I
02.00.07
El cielo poco
a poco se pintaba de un azul más claro hacia el horizonte, dejando atrás la oscuridad
de una noche tan retirada de la eternidad. Las estrellas perdían su brillo por
el amanecer que estaba cada vez más cercano. Las nubes también tomaban un color
más intenso, entre cobrizo y naranja, porque los rayos del sol empezaban a
reflejarse en ellas. El viento soplaba más fresco que en toda la noche. El
cantico de las aves se escuchaba entre las ramas de los inmensos árboles, dando
gracias al amanecer de un nuevo día. Parte del mundo estaba por despertar a la
salida del sol y la otra parte se estaba hundiendo en un sueño profundo por la
oscuridad de una noche. Así debía ser la naturaleza de todo lo que existía en
el universo: dentro del balance cósmico de lo creado. Todo tenía un principio
que cumplir y nada podía cambiarlo… nadie debía cambiarlo.
―Detrás de un millón de estrellas
―murmuró.
Le contaba que
detrás de un millón de estrellas se escondía la existencia de todas las cosas:
la verdadera naturaleza de cada uno de los sentimientos. Miró hacia el
horizonte cada vez más claro, y terminó por decirle:
―El resplandor de la estrella más grande de tu cielo,
protege al más fuerte de todos.
Las dos
estaban en la terraza del edificio, sobre un montón de frazadas tendidas en el
piso. Era la primera vez, desde que salían, que se quedaban a contemplar un
amanecer: el escenario perfecto para quedarse por siempre en la memoria de sus
recuerdos. El tiempo había pasado como había sido escrito para las dos. Sus
corazones latían al mismo ritmo, como si hubiesen sido forjados con el mismo
fuego de la creación, de su principio. No había más. No había nada que
continuar. Todo debía seguir su curso, como había sido escrito por el orden del
universo.
—Es tan cálido
estar entre tus brazos —dijo.
Su cabeza la tenía
recostada sobre las piernas de Faillié; que mantenía las rodillas dobladas hacia adentro,
una pierna sobre la otra. Medio alzó su cabeza hacia arriba para poder mirar
sus ojos inocentes y tiernos; que casi siempre los escondía de los suyos. Pero
sabía perfectamente cómo buscarlos y tenerlos fijos en su mirada, y sabía muy
bien cómo guardarlos eternamente en su alma. Miraba su rostro compasivo y
sereno. Sus labios siempre dibujaban una media sonrisa tan llena de pureza y
bondad; la hacía verse como una niña que se negaba a crecer. Parecía que había
vivido así por siempre sobre la Tierra y que jamás su alma iba a llenarse de
una pizca de maldad. Su semblante era así: puro, pacifico, inocente, tierno y
dulce; tal como debía ser siempre el amor. Su mirada, desde que la conoció, se
había quedado impregnada en el semblante de su rostro, en sus ojos y en su voz;
que siempre se combinaba en ella las palabras más nobles y acertadas, en un
mundo que siempre le había parecido injusto y desequilibrado.
El cabello de Faillié se movía con suavidad sobre sus hombros por el roce
sutil del viento, que iba y venía entre las dos, sin quedarse quito un solo
instante. Su respiración seguía la misma calma que los latidos de su corazón.
No había nada que pudiera perturbar su tranquilidad.
La siguió
mirando sin entender por mucho lo que sentía por ella, pero era lo más grande
que había sentido en toda su vida y sabía que así lo sentiría por toda una
eternidad. El mundo podía desaparecer a su alrededor y no le importaba mientras
ella estuviera a su lado. De cierto modo tenía la certeza de que Faillié la protegería de todo lo malo que podría pasar en
el mundo. Habían estado ya mucho tiempo juntas, pero parecía que cada día era
nuevo para las dos. Los días no se estancaban en un solo sentir, o tal vez lo
hacían para quedarse eternos en un único sentimiento, aquel inevitable e
incontenible: el verdadero amor. Sus recuerdos estaban todos juntos; algunos
olvidados, otros muy vagos, algunos muy fuertes; y todos ellos le daban la
certeza de haberla amado cada segundo, con igual fuerza y con la misma
magnitud, desde siempre, desde que la miró por primera vez.
Faillié parecía no sentir nada, ni siquiera el aire helado
que soplaba. Sus manos las tenía recargadas contra el frío piso, con su vista
fija siempre al horizonte. El sol estaba por salir de entre la cordillera que
se veía a la lejanía. Disfrutaba de mirar los primeros rayos del sol, le
gustaba como se iluminaban los ojos de las personas con su resplandor y como
cada una de ellas buscaba con insistencia su calor en las mañanas de frío. Era
un nuevo amanecer de un nuevo día, tal vez no con un comienzo nuevo, pero
siempre con la certeza de que se encontraría algo por lo cual continuar. Tenía
Fe en ello, en que cada una de las personas que existía sobre la Tierra se
diera cuenta de la importancia de poder mirar un amanecer. No había nada más
que pudieran hacer: encontrar la absoluta felicidad, era la misión de toda su
existencia.
Sabía que no
podía apartar la mirada de su rostro. No quería hacerlo. Parecía que nunca
dejaría de hacerlo. Estaba ahí, todo su mundo estaba justo en Faillié. No dejaba de verla porque esperaba a que le dijera
algo. Que de su boca salieran palabras dulces como siempre las escuchaba de su
voz; que su murmullo suave aquietara la sensación inexplicable de todo el amor
que estaba sintiendo. Faillié le parecía un sueño interminable, sin dar lugar
alguno a las pesadillas. Todo estaba claro en su vida, todo era perfecto en
ella. No pensaba en un futuro lejano y no había planes a largo plazo. Cada día
prefería vivirlo como si al siguiente, alguien, de alguna manera inesperada, se
fuera a llevar su pedacito de razón y felicidad: Faillié. No era consciente de lo que la presencia de Faillié significaría para el resto de su vida. No era
consciente de todo lo hermosamente bello que le llevó a conocer la magia de su
amor. Pero de alguna manera sabía que todo lo que había vivido ya a su lado,
había valido toda una vida en la eternidad.
Su mirada
seguía quieta en Faillié, en mirar su rostro, en ver como su semblante se
tornaba más hermoso.
Faillié agachó
su cabeza para mirarla. Se dio cuenta que las mejillas de Alice estaban sonrojadas al igual que su nariz; y que el
resto de su piel estaba tan blanca como siempre. Habían pasado todo la noche
mirando las estrellas, hablando de lo mucho y lo grande que era su amor.
—Ahora no te
estoy abrazando —respondió Faillié, mirando sus ojos claros y dulces como la miel.
Le regaló una
sonrisa por sus palabras, la cual Faillié correspondió de la manera más tierna y dulce.
Después regresó su vista hacia el horizonte sin decirle palabra alguna.
Alice dirigió
su mirada para ver como salían los primeros rayos del sol. Su cabello castaño
claro empezaba a tomar mechones del tono dorado como el trigo. Sus manos las
tenía dentro de su chaqueta, como un instinto que tenía para protegerlas del
frío que no estaba sintiendo. No se había dado cuenta cuánto necesitaba del
calor del sol para sobrevivir al frío del amanecer. El cuerpo de Faillié siempre tenía la calidez que ella necesitaba para
abrigarse por completo. No solo lo sentía en su piel, también lo sentía en lo
más profundo de su alma.
—Es tan cálido
estar entre tus brazos —repitió en un suspiro.
Faillié la medio alzó para poder abrazarla por la espalda.
Pero ella no lo decía porque quisiera que la abrazara, lo decía, porque el
calor del sol siempre le recordaba la calidez de su cuerpo cuando estaba cerca
del suyo. Volvió a mirarla sin saber por qué sus mejillas se sonrojaron aún más
cuando se dio cuenta que Faillié la miraba de la misma manera: en sus ojos parecía
nacer una especie de luz, tímida y entregada solo para ella. Recargó su cabeza
sobre su pecho y estrechó sus manos con las suyas.
Faillié no dejaba de abrazarla, de sentir su respiración
suave y tranquila.
—Es como el
sol del amanecer —murmuró, necia de no saber cómo explicarle lo que estaba
sintiendo.
Faillié dirigió su vista hacia el sol. Se podía ver
perfectamente, así lo permitía el amanecer. Podía ver el resplandor que salía
poco a poco de entre la cordillera. El cielo se estaba poniendo más claro. Las
nubes se estaban dispersando y el aire que se alzaba soplaba más frío. Las
luces de las lámparas de la ciudad se apagaban y el ruido del tráfico se estaba
haciendo más intenso. Era un día normal en cualquier parte del mundo, pero
justo, en ese momento, el Universo estaba por lograr un equilibrio más.
—Aunque el sol
después quema demasiado —dijo suspirando.
Recordaba sus
brazos rojos cuando se exponía demasiado y su piel bronceada cuando iba a la
playa. Recordó los golpes de calor cuando los grados aumentaban en primavera y
verano. El sol no era demasiado bueno en muchas ocasiones.
—Sí, quema
demasiado —reafirmó Faillié en una sonrisa.
El sol ya
estaba a la mitad de salir por completo. Dejó de abrazarla para que sintiera
los rayos del sol y no el calor de sus brazos.
Faillié miró el sol salir por completo y le dijo:
—Es como el
amor: el resplandor y la fuerza más grande del mundo. Todo gira a su alrededor,
y sin el sol no existiría vida alguna sobre la Tierra. Al igual que el amor…
siempre como el amor —explicó.
Usaba un
lenguaje ordinario y simple, pero un tanto extraño. Siempre de la manera en que
lo hacía: de una forma que muy pocos verían la lógica de sus palabras, y donde
muchos encontrarían lo absurdo de ellas. No había escuchado hablar a nadie como
lo hacía ella. Sabía que le bastaba escuchar su voz para que su corazón lo
entendiera por completo. No le importaba que el mundo estuviera lleno de
contradicciones para con sus palabras y para la forma en que tenía de ver y de
sentir las cosas. Faillié nunca fue una persona razonable al hablar. Sus
palabras parecían que se quedaban en el viento. No cualquier persona la
entendía cuando hablaba y mucho menos cuando sus palabras iban dirigidas al
verdadero amor. No le importaba lo que pensaran los demás de Faillié. Su voz era todo lo que le importaba a su corazón.
Sus palabras eran el latido suave que necesitaba para poder mantenerse con
vida.
Suspiró y
continuó escuchando a Faillié decir:
—Si te expones
con tanta exageración a él, puedes salir lastimada… pero sabes que está ahí y
de una u otra forma lo necesitas para vivir.
Pensó en lo
que Faillié había
dicho. Era verdad. Su resplandor siempre era muy fuerte. Aunque el cielo
estuviera completamente nublado, su luz llegaba para diferenciar el día de la
noche. Necesitaba del sol para entibiar su cuerpo al amanecer y sentir su calor
en el invierno o solo cuando tenía frío. Necesitaba que llegara su resplandor
cuando la oscuridad de la noche le daba miedo. No lo había pensado con tanto
detenimiento. Podía sentir como las personas se conducían sin darle mucha
importancia a la naturaleza del sol en sus vidas. Solo sabían que estaba cuando
lo necesitaban: gustaban de su calor y su intensa luz; o se daban cuenta de su
existencia cuando su fervor era demasiado intenso como para lastimar. El sol
era algo que no se podía admirar por mucho tiempo, su resplandor cegaba sin dar
la oportunidad de ver lo verdaderamente hermoso que era.
Recordó que
cuando Faillié apareció en su vida, fue como un pequeño resplandor
para ella y para sus sentimientos; para protegerla del frío y de la oscuridad
que a veces se posaban en su vida. Su llegada había sido el resplandor para
desvanecer todas sus sombras.
—Es como el
amor… —dijo.
Faillié esbozó una pequeña sonrisa por el comentario. De
sus tantos años enseñando el mismo mensaje, no había encontrado a nadie que
entendiera más rápido que ella.
—Pero debes
saber cómo vivirlo, para que no te lastime —aclaró Faillié.
El calor de su
cuerpo nunca quemaba tanto como a veces los sentía de los rayos del sol. Era
tibio, templando o cálido, parecía de una temperatura siempre necesaria y justa
para cada ocasión. Pensaba que no necesitaba del calor del sol porque ya tenía
su propio resplandor, el único, que sabía, solo resplandecía para ella.
Tomó sus manos
para que la siguiera abrazando.
—Siempre como
el amor.
Faillié podía sentir su suave respiración y los latidos de
su corazón mortal. Estaba tranquila, todo estaba en perfecta paz. Dirigió su
vista al sol, no faltaba mucho para que saliera por completo. Recargó su mentón
sobre la cabeza de Alice. Aunque ella no lo sabía, era su último día juntas.
El tiempo que le correspondía estar con ella ya había llegado a su fin y tenía
que enseñarle el último mensaje por el cual la había conocido. Faillié le daría lo último que le quedaba: el amor
verdadero.
Miró el sol
del amanecer y le dijo:
—El calor que
necesitas para aliviar el frío de tu alma, siempre lo puedes encontrar ahí
—dijo Faillié, refiriéndose al verdadero amor.
—Como en tus
brazos —dijo.
—También
encontrarás la luz que necesitas para disipar la oscuridad que pueda posarse en
tu corazón —aseguró Faillié.
—Como la luz
de tus ojos.
El sol terminó
de salir de entre la cordillera. El cielo ya estaba lo bastante claro. Las
nubes se movían con suma tranquilidad, como si el viento jugara con bolitas de
algodón. Los pajarillos ya habían dejado de entonar sus canticos de gratitud.
El ruido del tráfico empezaba a escucharse cada vez más pesado. Ya no solo se
percibía el viento y el cantico de las aves, se escuchaba la presencia de las
personas sobre el mundo, la parte del mundo que le tocaba vivir. El frío del
amanecer ya casi era soportable para las personas. Ella ni siquiera lo había
sentido, el calor del cuerpo de Faillié le daba todo lo que necesitaba para sobrevivir a
cualquier frío del amanecer.
—El sol
resplandecerá siempre en tu cielo… para que no me olvides nunca —murmuró Faillié a su oído.
—¿No
olvidarte?
Se levantó y
miró a Faillié a los ojos. Nunca la había visto tan radiante. Sus
ojos se veían más hermosos y mucho más tiernos. Su semblante estaba más
tranquilo y lleno de paz. Parecía que el sol le daba luz a su cuerpo y
desaparecía en cualquiera de sus rayos. Sentía que todo se iba a congelar ahí:
en la luz de sus miradas. El último mensaje ya lo tenía guardado en su corazón
mortal. Había llegado el momento en que todo iba a tomar un rumbo diferente. Faillié miró la luz de sus ojos: el resplandor más fuerte
que nacía de la Tierra. Nunca, nada y nadie, lograría que su mirada se apagara:
había aprendido y conocido el amor verdadero.
—En la luz de
tus ojos —terminó por decirle Faillié.
Mmm, yo leí hasta el segundo capítulo, cuando Kaomi tenía tu memoria, y, y sí me hizo llorar, mucho. No fue su culpa, la tomé porque quería leer la cuarta parte de Faith-el, y no me dejó, así que leí esta, lo siento.
ResponderEliminarque hiciste qué!!!!?????¬¬ (por qué no te tengo cerca para golpearte?)
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