I
2.0.12
El olor tan molesto que le enfadó al
principio estaba desapareciendo. Hate-ellu estaba destruyendo el amor mortal que
había antes en aquella pareja enamorada. Cada una de las palabras que les
murmuraba a ambos al oído los llenaba de duda, miedo, ira y, por último, de
odio. Le gustaba que el sentimiento de odio estuviera en el corazón de los
humanos, era su único propósito y razón de existir: destruir el amor.
―Así es el verdadero amor ―dijo
Hate-ellu con una sonrisa irónica.
Acabar con el amor que ellos sentían le
resultó mucho más sencillo, se trataban de Mortales sin virtud de conservar el resplandor
del murmullo de Faith-el por siempre. Estaban destinados a no conocer jamás lo
inexplicable, y a escuchar el murmullo de esencias ambiguas y oscuras. Su amor
era parte de un destino ya escrito y entrelazado por Aniel, el arcángel del
amor, pero no habían nacido con la virtud de conservar la pureza del amor. Aun
así, su amor era parte del resplandor de Faith-el, porque en algún momento
escucharon su murmullo. Por eso la destrucción del amor en aquella pareja la hería
en lo más profundo de su existencia. Sus alas muy difícilmente la podían
mantener en vuelo, todo eso estaba por desaparecer el resplandor de su esencia.
Faith-el intentó acercarse otra vez a
ella para intentar regresarla a luz, pero Hate-ellu sintió de nuevo su
vibración y su energía oscura aumentó más. Sus alas negras se extendieron para
alzarse en vuelo. Sus ojos buscaban con ansia el lugar de donde provenía el
hedor tan desagradable que estaba percibiendo. Hate-ellu observó a otra pareja
cruzando el parque. Sonrió con desagrado, para ella eran otras personas
escondiendo su odio en un sentimiento llamado amor, un sentimiento que muy
pronto desaparecería de sus corazones.
―Regresa a mí ―dijo Faith-el mirándola
desde abajo―. Tienes que regresar a mí.
Extendió sus alas blancas y en un vuelo
fugaz regresó al Cielo.
Así estuvieron desde el principio, desde
que Hate-ellu quería terminar con el amor en la Tierra.
Faith-el intentaba regresarla a lo que
era antes, que volviera a creer en lo que ella le enseñó en su pasado, que
sintiera el amor y que estuviera en paz con su propia alma. Pero Faith-el perdía
en cada intento. Su juicio estaba siendo nublado, no tenía otra voluntad y
misión que regresarla al amor. Todo lo que estaba haciendo le hacía olvidar el
principio por el cual había sido creada: ser un guardián para los nacidos con
virtud; a los cuales ya les había enseñado el amor. Su vibración estaba
cambiando para ellos, su murmullo era escaso cada vez que se acercaba a la
oscuridad de Hate-ellu.
―¿Cuánto tiempo creíste que pasaría para
darnos cuenta de las cosas, Faith-el? ―preguntó el arcángel Miguel.
Su voz se escuchó firme y autoritaria.
Faith-el ni siquiera dirigió su vista hacia donde se escuchaba a Miguel. Estaba
tan centrada en su objetivo, que parecía no darle importancia a nada más.
Se encontraban en la Tercera Vibración:
el cuarto Cielo. Faith-el se hallaba a las afueras del Portal que resguardaba a
Dios, el Príncipe de la Luz. Desde ahí miraba a todos sus protegidos en la
Tierra. El Cielo era el lugar más seguro para llevar a cabo su misión como
guardián, era la conexión más cercana a la Tierra, porque desde su Cielo, en la
Novena Vibración, las voces de los Mortales no llegaban y no podía escucharlos.
―¿De qué hablas, Mikeiel? ―preguntó
Faith-el, mirando hacia el lado derecho del portal.
El Portal que resguardaba a Dios era enorme
y majestuoso. Estaba bañado con el metal más precioso conocido en la Tierra: el
oro; resplandecían incrustaciones de piedras preciosas de distintos colores. Lo
sostenían tres peldaños de frío mármol, donde se grababan los nombres de todos
los coros angélicos y la historia de todas las luchas entre el bien y el mal.
Sobre sus puertas tenía las imágenes grabadas de la Jerarquía Suprema del
Cielo: Querubines, Serafines y Tronos, que eran los seres divinos que estaban
más cerca de Dios. Era un portal bifronte, sujetó por dos columnas de granito,
por la otra parte del Portal tenía los grabados de la Jerarquía Media del
Cielo: Dominaciones, Virtudes y Potestades. Las puertas siempre estaban
cerradas y protegidas. Nadie podía entrar o saber exactamente cuál era la
entrada real. Del lado izquierdo de una de las columnas se encontraba un sitial
hecho de cuarzo donde se sentaba el arcángel Gabriel y del lado derecho se
encontraba otro igual donde se sentaba el arcángel Miguel.
Más allá de los tres peldaños de mármol, descansaban losas de oro que recubrían
sus pisos alrededor del Portal, formando un círculo de varios metros. Los
caminos se dividían hasta llegar a unas enormes columnas de cuarzo que formaban
un círculo para proteger el Portal. Las siete columnas eran resguardadas por los
siete arcángeles más fuertes del Cielo. Cada una representaba la bendición que
Dios pretendía para los humanos: Voluntad, Verdad, Esperanza, Gracia,
Constancia, Caridad y Libertad. Más allá de las siete columnas, que parecía que
estaban sosteniendo otro cielo, estaba lleno de nubes hasta lo infinito. Entre
las columnas que resguardaban Miguel y Gabriel, había un camino principal que
parecía no tener un fin, porque estaba lleno de luz. Desde ahí cualquiera podía
dejarse caer a la Tierra, era el único camino: la Conexión.
―¿Cuánto tiempo piensas seguir ocultando
esto a nuestros ojos? ―preguntó con autoridad el arcángel Gabriel.
Faith-el dirigió su vista hacia el lado
izquierdo del Portal y se encontró a Gabriel con su mirada fija en ella.
―El tiempo que sea necesario, Yibrail ―contestó
Faith-el, mirando hacia la Tierra.
El arcángel Miguel se
levantó de su sitial. Sus alas, de un verde iridiscente, se extendieron para
darles un movimiento que hace mucho no les daba, y volvió a dejarlas en reposo.
Siempre vestía
con armaduras, como si fuese un general romano, aludiendo a su misión como
arcángel guerrero y jefe del ejército angélico. Sobre la coraza
de acero que protegía su pecho se forjaba una balanza: que sugiere a la
justicia divina que Dios le concedió por haber vencido al mal y lograr la paz
en la Tierra. De su cuello colgaba un medallón de oro sólido con las
inscripciones de su nombre y de su propia invocación. Portaba una espada de
doble filo sujetada a su cintura, con la cual había vencido al enemigo en la
batalla más grande que habían tenido contra el mal, según la historia que se
contaba entre la humanidad. La capa azul que caía sobre su espalda representaba
la voluntad de Dios y el primer rayo de luz para la humanidad: la Voluntad.
Miguel caminó son serenidad hasta el camino donde estaba Faith-el. Sus
manos las llevaba entrelazadas detrás de su espalda, dándole a entender que no
era su batalla y que no iba a formar parte de ella. Llevaba en su semblante
toda la gloria de un guerrero: su mirada inmutable y dura. Sus ojos oscuros
parecían bondadosos y a la vez calculadores, esperando estar atentos a la
batalla o a la más grande generosidad. Era el mejor de los arcángeles
protectores. Siempre veía por el bien de la Tierra y el Cielo.
―No es parte de tu principio ―decía con
un tono duro―. No es la misión de tu resplandor y mucho menos tu mandato divino,
Faith-el.
―Pero es parte de mi essentia ―aseguró.
Faith-el extendió sus alas blancas y los
tonos dorados de sus plumas resplandecieron a un más. Se alzó en vuelo y en un
halo de luz regresó a la Segunda Vibración, el tercer Cielo, la Tierra, para
intentar detener a Hate-ellu.
Miguel regresó su vista hacia el
arcángel Gabriel. Después, con una mirada fría, escrutó el azul celeste de su
cielo. Las Columnas de las Bendiciones se encontraban en toda su magnificencia.
Sabía que algo no estaba bien.