XIII
Un día desperté,
era sábado, lo recuerdo bien, ese día el corazón empezó a doler otra vez. Me
levanté y me quedé sentada en la cama. Ese simple movimiento hizo agitarme y
respirar con mucha dificultad. Sentía que algo se iba a romper por dentro. Me
levanté lo más rápido que pude y me vestí. Tenía que ir a casa de Mariana, si
era el momento de morir, tenía que hacerlo junto a la persona que más quería en
el mundo. Pasé por la habitación de mis padres y tomé su retrato. No sé por qué
ese dolor en el corazón me traía tanta paz, como si supiera que eso me haría
estar con mis padres otra vez. Bajé las escaleras y el dolor paró de golpe.
Caminé a la casa de Mariana preguntándome qué pasaba en realidad con mi corazón.
Hasta donde sabía, la poca familia que tenía, era saludable y nadie había
muerto por problemas cardiacos.
―¡¡Mariana!!
―grité afuera de su ventana.
Mariana abrió la
puerta y volvió a sermonearme para que no le gritara, y me dijo que usara las
llaves para entrar. También me reclamó el despertarla tan temprano un sábado
cuando no teníamos que ir a la escuela. Estábamos subiendo por las escaleras y
ella seguía quejándose, aún traía puesta su pijama.
―Mariana ―dije
en un suspiro y me recargué en la pared al sentir una presión fuerte en el
pecho.
―¿Qué? ―preguntó
sin voltear.
Fue un silencio
tan corto y un tiempo tan largo. Era como si me pusieran a decidir lo que quería,
si dejarme vencer por el dolor y rodar escaleras abajo o sujetar mi pecho,
respirar con fuerza… y continuar.
―¡Te voy a ganar
tu cama! ―grité subiendo las últimas escaleras sin importarme el dolor de mi
corazón.
―¡Alma! ―gritó
Mariana.
Apenas pude
llegar al marco de la puerta de entrada a su habitación. Me quedé ahí sujetando
mi pecho, me había cansado tanto, como si hubiera corrido unos miles de
kilómetros. Respiraba tan agitadamente que pensé no volvería a respirar normal.
―De Mariana
―dije en un susurro.
―Y mi corazón
tuyo ―contestó Mariana pasando a un costado de mí y tirándose por completo
sobre su cama.
―Dejé que me
ganaras porque aún tienes sueño ―le dije bajando el brazo de mi pecho para que
no se diera cuenta.
Me acerqué
despacio a ella. Me sonrió y alzó la sábana para que me acostara junto a ella.
Me abrazó con fuerza y yo sentía que la estaba traicionando al no decirle lo
que estaba pasando con mi corazón, no quería que mis sospechas fueran verdad…
no quería darle importancia para que no fuera real.
―Nunca me dejes
―le decía a Mariana en murmullos porque ya dormía otra vez―, porque yo nunca lo
haré, te prometo que nunca lo haré ―terminé de decir sujetando mi pecho.
Mariana se había
quedado dormida muy rápido, siempre tenía el sueño pesado, parecía que nada le
preocupaba de la vida. Yo no dormí, solo pude mirarla todo ese tiempo. Era una
mujer muy hermosa, algo fría con muchas personas, pero a aquellos que quería,
sobre todo a mí, era la persona más dulce del mundo. Siempre estuvo conmigo
cuidándome. Hasta ese momento entendí que nuestra amistad no había sido
condicionada… nuestra amistad era destinada. Siempre íbamos a estar juntas, no
importaba que nuestros caminos en algún momento tuvieran que separarse, sabía
que siempre íbamos a estar juntas… siempre ella conmigo.
―Mi corazón
también es tuyo, Mariana ―susurré.
Como pude me
zafé de sus brazos y me levanté. No tenía caso estar acostada si no iba a
dormir. Me quedé mirando por su ventana por mucho rato. Mariana empezaba a
moverse de un lado para otro, eso era indicio de que ya estaba despierta pero
quería seguir durmiendo. Arrojó las sábanas a un lado de la cama con
desesperación, me miró y volvió a cerrar los ojos.
―¡Ya levántate
bella durmiente! ―grité.
―No quiero.
Me acerqué a
ella lo más que pude… tan, tan cerca de su rostro. Pude sentir su cálida
respiración, pude admirar de cerca sus ojos cerrados, sus cejas delineadas
perfectamente con el color cobrizo como el tono de su cabello. Toda ella era
perfecta, el color de su cabello rizado, el color de su piel, la tersura de sus
labios, su voz tan dulce… y la belleza de sus ojos color arándano. Cuando la
miraba así, tan serena y tranquila, siempre venía a mi memoria el primer
recuerdo de ella, cuando tímidamente se acercó a mí y se presentó diciendo:
Mariana San Román. Cómo cabía tanta propiedad en una niña de cuatro años. Esa
vez cuando estreché su mano, no me di cuenta que desde entonces jamás la solté.
Todos mis recuerdos se enfocaban a ella, fue toda mi familia desde que mis
padres se marcharon. Pensé que no habría otra sensación y sentimiento más
fuerte que el que sentía por Mariana, lo pensé así hasta que me enamoré la
primera vez.
―Despierta, ¿o quieres
un beso de amor? ―pregunté sin poder evitar reírme.
―No ―me
respondió sin abrir los ojos.
Mariana sabía
que estaba cerca de ella, por eso no quiso abrir los ojos y encontrarse con mis
ojos que tanto le gustaban.
―¡Qué bueno
porque yo tampoco lo quería! ―le dije aventándole una almohada al rostro.
Me fui otra vez
a la ventana mientras ella despertaba por completo. Mirar tras la ventana de la
habitación de Mariana era otra de mis costumbres que no podía hacer a un lado,
era como intentar dejar salir todo, no dejar que las palabras permanecieran
ahí, que se estancaran en un solo lugar, no permitir que se hicieran una verdad
para siempre.
―Oye ―decía
Mariana como no intentando decirlo―, y la chica con los ojos azules como el
cielo, ¿dónde está?
―Parece que la
aluciné, no es real ―respondí porque en realidad no volví a verla.
―Ah, eso
parecía.
Giré mi vista
hacia el extremo de la calle para mirar los autos pasar, no eran muchos, era
una calle tranquila y un tanto aburrida. Vi a una mujer bajando de un coche
rojo y despidiéndose de la persona que iba manejando. Caminaba hacia adentro de
la calle y no quise tomarle mayor importancia.
―Yo… yo… creo ―le
decía a Mariana mientras mi cabeza intentaba reaccionar y acomodar mis
recuerdos entre esa mujer, bajé mi vista hacia ella que iba pasando frente a la
casa―, que… ¡Es ella!
Miré a Mariana
que no tenía ninguna intención de levantarse y mirar tras la ventana. Era ella,
vestía muy formal en un traje oscuro, llevaba entre sus manos un portafolio y
parecía leer unas hojas, no con un agradable contenido por la expresión que
tenía en la cara, parecía que no le agradaba lo que leía.
―¡¡Ven, es
ella!! ―dije a Mariana para que la viera pasar tras la ventana.
Mariana hizo un
gesto de fastidio y se levantó hasta donde yo estaba. Mi corazón se aceleró de
emoción, ya había perdido toda esperanza de encontrarla, incluso había dejado a
un lado la intención de buscarla.
―¡¿Estás loca?! ―me
preguntaba Mariana después de que la vio y la seguía mirando― ¿Desde cuándo te
gustan las ancianas?
―¡Oye! No se ve
tan grande.
―Claro, no muy
grande ―decía con sarcasmo―, su nombre es Alejandra Gómez, tiene veintiocho
años y es maestra de matemáticas en la preparatoria, a la cual no nos
admitieron… bueno, a ti por tu promedio, ¡no muy alto!
―Pues se ve muy
joven, espera, ¿cómo sabes eso? ―pregunté.
―Porque es mi
vecina, se mudó hace algunos meses,
―¿Tu… tu vecina?
―Sí, mira.
Nos asomamos por
la ventana para ver donde se metía y efectivamente vivía al otro lado de la
calle como a unas cuatro casas. Creó que la vida empieza a sonreírme.
―No, ni lo
pienses Alma ―me decía Mariana como adivinado mis pensamiento― es mucho mayor
que tú, ¡¡mucho!!
―¿Qué importa la
edad? ―le decía sonriendo― La distancia es poca.
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