Parte XV.
Así estuvimos por
un tiempo, entre encuentros casuales y no tan casuales. Las matemáticas iban a
la perfección, ya les entendía mucho más que antes. Mantenía un romance muy
distante con ella. Creo que a veces le asustaba lo que estaba haciendo conmigo.
A veces yo también me asustaba, pero tenía miedo de que ella lo dejara todo. Que
me dejara por sentir que no estaba haciendo bien, que no estuviera haciendo
conmigo lo correcto y que lo tomara como algo pasajero, como solo un juego mío
o un juego de ella.
―No deberías ―decía
Mariana. Yo sabía que me lo decía, no por lo que pensaba hacer, sino por todo
lo que estaba haciendo con ella―. No está bien.
No sé por qué no
hice caso a sus palabras. El miedo que sentí desde que empecé a salir en
secreto con Alejandra, por fin se convirtió en la pesadilla que no quería. Estaba
desde la ventana mirando cómo llegaban muchas personas hacia su casa, era su
cumpleaños, no me había dicho nada, pero que importaba si llegaba de sorpresa,
de eso se trataba un cumpleaños, ¿no? Le había comprado chocolates y muñequito de felpa.
―Alma, no
deberías ir ―Mariana se veía desesperada, como asustada― no vayas… se lo llevas
después, mañana si quieres, no ahora.
―No va a pasar
nada, sólo le daré su regalo y aquí estaré.
Salí de su casa y
estaba nerviosa. Miré hacia la ventana de Mariana para que me deseara suerte.
Pero Mariana tenía un gesto en el rostro que nunca olvidaré, era como si
presintiera lo que iba a pasar y no podía evitarlo por mi necedad. Le sonreí y
seguí caminando.
―No te preocupes,
estará bien ―le decía su mamá al verla tan angustiada.
―Le van a hacer
daño.
―Debes dejar que
aprenda a caer cuantas veces sea necesario, su vida amorosa no será tan fácil y
lo sabes… debe luchar por lo que quiere.
No recuerdo nunca
haberle dicho sobre mis preferencias, no lo recuerdo, solo sé que ella lo sabía
y me aceptaba como era. Me trataba como su hija, no tenía temor por Mariana de
que fuera a fijarme en ella. Trataba el tema como si fuera lo más normal del
mundo, era una persona como ninguna otra, no sé si mi madre hubiese actuado
como ella, pero sé que al final me aceptaría y me querría tal como soy.
Llegué hasta la
puerta de Alex y toqué el timbre. Se oía un poco de música, había muchas
personas, supongo que de la misma edad y personas más grandes. Entré y algunas
se me quedaban viendo muy extraño, parecía una niña a lado de todos ellos,
nunca me había sentido tan pequeña, tan… niña. Llegué a donde estaba ella y hablaba con
un chico muy apuesto. Pensé que la parte más difícil ya había pasado, pero no,
ella me miró como si fuera la primera vez que me hubiera visto en su vida, su
mirada era fría y burlona. No sabía si acercarme a ella, no lo hice lo
suficiente, me dio miedo acercarme más y a lo lejos le hice entender que el regalo
era para ella.
―¿La conoces? ―le
preguntó el sujeto.
―No, no la
conozco.
Creo que no sentí
nada en ese momento, no pude haberme equivocado de persona, no con esa persona
con la que pasé muchos momentos agradables.
―Pues ella parece
conocerte.
―¿Qué haces
aquí?... Sólo invite a mis amigos… no tienes por qué estar aquí.
Sólo le sonreí y
miré alrededor, todos me miraban. Eran personas no como ella, no como la había
conocido, ellos se veían vacíos y fríos. Hasta su voz se oía diferente, la faz
de su cara era distinta, no había dulzura en ella.
―Lo siento, me
equivoque… de fiesta ―eso último que dije sólo desato las risas burlonas que
muchos se estaban guardando―, no vuelvo a molestar.
―Voy por ella ―le
decía Mariana a su madre.
―¡Tienes que dejarla
Mariana! En cuestiones de amor, en su vida ella sabe que será difícil, lo sabe
y quiso tomar ese riesgo… sé que la quieres, pero debes dejarla que aprenda.
―¡Lo hago
mañana!... ¡Déjame ir por ella!
―No es necesario,
mira, ya viene.
Caminé hacía la
casa de Mariana y la vi verme por la ventana. Sólo le dije “No” con la cabeza y
ella me miró con tristeza. En ese mismo momento sentí un frío muy fuerte en
todo el cuerpo y un dolor intenso en el corazón, miré a Mariana como pidiéndole
ayuda y caí al piso.
―¡¡Alma!! ―gritó
Mariana, alcancé a escucharlo antes de caer completamente al piso.
El dolor fue
intenso, desperté en una cama de hospital tan cansada y confundida. La escena
de la fiesta se repetía una y otra vez en mi cabeza, como si fuera un sueño muy
malo. No sabía si era de día o de noche, si habían pasado días o sólo horas. Desperté
sintiendo tantas miradas sobre mí, a pesar de que sólo estaba el doctor, la
mamá de Mariana y ella. El doctor se acercó a mí para no esperar más por las
preguntas.
―¿Desde hace
cuánto tiempo te pasa esto?
Miré a Mariana,
no quería que escuchara y que supiera que se lo oculté por mucho tiempo, se
supone que siempre nos diríamos la verdad y que nunca íbamos a ocultarnos nada.
No imaginé que eso que empezó como nada, ahora me mantenía en una cama de
hospital con un dolor intenso en el pecho.
―¿Cuánto tiempo?
―volvió a preguntar.
―Casi un año.
Mariana se fue
molesta, no me dijo nada. El doctor le explicó a la mamá de Mariana, que seguía
muy preocupada por mí, que mi corazón no estaba bien, necesitaba un trasplante
y tenía que ser lo más rápido que fuera posible, pero imposible en este mundo.
A mí me dio igual todo lo que estaba diciendo, no lo veía tan grave, sólo era
el cansancio y ese dolor, si quería correr sé que podía hacerlo. Miré hacia la
puerta esperando que Mariana entrara y no lo hizo, no por ese día, no por
muchos días.
***
Cada vez era más
difícil, en verdad estaba muriendo, por lo que recuerdo, ya tenía dos semanas
ahí a esas alturas, apenas si podía mantener los ojos abiertos de toda la
fatiga que sentía, ya no tenía conciencia, ya no quería tenerla. Mariana no iba
a verme, su mamá me visitaba todos los días y en todos esos días esperaba al
menos escuchar su voz…
―Sólo un milagro
podría salvarla en este momento ―escuché a lo lejos al doctor que me atendió
desde que llegué.
Cerré los ojos y
rogué por no volver a abrirlos. Había pasado otra semana más y lo único que
alcanzaba a escuchar era el monitor dándole voz a un corazón que pronto dejaría
de latir, el mío. Sin Mariana me sentía peor, la necesitaba a mi lado, era lo
único que quería conmigo… si pronto me iría, quería que por lo menos ella
estuviera conmigo.
Seguían pasando
los días y todo iba empeorando. Lo único que podía hacer era abrir los ojos
para darme cuenta cuando amanecía o anochecía. Hacía muchos días que no escuchaba
la voz de Mariana, al parecer si estaba muy molesta conmigo. Ya no quería
permanecer ahí, deseaba que ese sonido artificial, que era más fuerte que los
latidos de mi corazón, se parara de una vez.
―Y mi corazón
tuyo… ―escuché su voz tan suave y hermosa que por un momento creí que ya todo
había terminado y sólo escuchaba la voz de un ángel.
Abrí los ojos
para ver si me encontraba en aquel paraíso de árboles verdes y agua cristalina,
o al menos encontrar nubes blancas y suaves por todos lados. Pero no, lo que vi
fue unos ojos verdes azulados, como el arándano, y esa sonrisa tan tierna que
siempre los acompañaba.
―¡Péinate ese
cabello! ―me dijo al mirar mi cabello― Tienes visitas.
Miré hacia un
costado donde la mirada de Mariana se centro un tanto sonriente. Era ella,
Alejandra…
―Te dije que
debías visitar un medico por eso ―dijo Alex con un tono de regaño.
¡En ese momento
si quería estar muerta!
―¡Así que ella sí
lo sabía! ―escuché la voz de Mariana muy molesta. No podía ni hablar para
intentar defenderme, no tuve el valor ni de voltear a verla, sólo esperaba a
que se escuchara la puerta cerrar con fuerza.
―Tú la conoces,
nunca hace caso de lo que es para su bien… no quería preocupar a nadie, mucho
menos a ti ―le dijo Alex a Mariana para que no se molestara.
―Bien, por esta
vez te perdono… ―me decía Mariana― pero si vuelves a ocultarme algo como esto,
haré que regreses al hospital, pero por la golpiza que te daré.
―¿Podrías dejarme
a solas con Alma un rato? ―preguntó Alex en un tono muy extraño.
―Bien.
Mariana se acercó
a mí para susurrarme al oído que no hiciera nada que mi corazón no pudiera
soportar, ¡Claro! Cómo si tuviera fuerza de hacer algo prohibido. Mariana salió
y Alex empezó a hablarme con un tono titubeante.
―Lo… lo que pasó
esa noche… siento mucho haberme portado de esa manera.
―No importa…
―¡Claro que importa!
Por mi culpa estás aquí ―agachó la mirada avergonzada. Estar aquí no era culpa
suya, tarde o temprano pasaría―. Salí segundos después de casa para explicarte
las cosas y te encontré sobre el pavimento. Mariana estaba a un lado de ti y
lloraba. Creo que lo que más me aterró fue la mirada de Mariana cuando me vio
ahí.
―¡Oh sí! Imagino
de qué forma te vio… puede causar miedo ―le dije riendo recordando cuantas
veces Mariana me había visto de esa manera cuando estaba molesta.
―Mucho más que
eso.
―No quiero que
sientas culpa por lo que pasó, esto tenía que ser así… cada día me sentía peor,
el error fue mío por no hacerte caso y visitar un médico.
―Sobre esa noche…
―decía. No me importaba saber sobre esa noche, había pasado y había dolido ya
lo suficiente. Ver como una persona cambia para estar acorde con los demás es
algo frustrante para lo que yo creía― Las personas que me rodean suelen ser muy
crueles si te equivocas en algo. Lamento mucho hacerte ver algo que no era,
aprecio mucho tu amistad, sólo hasta ahí y…
―Te entiendo, no
necesitas explicarlo…
Toda la imagen
que tenía de Alejandra terminó por desmoronarse ante cada palabra que me dijo.
No me importaba si no me quería como yo quisiera, pero era mucho más cruel
saber de la cobardía de una persona al no defender lo que cree y lo que siente
ante los demás. Salió después de reafírmame de mil maneras sólo su amistad.
Miré el techo y sentí las lagrimas salir.
―Volverás a
enamorarte… ―escuché la voz de Mariana― te enamoras de todo lo que se mueve
Alma.
―No creo que eso
vuelva a pasar ―le dije triste y mirando molesta aquel aparato que insistía con
fuerza dándole voz a mi débil corazón.
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