"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011


II

—¿Qué pasó con Helena? —preguntó Adrián cuando llegaron al hospital. Estaba preocupado por la reacción de su amiga, pensó que algún síntoma de su enfermedad se había manifestado—. Lorena, estabas muy pálida y temblando, creí que perderías el conocimiento.
—Nada pasó —murmuró Lorena con ansiedad.
Su cuerpo volvió a inquietarse. Miró el estante donde había medicinas y un tarro de cristal que tenía varias paletas. Los pobladores se las traían como regalo y las compartía con los niños en sus días de campamento, o cuando necesitaba aplicarles medicamentos que provocaban mucho dolor. Lágrimas cesaron y sonrisas tiernas se dibujaron por el sabor dulce. No había nada mejor que un niño sonriendo, mientras sus ojos dejaban escapar las últimas lágrimas, siempre con su semblante inocente. Hasta el fondo del tarro se encontraban sus favoritas: café con leche. Adrián se las compraba cada vez que viajaba a la ciudad de México. Quería su sabor dulce ahora, el que le hacía olvidarse de todo. Pensó por un instante y recordó la mirada inocente de Helena, no había sido su intención dejarla sin responderle a su sugerencia, pero nadie había sido así de sugerente con ella, prácticamente se sintió intimidada, como nunca antes. Tomó una paleta de sus favoritas y salió sin decirle nada a Adrián.
Helena seguía afuera soportando el frío de la sierra. Sus manos estaban congeladas, no sentía los dedos de sus pies, no lo soportaría otro poco más. Sujetaba la cerca de maderas viejas que rodeaban la casa. No sabía si el crujir de la madera era por la fuerza que les aplicaba o por el viento helado de la sierra. Estaba esperanzada en que su vida sería mejor ahora, sin embargo la persona de la cual sentía un poco de paz, que le daba un nuevo sentimiento, la sentía tan lejana, como las estrellas en el cielo. Lorena aún no le abría su corazón y parecía que no estaba en sus intenciones hacerlo. Helena recordaba a Jessica, sin querer la extrañaba y deseaba por momentos estar a su lado, junto a su cuerpo para quitarse tanto frío. Lloraba por lo absurdo que resultaba la vida junto a ella. ¿Cómo es que podía extrañar la soledad que le daba su compañía? No podía apegarse a eso, no lo merecía. Nada sería justo si regresaba a su lado, menos por un sentimiento de dependencia. No quería pensar en nada más, sólo quería encontrar una respuesta, una señal que le dijera que había tomado el camino correcto y que debería encontrar lo que tanto quería: el verdadero amor.
Lorena llegó hasta el lugar donde estaba Helena. La miró de espaldas, la neblina la hacía ver como un fantasma, una visión poco terrenal. Se quedó detrás sin intención de dar otro paso más. Jugaba entre sus manos la paleta, la pasaba de una a la otra. Su cabeza preparaba un diálogo para hablar con ella, quería evitar cualquier balbuceo y que sus nervios no se notaran. Se dio cuenta que por más palabras que articulara en su mente, no atinaría a acomodarlas en expresiones sensatas. Así que suspiró profundamente, se armó de valor y se acercó.
—Ho-hola —dijo con un poco de torpeza.
Helena se sorprendió al escuchar su voz. Volteó rápido, sin limpiar las lágrimas que escurrían por sus mejillas.
La sonrisa tierna de Lorena entristeció en un segundo al mirar sus ojos.
—Lo-lo siento —decía Helena. Limpió sus lágrimas y simuló una sonrisa—. Hace mucho frío en este lugar.
—Ah, creí que lloraba por la inyección…, no le iba a dar el premio por su valentía, señorita Rusenberg —dijo Lorena, y le enseñó la paleta.
La tristeza de Helena desapareció, todos sus malos pensamientos se borraron. No podía conformarse con un amor pasado si había encontrado el futuro. La imagen de Jessica se esfumó en un segundo. Algo cálido empezó a recorrer su cuerpo con cada palabra de Lorena, no la sentía fría ni distante. Le gustaba.
—Fue muy valiente —murmuró.
Tomó la paleta con las manos temblando, no sabía con seguridad si lo hacían por nervios o por el frío que empezaba a disminuir poco a poco, sea por lo que sea a ella no le importó demostrarlo.
—No creo que el frío provoque tantas lágrimas —dijo.
Lorena acercó la mano a su mejilla pálida y fría, limpió una lágrima que resbalaba con lentitud. Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro, hacía mucho que no miraba a un adulto llorar, no al menos con una mirada tan inocente y temerosa. Limpió otra más, que caía por su barbilla. La palma de su mano quedó posada a su mejilla sin querer. Sonrió al saber por qué podía estar tanto tiempo contemplando sus ojos sin cansarse. Había un brillo especial en la mirada de Helena. No sabía si eran las lágrimas las que le daban a sus ojos una dulzura de niña, o en verdad veía la inocencia pura que podía reflejarse sólo en los ojos de un niño. Era un brillo casi mágico, podía transportarla a los sentimientos más puros y nobles que había en su interior. Apartó rápido su mano del rostro de Helena, su gesto se estaba convirtiendo en una caricia más que en un consuelo.
—En verdad hace mucho frío —susurró Helena, con una sonrisa nerviosa.
—Creo que sería mejor si se quedara en el hospital y no con todos los hombres en ese frío cuarto, ¿le parece bien?
—Helena… —dijo Helena. Lorena arqueó la ceja, no entendió por qué mencionó su propio nombre—. Puedes llamarme Helena.
—De acuerdo…, Helena.
Lorena le regaló una sonrisa. 
—¿Puedo… ir por… mi equipaje?
Sus manos señalaron en distintas direcciones, la sonrisa de Lorena le hizo perder el sentido de orientación.
—Sí, claro…, es por allá —señaló con el dedo el lugar donde se alojaban, para que se diera cuenta y no se perdiera en un camino de cinco pasos.
—Sí, lo sabía —contestó, sonriendo tiernamente al notar su torpeza.
Lorena se quedó afuera esperando a que saliera. Miraba el cielo y todas las estrellas que parecían estar tan cerca. Le gustaba cada paisaje que le daba la sierra de Chiapas: el día, la noche; y todas las estaciones del año: la lluvia, el sol y el frío del invierno. Todo en Chiapas era hermoso y mágico. Respiraba el aire más puro y fresco de la sierra. Le gustaba la bruma que se estacionaba al amanecer de cada día de invierno, parecía que año tras año se tornaba diferente y distinto de sentir. No había otro lugar que fuera tan mágico como Chiapas. Era el más dulce hogar.
Helena salió cargando una maleta grande y un portafolio de gran dimensión.
—¿Son todas tus cosas? —preguntó Lorena, mientras sostenía unas maletas pequeñas que estaban a punto de caérsele de las manos.
—Sí, lo más importante.
Empezaron a caminar hacia el hospital. Se sentían extrañas. Cada una quería iniciar una conversación para que el silencio que se apoderaba de ellas no fuera incómodo. Pero no había palabra alguna que pudiera salir con seguridad sin que los nervios las traicionaran, así que se miraban y sonreían sin evitarlo. Incluso el ladrido de los perros que Helena había escuchado hace un rato no existía ahora. El silbido del viento también estaba ausente, las ramas de los árboles se mecían con tranquilidad y la neblina había bajado lo suficiente para ocultarlas de todo.
Llegaron por el patio trasero del hospital, no era más grande que el lugar donde estaba hace un rato, sólo tenía la construcción de la planta baja. Todo el techo estaba en malas condiciones debido a la humedad. Un pequeño foco, empotrado en la marquesina, alumbraba muy poco. La leña estaba amontonada a mitad de patio y junto a una de las bardas había un enorme árbol que sobrepasaba por mucho la altura del cuarto, sus ramas ocultaban las malas condiciones de la vieja construcción. Árboles más pequeños, con algunas flores asomándose por el destello de la tímida luz del foco, escondían el otro lado. Todo lo que rodeaba a Lorena era generosamente noble y, a la vez, tan precario para lo que merecía.
—No es un lugar muy grande, pero al menos es mejor y más cómodo —dijo Lorena.
Eran dos habitaciones, con el material necesario para cualquier pequeña emergencia. Helena dejó sus maletas en el suelo, para admirarlo todo. No era muy diferente del lugar donde estaba antes, el tamaño era casi igual, pero si se veía más seguro y cálido, con más luz. Por lo menos la cama se veía cómoda y sin polvo.
—¿Algún lugar seguro? —preguntó.
—¿Lugar seguro? —Lorena la miró extrañada—. Seguro para qué.
—Debo guardarlo bien, muy bien —le dijo, mostrándole el portafolio—. Es importante.
—Claro, lo puedes poner sobre el estante del rincón, nadie lo tomará. Es lo más seguro en el hospital. Yo lo pondré si tú quieres. No hay problema… —sugirió Lorena, y se lo quitó de las manos.
—Gracias.
—¿Por qué es tan importante? —preguntó.
—Son los planos de la construcción —decía. Su vista no perdía ningún detalle de las esquinas de la habitación, estaban en pésimas condiciones, con telarañas por todos lados—, de cómo será todo el hotel, todo de principio a fin.
—Así que los planos de la construcción —murmuró Lorena, con un brillo de maldad en sus ojos.
—Sí.
Helena se quedó pensando, observando una vez más las dos habitaciones, no tenían una separación, salvo una cortina blanca, corrida hasta la mitad, si sólo había una cama, dónde dormiría Lorena.
—¿Te quedas en el hospital? —preguntó inocentemente.
—No —respondió Lorena, con una media sonrisa—. Tengo una cabaña en la parte alta de la sierra, estar tanto tiempo en el hospital es muy cansado, así que prefiero no dormir aquí…
—¿Puedo ir contigo?
Por un momento sintió miedo al pensar que se iba a quedar sola.
—Bueno, no, no creo que…
—¿No te irás sola o sí?
No quería pensar que había algo entre ella y Adrián.
—Siempre lo he hecho…
—Pero si es un lugar peligroso…, no debes caminar sola —interrumpió un poco asustada.
—Aquí nada es peligroso, la gente es muy buena y se cuidan unos a otros —decía Lorena, recordando cada momento agradable vivido desde que llegó a la sierra—. No existe la maldad, todo es bello… Puedes caminar sin temor por tu vida y con la seguridad de que nadie te hará daño.
—¿De eso huyes, Lorena? —preguntó. Lorena la miró extrañada, no entendía el sentido de su pregunta. Helena medio sonrió y cambió sus palabras por algo más directo—: ¿Por eso te alejaste de la ciudad, le temes a la maldad del mundo?
Lorena se enojó por su comentario, sin conocerla y sin conocer su vida, la estaba llamando cobarde.
—Tal vez sí, pero por lo que veo la maldad nos sigue a todas partes —dijo, mirándola con cierto rencor.
Helena representaba lo malo: la maldad de la que creía se había librado; y ahora invadiría su espacio, su lugar lleno de paz. Por un momento se arrepintió de su propuesta. Si se quedaba en el hospital todo el tiempo en que la construcción estuviera en proceso, ningún día le sería posible evitarla, sin querer la dejó entrar más a su vida. No había espacio para el arrepentimiento. Lorena salió del hospital sin decirle nada más, ni siquiera volvió a mirarla a los ojos. Sabía que en sus ojos podría encontrar la maldad del mundo y no quería mirarla en ellos.
—¡Muy bien, Helena, todo lo haces perfectamente bien! —se dijo con enfado.

—¡Ay, abuela! Tú sí que sabes cómo acercarte a las personas —reclamó Andrea con burla.
Las estrellas parpadeaban distantes una de la otra, algunas proyectaban más luz cuando aparecían lejos del brillo de la media luna, el manto celeste se había oscurecido por completo. El tiempo se les había escapado entre tantos recuerdos inolvidables. Ni siquiera notaron cuando las lámparas públicas se iluminaron, se habían transportado hacia un lejano tiempo. Hacía mucho frío, el silbido del viento se escuchaba por toda la calle desierta, arrastrando la hojarasca que se había acumulado en las jardineras.
Helena se levantó de la mecedora, caminó hacia el interior de la casa, con pasos lentos y firmes, pero abrumados. Estaba cansada, quería irse a recostar, dejar por un momento su historia. Nunca creyó que le contaría su pasado a su nieta, un amor imposible. No le había contado a nadie en su totalidad, ni siquiera a su amiga más cercana. Quería ser egoísta con algo que le correspondió por poco tiempo; sus más hermosos recuerdos le pertenecían sólo a ella, y así los mantuvo por mucho tiempo, como en un baúl arrinconado en lo más profundo de su alma.
Andrea siguió a Helena hasta el pie de la escalera. Su mente estaba llena de inquietudes, mas nunca tuvo el valor de formular ninguna pregunta; sería paciente, sabía que su abuela le contaría en toda su totalidad lo que había vivido junto a Lorena. Parecía una historia inventada, quizá para ganarse su confianza. No quería que fuera así, deseaba conocer, estar segura, que el amor es universal y que el alma es la fuente donde nace el más grande sentimiento; después de todo se había enamorado de su abuelo. Pero, ¿por qué su vida no fue a lado de Lorena? Una pregunta que le quemaba todas sus otras inquietudes. No se atrevería a preguntarle, no una vez más. Esperaría a que su abuela le contara el final de su historia antes de que regresara, con ella o sin ella, a Nueva York. El invierno aún estaba muy lejos de terminar.
Helena la dejó al pie de la escalera, pero antes de comenzar a subirlas, la abrazó con fuerza y le dijo al oído:
—Pues espero que tú seas mejor que yo para acercarte a las personas.
La apartó de sus brazos y miró sus ojos dulces, la misma mirada que ella tenía a su edad, un semblante inocente reflejándose frente a ella. Helena no tenía muchos recuerdos de sus padres, se había hecho independiente apenas tuvo la oportunidad y se hizo de los recursos suficientes para no tener la necesidad de regresar a su casa. No tuvo, no quiso en realidad, el tiempo de ser parte de una familia, no sabía lo que era. Agradecía que Patricia cambiara de país, que se arraigara a nuevas costumbres, siempre tuvo bien sabido la unión de una familia mexicana. Patricia no lo era del todo al principio, la comunicación con Helena y su padre era nula a veces. Pero conoció a la familia del padre de Andrea, que no perdían la oportunidad de estar juntos, de idear cualquier comida o cena en familia; fue la parte que terminó de enamorarla, la sencillez que todos mostraban. Helena también empezó a ser parte de una familia, de un hogar muy distinto al suyo. Sabía que Andrea tenía un carácter muy distinto al de ella o al de Patricia, su educación había sido diferente, se rodeó de personas distintas y tuvo muy buenas costumbres. Pero también una fracción de su carácter sencillo se había perdido entre tanto rechazo por parte de su madre. Andrea tendría un camino difícil que afrontar, no sólo con su familia, sino con el resto de las personas. No dejaría que su mirada perdiera el brillo de la mejor ilusión fraguada, ni la esperanza de sobrevivir a sus sentimientos. Haría que, lo que miraba ahora en sus ojos, perdurara por siempre.


















No hay comentarios:

Publicar un comentario

Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.