V
Ocultarse en
la fortaleza del enemigo estaba resultando cada día más complicado. Era muy
peligroso quedarse en el piso e intentar correr antes de que el profesor se
diera cuenta de su presencia en la última hora de clase. Pronto llegarían las
vacaciones de invierno y sabía que en esos días podían estar juntas todo el
tiempo, rogando que su partida a Nueva York nunca llegara.
Una tarde se
quedó en la oficina de Darío, era su oficina y su casa a la vez, que era tan
humilde como él mismo. Llevaba muchos años de ser el conserje de la escuela,
casi nadie sabía de su vida, nunca estuvo casado ni tuvo hijos. Sólo recordaban
el día que había llegado a la región, con el mismo semblante humilde que jamás
se le quitó. Lo único que importaba es que era un hombre honrado y respetuoso,
los alumnos le querían en demasía. Cuando era más joven lo invitaban a sus
juegos, a sus salidas a acampar a las afueras de la región. Ahora sólo le
quedaba su sabiduría y sus buenas palabras para los más pequeños.
—Ten cuidado,
está caliente —advirtió.
Andrea miró la
taza de café que Darío le había servido. Los días estaban siendo fáciles, que
de un momento a otro no le gustó que fueran así. Había algo que no encajaba en
sus pensamientos. Por qué cuando las cosas estaban mejorando tenía sentimientos
que no entendía, incluso se sentía molesta por sentirse tan bien. A veces salía
de casa sin dirigirle ni una palabra a su madre, las discusiones no existían
tampoco, la indiferencia que sentían ambas era lo más devastador. ¿Por qué no
podía dejar de querer a su madre? Un sentimiento tan imposible de arrancar de
su corazón, como imposible despojar de su alma el amor que tenía por Natalia.
Las dos personas que más le importaban en la vida, le daban sentimientos tan
distintos que afrontar, que defender. El café seguía humeante frente a sus
ojos, encerrándola en tantos pensamientos, y tan oscuro como no podía evitar
pensar en su futuro. De verdad todo sería más fácil si sus sentimientos fueran,
como todo mundo lo dice: normales. Su madre no se opondría a que estuviera enamorada
siendo tan joven. No tendría que pensar en un futuro que afrontar lleno de adversidades
y discriminación.
Su vida sería…
normal.
Darío se había
dado cuenta desde hace bastante tiempo la relación que llevaba con Natalia. Era
difícil esconder algo así a los ojos de alguien con experiencia, sobre todo
cuando Andrea había cambiado de actitud desde la llegada de la chica trigueña
de ojos verdes en otoño. Nunca antes había visto tanta admiración y devoción
entre dos personas y menos siendo tan pequeñas. Observaba sus miradas
disimuladas y sus gestos escondidos, pero no podían ocultar la magia que
creaban cada vez que sus ojos se encontraban, podrían ser segundos nada más,
solo eso bastaba para cambiarlo todo. Al principio parecían dos personas
maduras amándose en los cuerpos de unas niñas, con la discreción que requería
su relación, pero ahora mantenían el amor sincero y puro, dejando sólo su
semblante infantil atrás.
—¿Estás segura
de lo que sientes? —preguntó Darío, con un tono grave de seriedad en su voz.
Andrea lo miró
extrañada, nunca imaginó que pudiera cuestionarla sobre sus sentimientos. Sus
ojos se mantuvieron serios y autoritarios, casi fríos. Una vez más se estaba
enfrentando a lo que ella misma no entendía ahora. Se levantó de la mesa
enojada por el tono de su pregunta. Pensó que Darío se había envenenado con la
ignorancia de los demás, donde el amor sólo era bien visto entre hombre y
mujer; donde era lo único que importaba sin saber en verdad los sentimientos y
el verdadero valor del amor. Nadie tenía derecho a cuestionarla sobre lo que
sentía. Pensó que Darío tenía miedo de perder su trabajo por protegerla, nadie
le daría trabajo a un hombre tan mayor, ni dentro ni fuera de la región. ¿A
cuántas personas arrastraría por su camino? No quería perder a su amigo ni que
él perdiera su sabiduría por temor al resto del mundo. Pero su mirada seguía
fría frente a ella, parecía que no estaba más de su lado. Cuánto duraría la
ilusión de que todo estaba mejorando, cuándo sus amigos volverían a ser
enemigos, por cuánto tiempo todo estaría relativamente bien. Sentía tantas
palabras atoradas en su pecho, tanta rabia por sentir todo y al mismo tiempo no
saber lo que sentía. Por qué era tan complicado enfrentarse al mundo por amor.
Estaba consciente de que era muy pequeña y el mundo era demasiado grande, lo
sintió en cada paso que dio hacia la puerta. Casi tuvo que arrastrar sus pies
por la pesadez que se acumuló en ellos. Intentó abrir para escapar, pero la
puerta parecía atorada o sus manos estaban muy torpes. ¿Por qué la puerta no se
abría? Sintió el sofoco en su pecho. No quería perder la amistad de Darío. No
quería que insistiera con sus preguntas. Lo intentó y volvió a intentarlo, la
puerta no le dio ningún escape.
—¿Estás segura
de lo que sientes? —Preguntó una vez más—. ¿Estás segura?
Dejó que los
segundos pasaran en silencio para que entendiera el sentido de su pregunta y se
diera cuenta de la realidad de las cosas. Esperaba que Andrea reaccionara de
una forma en que pudiera defenderse con palabras, las necesitaba. Sin querer él
había estado en la oficina cuando mandaron llamar a Natalia. Vio su expresión
asustada en sus ojos llorosos y miró su cuerpo estremecerse de miedo cuando
entró. Darío se mantuvo en silencio, como un fantasma, no quería que el
profesor se diera cuenta de su presencia y le pidiera que se marchara a
continuar con sus labores. Se quedó postergado, inmóvil, conteniendo casi la
respiración. Las preguntas del profesor empezaron en ataque, manifestando su
inconformismo por los supuestos rumores. Natalia agachó la mirada, sus ojos se
cristalizaron de inmediato. Darío estuvo dispuesto a perder su trabajo por defenderla
si fuera necesario, pero las palabras de Natalia se lo impidieron. En ningún momento
negó su relación con Andrea. No dijo muchas palabras, sólo las suficientes y
las acertadas, quizá no para cambiar el pensamiento de quien la escuchaba, sino
con todo el valor que requería defenderse a ella y defender sus sentimientos
por Andrea. En ese momento Darío dejó de verla como una niña indefensa; Natalia
tenía el mundo ganado porque sabía cómo defenderse con palabras. El profesor
pudo calmar su enojo sin saber cómo es que aceptaba las palabras de Natalia
como algo lógico y, sobre todo, verdadero; pero había una postura que cumplir,
reglas sociales que seguir. En un suspiró profundo se dejó caer sobre la silla,
miró a Natalia, tan segura como nunca antes la había visto. Era la mejor alumna
de la escuela, no podía expulsarla. Con palabras, con sentimiento, se ganó la
seguridad de quedarse en la escuela como una oportunidad para demostrar que sus
sentimientos valían igual.
Quería que
Andrea se defendiera de la misma manera, que las personas que la escucharan no
lo sintieran como una afrenta a la sociedad o una simple rebeldía contra el
sistema. Pero Darío no sabía que Andrea no tenía el mismo don que Natalia tenía
con las palabras. Andrea era inquieta y rebelde; todo era blanco o negro; un
contraste, a veces nítido o a veces borroso, pero siempre un contraste. Sólo le
importaba que las personas la aceptaran sin hacer tantas preguntas, porque para
ella lo que sentía no tenía nada de malo. Y las preguntas no valían y las
explicaciones tampoco. Simplemente tenían que aceptarlo, era su amor, sus
sentimientos.
Darío no tuvo una
respuesta inmediata y sabía que no la tendría. Se dio cuenta que Andrea siempre
estaba a la defensiva, pero no sabía cómo defenderse.
—No deberías estarlo
—terminó por decir en un suspiro casi ahogado en su pecho.
La perilla por
fin giró entre sus manos. El aire fresco entró por la rendija de una puerta semi
abierta, la luz también pudo filtrarse, casi cegadora. Adentro estaba oscuro,
no porque no hubiese luz, sino por la actitud de Darío, así sentía el ambiente,
igual como si estuviera en casa. El ruido de afuera también pudo colarse, sin
lograr siquiera despertarla de su agonía. Volvió a pensar que todo sería mejor
si fuera normal. Podría estar en clases con sus amigo, ansiosos por la llegada
de las vacaciones de invierno, sin nada más en que preocuparse. No estaría
pensando tanto en su futuro y en todo lo que tendría que soportar por un simple
sentimiento.
Se quedó en la
puerta, no quería estar ahí, pero su cuerpo tampoco quería irse. Necesitaba la
respuesta de alguien que creía no estaba en su contra. Entender el sentido de
todo desde otra perspectiva, una más sabia y quizá menos objetiva. Estaba
segura de lo que sentía en su corazón, de eso no tenía ninguna duda. Entonces
qué era lo que Darío le intentaba decir. No debería estar segura de qué.
—Estás
asustada y confundida. Si amas tanto a Natalia, no deberías sentirte así —le
sonrió un poco.
Agachó la
mirada, y sus manos hicieron lo que debían hacer: cerraron la puerta. Sabía que
Darío tenía razón y eso le entristeció. En un momento se había llenado de
tantas dudas, que en una fracción de segundo llegó a pensar que tal vez sus
sentimientos sí eran equivocados y que todo sería más fácil si siguiera el
camino correcto, el que su madre esperaba. Nadie la cuestionaría, no tendría
que estar siempre a la defensiva, todo volvería a ser normal. Darío le volcó
todos los sentimientos en sencillas frases. En verdad no sabía cómo defenderse
ante una pregunta tan simple, todo lo sentía como un ataque hacia sus
sentimientos. Sus lágrimas escaparon, lloró como nunca lo hacía en presencia de
nadie. Su debilidad la mantenía oculta, porque nadie tenía el derecho de aprovecharse
de ella.
—Cuando dos
personas se aman —decía su amigo—, no importa lo que digan los demás y en tu
caso, Andrea, no importa lo que diga el mundo.
Se acercó con
pasos lentos y cansados. Debía hacerle entender que vendrían tiempos más difíciles
y que necesitaría coraje, valor y, sobre todo, su amor humilde. Era la única
arma que poseía y no sabía cómo usarla, ni cuándo depender solo de ella o
cuándo era mejor dejarla oculta. No tenía que ponerse agresiva o huir, quizá no
podía defenderse con palabras, pero tenía que intentarlo, ser diplomática y
gentil. Si las cosas se complicaban, debía enfrentarse con valor, defenderse
con todo lo que podía sentir sobre el amor. No se oía tan complicado. Sus
compañeros le habían mostrado su apoyo, el cariño de su abuela lo tenía y la
aprobación de los padres de Natalia era evidente. ¿Por qué era tan complicado
entonces? Sintió la presión en su pecho al venir la primera palabra a su
cabeza: Patricia.
Siguió
llorando, pensando en lo que ahora no podía ofrecerle a Natalia: la seguridad
de estar siempre con ella, sin importar lo que diga el resto del mundo, que
sólo se reducía a la aceptación de su madre.
—Anda…, no
llores más —le dio un abrazo—. A ti te gusta el café dulce no salado, y apuesto
mi paga de todo un año, que Natalia adora estos ojos hermosos sin lágrimas.
—Quiero mucho
a Natalia, de verdad la amo con toda mi alma —dijo sollozando.
—Lo sé,
pequeña, sé cuánto se quieren —la abrazó con más fuerza—. Y con eso tienes que
defenderla: con amor.
Andrea salió después
de terminarse su café, que le supo a tranquilidad y el más dulce que había
probado en su vida. Caminó hasta el salón donde Natalia tomaba clases y se
asomó por una de las ventanas, el profesor no estaba. Todos la miraban sin
saber por qué estaba corriendo el riesgo de ser vista, estaban en el cambio de
clase. Natalia hablaba con sus amigas, no se daba cuenta de lo que pasaba. Sus compañeros
habían enmudecido, haciéndole gestos del porqué estaba ahí. Andrea no hizo caso
a nadie. Defendería a Natalia con amor. Llegó hasta ella, la tomó por sorpresa
del rostro y la besó con desesperación, como si no la hubiera besado en muchos
días. Tania corrió hacia la puerta para ver si no llegaba su profesor, fue la
única que pudo reaccionar en menos de dos segundos. Sus compañeros quedaron
asombrados ante tal manifestación de amor, muy atrevida. Todos rompieron en
aplausos, gritaban emocionados por su comportamiento tan osado.
—¡Andrea! —Gritaba
Tania, que se asomaba por la puerta—. ¡¡Ya viene el profesor!!
La siguió
besando sin importarle los gritos de Tania. Sus compañeros seguían armando un
escándalo que podía escucharse en toda la escuela. Andrea, desde que salía con
Natalia, nunca había intentado besarla de esa manera, era algo que estaba
disfrutando mucho y parecía que no quería terminarlo nunca. Sus dudas se
fueron, los temores se disiparon, todo fue más claro, todo más intenso.
—¡Andrea!
—gritó Tania desesperada.
Después de
unos largos e interminables segundos, dejó de besarla. Natalia estaba pasmada y
sin palabras en la boca, mientras que Andrea se veía feliz y satisfecha. Toda
la presión de miedo en su pecho se pudo disolver en un beso. Seguiría
enfrentándose a Patricia, pero no lo haría de forma agresiva, tenía que
demostrarle que el amor que sentía por Natalia la hacía una mejor persona y que
simplemente era feliz. Tenía que cambiar la estrategia con su madre, Natalia lo
valía todo, todo en el universo. No dejó de mirar sus ojos verdes, la sonrisa
tímida de sus labios. Tenía la sensación de que no había nada a su alrededor,
no existía nadie. Las miradas seguían sobre ellas y el escándalo no cesó ni un
segundo. Sus sentidos se quedaron embriagados, sólo era Natalia y ella para
siempre.
—Te amo —murmuraba—.
No dejaré de amarte nunca.
Se escuchó un
ruido fuerte y algunas cosas volaron por los aires, sus compañeros voltearon
para percatarse que Tania estuviera bien, había tropezado con los primeros
pupitres.
—¡Andrea!
—Tania corrió con las rodillas adoloridas, abriéndose paso entre la muralla que
sus amigos habían formado a su alrededor. La tomó del brazo, despertándola a la
realidad, y la llevó hasta el fondo del salón para esconderla donde acostumbraban—.
¡Cállate y quédate ahí!
Su rostro tenía
la sonrisa más grande por lo que acababa de hacer, esta vez sí había sido un
acto de rebeldía contra el sistema, aunque muy pequeño, tuvo que haberla besado
a mitad de patio, quizá durante la ceremonia que se realizaba todos los lunes,
para que todos estuvieran presentes. Tal vez lo haría después, la última semana
de clases. Se quedó sentada en el piso cubierta por la mayoría de los pupitres
de sus compañeros, así evitaban que el profesor la viera, no había tiempo de
salir por la puerta.
—Y tú, ¡siéntate!
—dijo Tania, llegando a Natalia. Estaba impresionada, no tenía movimiento
alguno en su cuerpo.
Cuando entró
el profesor todos estaban en su lugar y, todos, compartían la misma sonrisa de
Andrea; excepto Tania, que no sabía cómo se había movido tan rápido, prácticamente
esperaba a que su corazón encontrara otra vez su ritmo. El profesor empezó a
dar el sermón habitual que daba cada vez que se los encontraba portándose mal,
pero en lugar de sentirse agredidos por sus palabras, seguían sonriendo.
—¡Silencio!
—gritó el profesor, ante la última ovación llena de júbilo.
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