II
La intervención de Lorena hizo dudar a muchos
inversionistas y las reuniones se prolongaron más de lo esperado, pero ella no
se presentó en las siguientes juntas para ver si el proyecto se aprobaba. La
compañía empezaba a perder más dinero de lo esperado debido a la inversión
extra de las reuniones. Si no contaban con la aprobación definitiva, habría
pérdidas considerables para la empresa. Todos los días Helena se topaba con
alguna indecisión de los inversionistas. Tenían miedo de lo que fueran a
encontrarse en la sierra de Chiapas. Sabían que si la población no estaba de
acuerdo se armarían varías revueltas. Conocían bien el comportamiento de los
mexicanos al defender sus tierras. Helena era lo bastante inteligente para
salir librada de todo contratiempo, por eso sus jefes le habían dado toda la
responsabilidad a ella. Los hubo convencido poco a poco, diciendo que la
población no iba a dejar pasar una oportunidad que les daría trabajo por muchos
años y que tenían varios contratos y firmas de consentimiento. Los
inversionistas de México tampoco iban a dar marcha atrás, aunque a ellos los
movía más la ambición de un proyecto tan grande. A Helena lo que la motivaba
era el escape de su triste monotonía.
A pesar del incidente ocasionado por Lorena, el
proyecto fue aprobado por los empresarios con el apoyo de los inversionistas,
así que Helena partiría la próxima semana para México, hacia la sierra de
Chiapas.
—¡Te felicito, Helena! —Decía Mónica—. Sabía que
lograrías convencer a todos y más a los inversionistas canadienses, que fueron
los más complicados.
—¿Sabes cómo son las nubes? —Preguntó Helena.
Mónica la miró extrañada.
—¿Cómo son las nubes de invierno? —insistió.
Era una pregunta que Helena tenía en la cabeza desde
el día que conoció a Lorena. En escasas ocasiones, cuando su saturada agenda se
lo permitía, se detenía a mirar el cielo y se hacía la misma pregunta. Observaba
por varios minutos, a un lado y hacia el otro, y siempre veía el mismo panorama.
No encontraba alguna maravilla en el azul celeste, mucho menos por la tarde,
cuando las nubes se amontonaban para darle el colorido gris tan conocido por
ella.
—¿Las nubes de invierno? No sé —decía Mónica—. Ni
siquiera he mirado el cielo desde que mi vida es de accionista o al menos desde
que trabajo para ti. Helena, vivimos en Nueva York, aquí no ves más abajo ni
más arriba de la altura de tus ojos y creo que ni siquiera hay nubes en
invierno.
Su mirada se desvió con curiosidad hacia los enormes
ventanales del corredor, intentando confirmar su propia respuesta. El reflejo
de su propio edificio en los ventanales del edificio de enfrente, que era mucho
más grande, fue lo único que alcanzaron a ver sus ojos: el mismo panorama de
todos sus días, en cualquier estación del año.
—¿Ves? Sin nubes —aseguró Mónica.
—¡Claro que hay nubes y las nubes de invierno,
siempre son diferentes! —dijo, con una felicidad que no se creía.
Sonreía por recordar el momento en que conoció a
Lorena y le dejó la duda más grande de su vida. Saber cómo son las nubes de
invierno se había convertido en su mayor inquietud. Deseaba entender por qué
eran tan diferentes para ella. Se sentía extrañamente emocionada por su viaje a
México, quizá allá encontraría la magia que no veía en su cielo.
Entró a una oficina, pero no a la suya, y gracias a
ello se encontró con algo desagradable.
—¿Por qué no tocas a la puerta, Helena? —preguntó,
acomodándose su ropa.
Jessica estaba en plan de seducción con uno de los
empresarios de Canadá, justo con el que Helena había tenido las más difíciles
discusiones después de que Lorena había intervenido. El hombre tenía una facha
de ser el más nefasto de todo su grupo, pero ahora un rostro tosco lleno de
vergüenza se dibujaba en un semblante duro y ruin que había conocido días
atrás. No estaba seguro de invertir en el proyecto y sólo de un día para otro
cambió de opinión; ahora sabía por qué dejó de poner tantas excusas. Lo miró,
regalándole unos ojos vacíos, inexpresivos. No se distinguía algún tipo de sentimiento
en su mirada, era fría y austera. Su cuerpo permaneció inerte junto a la
puerta. Lo siguió mirando, quería saber lo que había en él, algo que valiera la
pena, algún sentimiento, cualquiera, que le hiciera reaccionar y sacarlo a
golpes o gritarle cuánto lo odiaba. No podía sentir enojo por él, ni por nadie,
no podía sentir nada. Por primera vez se sintió alejada de ella misma. El
hombre agachó la mirada, se puso el saco y salió de la oficina sin decir
absolutamente nada.
Helena estaba helada, tal vez un poco incrédula,
sabía que la engañaba y siempre tuvo la esperanza de jamás ver eso, ignorar la
idea era lo mejor. Quería vivir engañada, no sabía por cuánto tiempo, pero
quería vivir así un poco más, con una ilusión, sin llegar a más de eso.
—Puedes agradecerme después —dijo Jessica, con
absoluto cinismo.
—¿Agradecerte?
—No tienes ningún inconveniente con tu proyecto,
¿cierto?
No tenía palabras para responder a algo así. Jessica
miró a Mónica, que estaba como espectadora a unos pasos atrás de la puerta. Sus
ojos estaban enfurecidos, inyectados de rabia, nunca lograron ser amigas y,
ahora, mucho menos estarían en vías de intentarlo. No era asunto de ella; tenía
que retirarse. Esperaba que Helena pudiera abrir los ojos y darse cuenta que no
había amor en su relación, que tenía que salir de ahí, que el punto de quiebre
lo sostenía ella nada más. Le envió la última mirada de odio a Jessica y pensó
en retirarse. Pero, antes de dar la vuelta, escuchó a Helena decir con
seguridad:
—Puedo hacerlo sin ti.
Sus palabras fueron más allá de su pregunta, más
allá del proyecto o su trabajo en la empresa. Repitió la misma frase en su
cabeza, convenciéndose de que era verdad y tenía que empezar a probarlo.
—Helena, no puedes hacer nada fuera de aquí y sin
mí. No tienes carácter para actuar como se debe en un lugar así —decía—. Te
hace falta experiencia para lograr las cosas de una manera más sencilla. Te
hace falta malicia y tomar provecho de todo.
Mónica quiso entrar y agarrarla a golpes. Sus
palabras eran absurdas y sin sentido. Cómo es que deseaba que una persona como
Helena, que le entregó un amor sincero y leal, cambiara su manera de ver la
vida con tal de sacar provecho y tener beneficios tan poco redituables a su
vida, tan bajos de moral y dignidad. Sus puños se apretaron con rabia, podía
entrar y recriminarle, mientras le soltaba un par de puñetazos, todo lo que
Helena había hecho por ella, obligarla por lo menos a sentirse agradecida por
un amor tan puro, uno que no merecía en absoluto. Pero la seguridad de Helena
la volvió a detener.
—Sé que puedo sin ti.
—¡Abuela! Sigo
sin entender —interrumpió Andrea la historia que le contaban.
Miró hacia la
puerta, esperando a que saliera su madre de casa y le dijera: «Tú nunca
entiendes nada». Pero no, esta vez Patricia no apareció.
—Es el
principio, hija —decía Helena, mirando el cielo con una bella sonrisa—. Ese
mismo día, por la noche…
Jessica llegó al departamento, a pesar de que no le
importaban sus sentimientos, se sentía un poco culpable por lo que Helena había
visto en la mañana. Sabía que no era justo para ella. Se sentó sin ganas en el
sofá, pensaba de qué manera componer su vida. Extrañaba lo que sentía antes, lo
que podía sentir sin miedo alguno. No quería conectar su cabeza con su corazón,
porque sabía que le dolería todo lo que dejó ir. Hizo sus pensamientos a un
lado y miró a todas partes. La mesa de centro aún conservaba las velas a medio
derretir, parecía que Helena las había dejado con intención de que Jessica las
viera y se acordara de ella. El piso aún estaba tapizado con los cristales de
las botellas de vino; hasta ese momento fue consciente de que no había
regresado al departamento desde ese día. Parecía que el tiempo no había
avanzado y que aguardaba para darle un final o para hacerle saber que el final había
llegado, que se marcó justo el siguiente día de su aniversario. Intentó poner
orden, pero qué más importaba. No podía solucionar algo tan insignificante,
como el desorden de su departamento, cuando la magnificencia de sus acciones
equivocadas había arruinado lo importante de sus sentimientos. Se hundió con
más pesadez sobre el sofá. No había solución alguna. Su mirada vacía volvió a ser
espectadora de una vida arruinada por todos sus errores.
Bajo las velas a medio derretir, se encontró una
carta en un sobre blanco. «Helena», decía el exterior de la carta. Jessica la
tomó y la jugó por unos segundos entre sus dedos. Miró otra vez todo a su al
redor y parecía un poco oscuro. Nada tenía vida. Si Helena le pedía otra
oportunidad, no estaba segura si tendría el valor de componer su vida o se
sumergiría en la cobardía de seguirle haciendo daño hasta que su amor por ella
se terminara. Pero nadie más le había dado un amor como lo era el suyo. ¿En qué
momento permitió lastimarse y, sobre todo, lastimar a Helena?
Fijó su vista
en la carta y la abrió:
«¿Sabes? Hoy la soledad es otra. Es otra diferente…,
sin ganas de aliviarla. Sin ganas de correr. Sin ganas de abrazar y desvanecer
la soledad para siempre. No sé qué hay ahora en mí. ¿Por qué dices cosas que no
cumples? ¡¿Por qué?! ¡No entiendo qué pasó! ¿Dónde quedó lo de antes? ¿Cuándo
terminó todo? Si no te hago falta, dilo. No lo ocultes con palabras. A veces
pienso que esas palabras no las sientes. No te importa nada. Son diez años…, y no
te siento. No te encuentro. ¡No estás!
Ahora que las cosas son así…, quiero ser como antes.
No sentir lo que siento a cada segundo, cada que dices algo y no logras
cumplirlo. No sabes cuánto duele, duele esperarte… Pero en realidad es mi
culpa. Es mi culpa por hacerme tan dependiente de ti, de tus palabras, de que
estabas ahí. ¿Por qué ahora no? Puedo cansarme, ¿lo sabes? Algún día ya no
estaré aquí. Puedo irme sin decir nada. Sé que puedo lograrlo… Y aun así, sigo,
sigo aquí intentando no caer, intentado no volver a la oscuridad que me llama,
a la que quisiera volver, estoy más segura allá, mi corazón no sufre… y sólo recuerda,
pero nada le hace daño, porque ya está lastimado.
¿Algún día habrá algo que en realidad me haga feliz?
Tal vez el día…, el día que puedas cumplir algo dicho; cuando pueda soportar
estar aquí sabiendo que no vas a llegar. Algún día sabrás que es mejor el
silencio, no hieres a nadie con tus palabras…, no lastimas a la persona que más
quieres, y, además…, no te lastimas. Pero duele más cuando las escribes, cuando
estás intentando con toda la fuerza de tu corazón no llorar. Cuando tus ojos se
ponen rojos y arden, tu pecho duele y no puedes respirar, y tus manos no saben
cómo acomodar todas las palabras que lastiman. Todas aquellas que pueden
decirte lo mucho que te odian, sin terminar diciendo lo mucho que te aman. Eso
es lo que hay…, sólo eso… ¿Habrá algo más en ti? No te entiendo…»
Jessica no podía explicarse lo que estaba leyendo,
sentía un dolor muy vacío en su pecho: no sabía si en verdad le estaban
doliendo sus palabras. Descansó un poco sus ojos, miró alrededor y se dio
cuenta que todo se veía diferente. Se veía vacío y melancólico. Sintió un poco
de frío y se metió a la recámara para sacar un abrigo de su closet. La ropa de
Helena no estaba, miró a todos lados y no había nada de sus cosas. Se sentó
sobre la cama. Estaba confundida e incrédula, Helena había encontrado una salida.
Siguió leyendo:
«Odio esperarte… ¡Odio verte y saber que te irás!
Odio, odio cuando dices: «Me tengo que ir». Odio cuando llegas tan tarde a casa
y tengo que callar mis celos porque sé que estuviste con alguien más. Odio no
saber qué has hecho el día de hoy, de no saber por qué no llegaste a casa… y lo
peor es que… ¡Odio amarte! ¡Me odio por enamorarme de ti! Y odio que a pesar de
todo no pueda evitarlo…, que no pueda evitar sentir tanto amor por ti, tanta
ternura con tus palabras y con tu voz. Que todo sea tan fácil cuando estás tú;
que mi vida sea mucho mejor cuando estás conmigo; que la oscuridad que me llama
no está y lo único que ven mis ojos… sea la luz de tu amor; la luz de amor que
alguna vez me diste.
¿Sabes? Esta vez no quiero esperarte».
Con amor: Helena.
Jessica llegó molesta a la empresa donde trabajaban.
Desde que Helena la había encontrado con uno de los inversionistas, no se había
presentado a trabajar. Era la gerente de la empresa y tenía ciertos
privilegios. Sus compañeros la miraron con recelo, la noticia se había
esparcido lo suficiente como para considerar a Jessica una de las personas más
nefastas. Sin decirles nada, entró a la oficina de Helena, trabajaban para
ella, no le importaban sus opiniones.
Mónica la siguió, siendo la única persona con valor
para afrontarla. La encontró revolviendo papeles del escritorio.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Necesito la información del proyecto de Helena.
—¡Es suficiente por ahora, Jessica! Será mejor que
la dejes en paz —sugirió.
—¡Ella me necesita! —gritó.
—No. Helena se acostumbró a ti —se acercó
desafiante, para hacerle ver la realidad de las cosas y decirle todo lo que
tenía guardado para ella, pero lo redujo a una frase que sabía la devastaría
para siempre—: Tú eres la que la necesita.
—Verás que Helena terminará por regresar conmigo
—advirtió—. No puede estar sin mí.
—Déjala vivir su vida, Jessica —insistió Mónica—.
Una vida que le quitaste hace mucho tiempo. No es justo que la ates a ti. La
tuviste y despreciaste su amor por tonterías. Déjala ir.
Paró de buscar los papeles, sabía que fue su error y
que sus decisiones la condujeron a perder el amor de Helena.
—Ella tiene que volver… —dijo Jessica.
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