XI
Helena permaneció en cama por dos semanas. El
accidente no tuvo consecuencias graves, sólo estuvo confundida por muchos días.
Adrián la llenaba de preguntas cada vez que abría los ojos por un momento. Daba
las repuestas acertadas, como su nombre, donde había nacido y en que trabajaba.
Después volvía a cerrar los ojos por muchas horas, pero se aseguraban de que
estuviera consciente.
Lorena llevaba varios días sin dormir en su
totalidad, el hospital se había convertido en su hogar, había abandonado su
cabaña. Tenía que dividir su tiempo en cuidar a Helena, atender el hospital y
en hacer sus visitas de rutina. El cansancio la abrazaba en ocasiones,
dominándola con un sueño profundo. Había días en que no podía más y se
abandonaba a merced del descanso. Dormía por dos o tres horas, pero no más. Tenía
que hacer del tiempo algo eterno. Terminó con los pacientes que habían llegado
a consulta por la tarde. Revisó que Helena tuviera buen pulso y cambió las
vendas que cubrían las heridas leves de su rostro, algunas las quitó definitivamente
para que empezara a cicatrizar. Todo estaba bien. Tenía la seguridad de que
despertaría en cualquier momento.
Se quedó frente a ella, sentada en una silla, no lo
suficientemente cómoda, pero no le importaba a su cansancio. Y mientras Lorena
cerraba los ojos sin poder evitarlo un segundo más, Helena los abría
lentamente, despertando por fin de su letargo. Cuando abrió los ojos y pudo
reconocer definitivamente el lugar, pudo esbozar una sonrisa de tranquilidad,
de alivio. Estaba en el lugar que quería, junto a la persona que quería. Se incorporó
con mucho cuidado, casi nada le dolía. Miró a Lorena manteniendo una
respiración tranquila. Nunca fue su intensión despertarla. Quería grabarse así
su imagen, sin ser tan áspera con ella.
—Podría estar así por siempre —decía Helena,
susurrando—. Por siempre.
Pasaron menos de dos horas y Lorena tenía que
despertar en algún momento. Helena seguía con su mirada fija en ella, quería
que la mirara, ser la primera en dibujarse en sus ojos. La vio removerse en la
silla incomoda. Las voces empezaban a escucharse afuera, un paciente tal vez,
quizá dos. Lorena tenía que despertar de cualquier manera para cumplir con su
vocación. Helena estaba lista para mirarla. Era feliz. Lorena dio un suspiro
hondo, empezaba a abrir los ojos con lentitud, aquellos ojos que podían iluminar
aún más una gran mañana a pleno sol, los mismos ojos que podían darle la tibieza
necesaria al más crudo invierno y poder otorgarle una dulce compañía a la
soledad. Ahí estaban.
—Pero hay
felicidades que no duran por siempre… y bellas miradas que no nos acompañan.
Helena arropó
el cuerpo de Andrea, que se había quedado profundamente dormida. Se acomodó
junto a ella. No se había dado cuenta que se parecía mucho a ella cuando tenía
su edad. Las mismas facciones de su rostro, las mismas cejas delineadas perfectamente
y, sin dudarlo, el mismo color de sus ojos. Miró al techo. Había sido hermoso
recordar una vez más a Lorena, pero sentía más satisfacción por tener a quien
contárselo. Sonrió por el más dulce recuerdo de su mirada.
Andrea
despertó en la cama de su abuela. Un suave olor la hizo bajar a la cocina,
donde se encontró a Helena preparando galletas igual que antes. Le gustaba
despertar con el olor dulce todas las mañanas de invierno; bajaba deprisa
siempre en pijama y se sentaba a la mesa esperando las primeras galletas que
salían del horno. Ahora no había entusiasmo en ella, estaba confundida. Se
sentó mientras la observaba, sin tener una pizca de alegría cuando pequeña. Por
la noche había escuchado cada palabra de su abuela, a pesar de sus ojos
cerrados, su sueño siguió atento a la historia que le contaban, incluso le
pareció estar ahí. Tenía cosas en su cabeza que no entendía. ¿Dónde estaba Lorena? Era algo que se
preguntaba con insistencia.
—¿Alguna vez
le dijiste lo que sentías por ella?
Su abuela la
miró triste, después su vista se perdió con lágrimas en los ojos. No quería
recordar lo que le dolió por mucho tiempo. No pensó que llegaría al punto más
trágico de su historia con Lorena.
—Te amo —dijo nerviosa y lo más rápido que pudo.
La expresión de Lorena fue de dolor y miedo. Sintió
el temblor incontrolable en sus manos, y en un segundo el estremecimiento se
apoderó totalmente de su cuerpo. Su rostro se tensó de ansiedad y
desesperación. El movimiento de los labios de Helena la perturbó al tal grado
que hubiera preferido mil veces que no estuviera ahí, donde hace unos minutos
le parecía la compañía más dulce que podría tener.
—Me gustas.
Desesperada miró a todas partes, intentando que las
palabras hubieran tenido un sentido para ella. Observó el movimiento rápido de
la rama de un árbol cercano, el vuelo de un pájaro que iba de paso lo
estremeció con el batir de sus alas. El viento parecía haber enmudecido. Nada
tenía sentido. Sus ojos asustados regresaron al semblante melancólico de
Helena. Todo estaba pasando en segundos eternos para Lorena. Miró como las
palabras seguían saliendo de su boca, unas palabras que no entendía.
—Estoy enamorada de ti —decía Helena un tanto
angustiada, no podía callar más lo que sentía por ella.
Lorena siguió sin decir nada, miró hacia abajo y
sintió vértigo a una altura mínima. Observaba los movimientos que provocaba el
viento en los árboles, en los arbustos, en las piedras pequeñas que podían
rodar. Se dio cuenta que todo seguía su paso ante sus ojos. Sólo ante sus ojos.
Movió su cabeza negando todo, como intentando salir de eso, que no fuera verdad
lo que estaba pasando. Miraba repentinamente hacia el cielo para que Helena no
se diera cuenta de su desesperación. Necesitaba encontrar algo que la
devolviera a la realidad, por muy cruel que fuese, lo necesitaba. «No. Ahora
no, por favor», murmuraba. Se sentía
tan frustrada y decepcionada. Parecía una mala broma de la vida.
Después de unos segundos pudo tranquilizarse…, pero
seguía asustada.
—Vete —dijo fríamente.
—Pero…
—¡¡Necesito que te vayas!! —gritó Lorena.
—¿Te dijo eso?
—preguntó Andrea sin entender.
Se levantó de
la silla y se acercó a limpiar sus lágrimas.
—¿La buscaste
después, abuela?
—No —dijo
Helena.
Salió de la
cocina evitando el consuelo de Andrea.
—¡Ella te
amaba, abuela! —Gritó, muy segura de sus palabras—. ¡¿Por qué no la buscaste?!
Helena salió
de la casa sin decir nada. Aún era medio día y se sentía el frío del invierno. Se
sentó en su mecedora y miró al cielo para recordarse a ella misma cómo sucedió
todo. Esta vez sus sentidos no se enfocaron en contemplar las nubes. Sólo contemplaba
el cielo, ese cielo que le había gustado tanto desde hacía muchos años.
—¿Por qué,
abuela?
Preguntó desde
la puerta.
—No pertenecía
a mi destino —dijo con resignación.
Helena viajó ese mismo día a Nueva York después recibir
el telegrama de Jessica. El viaje fue pesado, por alguna razón sentía que no
volvería a ver a Lorena. Se dirigió de inmediato a la empresa sin saber por qué
lo hizo.
—¿Helena, qué haces aquí? —preguntó Mónica.
—Jessica.
—Lo sé, lo siento mucho —dijo, y la abrazó con
fuerza.
—¿Tienes todos los informes del proyecto?
Entró a la oficina para no seguir hablando de
Jessica.
—Todo completo —decía su amiga con una sonrisa muy
grande— y varios datos de una tal Lorena Vilard, ¿ya cayó en tus encantos?
Helena le sonrió con ternura, como si tuviera
esperanzas todavía. Recordó cuando le confesó su amor y sólo obtuvo el rechazo
que no esperaba, un rechazo que su corazón no necesitaba soportar por ahora,
mucho menos después.
—Quiero irme. Necesito ir a casa —decía cansada—.
Sólo quiero ir a casa.
Mónica la miró con tristeza. Le dolía ver a su amiga
de esa manera tan desconcertada, con un rostro que expresaba no tener idea de
dónde estaba. Helena se sentía peor por todo, pensó que había dejado por
completo a Jessica el día que salió del departamento con todas sus cosas, pero
ahora tenía que estar con ella el tiempo necesario aunque no lo quisiera.
—No quieres verla, ¿cierto? —preguntó.
—No sé si quiero o no —salió sin decirle nada más.
Helena estuvo por muchas horas con la cabeza
recargada en la puerta del departamento. Se decidía a entrar y tomar la fuerza
necesaria para soportar el hecho de recordar todo lo malo que vivió. Pero al
entrar no recordó lo malo que vivió ahí, recordó lo bello que empezó a vivir en
el lugar y en el mucho tiempo que duró todo su amor. «¡Te amaré siempre!… ¡Cada
día de mi vida!», recordaba las palabras que le dijo Jessica cuando llegaron a
vivir al departamento. Helena vivía ahí desde antes, pero era su primer día
juntas. Quería que fuera el primero de todos sus días juntas.
«Conmigo
nunca te faltará amor, nunca.»
—Nunca faltará amor —se dijo Helena sonriendo.
Recorrió todo el departamento y la embargó una
extraña paz al darse cuenta, entre tantos recuerdos, que ella no fue la
culpable de que todo el amor se terminara. Necesitó entrar al departamento para
empezar a dejar todo atrás y sentirse tranquila. En su corazón no había
arrepentimiento por haber amado con tanta intensidad y pasión.
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