I
—¿Dónde está el aire acondicionado? —Preguntó Helena,
temblando de frío—. ¡Nos vamos a congelar aquí!
Los ingenieros la miraron con temor, pero ninguno se
atrevió a responderle, cada uno luchaba desde su rincón con el propio tiritar
de su cuerpo, además que no conseguirían articular palabra alguna, sus
mandíbulas estaban contraídas por tanto frío. Las mantas que consiguieron con
los pobladores no fueron suficientes para nadie. El lugar que habitaban parecía
un congelador enorme, el cemento hasta parecía escarchado por dentro.
Helena se veía tan molesta, que parecía no sólo
estar inconforme por el frío que invadía cada parte de su ser. Balbuceaba
palabras que ni ella llegaba a entender. Frotaba sus brazos para darles calor,
sus pies estaban por entumirse entre sus botas de piel y la nariz nunca la
había tenido tan roja y fría. Los inviernos que pasaba en Nueva York no se
comparaban en nada con el frío que estaba sintiendo, tal vez porque tenía el
abrigo necesario. Tomó una frazada para cubrirse, pero era insuficiente. Estuvo
tentada a salir por leña y prender fuego adentro, preferiría mil veces morir de
intoxicación que congelada. Sopló sus manos, los dedos no los podía sentir.
Estaba a minutos de entrar en pánico, mucho antes de la hipotermia. Escuchó el viento
cada vez más arreciado afuera, colisionando con las paredes frías, intentando
entrar por las ventanas, silbando cada vez más fuerte. Se preguntó qué
temperatura se podía esperar por la madrugada. No creyó que el clima en la
sierra de Chiapas sería tan intenso en invierno, siempre imaginó una
temperatura cálida y agradable. El frío era húmedo, estacionándose en cada
fibra de su piel, hasta parecía que le dolía; era menos soportable que el frío
seco al que estaba acostumbrada en Nueva York. No sería suficiente abrigarse
con todo lo que tenía a su disposición, su cuerpo se contraía cada vez más.
—Moriremos de hipotermia —se escuchó su voz.
Los ojos temerosos de sus compañeros se desviaron de
su semblante y otros, más inteligentes, se cerraron aparentando que dormían. Desde
la mañana que había hablado con Lorena parecía renuente con todos los demás. A
partir de entonces las horas se le hicieron largas, cada minuto transcurrido le
molestaba y se ponía insoportable.
Helena y los inversionistas se habían alejado de la
sierra para buscar un poco de comida, para después tratar los últimos detalles
y tomar sus vuelos de regreso. Los ingenieros y Helena regresaron lo más cerca
de la zona del proyecto, sería su nuevo hogar por algunos meses. No se dieron
cuenta que ni siquiera se tomaron la molestia de construir algo más cómodo para
su estancia en la sierra, para soportar la inclemencia del frío invierno.
Su cuerpo se aprisionaba con la frazada,
imposibilitando un movimiento más fluido. Hacía demasiado frío que no le
importaba, le dolían los brazos y la espalda. Caminaba por el lugar
examinándolo, difícilmente su mirada se despegaba del piso en cada paso que
daba. Temía porque fuera a pisar cualquier insecto con algún veneno letal. Quizás
había elegido el peor lugar del mundo, tan alejado de su realidad. Estaba
acostumbrada a las comodidades y lujos; extrañaba todo lo que había dejado en
Nueva York. En la sierran no había nada más cómodo a kilómetros, les sería
difícil ir y venir todos los días si se hospedaban en el lugar que habían
encontrado como a tres horas de distancia. El proyecto era sumamente ambicioso,
si todo salía mal sería el peor fracaso de su compañía. Se perdería la más
grande inversión que había conseguido en muchos años de su carrera. Después de
la construcción tendría que venir todo el asunto publicitario: vender Chiapas
como la mejor zona turística; y sobre todo el lugar donde se establecería el
hotel más lujoso de la región. Era un asunto que a Helena no le concernía, pero
le preocupaba más que a nadie. Estaba consciente de las desventajas que tendrían.
El asunto del recorrido hacia la sierra, la carretera poco accesible sería un
gran problema; si el hotel no llegaba a cumplir con todas las expectativas,
sería un fracaso y quedaría en el olvido; y si todo salía bien, los turistas podrían
tomarlo como un reto para tomar las mejores vacaciones de su vida, en un lugar
parecido al cielo. Así lo planeaba Helena: publicitar el hotel como si fuera el
paraíso, que hasta la más mínima adversidad valdría la pena tomarla. Pero ahora
pensaba más en el calor del infierno.
—Hace tanto frío —se quejó.
Helena, los inversionistas y parte de los
trabajadores se encontraban en el lugar. Unas hamacas en malas condiciones y
camastros viejos eran sus dormitorios. El cuarto donde estaban era estrecho,
pero enorme a lo largo y sin más muebles que unas cuantas sillas de madera.
Había una lámpara en el techo que no alumbraba mucho, dándole así un aspecto
lúgubre y acabado al lugar. La habitación tenía los vidrios rotos de casi todas
las ventanas. Había hendiduras en la puerta donde se colaba aún más el frío y
la oscuridad. Decidieron quedarse ahí, no había nada mejor que eso en el
pueblo. Se escuchaba el chirrido molesto que hacían las hamacas al mecerse, ni
siquiera lo hacían al compás. Afuera se escuchaba el viento meciendo las ramas
de los árboles, golpeando las estructuras de las casas y a lo lejos los perros
ladraban. Los sonidos adentro se hacían más fuertes. Se escuchaban las
respiraciones afanosas, los ronquidos de los que dormían y los murmullos de los
que aún buscaban conciliar el sueño. Su desesperación aumento más. Miró la
única lámpara que alumbraba el cuarto, parecía atacada por los insectos que
buscaban calor.
—¿Por qué hay tantos insectos en este lugar? —Insistía
Helena, con su inconformismo ante la naturaleza—. No es normal que existan
tantos insectos y que haga tanto frío.
—Casi es invierno —murmuró un hombre, un tanto
adormilado desde el fondo—, todos buscan un poco de calor.
No le pareció agradable el comentario tan gentil del
hombre. Helena no estaba acostumbrada a compartir su espacio y mucho menos lo
que creía era suyo para sobrevivir. En su departamento, en Nueva York, y antes
de Jessica, lo único viviente era ella, no había alguna planta y mucho menos
una mascota; era egoísta con su espacio vital, además que su trabajo no le
permitía el tiempo para ocuparse de otro ser viviente.
Siguió quejándose por otros minutos más, se acercó a
la puerta para cerrarla; los insectos parecían multiplicarse y no soportaba el
tiritar de su cuerpo por el frío, pero unas manos le impidieron cerrarla por
completo.
—Bienvenida a la vida, señorita Rusenberg —dijo.
Lorena entró de largo sin mirarla siquiera por un
momento. Su rostro, altivo como siempre, no perdió la firmeza de sus facciones.
Sus ojos indiferentes hacia Helena jamás perdieron su rumbo. Así era Lorena:
carácter soberbio, posesivo, orgulloso y celoso; era autoritaria, siempre
mantenía las cosas bajo control, bajo su control. Desde que llegaron de
servicio a la sierra de Chiapas, muy pocas veces se enfrentaron a alguna
epidemia, todo lo mantenían al margen. Fueron considerados como los mejores médicos
de la región, pero a Lorena le querían de sobra. Todos los pobladores la respetaban
como a ningún otro, incluso podría tener más autoridad que el propio presidente
del pueblo en la mayoría de las decisiones. El servicio médico en la sierra alcanzó
un desarrollo impresionante desde su llegada.
—Así es la realidad —dijo Lorena.
Sus palabras eran muy frías, de tono seco y amargo.
Helena se sintió peor con escucharlas, sabía que iban dirigidas especialmente a
ella. Dejó caer al piso la frazada que enredaba su cuerpo, en un segundo sus
brazos perdieron la fuerza. Quería que el viento frío, que entraba por la
puerta que no alcanzó a cerrar, le terminara de congelar el alma. Se había
metido en el territorio equivocado. No lo había hecho con la intención de dañar
a nadie, su cabeza había actuado inconscientemente para verla otra vez; pudo
tomar algún otro proyecto, no tan ambicioso, pero sí con la seguridad de que
todo saldría bien. Los inversionistas no estuvieron tan seguros desde la
intervención de Lorena, todo estaba por venirse abajo. Helena tuvo que hacer
mejoras a favor de las ganancias de los empresarios, forzó las cosas para que
pasaran. Nunca pensó haber tomado el camino equivocado para acercarse a Lorena.
No estaba realmente consciente de que en un tiempo le arrebataría su hogar, ni
siquiera lo tomó en cuenta. No podía coordinar palabra alguna en su cabeza, su
corazón se aceleraba y se detenía sin dejar pasar el momento tan extraño que
estaba viviendo.
Se sentía indefensa. El frío dejó de sentirlo.
La miró alejarse más de ella.
Lorena traía consigo un maletín con los medicamentos
necesarios. Con ella venía Adrián, que siempre conservaba una sonrisa de
amabilidad y serenidad en su rostro. También era muy respetado por los hombres
del pueblo. Era menos altivo que Lorena, de carácter generoso y juguetón. Había
dejado cualquier otra posibilidad de crecer en el terreno de la medicina, igual
que Lorena, sólo había estudiado la carrera. No sabía claramente por qué lo
había hecho así. Tenía todas las posibilidades de regresar a la ciudad después
de terminar su servicio, hacer una especialidad o trabajar en los mejores
hospitales, tuvo muchas propuestas para hacerlo. También creía que su vida
estaba ahí, como un deber que debía cumplir con honor. Adrián no huía de nada
como lo hacía Lorena, pero se había quedado esperando que ella decidiera
afrontar su vida lejos de Chiapas.
Nunca lo consiguió.
—Buenas noches a todos —saludó Adrián, con una voz
tranquila y menos desinteresada que la de Lorena.
Helena se quedó junto a la puerta sin responder a
nada, a ninguno de los dos saludos. No había visto a Lorena con su bata blanca
de médico, pero por debajo con la vestidura más humilde; la hacía verse una
mujer madura y con una gran elegancia dócil. Se veía muy diferente a la mujer
que conoció en Nueva York. Incluso se veía más intimidante, no porque poseyera
un rostro frío y altivo, sino porque se veía que cualquier debate, de cualquier
tema, lo sacaría a flote con suma inteligencia. Adrián se quedó detrás, mirando
la expresión en el rostro de Helena, le causaba gracia cuando la belleza de
Lorena tenía un efecto casi hipnótico en cualquier persona y más de aquellos
que venían del exterior. Lorena también había dejado pasar oportunidades que le
ofrecían del extranjero, con pagos sumamente exagerados, pero por nada del
mundo estaba dispuesta a dejar la sierra de Chiapas.
—Tenemos que aplicarles algunas inyecciones —decía
Adrián, haciendo a un lado a la impresionada Helena—. Así podemos protegerlos
contra algunas enfermedades, la sierra no es un lugar seguro para ustedes que
vienen de tan lejos.
—Sí —reafirmó Lorena, preparando los medicamentos—.
No queremos basura de ciudad, si es que alguien muere —miró a Helena fríamente.
Lorena sabía que no todos entendían el español, así
que le preocupó en lo más mínimo hacer el comentario y mucho menos tomó en
cuenta lo que podrían pensar los inversionistas de México, de hecho les regaló
una sonrisa cínica. Sabía que cualquier queja de ellos no iba a perjudicar su
trabajo, a menos que llegaran a oídos de la Secretaria de Salud, pero sabía que
eso no pasaría nunca. Se alejó con el maletín y empezó con los trabajadores. Hubo
algunos hombres a los que conocía bien, a ellos no les aplicó medicamento —su
cuerpo estaba mejor capacitado—, pero sí los reprendió por largo rato por sus
decisiones equivocadas. No recibió más que sonrisas avergonzadas, su excusa era
la necesidad de trabajo y, sobre todo, dinero.
Helena la seguía con la mirada. Había una extraña
sensación al contemplarla, de ver como sonreía con un poco de molestia y
fastidio. Le causó ternura ver cómo intentaba comunicarse con los ingenieros.
Lorena, cuando se dedicaba a su labor de médico, su actitud cambiaba: era
amable y mostraba un carácter menos altivo. Siempre salía su espíritu de ayuda
a las personas que la necesitaban. Era médico porque le había gustado desde
pequeña, era su vocación. Y ni siquiera personas así la alejarían de su deber.
La siguió mirando, sintiéndose más insegura e indefensa.
No podía imaginar siquiera lo que haría al momento que se acercara a ella; pero
Lorena actuaba como si Helena no existiera en la habitación, como si estuvieran
en dos mundos diferentes. No podía creer que la tuviera tan cerca, a unos
pasos, y parecía que seguían tan lejos como hace unos días. Sus ojos ni quiera
se encontraban por segundos, sus palabras no estaban dirigidas a ella y sus
sonrisas, cínicas, no existían. Estaban en el mismo espacio, a segundos, y todo
parecía que lo estaba viendo desde otro lugar. La habitación se hizo más oscura
y fría. Helena cerró por un momento los ojos, creyó que sólo estaba teniendo un
sueño amargo. Cuando volvió a abrirlos la escena seguía igual. Quiso escaparse
con el viento que entraba y salía por la puerta, pero tampoco encontró voluntad
para hacerlo. Suspiró, sintiendo su pecho cada vez más contraído.
—¡Vamos, no va a doler! No hay que ser tan temeroso
—dijo Lorena, a un ingeniero que no quería descubrirse el brazo para aplicarle
la inyección.
La mayoría hablaban muy poco el español, algunos
otros no entendían ni siquiera los gestos y eso complicaba mucho las cosas.
Lorena tenía que ingeniársela para comunicarse con ellos y así pudiera
aplicarles el medicamento. Sacó una paleta de su bolsa, se la enseñó al
ingeniero y la jugueteó entre sus dedos. Después, haciendo una ligera sonrisa,
le quitó la envoltura y se la llevó a la boca.
—Si te dejas y no lloras, te daré una paleta —dijo,
con una simpatía que no sentía en verdad.
El ingeniero entendió sus gestos, quería su
recompensa. Sonrió y estiró el brazo cerrando los ojos, así evitaba mirar como la
aguja se introducía en su piel. Lorena le aplicó la inyección, con toda la
alevosía y ventaja para que le doliera, una sutil venganza. Notó el color de su
rostro pálido tornarse a rojo, le había dolido como lo esperaba. Sacó otra
paleta, le quitó la envoltura y se la regaló, simulando una sonrisa como si se
la estuviera dando a un niño que se ha portado con gran valentía.
Se acercó a Adrián, sacó la paleta de su boca y
suspiró con desagrado.
—¿Todo bien? —preguntó Adrián.
—Estos hombres están peor que los niños de la región
—dijo, sin dejar de degustar el sabor de su paleta otra vez, sabiendo que nadie
podía evadir el sabor dulce, y que siempre era su mejor arma para convencer a
pequeños cobardes.
—Pues hay una niña que desea la atiendas —señaló con
la mirada a Helena, que no dejaba de observar a Lorena y al verse descubierta tuvo
que desviar su mirada—. Encárgate de ellos y yo seguiré con los trabajadores
—sugirió.
Lorena tomó aire con enfado y desesperación. Sacó la
paleta de su boca y volvió a meterla, por ahora era lo más dulce que podía
sentir en ese momento. Caminó hasta el otro extremo de la habitación, donde
estaba Helena y las personas más importantes. Atendió a los inversionistas mexicanos,
que se habían quedado y se marcharían en unas semanas. Los miró con un poco de
enojo, aunque por educación no lo demostraba y había siempre una sonrisa en su
rostro. Como buena médico, no podía dejar de preocuparse por su salud. Algunos
intentaban hablarle para empezar a ganarse su amistad y confianza, le hacían
comentarios sobre sus manos suaves y tibias, y que su sonrisa era muy hermosa. Lorena
sonreía forzadamente con la paleta entre su boca, no pensó en retirársela, así
evitaba decir cualquier palabra de mal gusto hacia sus pacientes, por los
cuales sentía un poco de enojo y resentimiento. Sus rostros estaban marcados de
ambición y cinismo, sabía que sus intenciones nunca habían sido para la
prosperidad de la sierra y mucho menos para el beneficio de sus pobladores, lo
único que les ocupaba eran sus bolsillos.
Helena seguía nerviosa. Se alejó de la puerta, no la
ocuparía como un escape, estaba ahí, tenía que luchar toda la batalla. Se sentó
en una de las camas viejas y llenas de polvo, empezó a toser; miraba a todos
lados para ver si no se había sentado en algún bicho del lugar. Le causaba una
gran repulsión cualquier insecto, no sabía muy bien si sobreviviría en la
sierra y a todo lo que había ahí. No recordaba si de pequeña había jugado con
la tierra del jardín, ni siquiera recordaba si tenían un jardín. Las estancias
de su departamento estaban llenas de plantas verdes, pero un día se dio cuenta
que eran artificiales. Jamás había estado tan cerca de la naturaleza como en
esta ocasión.
Toda su observación la interrumpió una voz, diciendo
de la manera más dulce y fría al mismo tiempo:
—Brazo izquierdo descubierto…, señorita Rusenberg.
Tragó saliva con desesperación, y en un segundo se
le secó la boca. No hizo más que obedecer la orden de la voz más fría que había
escuchado de ella. Helena se quitó el abrigo sin atreverse a mirarla siquiera a
los ojos. Los segundos se pasaron más lentos, a pesar de que intentaba hacerlo
lo más rápido posible. Lorena tragaba el sabor dulce de su paleta con
desesperación y angustia. Mientras preparaba la inyección, sentía que el sabor
le revolvía el estómago en una sensación de pesadez, y sentía que algo
revoloteaba en su interior, peor que mariposas. No podía creer que después de
tanto tiempo de hacer lo mismo, justo ahora sintiera tantos nervios. Lorena
aplicó la inyección lo más rápido que pudieron sus alteradas manos, la aguja
entró y salió en menos de tres segundos. Terminó de guardar la basura en su
lugar y dio la vuelta para evitar la sensación de angustia que tenía.
—No lloré.
Lorena la miró extrañada.
—Quiero mi paleta —pidió Helena.
—Lo siento, no tengo más.
Respondió con frialdad, no quería que se burlara de
ella, y sus palabras habían sonado así.
—Quiero la paleta que tienes ahí —señaló con su dedo
la boca de Lorena. No lo hizo hacia ningún otro lado, ni con disimulo, señaló
directamente a sus labios.
La cara de Lorena se tensó, como si estuviera
espantada por lo que dijo.
—¡Adrián! —Gritó, sin dejar de observar a Helena—.
¡Tenemos que irnos!
Adrián se acercó lo más que pudo a Lorena para que
reaccionara, estaba inmóvil y no dejaba de ver a Helena con miedo en sus ojos.
—Buenas noches, señorita Rusenberg —dijo, dio la
vuelta y salió.
Helena no podía creer simplemente lo que hacía y lo
que decía. Era como una extraña magia lo que estaba sintiendo. La alejaba de
toda realidad y no la dejaba actuar con razón. Tenía miedo, miedo desde el primer
día que la vio y de cierta forma le hizo cambiar su vida, dejar todo lo que le
hacía daño. No conocía de ella más que su carácter frío y su extraña admiración
por las nubes de invierno. No sabía nada de Lorena más que el tiempo que
llevaba como médico en la sierra de Chiapas. Sentía que había algo más que le
pertenecía de ella, no que fuera suyo, sino que parte de lo que llegaría a ser
le pertenecía a Lorena, desde siempre.
Después de un tiempo de pensar en lo que estaba
sintiendo y no entendiendo del todo su comportamiento, sabía que necesitaba una
respuesta, pero no sabía dónde encontrarla. No sabía quién se la daría o por
qué tenía que encontrarla justamente en la sierra. Estaba confundida, y de eso
sí estaba lo bastante segura.
—¿Usted sabe dónde puedo usar un teléfono? —le
preguntó a un hombre del pueblo; habían contratado a gente de la sierra para
que las cosas fueran un poco más fáciles.
—Hay un teléfono en el pueblo… Está en la plaza, a
diez calles de aquí, subiendo por la colina, señorita.
—Gracias.
Helena se abrigó lo más que pudo para salir. Miró a
todos lados intentando encontrar algo: un atisbo de luz en la oscuridad que
tenía tan dentro. Esperaba a que la detuvieran para que no hiciera lo que
pensaba hacer, pero la respuesta no la encontró en nadie. Su asistente y amigo,
Marco, estaba por completo dormido, parecía que el frío no le hacía ni
cosquillas. No podía encontrar en él un tope a sus pensamientos, al deseo que
no podía frenar con voluntad propia. Salió del cuarto preguntándose qué era lo
que en verdad estaba buscando, qué quería para ella.
El camino estaba muy estrecho entre las casas. Los
inmensos árboles daban un ambiente pacífico, pero el ambiente no lo conocía
Helena, le parecía inseguro y temía porque en cualquier momento salieran a
agredirla. Los perros ladraban en los patios de las casas, primero fue uno, con
un ladrido temeroso, y mientras sus pasos seguían avanzando, se unieron más
ladridos a todo lo largo de la calle, después en toda la cuadra. Pudo haber
despertado a todo el pueblo, definitivamente era una extraña. Todo estaba oscuro,
la única luz que recibía se filtraba de las pequeñas casas. La inmensidad de
los árboles no permitía la entrada de la luz de las estrellas. Siguió caminando
más lento y callado, para que ni los perros notaran su presencia. Entre tantas
calles oscuras encontró la plaza, un lugar no muy grande: tenía árboles
pequeños y unas bancas al centro. Las lámparas que alumbraban daban muy poca
luz al lugar. Helena caminó sintiéndose cada vez más sola. El frío que le
rozaba el rostro llegó a sentirlo como pequeñas navajas cortando su piel, su
cuerpo estaba entumido. Llegó al teléfono que estaba justo en el centro de la
plaza. Sacó unas monedas de su bolsillo derecho y recordó la mirada tensa de
Lorena cuando le pidió la paleta que estaba en su boca. Necesitaba saber si en
realidad estaba bien que permaneciera allí.
Tomó el teléfono y se quedó mirando los números
desgastados. Temblaba por el frío y por la soledad que sentía. Estaba segura
que su pasado era peor que todo lo que estaba pasando ahora. Su cuerpo temblaba
de frío, pero no tanto como temblaba su alma a lado de la frialdad de Jessica. Pero
por qué no podía evitarlo, por qué no podía dejarla para siempre. Después de un
tiempo, donde no encontró el valor para no hacerlo, marcó un número.
—Yes… —dijo la voz detrás del teléfono.
Helena quedó muda ante eso, al no sentir nada al
escucharla, cuando antes su voz le provocaba una felicidad que sentía
inexplicable. A pesar del tiempo en que había vivido su indiferencia, escuchar
su voz la hacía soportar un poco más. ¿Qué pasaba esta vez en su corazón? Necesitaba
siquiera escuchar su voz, y a pesar de ello se sentía vacía.
—Helena…, sé que eres tú, contesta… ¡Helena, por
favor, contesta! ¡Contesta! —gritó.
Colgó el teléfono y lloró con desesperación. ¿Qué
era lo que sentía por ella? ¿Era amor en verdad? ¿Necesitaba sentir que alguien
estaba a su lado? No tenía nada claro en su cabeza, más que el sentimiento de
temor. No podía ser cobarde, había tomado la decisión de llegar a la sierra
para encontrarla. A eso no podía llamarle cobardía, pero si estaba llena de
dudas y miedos. Esperaba encontrar algo diferente en el camino que Lorena le
mostró. Quería un poco de tranquilidad y luz.
Había una densa bruma en la sierra, la altura de los
árboles no se veía con claridad y parecía que poco a poco la neblina iba
bajando más. Decidió regresar lo más cerca de la casa que habitaban. Se quedó
afuera, pensando, sin tener ningún pensamiento nítido. Miró al cielo, en busca
de claridad a su mente. La neblina dejaba ver muy poco el cielo nocturno y, aun
así, se dio cuenta que tenía las estrellas más hermosas que había visto en su
vida. Las sentía tan cerca que pensó que si estiraba un poco la mano,
alcanzaría un par de ellas para ayudarle a iluminar su alma.
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