VII
Nueve camiones con material llegaban, trasportaban
arena, varillas…, lo necesario para iniciar la construcción. Detrás de ellos se
acercaba lentamente la maquinaría más pesada: ocho tractores, seis máquinas que
podían remover la tierra y una que otra excavadora; toda una trágica caravana. Tres
camionetas y dos coches llegaron a medio día a la sierra. En uno de ellos
llegaba Helena con los inversionistas más importantes y con los ingenieros del
proyecto. Parecía una tropa, con un aire de codicia aterradora. Helena bajó de
la camioneta y le sorprendió lo hermoso que era el lugar: la frescura del
inmenso verde de la sierra. A pesar de que el otoño había pasado, parecía que
ni una hoja se había desprendido de los árboles. Algunas hojas seguían verdes y
otras tantas tenían un medio colorido naranja. Se veían tan frescas que parecía
que nunca iban a lograr caer en invierno y esperarían la primavera sin tanto
problema. Era un colorido tan hermoso en la sierra; un sinfín de flores, hojas
de distintas especies de árboles, de arbustos varios, ramas caídas que le daban
un color café a la tierra, todo se armonizaba con el cielo celeste y con el
cantico de las aves que iban de paso, que también tenían colores hermosos. Era
un escenario realmente asombroso. Pero Helena quería sorprenderse con la mirada
de Lorena, que podía confundirse entre la fuerza del azul del cielo y la
tranquilidad y el verde de un valle.
Los pobladores se acercaron a ellos vociferando
palabras débiles y temerosas, pero en sus semblantes se reflejaba la valentía con
que defenderían su tierra. Los ingenieros se sintieron incomodos ante la turba
de gente y, aun así, los miraron indefensos, llenos de una humildad que podían
pisotear con cualquier cosa, incluso con el mínimo de dinero ofrecido. Después
de un tiempo se habían formado algunos pequeños grupos, entre gente del pueblo
y los trabajadores, quizá para convencerlos de que se unieran al proyecto,
asegurando una buena paga. Las palabras se habían calmado. Los inversionistas
recorrían el lugar, asombrados por tanta belleza, que su codicia la hacía
exaltar aún más. Se imaginaban los anuncios publicitarios, vendiendo la sierra
como el mejor lugar turístico. Valía pagar cualquier precio por unas buenas
vacaciones, la sierra de Chiapas por sí sola lo valía.
Helena buscó entre la multitud a la mujer castaña de
mediana estatura. La buscaba con insistencia, no sabía con seguridad por qué
tenía unas enormes ganas de verla; en realidad sí lo sabía, pero quería negarse
la única posibilidad que hacía arder sus sentimientos. Las manos se estremecían
de ansiedad y su corazón parecía que daba un latido fuerte en cada minuto, para
después quedarse quieto a esperar, como lo hacía Helena. Miró cada semblante
entristecido y enojado. Cada vez que avanzaba más, encontraba rostros humildes
con aires de indignación. Escuchaba las palabras de las personas y las ignoraba
al mismo tiempo. Siguió buscando, abriéndose paso entre los reclamos. Se
sorprendió por no encontrar a Lorena, más que sorprendida, estaba decepcionada.
Creyó que estaría defendiendo su tierra desde el primer instante. Helena estaba
lista para seguir una segunda batalla con ella.
—¿Estás bien, Lorena? —preguntó Adrián.
La vio tan pensativa mientras bajaban hacia el
pueblo.
—Estoy bien, sólo que no entiendo lo que pasa…
Se detuvo a escuchar el cantar de las aves entre los
árboles y no le sorprendió en nada la melodía tan bella que escuchaba. El viento
también tenía un sonido diferente, acompasándose con todo lo demás, en armonía
con las aves y con los árboles.
—Tuve miedo…, mucho miedo, no por no escuchar nada,
sentí miedo porque dentro de ese silencio no había nada que extrañara escuchar.
No quiero que así sea con todo.
La gente del pueblo no pudo hacer nada. Sin la ayuda
de Lorena o Adrián, se sintieron indefensos. Los ingenieros empezaron con el
plan de construcción haciendo monitoreo de la zona. Las maquinas se veían
pequeñas en comparación de la inmensidad de los árboles que las rodeaban. Sería
difícil preparar todo el terreno, pero la tierra era noble, incluso para un fin
así. El gasto de las investigaciones preliminares había valido la pena, sabían
qué tipo de maquinaría sería la suficiente.
Helena estaba a cargo de todo, así que debía estar
desde la colocación de la primera piedra, hasta el corte de inauguración del
hotel. Inspeccionó el terreno casi de palmo a palmo, en verdad sería el mejor
proyecto de su vida, el más ambicioso por realizar. Cada cierto tiempo se
alejaba de su trabajo y buscaba entre la gente a Lorena, pero sus esperanzas
eran en vano.
—Son las estructuras del hotel —decía un ingeniero a
Helena, mostrándole unos planos y enseñándole la ubicación de las primeras
torres—. Empezaremos con la zona sur de la construcción.
—Muy bien —decía Helena, observando los planos—. Me
parece perfecto.
—¡A mí no tanto!
Helena se sorprendió cuando escuchó la voz de Lorena
detrás de ella, la misma voz enérgica y desafiante que escuchó la primera vez. Sus
sentimientos dudosos le impidieron voltear con la rapidez con la que ameritaba
el momento. Estaba nerviosa porque la miraría de nuevo, frente a frente. Quería
ver sus ojos verde olivo, llenos de un fuerte carácter. Encontrar en ellos una
vez más su voluntad por seguir adelante, como en esos minutos de la primera
vez. Una razón: quería creer en algo más, y no sabía por qué Lorena le daría
los motivos que buscaba. Tenía que averiguarlo. Hasta ese momento fue
consciente de que toda su lucha por sacar a flote el proyecto había sido ella,
sus ganas de volver a verla. Tenía otra oportunidad, otro proyecto, no tan
ambicioso, pero más seguro que la sierra. Ni siquiera le importó que su trabajo
estuviera en juego. Convencer a los inversionistas no fue una tarea sencilla,
no después de la intervención de Lorena. Ahora estaba ahí, detrás de ella, toda
su razón. Pasaron segundos antes de que sus ganas de verla pudieran más que su
nerviosismo. Giró hacia Lorena con un poco de torpeza y miedo. No se dio
cuenta, ninguna de las dos se dio cuenta, pero sus miradas destellaron al chocar.
—Llega tarde a la cita, Lorena —dijo con una
sonrisa.
—No sabía que la teníamos, Helena —contestó, pero
sin devolverle la sonrisa.
Sus miradas destellantes y desafiantes, fueron
interrumpidas por el motor de una máquina que volcaba la tierra. El tractor
intentaba quitar los árboles y arbustos de la zona en construcción. Era
imposible creer que desde el primer día empezarían a destruirlo todo.
—¡Alto! —Gritó Lorena, dando pasos rápidos para
plantarse frente a la máquina—. ¡Alto ahí!
Helena sonreía, admiraba su coraje y valor.
—Está bien. Hoy no hay más que hacer. Déjalo así
Jacob —decía Helena, sonriendo cuando llegó hasta ella—. ¡Es todo por hoy!
—gritó, para que se detuviera el proceso de construcción.
—¡¡Y por siempre!! —gritó con la misma intensidad.
Lorena la miró desafiante. Después de un tiempo y
sin darse cuenta, sólo pensaba en el azul de sus ojos, que al mismo tiempo los
comparaba con el cielo. No los recordaba tan hermosos, incluso no recordaba
nada de ella. Al siguiente día de su intervención en Nueva York, viajó a
primera hora de regreso a México. Nunca supo si lo que hizo había servido de
algo, pero necesitaba volver por su trabajo. Bajó la mirada cuando el tiempo se
le hacía eterno y lo único en que pensaba era en lo hermoso de su mirada. Se
alejó confundida sin decirle nada.
Helena estiró el brazo para detenerla, pero no había
razón para ello, así que la dejó marcharse. No podía tener un tema de
conversación que no terminara en pleito y hablarle de un lugar que quería
desaparecer no era una buena opción. Nada había salido como lo hubo planeado
muchas veces en su cabeza, la jugada había sido distinta una vez más. No había
escenario perfecto para ellas, todo sería un completo desastre. Eran
pensamientos diferentes, tenían metas distintas en un mismo lugar, pero había
llegado hasta ahí. Dio un suspiro de frustración, fue una mala idea usar el
proyecto como pretexto, pero de qué otra manera estaría ahí. Las cosas
empezaban a tomar un rumbo inapropiado. El primer día había sido muy malo, qué
le esperaba para los demás meses que restaban. Eran muchos, tomando en cuenta
que destruiría su hogar.
Lorena alcanzó a dar tres pasos y se detuvo sin
querer. Había algo distinto en el viento, transportaba un aroma que se le hacía
conocido. Giró a Helena extrañada y preguntó:
—¿Rosas?
—Sí.
—Un olor
peculiar —dijo, fríamente.
—Y único —sonrió Helena con altanería.
—Sí, debí suponerlo… Claro, ¿perfume francés? ¿De su
propia compañía? —preguntó con ira, ante tanta superficialidad de Helena.
—No. Es único porque no lo encontrarás ni en los
mejores almacenes de ningún país, porque fue creado en una única edición y
todas las cantidades hechas las conservo yo —dijo, sin dejar de mantener el
aire de importancia por un perfume, que en ese momento se convertía en su pase para
tener una charla con ella.
Lorena se sintió cada vez más molesta ante Helena,
la gran señora de ciudad. Sí, olía a rosas, podía ser peculiar y muy común,
había rosas en cualquier parte del país o del mundo. Sabía que Helena hablaba
con la verdad al decir que era único, el aroma en ella era diferente, tenía el
olor característico de cualquier rosa, pero Helena lo hacía distinto. Miró sus
ojos y se enfureció más. Qué podía importarle un lugar lleno de naturaleza a
una persona tan superficial. Dio la vuelta y se alejó sin darle más importancia.
—¡Y si las pudieras ver, te darías cuenta de que
sólo son rosas rojas…, las más bellas y las mejores! —aclaró, para molestarla.
Lorena se detuvo más molesta, pero no quería
seguirle el juego y terminó por marcharse.
—Es muy agradable —decía. Miró de nuevo hacia la
dirección donde la silueta de Lorena había desaparecido, sonrió y dio un
suspiró—. Muy agradable…
No hay comentarios:
Publicar un comentario