"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011





XII

Habían pasado varios días sin que Andrea le hablara a Natalia. Por las mañanas tomaba el teléfono y marcaba el número de su casa, pero siempre dejaba el último dígito sin marcar, por la tarde hacía lo mismo y por la noche lo volvía a intentar. Extrañaba mucho su voz. Nunca tuvo el valor de marcarlo completo, para después ser cobarde y colgar. Su valor y su cobardía chocaban tanto, el contraste de siempre. Los sueños de Natalia se interponían ante su amor, tenía que dejarla continuar con lo que quería.
Todos los días la miraba desde lejos, detrás del árbol que la esperaba incluso algunos días por las tardes: cuando llegaba para ver que Natalia saliera de la escuela. La miraba entrar y en ocasiones se quedaba el resto del día sentada a un lado del árbol, hasta que llegaba la hora de salida y así volverse a ocultar para mirarla. Ahora parecía que ese amor secreto le pertenecía a ella nada más, como si nunca hubiera tenido el valor de confesarle sus sentimientos. La admiraba desde la distancia y la amaba en la profundidad de su alma. El secreto de su corazón se había quedado ahí, para ella. Mirarla, simplemente con eso podía sentirse feliz. Dejaba en el recuerdo el sonido de su voz, el sabor de sus labios y el reflejo de sus ojos en los suyos. Su amor estaba por parecerse más a un sueño, a un delirio fraguado.
La hora de entrada se terminó y las puertas de la escuela se cerraron; ella no llegó. Se sintió triste por no verla. Cuánto tiempo podía aguantar de esa manera, cuántos días sin poder abrazarla y sin besarla. Tenía miedo, un inexplicable miedo al imaginar que no volverían a estar juntas aunque lo desearan tanto. Su mirada se fijó al suelo, sintiendo vergüenza por su cobardía, ocultando con más fuerza sus lágrimas, su debilidad al mundo, un mundo que no la miraba ahora, pero que estaba por no soportar sus ojos juzgándola por un sentimiento tan fuerte. Apretó sus puños sintiendo rabia por ella. ¿Por qué se sentía tan valiente cuando todo era un secreto? ¿Dónde estaba la fortaleza de su amor?
—¿A quién esperas? —se escuchó, detrás de ella.
Andrea se giró asustada.
—A ti —dijo, y agachó la cabeza.
—Te extrañé mucho, mucho —decía Natalia, levantando su rostro para que la mirara—. ¡No sabes cuánto, Andrea! Demasiado. Los días no tenían sentido…
—Perdóname —susurró.
—¿Por qué no permitirme estar contigo? ¿Por qué, Andrea? —Preguntó, con un poco de enojo en sus palabras—. ¿Por qué dejarme sola sin decir nada?
—Yo…, no quería… —Andrea no podía decir más, sentía un nudo en la garganta, quería llorar y no podía.
Natalia la miró con resentimiento, se sintió abandonada. Había ido varios días al parque por la mañana y por la tarde, la esperó por mucho tiempo, mas nunca se atrevió a ir a su casa. También se sintió cobarde al momento de tomar el teléfono y marcar. Después decidió aguardar el momento justo, cuando ya no soportaría estar sin ella. Tenía que decirle que los rumores jamás pararon y que ella no negó nunca nada. Se enfrentó sola a las tantas miradas de sus compañeros y a la indiferencia de sus profesores. Se sintió sola y abandonada por su mayor fortaleza: Andrea. Sabía que aunque lo merecía, no podía estar enojada, porque ése sentimiento era el que menos existía para con Andrea. Demostrarle su amor era lo único que deseaba, que no importaba el tiempo que la había dejado sola, la seguía amando con fuerza.
—¿Ves el salón que está ahí? —Preguntó Natalia, señalando el edificio de la escuela—. Te miraba todos los días.
—¿Sabías que estaba aquí?
Esbozó una sonrisa ligera, recordando el día que se dio cuenta de la presencia de Andrea frente a la escuela. Ese día se sentía triste, quizá también miserable por todo lo que no entendía. Necesitaba una señal, algo de donde volver a retomar la fuerza suficiente. Sus ojos se habían fijado al cielo, suplicantes; quería, que si había alguien que la escuchara en lo alto, le dijera que todo estaba bien, que sus sentimientos no eran equivocados o malos. Cerró los ojos, asegurando en sus palabras y en sus pensamientos, que sus sentimientos eran sinceros y puros. Con toda la fuerza de su corazón pedía una señal, quizá de aprobación, para continuar. Deseaba una respuesta a su suplica y cuando bajó su mirada, se encontró con el semblante dulce de Andrea, sentada frente a la escuela, con la mirada al piso. No pudo evitar la sonrisa en su rostro, ni lo cristalino de sus lágrimas asomándose entre sus pupilas, tuvo su respuesta, una señal que no esperaba. Había valido la pena soportar tantas miradas llenas de discriminación por parte de algunos compañeros por no negar su relación con Andrea; incluso aceptar el trato injusto que tuvo que hacer para permanecer en la escuela y no la expulsaran. Su amor lo valía. Miró al cielo, dando gracias a quien había escuchado su suplica y por tan dulce señal, por tan generosa aceptación. La única respuesta que necesitaba había llegado.
—Tu corazón te guía siempre a la persona que amas, Andrea —decía Natalia—. Me gustaba verte, no te hablaba porque pensaba que necesitabas espacio, pensar las cosas. Pero mírame…, no puedo estar sin ti. Tenía tantas ganas de estar contigo y mirarte a través de esa ventana no me servía de mucho.
—Yo también quería estar contigo… Quería estar contigo, Natalia —dijo avergonzada.
Natalia se acercó para besarla, pero Andrea retrocedió mirando hacia la escuela.
—¿Te importa? —preguntó.
—No quiero que te expulsen.
Sonrió de manera cínica, la agarró de la mano y la sacó de su escondite, es decir, del árbol que la ocultaba. Miró hacia la escuela y volvió a sonreír, con un atisbo de malicia, dando a entender que no le importaba si alguien las estaba mirando. Tomó el rostro de Andrea con sus manos y le dio un beso demasiado largo y profundo, sintiendo las ganas de aliviar tanta ausencia de tantos días. Sus labios, cómo los extrañaba. El calor de su cuerpo también fue diferente. Sintió recobrarse, llenarse de nuevo de vida, de amor. Natalia dejó de besarla y le guiñó el ojo, la sonrisa de su rostro se dibujó con más fuerza. Andrea estaba sorprendida, no podía creer lo que había hecho: la había besado a mitad de la calle y frente a la escuela sin importarle nada. Parecía que el valor que tenía Andrea se había quedado oculto para no dañarla, pero esta vez Natalia le demostró que no le tenía miedo a lo que pensaran los demás.
—¿Nos vamos? —preguntó Natalia.
Pasaron toda la tarde en el parque. Se sintieron como antes: con una libertad a medias y sin el temor a nada. Natalia jugaba con los sentimientos de Andrea, diciéndole que sería mejor hacerse expulsar de la escuela para que pudieran estar juntas todo el día. Era una idea loca, pero no la mejor. Andrea estaba segura que no era una buena opción, amaba demasiado a Natalia que quería lo mejor para ella y privarla de sus sueños no estaba en sus planes. Si tenía que dejarla para que pudiera cumplir con su deseo de ser la mejor novelista, estaba dispuesta a dejarla. Incluso desaparecería de su vida sin que se diera cuenta, preferiría mil veces su odio innecesario por su huida, a un odio justificado por ver sus sueños frustrados.
Estaban sentadas sobre el pasto marchito que había dejado una noche helada, el otoño estaba a días de terminar. Las dos miraban el cielo sin decir nada. Había pensamientos distintos en cada una de ellas. Sabían que las cosas no serían nada fáciles y que tenían que luchar más si querían permanecer juntas. Natalia pensaba en el día cuando se enteraron de su relación en la escuela. Ese día cuando expulsaron a Andrea, cuando la llamaron para hablar sobre su situación, para explicarle los motivos del porqué a ella no la expulsarían. Fue lo más absurdo que pudieron haberle dicho en toda su vida. No la expulsarían porque pensaban que si las mantenían lejos lo que sentían pronto desaparecería, que se darían cuenta que sólo era un juego inocente y que no podía ser real. Natalia lo aceptó porque sabía que eso nunca pasaría, lo sabía cada vez que miraba a Andrea desde la ventana y se preguntaba cómo podían pensar que el verdadero amor desaparecería. Pensó en el día de ayer, cuando llegó a casa y sintió todo extraño. Sabía que nada marchaba bien, sus padres y hermanos la estaban esperando para hablar.
—Mis padres lo saben. Saben de ti y de mí… Lo saben, Andrea —dijo sin pensarlo.
—¿Qué? —preguntó asustada. De inmediato pensó en una persona capaz de hacerlo—: Fue mi madre, ¿verdad?
Natalia la miró, nunca quiso que Andrea sintiera enfado con la persona que le dio la vida. Después de todo gracias a Patricia existía Andrea, así que la consideraba como parte fundamental de su vida y aunque no aceptaba su relación, sentía un gran cariño por ella.
—Habló con ellos ayer —Natalia se levantó y caminó un poco. Andrea trató de seguirla—. Mis padres dicen que…
Natalia se detuvo y Andrea hizo lo mismo pasos atrás. Natalia recordó la mirada de sus padres cuando les dijo que todo lo que decían en la escuela sobre ella y Andrea era verdad. Recordó la mirada de sus padres, los ojos fijos de sus hermanos en ella, llenos de asombro, de imposibilidad. En ningún momento paró sus palabras para decir la verdad, tampoco se justificó y no buscaba una aprobación. Quería lo que esperaba tener de ellos: aceptación.
Natalia miró el cielo y el viento empezó a mover las hojas de los árboles. Andrea estaba paralizada de miedo. La pausa en las palabras de Natalia sólo podían decir una cosa: que se la llevarían lejos, o que jamás las dejarían volverse a ver.  Dio la vuelta hacia a Andrea. La miró por segundos, esos segundos que se hacen eternos e insoportables, llenos de suposiciones. Las palabras de sus padres sonaban en su cabeza, nunca las olvidaría. No olvidaría el llanto que le provocaron sus hermanos por su reacción.
Se acercó más a ella y la tomó de las manos. Los ojos de Natalia guardaban un sentimiento que Andrea no podía interpretar.
—Natalia… —intentó decir Andrea, con unas ganas incontenibles de llorar al pensar lo peor.
—Mis padres dicen —continuó Natalia—, que si te amo… está bien.
Andrea no podía creer lo que había escuchado, las palabras sonaron como magia, una mera ilusión. Los padres de Natalia estaban de acuerdo con su relación. Tenía razón su abuela, el mundo debe creer en el amor de las personas, sin importar nada. Sus ojos se nublaron y su sonrisa aparecía y desaparecía. Le costaba tanto creerlo.
—¿Dijeron que está bien? —preguntó.
—Sí.
Natalia abrazó a Andrea porque se sentía feliz de que las cosas estaban tomando un buen rumbo. Pensó en decirle quién fue la persona que las delató en la escuela, pero no quería lastimarla más y tampoco quería que pensara que nunca tendría el apoyo de nadie en su familia. Natalia todavía no sabía con qué intensión lo había hecho, sólo esperaba entenderla muy pronto, porque de cierta forma sabía que no lo había hecho con mala intención.
—Todo está bien —murmuró Natalia.
Andrea sintió una paz inmensa en su corazón, los brazos de Natalia volvían a ser su mejor refugio, el lugar más cálido para soportar el peor de los inviernos.
Regresó a casa entrada la tarde. Se dio cuenta que Helena estaba donde siempre, donde le molestaba tanto encontrarla todos los inviernos, pero ahora no, ahora no sentía molestia. Le agradaba saber que su abuela también fue capaz de enamorarse y defender su amor. Se sentó a los pies de Helena para contemplar el cielo tardío. Se preguntaba hasta qué grado fue capaz de defender su amor.
—¿Dónde está Lorena? —preguntó un poco impaciente.
Su abuela la miró sonriente, pero su sonrisa guardaba un poco de melancolía. Sus ojos gastados intentaban ocultar algunas lágrimas que no se permitía derramar, quizá no había la suficiente razón. Recordar los días que pasó junto a Lorena, no le gustaba del todo aceptarlos, mucho menos recordarlos. Todo fue tan rápido para su corazón, que se confundió de una manera tan irreal y tan incomprensible para su cabeza. Pero había conocido el amor, sabía lo que era enamorarse y todo el riesgo que traía el dejarse llevar por el sentimiento.
—¿Por qué no te quedaste con Lorena? —insistió.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.