II
La esencia de Faith-el estaba
desapareciendo poco a poco. El amor se estaba extinguiendo entre los Mortales y
eso acababa con la existencia del resplandor de Faith-el. Lo único que mantenía
su existencia, era el amor en los pocos Mortales con virtud que aún quedaban.
El odio de Hate-ellu no solo terminaba con el resplandor de Faith-el, sino con
todas las esencias que estaban en la Tierra ayudando a los humanos a conservar
su alma buena. Las batallas entre el bien y el mal cada vez eran más difíciles
de sostener.
―Nuestro Cielo no está para soportar
caprichos de una essentia ―dijo Miguel.
―Es momento de traerla a nuestra
vibración, no puede estar haciendo algo que no está en su necesidad como
essentia ―sugirió con autoridad el arcángel Gabriel.
El arcángel Gabriel se levantó de su
sitial y sacudió su túnica blanca. Mientras caminaba, de su espalda salían sus
alas. También les daba un movimiento más fuerte, mostrando su poder y gloria. Gabriel
representaba el cuarto rayo: la Esperanza. Era un mensajero y gran sabio; y jefe
de los ángeles de la guarda. Era muy distinto a Miguel. Su rostro era más
pasivo y dulce. Su mirada azul turquesa estaba llena de misericordia y amor. Su
semblante poseía la pureza y la sabiduría. Llevaba su propio medallón de
invocación colgando sobre su pecho.
―Debemos resguardar los Cielos.
Se paró junto a Miguel y miró hacia la Tierra
buscando a Faith-el. Cuando la encontró, lanzó su rayo blanco para traerla de
regreso al Cielo.
Apareció muy cerca del portal que
resguardaba a Dios. Gabriel y Miguel volvieron su vista a ella. No podían
permitir que siguiera con lo que estaba haciendo.
―No puedes ―advirtió Gabriel.
Faith-el intentó acercarse a los dos
para volver a tomar el camino y regresar a la Tierra.
―No es parte del principio de tu
essentia.
Detuvo sus pasos cuando vio en la mirada
de Miguel que acercarse no era la mejor opción. Se sintió insegura con lo que
estaba pasando. Los arcángeles no podían tomar juego en su batalla. Si ellos
estaban ahí era porque las cosas se habían salido de control. Retrocedió hasta
el punto de tropezar con los peldaños de mármol. Sabía que no podía cruzar más
allá de ellos, ni siquiera pisarlos le estaba permitido. Se quedó parada
mirando a Miguel y Gabriel. Podía escapar de cualquiera de los dos, pero no
cuando estaban juntos, porque su poder era casi igual que el de su esencia.
Miguel dirigió su vista a las columnas
que protegían el portal, cada una de cuarzo y del color que representaban para
el Cielo y la Tierra. Miró a cada una de ellas sabiendo que era necesario lo
que pretendía hacer.
―Los invoco, arcángeles protectores del
Cielo, guardianes del Portal y de las Columnas de las Bendiciones: Jophiel,
Aniel, Raphael, Uriel y Zaphkiel ―llamó Miguel.
Su voz había sonado como el eco de un
rayo.
Faith-el se dio cuenta como, de las
columnas que protegían el Portal, salía cada uno de ellos en diferentes
resplandores. Las Columnas de las Bendiciones se habían llenado de la luz que
les correspondía proteger, habían resplandecido aún más. Cada una de ellas
guardaba el símbolo y el nombre de cada uno de los arcángeles. Empezó a notar
las luces que iban y venían alrededor suyo antes de materializarse por
completo. Escuchó el aleto de las alas, el sonido suave de sus voces, la
armonía que provocaba cada uno de sus sonidos. Sintió el poderío de cada uno de
ellos.
De un momento a otro estaba frente a los
siete arcángeles que custodiaban la Tierra y el Cielo: guardianes del Príncipe
de la Luz. Todos ellos eran guerreros que luchaban contra las tinieblas del
Príncipe de la Oscuridad. La mayoría de las batallas las tenían ganadas por la
ayuda de las esencias de luz. Su murmullo ayudaba a tener en paz el alma de
muchos Mortales, pero ahora se estaban complicando las cosas, las esencias
ambiguas y oscuras ayudaban a Hate-ellu.
La vibración a la que pertenecía Faith-el
era superior a la de los arcángeles, pero ahora su resplandor se estaba
perdiendo casi al punto de su extinción y eso no era bueno para el Cielo y sus
habitantes, mucho menos para los humanos.
Los siete arcángeles estaban mirando
hacia la Tierra. La destrucción que estaba creando Hate-ellu era inminente. Las
guerras se desataban en cualquier parte del mundo y los humanos se aniquilaban
sin piedad. Faith-el no podía detenerla como esencia, ya que Hate-ellu no podía
verla, solo podía sentir su vibración cuando estaba cerca la presencia del
amor. En cambio Faith-el si podía verla, pero eran en vano todos sus esfuerzos
por intentar regresarla a la luz. Hate-ellu era la fuerza indestructible que
terminaría con el amor, porque las esencias oscuras se estaban apoderando de la
voluntad de los Mortales.
―El único camino que te queda es
eliminarla ―sugería Miguel―. Sólo tú puedes
hacerlo, Faith-el, es tu misma essentia.
―No entiendo ―dijo.
Miró sus manos, sintiendo el resplandor
que desprendía de su cuerpo. Había sido creado como una esencia desde el principio
del Todo. Las esencias se creaban desde el origen del universo, nadie más podía
nacer o existir como tal después de la creación. No entendía por qué ella se
había convertido en la esencia más oscura si jamás fue su principio, no había
existido como tal. Sabía que no podía ser una esencia.
Faith-el sintió la presencia de alguien
muy cerca de ella. La sacó de todos sus pensamientos y conclusiones, la liberó
de todo eso. Alzó la vista preguntándose quién se había acercado. Frente a ella
se paraba el arcángel Zaphkiel. Vestía igual que Miguel: con armaduras romanas.
Zaphkiel era rector Príncipe de los Tronos. Sobre la armadura que protegía su
pecho se forjaba una cruz y una copa. Lleva una capa de color violeta,
representando el séptimo rayo: la Libertad; la cual estaba sujeta por su
medallón de invocación. Su mirada era oscura y misteriosa, capaz de
transformarla en un segundo, y encontrar en ella la luz y la verdad.
―¿Por qué su alma no pasó por el
purgatorio? ―preguntó.
―No lo merecía ―decía el arcángel Zaphkiel,
con un tono lleno de compasión―. Todos sabemos que cualquier humano que atenta con
la vida que no le pertenece cae en pecado mortal. Ni siquiera puede abogar por
su perdón.
―Murió por amor ―aseguró Faith-el―, no
por odio ni rencor.
―¡Tú lo sabes, Faith-el! ―gritó Miguel
para hacerla entender―. ¡Murió con la fuerza en su corazón, sin ninguna rabia
ni resentimiento! Murió esperando encontrarte a ti de este lado… pero aun así, desafió
un destino que era suyo.
―Humano tonto ―dijo Gabriel desde un
halo de luz blanca―. Algunos son tan irracionales.
Gabriel era uno de los arcángeles más
poderosos, más sabios y, aun así, esa sabiduría no le alcanzaba para entender
algunos comportamientos irreales de los Mortales. Sabía que su pecado la haría
llevar la condena de repetir una y otra vez su muerte, a su alma no se le
permitiría nunca entrar al Cielo.
―Lucifer se aprovechó de su pecado
―explicaba Miguel―, pero sobre todo, transformó ese amor
puro en la pureza del desamor. Todo lo contrario a ti, Faith-el. Es como tú…
pero en la oscuridad.
―Lucifer no tiene la potestad de crear a
una essentia ―aclaró Faith-el―. Los Mortales no pueden…
―¡Está llena de odio! ―interrumpió Miguel―.
Lucifer la convirtió en una essentia y le dio toda la fuerza de la oscuridad.
―El odio no existe en el amor ―murmuró para
contradecir las palabras del arcángel Miguel.
Faith-el no tenía contraparte a sí
misma, porque entonces tendría un enemigo constante y eterno. Tendría una
batalla para siempre, como el bien y el mal; la luz y la oscuridad, como lo
hacían los habitantes del Cielo en su constante batalla con los que reinaban en
el Infierno. El odio era un sentimiento, una esencia oscura, pero jamás derivada
u opuesta al amor. Las esencias eran seres únicos, con una sola misión: el
murmullo de su resplandor. Todas eran esencias con resplandores independientes,
con el propósito de llevar a los Mortales emociones y sentimientos. El murmullo
de la esencia oscura de Hate-ellu no era contraparte de Faith-el. Cuando el
amor existe de verdad, después no cabe un sentimiento de odio por la persona de
la que alguna vez se amó. El sentimiento cambiaba en emociones y se transforma
en varios sentimientos después del amor, solo si la persona no era la correcta.
Pero cuando el amor es verdadero, nunca se olvida o se guarda rencor y mucho
menos odio; porque entonces el amor nunca fue realmente puro. Los Mortales que
pasaban por esos cambios, eran los que no podían conservar el murmullo del
resplandor de Faith-el por siempre, por eso transformaban el sentimiento en uno
que era tan oscuro y negativo: el rencor. Cuando conservaban su resplandor,
cuando eran elegidos, el sentimiento jamás cambiaba o se destruía. El murmullo de
su resplandor era fuerte y creaba luz en el alma de los elegidos. No entendía
cómo es que la luz más fuerte se convirtió en oscuridad.
―Es una essentia demasiado oscura
―repitió Miguel.
Faith-el sabía que eso era el fin, no solo
de ella sino de todas las esencias de luz y de los ángeles con sentimientos buenos
que ayudaban a los humanos a conservar el amor por más tiempo.
―Debes terminar con su existencia ―decía
Zaphkiel―, es el único camino.
Todos los arcángeles miraban hacia la Tierra.
Los ángeles guardianes ya casi no podían
hacer nada para proteger a los Mortales. Las esencias de luz se estaban
extinguiendo poco a poco. Faith-el miraba como Hate-ellu destruía la buena
voluntad que todavía había en algunos corazones. Ya no se guiaba tanto por el
amor, ahora destruía todo lo que se encontraba a su paso. Jugaba con las
esencias ambiguas para disponer de las decisiones de los Mortales para causar
más daño. Los llenaba de deseos, de avaricia y los destruía con sentimientos
más oscuros como la crueldad. Parecía que los demonios estaban desatados sobre
la Tierra.
―En tu plano espiritual Hate-ellu no
puede verte ―aseguró Miguel―. Aunque tú puedas
verla no serviría de nada. Es más fácil que sienta tu presencia como essentia,
porque no soporta tu vibración, pero no puedes acabar con ella así como estás.
―Mikeiel
tiene razón, porque por el simple hecho de reflejarte en sus ojos acabaría con
tu resplandor ―decía Zaphkiel mirando a Faith-el―. No puedes hacer nada como
estás ahora.
―Tienes que regresar a la Tierra como la
última vez que te vio ―dijo Gabriel.
―Están diciendo que debo ser un… ―intentó
decir Faith-el sin creerlo.
―Así es ―sugirió el arcángel Raphael
acercándose a ella.
El arcángel Raphael era un peregrino
andante, sus ropas ya las tenía gastadas por haber andado ya por mucho tiempo
sobre la Tierra dando salud al cuerpo y al alma de los humanos. Llevaba un
bastón largo que representaba la voluntad y el apoyo espiritual que se
necesitaba para andar por el camino de la vida. Ya era un anciano, su cabello
se mostraba blanco al igual que su barba. Sus ojos verde esmeralda se notaban
bondadosos. Raphael era incapaz de perder su propia Fe en la humanidad. Sobre
su pecho porta su propio medallón de invocación. Difícilmente utilizaba el
poder de sus alas, casi siempre las llevaba escondidas dentro de su espalda.
―Tienes que regresar a la Tierra como un
mortal y encontrar el amor ―terminó por decir el arcángel Raphael.
Faith-el no entendía lo que pretendían
hacer, ella ya tenía su propia batalla perdida, porque su resplandor cada vez
era más débil. Lo que Hate-ellu estaba haciendo ya la lastimaba desde que
apareció, desde que se creó la oscuridad en ella.
―Debes regresar, Faith-el.
Miguel ordenó a los demás arcángeles que
se acercaran para darle la vida como mortal. Los siete protectores la rodearon
en resplandores diferentes. La luz que le correspondía a cada uno de ellos
empezó a emanar de su cuerpo. Las alas de Faith-el empezaban a desvanecerse en
luz. El poder que tenían los arcángeles cuando estaban juntos era más grande
que la fuerza de una esencia. Por eso ellos siete eran los guardianes del
Cielo.
El rayo azul de Miguel
se posó en ella para que pudiera vencer la oscuridad. Faith-el miró como las
alas del arcángel Jophiel salían de su espalda sin poder evitarlo, eran iguales
a las de Miguel, de un verde iridiscente. Necesitaban de mucho poder para intentar
convertirla en un mortal. Su túnica dorada proyectaba sabiduría e inspiración. Jophiel
representaba al segundo rayo: la Constancia. Llevaba sobre su cintura una
espada con la cual protegía al árbol de la vida. Faith-el miró su medallón
colgando de su cuello. Al igual que Raphael, ya era muy anciano, su cabello
blanco descansaba sobre sus hombros. Sus ojos ámbar parecían estar a juego con
su túnica dorada. Todos los arcángeles llevaban un medallón de invocación del
color del oro, pero muy distinto en símbolos.
―Tus recuerdos permanecerán en tu
memoria ―decía el arcángel Jophiel, cubriéndola con su rayo dorado, para que se
mantuviera constante en lo que su resplandor es para el Cielo y los Mortales―.
Debes creer lo que representas.
―Faith-el, no olvides lo que eres, lo que
es tu essentia ―dijo Gabriel.
Su rayo blanco la llenó de esperanza.
―Como mortal serás como ellos ―continuó Miguel―,
solo tendrás una vibración espiritual más alta que un mortal común. Podrás escuchar
el murmullo de las essentias oscuras, las ambiguas y las de luz. Será tu
elección decidir lo que querrás hacer, como lo hacen los humanos con su libre
albedrio.
―Tu única ventaja es que podrás ver a
Hate-ellu en su plano dimensional y ella podrá verte a ti. La oscuridad de sus
ojos no podrá lastimarte, es cuando debes acabar con ella, traerla a nuestra
vibración donde su fuerza será menos ―terminó por decir Gabriel.
Faith-el miró el rostro bondadoso y
lleno de amor de una mujer muy joven. Su cabello color arena y sus ojos verde
olivo hacían juego con su belleza. Por un momento le hizo recordar a la mujer
más bella que había conocido en la Tierra. Su semblante era amoroso y pacífico.
Sentía de ella el más grande poder. Aniel representaba el amor en los Mortales
con o sin virtud, y Cupido era su más fiel ayudante. El arcángel Aniel era dirigente
de las Potestades. Sus alas hacían corte a su vestidura ceremonial de varios
pliegues de tela, que parecían capaz muy finas de luz. Ella representaba el
tercer rayo: la Caridad.
Faith-el dejó que su rayo rosa se
apoderara de todo su ser.
―Cree en ti ―dijo, y le regaló una
sonrisa llena de amor.
Sintió un rayo de color oro aún más
intenso, parecía que la quemaba poco a poco. Se dio cuenta que era el arcángel
Uriel, el más joven de todos ellos. Parecía un niño a lado de todos los
arcángeles. Era a su vez un Serafín, Querubín y Príncipe de las Dominaciones.
Vestía como un ángel guardián; pero a diferencia de ellos, sus alas eran igual
que las de cualquier arcángel protector. Llevaba un pergamino atado a su
cintura, con él transmitía a los humanos el conocimiento y la comprensión.
Representa el tercer rayo: la Gracia.
―Eres una essentia de luz. El más fuerte
resplandor ―le aclaró.
Los halos de luces de los siete
arcángeles se unieron para formar uno mismo y darle vida a Faith-el. Lo que estaban haciendo no era parte de la creación
del universo. No podía estar así por siempre, porque el desequilibrio sería más
grande de lo que era ahora en todo el orden del Universo. Pero los arcángeles
sabían que no había otro camino más fácil que tomar, debían actuar de la manera
más rápida.