"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

27 de agosto de 2012

I
02.00.07
El cielo poco a poco se pintaba de un azul más claro hacia el horizonte, dejando atrás la oscuridad de una noche tan retirada de la eternidad. Las estrellas perdían su brillo por el amanecer que estaba cada vez más cercano. Las nubes también tomaban un color más intenso, entre cobrizo y naranja, porque los rayos del sol empezaban a reflejarse en ellas. El viento soplaba más fresco que en toda la noche. El cantico de las aves se escuchaba entre las ramas de los inmensos árboles, dando gracias al amanecer de un nuevo día. Parte del mundo estaba por despertar a la salida del sol y la otra parte se estaba hundiendo en un sueño profundo por la oscuridad de una noche. Así debía ser la naturaleza de todo lo que existía en el universo: dentro del balance cósmico de lo creado. Todo tenía un principio que cumplir y nada podía cambiarlo… nadie debía cambiarlo.
―Detrás de un millón de estrellas ―murmuró.
Le contaba que detrás de un millón de estrellas se escondía la existencia de todas las cosas: la verdadera naturaleza de cada uno de los sentimientos. Miró hacia el horizonte cada vez más claro, y terminó por decirle:
El resplandor de la estrella más grande de tu cielo, protege al más fuerte de todos.
Las dos estaban en la terraza del edificio, sobre un montón de frazadas tendidas en el piso. Era la primera vez, desde que salían, que se quedaban a contemplar un amanecer: el escenario perfecto para quedarse por siempre en la memoria de sus recuerdos. El tiempo había pasado como había sido escrito para las dos. Sus corazones latían al mismo ritmo, como si hubiesen sido forjados con el mismo fuego de la creación, de su principio. No había más. No había nada que continuar. Todo debía seguir su curso, como había sido escrito por el orden del universo.
—Es tan cálido estar entre tus brazos —dijo.
Su cabeza la tenía recostada sobre las piernas de Faillié; que mantenía las rodillas dobladas hacia adentro, una pierna sobre la otra. Medio alzó su cabeza hacia arriba para poder mirar sus ojos inocentes y tiernos; que casi siempre los escondía de los suyos. Pero sabía perfectamente cómo buscarlos y tenerlos fijos en su mirada, y sabía muy bien cómo guardarlos eternamente en su alma. Miraba su rostro compasivo y sereno. Sus labios siempre dibujaban una media sonrisa tan llena de pureza y bondad; la hacía verse como una niña que se negaba a crecer. Parecía que había vivido así por siempre sobre la Tierra y que jamás su alma iba a llenarse de una pizca de maldad. Su semblante era así: puro, pacifico, inocente, tierno y dulce; tal como debía ser siempre el amor. Su mirada, desde que la conoció, se había quedado impregnada en el semblante de su rostro, en sus ojos y en su voz; que siempre se combinaba en ella las palabras más nobles y acertadas, en un mundo que siempre le había parecido injusto y desequilibrado.
El cabello de Faillié se movía con suavidad sobre sus hombros por el roce sutil del viento, que iba y venía entre las dos, sin quedarse quito un solo instante. Su respiración seguía la misma calma que los latidos de su corazón. No había nada que pudiera perturbar su tranquilidad.
La siguió mirando sin entender por mucho lo que sentía por ella, pero era lo más grande que había sentido en toda su vida y sabía que así lo sentiría por toda una eternidad. El mundo podía desaparecer a su alrededor y no le importaba mientras ella estuviera a su lado. De cierto modo tenía la certeza de que Faillié la protegería de todo lo malo que podría pasar en el mundo. Habían estado ya mucho tiempo juntas, pero parecía que cada día era nuevo para las dos. Los días no se estancaban en un solo sentir, o tal vez lo hacían para quedarse eternos en un único sentimiento, aquel inevitable e incontenible: el verdadero amor. Sus recuerdos estaban todos juntos; algunos olvidados, otros muy vagos, algunos muy fuertes; y todos ellos le daban la certeza de haberla amado cada segundo, con igual fuerza y con la misma magnitud, desde siempre, desde que la miró por primera vez.
Faillié parecía no sentir nada, ni siquiera el aire helado que soplaba. Sus manos las tenía recargadas contra el frío piso, con su vista fija siempre al horizonte. El sol estaba por salir de entre la cordillera que se veía a la lejanía. Disfrutaba de mirar los primeros rayos del sol, le gustaba como se iluminaban los ojos de las personas con su resplandor y como cada una de ellas buscaba con insistencia su calor en las mañanas de frío. Era un nuevo amanecer de un nuevo día, tal vez no con un comienzo nuevo, pero siempre con la certeza de que se encontraría algo por lo cual continuar. Tenía Fe en ello, en que cada una de las personas que existía sobre la Tierra se diera cuenta de la importancia de poder mirar un amanecer. No había nada más que pudieran hacer: encontrar la absoluta felicidad, era la misión de toda su existencia.
Sabía que no podía apartar la mirada de su rostro. No quería hacerlo. Parecía que nunca dejaría de hacerlo. Estaba ahí, todo su mundo estaba justo en Faillié. No dejaba de verla porque esperaba a que le dijera algo. Que de su boca salieran palabras dulces como siempre las escuchaba de su voz; que su murmullo suave aquietara la sensación inexplicable de todo el amor que estaba sintiendo. Faillié le parecía un sueño interminable, sin dar lugar alguno a las pesadillas. Todo estaba claro en su vida, todo era perfecto en ella. No pensaba en un futuro lejano y no había planes a largo plazo. Cada día prefería vivirlo como si al siguiente, alguien, de alguna manera inesperada, se fuera a llevar su pedacito de razón y felicidad: Faillié. No era consciente de lo que la presencia de Faillié significaría para el resto de su vida. No era consciente de todo lo hermosamente bello que le llevó a conocer la magia de su amor. Pero de alguna manera sabía que todo lo que había vivido ya a su lado, había valido toda una vida en la eternidad.
Su mirada seguía quieta en Faillié, en mirar su rostro, en ver como su semblante se tornaba más hermoso.
Faillié agachó su cabeza para mirarla. Se dio cuenta que las mejillas de Alice estaban sonrojadas al igual que su nariz; y que el resto de su piel estaba tan blanca como siempre. Habían pasado todo la noche mirando las estrellas, hablando de lo mucho y lo grande que era su amor.
—Ahora no te estoy abrazando —respondió Faillié, mirando sus ojos claros y dulces como la miel.
Le regaló una sonrisa por sus palabras, la cual Faillié correspondió de la manera más tierna y dulce. Después regresó su vista hacia el horizonte sin decirle palabra alguna.
Alice dirigió su mirada para ver como salían los primeros rayos del sol. Su cabello castaño claro empezaba a tomar mechones del tono dorado como el trigo. Sus manos las tenía dentro de su chaqueta, como un instinto que tenía para protegerlas del frío que no estaba sintiendo. No se había dado cuenta cuánto necesitaba del calor del sol para sobrevivir al frío del amanecer. El cuerpo de Faillié siempre tenía la calidez que ella necesitaba para abrigarse por completo. No solo lo sentía en su piel, también lo sentía en lo más profundo de su alma.
—Es tan cálido estar entre tus brazos —repitió en un suspiro.
Faillié la medio alzó para poder abrazarla por la espalda. Pero ella no lo decía porque quisiera que la abrazara, lo decía, porque el calor del sol siempre le recordaba la calidez de su cuerpo cuando estaba cerca del suyo. Volvió a mirarla sin saber por qué sus mejillas se sonrojaron aún más cuando se dio cuenta que Faillié la miraba de la misma manera: en sus ojos parecía nacer una especie de luz, tímida y entregada solo para ella. Recargó su cabeza sobre su pecho y estrechó sus manos con las suyas.
Faillié no dejaba de abrazarla, de sentir su respiración suave y tranquila.
—Es como el sol del amanecer —murmuró, necia de no saber cómo explicarle lo que estaba sintiendo.
Faillié dirigió su vista hacia el sol. Se podía ver perfectamente, así lo permitía el amanecer. Podía ver el resplandor que salía poco a poco de entre la cordillera. El cielo se estaba poniendo más claro. Las nubes se estaban dispersando y el aire que se alzaba soplaba más frío. Las luces de las lámparas de la ciudad se apagaban y el ruido del tráfico se estaba haciendo más intenso. Era un día normal en cualquier parte del mundo, pero justo, en ese momento, el Universo estaba por lograr un equilibrio más.
—Aunque el sol después quema demasiado —dijo suspirando.
Recordaba sus brazos rojos cuando se exponía demasiado y su piel bronceada cuando iba a la playa. Recordó los golpes de calor cuando los grados aumentaban en primavera y verano. El sol no era demasiado bueno en muchas ocasiones.
—Sí, quema demasiado —reafirmó Faillié en una sonrisa.
El sol ya estaba a la mitad de salir por completo. Dejó de abrazarla para que sintiera los rayos del sol y no el calor de sus brazos.
Faillié miró el sol salir por completo y le dijo:
—Es como el amor: el resplandor y la fuerza más grande del mundo. Todo gira a su alrededor, y sin el sol no existiría vida alguna sobre la Tierra. Al igual que el amor… siempre como el amor —explicó.
Usaba un lenguaje ordinario y simple, pero un tanto extraño. Siempre de la manera en que lo hacía: de una forma que muy pocos verían la lógica de sus palabras, y donde muchos encontrarían lo absurdo de ellas. No había escuchado hablar a nadie como lo hacía ella. Sabía que le bastaba escuchar su voz para que su corazón lo entendiera por completo. No le importaba que el mundo estuviera lleno de contradicciones para con sus palabras y para la forma en que tenía de ver y de sentir las cosas. Faillié nunca fue una persona razonable al hablar. Sus palabras parecían que se quedaban en el viento. No cualquier persona la entendía cuando hablaba y mucho menos cuando sus palabras iban dirigidas al verdadero amor. No le importaba lo que pensaran los demás de Faillié. Su voz era todo lo que le importaba a su corazón. Sus palabras eran el latido suave que necesitaba para poder mantenerse con vida.
Suspiró y continuó escuchando a Faillié decir:
—Si te expones con tanta exageración a él, puedes salir lastimada… pero sabes que está ahí y de una u otra forma lo necesitas para vivir.
Pensó en lo que Faillié había dicho. Era verdad. Su resplandor siempre era muy fuerte. Aunque el cielo estuviera completamente nublado, su luz llegaba para diferenciar el día de la noche. Necesitaba del sol para entibiar su cuerpo al amanecer y sentir su calor en el invierno o solo cuando tenía frío. Necesitaba que llegara su resplandor cuando la oscuridad de la noche le daba miedo. No lo había pensado con tanto detenimiento. Podía sentir como las personas se conducían sin darle mucha importancia a la naturaleza del sol en sus vidas. Solo sabían que estaba cuando lo necesitaban: gustaban de su calor y su intensa luz; o se daban cuenta de su existencia cuando su fervor era demasiado intenso como para lastimar. El sol era algo que no se podía admirar por mucho tiempo, su resplandor cegaba sin dar la oportunidad de ver lo verdaderamente hermoso que era.
Recordó que cuando Faillié apareció en su vida, fue como un pequeño resplandor para ella y para sus sentimientos; para protegerla del frío y de la oscuridad que a veces se posaban en su vida. Su llegada había sido el resplandor para desvanecer todas sus sombras.
—Es como el amor… —dijo.
Faillié esbozó una pequeña sonrisa por el comentario. De sus tantos años enseñando el mismo mensaje, no había encontrado a nadie que entendiera más rápido que ella.
—Pero debes saber cómo vivirlo, para que no te lastime —aclaró Faillié.
El calor de su cuerpo nunca quemaba tanto como a veces los sentía de los rayos del sol. Era tibio, templando o cálido, parecía de una temperatura siempre necesaria y justa para cada ocasión. Pensaba que no necesitaba del calor del sol porque ya tenía su propio resplandor, el único, que sabía, solo resplandecía para ella.
Tomó sus manos para que la siguiera abrazando.
—Siempre como el amor.
Faillié podía sentir su suave respiración y los latidos de su corazón mortal. Estaba tranquila, todo estaba en perfecta paz. Dirigió su vista al sol, no faltaba mucho para que saliera por completo. Recargó su mentón sobre la cabeza de Alice. Aunque ella no lo sabía, era su último día juntas. El tiempo que le correspondía estar con ella ya había llegado a su fin y tenía que enseñarle el último mensaje por el cual la había conocido. Faillié le daría lo último que le quedaba: el amor verdadero.
Miró el sol del amanecer y le dijo:
—El calor que necesitas para aliviar el frío de tu alma, siempre lo puedes encontrar ahí —dijo Faillié, refiriéndose al verdadero amor.
—Como en tus brazos —dijo.
—También encontrarás la luz que necesitas para disipar la oscuridad que pueda posarse en tu corazón —aseguró Faillié.
—Como la luz de tus ojos.
El sol terminó de salir de entre la cordillera. El cielo ya estaba lo bastante claro. Las nubes se movían con suma tranquilidad, como si el viento jugara con bolitas de algodón. Los pajarillos ya habían dejado de entonar sus canticos de gratitud. El ruido del tráfico empezaba a escucharse cada vez más pesado. Ya no solo se percibía el viento y el cantico de las aves, se escuchaba la presencia de las personas sobre el mundo, la parte del mundo que le tocaba vivir. El frío del amanecer ya casi era soportable para las personas. Ella ni siquiera lo había sentido, el calor del cuerpo de Faillié le daba todo lo que necesitaba para sobrevivir a cualquier frío del amanecer.
—El sol resplandecerá siempre en tu cielo… para que no me olvides nunca —murmuró Faillié a su oído.
—¿No olvidarte?
Se levantó y miró a Faillié a los ojos. Nunca la había visto tan radiante. Sus ojos se veían más hermosos y mucho más tiernos. Su semblante estaba más tranquilo y lleno de paz. Parecía que el sol le daba luz a su cuerpo y desaparecía en cualquiera de sus rayos. Sentía que todo se iba a congelar ahí: en la luz de sus miradas. El último mensaje ya lo tenía guardado en su corazón mortal. Había llegado el momento en que todo iba a tomar un rumbo diferente. Faillié miró la luz de sus ojos: el resplandor más fuerte que nacía de la Tierra. Nunca, nada y nadie, lograría que su mirada se apagara: había aprendido y conocido el amor verdadero.
—En la luz de tus ojos —terminó por decirle Faillié.

2 comentarios:

  1. Mmm, yo leí hasta el segundo capítulo, cuando Kaomi tenía tu memoria, y, y sí me hizo llorar, mucho. No fue su culpa, la tomé porque quería leer la cuarta parte de Faith-el, y no me dejó, así que leí esta, lo siento.

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    1. que hiciste qué!!!!?????¬¬ (por qué no te tengo cerca para golpearte?)

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.