XIV
―¿Y desde cuando
te gusta quedarte en mi casa tanto tiempo? ―preguntaba Mariana con sarcasmo,
por siempre estaba metida ahí, excepto por la noche.
Desde que vi a
Alejandra ya no me despegaba de la ventana de la casa de Mariana, siempre
estaba ahí por la tarde para verla pasar. No faltaban los sermones de Mariana
desde ese día, diciéndome que era mucho mayor que yo y pensándolo bien, tenía
razón. Alejandra me gustaba, no sabía si mis sentimientos hacia ella eran
reales o solo quería volver a sentir algo por alguien. Aunque pensándolo
fríamente, había muchas chicas que, según Mariana, babeaban por mí y darían
cualquier cosa por estar conmigo. Yo lo sabía, algunas si me gustaban, pero no
llamaban por completo mi interés y por supuesto, no llamaban a mi corazón para
sentir amor. Incluso Lucia trataba de buscarme y salir conmigo, pero cada vez
que me decían algo de ella, casi salía corriendo de cualquier lugar. Tal vez
Alejandra era mucho más que una fascinación, más que una curiosidad, quizá era
amor y estaba dispuesta a descubrirlo.
Sin querer,
mejor dicho, queriendo, la seguí hasta la biblioteca y me senté en la mesa de
enfrente. Era lo único que podía hacer afuera, porque Mariana ya no me quería
por tanto tiempo dentro de su casa y menos junto a la ventana. Creo que estaba
un poco celosa o agobiada por mi comportamiento. No quería que nadie volviera a
lastimarme tanto como lo hizo Lucia. Así que busqué otro plan, algo que me
acercara más a Alejandra…
―¡No puede ser! ―refunfuñaba
con un grito no tan apagado porque sabía que ella estaría mirándome.
Tal vez mi
comportamiento era muy infantil como decía Mariana, pero qué podía hacer a mis
diecisiete años, yo no quería madurar y por supuesto no iba a intentar hacerlo
después de los dieciocho. Miré de reojo a Alejandra y tenía una sonrisa
discreta en su rostro. Estaba dispuesta a llamar su atención como fuera,
incluso haciendo la mayor estupidez de mi vida. Así que me levanté para caminar
hacia ella, pero tratando de tropezar para caer junto a ella o sobre ella, me
daba igual. Cuando me levanté, sin querer choqué con un tipo que iba pasando,
volé como a un metro de distancia. Quise correr o desaparecer en ese instante.
Traté de levantarme tan rápido como pude y en ese momento choqué con la cabeza
de aquel sujeto que se había agachado para levantarme. Vi mil estrellas a mí
alrededor antes de caer por completo al piso toda desmayada.
―¿Estás bien? ―escuché
su voz muy cerca de mí.
No sé cuánto
tiempo duré inconsciente. Había varias personas a mi lado y ella me tenía
sosteniendo mi cabeza. Miré sus ojos y ya no me parecieron los ojos más bellos
del mundo, creo que estaba molesta. Intentaba hacer que las personas no
cerraran el espacio para que pudiera respirar y recobrar por completo el
conocimiento.
―¿Estás bien? ―volvió
a preguntar, pero sin evitar esa sonrisa burlona en su rostro.
―Sí ―me levante
rápido, pero volví a caer al piso al sentirme mareada.
―Tranquila, fue
muy fuerte el golpe… bueno, los golpes.
Me levantó con
cuidado y me acercó a la mesa donde estaba sentada tratando de entender un
ejercicio de matemáticas. No era el único libro que había puesto sobre la mesa.
La cabeza me dolía un poco a ratos, era un dolor muy fuerte. Me senté
sosteniendo mi cabeza entre las manos y así me quedé un buen tiempo. Alejandra
se sentó del otro lado de la mesa y solo me observaba.
―¿Matemáticas? ―me
dijo tratando de tener una conversación conmigo.
―Sí ―le dije sin
querer decir nada más. No sé por qué no quería hablar con ella, creo que estaba
avergonzada o molesta con la maniobra cruel del destino para que ella se
acercara a mí.
―¿Se te
dificulta? ―me preguntó esperando una respuesta más que un simple monosílabo.
―Algo ―le dije
todavía molesta.
Me levanté para
irme y no seguir con esa platica tan molesta, ni siquiera sabía por qué me
molestaba tanto, ya tenía lo que quería. Cuando me levanté rápido el dolor de
mi cabeza se hizo a un lado para darle paso a un dolor muy fuerte en mi
corazón. Volví a caer sobre la silla sin querer.
―¡Maldita sea! ―medio
grité sujetando mi pecho.
―No te
preocupes, puedo acompañarte hasta tu casa. El golpe que te diste fue muy
fuerte…
―¿Sí, cuál? ―le
pregunté intentando que esa sonrisa que guardaba saliera y terminara por
arruinar mi vida.
―Bueno… no sé
cuál fue más fuerte… si el choque, cuando caíste al piso, el golpe con la
cabeza de aquel tipo o cuando volviste a caer al piso.
“¡Grandioso!” dije a mí misma. No
había cosa más prefecta que el hecho de que vio todo mi gran espectáculo.
―¿Te puedo
acompañar? ―me dijo de una manera dulce, que en ese momento toda mi molestia hacia
el cruel destino se esfumó en segundos.
Salimos de la
biblioteca y no sé por qué la luz del sol hizo que me mareara otra vez.
Alejandra solo me tomó de la mano para que no cayera al piso. Caminamos todo el
trayecto de regreso a casa. No estaba muy lejos, era la biblioteca de la
colonia y estaba como a tres calles de la casa de Mariana. Decidí llevarla ahí
porque no estaba segura si estaba del todo bien, la cabeza me dolía mucho y
prefería estar en casa de Mariana.
―Entonces,
¿matemáticas? ―preguntó en un rato de silencio.
―Sí ―dije.
―Yo podría
ayudarte si quieres ―me dijo sonriendo.
Vaya, mi plan
había funcionado a la perfección, no salió como yo hubiese querido, pero salió.
No supe que responderle, creo que mi silencio le dio la respuesta y era una
respuesta positiva.
―Aquí es ―dije
señalando la casa de Mariana.
―Mira, yo vivo
a…
―¡Mariana!
―grité sin intención de interrumpir sus palabras.
―Cuando
necesites ayuda de matemáticas o lo que quieras ―decía sonriendo―, vivo en la
casa azul de ahí.
Volteé a ver a
donde me dijo para disimular, como si no supiera donde vivía e hice mi cara de
sorpresa al decirle que no estaba tan lejos. Mariana salió enojada como siempre
cada vez que le gritaba. Se quedó sorprendida cuando vio a Alejandra
sosteniéndome del brazo. Me miró con los ojos entre cerrados de enojo e
incredulidad.
―¡Ayúdame! ―me
quejé.
Se acercó a mí y
Alejandra solo le cedió mi brazo. Caminé a Mariana con cuidado, como si fuera
una niña que apenas aprendió a caminar. Mariana me medio metió hacia adentro y
ella también se refugió casi detrás de la puerta, como intentando cerrar la
puerta de una vez. Me hice a un lado de Mariana para intentar salir otra vez,
pero no me dejó.
―Ella es… ―dije,
pero sabía que no podía mencionar su nombre, aunque lo supiera, porque se
supone que no debía saberlo― ¿Cuál es tu nombre? ―pregunté.
―Alejandra
―decía―, la traje porque tuvo un pequeño accidente…
―Gracias
―contestó Mariana y cerró la puerta.
―¡Oye! ―me quejé
ante su actitud mal educada.
Abrí la puerta y
Alejandra solo sonreía.
―Gracias ―le
dije sonriendo.
―No hay
problema, cuídate mucho ―se despidió sin decir otra cosa más.
Mariana me jaló
hacia adentro y volvió a cerrar la puerta con el mismo desagrado de hace un rato.
―¿Cuál es tu
nombre? ―decía con burla Mariana― ¡Qué hipócrita eres!
―Ni modo que le
dijera que la estoy siguiendo desde hace mucho y que me gusta ―me quejé
sujetando mi cabeza, que ya empezaba a doler otra vez.
―¿Qué te pasó?
―preguntó Mariana al ver mi cara de sufrimiento.
Le iba contando
todo lo que pasé mientras subíamos a su habitación. Mariana empezó a reírse
cuando terminé de contarle todo mi espectáculo y no paró de decirme que para
todo tenía que hacer el ridículo. Me acosté en la cama de Mariana porque mi
cabeza no paraba de doler. Ella sabía que por dentro estaba más que feliz por
haberme acercado a Alejandra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario