"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

22 de noviembre de 2011

VII


La noche era cálida, desde el amanecer el clima había sorprendido con un cielo despejado y un sol en todo su esplendor. Andrea estaba en la habitación de su abuela, con el pijama puesto, lista para salir corriendo en cualquier instante y tirarse sobre su cama para no despertar del sueño que se estaba tornando más dulce. Le contó el beso que le había dado a Natalia hace un par de días y el encuentro que tuvo con Octavio. Le hubiera gustado contarle de su valentía, pero le dijo que sin querer le pudo más el miedo. Las dos sonreían, era evidente que no siempre podían mostrar valor. Andrea no creía su atrevimiento tan arrebatado y su timidez tan paralizante; tampoco daba crédito a su arrojada valentía y a su angustiante miedo. Demostró cualidades tan distintas en un solo día, sus mejores contrastes. Se sentía la persona más feliz del mundo y quería compartir su felicidad con Helena.
Acomodó su cabeza sobre la almohada, dejándola caer con suavidad. Miró los dedos de sus pies, cada uno moviéndose sin compás. Era obvio que todo su cuerpo estaba en plena armonía, por lo menos así lo pensaba, sus dedos no estaban tocando una melodía clásica como para ir en armonía con sus movimientos, simplemente se sentía feliz. Andrea conservaba un poco de su curiosidad y sus ganas de entender las cosas. Cruzó sus dedos sobre su estómago y desahogó un suspiro contenido. Volvió a sentirse una niña de seis años, se sentía segura junto a Helena. Tenía pocos recuerdos claros de su abuelo, pero esos recuerdos eran de dicha y felicidad. Por lo que sabía y recordaba, ellos se conocieron en la ciudad de México, en uno de los viajes que hizo Helena por cuestiones de trabajo; ironía de la vida el que lo haya conocido casi de la misma forma en que conoció a Lorena. A su abuelo le costó mucho llegar al corazón de Helena. Conquistarla y enamorarla no fue fácil, pero al final lo hizo. Tuvo que hacer muchos viajes al extranjero y perfeccionar su inglés. Helena se mostraba renuente a su galanteo mexicano. Se convirtió en su admirador y en su más fiel enamorado, capaz de robarse por completo su corazón, al menos la parte que tenía libre.
Dejó escapar otro suspiro, concentrándose esta vez en el movimiento de sus dedos cruzados. Recordaba a los dos muy enamorados. Helena también era feliz, era amor lo que veía en ellos; sus ojos azules mostraban un amor sincero y fiel. Detuvo cada movimiento de su cuerpo, preparándose. Estaba lista para saber la verdad. Miró hacia arriba, contemplando el rostro firme de Helena. Quería saber qué fue lo que llegó a sentir por Lorena. ¿En verdad hubo amor o fueron circunstancias que equivocadamente las pusieron en el mismo camino, pero sin compartir el mismo destino? ¿Por qué no estaban juntas ahora?
—¿Abuela, cómo fue que te acercaste a Lorena?
—Nunca lo hice —aseguró Helena con una sonrisa.
Ahí estaba la respuesta del porqué no estaban juntas. Suspiró con decepción, no había más que contar, todo se había quedado en una historia sin un final compartido.
—¿No? —preguntó sin muchas ganas.
—No. Ella fue la que se acercó a mí.
En un instante recordó lo que tuvo que pasar para que se conocieran mejor. No fueron las óptimas condiciones para ninguna de las dos y mucho menos para ella. Sin embargo no hubiese podido ser mejor; nada, más que eso, tuvo el poder para unirlas un poco más.
—¿En serio? —Andrea subió hasta el respaldo de la cama junto a su abuela—. ¿Cómo fue entonces?
Helena tomó la mano de su nieta, intentando recordar lo que nunca le contó a nadie después de que se fue de la sierra. Parecía una historia sin un final, como si estuviera esperando al tiempo para terminar de escribirla, como si se hubiera quedado en pausa para que nadie la contara. Pensó que nunca volvería a enamorarse con tanta intensidad y que viviría bajo los recuerdos de una mujer llamada Lorena.

La mayor parte de la zona en construcción estaba lista. Lorena tenía que hacer algo lo más rápido posible para detener el proyecto, pero no sabía muy bien qué hacer, de qué manera lograrlo sin afectar a nadie. Una noche llegó al hospital y se dio cuenta que Helena estaba tomando un baño. Quiso salir sin decirle nada, fue un trayecto pesado el que tuvo durante el día, viajó a una comunidad para atender un caso de neumonía, estaba cansada como para tener la más mínima charla con ella. Pero como impulso, o una señal, sus ojos miraron hacia el lugar menos sospechoso. Su cabeza ideo el plan perfecto para boicotear la obra. Fue al patio trasero y juntó algunas ramas para encender fuego. Tenía que aprovechar la oportunidad para que Helena no se diera cuenta de lo que pensaba hacer.
—Te meterás en problemas con eso —advirtió Adrián, cuando salió al patio después de acomodar los medicamentos que llegaban, si les iba bien, una vez por semana; muchas veces tenían que ingeniárselas para curar a las personas con hierbas medicinales—. A nadie le conviene lo que estás haciendo y mucho menos a ti.
Lorena hizo oídos sordos a las palabras de su colega. Preparó las ramas de la manera más ordenada, una sobre otra, dejando el hueco en el centro para que a la hora de encenderlas fuera lo más rápido posible. Sabía muy bien cómo hacer una fogata, aunque era la primera vez que lo hacía sin los niños de la sierra. Adrián se plantó frente a ella en señal de protesta, quería que detuviera sus planes, porque a pesar de que eran para bien, sabía que terminarían muy mal.
—Tengo todo bajo control —dijo, y le guiñó el ojo.
Las llamas del fuego iluminaron los ojos de Lorena en un segundo, y todo fue más cálido alrededor de ella. Atizó los maderos y las llamas se alzaron altas. Sonreía con satisfacción frente a la fogata. No le importaba en absoluto lo que le esperaba después. Nada le importaba si por lo menos lograba salvar un poco la tierra que la hizo feliz por mucho tiempo. Miró a lo lejos, hacia la oscuridad que daba la sierra. Quería salvarla. Debía hacerlo.
Su mirada volvió a enfocarse con maldad en el fuego que desprendían las ramas.
—Pues antes de que salga Helena de bañarse, me voy de aquí.
Adrián se fue del hospital sin pensarlo. No quería meterse en problemas con personas tan importantes que podían hacer que en cualquier momento le quitaran su licencia para no volver a ejercer su labor de médico. A Lorena no le importaba mucho esa cuestión, le importaban más sus principios como ser humano y el compromiso que tenía con las personas que vivían en la sierra. Tenía que hacer a un lado su responsabilidad de médico y darles menor importancia a las personas para las que trabajaba. No quería perder la paz de la sierra y mucho menos cuando los niños le imploraron que hiciera algo para detener la construcción. Era su responsabilidad hacerlo.
Atizó la leña y los maderos más secos crujieron al partirse en pedazos, las esquirlas en fuego flotaron en el aire hacia el cielo, todo estaba concluido.
Helena salió al patio trasero, secando con una toalla su cabello largo y negro. Solía tomar por lo menos dos veces al día un baño, decía que había un olor peculiar de la sierra que no podía desprenderse de su cuerpo y no le agradaba mucho a la hora de dormir. El olor estaba en su ropa y en su piel, en todo lo que podía sentir. No sabía qué aroma era, sólo no le gustaba. Usaba a todas horas su más preciada fragancia a rosas, quitándole el placer del fresco olor de la naturaleza de la sierra, pero lo prefería en muchas ocasiones. En un respiro profundo se dio cuenta que justo ahora el viento estaba invadido de lo que tanto le desagradaba. Aguantó la respiración con fuerza. No supo si lo hizo para intentar saber a qué olía o porque no quiso respirarlo una vez más. Volvió a inhalar lo menos posible y el aire menos invadido. Fue cuando se dio cuenta que el aroma tan molesto lo desprendía el humo de la leña consumida. Detuvo sus pasos en seco, si se acercaba tendría la obligación de tomar un baño más. Se quedó quieta. No quería dar otro paso. Pero ahí estaba Lorena, ahí estaba la oportunidad de hablar con ella, aunque sea por unos segundos. Debía aprovechar la más mínima oportunidad de estar cerca de ella. Ahora más que nunca sabía que le gustaba. Le gustaba mucho. El olor a humo podía ser soportable. Esta vez, sólo por esta vez podía ser soportable. Dio dos pasos más, viendo como el humo abrazaba su cuerpo de forma inmediata, por más que intentó apartarlo con las manos le resultó imposible, hasta el viento lograba ponerse en su contra cuando quería. Estaba segura que si pretendía dormir, sin el olor quemándole la nariz, tendría que tomar un baño más, cambiarse de ropa y rociarse su fragancia favorita por todo el cuerpo. Aun así su rostro dibujaba una sonrisa tan tranquila y feliz, se sentía como en casa a lado de Lorena. Mucho mejor que en casa, pensó.
—Linda fogata —dijo.
Lorena había visto toda clase de imágenes hermosas a lo largo de su vida: puestas de sol, el cielo azul que dejaba una tormenta a medio día, la luna llena iluminando el horizonte sobre el mar; había apreciado la belleza de una sonrisa sincera, la ternura sublime en una mirada; y lo hermoso que le regalaba su afecto por lo simple y lo sencillo de la vida: las nubes de invierno. Pero lo que veían ahora sus ojos podía ser incluso nuevo para ella. Su corazón no podía sobresaltarse con lo que miraba, lo había hecho muchas veces atrás, era absurdo depositar en reacciones comunes algo que le resultaba tan hermoso; su respiración no podría entrecortarse, ya no. Tenía que ser algo más, algo que se quedara en lo desconocido, en lo misterioso de un sentimiento. Simplemente ahora todo dejaba de tener sentido, lo que había visto antes se quedaría como un recuerdo, como un atisbo en su intento de encontrar la belleza.
El fuego que avanzaba, en la rama que sostenía entre sus manos, la hizo despertar de sus pensamientos. La soltó en un instante y sintió cómo sus dedos ardieron. Lorena se había quedado fascinada por su presencia. Hasta entonces empezó a sentir un poco de arrepentimiento por lo que estaba haciendo. Pero no había marcha atrás, todo estaba hecho y las cenizas, cenizas son.
—Es cálida —dijo Helena, acercándose por completo.
—Porque está hecha con el mejor papel y la mejor madera —murmuró, con maldad en su voz.
Era demasiado tarde para sentirse culpable. Sabía que alguna de las dos, o las dos, terminaría por perder su trabajo. Consecuencias con las que estaba dispuesta a lidiar. Esperaba salvar su hogar: el lugar que le abrió el alma para encontrar su tranquilidad y la paz con su corazón. Pero el temor de ser lastimada otra vez seguía estando en ella, no podía evitar que su propia cobardía pudiera más que cualquier otro sentimiento. No quería saber más de la maldad que reinaba en el mundo, ni personas que vinieran a mostrársela. No más.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.