VI
Andrea
caminaba sonriente, su cuerpo tenía movimientos torpes e intentaba no cruzar su
mirada con la de Natalia, así que miraba a cualquier parte. Todavía le faltaba
el oxígeno después del beso que le había dado. El camino no era muy largo, pero
esta vez parecía que todo iba más lento de lo normal. Natalia no decía nada,
pero por dentro sonreía al ver como Andrea se intimidaba por haber hecho lo del
beso. Así fue todo el camino: miradas breves y sonrisas fugaces llenas de
complicidad.
Llegaron a
casa de Natalia y sus miradas seguían sin cruzarse por más de tres segundos.
Rehuía todo lo posible de los ojos verdes de Natalia. Su mirada se sumergía en
el asfalto, inquieta y ruborizada. Sentía el fervor en su rostro, en la palma
de sus manos y el brillo en sus ojos era inevitable ocultarlo. ¿Por qué se
sentía tan inquieta? No era la primera vez que la besaba, pero antes no la
había besado así. Se sonrojó mucho más por el simple hecho de recordarlo. El
movimiento nervioso que hacía con su pie derecho, despegando el talón de arriba
abajo, podía tranquilizarla un poco. Era mentira, sólo le recordaba más su
nerviosismo. Tenía enfrente a Natalia, siendo parte de su espacio, de todo su
mundo. Su respiración era más tranquila que la suya. Percibía su aroma dulce,
embriagante y perturbadora para ella, provocándole otro sobresalto más a su
corazón. Escuchó el esbozo de una sonrisa tímida, acompañada de un suspiro demasiado
profundo. Ahí tenía a la persona que podía darle tanto valor, pero no el
suficiente como para mirarla ahora.
Andrea
sonreía, el color de sus mejillas aumentaba, sabía que Natalia sí la estaba
mirando y, quizá, sonreía con burla. No supo en realidad qué había pasado por
su cabeza, ni de dónde había tomado el valor para besarla así. Quería probar
que sus sentimientos eran reales, no sólo mostrárselo a ella misma, quería que
todos se dieran cuenta que tenía el valor y que empezaría a demostrarlo en lo
más mínimo, pero avanzaría a pasos grandes, rápidos, hasta que comprendieran el
amor que sentía por Natalia.
—Andrea —llamó—,
mírame.
Otra mirada
fugaz apareció frente a ella. Su rostro se sonrojó tan rápido que no tuvo otra
alternativa que agachar la mirada, esconder su nerviosismo. El corazón bombeaba
su sangre a toda velocidad. El temblor de sus manos era evidente e
incontrolable. Se sentía tímida y nerviosa, como la primera vez en que la había
besado; otra mentira, se sentía mucho más nerviosa. Le regaló otra mirada y
volvió a esconder el brillo de sus ojos. En verdad su timidez era hermosa, tan
genuina e inocente. Natalia la tomó del mentón y sus miradas se encontraron por
más tiempo. Su entorno volvió a verse opacado, invisible, innecesario. Todo era
más hermoso en el reflejo de sus miradas. Natalia sonrió, también podía ser un
poco atrevida para con Andrea. Tenía valor. Podía demostrárselo. Acortó el
espacio que las separaba, sin prisa y sin desesperación… la besó. Sintió el
contacto suave de sus labios. Su respiración se detuvo y escuchaba su corazón a
tope; como la primera vez, en su primer beso. Esta vez sí se sentía como el
primero.
Andrea le
correspondió, pero lo hizo sin tanta desesperación, tenían todo el tiempo
posible.
—¡Ah, no! ¡No!
—se escuchó la voz de Octavio, el hermano mayor de Natalia, acercándose a
ellas—. ¡Andrea, no! Que lo recuerde aún no pides mi autorización para salir
con mi hermana.
Octavio era un
hombre apuesto, inteligente y sobreprotector con su hermana. Andrea le temía
hace unos años. Lo miraba desde lejos, imaginando que venía de otra galaxia al
verlo siempre vestido de una manera extraña. Él y sus amigos no tenían buena
fama entre los colonos, se metían en problemas por no entrar a la escuela y
quedarse vagando entre las calles. Ahora lo veía como todo un adulto y con un
buen trabajo fuera del estado. Se vestía de forma elegante y sólo iba de visita
de vez en cuando. Andrea nunca imaginó que el chico extraño que le causaba
tanto miedo era el hermano mayor de Natalia.
—Y-yo
—tartamudeó.
—Te dije que
Octavio es así.
Natalia tomó
la mano de Andrea, como un instinto de protección, aunque no había de qué
protegerla.
—Y bien —cruzó
los brazos y se dirigió a su hermana—. Natalia, ¿eres feliz?
—Sí, mucho.
—De acuerdo,
puedes besarla —sugirió, y le guiñó el ojo a Andrea.
—Bueno, sí…
Sus nervios se
habían mezclado con el miedo.
—¡Octavio,
puedes irte! —gritó Natalia.
—¡Ah, sí!
Claro, claro —Octavio dio la vuelta para marcharse—. ¡Pero recuerda, Andrea, la
quiero dentro de casa a las nueve, ni un minuto más!
Octavio se fue
con una sonrisa autoritaria, pero feliz al ver a su hermana tan contenta, tan
libre y siendo fuerte por el amor que sentía. Natalia era una niña tierna desde
pequeña, siempre sonreía y creaba un ambiente de paz a todo quien rodeaba. Toda
su actitud se había hecho más fuerte y parecía haber crecido de un momento a
otro, pero conservando todos sus rasgos físicos de la edad que tenía. Octavio
nunca imaginó que su hermana había encontrado el estado perfecto en el amor,
aun siendo tan pequeña. Él nunca se opondría ante los sentimientos de su
hermana y no dejaría que nadie lo hiciera.
—Tranquila, no
te asustes —Natalia la abrazó. No podía creer que Andrea estuviera temblando de
miedo—. Octavio me quiere y si yo te quiero, también debe quererte.
Andrea intentó
tranquilizarse, habían sido demasiadas emociones fuertes por el día de hoy. No
aguantaría otra más antes de que su corazón se colapsara por completo, hasta
podía sentir un zumbido extraño en sus oídos. Al menos el temblor de sus manos lo
había controlado.
—Si yo te
quiero…
Natalia se
acercó suavemente a sus labios para besarla, pero la suavidad se intensificaba
cada vez más, parecía que el beso las había llevado a un nivel más profundo.
Andrea sentía cálido en su interior, su corazón no podía latir más rápido, el
temblor de sus manos regresó. Si moría, sabía que moriría por amor. Aunque lo
más posible, y real, sería de un infarto. Su corazón no iba a soportar otro
latido tan intenso y fuerte, para ella así era morir de amor. Los labios se
apartaron suavemente. No querían hacerlo, pero lo sentían necesario. Sus
pulmones necesitaban aire.
Andrea miraba
los ojos tiernos de Natalia.
—Buenas noches
y dulces sueños, muy dulces sueños.
—No te vayas,
Octavio dijo que a las nueve —decía Natalia, suplicando—. Son las siete, aún no
es tarde…, todavía no te vayas.
—Buenas noches
y muy dulces sueños —murmuraba Andrea, como sumergida en un sueño—. Los que voy
a tener todos los días de mi vida… a tu lado.
Natalia no
hizo otra cosa más que abrazarla. Sus ojos se inundaron de inefable felicidad. No
sabía exactamente de dónde salía todo lo que sentía, pero sí sabía para quién
estaba hecho. No había vuelta atrás para lo que sentían, nunca la hubo, Andrea
y Natalia nunca la iban a crear. Si su vida estaba destinada a compartirla,
harían todo lo posible porque nadie se interpusiera en su camino. No tenían la
edad suficiente, estaban conscientes de eso, pero la magia que sentían en sus
corazones era suficiente para cambiar su mundo.
La calle
estaba desierta, la puerta de su casa estaba por completo cerrada después de
que Octavio entró. Las ventanas estaban cubiertas por las cortinas corridas en
su totalidad, sabía que nada podía verse desde adentro. Sus padres no estaban
en casa y estaba segura de que Octavio era demasiado sobreprotector, pero no a
tal grado como para estarla vigilando desde alguna ventana a escondidas y más
sabiendo que Héctor no se lo permitía, pero aun así se llevó a Andrea unos
pasos más atrás, alejándola de algún punto que pudiera verse desde su casa, no
quería que su hermano mayor saliera a gritarle. Esta vez quería que nadie fuera
parte de lo que sólo era de ellas para siempre.
—Andrea,
bésame otra vez —pidió Natalia—. Bésame como me besaste en el salón.
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