"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011




VI


Las noches se congelaban en las zonas más altas de la sierra. La neblina dejaba un color azul blanquecino entre los árboles por la madrugada, el viento podía sentirse calmado e imperceptible: aún no salía el sol y el cielo se veía azul pastel, demasiado gélido. La bruma cubría la mayor parte de la sierra como todos los días de invierno. En las comunidades más cercanas no se podía ver más arriba de la altura de un árbol pequeño, los troncos se miraban escarchados a lo lejos, y sus hojas dejaban caer pequeñas gotas de rocío. La brisa que soplaba era helada, estancada. El invierno era frío, todo el día se veía el humo salir de las chimeneas de las casas de troncos, era más fácil que el fuego calentara la madera, así se podía resistir el invierno en la sierra de Chiapas. En la región se habían preparado como todos los años para sobrevivir a las bajas temperaturas, la inclemencia del tiempo la tenían bien sabida.
Los visitantes de Nueva York tendrían por llegada la mañana. Los pobladores estaban desde la madrugada en el hospital, esperaban reunirse con Lorena y Adrián; médicos de la sierra y encargados del comité del pueblo para cualquier eventualidad, que hasta en ese momento no se había presentado alguna de gran importancia. Hacía demasiado frío, parecía que el clima vaticinaba una larga tragedia, que duraría muchos inviernos. Las personas buscaban refugio dentro del hospital, pero no tenía capacidad para todos los que estaban reunidos. Muchos otros encendieron fogatas en el patio trasero, esperando la inevitable llegada.
—¿Alguno de ustedes ha visto a Lorena? —preguntó Adrián.
—No —respondieron.
Adrián se preocupó mucho, sabía que Lorena no podía fallar de esa manera, temió porque los síntomas de su enfermedad se manifestaran más rápido de lo que esperaban. Lo veía en sus ojos todos los días, a pesar de que quería mostrarse fuerte, no podía disimular su cansancio o un mareo repentino. El temblor de sus manos era evidente, le costaba bastante administrar los medicamentos, incluso no podía distinguir con facilidad los nombres de los medicamentos.
—¿Dónde estás?
Pasó casi medio día y Lorena no daba señales por ningún lado. Las mujeres que fueron en su búsqueda regresaron sin noticias: no había asistido a sus visitas de rutina con sus pacientes más enfermos. Algunos niños, que eran, aún con el frío, más ágiles, fueron a buscarla a su cabaña, pero también regresaron sin respuesta. Adrián organizó a todos antes de la llegada de los visitantes de Nueva York, que también estaban retrasados, y partió en busca de Lorena.
Sus pies se congelaban a cada paso, quizá no por el frío, sino por el nervio que sentía por la llegada de los desatinados visitantes. Pero la mayor parte de la pesadez que tenía en el cuerpo era su preocupación por Lorena. La sierra alta se le hacía cada vez más lejana, esta vez no veía su tranquilidad o sus paisajes hermosos. Lorena desde que llegó a la sierra ubicó el lugar justo donde quería vivir y no pedía nada más. Buscó la ayuda de los pobladores para que le construyeran una cabaña con los maderos más frescos posibles. Colocó árboles frutales y unos cuantos lirios, eran las flores que más le gustaban. Su cabaña sí era su lugar favorito para vivir ahí siempre, tan lejos de la ciudad.
La puerta y las ventanas se encontraban cerradas. Las macetas pequeñas no habían sido movidas de lugar. Lorena cada mañana las ubicaba cerca de los árboles más grandes para que los rayos del sol no les dieran directamente, eran plantas de sombra. Cuando llegaba por la noche las acercaba a su cabaña, no importando la hora que fuera. Le gustaba cuidar mucho de su jardín, era la tercera parte de su vida. Nada estaba fuera de su lugar, todo estaba intacto, como si Lorena hubiera desaparecido.
Adrián entró sin avisar, no esperaba obtener una respuesta si llamaba.
—¿Lorena?
Su mirada se ensombreció de incertidumbre, parecía estar bien y, a la vez, parecía estar en las peores condiciones. Miró por el piso varios frascos de medicamentos, la mayoría eran calmantes. Recogió unos cuantos a su paso, estaban abiertos y vacíos. No pudo haberse tomado todos. Un escalofrío penetrante recorrió su cuerpo y su boca estuvo a punto de dejar escapar un suspiro, más semejante a un gemido de terror. Dejó caer los frascos al piso, haciendo un eco por toda la cabaña casi vacía. El temblor se centró en sus manos sudorosas, estaba seguro que sentía el aspecto pálido de su piel. Se acercó a pasos lentos para no desbaratar su propia fortaleza, sabía que Lorena lo necesitaría más que entero. La encontró sentada sobre la silla, sus manos se aferraban con fuerza a la mesa, como intentando no caer. Parecía muerta por tanta inmovilidad de su cuerpo. Junto a la vela, consumida durante la noche, había por lo menos unas veinte pastillas. No quiso pensar en la idea de que Lorena estuviera a punto de buscar una salida más rápida. No podía ser ella, ni siquiera en sus pensamientos.
—¿Estás bien?
—¿Has escuchado lo que es el silencio total?
Su voz se escuchó sólo en un susurro y sus ojos estaban asustados. Nunca había sentido eso en su vida, ni lo había visto en alguno de sus pacientes. Todo le parecía tan extraño y nuevo en su cuerpo. Por un momento llegó sentir la necesidad de buscar un alivio definitivo, correr hacia el lugar que no quería volver: ir a la ciudad de México en busca de tratamiento, no se le hizo tan mala idea. Los medicamentos de su cabaña no le sirvieron de nada, nunca tuvo analgésicos tan fuertes y los pocos que tomó fueron insuficientes.
—¿De qué hablas, Lorena?
Se quedó en cuclillas a su lado. Miró las pastillas sobre la mesa una vez más, sabía que Lorena había buscado una combinación de medicamentos, una que fuera mucho más fuerte, pero nunca que le aliviara para siempre lo que estaba sintiendo. Tomó su mano intentando calmar su temblor, pero ambas manos se combinaron en un solo estremecimiento, en el mismo sudor frío de miedo.
—Todo está empezando a terminar, Adrián.
Sus ojos retuvieron las lágrimas con ansiedad, pero su mirada alcanzó a cristalizarse. Hacía mucho que esa expresión no se dibujaba en su rostro.
—Todo se está acabando para mí —dijo.
—No hables así... —murmuró con tristeza.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.