V
―¡Alma! ―volví a
escuchar su voz por la mañana.
Mariana seguía
insistiendo y yo no quería levantarme. Me enredé más entre las sábanas y puse
una almohada en mi cabeza para ya no escucharla. Aunque su voz era lo más dulce
que ahora sentía en mi vida. Siguió gritando a todo pulmón un buen tiempo sin
cansarse. Tanto que se enfadaba porque le gritaba desde afuera de su ventana,
no sé cómo ella sí podía hacerme lo mismo y a mí no me dejaba. Después de un
largo rato escuché como abrió la puerta de mi habitación y se sentó sobre la
cama.
―No puedes
ocultarte siempre ―me sugería Mariana―, no puedes estar así por siempre. Tú no
puedes Alma, no es tu estilo dejarte morir por amor… hay como mil chicas que
quieren estar contigo, ¡tienes filas de mujeres detrás de ti!
―Solo quiero
dormir ―dije sin intención de levantarme.
―¡Vamos Alma! Ya
dormiremos todo lo posible en vacaciones.
Me levantó de la
cama casi arrastras y me aventó todo con lo que debía vestirme a la cara. Ella
estaba más frustrada que yo por mi actitud. Caminó por toda mi habitación
diciendo palabras que no entendía, metió a mi mochila cuadernos que ni siquiera
yo sabía que tenía que llevar hoy.
―Ya estoy lista
―me dijo colocándose mi mochila sobre su hombro y salió de mi habitación.
Me levanté con
desanimo, me cambié, otra vez como pude, y bajé por comida a la cocina. Pero
había olvidado comprar comida desde hace mucho tiempo. Mariana me seguía atrás
sin decirme nada, me apresuraba con su mirada porque ya era muy tarde y ella
era la persona más puntual del mundo, le desesperaba llegar tarde a cualquier
lugar.
―No tengo comida
―dije sin ganas.
―No te preocupes
―me decía Mariana―, esta vez traje tu desayuno, comida y cena. Mamá está muy
preocupada por ti, un día de estos se vendrá a vivir contigo.
El dolor en mi
corazón se hizo presente sin siquiera avisarme. Me sostuve de la mesa con ambas
manos y sentí tanto frío en el cuerpo. Mariana me miró extrañada, sentí mi cara
palidecer, pensé que en cualquier momento me desvanecería. Era más que obvio
que esos dolores cada vez eran más intensos y no los entendía.
―¿Qué te pasa?
―preguntó Mariana.
―Nada ―intenté
calmarme―, no he comido nada desde ayer.
―¡Te dije! ¿No
entiendes que debes alimentarte? ―decía sacando el desayuno que había preparado
para la escuela―, debes comer mucho ahora. ¡Necesitas que tus defensas estén
fuertes para que tu tristeza no te enferme!
Mariana estaba
asustada, pero lo cubría muy bien en el tono furioso de su voz. Fue mentira lo
que le dije, sí había comido, pero no quería decirle lo de mi corazón.
―No quiero ir a
la escuela ―le dije.
―Tienes que ir,
tenemos que afrontar todo… siempre todo Alma. No debes rendirte por algo así.
No mientras yo esté contigo.
Se sentó en la
mesa y esperó a que me terminara todo lo que había preparado. Sabía que su
madre lo había hecho, porque Mariana podía ser buena en casi todo, menos en
cocinar. Me levanté de la mesa y tomé mis cosas. Tenía razón Mariana, no
siempre me iba a esconder de Lucia, no tenía por qué hacerlo. Si yo tuve la
culpa de que ella me dejara, debía aceptarlo y afrontarlo con carácter, un carácter
infantil, pero así era.
―Vámonos ―le
dije con todo el pesar del mundo.
Mariana habló
durante todo el trayecto de cualquier cosa, no tenía buena fama de conectar los
temas de conversación y siempre le perdía el hilo a todo. Así estaba Mariana,
hablando y hablando, mientras en mi cabeza pensaba en lo que haría si la viera.
Si tendría que actuar normal, golpearla o solo ignorarla. Llegamos a la
escuela, Mariana iba un año atrás de mí, así que siempre teníamos clases
diferentes, Mariana me dejó en el salón y se fue al suyo. Me senté hasta el
fondo y miré por la ventana. Hay casualidades en la vida que no entiendes por
qué pasan, o solo eran cosas predestinadas para ti desde siempre. ¿Por qué no
pude ver otra cosa más? Era una escuela grande, miles de alumnos, por qué mi
vista lo primero que enfocó fue a dos personas que venían entre tanta multitud.
Sentí como mi cuerpo se estremeció de rabia y tristeza. Venían juntas, y Lucia
se miraba tan feliz a su lado.
―Para lo que le
va a durar a Lucia ―escuché la voz de un compañero―, todos sabemos cómo es Ruth.
―Mejor que yo,
supongo ―dije al pensar que si la eligió a ella es porque lo era.
Mi compañero se
empezó a reír con mi respuesta. Se sentó frente a mí y empezó con un discurso
ya muy bien sabido por mí. La fama que tenía Ruth todo mundo lo sabía y nadie
se explicaba por qué Lucia me cambió por ella. Y mucho menos entendían por qué
lo hizo de la forma en que lo hizo, tan soberbia y con tanta crueldad. Por eso
sabían que Lucia solo era un juego de Ruth, no entendía por qué su odio hacia a
mí, nunca le hice nada y jamás me metí con ella. Entre tantos pensamientos, recordé
que en esa clase las tenía a las dos de compañeras. Me levanté apenas lo pude
hacer para salir corriendo.
―No lo hagas ―me
dijo Javier.
Miré a la puerta
por donde pronto iban a entrar juntas. Por la misma puerta por donde ella
entraba conmigo. Agaché la cabeza para no seguir recordando, pero qué haces
para no seguir sintiendo.
―Ella no merece
que estés así ―dijo. Se escuchaba igual que Mariana.
Regresé a mi
lugar e hice mi mirada a la ventana otra vez. Supe que habían llegado porque
todos empezaron a hacerles burla y a preguntarles por qué habían llegado tan
tarde y por qué se veían tan felices. Sentí que mis ojos se ponían rojos y
sabía que no iba a poder controlar mi llanto. Javier apretó con fuerza mi mano
y me dijo con la cabeza que no lo hiciera, que no valía la pena.
―Mariana te dijo
que me cuidaras, ¿verdad?
Empezó a reír y
no pudo negarlo. Mariana siempre estuvo conmigo aun no estándolo.
―Es cuestión de
tiempo ―decía Javier mirándolas a ellas―, se ve que la zorra de Ruth sólo
quiere fastidiarte la vida y Lucia es una estúpida por hacerle caso… pero ya
verás que las dos terminaran por joderse la vida.
Sonreí sin
despegar mis ojos de la ventana, ahí él no se parecía a Mariana, porque ella
por muy enojada que estuviera nunca decía groserías. Sentí mi pecho romperse
por tanta amargura, mis ojos dolían tanto por contener mis lágrimas y mi
corazón parecía querer gritar de rabia. Parecía que todo se estaba acumulando
ahí, en mi corazón, y eso dolía mucho. Llegó el profesor de la clase y todos se
fueron a sus respectivos lugares. Intenté solo mirar al profesor, pero no lo
conseguí, fue cuando ya no pude ignorar su presencia. Estaban las dos juntas y
parecía que yo no existía en ese salón. Tal vez Javier tenía razón, Ruth solo
lo hacía para molestarme, para hacerse saber a ella misma que podía tener lo
que quisiera… pero también entendí que Lucia no me quería de verdad, no existía
un amor real hacia a mí, porque si ese amor existiera, no me hubiera dejado por
algo que vale tan poco. Miré otra vez a la ventana, quería salir de ahí, no
importaba por dónde, sólo quería salir.
―Señorita Vidal,
si mi clase no le interesa puede retirarse.
Escuché a lo
lejos, pero mi cuerpo no hizo reacción alguna de sus palabras. Todos voltearon
a verme, sentí sus miradas y aun así, nada de mí reaccionaba. Escuché al
profesor decir la misma frase, pero ahora más cerca y aun así no volteé a verlo.
Javier se levantó y no sé qué le habrá dicho, el profesor solo dio la vuelta y
no volvió a decirme nada. Todo el tiempo estuve así, incluso ni siquiera sabía
en lo que estaba pensando. Solo miraba desde la ventana a todos ir venir,
hablando y sonriendo, como si fuera otro mundo donde no existiera el dolor.
Cuando terminó la clase todos salieron y me dejaron ahí. Parecía que ya no
existía de verdad, por un momento creí que Lucia se acercaría a mí por lo menos
para preguntar cómo estaba. Era obvio que ya no existía para Lucia y ella para
mí…
―Alma.
Escuché su voz a
un lado de mí.
―De Mariana
―contesté por inercia con la mirada hacia la ventana.
Se sentó frente
a mí y me tomó del rostro para que la mirara, para que pudiera reaccionar.
―Y mi corazón
tuyo ―dijo con tanta tristeza al ver como su mejor amiga moría por amor.
Me acerqué y la
abracé con fuerza. Lloré otra vez, otra vez como nunca lo había hecho. Quería
que todo ese dolor se fuera como sea, quería que nada me lastimara más, quería
y solo quería algo que no se me iba a dar. Por qué me estaba doliendo tanto,
por qué dejaba que me doliera tanto…
―Vamos a casa,
ya es tarde ―me dijo Mariana al oído.
No me había dado
cuenta que me pasé todo el día en el salón sólo mirando por la ventana. Mariana
me dijo que Javier se las ingenió para que todas las clases que se daban en el
salón las cambiaran. Me quedé ahí todo el día sin darme cuenta. Nos fuimos a
casa y yo seguía sin decir nada. Hasta cuándo volverían las palabras a mi boca,
hasta cuándo volvería a ser la misma chica inquieta y desastrosa de antes.
Hasta cuándo volvería mi actitud de dieciséis años y mi carácter infantil de
siempre. Tal vez no quería que volviera, tal vez no porque ésa fue la razón por
la cual Lucia me dejó por ella. ¿Necesitaba cambiar para que ella volviera? Tal
vez no necesitaba hacerlo, porque en realidad no quería hacerlo. Nunca fui una
mala persona como para herir a la gente y estarlo pagando con lo que estaba
sintiendo. ¿Qué necesitaba para que ella volviera conmigo? ¿Amor? Es lo que
ella necesitaba… sentir amor.
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