XII
Habían pasado
varios días sin que Andrea le hablara a Natalia. Por las mañanas tomaba el
teléfono y marcaba el número de su casa, pero siempre dejaba el último dígito
sin marcar, por la tarde hacía lo mismo y por la noche lo volvía a intentar.
Extrañaba mucho su voz. Nunca tuvo el valor de marcarlo completo, para después
ser cobarde y colgar. Su valor y su cobardía chocaban tanto, el contraste de
siempre. Los sueños de Natalia se interponían ante su amor, tenía que dejarla
continuar con lo que quería.
Todos los días
la miraba desde lejos, detrás del árbol que la esperaba incluso algunos días
por las tardes: cuando llegaba para ver que Natalia saliera de la escuela. La
miraba entrar y en ocasiones se quedaba el resto del día sentada a un lado del
árbol, hasta que llegaba la hora de salida y así volverse a ocultar para
mirarla. Ahora parecía que ese amor secreto le pertenecía a ella nada más, como
si nunca hubiera tenido el valor de confesarle sus sentimientos. La admiraba
desde la distancia y la amaba en la profundidad de su alma. El secreto de su
corazón se había quedado ahí, para ella. Mirarla, simplemente con eso podía
sentirse feliz. Dejaba en el recuerdo el sonido de su voz, el sabor de sus
labios y el reflejo de sus ojos en los suyos. Su amor estaba por parecerse más a
un sueño, a un delirio fraguado.
La hora de
entrada se terminó y las puertas de la escuela se cerraron; ella no llegó. Se
sintió triste por no verla. Cuánto tiempo podía aguantar de esa manera, cuántos
días sin poder abrazarla y sin besarla. Tenía miedo, un inexplicable miedo al
imaginar que no volverían a estar juntas aunque lo desearan tanto. Su mirada se
fijó al suelo, sintiendo vergüenza por su cobardía, ocultando con más fuerza
sus lágrimas, su debilidad al mundo, un mundo que no la miraba ahora, pero que
estaba por no soportar sus ojos juzgándola por un sentimiento tan fuerte.
Apretó sus puños sintiendo rabia por ella. ¿Por qué se sentía tan valiente
cuando todo era un secreto? ¿Dónde estaba la fortaleza de su amor?
—¿A quién
esperas? —se escuchó, detrás de ella.
Andrea se giró
asustada.
—A ti —dijo, y
agachó la cabeza.
—Te extrañé
mucho, mucho —decía Natalia, levantando su rostro para que la mirara—. ¡No
sabes cuánto, Andrea! Demasiado. Los días no tenían sentido…
—Perdóname
—susurró.
—¿Por qué no
permitirme estar contigo? ¿Por qué, Andrea? —Preguntó, con un poco de enojo en
sus palabras—. ¿Por qué dejarme sola sin decir nada?
—Yo…, no
quería… —Andrea no podía decir más, sentía un nudo en la garganta, quería
llorar y no podía.
Natalia la
miró con resentimiento, se sintió abandonada. Había ido varios días al parque
por la mañana y por la tarde, la esperó por mucho tiempo, mas nunca se atrevió
a ir a su casa. También se sintió cobarde al momento de tomar el teléfono y
marcar. Después decidió aguardar el momento justo, cuando ya no soportaría estar
sin ella. Tenía que decirle que los rumores jamás pararon y que ella no negó
nunca nada. Se enfrentó sola a las tantas miradas de sus compañeros y a la
indiferencia de sus profesores. Se sintió sola y abandonada por su mayor
fortaleza: Andrea. Sabía que aunque lo merecía, no podía estar enojada, porque
ése sentimiento era el que menos existía para con Andrea. Demostrarle su amor
era lo único que deseaba, que no importaba el tiempo que la había dejado sola, la
seguía amando con fuerza.
—¿Ves el salón
que está ahí? —Preguntó Natalia, señalando el edificio de la escuela—. Te
miraba todos los días.
—¿Sabías que
estaba aquí?
Esbozó una
sonrisa ligera, recordando el día que se dio cuenta de la presencia de Andrea
frente a la escuela. Ese día se sentía triste, quizá también miserable por todo
lo que no entendía. Necesitaba una señal, algo de donde volver a retomar la
fuerza suficiente. Sus ojos se habían fijado al cielo, suplicantes; quería, que
si había alguien que la escuchara en lo alto, le dijera que todo estaba bien,
que sus sentimientos no eran equivocados o malos. Cerró los ojos, asegurando en
sus palabras y en sus pensamientos, que sus sentimientos eran sinceros y puros.
Con toda la fuerza de su corazón pedía una señal, quizá de aprobación, para
continuar. Deseaba una respuesta a su suplica y cuando bajó su mirada, se
encontró con el semblante dulce de Andrea, sentada frente a la escuela, con la
mirada al piso. No pudo evitar la sonrisa en su rostro, ni lo cristalino de sus
lágrimas asomándose entre sus pupilas, tuvo su respuesta, una señal que no
esperaba. Había valido la pena soportar tantas miradas llenas de discriminación
por parte de algunos compañeros por no negar su relación con Andrea; incluso
aceptar el trato injusto que tuvo que hacer para permanecer en la escuela y no
la expulsaran. Su amor lo valía. Miró al cielo, dando gracias a quien había
escuchado su suplica y por tan dulce señal, por tan generosa aceptación. La
única respuesta que necesitaba había llegado.
—Tu corazón te
guía siempre a la persona que amas, Andrea —decía Natalia—. Me gustaba verte,
no te hablaba porque pensaba que necesitabas espacio, pensar las cosas. Pero
mírame…, no puedo estar sin ti. Tenía tantas ganas de estar contigo y mirarte a
través de esa ventana no me servía de mucho.
—Yo también
quería estar contigo… Quería estar contigo, Natalia —dijo avergonzada.
Natalia se
acercó para besarla, pero Andrea retrocedió mirando hacia la escuela.
—¿Te importa?
—preguntó.
—No quiero que
te expulsen.
Sonrió de
manera cínica, la agarró de la mano y la sacó de su escondite, es decir, del
árbol que la ocultaba. Miró hacia la escuela y volvió a sonreír, con un atisbo
de malicia, dando a entender que no le importaba si alguien las estaba mirando.
Tomó el rostro de Andrea con sus manos y le dio un beso demasiado largo y
profundo, sintiendo las ganas de aliviar tanta ausencia de tantos días. Sus
labios, cómo los extrañaba. El calor de su cuerpo también fue diferente. Sintió
recobrarse, llenarse de nuevo de vida, de amor. Natalia dejó de besarla y le
guiñó el ojo, la sonrisa de su rostro se dibujó con más fuerza. Andrea estaba
sorprendida, no podía creer lo que había hecho: la había besado a mitad de la
calle y frente a la escuela sin importarle nada. Parecía que el valor que tenía
Andrea se había quedado oculto para no dañarla, pero esta vez Natalia le
demostró que no le tenía miedo a lo que pensaran los demás.
—¿Nos vamos?
—preguntó Natalia.
Pasaron toda
la tarde en el parque. Se sintieron como antes: con una libertad a medias y sin
el temor a nada. Natalia jugaba con los sentimientos de Andrea, diciéndole que
sería mejor hacerse expulsar de la escuela para que pudieran estar juntas todo
el día. Era una idea loca, pero no la mejor. Andrea estaba segura que no era
una buena opción, amaba demasiado a Natalia que quería lo mejor para ella y
privarla de sus sueños no estaba en sus planes. Si tenía que dejarla para que
pudiera cumplir con su deseo de ser la mejor novelista, estaba dispuesta a dejarla.
Incluso desaparecería de su vida sin que se diera cuenta, preferiría mil veces
su odio innecesario por su huida, a un odio justificado por ver sus sueños
frustrados.
Estaban
sentadas sobre el pasto marchito que había dejado una noche helada, el otoño
estaba a días de terminar. Las dos miraban el cielo sin decir nada. Había pensamientos
distintos en cada una de ellas. Sabían que las cosas no serían nada fáciles y
que tenían que luchar más si querían permanecer juntas. Natalia pensaba en el
día cuando se enteraron de su relación en la escuela. Ese día cuando expulsaron
a Andrea, cuando la llamaron para hablar sobre su situación, para explicarle
los motivos del porqué a ella no la expulsarían. Fue lo más absurdo que
pudieron haberle dicho en toda su vida. No la expulsarían porque pensaban que
si las mantenían lejos lo que sentían pronto desaparecería, que se darían
cuenta que sólo era un juego inocente y que no podía ser real. Natalia lo
aceptó porque sabía que eso nunca pasaría, lo sabía cada vez que miraba a Andrea
desde la ventana y se preguntaba cómo podían pensar que el verdadero amor
desaparecería. Pensó en el día de ayer, cuando llegó a casa y sintió todo
extraño. Sabía que nada marchaba bien, sus padres y hermanos la estaban
esperando para hablar.
—Mis padres lo
saben. Saben de ti y de mí… Lo saben, Andrea —dijo sin pensarlo.
—¿Qué?
—preguntó asustada. De inmediato pensó en una persona capaz de hacerlo—: Fue mi
madre, ¿verdad?
Natalia la
miró, nunca quiso que Andrea sintiera enfado con la persona que le dio la vida.
Después de todo gracias a Patricia existía Andrea, así que la consideraba como
parte fundamental de su vida y aunque no aceptaba su relación, sentía un gran
cariño por ella.
—Habló con
ellos ayer —Natalia se levantó y caminó un poco. Andrea trató de seguirla—. Mis
padres dicen que…
Natalia se
detuvo y Andrea hizo lo mismo pasos atrás. Natalia recordó la mirada de sus
padres cuando les dijo que todo lo que decían en la escuela sobre ella y Andrea
era verdad. Recordó la mirada de sus padres, los ojos fijos de sus hermanos en
ella, llenos de asombro, de imposibilidad. En ningún momento paró sus palabras
para decir la verdad, tampoco se justificó y no buscaba una aprobación. Quería
lo que esperaba tener de ellos: aceptación.
Natalia miró
el cielo y el viento empezó a mover las hojas de los árboles. Andrea estaba
paralizada de miedo. La pausa en las palabras de Natalia sólo podían decir una
cosa: que se la llevarían lejos, o que jamás las dejarían volverse a ver. Dio la vuelta hacia a Andrea. La miró por
segundos, esos segundos que se hacen eternos e insoportables, llenos de
suposiciones. Las palabras de sus padres sonaban en su cabeza, nunca las
olvidaría. No olvidaría el llanto que le provocaron sus hermanos por su
reacción.
Se acercó más
a ella y la tomó de las manos. Los ojos de Natalia guardaban un sentimiento que
Andrea no podía interpretar.
—Natalia…
—intentó decir Andrea, con unas ganas incontenibles de llorar al pensar lo
peor.
—Mis padres
dicen —continuó Natalia—, que si te amo… está bien.
Andrea no
podía creer lo que había escuchado, las palabras sonaron como magia, una mera
ilusión. Los padres de Natalia estaban de acuerdo con su relación. Tenía razón
su abuela, el mundo debe creer en el amor de las personas, sin importar nada. Sus
ojos se nublaron y su sonrisa aparecía y desaparecía. Le costaba tanto creerlo.
—¿Dijeron que
está bien? —preguntó.
—Sí.
Natalia abrazó
a Andrea porque se sentía feliz de que las cosas estaban tomando un buen rumbo.
Pensó en decirle quién fue la persona que las delató en la escuela, pero no
quería lastimarla más y tampoco quería que pensara que nunca tendría el apoyo
de nadie en su familia. Natalia todavía no sabía con qué intensión lo había
hecho, sólo esperaba entenderla muy pronto, porque de cierta forma sabía que no
lo había hecho con mala intención.
—Todo está
bien —murmuró Natalia.
Andrea sintió
una paz inmensa en su corazón, los brazos de Natalia volvían a ser su mejor
refugio, el lugar más cálido para soportar el peor de los inviernos.
Regresó a casa
entrada la tarde. Se dio cuenta que Helena estaba donde siempre, donde le
molestaba tanto encontrarla todos los inviernos, pero ahora no, ahora no sentía
molestia. Le agradaba saber que su abuela también fue capaz de enamorarse y
defender su amor. Se sentó a los pies de Helena para contemplar el cielo tardío.
Se preguntaba hasta qué grado fue capaz de defender su amor.
—¿Dónde está
Lorena? —preguntó un poco impaciente.
Su abuela la
miró sonriente, pero su sonrisa guardaba un poco de melancolía. Sus ojos
gastados intentaban ocultar algunas lágrimas que no se permitía derramar, quizá
no había la suficiente razón. Recordar los días que pasó junto a Lorena, no le
gustaba del todo aceptarlos, mucho menos recordarlos. Todo fue tan rápido para
su corazón, que se confundió de una manera tan irreal y tan incomprensible para
su cabeza. Pero había conocido el amor, sabía lo que era enamorarse y todo el
riesgo que traía el dejarse llevar por el sentimiento.
—¿Por qué no
te quedaste con Lorena? —insistió.
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