II
—¿Qué pasó con Helena? —preguntó Adrián cuando
llegaron al hospital. Estaba preocupado por la reacción de su amiga, pensó que
algún síntoma de su enfermedad se había manifestado—. Lorena, estabas muy
pálida y temblando, creí que perderías el conocimiento.
—Nada pasó —murmuró Lorena con ansiedad.
Su cuerpo volvió a inquietarse. Miró el estante
donde había medicinas y un tarro de cristal que tenía varias paletas. Los pobladores
se las traían como regalo y las compartía con los niños en sus días de
campamento, o cuando necesitaba aplicarles medicamentos que provocaban mucho
dolor. Lágrimas cesaron y sonrisas tiernas se dibujaron por el sabor dulce. No
había nada mejor que un niño sonriendo, mientras sus ojos dejaban escapar las
últimas lágrimas, siempre con su semblante inocente. Hasta el fondo del tarro
se encontraban sus favoritas: café con leche. Adrián se las compraba cada vez
que viajaba a la ciudad de México. Quería su sabor dulce ahora, el que le hacía
olvidarse de todo. Pensó por un instante y recordó la mirada inocente de Helena,
no había sido su intención dejarla sin responderle a su sugerencia, pero nadie
había sido así de sugerente con ella, prácticamente se sintió intimidada, como
nunca antes. Tomó una paleta de sus favoritas y salió sin decirle nada a
Adrián.
Helena seguía afuera soportando el frío de la
sierra. Sus manos estaban congeladas, no sentía los dedos de sus pies, no lo soportaría
otro poco más. Sujetaba la cerca de maderas viejas que rodeaban la casa. No
sabía si el crujir de la madera era por la fuerza que les aplicaba o por el
viento helado de la sierra. Estaba esperanzada en que su vida sería mejor
ahora, sin embargo la persona de la cual sentía un poco de paz, que le daba un
nuevo sentimiento, la sentía tan lejana, como las estrellas en el cielo. Lorena
aún no le abría su corazón y parecía que no estaba en sus intenciones hacerlo.
Helena recordaba a Jessica, sin querer la extrañaba y deseaba por momentos
estar a su lado, junto a su cuerpo para quitarse tanto frío. Lloraba por lo
absurdo que resultaba la vida junto a ella. ¿Cómo es que podía extrañar la
soledad que le daba su compañía? No podía apegarse a eso, no lo merecía. Nada
sería justo si regresaba a su lado, menos por un sentimiento de dependencia. No
quería pensar en nada más, sólo quería encontrar una respuesta, una señal que
le dijera que había tomado el camino correcto y que debería encontrar lo que
tanto quería: el verdadero amor.
Lorena llegó hasta el lugar donde estaba Helena. La
miró de espaldas, la neblina la hacía ver como un fantasma, una visión poco
terrenal. Se quedó detrás sin intención de dar otro paso más. Jugaba entre sus
manos la paleta, la pasaba de una a la otra. Su cabeza preparaba un diálogo
para hablar con ella, quería evitar cualquier balbuceo y que sus nervios no se
notaran. Se dio cuenta que por más palabras que articulara en su mente, no atinaría
a acomodarlas en expresiones sensatas. Así que suspiró profundamente, se armó
de valor y se acercó.
—Ho-hola —dijo con un poco de torpeza.
Helena se sorprendió al escuchar su voz. Volteó
rápido, sin limpiar las lágrimas que escurrían por sus mejillas.
La sonrisa tierna de Lorena entristeció en un
segundo al mirar sus ojos.
—Lo-lo siento —decía Helena. Limpió sus lágrimas y
simuló una sonrisa—. Hace mucho frío en este lugar.
—Ah, creí que lloraba por la inyección…, no le iba a
dar el premio por su valentía, señorita Rusenberg —dijo Lorena, y le enseñó la
paleta.
La tristeza de Helena desapareció, todos sus malos
pensamientos se borraron. No podía conformarse con un amor pasado si había
encontrado el futuro. La imagen de Jessica se esfumó en un segundo. Algo cálido
empezó a recorrer su cuerpo con cada palabra de Lorena, no la sentía fría ni
distante. Le gustaba.
—Fue muy valiente —murmuró.
Tomó la paleta con las manos temblando, no sabía con
seguridad si lo hacían por nervios o por el frío que empezaba a disminuir poco
a poco, sea por lo que sea a ella no le importó demostrarlo.
—No creo que el frío provoque tantas lágrimas —dijo.
Lorena acercó la mano a su mejilla pálida y fría,
limpió una lágrima que resbalaba con lentitud. Una sonrisa nostálgica apareció
en su rostro, hacía mucho que no miraba a un adulto llorar, no al menos con una
mirada tan inocente y temerosa. Limpió otra más, que caía por su barbilla. La
palma de su mano quedó posada a su mejilla sin querer. Sonrió al saber por qué
podía estar tanto tiempo contemplando sus ojos sin cansarse. Había un brillo
especial en la mirada de Helena. No sabía si eran las lágrimas las que le daban
a sus ojos una dulzura de niña, o en verdad veía la inocencia pura que podía
reflejarse sólo en los ojos de un niño. Era un brillo casi mágico, podía transportarla
a los sentimientos más puros y nobles que había en su interior. Apartó rápido
su mano del rostro de Helena, su gesto se estaba convirtiendo en una caricia
más que en un consuelo.
—En verdad hace mucho frío —susurró Helena, con una
sonrisa nerviosa.
—Creo que sería mejor si se quedara en el hospital y
no con todos los hombres en ese frío cuarto, ¿le parece bien?
—Helena… —dijo Helena. Lorena arqueó la ceja, no entendió
por qué mencionó su propio nombre—. Puedes llamarme Helena.
—De acuerdo…, Helena.
Lorena le regaló una sonrisa.
—¿Puedo… ir por… mi equipaje?
Sus manos señalaron en distintas direcciones, la
sonrisa de Lorena le hizo perder el sentido de orientación.
—Sí, claro…, es por allá —señaló con el dedo el
lugar donde se alojaban, para que se diera cuenta y no se perdiera en un camino
de cinco pasos.
—Sí, lo sabía —contestó, sonriendo tiernamente al
notar su torpeza.
Lorena se quedó afuera esperando a que saliera.
Miraba el cielo y todas las estrellas que parecían estar tan cerca. Le gustaba
cada paisaje que le daba la sierra de Chiapas: el día, la noche; y todas las estaciones
del año: la lluvia, el sol y el frío del invierno. Todo en Chiapas era hermoso
y mágico. Respiraba el aire más puro y fresco de la sierra. Le gustaba la bruma
que se estacionaba al amanecer de cada día de invierno, parecía que año tras
año se tornaba diferente y distinto de sentir. No había otro lugar que fuera
tan mágico como Chiapas. Era el más dulce hogar.
Helena salió cargando una maleta grande y un
portafolio de gran dimensión.
—¿Son todas tus cosas? —preguntó Lorena, mientras
sostenía unas maletas pequeñas que estaban a punto de caérsele de las manos.
—Sí, lo más importante.
Empezaron a caminar hacia el hospital. Se sentían
extrañas. Cada una quería iniciar una conversación para que el silencio que se
apoderaba de ellas no fuera incómodo. Pero no había palabra alguna que pudiera
salir con seguridad sin que los nervios las traicionaran, así que se miraban y
sonreían sin evitarlo. Incluso el ladrido de los perros que Helena había
escuchado hace un rato no existía ahora. El silbido del viento también estaba
ausente, las ramas de los árboles se mecían con tranquilidad y la neblina había
bajado lo suficiente para ocultarlas de todo.
Llegaron por el patio trasero del hospital, no era
más grande que el lugar donde estaba hace un rato, sólo tenía la construcción
de la planta baja. Todo el techo estaba en malas condiciones debido a la
humedad. Un pequeño foco, empotrado en la marquesina, alumbraba muy poco. La
leña estaba amontonada a mitad de patio y junto a una de las bardas había un
enorme árbol que sobrepasaba por mucho la altura del cuarto, sus ramas
ocultaban las malas condiciones de la vieja construcción. Árboles más pequeños,
con algunas flores asomándose por el destello de la tímida luz del foco, escondían
el otro lado. Todo lo que rodeaba a Lorena era generosamente noble y, a la vez,
tan precario para lo que merecía.
—No es un lugar muy grande, pero al menos es mejor y
más cómodo —dijo Lorena.
Eran dos habitaciones, con el material necesario
para cualquier pequeña emergencia. Helena dejó sus maletas en el suelo, para
admirarlo todo. No era muy diferente del lugar donde estaba antes, el tamaño
era casi igual, pero si se veía más seguro y cálido, con más luz. Por lo menos
la cama se veía cómoda y sin polvo.
—¿Algún lugar seguro? —preguntó.
—¿Lugar seguro? —Lorena la miró extrañada—. Seguro
para qué.
—Debo guardarlo bien, muy bien —le dijo, mostrándole
el portafolio—. Es importante.
—Claro, lo puedes poner sobre el estante del rincón,
nadie lo tomará. Es lo más seguro en el hospital. Yo lo pondré si tú quieres.
No hay problema… —sugirió Lorena, y se lo quitó de las manos.
—Gracias.
—¿Por qué es tan importante? —preguntó.
—Son los planos de la construcción —decía. Su vista
no perdía ningún detalle de las esquinas de la habitación, estaban en pésimas
condiciones, con telarañas por todos lados—, de cómo será todo el hotel, todo
de principio a fin.
—Así que los planos de la construcción —murmuró
Lorena, con un brillo de maldad en sus ojos.
—Sí.
Helena se quedó pensando, observando una vez más las
dos habitaciones, no tenían una separación, salvo una cortina blanca, corrida
hasta la mitad, si sólo había una cama, dónde dormiría Lorena.
—¿Te quedas en el hospital? —preguntó inocentemente.
—No —respondió Lorena, con una media sonrisa—. Tengo
una cabaña en la parte alta de la sierra, estar tanto tiempo en el hospital es
muy cansado, así que prefiero no dormir aquí…
—¿Puedo ir contigo?
Por un momento sintió miedo al pensar que se iba a
quedar sola.
—Bueno, no, no creo que…
—¿No te irás sola o sí?
No quería pensar que había algo entre ella y Adrián.
—Siempre lo he hecho…
—Pero si es un lugar peligroso…, no debes caminar
sola —interrumpió un poco asustada.
—Aquí nada es peligroso, la gente es muy buena y se
cuidan unos a otros —decía Lorena, recordando cada momento agradable vivido
desde que llegó a la sierra—. No existe la maldad, todo es bello… Puedes
caminar sin temor por tu vida y con la seguridad de que nadie te hará daño.
—¿De eso huyes, Lorena? —preguntó. Lorena la miró
extrañada, no entendía el sentido de su pregunta. Helena medio sonrió y cambió
sus palabras por algo más directo—: ¿Por eso te alejaste de la ciudad, le temes
a la maldad del mundo?
Lorena se enojó por su comentario, sin conocerla y
sin conocer su vida, la estaba llamando cobarde.
—Tal vez sí, pero por lo que veo la maldad nos sigue
a todas partes —dijo, mirándola con cierto rencor.
Helena representaba lo malo: la maldad de la que creía
se había librado; y ahora invadiría su espacio, su lugar lleno de paz. Por un
momento se arrepintió de su propuesta. Si se quedaba en el hospital todo el
tiempo en que la construcción estuviera en proceso, ningún día le sería posible
evitarla, sin querer la dejó entrar más a su vida. No había espacio para el
arrepentimiento. Lorena salió del hospital sin decirle nada más, ni siquiera
volvió a mirarla a los ojos. Sabía que en sus ojos podría encontrar la maldad
del mundo y no quería mirarla en ellos.
—¡Muy bien, Helena, todo lo haces perfectamente
bien! —se dijo con enfado.
—¡Ay, abuela!
Tú sí que sabes cómo acercarte a las personas —reclamó Andrea con burla.
Las
estrellas parpadeaban distantes una de la otra, algunas proyectaban más luz cuando
aparecían lejos del brillo de la media luna, el manto celeste se había
oscurecido por completo. El tiempo se les había escapado entre tantos recuerdos
inolvidables. Ni siquiera notaron cuando las lámparas públicas se iluminaron,
se habían transportado hacia un lejano tiempo. Hacía mucho frío, el silbido del
viento se escuchaba por toda la calle desierta, arrastrando la hojarasca que se
había acumulado en las jardineras.
Helena
se levantó de la mecedora, caminó hacia el interior de la casa, con pasos lentos
y firmes, pero abrumados. Estaba cansada, quería irse a recostar, dejar por un
momento su historia. Nunca creyó que le contaría su pasado a su nieta, un amor
imposible. No le había contado a nadie en su totalidad, ni siquiera a su amiga
más cercana. Quería ser egoísta con algo que le correspondió por poco tiempo; sus
más hermosos recuerdos le pertenecían sólo a ella, y así los mantuvo por mucho
tiempo, como en un baúl arrinconado en lo más profundo de su alma.
Andrea
siguió a Helena hasta el pie de la escalera. Su mente estaba llena de inquietudes,
mas nunca tuvo el valor de formular ninguna pregunta; sería paciente, sabía que
su abuela le contaría en toda su totalidad lo que había vivido junto a Lorena.
Parecía una historia inventada, quizá para ganarse su confianza. No quería que
fuera así, deseaba conocer, estar segura, que el amor es universal y que el
alma es la fuente donde nace el más grande sentimiento; después de todo se
había enamorado de su abuelo. Pero, ¿por qué su vida no fue a lado de Lorena?
Una pregunta que le quemaba todas sus otras inquietudes. No se atrevería a
preguntarle, no una vez más. Esperaría a que su abuela le contara el final de
su historia antes de que regresara, con ella o sin ella, a Nueva York. El
invierno aún estaba muy lejos de terminar.
Helena la dejó
al pie de la escalera, pero antes de comenzar a subirlas, la abrazó con fuerza
y le dijo al oído:
—Pues espero
que tú seas mejor que yo para acercarte a las personas.
La apartó de
sus brazos y miró sus ojos dulces, la misma mirada que ella tenía a su edad, un
semblante inocente reflejándose frente a ella. Helena no tenía muchos recuerdos
de sus padres, se había hecho independiente apenas tuvo la oportunidad y se
hizo de los recursos suficientes para no tener la necesidad de regresar a su
casa. No tuvo, no quiso en realidad, el tiempo de ser parte de una familia, no
sabía lo que era. Agradecía que Patricia cambiara de país, que se arraigara a
nuevas costumbres, siempre tuvo bien sabido la unión de una familia mexicana.
Patricia no lo era del todo al principio, la comunicación con Helena y su padre
era nula a veces. Pero conoció a la familia del padre de Andrea, que no perdían
la oportunidad de estar juntos, de idear cualquier comida o cena en familia;
fue la parte que terminó de enamorarla, la sencillez que todos mostraban.
Helena también empezó a ser parte de una familia, de un hogar muy distinto al
suyo. Sabía que Andrea tenía un carácter muy distinto al de ella o al de
Patricia, su educación había sido diferente, se rodeó de personas distintas y
tuvo muy buenas costumbres. Pero también una fracción de su carácter sencillo
se había perdido entre tanto rechazo por parte de su madre. Andrea tendría un
camino difícil que afrontar, no sólo con su familia, sino con el resto de las
personas. No dejaría que su mirada perdiera el brillo de la mejor ilusión
fraguada, ni la esperanza de sobrevivir a sus sentimientos. Haría que, lo que
miraba ahora en sus ojos, perdurara por siempre.
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