Cuentos.
Y después de
media hora de estar bajo la regadera, de esperar que todos esos pensamientos
que hay en la cabeza se vayan con el agua… pero no, no se van.
Saben cuál
es el problema de las personas que escriben, que a veces parece que son adivinos o
vaticinan un futuro próximo o no tan próximo. Son… a veces demasiado empáticos. La imaginación nos hace creer en los amores “imposibles”, amores irreales, que no
existen… Nadie va a ir por nosotros a salvarnos del infierno.
Los escritores nos hacen creer en eso
y nos hacen soñar... o nos hacen esperar algo más del amor, algo que no vamos
a encontrar porque no existe. Nos hacen
creer en un amor lleno de magia, de destino… creer que en verdad puede ser
eterno… que vida tras vida nos hemos encontrado… o nos hemos de encontrar.
Mis historias tienen un tinte de tristeza, pero hablan del verdadero
amor. No es que quiera decir que el amor es triste; para llegar a él no se
tiene que sufrir a fuerza… no tienes que pasar por un bosque de espinas,
pelear con un dragón para rescatar a la princesa en la torre más alta del castillo.
No, no tienes. Lo verdaderamente triste, es que en nuestro mundo real, ese
bosque de espinas lo sembramos nosotros, por cualquier razón: por ciegos, estúpidos,
orgullosos… por necios (si no quiere, no quiere y ya). Nuestro temible
dragón es el miedo, la cobardía y la falta de fe…
Para
encontrar el amor no se tiene que sufrir, pero sufrimos y mucho. Ojalá fuera
cierto que para encontrar el amor, bastara ver a esa persona solo en un sueño.
Hay una etapa en la vida (no importa cuál sea la tuya) en que sabemos que
las princesas, los príncipes azules y los finales felices no existen. Pero lo
bueno de todo esto, es saber que los dragones y las brujas malas, tampoco
existen.
Ahora que lo
pienso, es triste que haya llegado a pensar en eso… porque entonces tampoco la
magia en el amor existe. Lo sé, no existe y tengo que aprender, tengo que saber
que no existe. Tengo que vivir. Y cuando llegue a ese punto, sé que dejaré de
escribir.
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