"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011




II
La intervención de Lorena hizo dudar a muchos inversionistas y las reuniones se prolongaron más de lo esperado, pero ella no se presentó en las siguientes juntas para ver si el proyecto se aprobaba. La compañía empezaba a perder más dinero de lo esperado debido a la inversión extra de las reuniones. Si no contaban con la aprobación definitiva, habría pérdidas considerables para la empresa. Todos los días Helena se topaba con alguna indecisión de los inversionistas. Tenían miedo de lo que fueran a encontrarse en la sierra de Chiapas. Sabían que si la población no estaba de acuerdo se armarían varías revueltas. Conocían bien el comportamiento de los mexicanos al defender sus tierras. Helena era lo bastante inteligente para salir librada de todo contratiempo, por eso sus jefes le habían dado toda la responsabilidad a ella. Los hubo convencido poco a poco, diciendo que la población no iba a dejar pasar una oportunidad que les daría trabajo por muchos años y que tenían varios contratos y firmas de consentimiento. Los inversionistas de México tampoco iban a dar marcha atrás, aunque a ellos los movía más la ambición de un proyecto tan grande. A Helena lo que la motivaba era el escape de su triste monotonía.
A pesar del incidente ocasionado por Lorena, el proyecto fue aprobado por los empresarios con el apoyo de los inversionistas, así que Helena partiría la próxima semana para México, hacia la sierra de Chiapas.
—¡Te felicito, Helena! —Decía Mónica—. Sabía que lograrías convencer a todos y más a los inversionistas canadienses, que fueron los más complicados.
—¿Sabes cómo son las nubes? —Preguntó Helena.
Mónica la miró extrañada.
—¿Cómo son las nubes de invierno? —insistió.
Era una pregunta que Helena tenía en la cabeza desde el día que conoció a Lorena. En escasas ocasiones, cuando su saturada agenda se lo permitía, se detenía a mirar el cielo y se hacía la misma pregunta. Observaba por varios minutos, a un lado y hacia el otro, y siempre veía el mismo panorama. No encontraba alguna maravilla en el azul celeste, mucho menos por la tarde, cuando las nubes se amontonaban para darle el colorido gris tan conocido por ella.
—¿Las nubes de invierno? No sé —decía Mónica—. Ni siquiera he mirado el cielo desde que mi vida es de accionista o al menos desde que trabajo para ti. Helena, vivimos en Nueva York, aquí no ves más abajo ni más arriba de la altura de tus ojos y creo que ni siquiera hay nubes en invierno.
Su mirada se desvió con curiosidad hacia los enormes ventanales del corredor, intentando confirmar su propia respuesta. El reflejo de su propio edificio en los ventanales del edificio de enfrente, que era mucho más grande, fue lo único que alcanzaron a ver sus ojos: el mismo panorama de todos sus días, en cualquier estación del año.
—¿Ves? Sin nubes —aseguró Mónica.
—¡Claro que hay nubes y las nubes de invierno, siempre son diferentes! —dijo, con una felicidad que no se creía.
Sonreía por recordar el momento en que conoció a Lorena y le dejó la duda más grande de su vida. Saber cómo son las nubes de invierno se había convertido en su mayor inquietud. Deseaba entender por qué eran tan diferentes para ella. Se sentía extrañamente emocionada por su viaje a México, quizá allá encontraría la magia que no veía en su cielo.
Entró a una oficina, pero no a la suya, y gracias a ello se encontró con algo desagradable.
—¿Por qué no tocas a la puerta, Helena? —preguntó, acomodándose su ropa.
Jessica estaba en plan de seducción con uno de los empresarios de Canadá, justo con el que Helena había tenido las más difíciles discusiones después de que Lorena había intervenido. El hombre tenía una facha de ser el más nefasto de todo su grupo, pero ahora un rostro tosco lleno de vergüenza se dibujaba en un semblante duro y ruin que había conocido días atrás. No estaba seguro de invertir en el proyecto y sólo de un día para otro cambió de opinión; ahora sabía por qué dejó de poner tantas excusas. Lo miró, regalándole unos ojos vacíos, inexpresivos. No se distinguía algún tipo de sentimiento en su mirada, era fría y austera. Su cuerpo permaneció inerte junto a la puerta. Lo siguió mirando, quería saber lo que había en él, algo que valiera la pena, algún sentimiento, cualquiera, que le hiciera reaccionar y sacarlo a golpes o gritarle cuánto lo odiaba. No podía sentir enojo por él, ni por nadie, no podía sentir nada. Por primera vez se sintió alejada de ella misma. El hombre agachó la mirada, se puso el saco y salió de la oficina sin decir absolutamente nada.
Helena estaba helada, tal vez un poco incrédula, sabía que la engañaba y siempre tuvo la esperanza de jamás ver eso, ignorar la idea era lo mejor. Quería vivir engañada, no sabía por cuánto tiempo, pero quería vivir así un poco más, con una ilusión, sin llegar a más de eso.
—Puedes agradecerme después —dijo Jessica, con absoluto cinismo.
—¿Agradecerte?
—No tienes ningún inconveniente con tu proyecto, ¿cierto?
No tenía palabras para responder a algo así. Jessica miró a Mónica, que estaba como espectadora a unos pasos atrás de la puerta. Sus ojos estaban enfurecidos, inyectados de rabia, nunca lograron ser amigas y, ahora, mucho menos estarían en vías de intentarlo. No era asunto de ella; tenía que retirarse. Esperaba que Helena pudiera abrir los ojos y darse cuenta que no había amor en su relación, que tenía que salir de ahí, que el punto de quiebre lo sostenía ella nada más. Le envió la última mirada de odio a Jessica y pensó en retirarse. Pero, antes de dar la vuelta, escuchó a Helena decir con seguridad:
—Puedo hacerlo sin ti.
Sus palabras fueron más allá de su pregunta, más allá del proyecto o su trabajo en la empresa. Repitió la misma frase en su cabeza, convenciéndose de que era verdad y tenía que empezar a probarlo.
—Helena, no puedes hacer nada fuera de aquí y sin mí. No tienes carácter para actuar como se debe en un lugar así —decía—. Te hace falta experiencia para lograr las cosas de una manera más sencilla. Te hace falta malicia y tomar provecho de todo.
Mónica quiso entrar y agarrarla a golpes. Sus palabras eran absurdas y sin sentido. Cómo es que deseaba que una persona como Helena, que le entregó un amor sincero y leal, cambiara su manera de ver la vida con tal de sacar provecho y tener beneficios tan poco redituables a su vida, tan bajos de moral y dignidad. Sus puños se apretaron con rabia, podía entrar y recriminarle, mientras le soltaba un par de puñetazos, todo lo que Helena había hecho por ella, obligarla por lo menos a sentirse agradecida por un amor tan puro, uno que no merecía en absoluto. Pero la seguridad de Helena la volvió a detener.
—Sé que puedo sin ti. 
—¡Abuela! Sigo sin entender —interrumpió Andrea la historia que le contaban.
Miró hacia la puerta, esperando a que saliera su madre de casa y le dijera: «Tú nunca entiendes nada». Pero no, esta vez Patricia no apareció.
—Es el principio, hija —decía Helena, mirando el cielo con una bella sonrisa—. Ese mismo día, por la noche…
Jessica llegó al departamento, a pesar de que no le importaban sus sentimientos, se sentía un poco culpable por lo que Helena había visto en la mañana. Sabía que no era justo para ella. Se sentó sin ganas en el sofá, pensaba de qué manera componer su vida. Extrañaba lo que sentía antes, lo que podía sentir sin miedo alguno. No quería conectar su cabeza con su corazón, porque sabía que le dolería todo lo que dejó ir. Hizo sus pensamientos a un lado y miró a todas partes. La mesa de centro aún conservaba las velas a medio derretir, parecía que Helena las había dejado con intención de que Jessica las viera y se acordara de ella. El piso aún estaba tapizado con los cristales de las botellas de vino; hasta ese momento fue consciente de que no había regresado al departamento desde ese día. Parecía que el tiempo no había avanzado y que aguardaba para darle un final o para hacerle saber que el final había llegado, que se marcó justo el siguiente día de su aniversario. Intentó poner orden, pero qué más importaba. No podía solucionar algo tan insignificante, como el desorden de su departamento, cuando la magnificencia de sus acciones equivocadas había arruinado lo importante de sus sentimientos. Se hundió con más pesadez sobre el sofá. No había solución alguna. Su mirada vacía volvió a ser espectadora de una vida arruinada por todos sus errores.
Bajo las velas a medio derretir, se encontró una carta en un sobre blanco. «Helena», decía el exterior de la carta. Jessica la tomó y la jugó por unos segundos entre sus dedos. Miró otra vez todo a su al redor y parecía un poco oscuro. Nada tenía vida. Si Helena le pedía otra oportunidad, no estaba segura si tendría el valor de componer su vida o se sumergiría en la cobardía de seguirle haciendo daño hasta que su amor por ella se terminara. Pero nadie más le había dado un amor como lo era el suyo. ¿En qué momento permitió lastimarse y, sobre todo, lastimar a Helena?
 Fijó su vista en la carta y la abrió:
«¿Sabes? Hoy la soledad es otra. Es otra diferente…, sin ganas de aliviarla. Sin ganas de correr. Sin ganas de abrazar y desvanecer la soledad para siempre. No sé qué hay ahora en mí. ¿Por qué dices cosas que no cumples? ¡¿Por qué?! ¡No entiendo qué pasó! ¿Dónde quedó lo de antes? ¿Cuándo terminó todo? Si no te hago falta, dilo. No lo ocultes con palabras. A veces pienso que esas palabras no las sientes. No te importa nada. Son diez años…, y no te siento. No te encuentro. ¡No estás!
Ahora que las cosas son así…, quiero ser como antes. No sentir lo que siento a cada segundo, cada que dices algo y no logras cumplirlo. No sabes cuánto duele, duele esperarte… Pero en realidad es mi culpa. Es mi culpa por hacerme tan dependiente de ti, de tus palabras, de que estabas ahí. ¿Por qué ahora no? Puedo cansarme, ¿lo sabes? Algún día ya no estaré aquí. Puedo irme sin decir nada. Sé que puedo lograrlo… Y aun así, sigo, sigo aquí intentando no caer, intentado no volver a la oscuridad que me llama, a la que quisiera volver, estoy más segura allá, mi corazón no sufre… y sólo recuerda, pero nada le hace daño, porque ya está lastimado.
¿Algún día habrá algo que en realidad me haga feliz? Tal vez el día…, el día que puedas cumplir algo dicho; cuando pueda soportar estar aquí sabiendo que no vas a llegar. Algún día sabrás que es mejor el silencio, no hieres a nadie con tus palabras…, no lastimas a la persona que más quieres, y, además…, no te lastimas. Pero duele más cuando las escribes, cuando estás intentando con toda la fuerza de tu corazón no llorar. Cuando tus ojos se ponen rojos y arden, tu pecho duele y no puedes respirar, y tus manos no saben cómo acomodar todas las palabras que lastiman. Todas aquellas que pueden decirte lo mucho que te odian, sin terminar diciendo lo mucho que te aman. Eso es lo que hay…, sólo eso… ¿Habrá algo más en ti? No te entiendo…»
Jessica no podía explicarse lo que estaba leyendo, sentía un dolor muy vacío en su pecho: no sabía si en verdad le estaban doliendo sus palabras. Descansó un poco sus ojos, miró alrededor y se dio cuenta que todo se veía diferente. Se veía vacío y melancólico. Sintió un poco de frío y se metió a la recámara para sacar un abrigo de su closet. La ropa de Helena no estaba, miró a todos lados y no había nada de sus cosas. Se sentó sobre la cama. Estaba confundida e incrédula, Helena había encontrado una salida.
Siguió leyendo:
«Odio esperarte… ¡Odio verte y saber que te irás! Odio, odio cuando dices: «Me tengo que ir». Odio cuando llegas tan tarde a casa y tengo que callar mis celos porque sé que estuviste con alguien más. Odio no saber qué has hecho el día de hoy, de no saber por qué no llegaste a casa… y lo peor es que… ¡Odio amarte! ¡Me odio por enamorarme de ti! Y odio que a pesar de todo no pueda evitarlo…, que no pueda evitar sentir tanto amor por ti, tanta ternura con tus palabras y con tu voz. Que todo sea tan fácil cuando estás tú; que mi vida sea mucho mejor cuando estás conmigo; que la oscuridad que me llama no está y lo único que ven mis ojos… sea la luz de tu amor; la luz de amor que alguna vez me diste.
¿Sabes? Esta vez no quiero esperarte».
Con amor: Helena.
Jessica llegó molesta a la empresa donde trabajaban. Desde que Helena la había encontrado con uno de los inversionistas, no se había presentado a trabajar. Era la gerente de la empresa y tenía ciertos privilegios. Sus compañeros la miraron con recelo, la noticia se había esparcido lo suficiente como para considerar a Jessica una de las personas más nefastas. Sin decirles nada, entró a la oficina de Helena, trabajaban para ella, no le importaban sus opiniones.
Mónica la siguió, siendo la única persona con valor para afrontarla. La encontró revolviendo papeles del escritorio.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Necesito la información del proyecto de Helena.
—¡Es suficiente por ahora, Jessica! Será mejor que la dejes en paz —sugirió.
—¡Ella me necesita! —gritó.
—No. Helena se acostumbró a ti —se acercó desafiante, para hacerle ver la realidad de las cosas y decirle todo lo que tenía guardado para ella, pero lo redujo a una frase que sabía la devastaría para siempre—: Tú eres la que la necesita.
—Verás que Helena terminará por regresar conmigo —advirtió—. No puede estar sin mí.
—Déjala vivir su vida, Jessica —insistió Mónica—. Una vida que le quitaste hace mucho tiempo. No es justo que la ates a ti. La tuviste y despreciaste su amor por tonterías. Déjala ir.
Paró de buscar los papeles, sabía que fue su error y que sus decisiones la condujeron a perder el amor de Helena.
—Ella tiene que volver… —dijo Jessica.


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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.