza que había en sus ojos. Poemas inconclusos con palabras insuficientes. Cómo contar en una historia lo que su mirada le provocaba, lo que sintió en ella la primera vez que la miró. Si estaba dispuesta a contarle al mundo su amor por Andrea, se preguntaba cómo le haría para describir lo que más le gustaba de ella.
—Tu mirada.
Andrea se sonrojó. No entendía por qué Natalia se maravillaba tanto cuando la miraba. No había otra expresión en sus ojos, salvo su amor por ella. Se le hacían normales como los de su madre, tal vez acostumbrada de verlos a diario. El color de sus ojos no era muy común en el estado, pero no esperaban otra cosa viniendo de una familia de descendencia americana. Había heredado el color de ojos de Helena, el mismo color que ella había heredado de su padre. Sus ojos eran muy expresivos, pero no los creía a tal grado de considerarlos de gran belleza.
—Me gustas —finalizó en un susurro, tan suave que el viento se lo llevó.
Era tarde, el viento empezaba a soplar frío y muy intenso. Los árboles se mecían de un lado para otro, dejando caer algunas frescas hojas que aún conservaban, pero que el viento podía arrancar con su fuerza. Natalia se encogió de hombros y metió las manos en su chaqueta al sentir una ráfaga de viento muy helada.
—¿Adónde irán? —preguntó Natalia, mirando con curiosidad el cielo.
Las nubes eran arrastradas por el viento de una forma delicada. Algunas se hacían tan transparentes que dejaban ver el azul intenso del cielo. Andrea se acercó abrazándola por la espalda, metió las manos en la chaqueta de Natalia y entrelazó sus dedos con los suyos para darle calor a sus manos frías. Recostó su mentón sobre su hombro y miró hacia la misma dirección, sin entender de qué le estaba hablando.
—¿Quiénes? —le susurró al oído.
—Las nubes, marcan un camino…
Andrea miró el cielo sin prestarle la atención que debía. Observó las nubes por un instante y siguió sin importarle lo hermosas que se veían. Las había visto por tanto tiempo junto a su abuela, que dejó de tomarle importancia. Se paró frente a Natalia, acaparando su mirada verde y extrañada.
—Adonde sea que fuesen, te llevaría con gusto a ellas —la besó con dulzura. Era realmente amor lo que tenía dentro y lo que le hacía sentir le daba la fuerza para luchar contra todo—. Ojalá pudiera congelar este momento y estar contigo así…, siempre, por siempre.
Natalia recibió una sonrisa que le robaba la poca razón que la belleza y la ternura de Andrea le permitía tener.
—Me gusta el brillo de tus ojos cuando sonríes —decía, embriagada por el sentimiento tan grande que le invadía el corazón—. Me gusta la luz de tus ojos…
Caminaron casi toda la noche entre las calles cercanas a la casa de Natalia, a veces recorrían la misma vía más de cinco veces o por un par de horas. Era una de las más solitarias de toda la colonia. La tenue luz de la lámpara, que sobre salía de una casa vacía, alumbraba hasta la mitad de la calle, todo lo demás permanecía en las sombras. Todo era discreto para ellas, para lo que necesitaban. La oscuridad era como un cómplice, y el silencio su más fiel aliado. El perro pequeño del enrejado blanco, que les ladraba cada vez que escuchaba sus pasos, era todo lo que podía acompañarlas. Las hojas de los árboles caían cuando dejaban de mecerse entre sus ramas. El frío no podían sentirlo a pesar de que el viento soplaba fuerte. Ninguna de las dos quería separarse. No querían dejar su mundo y regresar al mundo de los demás. Era algo que cada vez lo sentían más imposible, tenían que dejar sus sueños y vivir en su pesadilla. Natalia, a pesar de ser la menor de cuatro hermanos y ser la hija consentida, perecía tener más coherencia que ellos; una niña inteligente, tierna y sensible. Era noble y generosa. La mejor alumna de la escuela, y de las muchas generaciones que había. Se encargaba de manejar el periódico escolar que se publicaba cada inicio de semana en su escuela y en algunas otras de varias regiones. Natalia quería hablarle al mundo con palabras nacidas desde su corazón. Sentía que era su propósito en la vida, que para eso se le había otorgado el talento de encontrar las palabras necesarias para transmitir sentimientos y la verdad de ellos, lo sabía desde pequeña. Sus cuadernos estaban llenos de palabras, a veces confusas de tan rápido que escribía, sólo ella podía entenderlas. Era algo mágico el poder y el efecto que tenían las palabras cuando se armonizaban por completo, era como leer la música en un lenguaje más simple. Los maestros le otorgaban toda la confianza para que pudiera conseguir alguna beca en la ciudad de México y lograr el sueño que tanto anhelaba: ser una de las mejores novelistas. Pero por ahora sus palabras sólo le pertenecían a Andrea, no eran escritas para nadie más.
Andrea dejó a Natalia a unas cuantas calles lejos de su casa para que nadie la viera, como si acercarse a ella fuera una sentencia de muerte, que todo mundo se iba a dar cuenta de lo que estaba pasando entre las dos y las iban a alejar para siempre. Una paranoia un tanto irracional. Nunca intentó acercarse lo suficiente como para tocar el timbre y esperar una respuesta. Se quedaba parada al otro lado de la calle mirando hacia la ventana de Natalia. Uno. Dos minutos. Era suficiente. Se marchaba como si no significara nada. Tenía que aparentar que era una casa desconocida, que no le importaba ni una sola persona que habitaba allí. Que sólo la miraba tanto porque le gustaba el color rosa de la fachada y los dos enormes pinos que llegaban a ocultar los ventanales. Podía gustarle tal vez el acabado de la chimenea que estaba a un costado. Podrían pensar que le gustaba cualquier cosa del exterior, sin pensar que amaba tanto algo que estaba en el interior; la más grande verdad que había en su corazón era un secreto. A unas cuantas calles debía dejarla y a unas cuantas calles lejos de su casa debía esperarla. Así era todo entre ellas: tan clandestino.
Se metió por la callejuela vacía, la que habrán caminado unas diez veces en esa noche. La lámpara tintineaba como si estuviera a punto de apagarse. Algunas casas habían encendido sus luces. Podía escuchar el ruido de algún televisor encendido o las risas de los niños, que llegaban hasta la calle. No estaba tranquilo como hace un rato, no era tan solitaria. Se encontró con el ladrido fuerte del perro pequeño una vez más. Se inclinó a acariciarlo, y el pequeño no se negó al contacto dulce de Andrea.
—No es tan malo —murmuró—. Tú sabes que no es malo, ¿verdad?
Un ladrido amigable fue su respuesta. Desde entonces Andrea dejó de ser una desconocida para el perro. Se levantó y siguió su camino. Se sentía extraña y confundida, no le parecía estar viviendo una vida justa. Le invadían miles de cosas en su cabeza. No dejaba de pensar en ningún segundo. No entendía por qué su madre se negaba a aceptarla. ¿Cómo no podía consentir algo tan bello como el sentimiento del amor? Un sentimiento tan hermosamente simple y tan forzosamente complicado. Caminó por mucho tiempo preguntándose tantas cosas, tratando de entender por qué la forma en la que amaba, la manera en que expresaba su amor, era considerado algo equivocado y malo. Tan absurdas tantas contradicciones.
Era un poco más de media noche cuando por fin decidió regresar a su hogar. No quería caminar más, no sin poder encontrar una respuesta a sus preguntas. Llegó a su casa y no le quedaba más opción que entrar. Buscaba las llaves entre sus bolsas, pensando que tal vez debía tocar a la puerta, pero no lo creyó prudente siendo tan tarde. Sin tener éxito, se cansó de tanto buscar y se quedó allí, parada frente a la puerta; sin ganas de entrar, con unas ganas irresistibles de correr y no volver nunca. Sabía que no debía hacerlo. No podía arruinar el poco futuro académico que le ofrecía Patricia. No podía hacerlo si sabía que no se marcharía sin Natalia. Dejarla nunca estaría en sus planes, y a pesar de ello no podía robarle el sueño de convertirse en la mejor novelista de México, tenía que dejar que consiguiera su sueño. No debía marcharse. No así. La manera correcta no era precisamente así. Se sentiría cobarde el resto de su vida por huir y jamás sería libre, no tendría derecho a nada. Suspiró hondo, intentando controlar su necesidad de sentirse completamente libre. Se sintió tan impotente con toda la rabia que tenía, de ver su mundo tan volcado y tan limitado, a pesar de que muy dentro sentía una gran felicidad por sentir el amor de Natalia.
¿Qué podía hacer?
Miró nuevamente la puerta y dio la vuelta. La calle estaba vacía y oscura. El viento arrastraba las hojas y movía los árboles. Se preguntaba por qué le costaba al mundo dejarse llevar por un sentimiento tan fuerte como el amor. Por qué negarse un sentimiento tan bello y por qué no simplemente enamorarse sin importar lo que se ve por fuera.
El viento empezó a mover suavemente la mecedora de su abuela. Parecía que la estaba llamando hacia ella, como si le fuera a dar las respuestas que tanto necesitaba saber. Recordó la última vez que se había subido sola a ella, quizá era el único recuerdo que tenía de bebé, cuando sus pequeños pies le imposibilitaron subirse por completo y con el impulso que hizo la mecedora, terminó de espaldas al piso, dándose un fuerte golpe en la cabeza; recordaba toda la potencia de su garganta en su llanto, la forma en que sus pulmones pedían aire. Jamás volvió a subirse sola, le causaba pánico, tampoco se volvió a ver llorar de esa manera tan angustiante.
Se acercó a la mecedera y recordó todo el tiempo que su abuela permanecía ahí. Podía sentir toda su presencia, incluso hasta llegó a percibir su aroma. Se sentó sin pensarlo, un tanto dubitativa, pero ahora sus pies alcanzaban perfectamente el piso y se sentía segura.
El cielo no estaba con nubes, se veía el brillo de la media luna y algunas estrellas.
—Las nubes de invierno —dijo, aparentando una felicidad por ver las nubes, intentando entender lo que sentía su abuela cada vez que las miraba.
Se quedó un buen rato mirando el cielo y aun así no entendía lo que miraba. Pasaron muchos recuerdos que vivió junto a sus abuelos y a sus padres: las tardes en el jardín, cuando llegaba la cena de Navidad; los primeros días en que la llevaron al colegio; las tantas miradas que recordaba de ellos, sus manos entrelazadas cuando caminaban por las calles y las palabras dulces que se decían en ocasiones. Momentos llenos de dicha y felicidad, donde lo único que miraba en ellos era el mismo amor que estaba sintiendo ahora por Natalia. Su corazón estaba enamorado, embriagado totalmente. No había diferencia en nada. Amaba a Natalia con el mismo respeto y honestidad, con la misma devoción y pureza. Era feliz con ella y sabía que lo sería el resto de su vida. ¿Por qué los consideraban equivocados? No lo entendía.
Dejó sus pensamientos y sus recuerdos a un lado, porque entre más analizaba las cosas, menos entendía el comportamiento de Patricia. Se levantó con pesar y las llaves cayeron sorpresivamente a sus pies. Entró hacia la oscuridad de su casa, y no sabía bien qué era más oscuro, si afuera o adentro; y dónde hacía más frío, eso lo sabía claramente: siempre adentro. Subió la escalera hacia su habitación, con las ganas de dejar todo lo que le inquietaba en cada escalón que pisaba. Se dirigía lentamente por los pasillos, pensando, preguntándose cuándo podría volver a casa sin pensar que el enemigo más grande estaba en ella. Era una profunda tristeza la que sentía al saber que la aceptación de Patricia sería el arma más poderosa para protegerse a ella y proteger a Natalia contra todos los demás, y no la tenía. Tanta contrariedad, porque al mismo tiempo, la indiferencia que sentía de ella, la hacía más fuerte para enfrentarse al mundo. Pero mil veces hubiese preferido lo primero. Sería feliz, completamente feliz. Nada más le importaría. Como le gustaría llegar un día a casa de la mano de Natalia y presentarla como lo que era: su novia. Que Patricia la recibiera con un saludo amigable, un abrazo, y tal vez con unas galletas; y que si alguien llegaba a criticar su relación, ella estaría ahí siempre para defenderla.
¿Por qué no todo podía ser así de fácil?
Encontró la puerta entreabierta de su abuela y se quedó por un momento ahí parada, dejándose ver su sombra dentro de la habitación. Dio un paso atrás, pero no quiso dar otro más en la misma dirección. Entró despacio, vio su rostro frágil y acabado. ¿Por qué había llegado antes a Chiapas? ¿Cuál era su verdadero propósito? El invierno se vendría diferente, presagiando su inevitable tragedia. Recordó las veces que la vio junto a su abuelo, el amor que sentía y toda la devoción que tenía por él. En verdad Helena no podía entender sus sentimientos o el hecho de estar enamorada de una mujer. Sintió todo perdido. Dónde había alguien que la pudiera entender y ayudar. Empezó a alejarse con un gran suspiro y dolor en su corazón. Dónde estaba toda la ilusión de las personas de encontrar el verdadero amor y aceptarlo como tal, ¿y había ilusión acaso?
—Andrea —dijo Helena, en voz baja para no asustarla—. Ven, hija, siéntate. No te haré daño.
La miró dudosa, pero estaba lista para luchar contra todo y todos los que querían hacerle ver su supuesto error. Se sentó justo en la orilla de la cama, lejos de su abuela. Tenía que crear todo el espacio posible, para que su defensa, su muralla, fuera indestructible o le diera tiempo de salir corriendo y guardarse su coraje para no lastimar a su abuela con cualquier palabra. Helena le sonrió con la misma desconfianza de su actitud, casi desconocida. Le dio unas palmaditas a la cama, justo a su lado, para que se acercara más, pero se negó. Volvió a sonreírle y poco a poco se acercó. Andrea parecía estar siempre a la defensiva siendo tan pequeña, incluso seguía conservando la inocencia en su semblante, no parecía ser la persona fuerte que quería mostrarse ante todos. Helena acarició su rostro infantil y limpió unas lágrimas que aún se escondían en sus bellos ojos. La tapó con una sábana porque su cuerpo temblaba de enojo, de rabia y frustración. Tanta amabilidad le hizo débil el corazón. Todos sus sentimientos se volcaron, no podía sentir enojo. La gentileza que no recibía de su madre la estaba encontrando en su abuela y eso la estaba confundiendo, se sintió débil una vez más. No pudo evitar que las lágrimas escurrieran por su rostro.
—Pero, hija, ¿por qué lloras? —Preguntó, tomando su rostro—. ¿Acaso no estás enamorada?
—Sí —respondió sin ninguna duda.
—¿Entonces? Eso debe darte felicidad y valor para luchar contra todo.
—¿Y tú no me odias? —Preguntó con inocencia, con la inocencia de pequeña cuando hacía travesuras y decía que no lo haría otra vez—. Mamá me odia —murmuró.
—No te odio. No tendría por qué hacerlo, te dije: entiendo lo que sientes.
—¡Pero tú amabas al abuelo!
—Sí, pero antes de conocer a tu abuelo, también amé y amé con mucha intensidad. Con toda la fuerza que puedes obtener del amor —se recostó sobre el respaldo de madera de la cama. Recordó el momento en el que su vida dio un giro que nunca imaginó, un giro que no esperaba. Miró a Andrea y le dijo sonriendo—: Jamás olvidaré el día que la conocí, cuando el destino me llevó a ella —cerró los ojos y suspiró.
La noche era fría. El viento golpeaba con fuerza los cristales de una gran ventana. Miraba la forma tan triste y apagada de su vida. La forma tan cruel y miserable que era su vida. Sobre la mesa se encontraban unas velas a medio derretir y una cena que supuestamente tuvo que ser romántica. Miraba. Nada de eso fue tocado. Nunca llegó…
—¿Por qué siempre es lo mismo? —se preguntó con tristeza.
Derramó las últimas lágrimas de sus ojos y apagó la luz. Caminó lentamente con temor a derrumbarse en cualquier momento por la gran rabia y tristeza que sentía. Se tiró de boca sobre su cama y se quedó profundamente dormida. Era la única manera en que podía olvidar tanto dolor: el sueño era su alivio para tanto sufrimiento.
Al siguiente día se levantó muy temprano y sin ganas. Recorrió con la mirada la habitación para darse cuenta que no sólo esperaría toda la noche a que llegara, se dio cuenta que seguiría esperando toda su vida. La sala estaba intacta como la había dejado la noche anterior: con una cena que nunca llegó a ser romántica. Salió del departamento, no soportaría más lo que estaba pasando en su corazón.
—Buenos días… —saludó Mónica.
Helena había llegado puntual al trabajo.
—No hay nada de bueno —contestó con la voz apagada.
—No, no puede ser posible —decía Mónica, cuando la vio con la cara demacrada y los ojos rojos—. Helena, esto ya es suficiente… No llegó, ¿verdad?
Sus únicas respuestas: una sonrisa y meterse a su oficina. No había palabras para explicar su agonía.
—¡Helena! Vamos, necesitas hablar con alguien, no puedes estar así —dijo pegada a la puerta, para que le diera la oportunidad de conversar y poder ayudarla.
Mónica era su amiga desde que llegó a Nueva York a trabajar en la empresa. Desde un principio su amistad fue fuerte, pero Helena había cambiado un poco desde que se enamoró. Los días cada vez eran más escasos para sus amigos, para las reuniones de cada fin de semana o incluso los cumpleaños que no celebraba en su compañía. El amor la había cegado por completo. Su amor era fuerte y totalmente correspondido, ahora ese amor la traía devastada.
—¡No está! —gritó detrás de la puerta.
—Helena, siempre lo has sabido —insistía con pesar—. Tienes que aceptarlo.
Helena abrió la puerta enfurecida. Tenía los ojos rojos por las lágrimas, con toda la rabia atorada en el pecho que no podía contener más.
—¡Entonces! ¿Por qué sigo así? ¿Por qué? ¡¿Por qué si sabe que la amo me hace esto?!
Mónica la abrazó y le dijo lo que todo mundo sabía:
—Amiga, ella no te ama…
Helena miró hacia la nada, recordando los días que pasó a su lado: los primeros días cuando era feliz; cuando podía llegar con la sonrisa más grande a la oficina. Cuando podía llegar a casa, sabiendo que tarde o temprano entraría por la puerta y le regalaría su amor. Fijó su vista a la puerta de enfrente, esa oficina la ocupaba la persona que más la hacía sufrir y a la que tanto amaba.
—Puedes irte a casa si quieres —decía Mónica ante la tristeza de su amiga—. Sabes que como gerente no es tu obligación estar aquí todos los días. Puedes irte…
—No soy la gerente, lo sabes, Mónica. Soy subgerente —recalcó—, subgerente.
Se acercó a la puerta y la acarició con sus manos. Miró el nombre de la persona que tanto añoraba, grabado en una placa de bronce. Adentro no había nadie, nadie quien pudiera sentir lo que Helena estaba sintiendo y borrara toda su amargura. No había quien pudiera salir y aliviar su dolor.
—¡Por Dios, Helena! El puesto que tiene de gerente esa… esa… —sabía que aunque lo deseaba con fuerza, no podía insultar a la persona que Helena amaba— ¡¡Ella no lo merece!! ¡No merece lo que sientes!
—Te veo mañana.
—Lo siento mucho… —suspiró, sabiendo que no era justo lo que estaba sufriendo.
Tomó su coche y condujo sin importarle nada. No sabía cómo podía continuar con su vida. Cómo quitarse todo lo que traía dentro de su corazón. Las calles se le hacían infinitas, pero demasiado estrechas como para dejar en ellas toda la rabia y tristeza que sentía. Quería seguir conduciendo hasta que la gasolina se terminara. Sin saber hasta dónde podría llegar, sin tener siquiera la noción del tiempo, pero había algo que la ataba a seguir el mismo camino…, siempre el mismo camino.
Llegó a casa. La pesadez de sus sentimientos era enorme y cada vez más aplastante, su alma se sofocaba. No quiso dar un paso más después de entrar, se quedó mirando todo como la noche anterior. Se había esforzado para darle un buen día, que se convertirían en recuerdos hermosos. Ahora sólo sería un amargo recuerdo para ella, unido a unos más que tenía. ¿Cuánto tendría que darle y ofrecerle para que se diera cuenta que su amor seguía vivo? Había hecho de todo y soportado cualquier cosa. Su voluntad se estaba quebrando por cada golpe de indiferencia que recibía. No podía hacer más, lo había hecho todo dentro de sus posibilidades. Se sentía cansada, fuera de toda fe y esperanza. Ahora no dependía de ella, nada dependía de sus sentimientos. No bastaba con sentir y tener claro lo que sentía. No bastaba, su amor debía ser reciproco para bastar. La claridad se sus sentimientos contrastaban con los de Jessica, que los tenía entre tinieblas y nada podía darles luz. Helena se sentía indefensa e impotente por no poder ayudarla como quería. Cada vez que intentaba acercarse ella la alejaba más. Era tan dura su indiferencia, que pensó podía ser menos cruel su abandono, pero no lo quería así. Estaba segura que la quería a ella, que en algún punto todo retornaría a su amor. Lo sabía absurdo, pero lo deseaba. ¿Qué tenía que hacerle o decirle para que se diera cuenta que su amor no era correspondido? Lo sabía, sabía que no lo era. ¿Entonces qué era lo que esperaba? ¿Hasta qué punto estaba dispuesta a soportar? Ya no, no estaba dispuesta a tener otro recuerdo más. Sería el último, hoy sería el último. Se acercó lentamente, tomó las copas y una a una empezó a arrojarlas por toda la habitación. Destrozó todo lo que encontró. Quería aliviar todo lo que sentía, toda la rabia y tristeza que había acumulado desde hacía mucho tiempo.
—¿Qué haces?
Con suerte pudo detenerla cuando intentaba arrojar contra la puerta la última botella de vino. Se la quitó de las manos, pero no tardó mucho en encontrar algo más. Su desesperación era incontrolable. No tenía consciencia de ella misma. Tuvo que abrazarla para que dejara de comportarse tan agresiva. Helena se dio cuenta que Jessica tenía impregnado el olor de otra piel sobre su cuerpo.
—¿Qué sucede, Helena? —preguntó, sin mostrar tanta importancia.
—¡¿Por qué?! —gritó Helena con una rabia no contenida—. ¡¿Por qué no llegaste?!
—¿Por qué tendría que hacerlo?
El tiempo que pasaban viviendo juntas sólo era de Helena. Desde hacía mucho tiempo que su vida y su entorno giraban en intentar hacerla feliz, hacer que regresara todo lo que habían sido antes. Aún pensaba en una vida junto a Jessica, tan llena de amor y felicidad. Pero Helena no sabía qué sentir y qué pensar en ese momento, todo era vacío en su corazón.
—Nuestro aniversario, ¿lo recuerdas? —preguntó, esperando tener un poco de compasión de la persona que tenía enfrente.
—Helena, eso es algo estúpido.
«¿Desde cuándo es algo estúpido celebrar el inicio de nuestra relación?», se preguntó con el corazón en pedazos. Jessica no era la misma persona que conoció en el pasado. Toda su alegría se había transformado en poder a su beneficio y no se daba cuenta de lo mucho que lastimaba a Helena. Se cubría con una coraza de acero, era fría y distante. Ni siquiera ella entendía su propio comportamiento, pero no tenía regreso. Helena no sabía por qué su amor había cambiado tanto, nunca le había fallado en nada, siempre le había sido leal a su amor. Estaba tan herida, tan destrozada por dentro, que cada parte de ella necesitaba respuestas para poder continuar.
—Nunca creí que lo nuestro era algo estúpido.
—Debo regresar a la oficina —dijo, dando la vuelta para no seguirle hablando.
Dónde estaba todo el amor que Jessica le juraba tener. Ni siquiera recordaba con exactitud el momento en que todo había cambiado. Sólo tenía en su memoria una ráfaga de recuerdos amargos y dolorosos, pero, aun así, no recordaba si el primer momento de indiferencia le había dolido tanto como lo sentía ahora.
No soportaba más la situación.
—No me amas, ¿verdad? —preguntó.
No quería saber la realidad, pero la necesitaba.
—Tú conoces la respuesta.
Jessica ni siquiera tuvo el valor de mirarla a los ojos.
—Yo, aún te amo… —murmuró Helena.

Andrea se levantó sorprendida por lo que Helena le acababa de contar. Estaba confundida, no por el hecho de que la historia se tratase de una mujer, sino porque no era precisamente la gran historia de amor que esperaba escuchar.
—¡Abuela, ella te hizo sufrir mucho! —reclamó confundida.
—No, Jessica me enseñó a amar. Pero no entendí, en ese entonces, que ella no era la persona a la que debía amar… Jessica me preparaba para el amor.
—No te entiendo, abuela.
—¿No entiendes, hija? —Preguntó Helena con una sonrisa—. Es que esta parte no debes entenderla.
Andrea miró sus manos estrechadas por las de su abuela. Volvió asentirse una niña de cuatro años, escuchando una extraña historia; le faltaba tener puesta su pijama de estrellas rosas y un vaso de leche en la mesita de noche, junto a un plato de galletas. Se sintió tranquila y protegida. Su carácter curioso volvió a surgir y sus ojos se mostraron llenos de fascinación una vez más.
—Es el inicio de lo que fue un verdadero amor.
—Pues, no entiendo nada —contestó dudosa.
—¡Tú nunca entiendes nada, Andrea! —decía Patricia, asomándose por la puerta. Había amanecido y el cielo, por la ventana, se asomaba claro. El tiempo pasó muy rápido para lo poco que sentía que le había contado—. ¿No entiendes que nada de lo que sientes está bien? —terminó por gritar Patricia.
—¡Déjame en paz!
Se levantó furiosa y salió de la habitación de su abuela sin decirle nada.
—¡¿No te importa lo que digan los demás?! —gritó Patricia, siguiéndola.
No respondió, no tenía sentido. Lo único que tenía sentido era encontrar la protección y el respeto de su madre. ¿Por qué preocuparse de personas que eran ajenas a ella?
—¡Todos hablaran de ti! —insistió.
Andrea le dio la cara y la miró fijamente a los ojos, como lo hacía cada vez que discutían. Tenía que entenderla, comprender por qué se negaba tanto. Quería encontrar un resquicio de verdad en sus palabras, algo donde pudiera aceptar que estaba haciendo mal y que sus sentimientos fueran equivocados. Quería encontrarlo, aceptarlo y desvanecer todo el valor que sentía para defender un sentimiento así. Pero no la encontró en su mirada y mucho menos en sus palabras, nunca en ellas. Lo que sentía por Natalia era verdadero y mucho más fuerte que todo. No tenía dudas. No tenía miedo.
—¡Nadie lo aceptará nunca!
«Solo me importa que lo aceptes tú», pensó Andrea. Apretó sus puños con fuerza, intentando doblegar su carácter agresivo. Era su madre y la quería para siempre en su vida. Quería que compartiera su felicidad y no que fuera un obstáculo más.
—¡Todos te juzgaran!
Por un momento la mirada de su madre fue de sufrimiento. No le importaba por ella, le importaba por su hija, aún era una niña, tenía que protegerla. Las personas de allá fuera, de otros lugares, de diferentes partes del mundo, eran crueles y mezquinas con sentimientos que no entendían, y hacían lo posible para demeritarlos. Patricia pretendía que no sufriera, pero Andrea no podía mirarlo así. Tenía que defender lo que sentía, incluso de su madre.
—¡No me importa! —gritó. No volvió a encontrar la aprobación y la protección de su madre—. ¡Lo que digan ellos no me importa!
—A mí sí, Andrea.
—¡Pues tendrás que aprender a vivir con ello! —le sugirió—. Si es lo único que te importa, tendrás que aprender a vivir así, madre.
Dio la vuelta y siguió caminando por un pasillo que se le hacía eterno. Escuchaba las palabras de su madre confundidas entre toda su rabia. No respondió a ni una más de las preguntas que salían de su boca. No le importaba lo que dijeran de ella. No le importaba si nunca lo aceptaban. Sabía que no necesitaba la aprobación de personas de las cuales no dependía. Le daba igual lo que pensaran. Siguió escuchando sus palabras de reproche. Para su madre todo el mundo se opondría ante sus sentimientos y quería que Andrea lo entendiera, que declinara su decisión. Caminó más rápido, quería que el pasillo interminable por fin se acabara y que todas las palabras de su madre se quedaran ahí. Llegó a la puerta de su habitación, era como un suspiro, siempre siendo el final de todas las discusiones. Andrea no encontraba más salidas dentro de su hogar. Su único refugio era ponerle seguro a su habitación para que nadie la siguiera. Dormía sola desde pequeña. Su habitación parecía la de una niña de doce años. Nunca se dio cuenta que había dejado su infancia a un lado del camino para conocer el amor y luchar por sus sentimientos. Esta vez sentía un gran alivio, había alguien cercano a ella que podía ayudarla y tomarla de la mano para enfrentarse al mundo.
Después de cambiarse la ropa y tomar sus cosas de la escuela, salió de casa sin que nadie se diera cuenta. No se despidió de su abuela porque no la encontró en ninguna habitación. Había llegado a un punto donde no le importaba si su madre se daba cuenta si asistía o no a la escuela.
Caminó por las calles, pisando las hojas, era algo que no podía evitar hacer, le divertía y el sonido de su crujir le causaba una extraña felicidad, sentía que le daba un poco de paz a sus pensamientos. Llegó a la escuela y sintió unas ganas enormes de no entrar. El lugar donde vivía era cercano a la sierra, así que no había gran tecnología a su alcance. Una sola escuela que le daba enseñanza a todo quien vivía en el lugar. Para Andrea era lo peor, no le gustaba, decía que todo era decadente y se quejaba de que los profesores no eran tan buenos enseñando. Sabía que no tenía más opciones siendo la única escuela de la región, así que se resignaba y aprendía de los libros interesantes que a veces encontraba en la biblioteca, libros que Natalia le obligaba a leer.
Cuando entró a la escuela se dio cuenta de los ojos acusadores de sus compañeros, la miraban pasar y murmuraban. Sus gestos eran de desconcierto, incrédulos por todos los rumores que se habían escuchado recién entrando a la escuela. Todo se sabía en un segundo, hasta lo más insignificante. Andrea no tenía una buena fama entre sus compañeros. De sus maestros nada más obtenía su rechazo por la inteligencia que guardaba y que utilizaba para humillarlos cuando era necesario. Era una persona escurridiza, capaz de alcanzar sus metas de estudio en un menor tiempo que los demás y esa habilidad causaba la envidia de sus compañeros. No sólo eso causaba el rechazo de algunos. Andrea tenía descendencia norteamericana por parte de sus abuelos maternos, era diferente a la mayoría. Siempre fue una niña muy hermosa. Sus ojos azules y su piel blanca la delataban entre los niños de la región, pero había nacido en Chiapas, en México. No conocía otro país que no fuera el suyo; su padre era mexicano y estaba orgullosa de ello. Ni siquiera percibía que por su sangre extranjera fuera tratada de manera desigual, no lo tomaba en cuenta, no se sentía diferente a los demás. Pero esta vez sus miradas decían algo más, sentía que en cualquier momento iban a insultarla o romperían en carcajadas hirientes.
Siguió caminando, le daba poca importancia a las miradas de los demás.
—¡Andrea! —gritó Tania asustada, cuando la vio caminando por el pasillo. La metió en un salón como si intentara esconderla de algo, pero en realidad la escondía de todos—. ¿Por qué viniste?
—¿Ahora no puedo venir a la escuela? —preguntó, mientras intentaba salir del salón. No tenía nada que ocultar y mucho menos que temer.
—¿Acaso estás loca? —Tania la detuvo del brazo—. ¡Con todo lo que dicen de ti por todos lados!
Sus manos se movían inquietas en el aire, como intentando encontrar una solución a lo que estaba pasando. Tania era su amiga desde preescolar, era dos años más grande que ella, una chica superficial y algo fría. No le gustaba la actitud que a veces tomaba Andrea, mucho menos cuando parecía que le ocultaba algo y no le confiaba las cosas. No pasaba muy a menudo, pero cuando tenía un secreto, lo guardaba hasta para ella. No podía creer lo que decían, podía esperar todo de Andrea, menos algo así. Suplicaba porque todo fuera un mal rumor por el bien de su amiga. Sabía que los directivos del comité la estaban buscando, no dejarían que algo así se quedara sin tomar las medidas necesarias. Agradecía la oportuna junta que tenía el director de la escuela lejos del estado, podrían ganar tiempo y desmentir los rumores.
Andrea miraba con inquietud hacia afuera, otra vez un mundo distinto se miraba. Sintió miedo, como si de repente se hubiera tornado desconocido y aterrador. Tania no dejaba de moverse con tanta preocupación.
—Debe…, tiene que ser una mala broma —balbuceaba. Sus pasos se habían convertido tan cortos y rápidos. Necesitaba una solución. Una explicación para los directivos. Debía encontrarla—. Las de tercer grado hacen muy malas bromas. A ninguna de ellas le agradas… Sí, debe ser eso. Quieren molestarte y por eso han corrido el rumor… Debe ser, debe ser. ¡Tiene que ser, tiene que ser!
—Tania, ¿qué te pasa?
—Tienes que decir que todo es mentira, que fueron las de tercero —insistía, como si fueran a mandar a su amiga a la horca—. ¡Las de tercer grado!
—¡¿Qué dicen de mí?! ¡Dímelo porque no lo entiendo! —reclamó Andrea, en un tono asustado.
Tania reaccionó, pero la expresión de susto jamás se retiró de su rostro. Se calmó por un momento, mínimo, sin ser notado ni por ella. Andrea no podía defenderse si no sabía de qué se le estaba acusando. Tenía que ponerla al tanto de la situación.
—¿Qué se supone que dicen las de tercer grado de mí?
—No lo dicen nada más las de tercero —decía angustiada—, lo dice toda la escuela.
Andrea empezó a sentirse mal. Tania podía ser la persona más exagerada del mundo, gritaba si se sentía triste, se enojaba cuando no soportaba tanta felicidad. Podía irse a los extremos cuando tenía sentimientos distintos, pero jamás su rostro se había tornado tan triste como lo estaba ahora.
—¿Qué dicen?
—Casi nada, sólo que estás loca… y enamorada de… ¡¿Natalia?! —gritó conmocionada. No quería creer los rumores que escuchó al llegar a la escuela—. Andrea, ¿es verdad?
—¿Toda… toda la escuela lo sabe?
—Sí.
Andrea salió del salón sin decirle nada. Caminó por los pasillos sin importarle en absoluto la mirada de los demás. Quería saber una cosa. Una cosa le era importante. Esta vez sintió el miedo más grande del mundo. Ocultaban su amor en la escuela para intentar seguir los sueños de cada una y no tener una vida tan complicada. Sabían que tenía que pasar un tiempo más en lo que ellas aseguraban un futuro académico. En realidad a Andrea y a Natalia no les importaba si se enteraban. Deseaban no ocultarse de nadie ni temerle a lo que fueran a decir. Era lo único que importaba para ellas: decirle al mundo cómo era en realidad su amor.
Siguió caminando sin mirar a nadie, evitaba escuchar los murmullos y las risas burlonas de todos. Nunca creyó que la ignorancia de los demás fuera tan grande. Entró al salón donde se organizaban los académicos del periódico escolar. Se encontró a Natalia desconsolada por las lágrimas. Andrea hubiera sido capaz de golpear a cualquiera que la hiciera llorar, incluso a ella misma. Se acercó y lo único que hizo fue abrazarla. Todo lo que había dicho su madre en la mañana empezaba a doler. Había tenido tantas miradas sobre ella en un instante, tantas palabras inconcebibles a sus oídos. Estaba doliendo lo que decía que no le importaba. Se sentía tan indefensa y sola. Cómo podía sacar adelante un sentimiento tan grande como el amor, si parecía que todo se ponía en su contra. No quería que Natalia siguiera llorando. Se preguntaba cuántas lágrimas tendrían que derramar para al final ser completamente felices. No quería una vida así para la persona que amaba.
—Natalia, lo siento mucho, lo siento —decía Andrea desesperada—. Perdóname por todo esto.
Natalia la miró con los ojos llenos de lágrimas. Abrazó con más fuerza a Andrea y su llanto se incrementó más. Se veían tan inofensivas y pequeñas, que parecía que Natalia lloraba por haberse caído mientras jugaba e iba a refugiarse en los brazos de su mejor amiga. Siguió llorando con tanta amargura y frustración. Andrea sintió como las palmas de sus manos se arremolinaban en puños tras su espalda, y se estremecían con fuerza. Era tan absurdo lo que estaban pasando. Allá afuera se encontraba un mundo tan distinto a lo que necesitaban, no quería creer que las palabras de Patricia fueran ciertas. Nadie lo iba a aceptar nunca.
—Podemos dejarlo, Natalia… Si tú quieres, podemos dejarlo —sugirió, intentando no llorar.
Natalia se apartó de sus brazos y limpió sus lágrimas sin creer lo que estaba escuchando. En todo este tiempo nunca pensó que Andrea pudiera decirle algo así. Sus palabras podían lastimarla más que todo.
—¿En verdad quieres dejarlo?
—Sí, podría… Si tú quieres —dijo.
Agachó la cabeza sin decirle nada más.
—¡Mírame! —Natalia alzó su mentón para que la mirara, y le preguntó con un tono algo frío—: ¿En verdad quieres dejarme? ¿De verdad podrías dejarme?
La respuesta la tenía: no quería dejarla; pero no era lo que quería para Natalia. Le dolía que el mundo aún no estuviera preparado para un sentimiento así. Tenía que esperar a que cumpliera su sueño y le pudiera contar al mundo lo que era el verdadero amor. No faltaba mucho tiempo, sabía que esperaría.
—Tienes que seguir tu sueño, Natalia. Ser novelista es lo que más quieres, no puedo interponerme. Es tu camino y puedes seguirlo sin mí.
—Óyeme bien, Andrea. Tú eres lo que más quiero en la vida —dijo sonriendo.
Andrea se preocupaba por una cosa que importaba menos de lo que ellas dos sentían, menos de lo que pensaran los demás. Natalia podía seguir sus sueños, tenía el coraje y la fuerza para hacerlo.
—Contigo puedo lograrlo, si estás conmigo yo puedo hacerlo. Tú eres mi fuerza contra todo, Andrea. Siempre serás parte de mis sueños, sin ti ellos no existen. Mis sueños no serían igual de hermosos como los imagino contigo. Si te quedas conmigo puedo lograr todo —terminó por decir. 
—Natalia, no quiero verte llorar y sufrir por lo que sentimos. No tiene sentido…
—No estoy llorando por eso, lloro por la ignorancia de los demás, sólo eso… Sabes que digan lo que digan, nada me separará de ti.
Andrea talló sus ojos, removiendo las lágrimas que no pudo derramar, dejando rojo el contorno de sus ojos.
—Perdóname por lo que dije, sabes que en realidad nunca sería mi intensión.
—Lo sé, Andrea —decía—. Nunca dudaría de lo que sientes por mí.
Estaba tan asustada por verla llorar, que no se daba cuenta de lo que decía. Le dolían sus propias palabras y no sabía cómo controlarlas. Pensaba en la felicidad de Natalia, del deseo de lograr su sueño y la promesa de contarle al mundo su amor. Estaba segura de lo que sentía, no podría vivir sin ella, ni siquiera imaginarlo. Pero no quería que la vida de Natalia se detuviera por un sentimiento que los demás creían equivocado.
—No me dejes, sabes que a tu lado las cosas son más fáciles y el sentimiento mucho más fuerte —murmuró Natalia con ternura.
Sus miradas se encontraron. Todo lo demás se desvanecía en un segundo. Lo de afuera carecía de importancia. Los rumores se sosegaban ahí, en lo hermoso que estaban sintiendo. Si su mundo se pudiera trasladar a solo eso, todo sería feliz y comprensible. No habría comportamientos errados ni palabras equivocadas hacia ellas. Todo sería tan fácil si pudieran transponer su amor a cada sentimiento que encontraban opuesto a lo suyo.
Andrea estaba por besarla cuando entró Tania.
—Lo siento, no quise… interrumpir… Yo…, creo que te hablan a ti —señaló a Natalia—. Te habla el profesor de ciencias.
Se miraron asustadas. No sólo era el profesor de ciencias, el profesor Padilla Garza estaba a cargo de la dirección y podía tomar grandes decisiones. De cierta forma sabían lo que les esperaba en la escuela. Ninguna de las dos tenía la intención de negar lo que estaba pasando. Los rumores seguirían y ellas no los iban a desmentir. Sintieron miedo de todo lo que empezarían a enfrentarse, pero tendrían que hacerlo. Natalia tomó la mano de Andrea para sentir su calor. Sabía que debía ser fuerte, tomar la fortaleza de la persona que la hacía sentirse invencible. La batalla la empezarían a ganar. Estaba convencida de ello, la guerra iniciaría hoy. Pero Andrea sintió miedo, no podía arrebatarle su gran sueño.
—Natalia… —intentaba decir—, si quieres tú, puedes…
—¿Negarlo?
—Sí.
—¿Tú lo harías?
Andrea desvió su mirada, aceptando que no lo haría, pero si fuera necesario, si ella se lo pidiera, estaba segura que lo haría sin pensarlo.
—¿Lo harías? —insistió.
—Si tú quieres.
—Yo no quiero y nunca lo voy a querer. No lo negaré y tampoco quiero que tú lo hagas.
Limpió las lágrimas de sus ojos y salió.
Tania entró al salón después de la salida de Natalia. Se quedó parada ahí, incrédula por lo que había visto, por lo que había escuchado. No podía creerlo. Andrea era su amiga casi desde la infancia, no podía creer que estuviera con Natalia y mucho menos que fuera con ella. Eran personas muy distintas. Pensamientos contrarios. Formas diferentes de vivir la vida. Entornos desiguales. No tenían similitud en nada. Natalia parecía una persona madura y Andrea daba la pinta de que jamás llegaría a serlo. Pero si se detenía a pensarlo bien, las dos eran un hermoso contraste, porque dentro de sus diferencias creaban una sublime armonía. Y tanta diferencia se disipaba al contacto de sus miradas, como la que presenció hace un momento. Todos sus contrastes se tornaban matices distintos, casi imperceptibles, pero perfectos en armonía.
Andrea se sintió un poco incomoda por la mirada de su amiga. Era una persona tierna, aunque siempre le gustaba actuar como la chica mala del cuento, en el fondo era dulce y atenta, pero si se trataba de defender lo que sentía, su actitud cambiaba completamente.
—¿Qué? —preguntó fríamente.
—¡Sí estás loca! ¡En extremo loca, una inconsciente, fuera de lugar! ¡Por Dios, Andrea! ¡¿No pudiste escoger a alguien peor?! —preguntó desesperada.
Andrea la miró enojada.
—¿Peor?
Tania suspiró y le aclaró:
—Me refiero a que no pudiste escoger a alguien mejor y peor que ella. ¡Andrea, despierta! Natalia es de una familia acomodada, la mejor alumna de la escuela y de toda la región ¡y regiones cercanas! —Exageró para poner las cosas más claras—. ¡Los profesores la adoran! Y tú…, y tú…, bueno, ya sabes, no eres precisamente un angelito.
—¿Te importa?
—¡No! ¡Puedes enamorarte de una piedra si quieres, no me importa! Eres mi amiga, y pues, Natalia…, bueno, nunca pensé que ella…, que ella…, es… Natalia es… y luego contigo…, es… ¡y de ti!
—¿Puedes terminar una frase sin balbucear? —preguntó un poco fastidiada.
—Bueno, ella es demasiado perfecta.
—Y yo soy lo que todos piensan: como una pequeña basura por el mundo.
—No me refiero a eso, Andrea —decía—. Nunca pensé que Natalia sería tu tipo. Es todo lo contrario a lo que eres tú, ¡no tienen nada en común! Es tan diferente a ti, un contraste definitivo. Además siempre imaginé que de mayor serías un espíritu libre en busca de aventuras y eso de enamorarte jamás. ¡Y menos de una persona como Natalia! —Dijo con sorpresa—. ¡Son tan diferentes! —volvió a resaltar la parte que creía la más inverosímil.
—¿Te molesta?
—No. Eres mi amiga.
—¿Y Natalia?
—Si te hace feliz…, es mi mejor amiga.
Miraron hacia afuera. Andrea pensó que la escuela sería un nuevo mundo, con más enemigos y, quizá, con suerte, algunos amigos.
—Y yo que pensaba golpear a las de tercero, no me agradan —murmuró Tania.
—Tengo que salir de aquí, ¿verdad?
—Es mejor, antes de que te llamen a ti también. Igual Natalia podría estarlo negando todo ahora —Andrea volteó a verla, negando su posibilidad—. Tendría que hacerlo, por el bien de la dos. Es la única salida que podrían tomar por ahora.


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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.