"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011




I



—¿Dónde está el aire acondicionado? —Preguntó Helena, temblando de frío—. ¡Nos vamos a congelar aquí!

Los ingenieros la miraron con temor, pero ninguno se atrevió a responderle, cada uno luchaba desde su rincón con el propio tiritar de su cuerpo, además que no conseguirían articular palabra alguna, sus mandíbulas estaban contraídas por tanto frío. Las mantas que consiguieron con los pobladores no fueron suficientes para nadie. El lugar que habitaban parecía un congelador enorme, el cemento hasta parecía escarchado por dentro.

Helena se veía tan molesta, que parecía no sólo estar inconforme por el frío que invadía cada parte de su ser. Balbuceaba palabras que ni ella llegaba a entender. Frotaba sus brazos para darles calor, sus pies estaban por entumirse entre sus botas de piel y la nariz nunca la había tenido tan roja y fría. Los inviernos que pasaba en Nueva York no se comparaban en nada con el frío que estaba sintiendo, tal vez porque tenía el abrigo necesario. Tomó una frazada para cubrirse, pero era insuficiente. Estuvo tentada a salir por leña y prender fuego adentro, preferiría mil veces morir de intoxicación que congelada. Sopló sus manos, los dedos no los podía sentir. Estaba a minutos de entrar en pánico, mucho antes de la hipotermia. Escuchó el viento cada vez más arreciado afuera, colisionando con las paredes frías, intentando entrar por las ventanas, silbando cada vez más fuerte. Se preguntó qué temperatura se podía esperar por la madrugada. No creyó que el clima en la sierra de Chiapas sería tan intenso en invierno, siempre imaginó una temperatura cálida y agradable. El frío era húmedo, estacionándose en cada fibra de su piel, hasta parecía que le dolía; era menos soportable que el frío seco al que estaba acostumbrada en Nueva York. No sería suficiente abrigarse con todo lo que tenía a su disposición, su cuerpo se contraía cada vez más.

—Moriremos de hipotermia —se escuchó su voz.

Los ojos temerosos de sus compañeros se desviaron de su semblante y otros, más inteligentes, se cerraron aparentando que dormían. Desde la mañana que había hablado con Lorena parecía renuente con todos los demás. A partir de entonces las horas se le hicieron largas, cada minuto transcurrido le molestaba y se ponía insoportable.

Helena y los inversionistas se habían alejado de la sierra para buscar un poco de comida, para después tratar los últimos detalles y tomar sus vuelos de regreso. Los ingenieros y Helena regresaron lo más cerca de la zona del proyecto, sería su nuevo hogar por algunos meses. No se dieron cuenta que ni siquiera se tomaron la molestia de construir algo más cómodo para su estancia en la sierra, para soportar la inclemencia del frío invierno.

Su cuerpo se aprisionaba con la frazada, imposibilitando un movimiento más fluido. Hacía demasiado frío que no le importaba, le dolían los brazos y la espalda. Caminaba por el lugar examinándolo, difícilmente su mirada se despegaba del piso en cada paso que daba. Temía porque fuera a pisar cualquier insecto con algún veneno letal. Quizás había elegido el peor lugar del mundo, tan alejado de su realidad. Estaba acostumbrada a las comodidades y lujos; extrañaba todo lo que había dejado en Nueva York. En la sierran no había nada más cómodo a kilómetros, les sería difícil ir y venir todos los días si se hospedaban en el lugar que habían encontrado como a tres horas de distancia. El proyecto era sumamente ambicioso, si todo salía mal sería el peor fracaso de su compañía. Se perdería la más grande inversión que había conseguido en muchos años de su carrera. Después de la construcción tendría que venir todo el asunto publicitario: vender Chiapas como la mejor zona turística; y sobre todo el lugar donde se establecería el hotel más lujoso de la región. Era un asunto que a Helena no le concernía, pero le preocupaba más que a nadie. Estaba consciente de las desventajas que tendrían. El asunto del recorrido hacia la sierra, la carretera poco accesible sería un gran problema; si el hotel no llegaba a cumplir con todas las expectativas, sería un fracaso y quedaría en el olvido; y si todo salía bien, los turistas podrían tomarlo como un reto para tomar las mejores vacaciones de su vida, en un lugar parecido al cielo. Así lo planeaba Helena: publicitar el hotel como si fuera el paraíso, que hasta la más mínima adversidad valdría la pena tomarla. Pero ahora pensaba más en el calor del infierno.

—Hace tanto frío —se quejó.

Helena, los inversionistas y parte de los trabajadores se encontraban en el lugar. Unas hamacas en malas condiciones y camastros viejos eran sus dormitorios. El cuarto donde estaban era estrecho, pero enorme a lo largo y sin más muebles que unas cuantas sillas de madera. Había una lámpara en el techo que no alumbraba mucho, dándole así un aspecto lúgubre y acabado al lugar. La habitación tenía los vidrios rotos de casi todas las ventanas. Había hendiduras en la puerta donde se colaba aún más el frío y la oscuridad. Decidieron quedarse ahí, no había nada mejor que eso en el pueblo. Se escuchaba el chirrido molesto que hacían las hamacas al mecerse, ni siquiera lo hacían al compás. Afuera se escuchaba el viento meciendo las ramas de los árboles, golpeando las estructuras de las casas y a lo lejos los perros ladraban. Los sonidos adentro se hacían más fuertes. Se escuchaban las respiraciones afanosas, los ronquidos de los que dormían y los murmullos de los que aún buscaban conciliar el sueño. Su desesperación aumento más. Miró la única lámpara que alumbraba el cuarto, parecía atacada por los insectos que buscaban calor.

—¿Por qué hay tantos insectos en este lugar? —Insistía Helena, con su inconformismo ante la naturaleza—. No es normal que existan tantos insectos y que haga tanto frío.

—Casi es invierno —murmuró un hombre, un tanto adormilado desde el fondo—, todos buscan un poco de calor.

No le pareció agradable el comentario tan gentil del hombre. Helena no estaba acostumbrada a compartir su espacio y mucho menos lo que creía era suyo para sobrevivir. En su departamento, en Nueva York, y antes de Jessica, lo único viviente era ella, no había alguna planta y mucho menos una mascota; era egoísta con su espacio vital, además que su trabajo no le permitía el tiempo para ocuparse de otro ser viviente.

Siguió quejándose por otros minutos más, se acercó a la puerta para cerrarla; los insectos parecían multiplicarse y no soportaba el tiritar de su cuerpo por el frío, pero unas manos le impidieron cerrarla por completo.

—Bienvenida a la vida, señorita Rusenberg —dijo.

Lorena entró de largo sin mirarla siquiera por un momento. Su rostro, altivo como siempre, no perdió la firmeza de sus facciones. Sus ojos indiferentes hacia Helena jamás perdieron su rumbo. Así era Lorena: carácter soberbio, posesivo, orgulloso y celoso; era autoritaria, siempre mantenía las cosas bajo control, bajo su control. Desde que llegaron de servicio a la sierra de Chiapas, muy pocas veces se enfrentaron a alguna epidemia, todo lo mantenían al margen. Fueron considerados como los mejores médicos de la región, pero a Lorena le querían de sobra. Todos los pobladores la respetaban como a ningún otro, incluso podría tener más autoridad que el propio presidente del pueblo en la mayoría de las decisiones. El servicio médico en la sierra alcanzó un desarrollo impresionante desde su llegada.

—Así es la realidad —dijo Lorena.

Sus palabras eran muy frías, de tono seco y amargo. Helena se sintió peor con escucharlas, sabía que iban dirigidas especialmente a ella. Dejó caer al piso la frazada que enredaba su cuerpo, en un segundo sus brazos perdieron la fuerza. Quería que el viento frío, que entraba por la puerta que no alcanzó a cerrar, le terminara de congelar el alma. Se había metido en el territorio equivocado. No lo había hecho con la intención de dañar a nadie, su cabeza había actuado inconscientemente para verla otra vez; pudo tomar algún otro proyecto, no tan ambicioso, pero sí con la seguridad de que todo saldría bien. Los inversionistas no estuvieron tan seguros desde la intervención de Lorena, todo estaba por venirse abajo. Helena tuvo que hacer mejoras a favor de las ganancias de los empresarios, forzó las cosas para que pasaran. Nunca pensó haber tomado el camino equivocado para acercarse a Lorena. No estaba realmente consciente de que en un tiempo le arrebataría su hogar, ni siquiera lo tomó en cuenta. No podía coordinar palabra alguna en su cabeza, su corazón se aceleraba y se detenía sin dejar pasar el momento tan extraño que estaba viviendo.

Se sentía indefensa. El frío dejó de sentirlo.

La miró alejarse más de ella.

Lorena traía consigo un maletín con los medicamentos necesarios. Con ella venía Adrián, que siempre conservaba una sonrisa de amabilidad y serenidad en su rostro. También era muy respetado por los hombres del pueblo. Era menos altivo que Lorena, de carácter generoso y juguetón. Había dejado cualquier otra posibilidad de crecer en el terreno de la medicina, igual que Lorena, sólo había estudiado la carrera. No sabía claramente por qué lo había hecho así. Tenía todas las posibilidades de regresar a la ciudad después de terminar su servicio, hacer una especialidad o trabajar en los mejores hospitales, tuvo muchas propuestas para hacerlo. También creía que su vida estaba ahí, como un deber que debía cumplir con honor. Adrián no huía de nada como lo hacía Lorena, pero se había quedado esperando que ella decidiera afrontar su vida lejos de Chiapas.

Nunca lo consiguió.

—Buenas noches a todos —saludó Adrián, con una voz tranquila y menos desinteresada que la de Lorena.

Helena se quedó junto a la puerta sin responder a nada, a ninguno de los dos saludos. No había visto a Lorena con su bata blanca de médico, pero por debajo con la vestidura más humilde; la hacía verse una mujer madura y con una gran elegancia dócil. Se veía muy diferente a la mujer que conoció en Nueva York. Incluso se veía más intimidante, no porque poseyera un rostro frío y altivo, sino porque se veía que cualquier debate, de cualquier tema, lo sacaría a flote con suma inteligencia. Adrián se quedó detrás, mirando la expresión en el rostro de Helena, le causaba gracia cuando la belleza de Lorena tenía un efecto casi hipnótico en cualquier persona y más de aquellos que venían del exterior. Lorena también había dejado pasar oportunidades que le ofrecían del extranjero, con pagos sumamente exagerados, pero por nada del mundo estaba dispuesta a dejar la sierra de Chiapas.

—Tenemos que aplicarles algunas inyecciones —decía Adrián, haciendo a un lado a la impresionada Helena—. Así podemos protegerlos contra algunas enfermedades, la sierra no es un lugar seguro para ustedes que vienen de tan lejos.

—Sí —reafirmó Lorena, preparando los medicamentos—. No queremos basura de ciudad, si es que alguien muere —miró a Helena fríamente.

Lorena sabía que no todos entendían el español, así que le preocupó en lo más mínimo hacer el comentario y mucho menos tomó en cuenta lo que podrían pensar los inversionistas de México, de hecho les regaló una sonrisa cínica. Sabía que cualquier queja de ellos no iba a perjudicar su trabajo, a menos que llegaran a oídos de la Secretaria de Salud, pero sabía que eso no pasaría nunca. Se alejó con el maletín y empezó con los trabajadores. Hubo algunos hombres a los que conocía bien, a ellos no les aplicó medicamento —su cuerpo estaba mejor capacitado—, pero sí los reprendió por largo rato por sus decisiones equivocadas. No recibió más que sonrisas avergonzadas, su excusa era la necesidad de trabajo y, sobre todo, dinero.

Helena la seguía con la mirada. Había una extraña sensación al contemplarla, de ver como sonreía con un poco de molestia y fastidio. Le causó ternura ver cómo intentaba comunicarse con los ingenieros. Lorena, cuando se dedicaba a su labor de médico, su actitud cambiaba: era amable y mostraba un carácter menos altivo. Siempre salía su espíritu de ayuda a las personas que la necesitaban. Era médico porque le había gustado desde pequeña, era su vocación. Y ni siquiera personas así la alejarían de su deber.

La siguió mirando, sintiéndose más insegura e indefensa. No podía imaginar siquiera lo que haría al momento que se acercara a ella; pero Lorena actuaba como si Helena no existiera en la habitación, como si estuvieran en dos mundos diferentes. No podía creer que la tuviera tan cerca, a unos pasos, y parecía que seguían tan lejos como hace unos días. Sus ojos ni quiera se encontraban por segundos, sus palabras no estaban dirigidas a ella y sus sonrisas, cínicas, no existían. Estaban en el mismo espacio, a segundos, y todo parecía que lo estaba viendo desde otro lugar. La habitación se hizo más oscura y fría. Helena cerró por un momento los ojos, creyó que sólo estaba teniendo un sueño amargo. Cuando volvió a abrirlos la escena seguía igual. Quiso escaparse con el viento que entraba y salía por la puerta, pero tampoco encontró voluntad para hacerlo. Suspiró, sintiendo su pecho cada vez más contraído.

—¡Vamos, no va a doler! No hay que ser tan temeroso —dijo Lorena, a un ingeniero que no quería descubrirse el brazo para aplicarle la inyección.

La mayoría hablaban muy poco el español, algunos otros no entendían ni siquiera los gestos y eso complicaba mucho las cosas. Lorena tenía que ingeniársela para comunicarse con ellos y así pudiera aplicarles el medicamento. Sacó una paleta de su bolsa, se la enseñó al ingeniero y la jugueteó entre sus dedos. Después, haciendo una ligera sonrisa, le quitó la envoltura y se la llevó a la boca.

—Si te dejas y no lloras, te daré una paleta —dijo, con una simpatía que no sentía en verdad.

El ingeniero entendió sus gestos, quería su recompensa. Sonrió y estiró el brazo cerrando los ojos, así evitaba mirar como la aguja se introducía en su piel. Lorena le aplicó la inyección, con toda la alevosía y ventaja para que le doliera, una sutil venganza. Notó el color de su rostro pálido tornarse a rojo, le había dolido como lo esperaba. Sacó otra paleta, le quitó la envoltura y se la regaló, simulando una sonrisa como si se la estuviera dando a un niño que se ha portado con gran valentía.

Se acercó a Adrián, sacó la paleta de su boca y suspiró con desagrado.

—¿Todo bien? —preguntó Adrián.

—Estos hombres están peor que los niños de la región —dijo, sin dejar de degustar el sabor de su paleta otra vez, sabiendo que nadie podía evadir el sabor dulce, y que siempre era su mejor arma para convencer a pequeños cobardes.

—Pues hay una niña que desea la atiendas —señaló con la mirada a Helena, que no dejaba de observar a Lorena y al verse descubierta tuvo que desviar su mirada—. Encárgate de ellos y yo seguiré con los trabajadores —sugirió.

Lorena tomó aire con enfado y desesperación. Sacó la paleta de su boca y volvió a meterla, por ahora era lo más dulce que podía sentir en ese momento. Caminó hasta el otro extremo de la habitación, donde estaba Helena y las personas más importantes. Atendió a los inversionistas mexicanos, que se habían quedado y se marcharían en unas semanas. Los miró con un poco de enojo, aunque por educación no lo demostraba y había siempre una sonrisa en su rostro. Como buena médico, no podía dejar de preocuparse por su salud. Algunos intentaban hablarle para empezar a ganarse su amistad y confianza, le hacían comentarios sobre sus manos suaves y tibias, y que su sonrisa era muy hermosa. Lorena sonreía forzadamente con la paleta entre su boca, no pensó en retirársela, así evitaba decir cualquier palabra de mal gusto hacia sus pacientes, por los cuales sentía un poco de enojo y resentimiento. Sus rostros estaban marcados de ambición y cinismo, sabía que sus intenciones nunca habían sido para la prosperidad de la sierra y mucho menos para el beneficio de sus pobladores, lo único que les ocupaba eran sus bolsillos.

Helena seguía nerviosa. Se alejó de la puerta, no la ocuparía como un escape, estaba ahí, tenía que luchar toda la batalla. Se sentó en una de las camas viejas y llenas de polvo, empezó a toser; miraba a todos lados para ver si no se había sentado en algún bicho del lugar. Le causaba una gran repulsión cualquier insecto, no sabía muy bien si sobreviviría en la sierra y a todo lo que había ahí. No recordaba si de pequeña había jugado con la tierra del jardín, ni siquiera recordaba si tenían un jardín. Las estancias de su departamento estaban llenas de plantas verdes, pero un día se dio cuenta que eran artificiales. Jamás había estado tan cerca de la naturaleza como en esta ocasión.

Toda su observación la interrumpió una voz, diciendo de la manera más dulce y fría al mismo tiempo:

—Brazo izquierdo descubierto…, señorita Rusenberg.

Tragó saliva con desesperación, y en un segundo se le secó la boca. No hizo más que obedecer la orden de la voz más fría que había escuchado de ella. Helena se quitó el abrigo sin atreverse a mirarla siquiera a los ojos. Los segundos se pasaron más lentos, a pesar de que intentaba hacerlo lo más rápido posible. Lorena tragaba el sabor dulce de su paleta con desesperación y angustia. Mientras preparaba la inyección, sentía que el sabor le revolvía el estómago en una sensación de pesadez, y sentía que algo revoloteaba en su interior, peor que mariposas. No podía creer que después de tanto tiempo de hacer lo mismo, justo ahora sintiera tantos nervios. Lorena aplicó la inyección lo más rápido que pudieron sus alteradas manos, la aguja entró y salió en menos de tres segundos. Terminó de guardar la basura en su lugar y dio la vuelta para evitar la sensación de angustia que tenía.

—No lloré.

Lorena la miró extrañada.

—Quiero mi paleta —pidió Helena.

—Lo siento, no tengo más.

Respondió con frialdad, no quería que se burlara de ella, y sus palabras habían sonado así.

—Quiero la paleta que tienes ahí —señaló con su dedo la boca de Lorena. No lo hizo hacia ningún otro lado, ni con disimulo, señaló directamente a sus labios.

La cara de Lorena se tensó, como si estuviera espantada por lo que dijo.

—¡Adrián! —Gritó, sin dejar de observar a Helena—. ¡Tenemos que irnos!

Adrián se acercó lo más que pudo a Lorena para que reaccionara, estaba inmóvil y no dejaba de ver a Helena con miedo en sus ojos.

—Buenas noches, señorita Rusenberg —dijo, dio la vuelta y salió.

Helena no podía creer simplemente lo que hacía y lo que decía. Era como una extraña magia lo que estaba sintiendo. La alejaba de toda realidad y no la dejaba actuar con razón. Tenía miedo, miedo desde el primer día que la vio y de cierta forma le hizo cambiar su vida, dejar todo lo que le hacía daño. No conocía de ella más que su carácter frío y su extraña admiración por las nubes de invierno. No sabía nada de Lorena más que el tiempo que llevaba como médico en la sierra de Chiapas. Sentía que había algo más que le pertenecía de ella, no que fuera suyo, sino que parte de lo que llegaría a ser le pertenecía a Lorena, desde siempre.

Después de un tiempo de pensar en lo que estaba sintiendo y no entendiendo del todo su comportamiento, sabía que necesitaba una respuesta, pero no sabía dónde encontrarla. No sabía quién se la daría o por qué tenía que encontrarla justamente en la sierra. Estaba confundida, y de eso sí estaba lo bastante segura.

—¿Usted sabe dónde puedo usar un teléfono? —le preguntó a un hombre del pueblo; habían contratado a gente de la sierra para que las cosas fueran un poco más fáciles.

—Hay un teléfono en el pueblo… Está en la plaza, a diez calles de aquí, subiendo por la colina, señorita.

—Gracias.

Helena se abrigó lo más que pudo para salir. Miró a todos lados intentando encontrar algo: un atisbo de luz en la oscuridad que tenía tan dentro. Esperaba a que la detuvieran para que no hiciera lo que pensaba hacer, pero la respuesta no la encontró en nadie. Su asistente y amigo, Marco, estaba por completo dormido, parecía que el frío no le hacía ni cosquillas. No podía encontrar en él un tope a sus pensamientos, al deseo que no podía frenar con voluntad propia. Salió del cuarto preguntándose qué era lo que en verdad estaba buscando, qué quería para ella.

El camino estaba muy estrecho entre las casas. Los inmensos árboles daban un ambiente pacífico, pero el ambiente no lo conocía Helena, le parecía inseguro y temía porque en cualquier momento salieran a agredirla. Los perros ladraban en los patios de las casas, primero fue uno, con un ladrido temeroso, y mientras sus pasos seguían avanzando, se unieron más ladridos a todo lo largo de la calle, después en toda la cuadra. Pudo haber despertado a todo el pueblo, definitivamente era una extraña. Todo estaba oscuro, la única luz que recibía se filtraba de las pequeñas casas. La inmensidad de los árboles no permitía la entrada de la luz de las estrellas. Siguió caminando más lento y callado, para que ni los perros notaran su presencia. Entre tantas calles oscuras encontró la plaza, un lugar no muy grande: tenía árboles pequeños y unas bancas al centro. Las lámparas que alumbraban daban muy poca luz al lugar. Helena caminó sintiéndose cada vez más sola. El frío que le rozaba el rostro llegó a sentirlo como pequeñas navajas cortando su piel, su cuerpo estaba entumido. Llegó al teléfono que estaba justo en el centro de la plaza. Sacó unas monedas de su bolsillo derecho y recordó la mirada tensa de Lorena cuando le pidió la paleta que estaba en su boca. Necesitaba saber si en realidad estaba bien que permaneciera allí.

Tomó el teléfono y se quedó mirando los números desgastados. Temblaba por el frío y por la soledad que sentía. Estaba segura que su pasado era peor que todo lo que estaba pasando ahora. Su cuerpo temblaba de frío, pero no tanto como temblaba su alma a lado de la frialdad de Jessica. Pero por qué no podía evitarlo, por qué no podía dejarla para siempre. Después de un tiempo, donde no encontró el valor para no hacerlo, marcó un número.

—Yes… —dijo la voz detrás del teléfono.

Helena quedó muda ante eso, al no sentir nada al escucharla, cuando antes su voz le provocaba una felicidad que sentía inexplicable. A pesar del tiempo en que había vivido su indiferencia, escuchar su voz la hacía soportar un poco más. ¿Qué pasaba esta vez en su corazón? Necesitaba siquiera escuchar su voz, y a pesar de ello se sentía vacía.

—Helena…, sé que eres tú, contesta… ¡Helena, por favor, contesta! ¡Contesta! —gritó.

Colgó el teléfono y lloró con desesperación. ¿Qué era lo que sentía por ella? ¿Era amor en verdad? ¿Necesitaba sentir que alguien estaba a su lado? No tenía nada claro en su cabeza, más que el sentimiento de temor. No podía ser cobarde, había tomado la decisión de llegar a la sierra para encontrarla. A eso no podía llamarle cobardía, pero si estaba llena de dudas y miedos. Esperaba encontrar algo diferente en el camino que Lorena le mostró. Quería un poco de tranquilidad y luz.

Había una densa bruma en la sierra, la altura de los árboles no se veía con claridad y parecía que poco a poco la neblina iba bajando más. Decidió regresar lo más cerca de la casa que habitaban. Se quedó afuera, pensando, sin tener ningún pensamiento nítido. Miró al cielo, en busca de claridad a su mente. La neblina dejaba ver muy poco el cielo nocturno y, aun así, se dio cuenta que tenía las estrellas más hermosas que había visto en su vida. Las sentía tan cerca que pensó que si estiraba un poco la mano, alcanzaría un par de ellas para ayudarle a iluminar su alma.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.