Capítulo II. Melissa Gallego
Es incomprensible
llegar a enamorarte de alguien que no conoces, que tu vida de un giro, incluso
sin ni siquiera existir un “por qué” inexplicable de sentimientos, que estos
mismos puedan llevarte a la locura, a una serie de acciones que no comprendes,
pero que harías una y mil veces. Todo lo hice por ti, no por amor, yo no creo
en aquella frase que dice “todo por amor” porque el amor se termina, pero tú
no… ni lo que siento por ti... que siento que fue algo más que amor.
Sentía los golpes
por todo su cuerpo, su rostro ya estaba contra el pavimento mojado. La lluvia
era intensa, el dolor y la sangre que escurría por su rostro no la dejaban
mirar claramente. No escuchaba nada más a su alrededor que sólo las risas
burlonas de todos. Empezó a sentir en la boca el sabor a sangre. Intentó
levantarse pero un golpe en el estomago la volvió a tumbar contra el pavimento.
―¡Eso tienes por estúpida!
―escuchó su voz y la burla de todos sus amigos.
Alzó la cabeza y
la miró a ella. No decía ni hacia nada para que dejaran de golpearla. Melissa
seguía mirándola a los ojos intentando encontrar una razón del porqué no hacía
nada para ayudarla. Sus ojos parecían tan fríos, parecía que no sentía nada al
ver a Melissa ahí contra el piso y escupiendo sangre. Le dolía el cuerpo por
todos los golpes que ya había recibido, pero sabía que podía soportar muchos
más si ella se lo pidiera. Seguía mirándola, la lluvia impedía ver que Melissa
lloraba de rabia y tristeza más que de dolor. Pero los zapatos sucios de quien
le proporcionaba la golpiza se plasmaron frente a su rostro, cerró los ojos
creyendo que iba a golpearla otra vez.
―No vuelvas a
meterte conmigo ―le dijo agachándose para estar al nivel tan bajo que estaba
Melissa. Él se creía dueño de toda la colonia, si algo no le parecía se
deshacía de ello sin importarle nada. Su rostro volteó a verla a ella y después
volvió a mirar a Melissa y con burla le dijo―: Ni con nada que sea mío.
Todos se alejaron
entre burlas y ella ni siquiera volteó a verla. Melissa se quedó ahí un rato,
no podía levantarse del dolor. Las gotas de lluvia parecía que chocaban contra
su cuerpo con fuerza y le dolía. Se levantó con gran esfuerzo que no pudo
impedir gritar por el dolor que le causó su propio movimiento. No iría tan
lejos ya que había sido golpeada al salir del edificio donde vivíamos. Subió
las escaleras con gran esfuerzo hasta llegar al departamento que alquilaba.
Cuando intentó abrir la puerta sintió un dolor intenso en todo su cuerpo y cayó
inconsciente. La encontré junto a su puerta con sangre saliendo de su boca,
tenía golpes en su rostro y lloraba a pesar de estar inconsciente.
―Melissa…
Melissa, despierta ¿Qué te pasó? ―le decía casi a gritos, pero ella parecía no
escucharme.
Tomé las llaves
que tenía entre su mano y abrí. Tenía muy pocas cosas en su interior, era poco
habitable, yo no había pisado su casa desde que llegó a vivir a la ciudad. Muy
pocas veces la veía siquiera pasar por el pasillo, sólo una sonrisa me dirigía
cuando nos encontrábamos por casualidad. La recosté sobre su cama y empecé a
limpiar la suciedad de su rostro. No entendía por qué alguien se atrevía a
golpear a una persona así, sabía que tarde o temprano pasaría eso, pero por qué
con tanta crueldad, qué había de malo con lo que ella hacía.
Me quedé toda la
noche a su lado, ella despertaba en ocasiones y entre el dolor de su cuerpo y
las heridas de su alma, lloraba y decía: “Te seguiré a donde vayas” no entendía
por qué razón decía eso.
Por la mañana
empezó a moverse poco a poco. Me acerqué a ella para ver si despertaba por
completo. Abrió los ojos, su expresión era de extrañez y parecía no recordar
nada, como si todo hubiese sido un mal sueño para ella. Pero el dolor que
sintió la hizo despertar a la realidad, recordar todo lo que le habían hecho y
por la expresión en su rostro, supe por qué razón le dolía más. Cerró los ojos
y empezó a llorar sin impórtale que estuviera allí mirándola.
―Melissa… ¿Estás
bien? ―le pregunté, pero era obvio como se sentía.
Estuvo llorando
mucho rato, las lágrimas le causaban ardor a pequeños raspones que tenía sobre
el rostro. Tenía demasiados golpes en su cuerpo, pero sabía que no me dejaría
llevarla a un hospital, sólo hice lo que pude para curar sus heridas externas. No
tenía ni la menor idea de qué hacer, al final la dejé con un montón de vendas
por todo el cuerpo. Decidí alejarme y dejarla descansar.
Ese día llegué
por la tarde, no le había regresado las llaves así que entré sin más problemas.
La encontré levantada junto a la ventana. Su mirada siempre fija a la calle de
enfrente. Eso es lo que hacía todos los días por las tardes. Lo sé muy bien ya
que varias veces me di cuenta cuando iba de camino a casa. La miraba a ella, la
miraba pasar por la calle de enfrente, y él la abrazaba, parecía que no
intentaría dejarla sola por un instante. Me acerqué a ella y miré hacia donde
miraba. Ella pasaba sin siquiera dirigir su mirada hacia arriba, a pesar de que
sé que ella sabía que Melissa la miraba.
―Te traje un poco
de comida ―le dije cuando aquella chica y su novio habían doblado la esquina,
pensé que de esa manera Melissa ya podría prestarme atención. Pero no, su
mirada seguía fija hacía donde había desaparecido― No debiste levantarte… ―le
dije― aún estás muy mal.
―No te preocupes,
no creo que muera ―me dijo disimulando una sonrisa.
Cuando me hablaba
nunca me miraba a los ojos, miraba hacia otra parte como intentando que no
entrara a su mundo, siempre lo había hecho así. En los pasillos me saludaba con
una sonrisa pequeña, pero su mirada se desviaba de la mía antes que se pudiera
si quiera dibujar su reflejo en mis ojos.
―¿Tu nombre es…? ―decía
mirando al piso, como intentando recordar mi nombre, cuando nunca jamás se lo
he dicho, cuando nunca, a pesar de vivir a un lado de ella, me lo ha
preguntado.
―Carmen.
―Bonito nombre ―me
dijo.
Con mucho
esfuerzo llegó hasta su cama y se sentó.
―Te traje comida ―le
decía acercándole un poco de pan.
―No tienes por qué
preocuparte por mí ―me decía. Sus palabras se oían frías y cortantes. Como si
no entendiera como una persona que la conoce poco podría preocuparse por ella.
―De acuerdo ―le
dije triste porque entendí que no quería mi compañía. Caminé hacia afuera de la
habitación pensando que era inútil sentir lo que sentía. Pensé en dejar todo
como estaba, saque las llaves de mi bolsillo y regresé a entregárselas. Abrí en
silencio la puerta de su habitación y la encontré mirando tras la ventana,
sentí celos y confusión al no entender por qué la podría amar tanto. Salí sin
que se diera cuenta y sólo deje las llaves en una mesita al salir.
***
Fueron varios
días que no veía a Melissa salir de su departamento. Muchas veces me quedaba
quieta junto a su puerta esperando escuchar algún ruido, pero todo era
silencio. Quería saber que ella se encontraba bien, así que decidí averiguarlo
de la única manera que sabía lo conseguiría. Salí de casa y esperé a que ella
pasara frente a nuestro edificio. La vi pasar a lado de quien suponía era su
novio, aquel chico que golpeó a Melissa sin piedad. Pero en ese momento no me
importaba ella, caminé hacia mitad de la calle y dirigí mi mirada hacia arriba,
a la ventana de Melissa, y ahí estaba, mirándola pasar. Me quedé mirándola,
esperando que agachara su mirada y supiera que estaba ahí, esperándola. Pero
parecía que no existía nada más que ella. Aún cuando ella desapareció por la
esquina, los ojos de Melissa nunca voltearon a verme.
En una noche fría
escuché como golpeaban a mi puerta, era extraño ya que nunca recibía visitas de
nadie, era un barrio peligroso como para estar fuera de casa a esa hora. Me
levanté y me dirigí a la puerta trayendo conmigo un bate de béisbol.
― Carmen, ayúdame
―me dijo Melissa con gran esfuerzo. El frío que se sentía le provocaba dolor a
sus heridas.
―¿Cómo puedes amar
a alguien que ni siquiera piensa en ti? ―le dije cuando entré a la habitación ―¡Ni
siquiera le importas!
―¡No sabes lo que
es amar! ―me gritó Melissa inconscientemente― ¡No importa nada cuando das todo
por la persona que amas!... Qué importa si ya no siente nada por ti. Sólo
quieres estar ahí, a su lado, cuidando que siempre esté bien… siguiéndola a
donde sea que vaya para protegerla… Cuidas de ella… ―miró tras la ventana―
Aunque ella ya no desee más mirar tus ojos.
―Sé lo que es
amar… sé que es cuidar de la persona que quieres, aunque ella no desee mirar
tus ojos, sé lo que es.
Salí sin decirle
nada más, no podía creer que Melissa no entendiera lo que yo sentía.
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