I
—Es el proyecto que tenemos para que el sector
noroeste de la sierra de Chiapas sea una zona turística. La mejor que podrían
encontrar en toda la región… y posiblemente en todo México. Podríamos lograrlo
con facilidad, con su apoyo, por supuesto —aseguró en una sonrisa, para que los
inversionistas se convencieran de que el proyecto sería una muy buena inversión
a futuro.
La presentación se llevaba a cabo en el salón
principal de un lujoso hotel en Nueva York. Parecía una cena de gala; claro,
después de la junta lo sería si llegaban a firmar todos los inversionistas la
aprobación del proyecto. Las mesas estaban recubiertas por manteles blancos,
con el emblema de la empresa y algunas con las del hotel. Los centros de mesa
eran flores frescas, a las cuales nadie les prestaba ni el más mínimo interés. Los
ojos de hombres y mujeres presentes se centraban en Helena y en la imagen
proyectada de un lugar potente lleno de naturaleza: verde y pacífica. Había
tomas desde tierra y algunas desde el aire. Pasaban las diapositivas una y otra
vez. Era impresionante todo lo que podían ver. Sabían que la inversión tendría
que ser exagerada para lograr lo que se pretendía. Los permisos que se debían
pagar serían muchos y de gran cantidad. Empezaban a escucharse murmullos de
dudas. Helena se dio cuenta, ya esperaba algo así; el proyecto era sumamente
ambicioso. Miró a su asistente y le asintió con la cabeza. Las imágenes de la
inmensidad de los árboles estaban cambiando por lo que sería una de las zonas
más lujosas en la sierra de Chiapas. La animación no lo hacía ver tan
inalcanzable. En unos segundos todo se veía mejor, el proyecto estaba hecho.
Los ojos de los presentes empezaban a cambiar de brillo, su mirada se veía codiciosa.
Helena miró la misma imagen y continuó con una
sonrisa dibujada en su rostro:
—Sin duda será una excelente inversión. Chiapas se
convertirá en la mejor zona turística de México.
Hablaba el español perfectamente desde que era muy
joven. Vivía con una persona de origen latino, la mayoría en su trabajo venían
de países de habla hispana, siempre tenía que hablar en español. No tenía
raíces latinas, pero había algo que la orillaba a rodearse de personas así.
Incluso el idioma español no se le dificultó en nada. Antes de conocer a Jessica
lo hablaba perfectamente, por eso no le fue difícil enamorarla. Y de su
perfecto acento español lo necesitaba ahora, sería su mejor pasaporte de convencimiento.
Era en México donde se llevaría a cabo el proyecto, y creía prudente darles el
mayor peso a los inversionistas mexicanos, aunque la gran mayoría eran
canadienses y americanos. Había traductores siguiendo sus palabras mientras hablaba.
Sabía que los inversionistas podían estar bien enterados de lo que decía, lo
veía en las expresiones de su rostro.
—Chiapas será la mejor zona turística.
—¡Sí! —Se oyó una voz molesta entre los
espectadores—. ¡¿Y para que sea contaminada?!
—¿Perdón? —Helena se sintió incomoda y confundida,
no sabía exactamente de dónde provenía la voz.
Desde una de las primeras mesas se levantó una mujer
joven de escasos veintiocho años, su cabello castaño claro le llegaba un poco
abajo del hombro, y el brillo de sus ojos verde olivo, a Helena le parecieron
los más hermosos que había visto en su vida. Sus ojos tenían el fuego que hace
mucho se había apagado en los suyos. Las facciones de su rostro eran marcadas
por un carácter firme y una voz autoritaria. La mujer llegó hasta el estrado,
evitando a los guardias de seguridad que intentaron detenerla. Era un evento
importante, había inversionistas de Nueva York y Utah, invitados del Oeste de
Canadá y sobre todo de México.
—Usted ha vivido siempre en la ciudad, en la gran
ciudad de Nueva York —decía la joven de ojos verdes, con reclamo y arrogancia,
haciendo énfasis en sus palabras casi con repulsión—. No sabe lo que es la
naturaleza, contemplar lo maravilloso de la sierra, la tranquilidad que da…
—¿Puedo saber quién es usted? —preguntó Helena,
manteniendo la calma.
—¡La sierra de Chipas le pertenece a su gente! —Decía
ignorando la pregunta—. ¡Y no a la codicia de todos ustedes!
Hombres y mujeres, que entendieron sus palabras, se
sintieron completamente ofendidos. Las frases de desapruebo empezaron a
escucharse, algunos se levantaron en disposición de marcharse. Los guardias de seguridad
no hicieron el intento de acercarse y sacarla del salón de la recepción, ante
todo era una mujer y la respetaban.
—¡Las personas no necesitan algo como esto! —Señaló
la imagen proyectada— ¡Porque nunca será suyo! Trabajaran por una tierra que se
les será arrebatada.
—¿Quién es usted? —insistió Helena.
—Mi nombre es Lorena Vilard, soy médico desde hace
cinco años en la sierra de Chiapas, un lugar que ustedes pretenden convertir en
lo que no es.
Helena se sintió nerviosa y sin defensa, incapaz de
debatir algo tan obvio. No podía permitir que Lorena siguiera con su argumento,
no era una buena imagen para la empresa y mucho menos que los inversionistas
estuvieran presentes en la discusión.
—La junta se pospone hasta mañana, a la misma hora
—dijo Helena, nerviosa.
Tomó a la mujer del brazo, pero Lorena se soltó con
fuerza y se dirigió a los micrófonos una vez más.
—¡Nadie dejará que se construya un hotel en la
sierra de Chiapas! —gritó enérgica. Los inversionistas que estaban por
marcharse se detuvieron para escucharla—: Pueden ahorrarse su dinero o
desperdiciarlo en vano.
Lorena bajó del estrado para salir de la sala de
juntas, sin importarle la mirada atónita de Helena y mucho menos el
desconcierto de los inversionistas de México, por lo pronto había logrado su
objetivo. Rodeó la sala de juntas, imponiendo su carácter arrogante, como en
una cacería furtiva. Sintió las miradas de todos los presentes, casi tuvo la
necesidad de salir corriendo, pero no permitiría a su imagen decaer por un
momento de nerviosismo, a pesar de que sentía el estómago en la garganta, salió
con la mirada altiva.
—La junta se pospone hasta mañana, a la misma hora
—dijo Helena, para calmar los murmullos.
Bajó del estrado, evitando las miradas de sus jefes,
que no tenían ni la menor idea de lo que había pasado, esperaban una
explicación del incidente. Helena no quiso contestar ninguna de las preguntas
que escuchaba a su paso; risas nerviosas era lo único que obsequiaba. Fue un
tormento dejar al aire tantas preguntas, preguntas que ella también se hacía. Confundida
se acercó a Marco, uno de sus asistentes, y se lo llevó casi hasta la entrada
del salón de juntas.
—¿Por qué está aquí? —preguntó casi entre susurros.
Su asistente, un poco asustado y nervioso, revisó
las listas para ver si su nombre aparecía entre los invitados.
—Está registrada. Su nombre es Lorena Vilard, médico
de la sierra desde hace más de cinco años, estaba invitada porque aprobaba el
proyecto.
—Tú lo has dicho, lo aprobaba…, y parece que ahora
no —decía angustiada—. ¿En qué habitación la registraron?
Helena correspondía las miradas que pasaban junto a
ella y compartía las mismas sonrisas a medias, sin ánimo. Los inversionistas
estaban desconcertados, al punto de considerar el proyecto como un fracaso.
—Habitación dieciséis —volvió a revisar sus listas—.
Sí, la dieciséis.
—Trata de calmar a todos —decía Helena, mirando a
sus jefes—. Intentaré averiguar por qué cambió de decisión.
Helena se apresuró a llegar a la habitación. Tenía
que convencerla de que no podía hacer eso, millones de dólares se invertirían
en el proyecto y su nivel profesional aumentaría al conseguir la aprobación del
plan de estrategia por parte de los inversionistas. El proyecto era el
pasaporte de Helena para enviarla a otra empresa, en otro país y el boleto para
alejarla de la amargura de su vida. Necesitaba un escape, cualquier excusa. El
punto de quiebre no lo soportaba, no terminaba de desgajarse y arreglo no
tenía. La decisión definitiva era algo que no podía tomar.
Al pasar por una de las estancias del hotel se
encontró a Lorena, mirando con insistencia el cielo. Miró a todos lados sin
encontrar un respaldo, estaba sola, afrontando su mayor obstáculo, el único que
había sentido así en toda su carrera. Dio un suspiro hondo para calmar toda su
ansiedad. Se acercó a Lorena esperando poder convencerla de que dejara todo
como estaba y que tenía que dejarla seguir con su trabajo.
—¿Algún ovni? —preguntó bromeando.
—¿Las nubes siempre se ven así?
Helena la miró impresionada, dibujando una sonrisa
de incredulidad. Lorena no reaccionó como creía que lo haría. Esperaba un golpe
o palabras desagradables. Pensó que hablaría con la misma mujer de carácter
agresivo que se atrevió a retarla frente a inversionistas que juegan un papel
importante en su trabajo.
—No entiendo.
—¡Las nubes en el cielo! —Decía Lorena,
desesperada—. ¿Siempre se ven así?
Se acercó titubeante hacia Lorena y miró al cielo.
Estaba espeso con un manto de nubes grises siendo apenas las seis de la tarde,
parecía que una tormenta estaba a punto de llegar, sin embargo el cielo era
así. Las nubes estaban ahí, sin magia alguna…, como todos los días de su vida.
—Las nubes son nubes, siempre están igual —dijo.
—¡No es cierto! —Reclamó—. Las nubes son diferentes
en cada estación del año.
—Son nubes —aclaró, sin entender la postura de
Lorena por algo tan insignificante.
—Empieza el invierno…, las nubes de invierno siempre
son diferentes —insistió, como si hablara con alguien de todos los días.
Helena se quedó inmóvil sin entender a quién estaba
escuchando. Miró cuidadosamente su perfil, casi perfecto. Su semblante era
tranquilo, incapaz de albergar a una persona con un carácter tan explosivo como
se mostró en la sala de juntas. Hasta sus ojos verdes, que buscaban con
desesperación algo que no encontraría en el cielo de Nueva York, eran dulces.
Se preguntaba dónde estaba la mujer de hace un rato. No esperaba una
conversación tan extraña y tan natural al mismo tiempo. Podía continuar así
toda la noche si se lo pedía. Todo lo que había planeado se desmoronó con una
simple pregunta: ¿Las nubes siempre se ven así? Helena era muy metódica para
hacer las cosas. De camino a buscar a Lorena, su cabeza estuvo ideando el
argumento perfecto que diría para su defensa. Tenía hecha cada frase que iba a
utilizar. Su imaginación había hecho la escena perfecta: un debate de principios
y de logros a futuro para ambas partes. Si se lo proponía era la persona más
sutil y convincente del mundo. Todo lo tenía planeado, pero Lorena le había
cambiado toda la jugada.
Lorena dio el último vistazo al cielo con ojos de
decepción, dio la vuelta y se alejó sin decirle palabra alguna.
—¡Mi nombre es Helena Rusenberg! —gritó, cuando la
vio alejarse.
«¿Las nubes de invierno?» Se preguntó mirando el
cielo gris. Olvidó por completo lo que iba a decirle a Lorena y se quedó un
buen tiempo contemplando el cielo, que nunca lo había mirado tanto ni tan
detenidamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario