III
El reloj marcaba una hora diferente, mostrando un
cielo azul intenso y un poco más claro hacia el horizonte. Los escenarios
estaban colmados de distintos matices, entre el verde y el ocre de las hojas de
los árboles; lo húmedo de la tierra y la hojarasca estancada en los caminos. El
viento soplaba más fresco y limpio, yendo de manera sutil, incapaz de
desprender las hojas muertas de las ramas. Los pájaros se paseaban entre los
cielos, dejando escapar su suave cantico. La mañana era hermosa en la sierra de
Chiapas, un tanto mística por toda la nubosidad que la escondía. Lorena nunca
se imaginó lo que encontraría al abandonar por completo su vida en la ciudad; tan
diferente el ambiente de un lugar a otro. Se había encontrado un mundo distinto,
como poco lo imaginó: escenarios realmente hermosos en cada estación a lo largo
del año; situaciones riesgosas por las malas temporadas; y personas siempre
cambiantes. Por mucho tiempo recordó el sentimiento de incertidumbre que no
podía abandonarla mientras hacía los preparativos para su viaje; dejaría a sus
amigos y familia. Nunca dudó en marcharse hacia la sierra, sabía que era su
mejor decisión. No tenía la seguridad de nada, si las cosas iban a mejorar o a
empeorar, no lo sabía. Las personas con las que se cruzaría en su camino serían
totalmente distintas, con sentimientos inciertos. Jamás olvidaría el
recibimiento que obtuvo al llegar a la sierra. Se sintió como la nueva maestra
que daría clases a la única escuela o como el párroco de la iglesia, la cual
casi se caía a pedazos. Los habían recibido entre música y comida típica de la
región; todos los de la comunidad estuvieron presentes. No lo olvidaría, porque
por muchos días se sintió alejada de todos ellos, no podía hallar una empatía,
como siempre pensó que la tendría con las personas de Chiapas; hasta que un día
algunos niños de la sierra fueron a su consultorio, escondiéndose detrás de la
puerta, dejando ver sus ojitos traviesos y sus sonrisas tiernas. Lorena miró en
ellos la razón que la había guiado durante toda su carrera. Uno a uno entró a
su consultorio a saludarla; la más pequeña tenía tres años, acompañada de su
hermano de ocho, que la llevaba de la mano. Tenía frente a ella seis sonrisas
dulces e inocentes. Emergió en ella otra vez su propósito en la vida. En su rostro
volvió a dibujarse la sonrisa que la vida le había arrebatado injustamente. No
escapó de la ciudad para encontrarse a ella misma, ni para tener una razón más
para existir. Por mucho tiempo tuvo la idea de necesitar algo o de alguien para
vivir, pero después se dio cuenta que no dependía de nadie, solo del destino y
de una vida que la atrapaba y al mismo tiempo la dejaba ir sin razón.
—Colega, te lo advertí muchas veces…, esto no tiene
regreso. No hay una solución.
Lorena lo miraba del otro lado del escritorio viejo
con el que contaban en el hospital. Cruzó los brazos, esperando, queriendo por
un segundo, que los resultados de los análisis que habían llegado por la mañana
no fueran los de ella. Adrián pasaba las dos hojas por sus manos, quería
encontrar la más mínima esperanza, alguna salvación. Lorena miraba sin decir
nada, tal vez sin expresión alguna de angustia en su rostro. Era extraño
sentirse al otro lado de la mesa, ser el paciente en lugar del médico. Tenía
muchos años de no enfermarse, ni siquiera con un leve resfriado. Desde que
había entrado a la facultad de medicina, los medicamentos desaparecieron para
su cuerpo, hasta parecía como un contrato: ser médico para tener una salud para
siempre. La angustia se dibujaba con más fuerza en el rostro de Adrián. En
ninguna palabra podía encontrar una solución, todo estaba dicho y los
resultados no podían ser cambiados. Lorena se dio cuenta que era más fácil dar
las noticias que recibirlas y más cuando las noticias no eran tan buenas.
Adrián cerró el folder, sin darle la oportunidad a
Lorena de examinar los resultados. Se quedó pensativo, buscando alternativas,
quizá fuera del país. Intentó revisar los análisis una vez más, pero su propia
razón lo contuvo. No había oportunidad.
Fijó sus ojos en ella.
—Llevamos más de cinco años en Chiapas —decía
Adrián—. Lorena, desde que llegamos a la sierra estuviste expuesta a miles de
infecciones, tantos insectos extraños, con enfermedades aún más extrañas…,
sabías que…
—¿Cuánto tiempo?
—Eso no sabría decirlo con exactitud.
—¿El próximo invierno? —insistió Lorena, para saber
qué tanto le quedaba por sentir.
—Tal vez no, Lorena. Mira, algunos síntomas serán
temporales, pero la ceguera será permanente… y después… —Adrián, siendo su
amigo y sabiendo la fortaleza de carácter que tenía Lorena, no sabía cómo
decirle las cosas— Lorena, tienes que aprovechar esta vida, la luz del sol, lo
que más te gusta ver.
—Las nubes de invierno —decía con tristeza—. Un
último invierno.
Se levantó. Miró el folder con sus resultados.
Quería ver que tan avanzada estaba su enfermedad. Los resultados habían llegado
de urgencia desde la ciudad. No podían darle más tiempo. Sus amigos y colegas
se habían ofrecido a tratar al paciente en uno de los mejores hospitales de
México. Los análisis se habían enviado con el nombre de otra persona, sus
amigos no sabían que se trataba de Lorena. Se había alejado lo suficiente de
ellos como para siquiera considerar un favor, aunque sabía que lo tendría sin
que le pidieran nada a cambio. La razón del alejamiento de Lorena lo sabían muy
bien sus amigos y sus familiares. Nadie buscó sacarla de su escondite, porque a
pesar de que se había mostrado cobarde, estaba cumpliendo parte de sus sueños.
En sus primeros años en la sierra recibía visitas inesperadas de sus amigos,
visitas con las que no estaba mucho tiempo, poniendo como excusa el excesivo
trabajo que tenía. Y así poco a poco empezaron a dejarla sola, siendo lo mejor
para ella.
No tuvo la mayor intención de tomar el folder. No
quería saberlo. No quería saber cuántos días y horas tenía. Dio la vuelta y se
dirigió a la puerta de salida. Nada más que resignarse a lo que estaba escrito
era todo lo que quedaba.
—Tienes que volver a ordenar tu vida —insistía—. Tus
prioridades.
—Ya las tengo —respondió—, siempre las he tenido.
—Es tiempo de que regreses a casa, Lorena.
—Estoy en casa.
Miró el cielo. Sus padres hacía mucho que se habían
resignado a no verla más. Desde que salió de Morelia, cuando tenía dieciséis, hacia
la ciudad de México para estudiar medicina, su verdadera casa, con sus padres y
hermanos, dejó de tener importancia. Lorena hubo salido con lo poco que era
suyo, casi nada, una maleta con poca ropa fue lo único que la acompañó en su
viaje. Regresó muy pocas veces en vacaciones. Su padre siempre la cuestionaba
sobre sus decisiones en el amor. Podía ser la hija perfecta, siempre con
calificaciones altas en la escuela, una persona amable y cariñosa. Todo lo
podía tener para ser una buena hermana e hija, pero sus padres no toleraban sus
preferencias sexuales. Era lo único que, según sus padres, estaba mal en ella.
Fue uno de los motivos que la orillaron a salir de casa apenas tuvo
oportunidad. Quería a su familia, pero si no lograban aceptarla como era, no
podía seguir estancándose ahí. Dejó de tener contacto con ellos cuando empezó
su servicio social en la sierra de Chiapas, desde entonces las personas que
vivían en la ciudad también habían desaparecido, sus amigos sabían muy poco de
ella. Estaba tranquila y en paz con todo lo que había vivido en la sierra. No
sabía que dentro de su escapatoria del mundo encontraría la libertad para saber
cómo era en realidad. Suspiró un sinfín de veces. Tenía tantos recuerdos en su
cabeza, sus amigos de la facultad y los niños de la sierra, siempre regalándoles
sonrisas y paletas. Era extraño como la vida podía tener la libertad de arrebatarle
todo lo que quería. Hasta parecía que le tenía cierto odio o simplemente le
gustaba burlarse de Lorena, porque no encontraba nada que le hiciera rendirse,
por más obstáculos que le ponía. Esto también lo tomaba como un dulce reto, el
último, que sabía no ganaría, pero lo disfrutaría hasta el final.
No vería los cielos colmados de nubes, menos en
invierno. Volteó a ver a su amigo como si no pasara nada.
—También te voy a extrañar…
No hay comentarios:
Publicar un comentario