VII
La noche era
cálida, desde el amanecer el clima había sorprendido con un cielo despejado y
un sol en todo su esplendor. Andrea estaba en la habitación de su abuela, con
el pijama puesto, lista para salir corriendo en cualquier instante y tirarse
sobre su cama para no despertar del sueño que se estaba tornando más dulce. Le
contó el beso que le había dado a Natalia hace un par de días y el encuentro que
tuvo con Octavio. Le hubiera gustado contarle de su valentía, pero le dijo que
sin querer le pudo más el miedo. Las dos sonreían, era evidente que no siempre
podían mostrar valor. Andrea no creía su atrevimiento tan arrebatado y su timidez
tan paralizante; tampoco daba crédito a su arrojada valentía y a su angustiante
miedo. Demostró cualidades tan distintas en un solo día, sus mejores
contrastes. Se sentía la persona más feliz del mundo y quería compartir su
felicidad con Helena.
Acomodó su
cabeza sobre la almohada, dejándola caer con suavidad. Miró los dedos de sus
pies, cada uno moviéndose sin compás. Era obvio que todo su cuerpo estaba en
plena armonía, por lo menos así lo pensaba, sus dedos no estaban tocando una
melodía clásica como para ir en armonía con sus movimientos, simplemente se
sentía feliz. Andrea conservaba un poco de su curiosidad y sus ganas de
entender las cosas. Cruzó sus dedos sobre su estómago y desahogó un suspiro
contenido. Volvió a sentirse una niña de seis años, se sentía segura junto a
Helena. Tenía pocos recuerdos claros de su abuelo, pero esos recuerdos eran de
dicha y felicidad. Por lo que sabía y recordaba, ellos se conocieron en la
ciudad de México, en uno de los viajes que hizo Helena por cuestiones de
trabajo; ironía de la vida el que lo haya conocido casi de la misma forma en
que conoció a Lorena. A su abuelo le costó mucho llegar al corazón de Helena.
Conquistarla y enamorarla no fue fácil, pero al final lo hizo. Tuvo que hacer
muchos viajes al extranjero y perfeccionar su inglés. Helena se mostraba
renuente a su galanteo mexicano. Se convirtió en su admirador y en su más fiel
enamorado, capaz de robarse por completo su corazón, al menos la parte que
tenía libre.
Dejó escapar
otro suspiro, concentrándose esta vez en el movimiento de sus dedos cruzados.
Recordaba a los dos muy enamorados. Helena también era feliz, era amor lo que
veía en ellos; sus ojos azules mostraban un amor sincero y fiel. Detuvo cada
movimiento de su cuerpo, preparándose. Estaba lista para saber la verdad. Miró
hacia arriba, contemplando el rostro firme de Helena. Quería saber qué fue lo
que llegó a sentir por Lorena. ¿En verdad hubo amor o fueron circunstancias que
equivocadamente las pusieron en el mismo camino, pero sin compartir el mismo
destino? ¿Por qué no estaban juntas ahora?
—¿Abuela, cómo
fue que te acercaste a Lorena?
—Nunca lo hice
—aseguró Helena con una sonrisa.
Ahí estaba la
respuesta del porqué no estaban juntas. Suspiró con decepción, no había más que
contar, todo se había quedado en una historia sin un final compartido.
—¿No? —preguntó
sin muchas ganas.
—No. Ella fue
la que se acercó a mí.
En un instante
recordó lo que tuvo que pasar para que se conocieran mejor. No fueron las óptimas
condiciones para ninguna de las dos y mucho menos para ella. Sin embargo no
hubiese podido ser mejor; nada, más que eso, tuvo el poder para unirlas un poco
más.
—¿En serio?
—Andrea subió hasta el respaldo de la cama junto a su abuela—. ¿Cómo fue
entonces?
Helena tomó la
mano de su nieta, intentando recordar lo que nunca le contó a nadie después de
que se fue de la sierra. Parecía una historia sin un final, como si estuviera
esperando al tiempo para terminar de escribirla, como si se hubiera quedado en
pausa para que nadie la contara. Pensó que nunca volvería a enamorarse con
tanta intensidad y que viviría bajo los recuerdos de una mujer llamada Lorena.
La mayor parte de la zona en construcción estaba
lista. Lorena tenía que hacer algo lo más rápido posible para detener el
proyecto, pero no sabía muy bien qué hacer, de qué manera lograrlo sin afectar
a nadie. Una noche llegó al hospital y se dio cuenta que Helena estaba tomando
un baño. Quiso salir sin decirle nada, fue un trayecto pesado el que tuvo
durante el día, viajó a una comunidad para atender un caso de neumonía, estaba
cansada como para tener la más mínima charla con ella. Pero como impulso, o una
señal, sus ojos miraron hacia el lugar menos sospechoso. Su cabeza ideo el plan
perfecto para boicotear la obra. Fue al patio trasero y juntó algunas ramas para
encender fuego. Tenía que aprovechar la oportunidad para que Helena no se diera
cuenta de lo que pensaba hacer.
—Te meterás en problemas con eso —advirtió Adrián,
cuando salió al patio después de acomodar los medicamentos que llegaban, si les
iba bien, una vez por semana; muchas veces tenían que ingeniárselas para curar
a las personas con hierbas medicinales—. A nadie le conviene lo que estás
haciendo y mucho menos a ti.
Lorena hizo oídos sordos a las palabras de su
colega. Preparó las ramas de la manera más ordenada, una sobre otra, dejando el
hueco en el centro para que a la hora de encenderlas fuera lo más rápido
posible. Sabía muy bien cómo hacer una fogata, aunque era la primera vez que lo
hacía sin los niños de la sierra. Adrián se plantó frente a ella en señal de
protesta, quería que detuviera sus planes, porque a pesar de que eran para
bien, sabía que terminarían muy mal.
—Tengo todo bajo control —dijo, y le guiñó el ojo.
Las llamas del fuego iluminaron los ojos de Lorena
en un segundo, y todo fue más cálido alrededor de ella. Atizó los maderos y las
llamas se alzaron altas. Sonreía con satisfacción frente a la fogata. No le
importaba en absoluto lo que le esperaba después. Nada le importaba si por lo
menos lograba salvar un poco la tierra que la hizo feliz por mucho tiempo. Miró
a lo lejos, hacia la oscuridad que daba la sierra. Quería salvarla. Debía
hacerlo.
Su mirada volvió a enfocarse con maldad en el fuego
que desprendían las ramas.
—Pues antes de que salga Helena de bañarse, me voy
de aquí.
Adrián se fue del hospital sin pensarlo. No quería
meterse en problemas con personas tan importantes que podían hacer que en
cualquier momento le quitaran su licencia para no volver a ejercer su labor de
médico. A Lorena no le importaba mucho esa cuestión, le importaban más sus
principios como ser humano y el compromiso que tenía con las personas que vivían
en la sierra. Tenía que hacer a un lado su responsabilidad de médico y darles
menor importancia a las personas para las que trabajaba. No quería perder la
paz de la sierra y mucho menos cuando los niños le imploraron que hiciera algo
para detener la construcción. Era su responsabilidad hacerlo.
Atizó la leña y los maderos más secos crujieron al
partirse en pedazos, las esquirlas en fuego flotaron en el aire hacia el cielo,
todo estaba concluido.
Helena salió al patio trasero, secando con una
toalla su cabello largo y negro. Solía tomar por lo menos dos veces al día un
baño, decía que había un olor peculiar de la sierra que no podía desprenderse
de su cuerpo y no le agradaba mucho a la hora de dormir. El olor estaba en su ropa
y en su piel, en todo lo que podía sentir. No sabía qué aroma era, sólo no le
gustaba. Usaba a todas horas su más preciada fragancia a rosas, quitándole el
placer del fresco olor de la naturaleza de la sierra, pero lo prefería en
muchas ocasiones. En un respiro profundo se dio cuenta que justo ahora el
viento estaba invadido de lo que tanto le desagradaba. Aguantó la respiración
con fuerza. No supo si lo hizo para intentar saber a qué olía o porque no quiso
respirarlo una vez más. Volvió a inhalar lo menos posible y el aire menos
invadido. Fue cuando se dio cuenta que el aroma tan molesto lo desprendía el
humo de la leña consumida. Detuvo sus pasos en seco, si se acercaba tendría la
obligación de tomar un baño más. Se quedó quieta. No quería dar otro paso. Pero
ahí estaba Lorena, ahí estaba la oportunidad de hablar con ella, aunque sea por
unos segundos. Debía aprovechar la más mínima oportunidad de estar cerca de ella.
Ahora más que nunca sabía que le gustaba. Le gustaba mucho. El olor a humo podía
ser soportable. Esta vez, sólo por esta vez podía ser soportable. Dio dos pasos
más, viendo como el humo abrazaba su cuerpo de forma inmediata, por más que intentó
apartarlo con las manos le resultó imposible, hasta el viento lograba ponerse
en su contra cuando quería. Estaba segura que si pretendía dormir, sin el olor
quemándole la nariz, tendría que tomar un baño más, cambiarse de ropa y
rociarse su fragancia favorita por todo el cuerpo. Aun así su rostro dibujaba
una sonrisa tan tranquila y feliz, se sentía como en casa a lado de Lorena.
Mucho mejor que en casa, pensó.
—Linda fogata —dijo.
Lorena había visto toda clase de imágenes hermosas a
lo largo de su vida: puestas de sol, el cielo azul que dejaba una tormenta a
medio día, la luna llena iluminando el horizonte sobre el mar; había apreciado
la belleza de una sonrisa sincera, la ternura sublime en una mirada; y lo
hermoso que le regalaba su afecto por lo simple y lo sencillo de la vida: las
nubes de invierno. Pero lo que veían ahora sus ojos podía ser incluso nuevo
para ella. Su corazón no podía sobresaltarse con lo que miraba, lo había hecho
muchas veces atrás, era absurdo depositar en reacciones comunes algo que le
resultaba tan hermoso; su respiración no podría entrecortarse, ya no. Tenía que
ser algo más, algo que se quedara en lo desconocido, en lo misterioso de un
sentimiento. Simplemente ahora todo dejaba de tener sentido, lo que había visto
antes se quedaría como un recuerdo, como un atisbo en su intento de encontrar
la belleza.
El fuego que avanzaba, en la rama que sostenía entre
sus manos, la hizo despertar de sus pensamientos. La soltó en un instante y
sintió cómo sus dedos ardieron. Lorena se había quedado fascinada por su
presencia. Hasta entonces empezó a sentir un poco de arrepentimiento por lo que
estaba haciendo. Pero no había marcha atrás, todo estaba hecho y las cenizas,
cenizas son.
—Es cálida —dijo Helena, acercándose por completo.
—Porque está hecha con el mejor papel y la mejor
madera —murmuró, con maldad en su voz.
Era demasiado tarde para sentirse culpable. Sabía
que alguna de las dos, o las dos, terminaría por perder su trabajo.
Consecuencias con las que estaba dispuesta a lidiar. Esperaba salvar su hogar:
el lugar que le abrió el alma para encontrar su tranquilidad y la paz con su
corazón. Pero el temor de ser lastimada otra vez seguía estando en ella, no
podía evitar que su propia cobardía pudiera más que cualquier otro sentimiento.
No quería saber más de la maldad que reinaba en el mundo, ni personas que
vinieran a mostrársela. No más.
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