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El invierno en la sierra era muy frío y los primeros
en sufrir por ello eran los niños y las personas de la tercera edad. Las
campañas de salud que organizaba su gobierno no alcanzaban para cubrir a toda
la comunidad. Los medicamentos que llegaban tampoco eran suficientes. Lorena y
Adrián se ocupaban de los más pequeños. El hospital estaba en su total
capacidad desde la madrugada. Ninguno de los dos había encontrado un minuto de
descanso. No tenían tiempo de saber lo que pasaba con la construcción. Lorena
se sentía impotente por no hacer nada. Le era más importante salvar la vida de
los niños que preocuparse por la construcción. A pesar de que Helena dormía en
el hospital, Lorena no se daba cuenta de cuando salía. Muy pocas veces una
mirada como saludo era todo lo que tenía de ella en todo el día, no porque no
quisiera hacer más, sino que era tanto el trabajo de Lorena que no había tiempo
de otra cosa.
Un hombre, irreconocible a simple vista, entró a
tropezones al hospital. Su ropa estaba llena de tierra y despedía una estela de
polvo cada que intentaba hacer un ademan con las manos. Daba pasos atrás y
adelante, todavía conmocionado. Era evidente que no podía mantener el
equilibrio. Tenía la cabeza cubierta de arena y cada vez que inhalaba parecía
ahogarse con el polvo. Las palabras no salían de su boca, sus ojos se abrían y
cerraban sin parar, intentando reaccionar. El rostro lo tenía pálido debido a
la arena que seguía cayendo de su cabello, pero más allá de eso, sus mejillas
estaban traslucidas de consternación. Sus ojos se fijaron de inmediato en
Lorena. Fue cuando pudo reconocerlo. Su mirada estaba llena de miedo y
desesperación, el color de su rostro era más desencajado. Lorena no quiso
preguntarle nada, nadie lo hizo. Las personas que estaban dentro del hospital murmuraron
entre ellas y asentía con la cabeza, estaban seguros de que algo había pasado
hace unos minutos. Quizá Lorena y Adrián no se percataron de nada, pero los
presentes lo escucharon y lo sintieron en la vibración de la tierra y las
paredes del hospital. Los hombres corrieron hacia afuera y las mujeres juntaron
sus manos, rezando en silencio. Pasaron los segundos, confundiéndose tanto con
las horas, congelando la imagen para siempre, para que nada de lo que estuviera
pensando Lorena fuera cierto. Marco tampoco quiso hablar, no podía articular
las palabras necesarias. La boca la tenía seca y las piernas empezaban a
flaquearle. Movió la cabeza para recuperarse. El zumbido en sus oídos lo
desorientaba. Adrián avanzó rápido a él para sostenerlo y no cayera en seco al
piso. Pero Marco rechazó su ayuda y caminó con mucho esfuerzo hacia Lorena.
Tenía que decirle.
—Doctora.
Su voz salió con un tono de terror, peor que el
reflejado en su rostro.
—¿Qué pasa, Marco? —preguntó.
Le temblaron las manos, no quería imaginarse lo
peor.
—Estalló una mina y Helena estaba cerca de ahí.
Y por fin, lo que no quería escuchar, llegó a sus
oídos.
Salió del hospital sin tener mejor reacción que su
desesperación. Empezó a sentir el peor terror del mundo cuando miró a las
personas correr hacia la construcción, medio pueblo había sentido el fuerte
estruendo. Sus piernas se movían rápido y sentía que no llegaba. ¿Por qué no
escuchó la mina estallar? Adrián la alcanzó a mitad de camino. Se había quedado
en el hospital para asegurarse de que Marco estuviera bien. No tenía fracturas
o heridas externas. No podía escuchar nada en el oído izquierdo, pero podía ser
una reacción pasajera nada más. Marco estaba confundido y desesperado por lo
que había pasado con Helena. Empujaba a Adrián para que fuera a ayudarla. Le
aplicó medicamento y lo dejó medio estable. Llevó el maletín con todo lo que
pudieran necesitar.
La gente se había concentrado en el lugar, eran
hombres en su mayoría. Lorena quería borrar la escena que se dibujaba ante sus
ojos. El semblante de las personas transmitía lo doble de pánico que el de
Marco, podía jurar que algunos lloraban. Su corazón latía con fuerza, mirarlos
a todos tan descompuestos le hizo pensar lo peor. Todas sus sensaciones en ella
se hicieron más notables en su interior, pero para los demás habían
desaparecido; se encontraron con su rostro frío e inmutable, con el carácter
que la distinguía cuando no quería que las cosas se salieran de sus manos. La
miraban tranquila, como si no tuviera importancia.
Esta vez sus pasos se hicieron muy lentos, no quería
llegar. Miró de lejos a Jacob, tenía las mismas condiciones que Marco, ya era
auxiliado por los pobladores. Había otros menos perjudicados, quizá sólo tenían
algunas raspaduras y la mirada de confusión. Pero en ningún momento vio la
silueta de Helena. Forzó a sus piernas a continuar más rápido. Cada segundo
valía. Las personas le abrieron paso apenas la vieron acercarse. Lorena no encontró
cómo reaccionar cuando miró el cuerpo de Helena sobre la tierra, sin
movimiento. Nadie se arriesgó a moverla por temor a que tuviera alguna
fractura, no querían provocarle alguna lesión grave. Toda su fuerza la
abandonó. No estaba segura si estaba con vida o no. El murmullo que escuchaba
de la gente desapareció en un instante. Podía mirar a Adrián llamándola desde
abajo, junto al cuerpo de Helena, ni siquiera se dio cuenta de cuándo la pasó
de largo. Miraba sus labios moverse, quizá gritando su nombre. Necesitaba de su
ayuda. El accidente empezó a verlo imposible de sostener. La parálisis de sus
emociones era más grande que la sierra. No podía despegar los ojos de Helena, la
tierra cubría la mitad de su cuerpo herido.
Adrián empezó a revisarla. A primera vista parecía
no tener nada fracturado. Lorena se acercó ante la suplicante mirada que le
dirigió Adrián. Había comparado su imagen con las cosas más bellas que había
visto en su vida y con las gratas emociones que le causaban. Pero esta vez no
había comparación alguna, no había sentido una impotencia tan grande, un miedo
tan aterrador. No podía siquiera definir tantas emociones, no había sentido
muchas de ellas. El cuerpo de Helena estaba frío. Había raspaduras en su
rostro, la sangre le escurría por la comisura de los labios y los oídos. Pero
su pulso parecía estar estable.
Helena poco a poco empezaba a recobrar la
consciencia y su respiración se podía ver más profunda, marcada en su pecho.
Estaba confundida, por un momento no logró recordar lo que había pasado, pero
el dolor de su cuerpo se lo recordó en un segundo. Sus ojos buscaron con
urgencia los ojos de Lorena, sabía que tenía que estar ahí.
Ambas miradas se reflejaron con miedo y
angustia.
—Tenemos que llevarla a la ciudad —sugirió Adrián.
—¿A la ciudad?
Lorena se apartó de ellos, con un terror profundo en
sus ojos, llevándola a una intranquilidad más intensa. Como si al decir la
palabra ciudad se refirieran al miedo más grande del mundo
y tenía la necesidad de huir.
—Podría tener una fractura o una hemorragia interna.
—A la ciudad, no. No podemos.
—¡Lorena, tenemos que llevarla a México! —gritó,
para que reaccionara.
Helena tomó la mano de Lorena para que no siguiera
alejándose y le sonrió con calma. Recordó la noche cuando le contó por qué la
sierra le parecía un lugar seguro. No se sentía con el derecho de sacarla de
ahí, ni siquiera por su vida.
—Voy a estar bien aquí —decía Helena, saliendo como
un suspiro de sus labios—. Si me quedo y estás conmigo… estaré bien.
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