"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

18 de noviembre de 2011



V

Ocultarse en la fortaleza del enemigo estaba resultando cada día más complicado. Era muy peligroso quedarse en el piso e intentar correr antes de que el profesor se diera cuenta de su presencia en la última hora de clase. Pronto llegarían las vacaciones de invierno y sabía que en esos días podían estar juntas todo el tiempo, rogando que su partida a Nueva York nunca llegara.
Una tarde se quedó en la oficina de Darío, era su oficina y su casa a la vez, que era tan humilde como él mismo. Llevaba muchos años de ser el conserje de la escuela, casi nadie sabía de su vida, nunca estuvo casado ni tuvo hijos. Sólo recordaban el día que había llegado a la región, con el mismo semblante humilde que jamás se le quitó. Lo único que importaba es que era un hombre honrado y respetuoso, los alumnos le querían en demasía. Cuando era más joven lo invitaban a sus juegos, a sus salidas a acampar a las afueras de la región. Ahora sólo le quedaba su sabiduría y sus buenas palabras para los más pequeños.
—Ten cuidado, está caliente —advirtió.
Andrea miró la taza de café que Darío le había servido. Los días estaban siendo fáciles, que de un momento a otro no le gustó que fueran así. Había algo que no encajaba en sus pensamientos. Por qué cuando las cosas estaban mejorando tenía sentimientos que no entendía, incluso se sentía molesta por sentirse tan bien. A veces salía de casa sin dirigirle ni una palabra a su madre, las discusiones no existían tampoco, la indiferencia que sentían ambas era lo más devastador. ¿Por qué no podía dejar de querer a su madre? Un sentimiento tan imposible de arrancar de su corazón, como imposible despojar de su alma el amor que tenía por Natalia. Las dos personas que más le importaban en la vida, le daban sentimientos tan distintos que afrontar, que defender. El café seguía humeante frente a sus ojos, encerrándola en tantos pensamientos, y tan oscuro como no podía evitar pensar en su futuro. De verdad todo sería más fácil si sus sentimientos fueran, como todo mundo lo dice: normales. Su madre no se opondría a que estuviera enamorada siendo tan joven. No tendría que pensar en un futuro que afrontar lleno de adversidades y discriminación.
Su vida sería… normal.
Darío se había dado cuenta desde hace bastante tiempo la relación que llevaba con Natalia. Era difícil esconder algo así a los ojos de alguien con experiencia, sobre todo cuando Andrea había cambiado de actitud desde la llegada de la chica trigueña de ojos verdes en otoño. Nunca antes había visto tanta admiración y devoción entre dos personas y menos siendo tan pequeñas. Observaba sus miradas disimuladas y sus gestos escondidos, pero no podían ocultar la magia que creaban cada vez que sus ojos se encontraban, podrían ser segundos nada más, solo eso bastaba para cambiarlo todo. Al principio parecían dos personas maduras amándose en los cuerpos de unas niñas, con la discreción que requería su relación, pero ahora mantenían el amor sincero y puro, dejando sólo su semblante infantil atrás.
—¿Estás segura de lo que sientes? —preguntó Darío, con un tono grave de seriedad en su voz.
Andrea lo miró extrañada, nunca imaginó que pudiera cuestionarla sobre sus sentimientos. Sus ojos se mantuvieron serios y autoritarios, casi fríos. Una vez más se estaba enfrentando a lo que ella misma no entendía ahora. Se levantó de la mesa enojada por el tono de su pregunta. Pensó que Darío se había envenenado con la ignorancia de los demás, donde el amor sólo era bien visto entre hombre y mujer; donde era lo único que importaba sin saber en verdad los sentimientos y el verdadero valor del amor. Nadie tenía derecho a cuestionarla sobre lo que sentía. Pensó que Darío tenía miedo de perder su trabajo por protegerla, nadie le daría trabajo a un hombre tan mayor, ni dentro ni fuera de la región. ¿A cuántas personas arrastraría por su camino? No quería perder a su amigo ni que él perdiera su sabiduría por temor al resto del mundo. Pero su mirada seguía fría frente a ella, parecía que no estaba más de su lado. Cuánto duraría la ilusión de que todo estaba mejorando, cuándo sus amigos volverían a ser enemigos, por cuánto tiempo todo estaría relativamente bien. Sentía tantas palabras atoradas en su pecho, tanta rabia por sentir todo y al mismo tiempo no saber lo que sentía. Por qué era tan complicado enfrentarse al mundo por amor. Estaba consciente de que era muy pequeña y el mundo era demasiado grande, lo sintió en cada paso que dio hacia la puerta. Casi tuvo que arrastrar sus pies por la pesadez que se acumuló en ellos. Intentó abrir para escapar, pero la puerta parecía atorada o sus manos estaban muy torpes. ¿Por qué la puerta no se abría? Sintió el sofoco en su pecho. No quería perder la amistad de Darío. No quería que insistiera con sus preguntas. Lo intentó y volvió a intentarlo, la puerta no le dio ningún escape.
—¿Estás segura de lo que sientes? —Preguntó una vez más—. ¿Estás segura?
Dejó que los segundos pasaran en silencio para que entendiera el sentido de su pregunta y se diera cuenta de la realidad de las cosas. Esperaba que Andrea reaccionara de una forma en que pudiera defenderse con palabras, las necesitaba. Sin querer él había estado en la oficina cuando mandaron llamar a Natalia. Vio su expresión asustada en sus ojos llorosos y miró su cuerpo estremecerse de miedo cuando entró. Darío se mantuvo en silencio, como un fantasma, no quería que el profesor se diera cuenta de su presencia y le pidiera que se marchara a continuar con sus labores. Se quedó postergado, inmóvil, conteniendo casi la respiración. Las preguntas del profesor empezaron en ataque, manifestando su inconformismo por los supuestos rumores. Natalia agachó la mirada, sus ojos se cristalizaron de inmediato. Darío estuvo dispuesto a perder su trabajo por defenderla si fuera necesario, pero las palabras de Natalia se lo impidieron. En ningún momento negó su relación con Andrea. No dijo muchas palabras, sólo las suficientes y las acertadas, quizá no para cambiar el pensamiento de quien la escuchaba, sino con todo el valor que requería defenderse a ella y defender sus sentimientos por Andrea. En ese momento Darío dejó de verla como una niña indefensa; Natalia tenía el mundo ganado porque sabía cómo defenderse con palabras. El profesor pudo calmar su enojo sin saber cómo es que aceptaba las palabras de Natalia como algo lógico y, sobre todo, verdadero; pero había una postura que cumplir, reglas sociales que seguir. En un suspiró profundo se dejó caer sobre la silla, miró a Natalia, tan segura como nunca antes la había visto. Era la mejor alumna de la escuela, no podía expulsarla. Con palabras, con sentimiento, se ganó la seguridad de quedarse en la escuela como una oportunidad para demostrar que sus sentimientos valían igual.
Quería que Andrea se defendiera de la misma manera, que las personas que la escucharan no lo sintieran como una afrenta a la sociedad o una simple rebeldía contra el sistema. Pero Darío no sabía que Andrea no tenía el mismo don que Natalia tenía con las palabras. Andrea era inquieta y rebelde; todo era blanco o negro; un contraste, a veces nítido o a veces borroso, pero siempre un contraste. Sólo le importaba que las personas la aceptaran sin hacer tantas preguntas, porque para ella lo que sentía no tenía nada de malo. Y las preguntas no valían y las explicaciones tampoco. Simplemente tenían que aceptarlo, era su amor, sus sentimientos.
Darío no tuvo una respuesta inmediata y sabía que no la tendría. Se dio cuenta que Andrea siempre estaba a la defensiva, pero no sabía cómo defenderse.
—No deberías estarlo —terminó por decir en un suspiro casi ahogado en su pecho.
La perilla por fin giró entre sus manos. El aire fresco entró por la rendija de una puerta semi abierta, la luz también pudo filtrarse, casi cegadora. Adentro estaba oscuro, no porque no hubiese luz, sino por la actitud de Darío, así sentía el ambiente, igual como si estuviera en casa. El ruido de afuera también pudo colarse, sin lograr siquiera despertarla de su agonía. Volvió a pensar que todo sería mejor si fuera normal. Podría estar en clases con sus amigo, ansiosos por la llegada de las vacaciones de invierno, sin nada más en que preocuparse. No estaría pensando tanto en su futuro y en todo lo que tendría que soportar por un simple sentimiento.
Se quedó en la puerta, no quería estar ahí, pero su cuerpo tampoco quería irse. Necesitaba la respuesta de alguien que creía no estaba en su contra. Entender el sentido de todo desde otra perspectiva, una más sabia y quizá menos objetiva. Estaba segura de lo que sentía en su corazón, de eso no tenía ninguna duda. Entonces qué era lo que Darío le intentaba decir. No debería estar segura de qué.
—Estás asustada y confundida. Si amas tanto a Natalia, no deberías sentirte así —le sonrió un poco.
Agachó la mirada, y sus manos hicieron lo que debían hacer: cerraron la puerta. Sabía que Darío tenía razón y eso le entristeció. En un momento se había llenado de tantas dudas, que en una fracción de segundo llegó a pensar que tal vez sus sentimientos sí eran equivocados y que todo sería más fácil si siguiera el camino correcto, el que su madre esperaba. Nadie la cuestionaría, no tendría que estar siempre a la defensiva, todo volvería a ser normal. Darío le volcó todos los sentimientos en sencillas frases. En verdad no sabía cómo defenderse ante una pregunta tan simple, todo lo sentía como un ataque hacia sus sentimientos. Sus lágrimas escaparon, lloró como nunca lo hacía en presencia de nadie. Su debilidad la mantenía oculta, porque nadie tenía el derecho de aprovecharse de ella.
—Cuando dos personas se aman —decía su amigo—, no importa lo que digan los demás y en tu caso, Andrea, no importa lo que diga el mundo.
Se acercó con pasos lentos y cansados. Debía hacerle entender que vendrían tiempos más difíciles y que necesitaría coraje, valor y, sobre todo, su amor humilde. Era la única arma que poseía y no sabía cómo usarla, ni cuándo depender solo de ella o cuándo era mejor dejarla oculta. No tenía que ponerse agresiva o huir, quizá no podía defenderse con palabras, pero tenía que intentarlo, ser diplomática y gentil. Si las cosas se complicaban, debía enfrentarse con valor, defenderse con todo lo que podía sentir sobre el amor. No se oía tan complicado. Sus compañeros le habían mostrado su apoyo, el cariño de su abuela lo tenía y la aprobación de los padres de Natalia era evidente. ¿Por qué era tan complicado entonces? Sintió la presión en su pecho al venir la primera palabra a su cabeza: Patricia.
Siguió llorando, pensando en lo que ahora no podía ofrecerle a Natalia: la seguridad de estar siempre con ella, sin importar lo que diga el resto del mundo, que sólo se reducía a la aceptación de su madre.
—Anda…, no llores más —le dio un abrazo—. A ti te gusta el café dulce no salado, y apuesto mi paga de todo un año, que Natalia adora estos ojos hermosos sin lágrimas.
—Quiero mucho a Natalia, de verdad la amo con toda mi alma —dijo sollozando.
—Lo sé, pequeña, sé cuánto se quieren —la abrazó con más fuerza—. Y con eso tienes que defenderla: con amor.
Andrea salió después de terminarse su café, que le supo a tranquilidad y el más dulce que había probado en su vida. Caminó hasta el salón donde Natalia tomaba clases y se asomó por una de las ventanas, el profesor no estaba. Todos la miraban sin saber por qué estaba corriendo el riesgo de ser vista, estaban en el cambio de clase. Natalia hablaba con sus amigas, no se daba cuenta de lo que pasaba. Sus compañeros habían enmudecido, haciéndole gestos del porqué estaba ahí. Andrea no hizo caso a nadie. Defendería a Natalia con amor. Llegó hasta ella, la tomó por sorpresa del rostro y la besó con desesperación, como si no la hubiera besado en muchos días. Tania corrió hacia la puerta para ver si no llegaba su profesor, fue la única que pudo reaccionar en menos de dos segundos. Sus compañeros quedaron asombrados ante tal manifestación de amor, muy atrevida. Todos rompieron en aplausos, gritaban emocionados por su comportamiento tan osado.
—¡Andrea! —Gritaba Tania, que se asomaba por la puerta—. ¡¡Ya viene el profesor!!
La siguió besando sin importarle los gritos de Tania. Sus compañeros seguían armando un escándalo que podía escucharse en toda la escuela. Andrea, desde que salía con Natalia, nunca había intentado besarla de esa manera, era algo que estaba disfrutando mucho y parecía que no quería terminarlo nunca. Sus dudas se fueron, los temores se disiparon, todo fue más claro, todo más intenso.
—¡Andrea! —gritó Tania desesperada.
Después de unos largos e interminables segundos, dejó de besarla. Natalia estaba pasmada y sin palabras en la boca, mientras que Andrea se veía feliz y satisfecha. Toda la presión de miedo en su pecho se pudo disolver en un beso. Seguiría enfrentándose a Patricia, pero no lo haría de forma agresiva, tenía que demostrarle que el amor que sentía por Natalia la hacía una mejor persona y que simplemente era feliz. Tenía que cambiar la estrategia con su madre, Natalia lo valía todo, todo en el universo. No dejó de mirar sus ojos verdes, la sonrisa tímida de sus labios. Tenía la sensación de que no había nada a su alrededor, no existía nadie. Las miradas seguían sobre ellas y el escándalo no cesó ni un segundo. Sus sentidos se quedaron embriagados, sólo era Natalia y ella para siempre.
—Te amo —murmuraba—. No dejaré de amarte nunca.
Se escuchó un ruido fuerte y algunas cosas volaron por los aires, sus compañeros voltearon para percatarse que Tania estuviera bien, había tropezado con los primeros pupitres.
—¡Andrea! —Tania corrió con las rodillas adoloridas, abriéndose paso entre la muralla que sus amigos habían formado a su alrededor. La tomó del brazo, despertándola a la realidad, y la llevó hasta el fondo del salón para esconderla donde acostumbraban—. ¡Cállate y quédate ahí!
Su rostro tenía la sonrisa más grande por lo que acababa de hacer, esta vez sí había sido un acto de rebeldía contra el sistema, aunque muy pequeño, tuvo que haberla besado a mitad de patio, quizá durante la ceremonia que se realizaba todos los lunes, para que todos estuvieran presentes. Tal vez lo haría después, la última semana de clases. Se quedó sentada en el piso cubierta por la mayoría de los pupitres de sus compañeros, así evitaban que el profesor la viera, no había tiempo de salir por la puerta.
—Y tú, ¡siéntate! —dijo Tania, llegando a Natalia. Estaba impresionada, no tenía movimiento alguno en su cuerpo.
Cuando entró el profesor todos estaban en su lugar y, todos, compartían la misma sonrisa de Andrea; excepto Tania, que no sabía cómo se había movido tan rápido, prácticamente esperaba a que su corazón encontrara otra vez su ritmo. El profesor empezó a dar el sermón habitual que daba cada vez que se los encontraba portándose mal, pero en lugar de sentirse agredidos por sus palabras, seguían sonriendo.
—¡Silencio! —gritó el profesor, ante la última ovación llena de júbilo.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.